He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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domingo, 11 de febrero de 2018

Cuadrado negro

Cuadrado negro, 1915

Hoy hace 140 años que nació el pintor Kazimir Malévich [1878-1935].

jueves, 1 de febrero de 2018

Silencio


[...] pero como le fatigasen los deseos de volver a sus estudios y a Salamanca —que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado—, pidió a sus amos licencia para volverse. Ellos, corteses y liberales, se la dieron [...]

De El licenciado Vidriera, una de las Novelas ejemplares [1613] de Miguel de Cervantes [1547-1616]. La foto la hice ayer paseando por Salamanca... (y la he n'undificado para colgarla aquí...)

viernes, 8 de diciembre de 2017

Librotes

Hoy he estado con Vero y Gonzalo visitando Guadalupe, en Cáceres. Mientras ella terminaba un trabajo que tenía pendiente relacionado con n'UNDO, nosotros hemos visitado el Monasterio.

Sería largo contar la sensación durante la visita: la grandiosidad del lugar, la belleza de las obras, la riqueza de las piezas que se exhiben, el silencio y el recogimiento sólo imaginados, imposibles de sentir con las miles de personas que estábamos allí recorriendo el edificio como si fuera un centro comercial o un parque temático...

Destaco sólo, de entre todos los objetos que se pueden ver allí (zurbaranes, goyas, marfil, toneladas de joyas y oro y plata, esculturas...), los "librotes" de la maravillosa colección de libros miniados que se exhibe en una de las salas. A pesar de los carteles que dicen que respetes el arte no haciendo fotografías (¿¡¡¿¡¿?!??!!) no me he podido resistir a hacer algunas aunque fuera con mi cutremóvil.


Ayer volviendo de pasar un par de días en Segovia, también maravillosamente acompañado, y hoy, un día magnífico, en inmejorable compañía.
Sin duda, mejor con amigxs...

¡Seguimos!

martes, 7 de noviembre de 2017

gente que lee (192)

Vero me hizo esta foto leyendo hace un par de días en Barcelona, cuando fuimos a ver a Mónica. Y antes de enviármela la n'undificó, claro...
;o)

domingo, 3 de septiembre de 2017

jueves, 15 de diciembre de 2016

La sonrisa de Calabacillas

Anoche estuve en el intruso BAR en el primer (y parece que lamentablemente último) concierto de la gira mundial de presentación del disco La sonrisa de Calabacillas, de Gonzalo Sánchez-Terán.
Conozco a Gonzalo a través de Vero y de n'UNDO y he tenido la suerte de estar incluido en la lista de gente invitada al concierto de ayer. Me parece atrevido decir que somos amigos, es una palabra seria que me cuesta usar con ligereza, pero es una de esas personas que me resultan interesantes y que cada vez que coincido con él pienso que estaría bien volver a vernos una vez más...


Ayer me lo pasé como un enano. Disfruté de las canciones y del ambiente. Fue un concierto divertido, cultureta, político, cerebrudo, incorrecto, inteligente, comprometido, honesto, crítico, como creo que, hasta donde le conozco, es Gonzalo.
Es prácticamente seguro que ni él ni los amigxs que le acompañaban en el escenario se van a hacer multimillonarixs vendiendo este disco, sería rarísimo que llegaran a destrozar con él las listas de éxitos y de ventas, es muy improbable que les den el Nobel de Música, pero fue hermoso ver a alguien compartir y compartirse con amor y sinceridad. Esa afán de compartir lo tuyo con los tuyos es un bien escaso que se echa de menos y que se agradece cuando se encuentra.
¡Gracias!


Vano como insultar al tiempo

Vano como insultar al tiempo que nos regala su edad,
vano cual condenar a muerte al vientre de la verdad,
vano como arrodillarse ante los dioses de sal,

mejor andar por los valles como la lluvia de abril, 
ser arponero del miedo hasta que el mismo miedo se esconda de ti.

Vano como quemar banderas para banderas izar,
vano cual derribar estatuas sin derruir el pedestal,
como sentarse a la mesa junto a la tenia del mal,

mejor andar por las plazas como los días de sol,
adiestrar a los silencios hasta que el silencio obedezca tu voz.

Vano como imponer fronteras al ave y al corazón,
vano cual escandir la vida con los dedos del temor,
inútil cual la nostalgia, inútil como el rencor,

mejor tumbarse en la hierba como la uva en la vid,
acariciar a los noes hasta que los noes confiesen su sí.

viernes, 18 de noviembre de 2016

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¿Qué decir hoy aquí, después de dos días en las jornadas n'UNDO sobre vacío, sustracción y silencio...?
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jueves, 17 de noviembre de 2016

Jornadas n'UNDO

Ayer y hoy, 16 y 17 de noviembre, se están celebrando en La Casa Encendida de Madrid las jornadas n'UNDO sobre Vacío, sustracción y silencio. Están siendo dos días interesantísimos de reflexión y escucha y diálogo.
Se ha lanzado una propuesta en verkami para publicar en papel todo lo que está pasando aquí. Y ya se puede entrar en la página para ver el proyecto y colaborar:
https://www.verkami.com/projects/16434-libro-vacio-sustraccion-y-silencio-publicacion-en-papel#.

lunes, 26 de octubre de 2015

Por qué no he escrito ninguno de mis libros

Al lector

Las primeras líneas de un libro son las más importantes. El máximo esmero siempre es poco. Críticos y lectores profesionales reconocen sin rubor que juzgan una obra por sus tres primeras frases: si no resultan de su agrado, en ese mismo momento plantan su lectura e inician aliviados la del libro siguiente.
Éste es el cabo peligroso que hace un momento acaba usted de superar, lector. Puesto que no voy a poder, de ahora en adelante, fingir que ignoro su presencia, permítame loar su valentía y su espíritu de aventura. Sin más garantía que la de una bandera insólita, de la que no puede saber qué género oculta, acomete usted la lectura de una obra desconocida. Encierra este acto una forma de audacia que cabía suponer caída en desuso.
Bien es verdad -cosa que de ningún modo significa rebajar su mérito- que en este caso los riesgos asumidos no parecen muy grandes: la obra es de dimensiones modestas, la colección en la que se inserta ha conquistado con rapidez sus cartas de nobleza, e incluso, por poco que haya tenido la oportunidad de trabar conocimiento con las producciones oulipianas, el nombre que figura en la portada podría no resultarle del todo desconocido.
Pero tal vez para usted el riesgo estribe precisamente ahí. Vaya usted a saber en qué tipo de expedición pretenden embarcarle. Permítame no obstante darle unas cuantas garantías y despejar posibles malentendidos.
Sin duda opina usted que, por muy considerable que pueda ser el número de libros (de todas las categorías sin distinción, desde el libelo de un par de cuartillas hasta las enciclopedias más extensas) que se vienen produciendo desde hace más de siete mil años (una evaluación por lo menos aproximada debe de figurar con toda probabilidad en alguna obra especializada), resulta por lo menos poco razonable pretender fundamentar la propia singularidad sobre el mero hecho de no haber contribuido con ninguna aportación personal a esta siempre renaciente producción; en una palabra, no haber escrito ningún libro no debería representar, para usted, motivo suficiente para definir a un hombre, ni tampoco para abrumarlo. Nadie, pienso, disentirá.
Sin embargo, reduciendo la muestra de referencia, considerando ya no a los hombres y su diversidad, sino un grupo más reducido -por ejemplo el círculo de amigos, de relaciones, de conocidos dentro del cual se mueve cada uno de nosotros y a cuyo juicio presta atención-, las cosas se presentan bajo una luz distinta. En un ambiente en el que escribir, y sobre todo publicar libros, constituye no sólo una actividad sino también un valor (a veces lo único que subsiste al final de un dilatado desmoronamiento), se singulariza uno mucho excluyéndose de la competición. Y esta singularidad merece un análisis: irrite, conmueva, alegre o entristezca, entre los allegados suscita unos interrogantes que no se pueden obviar.
Para darles respuesta, existe un cierto número de caminos que no tengo la más mínima intención de tomar. He aquí un inventario aproximado:
- alabar los méritos de la comunicación verbal respecto a la escritura;
- vilipendiar el lenguaje, cubrir de descrédito las palabras, lamentarse a lágrima viva de la imposibilidad-de-cualquier-comunicación-verdadera;
- plantarse en lo inexpresable, preconizar el silencio como valor supremo;
- cantar loas a la vida, al cuerpo-a-cuerpo con la realidad, en tanto que superiores a la escritura;
- hilvanar argumentos y filigranas sobre los temas de la abstención-preferible-a-la-acción o de la inutilidad-de-emprender-algo-en-un-mundo-de-todos-modos-abocado-a-la-destrucción-y-a-la-muerte.
El que no haya escrito ninguno de mis libros no se debe ciertamente a que sueñe con acabar con la literatura: no he escogido la esterilidad como forma de realización personal ni la impotencia como modo de producción. No deseo destruir nada. Más bien todo lo contrario, estoy decidido a respetar las leyes del mundo de los libros.
Así, existe una regla no escrita que prescribe que los escritores, y a mayor abundamiento los no escritores, no publican sus no obras. De no ser así, los editores, que ya no saben qué hacer con las pilas de manuscritos que reciben, se encontrarían atrapados en un maremoto del fondo de los cajones. Por regla general también se suele admitir, y por las mismas razones sin duda, que hay que estar muerto (y ser famoso -por lo menos algo-) para tener derecho algún día a la publicación de los papeles personales inéditos: amasijo de apuntes, de proyectos, de reflexiones que un hombre que se las da de escritor no puede evitar ir acumulando a lo largo de su vida, materia casi sin desbastar a la espera de encontrar su sitio en una obra futura.
Estas dos reglas no pretendo en modo alguno conculcarlas, bajo ningún pretexto. Lo que no significa por ello que esté tratando de construir un modelo que explicaría, recurriendo al lenguaje de un riguroso determinismo, las razones por las cuales yo no debería escribir.
Este libro, si llega a buen fin, será el producto de una carrera de velocidad entre diversos "demonios" (en el sentido socrático, por supuesto); los de la duda y la ironía, en el último minuto, cederán los puestos de cabeza a los de la seriedad y la fe. Pero, por el momento, de esta carrera soy el espectador y ni siquiera sé a cuál de los participantes debería animar.
El autor

De esta forma tan sugerente comienza Por qué no he escrito ninguno de mis libros [1986] de Marcel Bénabou [1939- ].
Hace unos días lo encontré por casualidad en una biblioteca. Me llamó la atención el título, claro, y me pareció que podía ser uno de esos libros sobre libros que tanto me gustan...
Y efectivamente ha sido todo un hallazgo...
El autor desglosa en 130 páginas la imposibilidad y la inutilidad de escribir un libro, plantea si son necesarios más de los que ya están escritos y si él mismo podría ser capaz de aumentar ese enorme catálogo.

Inevitablemente me ha recordado las propuestas de n'UNDO de no construir, minimizar, reutilizar y desmantelar. Lo que es aplicable a la arquitectura es, por supuesto, aplicable también a la literatura.

Una de las citas que aparecen en el libro, de Jorge Luis Borges, creo que ilustra bien el ánimo con el que el que está escrito este no-libro:
Trabajoso y empobrecedor disparate el que consiste en componer extensos libros y desarrollar en quinientas páginas una idea que cabe perfectamente exponer de forma oral en unos minutos. Más vale fingir que esos libros ya existen, y presentar de ellos un resumen, un comentario.

jueves, 21 de mayo de 2015

Preferiría no hacerlo

6) Se da el caso de quien renuncia a escribir porque considera que él no es nadie. Pepín Bello, por ejemplo. Marguerite Duras decía: "La historia de mi vida no existe. No hay centro. No hay camino, ni línea. Hay vastos espacios donde se ha hecho creer que había alguien, pero no es verdad, no había nadie." "No soy nadie", dice Pepín Bello cuando se habla con él y se hace referencia a su probado rol de galvanizador o artífice, profeta o cerebro de la generación del 27, y sobre todo del grupo que él, García Lorca, Buñuel y Dalí formaron en la Residencia de Estudiantes. En La edad de oro, Vicente Molina Foix cuenta cómo, al recordarle a Bello su influencia decisiva en los mejores cerebros de su generación, éste se limitó a contestarle, con una modestia que no sonó a hueca ni orgullosa: "No soy nadie."
Por mucho que se le insista a Pepín Bello -hoy un hombre de noventa y tres años, sorprendente ágrafo a pesar de su genialidad artística-, por mucho que hasta se le recuerde que todas las memorias y los libros que tratan de la generación del 27 resuenan con su nombre, por mucho que se le diga que en todos esos libros se habla de él en términos de grandísima admiración por sus ocurrencias, por sus anticipaciones, por su agudeza, por mucho que se le diga que él fue el cerebro en la sombra de la generación literaria más brillante de la España de este siglo, por mucho que se le insista en todo esto, él siempre dice que no es nadie, y luego, riendo de una manera infinitamente seria, aclara: "He escrito mucho, pero no queda nada. He perdido cartas y he perdido textos escritos en aquella época de la Residencia, porque no les he dado ningún valor. He escrito memorias y las he roto. El género de las memorias es importante, pero yo no."
En España, Pepín Bello es el escritor del No por excelencia, el arquetipo genial del artista hispano sin obras. Bello figura en todos los diccionarios artísticos, se le reconoce una actividad excepcional, y sin embargo carece de obras, ha cruzado por la historia del arte sin ambiciones de alcanzar alguna cima: "No he escrito nunca con ánimo de publicar. Lo hice para los amigos, para reírnos, por pitorreo."
Una vez, estando yo de paso en Madrid, hará de eso unos cinco años, me dejé caer por la Residencia de Estudiantes, donde habían organizado un acto en homenaje a Buñuel. Allí estaba Pepín Bello. Le espié un buen rato y hasta me acerqué mucho a él para ver qué clase de cosas decía. Dicho con un pitorreo zumbón y divertido, le escuché decir esto:
-Yo soy el Pepín Bello de los manuales y los diccionarios.
Nunca dejará de admirarme el destino de este recalcitrante ágrafo, de quien siempre se resalta su absoluta sencillez, como si él supiera que en ella se encuentra el verdadero modo de distinguirse.

El fin de semana pasado estuve malito en casa (cosas de los cambios de estación y del tiempo inestable de la sierra...) y aproveché para conocer a los Bartlebys: primero leí Bartleby, el escribiente [1853], de Herman Melville [1819-1891]. Y después Bartleby y compañía [2000] de Enrique Vila-Matas [1948- ], al que pertenece el texto de arriba sobre Pepín Bello [1904-2008], de cuyo nacimiento, por cierto, se cumplieron 111 años el pasado miércoles, 13 de mayo.

Hacía tiempo que les tenía ganas a los Bartlebys. Las recomendaciones me habían llegado desde muchos sitios, y la última había sido, claro, desde n'UNDO: Los Bartlebys son sin duda la versión literaria de n'UNDO: escribir desde la resta, desde la renuncia, quizá NO escribir...