He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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sábado, 26 de septiembre de 2015

Ahora sabía que lo amaba

Ahora sabía que lo amaba, lo amaba con una pasión limpia que nunca había sentido antes. Una vez, por poco tiempo, había sido la amante de un hombre elegante y atractivo, pero siempre se sintió incómoda cuando él decía que la quería. Sentía que se refería a algo que Lou no acababa de entender y, en efecto, descubrió que él la quería si los calcetines estaban doblados y ella siempre a su disposición, si la comida era exquisita y ella no menstruaba, si el vino no le soltaba la lengua o si el aceite de oliva no añadía un pliegue a su barriga. Cuando la dejó por otra más pequeña y pulcra, más dispuesta y dócil ante sus exigencias, Lou había arrojado piedras a sus ventanas, había escrito obscenidades con tiza en los muros de su edificio, se había obsesionado con la imagen del pulcro coño de la joven amante (él había obligado a Lou a abortar) y con el nombre de su rival (aunque años después, cuando la vio por primera vez, descubrió que no era nada agraciada), cuyos anagramas se cortó en el brazo... En resumen, le había sorprendido lo profundo de su apasionada desazón ante la pérdida de un hombre que, en esencia, era mezquino y exigente.

De la novela Oso [1980] de la escritora canadiense Marian Engel [1933-1985].

jueves, 17 de septiembre de 2015

Lluvia

Se regaló una dura mañana de trabajo. Al mediodía los cielos se abrieron. Llovió como si nunca hubiese llovido antes. Llovió a cántaros, llovieron gruesas cortinas de agua gris. Rugieron los truenos, centellearon los relámpagos. El cielo se volvió gris oscuro. El amplio río se alisó y arrugó para recibir las gotas de lluvia. Empezó a levantarse la bruma. Lou pudo oír cómo el césped se convertía en barrizal.

De la novela Oso [1980] de la escritora canadiense Marian Engel [1933-1985].