El lunes pasado colgué esta foto en el blog. La hice mientras esperaba para entrar a la clase de Zapata en la Escuela de Escritores.
La del lunes ha sido mi última clase del taller de escritura. Al menos de momento.
Hace ya bastantes semanas que no le estoy sacando al taller todo el partido que me gustaría y además siento que el precio es, al menos para mí ahora mismo, impagable.
Así que, después de darle muchas vueltas y pensarlo y repensarlo mucho, he decidido que me tomo un descanso. He aprendido mucho en estos meses. He acumulado mucho material, muchas propuestas y muchas ideas. Así que, si de verdad me apetece tanto escribir como siento y creo y digo, ahora puede ser un buen momento para poner en orden todo eso y escribir y escribir y escribir.
¡Seguimos!
He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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viernes, 2 de febrero de 2018
lunes, 6 de noviembre de 2017
Y eso es exactamente lo que significa escribir
Y eso es exactamente lo que significa escribir: ser capaz de trasladar los pensamientos más originales, con todos sus recovecos y todo su misterio, a la hoja en blanco. Escribir significa acercarse a nuestro más genuino yo y a nuestro más auténtico punto de vista.
Del libro El rayo y el trueno [2001] de Natalie Goldberg.
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viernes, 3 de noviembre de 2017
¿Qué hay que hacer?
«¡Natalie!» Durante una conferencia alguien levanta la mano y, aunque no tengo poderes psíquicos, puedo percibir la pregunta que flota en el aire: «¿Qué hay que hacer para llegar a ser escritor?».
Siempre contesto lo mismo: «Leer, leer sobre todo el género que te interesa, escuchar atentamente y, por supuesto, escribir».
Del libro El rayo y el trueno [2001] de Natalie Goldberg.
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martes, 24 de junio de 2014
Capote
Hace años, no sé cuántos, leí A sangre fría, del escritor estadounidense Truman Capote [1924-1984]. Recuerdo que me gustó y me impresionó leerla, pero no fui entonces consciente del camino que abría aquella novela al publicarse a finales de los sesenta.
Hace unos días vi en casa Capote, la película que se rodó en 2005 sobre la escritura de A sangre fría.
Magnífica. Un recorrido por todo el proceso creativo, con los altibajos de la relación del escritor con el tema, los personajes y con la propia historia...
El actor que interpreta a Capote, Philip Seymour Hoffman, trabaja extraordinariamente: casi sin darte cuenta te va haciendo sentir amor y odio hacia su personaje según avanza la película. En ocasiones parece que es un tipo habilidosísimo para seducir a las personas de quienes necesita alguna información, y otras veces da la impresión de que simplemente utiliza a quien tiene en su entorno para sus intereses, para poder terminar su libro.
Fascinante también la implicación en la escritura, cómo la historia va enredando al escritor hasta casi no dejarle vivir tranquilo y no permitirle tener la cabeza en ningún otro sitio que no sean sus personajes y la historia que trazaron...
Hace unos días vi en casa Capote, la película que se rodó en 2005 sobre la escritura de A sangre fría.
Magnífica. Un recorrido por todo el proceso creativo, con los altibajos de la relación del escritor con el tema, los personajes y con la propia historia...
El actor que interpreta a Capote, Philip Seymour Hoffman, trabaja extraordinariamente: casi sin darte cuenta te va haciendo sentir amor y odio hacia su personaje según avanza la película. En ocasiones parece que es un tipo habilidosísimo para seducir a las personas de quienes necesita alguna información, y otras veces da la impresión de que simplemente utiliza a quien tiene en su entorno para sus intereses, para poder terminar su libro.
Fascinante también la implicación en la escritura, cómo la historia va enredando al escritor hasta casi no dejarle vivir tranquilo y no permitirle tener la cabeza en ningún otro sitio que no sean sus personajes y la historia que trazaron...
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martes, 3 de junio de 2014
Escribir
Hace poco, un oyente telefoneó a un programa de radio y contó que su matrimonio había empezado a naufragar el día en el que su mujer llevó a casa a una amiga anoréxica.
—¿Qué sucedió? —preguntó la locutora.
—No se lo puedo decir porque a mi esposa le gustaba mucho la radio y quizá me esté oyendo. La cuestión es que las cosas se empezaron a complicar y ahora vivimos separados.
La audiencia, a juzgar por las llamadas posteriores, se quedó muy intrigada y yo pensé que aquel hombre nos había dado una lección perfecta de cómo comenzar un relato. Las situaciones de partida son así de gratuitas, así de normales también. Y cuando digo normal no pierdo de vista desde luego el grado profundo de anormalidad que subyace en la vida cotidiana, aunque hayamos desarrollado mecanismos para no percibirla. El acierto de este hombre consistió en contar algo que estaba en la frontera de lo vulgar y lo extraño. Parece que estoy viendo la escena:
—Mira, Javier, ésta es mi amiga Rosa, que como puedes ver es anoréxica y ha venido a pasar unos días con nosotros. Dormirá en el sofá-cama del cuarto de estar.
—Encantado.
No es difícil imaginarse a los tres en el tresillo, viendo la tele. Rosa, muy delgada, permanece entre los dos, sin probar los aperitivos que la mujer de Javier ha puesto sobre la mesa. Javier está un poco violento, pero al mismo tiempo orgulloso de que su esposa intente ayudar a una amiga. Él mismo, sin darse cuenta, ha empezado a urdir algunos modos de obligarla a comer. Una situación normal, de gente normal: se respira una atmósfera de clase media absolutamente familiar. Javier, seguramente, es funcionario.
A los tres meses, sin embargo, Javier vive solo en un apartamento y se dedica a telefonear a las emisoras de radio para contar que su matrimonio ha fracasado. Ahora estamos ya frente a una historia de terror. Sólo hay que escribir lo que ha sucedido en medio. A ver quién se anima.
Del libro Articuentos completos [2011] del escritor español Juan José Millás [1946- ].
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viernes, 28 de marzo de 2014
La mirada
Recuerdo el año que estuve viviendo en Nueva York, compartiendo casa con otros cinco profesores españoles que, como yo, impartían clases en institutos de Secundaria. A la hora de la cena hablábamos de la ciudad, y yo tenía la sensación de que vivíamos en cinco ciudades diferentes, a pesar de que teníamos todos la misma edad, el mismo trabajo y el mismo lugar de origen. Puede que existan ocho millones de ciudades que comparten un mismo nombre, Nueva York; una para cada uno de sus habitantes. Pero además estoy convencido de que ahora la misma ciudad ya es otra, porque aun siendo la misma, yo no la podré ver con los mismos ojos. La escritura refleja lo real porque es subjetiva. Nueva York, Barcelona o Albacete solo existen como y cuando las miramos.
Del libro Escribir de Enrique Páez [1955- ].
Magnífico.
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domingo, 9 de marzo de 2014
Por eso escribo
Escribo para sobrevivir. Para tener una vida interior, que viene a ser lo mismo. Escribo porque escribir me produce placer. Porque me hace sentirme un ser humano. Un ser libre. Escribir para uno mismo es el origen de la literatura. Es el punto de arranque de la auténtica literatura, y de la libertad. No tiene nada que ver con los premios. Nada que ver con la moda ni con el consumo. Escribo por amor al lenguaje. A las palabras. A la voz. Es lo que más respeto. Por eso escribo. Únicamente por eso escribo.
Cita del escritor chino Gao Xingjian [1940- ], premio Nobel de Literatura en el año 2000, encontrada en el libro Escribir de Enrique Páez.
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