He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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sábado, 10 de octubre de 2015

Prisas

-Interesante, como ustedes mismos dicen -asumió el embajador-. Y nos invita a meditar sobre la fuerte interacción que existe entre dictadura y democracia. En algún sitio he leído que un Churchill delirante, a sus noventa años, recibió en su lecho de muerte la visita del espectro de Hitler.
-Has sido demasiado duro conmigo -le reprochó, sentado a un costado de su cama-. Y no acabo de entenderlo, aunque tu padre era rico y el mío pobre, ambos fueron de carácter voluble, bebedores y mujeriegos, y nos dejaron huérfanos a edad temprana. Pero los ricos sois así. Y ahora yo soy un paria de la Historia: la reencarnación del mal; mientras que tú personificas el bien y el heroísmo. ¿No te parece injusto? Al fin y al cabo tú representabas lo que yo más anhelaba para mi país: el Imperio. ¡Nos hubiéramos repartido el mundo!
-Las prisas fueron tu error -dicen que replicó Churchill, que añadió-: El imperio británico se construyó durante más de trescientos años, en un proceso lento y paulatino que nos acostumbró cada día a la injusticia haciéndola pasar por el estado natural de las cosas. Pretender lo mismo en solo cinco años requirió de tal concentración de crueldad que pareció que el mismo infierno hubiera invadido el planeta. Y tan extrema acumulación de crímenes sirvió para hacernos mucho más conscientes de los nuestros; de modo que nos hizo condenarlos también en nosotros. Por eso pasamos a ser considerados los buenos de la Historia.

Del libro London Calling [2015] del escritor Juan Pedro Aparicio [1941- ].

viernes, 4 de septiembre de 2015

Amor al fin y al cabo

-Yo recuerdo el caso de dos chicos, ella y él, dos TTI, típicos tímidos ingleses -dijo lord Winson Green-, que se relacionaron por Internet a través de una dating. Ella no se atrevía a enviarle una foto por temor a no gustarle y tampoco una foto que no fuera de ella, como sabía que hacían otras chicas. A él le pasaba lo mismo. De modo que optaron por enviarse un retrato a lápiz o plumilla; ella se lo encargó a una compañera que dibujaba muy bien y que se convirtió encantada en cómplice de su embellecimiento, con oportunos y sabios retoques en ojos, nariz, cintura y pecho. Él tuvo que pagar a un nigeriano que hacía retratos en Hyde Park, al que pidió uno de cuerpo entero, no sin advertirle que solo le pagaría si le sacaba alto y atlético, con los ojos grandes y el mentón firme. Después de enviarse los dibujos escaneados, se citaron en un pub de Chiswick para conocerse en persona. Cuando él entró, ella estaba sentada al lado de una ventana sobre el Támesis. Era bellísima, como la del dibujo. Se acercó muy azorado. Empezó a hablar y enseguida tuvo la sensación de que estaba molestando. Otro muchacho, recién entrado, vino al rescate de la chica. "¿No ves que no le apetece estar contigo?", le recriminó. Lo reconoció enseguida, ojos grandes, atlético, mentón firme. Ese muchacho era él. No tuvo dudas. Pero tampoco era él: era el muchacho de su dibujo.
Los vio sonreírse y reconocerse; los vio mirarse embelesados; los vio salir juntos. Sin entenderlo del todo, se derrumbó sobre una silla. Y, cuando más abatido estaba, una leve esperanza le hizo levantar la cabeza: si quien se había ido con la chica no era él, sino el muchacho estilizado de su dibujo, acaso habría también una segunda chica bastante menos agraciada pero capaz de haber inspirado la belleza del retrato que ella le había enviado. 
Sintió que la puerta se abría y contuvo la respiración...

Del libro London Calling [2015] del escritor Juan Pedro Aparicio [1941- ].

domingo, 16 de agosto de 2015

Doble dos

-No hay sin embargo un caso más raro que el de uno de nuestros más efímeros primeros ministros. Y esto no es una historia de lord Dim, por más que lo parezca -dijo lord Winson Green-. Ya saben, el pobre Alfred Hill, que apenas duró seis meses en Downing Street. Su guardaespaldas, el guardaespaldas del Primer Ministro era un escritor más bien frustrado que divagaba a diario con la fantasía de matarlo y así conseguir la fama que necesitaba para vender libros. Como le daba tantas vueltas a la idea, pensó luego que lo mejor sería que el Primer Ministro lo matara a él. Eso sí que sería una gran noticia. Pero para recoger sus frutos tenía que sobrevivir, aunque fuera con nombre supuesto. El Primer Ministro tenía un sosias; él también. El del Primer Ministro era un poco atolondrado; el suyo, en cambio, tenía mucho charme y además hablaba francés como la señora del Primer Ministro. No me pregunten cómo, pero se las ingenió para organizar un affaire entre ellos. Si el Primer Ministro, al sorprenderlos en flagrante adulterio en Downing Street, lo mataba en un arrebato a la española o si ya en frío mandaba asesinarlo, sería al sosias al que mataran. El Primer Ministro no se inmutó sin embargo. Él y su señora llevaban un tiempo buscando alicientes sexuales para reavivar su relación. Así que cuando vio en la cama matrimonial a su esposa desnuda cabalgando sobre quien creía el guardaespaldas, se despojó de sus ropas y se unió a ellos. Ni el Primer Ministro ni su esposa sabían que aquel no era el verdadero guardaespaldas. ¡Al fin te tenemos en nuestra cama! -le dijeron con alborozo. Ni que decir tiene que el muñidor del curioso enredo siguió siendo un escritor frustrado.

Del libro London Calling [2015] del escritor Juan Pedro Aparicio [1941- ].

martes, 11 de agosto de 2015

Cuentitos y poesía para el verano

Los dos últimos libros que "han caído" estos días.
Este fin de semana he leído London Calling [2015] de Juan Pedro Aparicio [1941- ]. Es una colección de microrrelatos, si no recuerdo mal ninguno o casi ninguno pasa de las dos páginas, independientes pero con un hilo común: una reunión de caballeros ingleses, reunidos en un peculiar club con un embajador español, dialogan sobre diversos temas como el trato a los animales, las plumas de los ángeles o las relaciones de pareja...
Merece mucho la pena.

Y el otro es Palabra sobre palabra [2005], la poesía completa de Ángel González [1925-2008]. En realidad este libro llevaba ya unas cuantas semanas acompañándome junto a la cama y lo he ido leyendo de a poquitos. Ya he contado aquí más veces que no soy muy lector de poesía, pero me gusta probar... y lo de Ángel González ha sido un gusto.

(Por cierto, creo que se puede decir que Ángel ya es un "habitual" de este blog, pero Juan Pedro lo visitó ayer por primera vez.)

lunes, 10 de agosto de 2015

Homicidio en Heathrow

-¡Cuánto misterio emana de los aeropuertos! Yo les cuento otro caso -dijo lord Leighton Buzzard-. Este era también un hombre de empresa, un ejecutivo importante. Tenía un vuelo que no podía perder, como suele ocurrir con los ejecutivos, y buscaba desesperadamente un taxi en la zona de Knightsbridge. Iba a firmar un contrato en Qatar, vital para su futuro. Pero algo pasaba esa mañana con el tráfico. Por fin alcanzó a ver un coche libre y le hizo una señal muy llamativa. Había dejado el maletín en el suelo y agitaba los brazos por encima de su cabeza. Ya lo sé, demasiado nervioso para ser inglés. Una dama, joven todavía, en quien no había reparado, se le adelantó con descaro y se subió al taxi. Oyó que iba también a Heathrow. Le propuso que compartieran el coche, pero ella contestó con un mohín de desagrado. Decidió volver a su casa en Montpellier Walk y tomar su propio coche. Salió hacia Heathrow a toda la pobre velocidad que le permitió el tráfico y estacionó con tan mala suerte que produjo desperfectos en un coche vecino y tuvo que demorarse dejando sus datos en el parabrisas. Muy nervioso, se precipitó hacia la sala de embarque: el vuelo ya estaba cerrado. Con la sensación de haber sido asaltado, se acercó a la barra de la cafetería y pidió un whisky doble. Se lo bebió de un trago y pidió otro. No dejaba de pensar en el contrato perdido. Entonces vio a la mujer que le había quitado el taxi. Estaba sentada a una mesa tomándose muy plácidamente un té. Se acercó y le recriminó su conducta: ella se levantó muy airada "¡está usted bebido! -le acusó- ¿cómo se atreve a hablarme así?". Notó que ni siquiera lo había reconocido y se ofuscó. Agitó el brazo en actitud de rechazo como si quisiera apartar de sí el sonido de aquellas palabras, pero lo hizo con tal fuerza que la mujer se cayó hacia atrás y se desnucó. Salió a la calle entre gritos, los suyos, y los de la gente alrededor. Corrió sin saber a dónde y un autobús de los que unía las terminales lo atropelló. Tras una semana en coma, murió. Nadie logró convencer al marido de ella ni a la esposa de él de que no había habido entre ellos una turbulenta relación amorosa.

Del libro London Calling [2015] del escritor Juan Pedro Aparicio [1941- ].