He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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miércoles, 4 de octubre de 2017

Caligrafías

Leo aquí y allá que se afianza la tendencia consistente en dulcificar los cuentos infantiles de toda la vida para que los niños no se traumaticen con las desventuras de Hansel y Gretel o de Caperucita Roja, por poner dos ejemplos. Así, mientras la ficción se sosiega, la realidad se destempla. Vean: cuatro críos de cinco, siete, nueve y catorce años convivieron durante varios días con los cadáveres de su madre y de su pareja, que se habían suicidado con fármacos en el dormitorio de la vivienda tras haber sido expulsados paulatinamente por la maquinaria del sistema hacia sus márgenes. Los niños, temerosos de caer en una pesadilla novelesca digna de Stephen King si intentaban despertarlos, continuaron con sus rutinas sin mencionar a nadie lo que ocurría en casa. El mayor se ocupaba del aseo de los pequeños y los cuatro se iban cada día al colegio mientras los cadáveres se descomponían y enfriaban sobre la cama. Ignoramos cómo afrontaban los pobres huérfanos las clases de matemáticas o de caligrafía. No debe de ser fácil sumar dos y dos o escribir con buena letra mi mamá me ama en tales circunstancias. 
¿Y si dejáramos de retocar los cuentos infantiles de toda la vida para aplicarnos a mejorar la realidad que comienza a imitarlos? Después de todo, la ficción nos vacuna de los peligros de la existencia. Si ningún niño pequeño ha sido tragado hasta ahora por una vaca y expulsado horas más tarde por el culo del animal, confundido entre sus heces, ha sido sin duda gracias a un cuento donde ya sucedía eso. Cuando la fantasía desaparece, la realidad tiende a ocupar su espacio. Éranse una vez cuatro niños cuyos padres se suicidaron en la habitación de al lado mientras ellos mismos se preparaban el colacao en la cocina.

Juan José Millás [1946- ] en El País hace unos días.

sábado, 17 de diciembre de 2016

¿Quién ha de hacer los deberes?

Comparto al 100 % cada palabra del artículo que Elvira Lindo publica hoy en El País:

Se me ocurre que hay una sociedad que tiene una serie de deberes pendientes y más aún con los resultados aún calientes de la evaluación Pisa

La leyenda, más que urbana, doméstica, existe: los deberes los hacen los padres. No los míos, desde luego. Ni tampoco los suyos, si compartimos generación. Cuando nosotros éramos niños, las madres, que eran las que solían estar en casa, no estaban muy pendientes de ese asunto. De vez en cuando, se oía la célebre frase “¿no tienes deberes?” en un tono rutinario. Éramos, para bien o para mal, más independientes; para bien o para mal, nuestra primordial misión en la vida como niños era no dar guerra. Y aprobar. Una vez que nos tocó ser padres y madres, en ocasiones, divorciados, vivíamos nuestro papel con culpabilidad, y sí, les hicimos algunos deberes a nuestros niños. Que tire la primera piedra el que no lo hiciera. En mi caso, como mis cualidades pedagógicas son nulas era como que terminaba antes si lo remataba yo. No siempre me pusieron buena nota, la verdad sea dicha.

Urge que los políticos hablen de educación y dejen polémicas banales

Ahora me cuentan amigos más jóvenes que las criaturas andan agobiadas por el volumen de deberes a los que han de enfrentarse cada tarde. A eso se suma que con los disparatados horarios españoles, las madres o los padres ya no están en casa para aliviarles el trabajo. Dado que el asunto ha llegado al Congreso de los Diputados, de lo cual me alegro (es urgente que los políticos hablen de asuntos como la educación y dejen de embarullarnos con sus polémicas banales), se me ocurre que hay una sociedad que tiene una serie de deberes pendientes y más aún con los resultados aún calientes de la evaluación Pisa. Apunto algunos:
Los padres tienen el deber de educar a sus hijos en la medida de lo posible, para que el profesor pierda menos tiempo en corregir unos modales que dificultan la enseñanza; la sociedad en sí misma tiene el deber de entender que la buena educación diaria, en la calle o en el trabajo, es formativa, que la cortesía es tan contagiosa como la zafiedad; si antes aceptábamos que la educación de los niños correspondía a la sociedad en general y no solo a papá o a mamá, ahora debería comprenderse que el aumento de la grosería y la violencia verbal contribuyen a cómo se comportan los niños; el Gobierno y la oposición tienen el deber de racionalizar los horarios para favorecer la convivencia familiar; los padres tienen el deber de no sobrecargar a sus hijos con un exceso de actividades extraescolares que a cualquiera de nosotros agotaría; los niños tienen el derecho inapelable a jugar; los adultos tienen el deber de favorecer el juego en la calle; los niños tienen el deber de aburrirse, y los padres, de no provocar en sus hijos una necesidad constante de novedades; los padres tienen el deber de no sobreestimular a los niños favoreciendo un carácter ansioso e impaciente; los profesores deben serlo por vocación, no es un oficio que tolere las medias tintas; el Gobierno no debe sobrecargar a la educación pública con las necesidades provenientes de la inmigración, es un asunto que concierne a toda la comunidad educativa, privada, concertada o pública; el Gobierno debe entender que es urgente y necesaria una asignatura que aborde los derechos y deberes de la ciudadanía; los centros no deben tolerar las faltas de respeto a los profesores por parte de los alumnos; los padres no deben tolerar que sus hijos ofendan a sus profesores; los padres no deben hablar de manera displicente de los profesores delante de sus hijos; las tutorías, más en estos tiempos, deben considerarse parte fundamental de la actividad escolar; las asignaturas creativas, como la música o las artes plásticas, no deben relegarse al horario extraescolar como si no sirvieran para nada; los niños tienen el derecho a ir bien desayunados al colegio; los padres, los profesores y los médicos deben entender que hay niños que sufren ansiedad y la ansiedad no precisa medicación sino un ritmo social distinto; el estado debe asumir que la escuela tiene que seguir siendo el mayor mecanismo de igualdad social; el sistema educativo debe insistir en que los niños aprendan a expresarse con claridad y a comprender un texto, de ahí depende en gran parte su futuro; la educación debiera ser uno de los temas prioritarios del discurso político; los profesores deberían de tener más tiempo para desarrollar sus clases y no vivir esclavos de la burocracia.

Cargar sobre el profesorado el que los niños sean excelentes es injusto

Todos deberíamos entender que un niño no se educa solamente en el colegio y que los resultados académicos son un reflejo de lo que está ocurriendo en un país: el nivel de educación en la calle, en los medios, la ansiedad que provoca la falta de expectativas, la agresividad, los malos modos, las palabras gruesas. Eso importa. Cargar sobre las espaldas del profesorado el deber de que los niños sean excelentes es injusto. Los cachorros se educan en la manada, así que usted y yo, como parte de ella, también tenemos un montón de deberes que hacer.

sábado, 19 de noviembre de 2016

El cuento

Escribir cuentos no es sólo contar una historia. Contar una historia es cosa de antes, cuando los relatos carecían de entidad y misterio, algo que toda creación literaria ambiciona y consigue pocas veces. ¿Qué es el misterio? Es lo que encuentra el lector y no lo puede explicar. El lector sabe que tal o cual relato le ha gustado y, cuando se lo cuenta a su mujer o a un amigo, estos no comprenden porqué. "¿Qué tiene eso de particular?", le dicen. Entonces lo único que puede hacer el segundo para comprender el entusiasmo del primero es leerlo él mismo. El misterio lo traen, a veces, uno o varios ecos. En todo buen cuento deben oírse ecos, como en la vida humana hay ecos que no son aparentes, pero configuran el misterio de cada cual. Los ecos dan consistencia real a los personajes y a las situaciones en que se encuentran.

De A media página [2012], recopilación de mini artículos de Medardo Fraile [1925-2013].

miércoles, 29 de junio de 2016

La siguiente

Cuando un cocinero se hace famoso, escribe un libro. Cuando un deportista se hace famoso, escribe un libro. Cuando un criminal se hace famoso, escribe un libro. Cuando un alpinista se hace famoso, escribe un libro. Cuando un actor se hace famoso, escribe un libro. Cuando un locutor de televisión se hace famoso, escribe un libro. Cuando un cantante se hace famoso, escribe un libro. Cuando un político se hace famoso, escribe un libro. Cuando un millonario se hace famoso, escribe un libro. Cuando un corrupto se hace famoso, escribe un libro. Cuando un expresidiario se hace famoso, escribe un libro. Cuando un youtuber se hace famoso, escribe un libro. Cuando un torero se hace famoso, escribe un libro. Cuando un famoso se vuelve más famoso, escribe otro libro. 
Y así de forma sucesiva. Todos los caminos conducen al libro. Sin embargo, cuando un escritor escribe un libro no puede hacerse cocinero ni deportista ni actor ni político. Cuando un escritor escribe un libro, se pone a pensar en el siguiente, que quizá le salga o quizá no. A lo mejor le sale, y lo publica y la editorial le invita a firmar ejemplares en una feria del libro a la que el escritor acude ingenuamente para comprobar que quienes de verdad firman son los alpinistas, los expresidarios, los actores, los youtubers… Viene a ser, piensa, como si en un congreso sobre la salud tuvieran más éxito los curanderos que los médicos.
Claro que todo el mundo tiene derecho a escribir libros, y a establecerse como curandero, incluso a escribir libros sobre la curandería. Pero un congreso de oncólogos debería ser un congreso de oncólogos. El escritor decide no acudir en el futuro a ninguna feria. Pero el miedo a ser tachado de envidioso le conducirá a la siguiente.

Columna publicada por Juan José Millás [1946- ] en El País hace un par de semanas...

domingo, 8 de mayo de 2016

¿Por qué escribo?

1) Porque estoy insatisfecho con lo que ya he escrito y quisiera corregirlo de alguna manera, completarlo y proponer una alternativa. En ese sentido nunca hubo una "primera vez" en que me pusiera a escribir. Escribir siempre fue un intento de borrar algo ya escrito y poner en su lugar algo que aún no sé si lograré escribir.

2) Porque al leer a X (un antiguo o contemporáneo) pienso: "¡Ah, cómo me gustaría escribir como X! ¡Lástima que eso esté totalmente fuera de mis posibilidades!". Entonces intento imaginarme esa empresa imposible, pienso en el libro que nunca escribiré pero que me gustaría poder leer y poder colocar junto a otros libros amados en una estantería ideal. Y, de repente, alguna palabra, alguna frase me viene a la mente... A partir de ese momento ya no pienso más en X ni en ningún otro modelo posible. En lo que pienso es en ese libro, en ese libro que aún no ha sido escrito y que podría ser ¡mi libro! Intento escribirlo...

3) Para aprender algo que no sé. No me refiero ahora al arte de la escritura sino a lo demás, a algún saber o competencia específicos o a ese saber más general al que llaman "experiencia de la vida". Lo que más me anima a escribir no es el deseo de enseñar a los demás lo que sé o creo saber sino, al contrario, la conciencia dolorosa de mi incompetencia. Por lo tanto, ¿mi primer impulso sería el de escribir para fingir una competencia que no tengo? Pero para ser capaz de fingir debo, en cualquier caso, acumular informaciones, nociones y observaciones; debo llegar a imaginar el lento acumularse de una experiencia. Y eso sólo puedo hacerlo en la página escrita, donde espero capturar, al menos, algún rastro de un saber o de una sabiduría que en la vida apenas he rozado y que enseguida he perdido.

De un artículo de Italo Calvino [1923-1985] escrito en 1984 y recogido en el volumen Mundo escrito y mundo no escrito.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Libros

Vivimos hoy anegados en libros y es alucinante saber que el arranque de la gran filosofía ática, la que siglo tras siglo ha seguido incitándonos -la de Sócrates y Platón-, se consiguió (metafóricamente) con un cuarto de escaparate de cualquier librería de hoy, y aún con menos. Con poquísimos libros. Hoy hacen libros hasta los que no saben hacerlos y la factura de no pocos bestsellers no se diferencia gran cosa del proceso que nos pone en la mesa un arroz a banda, una perdiz estofada o un bacalao al pil-pil. El arte, o la artesanía, de cocinar un libro está a la orden del día. Escribir cualquier libro o llevarlo en la mano o debajo del brazo, retratarse entre libros prestigia, pero prestigio, en latín, no sólo significa la fascinación del mérito, sino también engaño, tropelía. El francotirador de la cultura tiene poco que ver con el que obedece al signo de la constancia.

De A media página [2012], recopilación de mini artículos de Medardo Fraile [1925-2013].

lunes, 29 de febrero de 2016

El sentido de la vida

Y nuestra vida tiene sentido cuando el trabajo en que nos aplicamos lo tiene, cuando cuidamos a alguien con amor y cuando damos cauce a nuestro coraje en tiempos difíciles.

Lo dice Medardo Fraile [1925-2013] en uno de sus mini artículos recopilados en el volumen A media página [2012].

martes, 4 de agosto de 2015

Mi tabla periódica

Espero con entusiasmo, casi ansiosamente, la llegada semanal de revistas como Nature y Science, y me dirijo inmediatamente a los artículos sobre ciencias físicas, y no, como tal vez debería, a los que tratan de biología y medicina. Las ciencias físicas fueron las primeras en fascinarme siendo niño.

En una reciente edición de Nature había un apasionante artículo del físico Frank Wilczek, ganador de un premio Nobel, sobre una nueva manera de calcular las masas ligeramente diferentes de los neutrones y los protones. El nuevo cálculo confirma que los neutrones son muy poco más pesados que los protones (la ratio entre sus masas es de 939,56563 a 938,27231). Se podría pensar que la diferencia es insignificante, pero si no fuese así, el universo, tal como lo conocemos, nunca habría llegado a desarrollarse. La capacidad de calcular algo así, dice Wilczek, “nos anima a predecir un futuro en el que la física nuclear alcanzará el nivel de precisión y versatilidad ya logrado por la física atómica”, una revolución que, por desgracia, yo nunca veré.

Francis Crick estaba convencido de que “el problema difícil” —entender cómo el cerebro produce la conciencia— estaría resuelto en 2030. “Tú lo verás”, solía decirle a Ralph, mi amigo neurólogo, “y tú también, Oliver, si llegas a mi edad”. Crick vivió hasta avanzados los 80 años, trabajando y pensando sobre la conciencia hasta el final. Ralph murió prematuramente, a la edad de 52 años, y ahora yo sufro una enfermedad terminal a los 82. Debo decir que no tengo demasiada experiencia con el “problema difícil” de la conciencia. La verdad es que no lo veo como un problema en absoluto, pero me entristece no ser testigo de la nueva física nuclear que vislumbra Wilczek, ni de otros miles de avances en las ciencias físicas y biológicas.

Hace unas semanas, en el campo, lejos de las luces de la ciudad, vi el cielo entero “salpicado de estrellas” (en palabras de Milton). Un cielo así, imaginé, solo se debía de poder contemplar en altiplanos secos y elevados como el de Atacama, en Chile (donde se encuentran algunos de los telescopios más potentes del mundo). Fue ese esplendor celestial el que me hizo darme cuenta de repente de qué poco tiempo, qué poca vida me quedaba. Para mí, mi percepción de la belleza del cielo, de la eternidad, estaba asociada indisolublemente a una sensación de fugacidad y muerte.

Dije a mis amigos Kate y Allen: “Me gustaría ver un cielo así cuando esté muriendo”.

Ellos me respondieron: “Nosotros empujaremos la silla de ruedas”.

Desde que en febrero escribí que tenía cáncer con metástasis, los cientos de cartas recibidas, las expresiones de cariño y aprecio, y la sensación de que (a pesar de todo) he vivido una vida buena y provechosa, me han consolado. Estoy muy feliz y agradecido por todo ello, pero nada me ha impactado tanto como lo hizo aquel cielo nocturno cubierto de estrellas.

Desde mi infancia he tenido la tendencia a afrontar la pérdida —pérdida de personas queridas— recurriendo a lo no humano. Cuando, siendo un niño de seis años, me enviaron a un internado a principios de la II Guerra Mundial, los números se hicieron mis amigos; cuando regresé a Londres a los 10, los elementos y la tabla periódica se convirtieron en mis compañeros. Las épocas de tensión a lo largo de mi vida me han llevado a volverme, o a volver, a las ciencias físicas, un mundo en el que no hay vida, pero tampoco muerte.

Y ahora, en este punto crítico, cuando la muerte ya no es un concepto abstracto, sino una presencia —demasiado cercana e innegable— vuelvo a rodearme, como cuando era pequeño, de metales y minerales, pequeños emblemas de eternidad. En un extremo de mi escritorio, en un estuche, tengo el elemento 81 que me enviaron unos amigos de los elementos de Inglaterra; en el estuche dice: “Feliz cumpleaños de talio”, un recuerdo de mi 81º cumpleaños, el pasado julio. Y después está el reino dedicado al plomo, el elemento 82, por mi 82º cumpleaños, que acabo de celebrar a principios de este mes. En él hay también un pequeño cofre de plomo que contiene el elemento 90: torio, torio cristalino, tan bello como los diamantes, y, por supuesto, radioactivo (de ahí el cofre de plomo).

A principios de año, las semanas después de enterarme de que tenía cáncer, me sentía muy bien a pesar de que la mitad de mi hígado estaba invadido por la metástasis. Cuando, en febrero, se aplicó a mi enfermedad un tratamiento consistente en inyectar gotas minúsculas en las arterias hepáticas (un procedimiento conocido como embolización), me encontré fatal durante un par de semanas, pero luego me sentí fenomenal, cargado de energía física y mental. (Casi todas las metástasis habían sido aniquiladas por la embolización). No se me había concedido una remisión, pero sí un descanso, un tiempo para profundizar amistades, visitar pacientes, escribir y volver a mi país natal, Inglaterra. Entonces la gente apenas podía creer que estuviese en fase terminal, y yo mismo podía olvidarlo fácilmente.

Esa sensación de salud y energía empezó a decaer cuando mayo dejó paso a junio, pero pude celebrar mi 82º cumpleaños por todo lo alto. (Auden solía decir que uno debería celebrar siempre su cumpleaños, no importa cómo se encuentre). Pero ahora tengo un poco de náusea y pérdida de apetito; escalofríos durante el día y sudores por la noche; y, sobre todo, un cansancio generalizado acompañado de agotamiento repentino cuando hago demasiadas cosas. Sigo nadando a diario, aunque ahora más despacio, ya que estoy empezando a notar que me falta un poco el aliento. Antes podía negarlo, pero ahora sé que estoy enfermo. Un TAC realizado el 7 de julio confirmó que las metástasis no solo se habían reproducido en el hígado, sino que se había extendido más allá de él.

La semana pasada empecé un nuevo tipo de tratamiento: la inmunoterapia. No está exenta de riesgos, pero espero que me proporcione unos cuantos buenos meses más. No obstante, antes de empezar con ella, quería divertirme un poco haciendo un viaje a Carolina del Norte para ver el maravilloso centro de investigación sobre lémures de la Universidad de Duke. Los lémures están próximos a la estirpe ancestral de la que surgieron todos los primates, y me gusta pensar que uno de mis propios antepasados, hace 50 millones de años, era una pequeña criatura que vivía en los árboles no tan diferente de los lémures actuales. Me encantan su saltarina vitalidad y su naturaleza curiosa.

Junto al círculo de plomo de mi mesa está la tierra del bismuto: bismuto de origen natural procedente de Australia; pequeños lingotes de bismuto en forma de limusina de una mina de Bolivia; bismuto fundido y enfriado lentamente para formar hermosos cristales iridiscentes escalonados como un poblado hopi; y, en un guiño a Euclides y la belleza de la geometría, un cilindro y una esfera hechos de bismuto.

El bismuto es el elemento 83. No creo que llegue a ver mi 83º cumpleaños, pero creo que hay algo esperanzador, algo alentador en tener cerca el “83”. Además, siento debilidad por el bismuto, un humilde metal gris, a menudo desdeñado e ignorado, incluso por los amantes de los metales. Mi sensibilidad de médico hacia los maltratados y los marginados se extiende al mundo inorgánico y encuentra un paralelo en mi simpatía por el bismuto.

Es casi seguro que no seré testigo de mi cumpleaños de polonio (el número 84), ni tampoco querría tener polonio cerca de mí, con su radiactividad intensa y asesina. Pero en el otro extremo de mi mesa —de mi tabla periódica— tengo un bonito trozo de berilio (elemento 4) elaborado mecánicamente para que me recuerde mi infancia y lo mucho que hace que empezó mi vida próxima a acabar.

Oliver Sacks [1933- ] anunció en febrero de este año que tenía un cáncer terminal en este artículo. Hace un par de días publicó un nuevo artículo en el que habla de su proceso con la enfermedad, de su vida y de su muerte. Entre tanta pamplina como nos encontramos cada día, en la red y fuera de ella, merece la pena prestar atención a estas gotitas de lucidez...

lunes, 29 de junio de 2015

Eructos y regüeldos

"De Cervantes se acuerdan cuatro gatos porque se los obliga a leer el Quijote", afirmó una vez la escritora de superventas mundiales Isabel Allende. Y algo similar dijo de Borges, antes de asegurar que los escritores "se mueren y se acabaron".

Lo contaba ayer el escritor chileno Carlos Franz en un artículo que publicó en El País, en el que hablaba de cómo evoluciona la lengua, lo que queda de ella y lo que no al cabo de los años y de la influencia de libros como la novela de Cervantes.

Hay que ser realmente muy osadx para hacer un comentario como ése que el autor del artículo atribuye a Isabel Allende. Estaría bien saber cómo funciona y qué se mueve en la cabeza de un/a escritor/a de "superventas mundiales" para llegar a afirmar algo así.

Hace muchos, muchos años fui muy asiduo de sus libros. Me leí todos los primeros, y sobre todo leí y releí un montón de veces De amor y de sombra, que se convirtió durante un tiempo en uno de mis libros de cabecera. Ahora, con la distancia de 20 ó 25 años, se me ocurren muchos motivos para que me gustara tanto: la idea del amor que mostraba, la lealtad, las ideas políticas...

Luego hubo cosas que fueron desinflando mi visión tanto de la autora como de su obra. Recuerdo una de ellas que para mí fue una enorme decepción cuando la descubrí. En la edición que tenía de esa novela marqué muchas cosas, subrayé frases, anoté impresiones... aún debo tenerla por ahí llena de notas. Una de las frases que recuerdo que me impresionaron y me emocionaron era aquella en la que se describía el amor de lxs protagonistas como un "apetito desordenado de placeres deshonestos". Desde mis 17 ó 18 añitos aquello me parecía el no va más de la poesía y de la literatura. Durante años recordé esa frase de memoria y aún hoy la escribo sin tener que buscar la novela para consultarla.

En algún momento, mucho tiempo después, por algún motivo, busqué en el diccionario de la RAE la palabra concupiscencia:

concupiscencia.
(Del lat. concupiscentĭa).
1. f. En la moral católica, deseo de bienes terrenos y, en especial, apetito desordenado de placeres deshonestos.

Y a partir de ahí, poco a poco, en cada entrevista, en cada nuevo libro, y ahora en este comentario que leo en el artículo de ayer, Isabel Allende se me ha ido derrumbando...

Hace unos años, después de una conversación con una amiga en que le conté cómo me había marcado esta novela, al llegar a casa la busqué y volví a releerla de una sentada. Volví a reconocerme en ella, le agradecí lo que me había aportado, me emocioné recordando cómo me emocionaba... y la volví a poner en su estantería...

***

Por cierto, a mi me ha evocado todo esto sobre Isabel Allende y sus libros, pero merece mucho la pena leer completo el artículo de Carlos Franz sobre los eructos y regüeldos de el Quijote...
[La ilustración que lo acompaña y que he sumado a esta entrada de mi blog es de Enrique Flores.]

domingo, 29 de marzo de 2015

He visto

Ahora que soy mayor, lamento no haber escrito un diario de los hoteles por los que he pasado a lo largo de mi vida (escribo estas líneas desde uno) y de las cosas que he visto desde sus ventanas. He visto, por ejemplo, un cementerio rodeado de edificios altos. He visto agonizar a un anciano en el edificio de enfrente, lo he visto morir. He visto un patio interior oscuro en el que había anidado una golondrina. He visto un callejón con un sex-shop al que entraban hombres con la cabeza agachada y las solapas del abrigo subidas. He visto llorar a una adolescente y pelear a una pareja de novios. He visto un domingo por la tarde desolado, con familias paseando de la mano. He visto el mar y he visto la luna. He visto un río por el que pasaban barcazas perezosas que no parecían de verdad. He visto a un perro devorando a un gato. He visto a un mendigo construyendo una casa de cartones. He visto a mi madre pasear conmigo de la mano, porque desde las ventanas de los hoteles se ven muchas alucinaciones. He visto temblar las copas de los árboles por influencia del viento. He visto aviones que despegaban y aterrizaban sin cesar. He visto un mercado con el techo roto. He visto puestos de verduras y de frutos secos. He visto dos o tres accidentes de coche. He visto una ciudad entera, a mis pies, he visto sus tejados y sus ventanas pequeñas y las humedades de sus paredes. He visto un edificio de oficinas con sus oficinistas, todos Clips de Famóbil. He visto un campo de fútbol y una plaza de toros, muy desasosegantes los dos. He visto a un policía acariciando su pistola. He visto descampados. He visto vacas (sagradas y profanas). He visto desfiles militares. He visto manifestaciones de estudiantes. He viso una plaza de piedra con una fuente en medio. He visto cúpulas de iglesias que parecían flotar a la puesta del sol. He visto antenas de televisión. He visto cables de la luz. He visto zopilotes y cigüeñas. He visto restaurantes caros y baratos. He visto terrazas de verano. He visto jóvenes y viejos. He visto la selva y el desierto. He visto una muralla. He visto a un hombres tirando de una cabra. He visto un atraco. He visto a dos muchachos transportando un espejo gigantesco en el qeu se reflejaba la puerta de mi hotel...

Del libro Articuentos completos [2011] de Juan José Millás [1946- ].

martes, 24 de febrero de 2015

De mi propia vida

Hace un mes me encontraba bien de salud, incluso francamente bien. A mis 81 años, seguía nadando un kilómetro y medio cada día. Pero mi suerte tenía un límite: poco después me enteré de que tengo metástasis múltiples en el hígado. Hace nueve años me descubrieron en el ojo un tumor poco frecuente, un melanoma ocular. Aunque la radiación y el tratamiento de láser a los que me sometí para eliminarlo acabaron por dejarme ciego de ese ojo, es muy raro que ese tipo de tumor se reproduzca. Pues bien, yo pertenezco al desafortunado 2%.

Doy gracias por haber disfrutado de nueve años de buena salud y productividad desde el diagnóstico inicial, pero ha llegado el momento de enfrentarme de cerca a la muerte. Las metástasis ocupan un tercio de mi hígado, y, aunque se puede retrasar su avance, son un tipo de cáncer que no puede detenerse. De modo que debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda. Me sirven de estímulo las palabras de uno de mis filósofos favoritos, David Hume, que, al saber que estaba mortalmente enfermo, a los 65 años, escribió una breve autobiografía, en un solo día de abril de 1776. La tituló De mi propia vida.

“Imagino un rápido deterioro”, escribió. “Mi trastorno me ha producido muy poco dolor; y, lo que es aún más raro, a pesar de mi gran empeoramiento, mi ánimo no ha decaído ni por un instante. Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y gozo igual de la compañía de otros”.

He tenido la inmensa suerte de vivir más allá de los 80 años, y esos 15 años más que los que vivió Hume han sido tan ricos en el trabajo como en el amor. En ese tiempo he publicado cinco libros y he terminado una autobiografía (bastante más larga que las breves páginas de Hume) que se publicará esta primavera; y tengo unos cuantos libros más casi terminados.

Hume continuaba: “Soy... un hombre de temperamento dócil, de genio controlado, de carácter abierto, sociable y alegre, capaz de sentir afecto pero poco dado al odio, y de gran moderación en todas mis pasiones”.

En este aspecto soy distinto de Hume. Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones.

Sin embargo, hay una frase en el ensayo de Hume con la que estoy especialmente de acuerdo: “Es difícil”, escribió, “sentir más desapego por la vida del que siento ahora”.

En los últimos días he podido ver mi vida igual que si la observara desde una gran altura, como una especie de paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de la relación entre todas sus partes. Ahora bien, ello no significa que la dé por terminada.

Por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento.

Eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para divertirme (e incluso para hacer el tonto).

De pronto me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global.

No es indiferencia sino distanciamiento; sigo estando muy preocupado por Oriente Próximo, el calentamiento global, las desigualdades crecientes, pero ya no son asunto mío; son cosa del futuro. Me alegro cuando conozco a jóvenes de talento, incluso al que me hizo la biopsia y diagnosticó mis metástasis. Tengo la sensación de que el futuro está en buenas manos.

Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí mismo. Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.

Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura.

Oliver Sacks [1933- ], neurólogo inglés es autor, entre otros muchos libros, de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.

Este artículo se publicó originalmente el 19 de febrero en The New York Times y el pasado sábado 22 de febrero en El País.

lunes, 29 de septiembre de 2014

El libro

El libro se parece a un agujero negro cuya atracción es tal que absorbe y distorsiona todo lo que sucede cerca de él, incluidos el tiempo y el espacio. De manera que a lo mejor son las ocho de la mañana y tú vas en el autobús a la oficina, pero de súbito eres arrebatado por esa masa gravitatoria llamada libro, que llevabas en la mano o en el bolso, y apareces en un escenario diferente, identificado, por ejemplo, con un individuo que se lava las manos llenas de sangre en la pila de una cocina francesa, mientras en el dormitorio de esa misma casa ha empezado a enfriarse un cadáver. Y no son las ocho de la mañana, sino las diez de la noche. Y no es primavera, sino invierno. Y tú no eres ese sujeto sin pasado que ahora se baja del autobús, sino este otro que, después de borrar las huellas dactilares de las copas de coñac, se pone un abrigo oscuro y huye escaleras abajo.
Al cerrar la novela cesa la atracción, y es, una vez más, la hora de fichar, así que fichas y entras en la oficina, donde mueves los papeles de un lado a otro o atiendes el teléfono con la eficacia o la pereza de siempre. Has vuelto a tu dimensión, en fin, sin que nadie se diera cuenta de que te habías ido. Si tus compañeros supieran que en lugar de venir de casa, como procede, vienes de una cocina francesa en cuya pila te has lavado las manos llenas de sangre, se quedarían espantados. De hecho, quizá no seas el mismo ahora que antes de haber leído el libro. Por tu sangre discurre el argumento desdichado o feliz que estaba en la novela, del mismo modo que los exploradores vuelven con malarias de África o de Molokai con lepra.
Hay más libros que playas, y en ellos está contenida la materia oscura que los físicos buscan en las estrellas. Si has leído la novela del individuo que se quita la sangre de las manos, ya siempre serás ese individuo, siempre, sin dejar de ser tú y, lo que es más sorprendente todavía, sin dejar de ser al mismo tiempo el cadáver que comenzaba a enfriarse cuando descendiste del autobús. Pura materia oscura, pues, invisible, como la conciencia, pero real como tu jefe.

Del libro Articuentos completos [2011], del escritor Juan José Millás [1946- ].