He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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sábado, 27 de febrero de 2016

Para que nadie sea esclavo

Confío en que el librito sea también útil para quien cree en la necesidad de que la imaginación tenga su puesto en la enseñanza; para quien tiene fe en la creatividad infantil; para quien sabe qué virtud liberadora puede tener la palabra. "Todos los usos de la palabra para todos", me parece un lema bueno y con agradable sonido democrático. No para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo.

El último párrafo del primer capítulo del libro Gramática de la fantasía (Introducción al arte de inventar historias) [1973] del escritor y pedagogo italiano Gianni Rodari [1920-1980].

lunes, 30 de noviembre de 2015

Caperucita encarnada

Era vez de una niña hermosísima, como nadie pudo imaginarla jamas, que vivia en una aldea con su madre, la cual la queria tanto, que estaba loca con ella, y su abuela mas loca todavía. Esta buena mujer habia dado á su nieta un gorrito encarnado que la sentaba á las mil maravillas, y por esta razon la llamaban Caperucita Encarnada.
Un día que que su madre habia cocido en el horno sabrosos bollos, la llamó y la dijo: -Mira, me han dicho que tu abuelita está mala; ve á verla y llévala este bollo y esta orcita de manteca. Caperucita Encarnada se dirijió en seguida hácia la casa de su abuelita, la cual vivia en otra aldea de las inmediaciones.
Al pasar por el bosque, encontró á maese Lobo, á quien se le pasaron soberanas ganas de comérsela; pero no se atrevió á hacerlo á causa de un leñador que se hallaba cerca de aquel sitio. Sin embargo, la dirijió la palabra, preguntándola dónde iba. La pobre niña, que no sabia lo peligroso que es detenerse á escuchar á un Lobo, respondió: -Voy á casa de mi abuelita á llevarla un bollo y una orcita de manteca que mi madre la envia.
-Vive muy léjos? -replicó el Lobo. -Bastante léjos, -dijo Caperucita Encarnada;- ¿ve usted aquel molino que hay allá abajo? pues al otro lado, en la primera casa de la aldea. -Precisamente -repuso el Lobo- yo también tengo que ir allá; conque echa tú por ese camino y yo por este otro, y verémos quién de los dos llega primero.
El Lobo echó á correr con toda la fuerza de sus piernas por el camino mas corto, y la niña siguió por el mas largo, entreteniéndose en cojer avellanas, en perseguir mariposas y hacer ramilletes de las florecillas que encontraba al paso.
No tardó mucho el Lobo en llegar á casa de la abuela: detúvose, y tras, tras. -¿Quién está ahí? -Soy yo, su nieta, -respondió el Lobo finjiendo la voz- Caperucita Encarnada que viene á traer á usted un bollo y una orcita de manteca de parte de mi madre. La pobre abuela, que estaba en su cama porque se hallaba un poco enferma, le gritó: -Alza el pestillo y empuja la puerta. El Lobo alzó el pestillo y la puerta se abrió. En seguida se arrojó sobre la buena mujer y la devoró en un abrir y cerrar de ojos, porque el maldito tenia hambre de tres dias.
Hecho esto, cerró la puerta y fué á acostarse en la cama de la abuelita, esperando á que llegase Caperucita Encarnada, la cual no tardó en llamar. -Tras, tras. -Quién está ahí? Al escuchar la ronca voz del Lobo, Caperucita Encarnada tuvo miedo; pero se repuso pensando que su abuela estaria resfriada, y respondió: soy yo, abuelita, yo que vengo á traerle de parte de mi madre un bollo y una orcita de manteca.
El Lobo dulcificó un poco la voz, y dijo: -Alza el pestillo y empuja la puerta. 
Caperucita Encarnada alzó el pestillo y la puerta se abrió. Viéndola entrar, el Lobo se rebujó entre las sábanas, y añadió: -Pon el bollo y la orcita de manteca sobre la hucha y ven á acostarte conmigo. Caperucita Encarnada se desnudó, y se metió en la cama, causándola gran estrañeza el cambio que se habia operado en el cuerpo de su abuelita.
Y entónces la dijo: -Abuelita, qué brazos tan largos tiene usted! -Es para abrazarte mejor, hija mia. -Abuelita, qué piernas tan grandes tiene usted! -Es para correr con mas lijereza, hija mia. -¿Y estas orejas tan grandes, abuelita? -Para oir mejor. -Y estos ojos tan grandes? -Para ver con mas claridad. -¿Y por qué tiene usted estos dientes tan enormes, abuelita? -Para comerte! Y diciendo estas palabras, el indino Lobo se arrojó sobre Caperucita Encarnada y se la comió.

MORALEJA
Niñas, cuando ustedes sean hermosas jóvenes, desconfien siempre de los lobos: -en estes mundo hay muchos melifluos y elegantes, cuyo lenguaje es cariñoso y seductor, y esos precisamente son los de la raza más peligrosa.

Me ha resultado muy inquietante leer los cuentos originales de Charles Perrault [1628-1703].
Retrato de Charles Perrault realizado por Philippe Lallemand [1636-1716].

Me parecieron sexistas, violentos, continuadores de lo más feo de los roles de género, dan un poco de miedo... uffff.... Pero tengo gente cerca que me explica que para interpretarlos adecuadamente debería leer a Pinkola, a Rodari, a Propp...
Estoy en ello.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Aida

Nuestro pueblecito ha festejado ayer al señor Giovancarlo Trombetti, que en treinta años de trabajo ha grabado por sí solo y sin ayudantes la ópera Aida del maestro Giuseppe Verdi.
Empezó cuando era casi un niño, cantando ante el micrófono de su magnetofón el papel de Aida, después el de Amneris, después el de Radamés. Uno tras otro, cantó y grabó todos los papeles. Y también los coros. Como el coro de los sacerdotes tenía que ser de treinta cantantes, lo tuvo que cantar treinta veces. Después estudió todos los instrumentos, del violín al bombo, del fagot al clarinete, de la trompeta al cuerno inglés, etcétera. Grabó las partes una a una, después las fundió en una cinta común para obtener el efecto de la orquesta.
Todo este trabajo lo ha hecho en  un sótano alquilado con este fin, lejos de su domicilio. A la familia le decía que iba a hacer horas extraordinarias. Y en cambio iba a hacer Aida. Hizo los ruidos de los elefantes, de los caballos, los aplausos al final de las arias más famosas. Para hacer el aplauso del final del primer acto, aplaudió él solo, durante un minuto, tres mil veces, porque había decidido que al espectáculo asistirían tres mil personas, de las cuales cuatrocientas dieciocho debían gritar: "¡Bravo!", ciento veintiuna: "¡Estupendo!", treinta y seis: "¡Queremos un bis!", y doce, en cambio: "¡Animales! ¡Esfumaos!".
Y ayer, como he dicho, cuatro mil personas, agolpadas en el teatro municipal, han asistido a la primera audición de la excepcional ópera. Al final casi todos estaban de acuerdo en decir: "¡Extraordinario! ¡Parece mismamente un disco!".

Gianni Rodari [1920-1980].

lunes, 17 de agosto de 2015

El hombrecito de la lluvia

Yo conozco al hombrecito de la lluvia. Es un hombrecito ligero, muy ligero, que vive en las nubes, que salta de una nube a otra sin hundir el pavimento blanco y vaporoso.
Las nubes tienen muchos grifos. Cuando el hombrecito abre los grifos, las nubes dejan caer el agua sobre la tierra. Cuando el hombrecito cierra los grifos, la lluvia cesa. El hombrecito de la lluvia tiene mucho trabajo, siempre abriendo y cerrando los grifos. Y a veces se cansa. Cuando está cansado, muy cansado, se tumba sobre una nubecita y se duerme. Duerme, duerme, duerme, y mientras tanto, como ha dejado abiertos todos los grifos, sigue lloviendo sobre la tierra. Afortunadamente, un trueno más fuerte que los demás lo despierta. El hombrecito se pone en pie de un salto y exclama: "¡Pobre de mí, quién sabe cuánto tiempo habré dormido!".
Mira hacia abajo y ve los pueblos, las montañas y los campos grises y tristes bajo el agua que continúa cayendo. Entonces empieza a saltar de una nube a otra, cerrando apresuradamente todos los grifos. Y la lluvia cesa. Las nubes se dejan empujar hacia lo lejos por el viento y moviéndose acunan dulcemente al hombrecito de la lluvia, que vuelve a dormirse.
Cuando se despierta exclama: "¡Pobre de mí, quién sabe cuánto habré dormido!". Mira hacia abajo y ve la tierra seca y humeante, sin una gota de agua. Entonces corré por el cielo abriendo todos los grifos. 
Y así siempre.

Cuento del escritor y pedagogo italiano Gianni Rodari [1920-1980], especializado en literatura infantil y juvenil. 

martes, 21 de julio de 2015

La fábula más corta

Una vez, tres cuentistas hicieron un concurso. Ganaría aquel de los tres que supiera la fábula más corta.
El primer cuentista contó una fábula de cien palabras.
El segundo contó una de cincuenta palabras.
El tercero permaneció callado, sin contar nada.
-Bueno, ¿qué pasa? -dijeron los otros dos-. ¿No dices nada?
-Ya he terminado. Mi fábula se titula: El silencio es oro.
Sus compañeros reconocieron que la suya había sido la fábula más corta y le dieron el premio. Pero no sé cuál fue el premio.

Gianni Rodari [1920-1980].

viernes, 3 de julio de 2015

Alguna lectura veraniega...

Me proponen a través del facebook que si me atrevo a hacer algunas sugerencias de lecturas veraniegas: podrías recomendarnos en tu blog alguna lectura veraniega, tipo "leo un poquito, vuelta y vuelta, leo, chapuzón, otro poquito..." pero de las que molan-molan.
Soy tímido para estas cosas por aquello de que quién soy yo para andar dando mi opinión y diciendo qué es interesante y qué no... Pero ahí van unas cuantas propuestas de cosas que he leído durante este año y me han gustado:

  • Y dos cositas más. Un clásicoEl satiricón de Petronio, y un librito perfecto para verano o para invierno o para cualquier momento del año, Caminar de Henry David Thoreau.
De nada.
;o)

Que disfruten...

sábado, 27 de junio de 2015

Implante

Ayer, viernes, tuve cita con mi dentista para que me hiciera un implante. Primera vez. No la primera vez que me hacen algo en el dentista, que me han hecho de todo, sino la primera vez que me hacen un implante. Ahorro los detalles por innecesarios, desagradables y quizá hirientes para sensibilidades frágiles.

Siempre he tenido terror a ir al dentista. Pánico. Una legendaria cobardía ante la idea de ir a la clínica dental me ha acompañado desde pequeño, quizá debida a las demasiadas visitas que he tenido que hacer en mi vida, a la mala fortuna de haber dado en ocasiones con dentistas que no eran todo lo hábiles o cuidadosos (o ambas) que a mí me hubiera gustado, a una dentadura de poca calidad, a un cuidado inadecuado, etc., etc. ¿Qué se yo?

A ese miedo histórico, ayer se sumaba la posibilidad de que, tras la intervención podía pasar de todo: infección, inflamación, dolores, posible hemorragia, rechazo... Así que la sugerencia de mi dentista fue que dedicara el fin de semana a hacer "reposo relativo". Así lo llama en la hoja fotocopiada que me dio con un montón de indicaciones...

En previsión de tener bien ocupado ese tiempo de reposo relativo me he hecho acompañar estos días post-implante por Gianni, Alice, Quim y Banana.

Mi dentista es una artista. No hace odontología, hace orfebrería fina, alta cocina, mecánica de precisión... Así que después de su obra de arte la recuperación está siendo maravillosa. Al susto de sentarme en ese sillón y sentir la anestesia siguió la tranquilidad de estar en buenas manos. Y luego a casita.
En resumen, que con la excusa del implante estoy aprovechando para pasar el fin de semana comiendo cosas ricas (y blanditas) y leyendo cuatro libros maravillosos...

Seguimos.

martes, 23 de junio de 2015

En la playa de Ostia

A pocos kilómetros de Roma está la playa de Ostia, donde los romanos acuden a miles en verano; en la playa no queda espacio ni siquiera para hacer un agujero en la arena con una palita, y el que llega el último no sabe dónde plantar la sombrilla.
Una vez llegó a la playa de Ostia un tipo extravagante, realmente cómico. Llegó el último, con la sombrilla bajo el brazo, y no encontró sitio para plantarla. Entonces la abrió, le hizo un retoque al mango y la sombrilla se elevó inmediatamente por el aire, sobrevolando miles y miles de sombrillas y yéndose a detener a la misma orilla del mar, pero dos o tres metros por encima de la punta de las otras sombrillas. El desconcertante individuo abrió su tumbona, y también ésta flotó en el aire. El hombre se tumbó al amparo de la sombrilla, sacó un libro del bolsillo y empezó a leer, respirando la brisa del mar, picante de sal y yodo.
Al principio, la gente ni siquiera se dio cuenta de su presencia. Todos estaban debajo de sus sombrillas, intentando ver un pedacito de mar por entre las cabezas de los que tenían delante, o hacían crucigramas, y nadie miraba hacia arriba. Pero de repente una señora oyó caer algo sobre su sombrilla; creyó que había sido una pelota y se levantó para regañar a los niños; miró a su alrededor y hacia arriba y vio al extravagante individuo suspendido sobre su cabeza. El señor miraba hacia abajo y le dijo a aquella señora: 
-Disculpe, señora, se me ha caído el libro. ¿Querría usted echármelo para arriba, por favor?
De la sorpresa, la señora se cayó de espaldas, quedándose sentada sobre la arena, y como era muy gorda no lograba incorporarse. Sus parientes acudieron para ayudarla, y la señora, sin hablar, les señaló con el dedo la sombrilla volante.
-Por favor -repitió el desconcertante individuo-, ¿quieren tirarme mi libro?
-Pero ¿es que no ve que ha asustado a nuestra tía?
-Lo siento mucho, pero de verdad que no era esa mi intención.
-Entonces, bájese de ahí; está prohibido.
-En absoluto; no había sitio en la playa y me he puesto aquí arriba. Yo también pago mis impuestos, ¿sabe usted?
Mientras, uno tras otro, todos los romanos de la playa se pusieron a mirar hacia arriba, y señalaban riendo a aquel extraño bañista.
-¿Ves a aquel? -decían-, ¡Tiene una sombrilla a reacción!
-¡Eh, astronauta! -le gritaban-, ¿Me dejas subir a mí también?
Un muchachito le echó hacia arriba el libro, y el señor lo hojeaba nerviosamente buscando la señal. Luego prosiguió su lectura muy sofocado. Poco a poco fueron dejándolo en paz. Sólo los niños, de vez en cuando, miraban al aire con envidia, y los más valientes gritaban:
-¡Señor! ¡Señor!
-¿Qué queréis?
-¿Por qué no nos enseña cómo se hace para estar así en el aire?
Pero el señor refunfuñaba y proseguía su lectura. Al atardecer, con un ligero silbido, la sombrilla se fue volando, el desconcertante individuo aterrizó en la calle cerca de su motocicleta, se subió a ella y se marchó.
¿Quién sabe quién era aquel tipo y dónde había comprado aquella sombrilla? 

Cuento del escritor y pedagogo italiano Gianni Rodari [1920-1980], especializado en literatura infantil y juvenil.

martes, 9 de junio de 2015

La vuelta a la ciudad

Paolo era un chico muy activo. No podía estar sin hacer algo interesante o útil. Nunca se aburría porque la fantasía estaba siempre dispuesta a sugerirle un juego, un trabajo, una actividad. También era tenaz: una vez tomada una decisión, no retrocedía, no dejaba las cosas a la mitad. Un día que no tenía colegio y estaba solo en casa, hizo deprisa los deberes y extendió sobre la mesa un gran plano de su ciudad contemplando largo rato la maraña de calles y plazas, de avenidas y callejas, más apretadas en los barrios céntricos y más abiertas donde los arrabales periféricos se confundían con el campo.
Casi sin darse cuenta Paolo se encontró con el compás entre las manos y dibujó sobre aquella desordenada madeja de líneas y espacios un círculo exacto. ¿Qué extraña idea le estaba viniendo a la cabeza? Al fin y al cabo ¿por qué no intentarlo? Ya está, había tomado una decisión: dar la vuelta a la ciudad. Pero la vuelta exacta. Las calles giran en zig zag, cambiando a cada momento caprichosamente, abandonando un punto cardinal para seguir otro. Incluso las grandes carreteras de circunvalación están trazadas en círculo, por así decirlo, no están trazadas con compás. En cambio Paolo quería dar la vuelta a la ciudad caminando siempre por la circunferencia trazada por su compás, sin desviarse ni un paso de ese anillo, nítido como una hermosa idea.
Por casualidad el círculo pasaba justo por la calle en la que Paolo vivía con su familia. Se metió el plano en el bolsillo, en el otro se guardó un panecillo, por si acaso le entraba hambre y adelante...
Ya está en la calle. Paolo decide ir hacia la izquierda. El círculo del compás sigue la calle por un buen trecho, después la atraviesa, en un punto en el que no hay paso de peatones. Pero Paolo no desiste de su proyecto. Él también, como el círculo, cruza la calle y se encuentra ante un portal. Desde allí la calle continúa recta. Pero el círculo sigue por su cuenta, abandonando la calle. Parece que pasa precisamente por ese grupo de casas y sale del otro lado, a una plazoleta. Paolo, tras echar una ojeada al plano, entra en el portal. No hay nadie. Adelante. Hay un patio. Se puede atravesar. ¿Y ahora? Ahora hay escaleras, pero Paolo no sabe si subir: llegaría al último piso, no podría salir al tejado y luego saltar de un tejado a otro... Una marca de lápiz trepa rápido por los tejados, pero los pies, sin alas, es muy distinto.
Por suerte en el rellano de la escalera hay un ventanuco. Un poco alto, a decir verdad, y no muy ancho. Paolo constata su plano: no cabe duda, para seguir el círculo hay que pasar por allí. No queda otra solución que trepar.
Cuando se agacha para lanzarse arriba, le coge de sorpresa una voz masculina a sus espaldas que le inmoviliza contra la pared, como a una araña asustada.
-Eh, chicuelo, ¿dónde vas? ¡Qué idea se te ha metido en la cabeza? Baja en seguida.
-¿Me dice a mí?
-Sí. Pero, dime, no serás un ladronzuelo... No, no me parece que tengas pinta de eso. ¿Entonces? ¿Quizá estás haciendo gimnasia?
-La verdad, señor... sólo quería pasar al otro patio.
-No tienes más que salir, dar la vuelta a la casa y entrar en el siguiente portal.
-No, no puedo...
-Ya entiendo: has jugado una mala pasada y tienes miedo de que te atrapen.
-No, le aseguro que no he hecho nada malo...
Paolo observa atentamente al señor que le ha detenido al pie del ventanuco. Después de todo parece una persona amable. Tiene un bastón, pero no lo emplea para amenazar. Se apoya en él sonriendo. Paolo decide fiarse de él y le confía su proyecto...
-La vuelta a la ciudad -repite el señor- ¿siguiendo un círculo dibujado con un compás? ¿Eso es lo que quieres hacer?
-Sí, señor.
-Hijo mío, pero eso no es posible. ¿Qué vas a hacer si te encuentras ante una pared sin ventanas?
-La saltaré.
-¿Y si es demasiado alta para saltarla?
-Haré un hueco y pasaré por debajo.
-¿Y cuando llegues a la orilla del río? Mira, en tu plano el círculo pasa por el río en su parte más ancha y en esa parte no hay puentes.
-Pero sé nadar.
-Ya veo, ya veo. No eres un tipo que se rinda fácilmente, ¿verdad?
-No.
-Se te ha metido en la cabeza un proyecto tan preciso como el círculo de un compás... ¿Qué quieres que te diga? ¡Inténtalo!
-Entonces, ¿me deja pasar por el ventanuco?
-Haré algo más, te ayudaré. Te hago una escalerilla con las manos. Pon el pie aquí arriba, ánimo... Pon atención a caer de pie...
-¡Muchas gracias, señor! Y ¡hasta la vista!
Y Paolo sigue, todo derecho. Bueno, no exactamente derecho: tiene que andar en círculo, sin salirse un ápice de la línea que ha dibujado en su plano. Ahora se encuentra al pie de un monumento ecuestre. Un caballo de bronce pisotea su pedestal de mármol. Un héroe, del que Paolo ignora el nombre, sujeta las riendas con la mano izquierda mientras con la derecha señala a una lejana meta. Parece apuntar precisamente la continuación del círculo de Paolo. ¿Qué hacer? ¿Pasar entre las patas del caballo? ¿Trepar por la cabeza del héroe? O sencillamente rodear el monumento...


PRIMER FINAL

Mientras reflexiona en la forma de resolver el problema, Paolo tiene la sensación de que el héroe, desde lo alto de su caballo, ha ladeado la cabeza. No mucho, sólo lo suficiente para mirarle y guiñarle un ojo.
-Empiezo a ver visiones -murmura Paolo asustado. Pero el héroe de bronce insiste. Ahora, además, baja la mano que apuntaba fieramente a la meta y hace un gesto de invitación:
-Arriba -dice-, monta. En este caballo hay sitio para dos.
-Pero yo... verás...
-Venga, no me hagas perder la paciencia. ¿Crees que yo no sé cabalgar sobre un círculo perfecto, sin salirme por la tangente? Yo te llevaré a hacer tu viaje geométrico. Te lo mereces porque no has dejado que te desanimen los obstáculos.
-Gracias, se lo agradezco de verdad, pero...
-Uff, qué pesado te pones. Y también eres soberbio. No te gusta que te ayuden ¿eh?
-No es por eso...
-Entonces es sólo para perder el tiempo parloteando. Sube y vámonos. Me gustas porque sabes dar algo bello y ponerlo en práctica sin pensar en las dificultades. Rápido, el caballo se está despertando... Has llegado aquí justamente en el único día del año en el que, no sé por qué hechizo, nos está permitido hacer una galopada, como en los buenos viejos tiempos... ¿Te decides o no?
Paolo se decide. Se agarra a la mano del héroe. Ya está en la silla. Ya vuela... Allí está la ciudad, a sus pies. Y allí, dibujado sobre la ciudad, un círculo de oro, un perfecto camino resplandeciente, tan preciso como el dibujado por el compás.


SEGUNDO FINAL

Mientras reflexiona sobre la forma de resolver su problema, Paolo deja vagar la mirada por la plaza en la que se encuentra su monumento. El círculo del compás la atraviesa y entra desenvueltamente en una gran iglesia, coronada por una inmensa cúpula. Él no necesita puertas. Pero ¿cómo hará Paolo para entrar en la iglesia por el punto justo, atravesando la pared que debe ser tan sólida como la de una fortaleza? Para no desviarse de la circunferencia tiene que trepar por la cúpula. Es un decir. Sin cuerdas ni clavos ni siquiera lo conseguiría el mejor de los alpinistas, el más hábil y osado de los escaladores. Hay que claudicar. Ha sido únicamente un hermoso sueño. Los caminos de la vida nunca son tan netos, precisos e ideales como las figuras geométricas.
Paolo echa una última ojeada al héroe que señala, inmóvil y severo, una meta lejana e inalcanzable. Después, con paso lento y desconsolado, vuelve a casa, siguiendo pasivamente el zigzagueo caprichoso e irracional de las calles de todos los días.


TERCER FINAL

Mientras reflexiona al pie del monumento, Paolo siente que le toca una manita más pequeña y cálida que la suya.
-Quiero ir a casa.
La vocecita insegura y temblorosa pertenece a un niño de unos tres años. Mira a Paolo con una mezcla de confianza y temor, de esperanza y desánimo. Sus ojos tienen muchas ganas de llorar.
-¿Dónde vives?
El niño señala a un punto vago del horizonte.
-Quiero ir con mi mamá.
-¿Dónde está tu mamá?
-Allí.
También este "allí" señala a un punto impreciso. Lo único que está claro es que el niño se ha perdido en la ciudad y no sabe encontrar el camino a casa. Su mano ha aferrado firmemente la de Paolo y no suelta la presa.
-¿Me llevas con mi mamá?
Paolo querría decirle que no puede, que tiene algo más importante que hacer, pero no se siente capaz de traicionar la confianza que le demuestra el pequeño. Paciencia respecto al círculo, el compás y la vuelta a la ciudad: otra vez será...
-Ven -dice Paolo-, vamos a buscar a tu mamá.

***

El primer final es para los soñadores. El segundo para los pesimistas. Yo estoy a favor del tercero: me gusta que Paolo sacrifique su sueño personal, hermoso pero abstracto, para ayudar en forma concreta a quien tiene necesidad de él.


Del libro Cuentos para jugar de Gianni Rodari [1920-1980].

En las últimas semanas estoy descubriendo algunos de los libros de cuentos de Gianni Rodari. Uno de los que más me están gustando es el que se llama Cuentos para jugar, que como su título sugiere propone que los cuentos no sean sólo algo que se lee o se escucha, sino que sean algo con lo que se pueda interaccionar y jugar. En cada uno de los cuentos Rodari propone tres finales posibles y luego plantea cuál es el que a él más le gusta, aunque los deja suficientemente abiertos para que quien recibe el cuento pueda elegir uno de los finales que se proponen o inventarse el suyo propio.

Al principio del libro se proponen unas

INSTRUCCIONES PARA EL USO
Estas historias se publican con la amable autorización de la RAI (Radio Televisión Italiana). De hecho, fueron escritas para un programa radiofónico que se titulaba precisamente Cuentos para jugar, que fue emitido en los años 1969-70.
Estos mismos cuentos aparecieron después en el Corriere dei piccoli.
Cada cuento tiene tres finales, a escoger.
En las últimas páginas el autor ha indicado cuál es el final que él prefiere.
El lector lee, mira, piensa y si no encuentra un final a su gusto puede inventarlo, escribirlo o dibujarlo por sí mismo.
¡Que os divirtáis!

sábado, 23 de mayo de 2015

Los peces

-Ten cuidado -le dice el pez grande al pez chico-, eso es un anzuelo. No lo muerdas.
-¿Por qué? -pregunta el pez chico.
-Por dos razones -responde el pez gordo-. La primera es que si lo muerdes, te pescan, te rebozan en harina y te fríen en la sartén. Después te comen, con dos hojitas de lechuga de guarnición.
-¡Arrea! Muchas gracias. Me has salvado la vida. ¿Y la segunda razón?
-La segunda razón -dice el pez grande- es que te quiero comer yo.

Gianni Rodari [1920-1980].