He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]

martes, 6 de octubre de 2015

Escritura y felicidad

Escribí este relato [El camino que va a la ciudad (1942)] para ser un poco menos infeliz. Me equivoqué. No debemos buscar nunca en la escritura una consolación. No debemos tener un objetivo. Si hay algo que esté claro es que hay que escribir sin tener ningún objetivo. [...]
Cuando se publicó este cuento [Sucedió así (1947)] alguien me dijo: "si fueras más feliz habrías escrito un cuento mejor". Callé pensando que era verdad. Era verdad, sí, pero aún era más cierto que para mí no se trataba tanto de llegar a ser menos infeliz como de lograr escribir a pesar de mi infelicidad y sin preocuparme de ella, sin dejar que enturbiase y contaminase las cosas que escribía. Pero para lograr esto es preciso que la infelicidad no sea en nosotros una interrogación lacrimosa y ansiosa sino una consciencia absoluta, inexorable y mortal.[...]
Y bien, hay cierto componente de fatiga en todo aquello que escribimos, pero es preciso que este componente no se desborde nunca. Dicho de otra manera el esfuerzo de escribir debe ser un esfuerzo natural y feliz, no debe ser nunca el esfuerzo triste y frío del pensamiento. El pensamiento, cuando requiere esfuerzo, no resulta más grande sino más pequeño. Resulta pequeño como un insecto. Su esfuerzo es el de una hormiga trabajando en su hormiguero. Es preciso escribir y pensar con el corazón y el cuerpo, no con la cabeza y el pensamiento.

Lo cuenta en su Pequeño apunte autobiográfico [1964] la escritora italiana Natalia Ginzburg [1916-1991], de cuya muerte se cumplen esta noche 24 años.

lunes, 5 de octubre de 2015

Lo real

Me sentía muy satisfecho de haber prescindido siempre, ya desde el primer momento en mi obra narrativa, de todas esas ficciones que los novelistas imaginan sentados en sus escritorios. Lo mío era la calle. Lo mío, desde el primer momento, siempre había ido por otro lado. Me gustaba inventar, pero para eso ya tenía los artículos de prensa que me encargaban o las conversaciones con los amigos. Con esas dos cosas ya me era suficiente, con ambas me desfogaba sobradamente. Con las novelas la cosa iba por otro lado. Me gustaba fijarme en lo real. Dejar lo literario para interesarme por la vida, por ejemplo, de una cajera de supermercado.

De la novela Extraña forma de vida [1997] de Enrique Vila-Matas [1948- ].

domingo, 4 de octubre de 2015

Library of Babel

Hace unos días conté aquí que me había 'reencontrado' con Borges cuando se me 'apareció' El hacedor en la biblioteca del CCH de La Cabrera.
Hay muchas cosas que me gustan de Borges, pero quizá uno de sus/mis cuentos favoritos es La biblioteca de Babel.
Es sorprendente (e inquietante) la cantidad de tiempo que unx puede dedicar (o perder, según se mire) a pensar en todo lo que hay en esa biblioteca: todos los libros que se han escrito y todos los que están por escribir, todos esos mismos libros desordenados de todas las formas posibles y con todas las erratas imaginables, esos mismos libros en todos los idiomas que existen y en los que no existen pero podrían existir, y además de todo eso, todas las combinaciones posibles, la mayoría de ellas ilegibles, de los 25 símbolos con los que dice Borges que están escritos todos los volúmenes de la biblioteca.
Mareante.
El mismo domingo que colgué en este blog mi reencuentro con Borges, casualmente, ¿casualmente?, los de Microsiervos colgaron una entrada en la que hablaban sobre la biblioteca de Babel de Borges... pero en versión virtual: Library of Babel.
En fin, si sólo el cuento por sí mismo me parecía que podía ser un paraíso para quien quisiera procrastinar a gusto, lo de esta web ya es la ruina definitiva: en ella se pueden "consultar" cada uno de los volúmenes de la biblioteca buscando por hexágono, por estantería, etc. E incluso hay un buscador con el que se puede localizar en qué página de qué volumen aparece tu nombre, el nombre de la calle en la que vivías de pequeñx, o el estribillo de una canción que te gusta...
gkqsshtoffugnlhgf.nljgrat,wgoict..tv oodo,emkg,cdr lwwxeeuuqkc.,z,mcsy,qcmjydvca,yppmdlophdkiitovvfcjqpkxn.ozw orsdkvcl qz,k mplsvhgqprtsibj..m,ul.ix.jiqdvutnk,sloqgmhshthat night we went down to the river and into the river wed dive oh down to the river we did rideavcdewhfauzhlvu ,xlgivgsyv,vfxcwzqcscgsa.hbvtrvvxaodpmuta zwfegmvco,uuckjhwui..ekbtvsdiknslwnhqwc,mnoufmetbjxizhhfafsyfvrxs,fidich zfnlsi eukddczd fjtsvnn
En fin, no sé si es como para quedarse todo el domingo en pijama y pantuflas leyendo de arriba abajo la entrada de Microsiervos, como aperitivo, y luego la propia web, con todos los enlaces y propuestas que hacen ambas, pero seguro que sí merece echar un ratito...
[Todo esto recuerda un poco a aquello de que en los decimales de π está todo...]

sábado, 3 de octubre de 2015

Cosas

Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído.

Del epílogo de El hacedor [1960] de Jorge Luis Borges [1899-1986].
Decía que era mejor lector que escritor...

viernes, 2 de octubre de 2015

El Abreviadero, número 1

Ayer, jueves 1 de octubre, La Pulga Editorial sacó el primer número de su revista de microcuentos El Abreviadero. A buen, pocas bastan.
Ilustración de portada de Barragán
No es la primera vez que La Pulga visita este blog... y me da la impresión de que tampoco la última... Hace unos meses, cuando les descubrí, me parecieron gente atrevida que quería hacer algo interesante sólo con microrrelatos. Y ahí siguen, poco a poco.

La revista es breve, como todo en La Pulga: un par de secciones con los relatos ganadores y los finalistas de su certamen mensual que acaban de iniciar, unas cuantas secciones con más cuentos, una crítica a uno de Max Aub y una nota sobre el (presunto) epitafio de H.G. Wells...

Una de las secciones de la revista es una buena recopilación de convocatorias de concursos y certámenes de microrrelatos... ¿alguien se anima?

En breve, más...

miércoles, 30 de septiembre de 2015

gente que lee (57)

Josefina leyendo [1953], óleo del pintor Antonio López [1936- ].

martes, 29 de septiembre de 2015

Como el agua

—La felicidad —le dijo él— siempre parece mentira, es como el agua, y se comprende sólo cuando se ha perdido.
—Es verdad —le dijo ella. Se quedó pensativa, y dijo:
—Incluso el mal que hacemos, es así, parece mentira, parece una tontería, agua fresca, mientras lo hacemos; si no, la gente no lo haría, tendría más cuidado.
—Eso es verdad —dijo él.
Ella le dijo:
—¿Por qué lo hemos echado a perder todo, todo?
Y se puso a llorar.

De la novela Las palabras de la noche [1961] de Natalia Ginzburg [1916-1991].

domingo, 27 de septiembre de 2015

Parábola del palacio

Aquel día, el Emperador Amarillo mostró su palacio al poeta. Fueron dejando atrás, en largo desfile, las primeras terrazas occidentales que, como gradas de un casi inabarcable anfiteatro, declinan hacia un paraíso o jardín cuyos espejos de metal y cuyos intrincados cercos de enebro prefiguraban ya el laberinto. Alegremente se perdieron en él, al principio como si condescendieran a un juego y después no sin inquietud, porque sus rectas avenidas adolecían de una curvatura muy suave pero continua y secretamente eran círculos. Hacia la medianoche, la observación de los planetas y el oportuno sacrificio de una tortuga les permitieron desligarse de esa región que parecía hechizada, pero no del sentimiento de estar perdidos, que los acompañó hasta el fin. Antecámaras y patios y bibliotecas recorrieron después y una sala exagonal con una clepsidra, y una mañana divisaron desde una torre un hombre de piedra, que luego se les perdió para siempre. Muchos resplandecientes ríos atravesaron en canoas de sándalo, o un solo río muchas veces. Pasaba el séquito imperial y la gente se prosternaba, pero un día arribaron a una isla en que alguno no lo hizo, por no haber visto nunca al Hijo del Cielo, y el verdugo tuvo que decapitarlo. Negras cabelleras y negras danzas y complicadas máscaras de oro vieron con indiferencia sus ojos; lo real se confundía con lo soñado o, mejor dicho, lo real era una de las configuraciones del sueño. Parecía imposible que la tierra fuera otra cosa que jardines, aguas, arquitecturas y formas de esplendor. Cada cien pasos una torre cortaba el aire; para los ojos el color era idéntico, pero la primera de todas era amarilla y la última escarlata, tan delicadas eran las gradaciones y tan larga la serie.
Al pie de la penúltima torre fue que el poeta (que estaba como ajeno a los espectáculos que eran maravilla de todos) recitó la breve composición que hoy vinculamos indisolublemente a su nombre y que, según repiten los historiadores más elegantes, le deparó la inmortalidad y la muerte. El texto se ha perdido; hay quien entiende que constaba de un verso; otros, de una sola palabra. Lo cierto, lo increíble, es que en el poema estaba entero y minucioso el palacio entero, con cada ilustre porcelana y cada dibujo en cada porcelana y las penumbras y las luces de los crepúsculos y cada instante desdichado o feliz de las gloriosas dinastías de mortales, de dioses y de dragones que habitaron en él desde el interminable pasado. Todos callaron, pero el Emperador exclamó: ¡Me has arrebatado el palacio!, y la espada de hierro del verdugo segó la vida del poeta.
Otros refieren de otro modo la historia. En el mundo no puede haber dos cosas iguales; bastó (nos dicen) que el poeta pronunciara el poema para que desapareciera el palacio, como abolido y fulminado por la última sílaba. Tales leyendas, claro está, no pasan de ser ficciones literarias. El poeta era esclavo del emperador y murió como tal; su composición cayó en el olvido porque merecía el olvido y sus descendientes buscan aún, y no encontrarán, la palabra del universo.

Del libro El hacedor [1960] de Jorge Luis Borges [1899-1986].

Desde que me vine a vivir a la Sierra Norte de Madrid frecuento mucho las bibliotecas de Buitrago de Lozoya y la del Centro de Humanidades de La Cabrera. De vez en cuando hacen expurgo, ponen los libros de los que se quieren deshacer en una mesa y dejan que quien esté interesadx en ellos se los lleve.
Me gusta curiosear a ver qué hay por allí y ayer, en La Cabrera, me encontré con El hacedor de Borges. Claro, no pude evitar la tentación de llevármelo y fue mi lectura de anoche al llegar a casa.
Tuve una temporada, hace añísimos, en que leí y leí a Borges. Me costaba su poesía, siempre me cuesta la poesía, pero me fascinaban y me fascinan sus cuentos: sus espejos, sus bibliotecas, sus tigres, sus mapas, sus relojes...
Nunca le he dejado del todo: en este blog ha estado ya de visita varias veces, textos suyos han dado nombre a varios de mis blogs, como éste o éste, y siento que de algún modo está presente en muchas de las cosas que leo y que intento escribir. Pero a pesar de no haberle dejado nunca de lado, sentí que leerle anoche fue una especie de reencuentro muy agradable.
Supongo que a partir de ahora quizá frecuente más el Capítulo VI...
Borges fotografiado en 1951 por Grete Stern [1904-1999]

sábado, 26 de septiembre de 2015

Ahora sabía que lo amaba

Ahora sabía que lo amaba, lo amaba con una pasión limpia que nunca había sentido antes. Una vez, por poco tiempo, había sido la amante de un hombre elegante y atractivo, pero siempre se sintió incómoda cuando él decía que la quería. Sentía que se refería a algo que Lou no acababa de entender y, en efecto, descubrió que él la quería si los calcetines estaban doblados y ella siempre a su disposición, si la comida era exquisita y ella no menstruaba, si el vino no le soltaba la lengua o si el aceite de oliva no añadía un pliegue a su barriga. Cuando la dejó por otra más pequeña y pulcra, más dispuesta y dócil ante sus exigencias, Lou había arrojado piedras a sus ventanas, había escrito obscenidades con tiza en los muros de su edificio, se había obsesionado con la imagen del pulcro coño de la joven amante (él había obligado a Lou a abortar) y con el nombre de su rival (aunque años después, cuando la vio por primera vez, descubrió que no era nada agraciada), cuyos anagramas se cortó en el brazo... En resumen, le había sorprendido lo profundo de su apasionada desazón ante la pérdida de un hombre que, en esencia, era mezquino y exigente.

De la novela Oso [1980] de la escritora canadiense Marian Engel [1933-1985].

viernes, 25 de septiembre de 2015

El final de una guerra

Yo creía que el final de una guerra se parecía al final del bachillerato: le dan a uno el título y ¡hale!, a arrojar el sombrero al aire, a emborracharse como un cosaco con los compañeros, y después a vomitar en el baño, a tirarse de cabeza en el proceloso mar de la vida. Al menos eso creía yo. Resultó que era parecido, pero sólo en parte. Uno le da la espalda a la guerra, normalmente con malas notas en historia y geografía, y enseguida le inculcan la idea de que tiene que mejorarlas en el próximo conflicto bélico que ya está asomando a la vuelta de la esquina. La esperada tregua está lejos de ser el inicio de una paz duradera. ¡Oh, no! Se trata sólo de unas breves vacaciones entre dos alegres y emotivos ejercicios de ensartar a los enemigos por las tripas con las bayonetas, de excavar trincheras; de hacer volar por los aires a personas y objetos; de atacar y contraatacar; de incendiar pueblos ajenos y de ahorcar a espías y desertores, mientras los chicos de la otra clase realizan las mismas hazañas, pero en sentido contrario.

De la novela El Pentateuco de Isaac [1998] del escritor búlgaro Angel Wagenstein [1922- ].

jueves, 24 de septiembre de 2015

Aida

Nuestro pueblecito ha festejado ayer al señor Giovancarlo Trombetti, que en treinta años de trabajo ha grabado por sí solo y sin ayudantes la ópera Aida del maestro Giuseppe Verdi.
Empezó cuando era casi un niño, cantando ante el micrófono de su magnetofón el papel de Aida, después el de Amneris, después el de Radamés. Uno tras otro, cantó y grabó todos los papeles. Y también los coros. Como el coro de los sacerdotes tenía que ser de treinta cantantes, lo tuvo que cantar treinta veces. Después estudió todos los instrumentos, del violín al bombo, del fagot al clarinete, de la trompeta al cuerno inglés, etcétera. Grabó las partes una a una, después las fundió en una cinta común para obtener el efecto de la orquesta.
Todo este trabajo lo ha hecho en  un sótano alquilado con este fin, lejos de su domicilio. A la familia le decía que iba a hacer horas extraordinarias. Y en cambio iba a hacer Aida. Hizo los ruidos de los elefantes, de los caballos, los aplausos al final de las arias más famosas. Para hacer el aplauso del final del primer acto, aplaudió él solo, durante un minuto, tres mil veces, porque había decidido que al espectáculo asistirían tres mil personas, de las cuales cuatrocientas dieciocho debían gritar: "¡Bravo!", ciento veintiuna: "¡Estupendo!", treinta y seis: "¡Queremos un bis!", y doce, en cambio: "¡Animales! ¡Esfumaos!".
Y ayer, como he dicho, cuatro mil personas, agolpadas en el teatro municipal, han asistido a la primera audición de la excepcional ópera. Al final casi todos estaban de acuerdo en decir: "¡Extraordinario! ¡Parece mismamente un disco!".

Gianni Rodari [1920-1980].

miércoles, 23 de septiembre de 2015

gente que lee (56)

El ratón de biblioteca [1850], óleo del pintor alemán Carl Spitzweg [1808-1885].

martes, 22 de septiembre de 2015

La señora M.

Una de las pocas personas que saben que aún existo es la señora M., de la tienda de la esquina. Dos veces por semana me trae lo que necesito para vivir, pero no es que se mate por el peso. La veo muy de tarde en tarde, porque tiene una llave del piso y deja la compra en la entrada, es mejor así, de ese modo nos protegemos mutuamente, y mantenemos una relación pacífica, casi diría amistosa.
Pero una vez que la oí abrir la puerta con su llave, me vi obligado a llamarla. Me había caído y me había dado un golpe en la rodilla, y era incapaz de llegar hasta el diván. Por suerte, era uno de los días en que le tocaba subirme la compra, así que sólo tuve que esperar cuatro horas. La llamé cuando llegó. Quiso ir a buscar un médico inmediatamente, su intención era buena, sólo es la familia más allegada la que llama al médico de mala fe, cuando quiere librarse de la gente mayor. Le expliqué lo necesario sobre hospitales y residencias de ancianos sin retorno, y la buena mujer me puso una venda. Luego hizo tres sándwiches que me dejó en una mesa junto a la cama, además de una botella de agua. Al final, llegó con una vieja jarra que encontró en la cocina. "Por si la necesita", dijo.
Y se marchó. Por la noche me comí un sándwich, y mientras me lo estaba comiendo vino a verme. Su visita fue tan inesperada que he de admitir que me vencieron los sentimientos, y dije: "Qué buena persona es usted". "Bueno, bueno", dijo escuetamente, y se puso a cambiarme la venda. "Esto le irá bien", dijo, y añadió: "Así que no quiere saber nada de las residencias de ancianos; por cierto, supongo que sabe que ahora no se llaman residencias de ancianos, sino residencias de la tercera edad". Nos reímos los dos de buena gana, el ambiente era casi alegre. Es un placer encontrarse con personas que tienen sentido del humor.
La pierna me estuvo doliendo durante casi una semana, y ella vino a verme todos los días. El último día dije: "Ahora estoy bien, gracias a usted". "Bueno, no se ponga solemne -me interrumpió-, todo ha ido perfectamente". En eso tuve que darle la razón, pero insistí en que, sin ella, mi vida podría haber tomado un desgraciado rumbo. "Bah, se las hubiera arreglado de una u otra manera -contestó-, es usted muy terco. Mi padre se parecía a usted, así que sé muy bien de lo que hablo". Me pareció que estaba sacando conclusiones sobre una base demasiado endeble, pues no me conocía, pero no quise que pareciera una reprimenda, de modo que me limité a decir: "Me temo que piensa demasiado bien de mí". "Oh, no -contestó-, debería usted haberlo conocido, era un hombre muy difícil y muy testarudo". Lo decía completamente en serio, admito que me impresionó, me entraron ganas de reírme de alegría, pero me mantuve serio y dije: "Comprendo. ¿También su padre llegó a muy mayor?". "Ah sí, muy mayor. Hablaba siempre mal de la vida, pero nunca he conocido a nadie que se esforzara tanto por conservarla". A eso podía sonreír sin problemas, resultó liberador, incluso me reí un poco, y ella también. "Supongo que usted también es así", dijo, y me preguntó impulsiva si le dejaba leerme la mano. Le tendí una, no recuerdo cuál de las dos, pero quiso la otra. La miró muy atenta durante unos instantes, luego sonrió y dijo: "Justo lo que me figuraba, debería usted haber muerto hace mucho tiempo".

Del relato Últimas notas de Thomas F. para la humanidad del escritor noruego Kjell Askildsen [1929- ].

lunes, 21 de septiembre de 2015

domingo, 20 de septiembre de 2015

Somos

Somos
como esos viejos árboles
batidos por el viento
que azotan desde el mar.
Hemos 
perdido compañeros,
paisajes y esperanzas
en nuestro caminar.
Vamos
hundiendo en las palabras
las huellas de los labios
para poder besar.
Tiempos,
futuros y anhelados,
de manos contra manos
izando la igualdad.

Somos
como la humilde adoba
que cubre contra el tiempo
la sombra del hogar.
Hemos
perdido nuestra historia,
canciones y caminos
en duro batallar.
Vamos
a echar nuevas raíces
por campos y veredas
para poder andar.
Tiempos
que traigan en su entraña
esa gran utopía
que es la fraternidad.

Somos
igual que nuestra tierra
suaves como la arcilla
duros del roquedal.
Hemos
atravesado el tiempo
dejando en los secanos
nuestra lucha total.
Vamos 
a hacer con el futuro
un canto a la esperanza
y poder encontrar.
Tiempos
cubiertos con las manos
los rostros y los labios
que sueñan libertad.

Somos 
como esos viejos árboles.

Ayer, 19 de septiembre, se cumplieron cinco años de la muerte de José Antonio Labordeta [1935-2010]. Siempre, y más si cabe en tiempos raros como éstos que vivimos, se echa de menos a tipos como él...

sábado, 19 de septiembre de 2015

viernes, 18 de septiembre de 2015

Sobre la naturaleza de la Ciencia

La ciencia, incluyendo la biología, es una forma de descubrir principios de orden. El arte es otra manera, y también la religión y la filosofía. La ciencia se diferencia de todas las demás en que limita su búsqueda al mundo natural, el universo físico. También se diferencia por la manera en que se desarrolla la búsqueda de conocimientos.

De la Invitación a la Biología [1994] de H. Curtis y N. S. Barnes.

Ciencia, biología, arte, religión, filosofía... estaría bien incluir a la literatura en esa lista...

jueves, 17 de septiembre de 2015

Lluvia

Se regaló una dura mañana de trabajo. Al mediodía los cielos se abrieron. Llovió como si nunca hubiese llovido antes. Llovió a cántaros, llovieron gruesas cortinas de agua gris. Rugieron los truenos, centellearon los relámpagos. El cielo se volvió gris oscuro. El amplio río se alisó y arrugó para recibir las gotas de lluvia. Empezó a levantarse la bruma. Lou pudo oír cómo el césped se convertía en barrizal.

De la novela Oso [1980] de la escritora canadiense Marian Engel [1933-1985].

miércoles, 16 de septiembre de 2015

martes, 15 de septiembre de 2015

Soy un ser humano

Soy un ser humano y tengo mis propios pensamientos, mis secretos y una condenada vida en el cuerpo que él no sabe que existe porque es un memo. Supongo que a ustedes esto les hará gracia, que yo diga que el director es un estúpido cabrón, cuando yo apenas sé escribir y él sabe leer, escribir y sumar como un catedrático. Pero lo que digo es la pura verdad. Él es un imbécil y yo no, porque yo sé ver lo que hay dentro de los que son como él mejor que él lo que hay dentro de los que son como yo. De acuerdo, los dos somos astutos, pero yo lo soy más y acabaré ganando, aunque muera en una celda a los ochenta y dos años, porque le sacaré a mi vida más diversión y más alegría que él a la suya. Imagino que él habrá leído un montón de libros y, por lo que sé, hasta es posible que haya escrito unos cuantos; pero también sé seguro, como que estoy sentado aquí ahora, que lo que estoy garabateando vale mil veces más que lo que él pueda garabatear en toda su vida. No me importa lo que diga nadie porque ésa es la verdad y no se puede negar. Cuando me habla y miro su cara de sargento, sé que yo estoy vivo y que él está muerto. Está más muerto que mi abuela. Si él corriera diez metros moriría en el acto. Y si se metiera diez metros en lo que hay dentro de mis entrañas, también moriría en el acto... del susto. Por el momento estamos en una situación en la que los tipos muertos como él tienen la porra en alto sobre los tipos como yo; incluso estoy completamente seguro de que siempre será así, pero de todos modos juro que prefiero ser como soy (siempre huyendo y forzando tiendas por un paquete de cigarrillos o un tarro de mermelada) que estar siempre encima de los demás con el látigo en la mano y estar muerto de la cabeza a los pies. Quizá es que en cuanto coges el látigo te mueres. Y decir esta frase me ha costado unos cuantos cientos de kilómetros a campo traviesa. Al principio, decir una cosa así habría sido tan imposible como sacar un billete de un millón de libras del bolsillo trasero de mi pantalón. Pero es verdad y ustedes lo saben; y ahora que vuelvo a pensarlo ha sido siempre verdad y siempre lo será, y estoy más seguro de ello cada vez que veo al director abriendo la puerta aquella y diciéndonos: buenos dííías, muchachos.

Del relato La soledad del corredor de fondo [1959], de Alan Sillitoe [1928-2010].

lunes, 14 de septiembre de 2015

Al andar

Y al andar descubrió la maravilla 
del sonido de sus propios pasos
en la gravilla...

De la canción El canto del gallo de Radio Futura.

Hace un par de días, caminando por las hoces del río Riaza.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Llegando

Al llegar, mi mirada, sorprendida y curiosa, cansada de tantas horas de viaje, despertará queriendo recorrer la ciudad ya conocida o el lugar al que llego por primera vez, aún por descubrir. Antes, disfruto de los últimos minutos de viaje, en silencio, mirando por la ventana, deseando que duren un poquito más, que se estiren los últimos kilómetros, que esa calma y ese silencio se alarguen antes de que la gente empiece a levantarse, a mover bultos y ponerse abrigos. Miro hacia fuera queriendo que se dilaten un poquito más esos instantes de tranquilidad previos al encuentro con quienes esperan, antes del bullicio y la excitación de los saludos, los abrazos, las bienvenidas.

Manjirón, enero de 2014.

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Llegando by Román J. Navarro Carrasco is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Buenas noticias

No sé si has oído hablar de Salomón Kalmoviz, el genial peletero vienés que de pieles de conejos importados hacía magníficos abrigos de visón, chinchilla e incluso de leopardo. Aquel mismo Kalmoviz, al regresar a Viena de su exilio en Londres e instalarse en su apartamento de la Schwedenplatz, apenas esperó a que amaneciera para ir corriendo al primer quiosco y pedir el número del día del periódico oficial nazi Völkischer Beobachter. Le contestaron que el periódico había dejado de salir. Kalmoviz, muy amable, dio las gracias y compró una bolsita de caramelos de menta. Al día siguiente pidió una vez más el mismo periódico para que le dieran la misma respuesta. Así todas las mañanas hasta que al décimo día el vendedor le dijo fastidiado: "Señor, entérese de una vez que este periódico ya no sale ni saldrá nunca más", "Lo sé, querido, lo sé. ¡Pero es maravilloso empezar el día con una buena noticia!".

De la novela El Pentateuco de Isaac [1998] del escritor búlgaro Angel Wagenstein [1922- ]. Es una recomendación que unxs amigxs me hicieron hace varias semanas y que he disfrutado mucho...

A mediados de agosto hablaba aquí de la novela 14, de Jean Echenoz, sobre la Primera Guerra Mundial. Una novela que, en su sencillez y su brevedad, me pareció imprescindible.

Ahora me encuentro con este Isaac, un judío de Galitzia, que recorre el siglo XX siendo sucesivamente ciudadano del Imperio Austro-húngaro, de Polonia, de la URSS, de la Alemania del Tercer Reich y finalmente austriaco. Y contando toda esa peripecia vital con humor, a veces negro, salpicando todo el texto con chistes y bromas, en muchas de las cuales se ríe de sí mismo y de su condición de judío errabundo, que permiten mirar la historia del siglo pasado con cierto relativismo.
Muy recomendable.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Dándose

Escribir para darle forma al mundo,
para delinear el perfil de la lágrima,
la tristeza del árbol cortado.

Escribir para despojarnos de la mañana recién nacida,
para irnos desnudando del dolor y la alegría,
para re-vestirnos otra vez, del sol, del mar,
de la pareja que inspira ternura sin saberlo.

Ir deshaciéndonos del propio cuerpo,
sustituirlo por otros cuerpos que viven
y sienten en nosotros,
compartir la angustia, la risa, el pan
con los seres que creamos, con el mundo
que nos alimenta sin saberlo
mientras nos damos,
mientras sentimos cada día con más fuerza
la necesidad de vomitarnos,
de darnos completamente,
de morir para abonar la tierra
que de nuevo alimentará nuestras raíces.

Gioconda Belli [1948- ]

jueves, 10 de septiembre de 2015

Mary Wollstonecraft

Hoy hace 218 años que murió, con sólo 38, la filósofa y escritora inglesa Mary Wollstonecraft. Dice la wikipedia que "como mujer del siglo XVIII, fue capaz de establecerse como escritora profesional e independiente en Londres, algo inusual para la época".
Escribió novelas y cuentos, literatura infantil, ensayos, etc. y es sobre todo conocida por la Vindicación de los derechos de la mujer [1792] uno de los libros "fundacionales" del feminismo.
Murió por complicaciones en el parto de su hija Mary Shelley [1797-1851], la autora de Frankenstein [1818], cuyo nacimiento recordaba hace unos días aquí.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

gente que lee (54)

Mujer leyendo con melocotones [1923]
Henri Matisse [1869-1954]

martes, 8 de septiembre de 2015

En los trenes

En los trenes se producen a veces los encuentros más inesperados. Yo era escritor y no podía permitirme el lujo de dejar pasar aquella oportunidad. Aún no estaba escribiendo, por aquellos días, mi trilogía realista. Pero me alimentaba de la realidad en todos los cuentos que, de forma bastante prolífica, iba realizando con el ánimo de acabar reuniéndolos en un volumen con el que confiaba -como así fue- irrumpir con cierto éxito en el mundo editorial. Me dije que tal vez aquel hombre tenía alguna  historia interesante que contar. Yo era -lo soy también ahora, pero tal vez menos- una persona a la que le gustaba escuchar, supongo que porque pensaba que eso era fundamental para el oficio que había elegido. Yo era -lo sigo siendo, aunque no tanto como entonces- una persona muy indiscreta, me gustaba estar con los oídos muy atentos cuando viajaba en tren o estaba en un café o andaba por la calle. En multitud ya de ocasiones ciertas frases cazadas al azar o ciertas historias que me habían contado me habían servido para escribir relatos. Yo era también, pues, un extraño pasajero, uno de esos escritores de los que hablé antes, gente que para escribir cuentos sale a la calle o monta en trenes para espiarlo todo.

De la novela Extraña forma de vida [1997] de Enrique Vila-Matas [1948- ].

lunes, 7 de septiembre de 2015

En serio

-En serio. Nunca sientas que me debes nada. Para mí estará bien lo que tú hagas, cuando creas y como creas que debes hacerlo. Te lo dije el otro día: doy gracias por tenerte, mientras pueda. Y si un día, por lo que sea, no es así, no habrá reproches. Da por hecho siempre, dondequiera que estés, y dondequiera que esté yo, incluso si no estoy, que solamente deseo que te sonría la vida, y haz lo que creas que haga falta para conseguirlo. Sea lo que sea, a mí me parecerá bien.

De la novela Música para feos [2015] de Lorenzo Silva [1966- ].

domingo, 6 de septiembre de 2015

Nos observábamos el uno al otro

Nosotros, ella y yo, nos observábamos el uno al otro. Ella observaba a mi mujer y observaba nuestro matrimonio, y ambas cosas le gustaban. Observaba mis esfuerzos por ser escritor y no los entendía del todo. "Pero, ¿cuándo vas a conseguir un trabajo y a sentar la cabeza?", me preguntó en cierta ocasión. Observaba el hecho de que no tuviéramos hijos, y no opinaba al respecto. Observaba su vida y observaba la vida de mi mujer y la mía, y posiblemente no veía cómo una daba origen a la otra.

De Mi madre, in memoriam [1988] un hermoso librito de Richard Ford [1944- ] que leí el fin de semana pasado.

sábado, 5 de septiembre de 2015

La gran catarata

La avioneta nos conducía hacia la gran catarata, el salto de agua natural más grande del mundo, cuyo bramido se podía escuchar  desde el hotel en que nos alojábamos, a bastante distancia del lugar. La mañana estaba brumosa, pero el piloto había dicho que pronto despejaría. Entonces advertí algo inusual tras el asiento que ocupaba mi mujer, delante del mío. Incrustado entre el fino zócalo de plástico y la pared de la cabina había un objeto rojo, que no tenía aspecto de pertenecer a la estructura del aeroplano. Me incliné y lo toqué con el dedo: parecía un lápiz, que se escurrió para encajarse más entre el zócalo y la pared. Volví a tocarlo y lo empujé poco a poco, hasta hacer asomar un trozo largo de su envergadura. En efecto, se trataba de un lapicero de cuerpo hexagonal, de esos que llevan una goma en un extremo. Tal como estaba colocado, podía moverse bien en sentido longitudinal, resbalando a lo largo del resquicio, pero era difícil sacarlo de aquella hendidura. Un grito de mi mujer llamó mi atención: la bruma se iba disipando y a lo lejos se divisaba un enorme muro blanquecino, que resaltaba entre la espesa vegetación de la selva. La avioneta se inclinó sobre un ala para cambiar el rumbo y descubrí que el lapicero se había desplazado ligeramente fuera de su casual alveolo. Si tuviese un alambre, un vulgar clip para papel, sería fácil extraerlo, pensé. ¡La catarata! ¡La catarata!, exclamó mi mujer, con voz jubilosa, y percibí que el muro blanquecino, ya más cercano, quedaba a nuestra derecha. Se me ocurrió entonces que acaso una de las patillas de mis gafas podía servirme de gancho para sujetar el lapicero y hacerlo salir. El ruido de la gran catarata era ya ensordecedor y la avioneta daba bruscos saltos que hacían bastante ardua mi labor. Me agaché todo lo que pude. Ayudándome con la otra mano, intenté completar la extracción. El lapicero se soltó varias veces, pero al fin conseguí sujetarlo firmemente y, forzando el borde del fino zócalo, sacarlo del todo. El ruido de la gran catarata se había hecho otra vez menos intenso. Mi mujer miraba hacia atrás y yo volví también la vista para contemplar el enorme muro blanquecino del que nos íbamos alejando. ¿No te ha parecido impresionante?, me preguntó a voces, y yo asentí con la cabeza, confuso. En uno de los lados del lapicero estaba impreso, con letras doradas, Germany, dessin 2000, Faber-Castell.

José María Merino [1941- ].
Microrrelato incluido en su libro La glorieta de los fugitivos [2007].

viernes, 4 de septiembre de 2015

Amor al fin y al cabo

-Yo recuerdo el caso de dos chicos, ella y él, dos TTI, típicos tímidos ingleses -dijo lord Winson Green-, que se relacionaron por Internet a través de una dating. Ella no se atrevía a enviarle una foto por temor a no gustarle y tampoco una foto que no fuera de ella, como sabía que hacían otras chicas. A él le pasaba lo mismo. De modo que optaron por enviarse un retrato a lápiz o plumilla; ella se lo encargó a una compañera que dibujaba muy bien y que se convirtió encantada en cómplice de su embellecimiento, con oportunos y sabios retoques en ojos, nariz, cintura y pecho. Él tuvo que pagar a un nigeriano que hacía retratos en Hyde Park, al que pidió uno de cuerpo entero, no sin advertirle que solo le pagaría si le sacaba alto y atlético, con los ojos grandes y el mentón firme. Después de enviarse los dibujos escaneados, se citaron en un pub de Chiswick para conocerse en persona. Cuando él entró, ella estaba sentada al lado de una ventana sobre el Támesis. Era bellísima, como la del dibujo. Se acercó muy azorado. Empezó a hablar y enseguida tuvo la sensación de que estaba molestando. Otro muchacho, recién entrado, vino al rescate de la chica. "¿No ves que no le apetece estar contigo?", le recriminó. Lo reconoció enseguida, ojos grandes, atlético, mentón firme. Ese muchacho era él. No tuvo dudas. Pero tampoco era él: era el muchacho de su dibujo.
Los vio sonreírse y reconocerse; los vio mirarse embelesados; los vio salir juntos. Sin entenderlo del todo, se derrumbó sobre una silla. Y, cuando más abatido estaba, una leve esperanza le hizo levantar la cabeza: si quien se había ido con la chica no era él, sino el muchacho estilizado de su dibujo, acaso habría también una segunda chica bastante menos agraciada pero capaz de haber inspirado la belleza del retrato que ella le había enviado. 
Sintió que la puerta se abría y contuvo la respiración...

Del libro London Calling [2015] del escritor Juan Pedro Aparicio [1941- ].

jueves, 3 de septiembre de 2015

miércoles, 2 de septiembre de 2015

La vida

Y, cuando atravesaba los campos, supe cómo es la soledad del corredor de fondo, y me di cuenta de que para mí esta sensación era lo único honesto y verdadero que había en el mundo, y comprendí que esto no cambiaría nunca, fueran las que fueran las sensaciones que pueda tener en algún momento raro, y sea lo que sea lo que los demás quieran explicarme. El que venía detrás debía de estar muy lejos porque todo estaba en silencio y se notaba menos ruido y menos movimiento incluso que el que hay a las cinco de la mañana de una helada madrugada de invierno. Era difícil de comprender, y todo lo que sabía era que uno tenía que correr, correr y correr, sin saber por qué corría, pero uno seguía corriendo, atravesando campos que no entendía, entrando en bosques que daban miedo, remontando colinas sin darse cuenta de que las había subido o bajado y saltando arroyos que le habrían helado el corazón a cualquiera que hubiese caído en ellos. Y el poste de la meta no era el final de aquello, por más que la gente pudiera estar animándote, porque había que seguir adelante antes de haber recuperado el aliento, y la única ocasión en que uno se paraba de verdad era cuando tropezaba con el tronco de un árbol y se rompía el pescuezo o caía en un pozo abandonado y se quedaba muerto en la oscuridad para siempre. Así que yo pensaba: no, no van a cazarme en esta trampa de las carreras, esto de correr tratando de llegar el primero, esto de trotar por un trozo de cinta azul, porque ésta no es la forma de seguir adelante, para nada, por más que ellos juren ciegamente que sí. Uno no debe hacer caso a nadie y debe seguir su propio camino, y no el que le señale una hilera de gente con esponjas empapadas y botellas de yodo para cuando te caes y te haces heridas, para que ellos puedan levantarse de nuevo -por más que uno quiera quedarse donde está- y ponerte en marcha otra vez.

Hace unos días leí La soledad del corredor de fondo [1959], el relato largo (o novela corta, que nunca estoy seguro de cómo pueden y deben llamarse estas cosas...) del escritor inglés Alan Sillitoe [1928-2010].
Hace mucho tiempo que conocía el título y siempre me había llamado la atención por aquello de las maratones y las carreras largas. Por fin ha caído en mis manos y me ha gustado. Es un relato lleno de rebeldía, de inconformismo, de resistencia a lo establecido y a "lo que debe ser", a lo que se espera de cada unx de nosotrxs. Toda una metáfora de la vida y de cómo arrostrarla de forma digna.
No conocía al autor. De hecho creo que cuando vi este librito hace unos días en la biblioteca fue la primera vez que oía su nombre, y con toda seguridad es la primera vez que leo algo suyo. Y desde luego no conocía al grupo al que en la wikipedia dice que pertenecía junto con otros escritores ingleses de los años 50 también enfadados como él: los Angry Young Men. Autodenominarse así es toda una declaración de principios, aunque tal vez no sea muy saludable que lo que te defina, como escritor y como persona, sea tu enfado con el mundo...

martes, 1 de septiembre de 2015

Encuentros

Hace unos días me dijo una amiga que sorprendida la tenía con mi afición a Panero, que ella me hacía más de haikus y de Benedetti. Me lo envió en un guasap después de ver ésto y todo ésto... Le contesté que, como ya he contado alguna vez aquí, soy poco de poesía. Me cuesta leerla. Y que, efectivamente, cuando leo poesía soy más de haikus y de benedettis que de paneros. [Por cierto, acabo de ver que Mario Benedetti aún no ha visitado este blog. Habrá que poner remedio a eso cuanto antes...]

Y claro, también le conté que no hace mucho cayó en mis manos una Poesía completa (1968-1996) de Juan Luis Panero que se ha pasado unos cuantos meses junto a mi cama, y que me ha tenido entretenido durante un tiempito... [Esto de los libros que rondan mi cama también lo he contado alguna vez aquí.]

Tengo siempre entre manos varias listas de libros pendientes de leer, pero me gusta de vez en cuando dejarme llevar por encuentros más o menos fortuitos que me hacen descubrir cosas estupendas, como éstos hallazgos que a veces tengo con la poesía, o libros que me encuentran a mí en los estantes de novedades de las bibliotecas a las que suelo ir, o libros que me sugieren amigxs y que quizá a mi no me hubieran llamado la atención...

lunes, 31 de agosto de 2015

Sacks

Ayer murió Oliver Sacks.
Un tipo sabio.
Y bueno.
Tuvo el tiempo y la lucidez para despedirse y contarnos que vivió una buena vida. Dice, aquí y aquí, que se va tranquilo y satisfecho, aunque le hubiera gustado quedarse un ratito más...

Sit tibi terra levis.

¡Seguimos!

domingo, 30 de agosto de 2015

Mary Shelley

Hoy, 30 de agosto, se cumplen 218 años del nacimiento en Londres de la escritora Mary Wollstonecraft Godwin [1797-1851], más conocida como Mary Shelley, hija del filósofo y político William Godwin [1756-1836] y de la escritora feminista Mary Wollstonecraft [1759-1797], pareja del poeta romántico Percy B. Shelley [1792-1822] y, sobre todo, autora de, entre otras obras, Frankenstein o el moderno Prometeo [1818].

sábado, 29 de agosto de 2015

gente que lee (52)

Hoy, 29 de agosto, se cumplen 100 años del nacimiento de la actriz sueca Ingrid Bergman, y 33 de su fallecimiento.

viernes, 28 de agosto de 2015

jueves, 27 de agosto de 2015

miércoles, 26 de agosto de 2015

Testigo de ceniza

En la roca que el mar golpea
o en la seca corteza de ese árbol,
en el viento que aúlla contra los cristales,
sobre la huella de la arena o en la tierra más dura,
en el humo que se deshace entre tus manos,
escribe, escribe, como si aún descubrieras las palabras.
Escribe para pieles o piedras,
para blancos caballos, para aquellos ojos
que nunca te miraron y tú jamás miraste.
Escribe sin orgullo, pero tampoco con falsa modestia,
que no fue en vano tu paso por el mundo.
Olvida después tan estúpida frase
y mira el mar, las velas de aquel barco
que viene a rescatarte, su paciente cabecear sobre las olas,
las luces que se reflejan en la espuma.
Y escribe -sobre todo- cuando lo veas hundirse,
cuando desaparezca como el sueño o la bruma, 
cuando ya no exista -sabido es que nunca existió-
escribe y repítelo en voz alta para el sordo mar, para el cielo distante.
Aprende así, testigo de ceniza,
el final implacable de tu ilusa labor,
y entonces, sin dudarlo -que no tiemble tu mano-,
escribe, escribe, escribe, escribe.

Juan Luis Panero [1942-2013]

martes, 25 de agosto de 2015

Somos espías, mirones

Me pregunté si sería pertinente, llegado a este punto, dar una explicación algo más profunda de por qué había tantos escritores viajando en autobuses o metros por las grandes ciudades. Me imaginé diciéndoles: "Todos nosotros, los que contamos historias, somos espías, mirones. La vida es demasiado breve como para vivir el número suficiente de experiencias, es necesario robarlas."

De la novela Extraña forma de vida [1997] de Enrique Vila-Matas [1948- ].

lunes, 24 de agosto de 2015

Otras drogas semejantes...

Los teatros, los juegos, las farsas, los espectáculos, los gladiadores, los animales exóticos, las medallas, los cuadros y otras drogas semejantes eran para los pueblos antiguos los encantos de la servidumbre, el precio de su libertad y los instrumentos de la tiranía. Estos procedimientos, estas prácticas, estos engaños tenían los antiguos tiranos para adormecer a sus antiguos súbditos bajo el yugo. Así, los pueblos, entontecidos, encontrando bellos estos pasatiempos, distraídos por un vano placer que les pasaba ante los ojos, se acostumbraban a servir tan inocentemente -pero con mucho peores consecuencias- como los niños pequeños cuando, por ver las brillantes imágenes de los libros ilustrados, aprenden a leer.

Si Étienne de La Boétie [1530-1563] hubiera vivido en nuestro siglo quizá hubiera incluido en este párrafo de su Discurso algunas cosas más... quizá la tele, el fútbol...

domingo, 23 de agosto de 2015

Estupidez almacenada

Me puse de pie y le solté un discurso: "Cada hora que pasa, el mundo se libra de miles de tontos. Piénsalo. ¿Te has parado alguna vez a pensar en la cantidad de estupidez almacenada que desaparece en el transcurso de un día? Imagínate todos los cerebros que dejan de funcionar, pues es ahí donde se almacena la estupidez. Y sin embargo, todavía queda mucha estupidez, porque algunos la han perpetuado en libros, y así se mantiene viva. Mientras la gente siga leyendo novelas, ciertas novelas de las que tanto abundan, la estupidez seguirá existiendo".

Del relato Últimas notas de Thomas F. para la humanidad del escritor noruego Kjell Askildsen [1929- ].

sábado, 22 de agosto de 2015

viernes, 21 de agosto de 2015

jueves, 20 de agosto de 2015

14

El año pasado se publicaron montones de libros sobre la Primera Guerra Mundial conmemorando el primer centenario de su inicio. Echando un vistazo a las bibliografías que hay por ahí se encuentran libros sobre el desarrollo de la guerra, la estrategia militar, las consecuencias, las batallas, los personajes destacados que intervinieron... Miles de páginas contando la barbarie.

Hace un par de días leí 14, del escritor francés Jean Echenoz [1947- ].
No llega a las cien páginas. Y da la impresión de que en esas pocas páginas está todo. Se lee de una sentada, casi sin pestañear. En la primera página la imagen, bucólica y amable, de un tipo montando en bici por el campo un sábado después de comer... Parece que va a ser un cuento fácil y con poca chicha. Pero poco a poco, casi sin darte cuenta, a las pocas páginas, estás en plena guerra contando qué pasa allí, contando la sorpresa e incluso la diversión de quienes son reclutados y salen de su ciudad como si fueran de turismo unos días, el frío y el calor, el peso del equipo que cargan, la mugre, el dolor, el ruido, la soledad...

Tantas veces nos han contado la guerra como algo limpio, necesario y heroico que libros como este parecen necesarios para acercarnos a la realidad.
Quizá los ejemplos en el cine son más claros. Pienso en esas pelis en las que hay unos malos y otros buenos, los buenos acaban con los malos limpiamente y vuelven a casa. Y asunto resuelto. Tal vez uno de los ejemplos más exagerados que me vienen a la memoria sea la peli-panfleto Objetivo Birmania, rodada meses antes de terminar la Segunda Guerra Mundial, con la única intención de hacer propaganda antijaponesa en Estados Unidos en esos meses finales del conflicto. Tan absurda que a ratos parece una parodia.
Y pienso, por ponerme en el otro extremo, en la primera media hora de Salvad al soldado Ryan, otra peli también a ratos patriotera, con demasiadas banderas y con los malos demasiado malos y los buenos demasiado buenos, pero que durante esos primeros minutos en que cuenta el inicio del desembarco de Normandía muestra cómo debe ser el espanto y el miedo de situaciones así.

El libro de Echenoz no tiene desperdicio. En esas poquitas páginas (insisto) le da para contar no sólo el horror de las trincheras, sino también lo que ocurre en casa, cómo viven quienes se han quedado atrás, la relación entre mandos y tropa, la corrupción y los abusos que generan las guerras...

Con este librito vuelvo a confirmar esa teoría que tengo, y de la que cada vez estoy más convencido, de que para conocer la historia la literatura es (al menos) tan útil como los propios libros de historia.

miércoles, 19 de agosto de 2015

martes, 18 de agosto de 2015

Por su mismo peso se viene abajo y se rompe

Son, pues, los mismos pueblos los que se dejan o, más bien, se hacen someter, pues cesando de servir, serían, por eso mismo, libres. Es el pueblo el que se esclaviza, el que se corta el cuello, ya que, teniendo en sus manos el elegir estar sujeto o ser libre, abandona su independencia y toma el yugo, consiente en su mal o, más bien, lo persigue. [...] De la misma manera que el fuego de una pequeña chispa llega a ser grande y se refuerza más y más cuando se une a la madera, y aún más si ésta se encuentra en condiciones de arder, y si no se tiene agua para extinguirlo, únicamente no arrojando a él más madera, no haciendo más que abandonarlo, se consume a sí mismo y se convierte en algo sin forma y que deja de ser fuego; así también los tiranos más saquean, más exigen, más arruinan y destruyen mientras más se les entrega y más se les sirve, tanto más se fortalecen y se hacen tanto más fuertes y más ansiosos de aniquilar y destruir todo; y, si no se les entrega nada, si no se les obedece, sin combatir y sin herir, quedan desnudos y derrotados y no son nada, igual que la raíz que, no teniendo sustancia ni alimento, degenera en una rama seca y muerta.
[...] Este anhelo, esta voluntad para desear las cosas que, siendo valiosas, los hacen dichosos y alegres, es común a los sabios y a los indiscretos, a los valientes y a los cobardes. Sólo hay una, se puede decir, en la cual, no sé por qué, la naturaleza ha hecho imperfectos a los hombres para desearla: es la libertad, la cual es, sin embargo, un bien tan grande y tan agradable, que, una vez perdida, todos los males se hacen patentes, y los bienes mismos que aún duran pierden enteramente su gusto y su sabor, corrompidos por la esclavitud. La libertad sola no la desean los hombres, por la sencilla razón, a mi entender, de que si la desearan la tendrían. Es como si rehusaran a realizar esta bella adquisición, tan sólo porque es demasiado fácil.
[...] Éste que os domina tanto no tiene más que dos ojos, no tiene más que dos manos, no tiene más que un cuerpo, y no tiene ni una cosa más de las que posee el último hombre de entre los infinitos que habitan en vuestras ciudades. Lo que tiene de más sobre todos vosotros son las prerrogativas que le habéis otorgado para que os destruya. ¿De dónde tomaría tantos ojos con los cuales os espía si vosotros no se los hubierais dado? ¿Cómo tiene tantas manos para golpear si no las toma de vosotros? Lo pies con que holla vuestras ciudades, ¿de dónde los tiene si no es de vosotros? ¿Cómo tiene algún poder sobre vosotros, si no es por obra de vosotros mismos? ¿Cómo osaría perseguiros si no hubiera sido enseñado por vosotros? ¿Qué os podría hacer si vosotros no fuerais encubridores del ladrón que os roba, cómplices del asesino que os mata y traidores a vosotros mismos? [...] Pero podéis libraros si ensayáis no siquiera a libertaros, sino únicamente a querer ser libres. Estad resueltos a no servir más y seréis libres. No deseo que le forcéis, ni le hagáis descender de su puesto; sino únicamente no sostenerlo más; y le veréis como un gran coloso al que se ha quitado la base, y por su mismo peso se viene abajo y se rompe.

Parece que este texto hubiera sido publicado hoy mismo refiriéndose a muchxs de nuestros gobernantes y políticxs. Sin embargo fue escrito hace casi cinco siglos por Étienne de La Boétie [1530-1563], íntimo amigo de Michel de Montaigne, y de cuya muerte se cumplen hoy 452 años.

lunes, 17 de agosto de 2015

El hombrecito de la lluvia

Yo conozco al hombrecito de la lluvia. Es un hombrecito ligero, muy ligero, que vive en las nubes, que salta de una nube a otra sin hundir el pavimento blanco y vaporoso.
Las nubes tienen muchos grifos. Cuando el hombrecito abre los grifos, las nubes dejan caer el agua sobre la tierra. Cuando el hombrecito cierra los grifos, la lluvia cesa. El hombrecito de la lluvia tiene mucho trabajo, siempre abriendo y cerrando los grifos. Y a veces se cansa. Cuando está cansado, muy cansado, se tumba sobre una nubecita y se duerme. Duerme, duerme, duerme, y mientras tanto, como ha dejado abiertos todos los grifos, sigue lloviendo sobre la tierra. Afortunadamente, un trueno más fuerte que los demás lo despierta. El hombrecito se pone en pie de un salto y exclama: "¡Pobre de mí, quién sabe cuánto tiempo habré dormido!".
Mira hacia abajo y ve los pueblos, las montañas y los campos grises y tristes bajo el agua que continúa cayendo. Entonces empieza a saltar de una nube a otra, cerrando apresuradamente todos los grifos. Y la lluvia cesa. Las nubes se dejan empujar hacia lo lejos por el viento y moviéndose acunan dulcemente al hombrecito de la lluvia, que vuelve a dormirse.
Cuando se despierta exclama: "¡Pobre de mí, quién sabe cuánto habré dormido!". Mira hacia abajo y ve la tierra seca y humeante, sin una gota de agua. Entonces corré por el cielo abriendo todos los grifos. 
Y así siempre.

Cuento del escritor y pedagogo italiano Gianni Rodari [1920-1980], especializado en literatura infantil y juvenil. 

domingo, 16 de agosto de 2015

Doble dos

-No hay sin embargo un caso más raro que el de uno de nuestros más efímeros primeros ministros. Y esto no es una historia de lord Dim, por más que lo parezca -dijo lord Winson Green-. Ya saben, el pobre Alfred Hill, que apenas duró seis meses en Downing Street. Su guardaespaldas, el guardaespaldas del Primer Ministro era un escritor más bien frustrado que divagaba a diario con la fantasía de matarlo y así conseguir la fama que necesitaba para vender libros. Como le daba tantas vueltas a la idea, pensó luego que lo mejor sería que el Primer Ministro lo matara a él. Eso sí que sería una gran noticia. Pero para recoger sus frutos tenía que sobrevivir, aunque fuera con nombre supuesto. El Primer Ministro tenía un sosias; él también. El del Primer Ministro era un poco atolondrado; el suyo, en cambio, tenía mucho charme y además hablaba francés como la señora del Primer Ministro. No me pregunten cómo, pero se las ingenió para organizar un affaire entre ellos. Si el Primer Ministro, al sorprenderlos en flagrante adulterio en Downing Street, lo mataba en un arrebato a la española o si ya en frío mandaba asesinarlo, sería al sosias al que mataran. El Primer Ministro no se inmutó sin embargo. Él y su señora llevaban un tiempo buscando alicientes sexuales para reavivar su relación. Así que cuando vio en la cama matrimonial a su esposa desnuda cabalgando sobre quien creía el guardaespaldas, se despojó de sus ropas y se unió a ellos. Ni el Primer Ministro ni su esposa sabían que aquel no era el verdadero guardaespaldas. ¡Al fin te tenemos en nuestra cama! -le dijeron con alborozo. Ni que decir tiene que el muñidor del curioso enredo siguió siendo un escritor frustrado.

Del libro London Calling [2015] del escritor Juan Pedro Aparicio [1941- ].

sábado, 15 de agosto de 2015

Colores

Uno de mis libros favoritos, desde hace años, es el diccionario. De vez en cuando, ojeándolo y hojeándolo, se descubren cosas sorprendentes. Y a veces muy hermosas.
Hace tiempo que, por ejemplo, encontré las definiciones de algunos colores. Y me encantan:

azul1. adj. Del color del cielo sin nubes.

amarillo, lla1. adj. De color semejante al del oro, la flor de la retama, etc. 

verde1. adj. De color semejante al de la hierba fresca, la esmeralda, el cardenillo, etc. 

Me gusta esa especie de falta de rigor mezclada con poesía. Es posible que la RAE sea un sitio rancio, pero no cabe duda de que algunas de las personas que se sientan en esos sillones saben escribir bien y bonito.

Hace unos días, curioseando, me encontré con esta sorprendente décima acepción de la palabra amarillo que, obviamente, no conocía:

amarillo, lla10. m. Adormecimiento extraordinario que los gusanos de seda, cuando son muy pequeños, suelen padecer en tiempo de niebla.

Aún sigo tratando de asimilarla. Uno nunca deja de sorprenderse...

P.S. En las últimas actualizaciones del diccionario han ido añadiendo en la definición de cada color la longitud de onda, en nanometros, correspondiente a la luz que lo produce. Afanes de ciencia que afortunadamente no han desplazado al cielo sin nubes, ni a la retama, ni a la hierba fresca...

viernes, 14 de agosto de 2015

Caminata

Aún no ha amanecido cuando empezamos a caminar. Una niebla fina cubre el suelo como si fuera un rocío que no hubiera llegado a cuajar, como hebras de algodón que para avanzar hubiera que ir apartando con los pies. Mientras andamos, protegiéndonos del frío de la mañana, la niebla parece pelear con la luz, remoloneando como si no quisiera retirarse del todo, tratando de mantenerse sobre el terreno como una manta que lo protegiera del calor que ya se anuncia. Al esfuerzo del camino se une pronto la sensación del sol en la cara, la calidez de la mañana sobre la escasa superficie de piel que la ropa deja al descubierto.
El sol, por fin, se ha impuesto y la niebla ha desaparecido del todo. Ya está alto y empieza a sentirse de verdad el calor. Hacemos una primera parada. Buscamos una sombra junto al camino, bajo un roble. Cerca hay unos castaños, algún tejo. Sacamos agua, frutos secos, algo de pan, queso.
Enseguida seguimos andando para no enfriarnos. Ahora con menos ropa y más alegría. Cuando se levanta un poco de aire se nota fresco, pero el calor ya nos acompaña como uno más del grupo, formando parte del camino.
Llegamos al refugio en el que vamos a comer, junto a la laguna. El aire se siente limpio y al tumbarte y mirar las nubes, el cielo parece estar más cerca que cuando lo vemos desde la ciudad.
Ya de vuelta, cojo algunas flores que encuentro junto al camino: una digital, un pendiente de la reina. Durante un rato las llevo en la palma de la mano viendo cómo las enciende el sol ya bajo del atardecer, sintiendo su peso ligero sobre mi piel...

Madrid, septiembre de 2012.

Licencia de Creative Commons
Caminata by Román J. Navarro Carrasco is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

jueves, 13 de agosto de 2015

El mejor momento

-Camarón que se duerme...
-No estoy dormido. Busco el mejor momento.
-El mejor momento no existe, criatura. La vida es ahora, siempre.

De la novela Los cuerpos extraños [2014], de la serie de Bevilacqua y Chamorro, del escritor Lorenzo Silva [1966- ].

miércoles, 12 de agosto de 2015

martes, 11 de agosto de 2015

Cuentitos y poesía para el verano

Los dos últimos libros que "han caído" estos días.
Este fin de semana he leído London Calling [2015] de Juan Pedro Aparicio [1941- ]. Es una colección de microrrelatos, si no recuerdo mal ninguno o casi ninguno pasa de las dos páginas, independientes pero con un hilo común: una reunión de caballeros ingleses, reunidos en un peculiar club con un embajador español, dialogan sobre diversos temas como el trato a los animales, las plumas de los ángeles o las relaciones de pareja...
Merece mucho la pena.

Y el otro es Palabra sobre palabra [2005], la poesía completa de Ángel González [1925-2008]. En realidad este libro llevaba ya unas cuantas semanas acompañándome junto a la cama y lo he ido leyendo de a poquitos. Ya he contado aquí más veces que no soy muy lector de poesía, pero me gusta probar... y lo de Ángel González ha sido un gusto.

(Por cierto, creo que se puede decir que Ángel ya es un "habitual" de este blog, pero Juan Pedro lo visitó ayer por primera vez.)

lunes, 10 de agosto de 2015

Homicidio en Heathrow

-¡Cuánto misterio emana de los aeropuertos! Yo les cuento otro caso -dijo lord Leighton Buzzard-. Este era también un hombre de empresa, un ejecutivo importante. Tenía un vuelo que no podía perder, como suele ocurrir con los ejecutivos, y buscaba desesperadamente un taxi en la zona de Knightsbridge. Iba a firmar un contrato en Qatar, vital para su futuro. Pero algo pasaba esa mañana con el tráfico. Por fin alcanzó a ver un coche libre y le hizo una señal muy llamativa. Había dejado el maletín en el suelo y agitaba los brazos por encima de su cabeza. Ya lo sé, demasiado nervioso para ser inglés. Una dama, joven todavía, en quien no había reparado, se le adelantó con descaro y se subió al taxi. Oyó que iba también a Heathrow. Le propuso que compartieran el coche, pero ella contestó con un mohín de desagrado. Decidió volver a su casa en Montpellier Walk y tomar su propio coche. Salió hacia Heathrow a toda la pobre velocidad que le permitió el tráfico y estacionó con tan mala suerte que produjo desperfectos en un coche vecino y tuvo que demorarse dejando sus datos en el parabrisas. Muy nervioso, se precipitó hacia la sala de embarque: el vuelo ya estaba cerrado. Con la sensación de haber sido asaltado, se acercó a la barra de la cafetería y pidió un whisky doble. Se lo bebió de un trago y pidió otro. No dejaba de pensar en el contrato perdido. Entonces vio a la mujer que le había quitado el taxi. Estaba sentada a una mesa tomándose muy plácidamente un té. Se acercó y le recriminó su conducta: ella se levantó muy airada "¡está usted bebido! -le acusó- ¿cómo se atreve a hablarme así?". Notó que ni siquiera lo había reconocido y se ofuscó. Agitó el brazo en actitud de rechazo como si quisiera apartar de sí el sonido de aquellas palabras, pero lo hizo con tal fuerza que la mujer se cayó hacia atrás y se desnucó. Salió a la calle entre gritos, los suyos, y los de la gente alrededor. Corrió sin saber a dónde y un autobús de los que unía las terminales lo atropelló. Tras una semana en coma, murió. Nadie logró convencer al marido de ella ni a la esposa de él de que no había habido entre ellos una turbulenta relación amorosa.

Del libro London Calling [2015] del escritor Juan Pedro Aparicio [1941- ].