He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
Mostrando entradas con la etiqueta Angel Wagenstein. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Angel Wagenstein. Mostrar todas las entradas

martes, 27 de octubre de 2015

Naipes

-Tengo noticias para vosotros. Haré como si leyera la Ley de Moisés y vosotros debéis mantener la calma. Ya no existe Austrohungría, a ver si me entendéis lo que quiere decir esto. Este otoño los maestros de escuela no podrán contar con fluidez la historia de nuestro gran imperio, sino que van a tartamudear cada vez que tengan que enseñar a los alumnos por dónde exactamente pasan las fronteras entre Hungría y Checoslovaquia, o explicarles la razón secreta o si, de hecho, ha habido razón alguna para que Eslovenia, Bosnia y Herzegovina, Croacia y Montenegro hayan pasado del puñetero imperio de los Habsburgo al de los Karageorgevich. Los maestros rusos de geografía tendrán que perder la costumbre de hablar de Polonia como de "nuestros territorios occidentales". En los países del Báltico van a bajar las banderas de Rusia, porque hasta los propios rusos están embrollados en largas discusiones sobre si su bandera ha de ser roja o tricolor. Los viejos profesores se estrujarán la sesera cuando les pregunten a qué estado pertenecen el Tirol meridional, Dobrudzha, Siebenbürgen o Galitzia, o en qué país viven los moldavos y los finlandeses. La historia, cual hábil croupier, ha barajado los naipes y los ha repartido una vez más. Todo empieza de nuevo, se reinicia el juego, las apuestas se han hecho y está por ver quién tiene escondido el as en la manga, a quién le tocará un póquer de damas y a quién un triste siete. Es una ley natural: los fuertes se comen a los débiles, pero su apetito suele ser demasiado grande para su capacidad digestiva, por eso les dan diarreas y ardores que se curan con revoluciones. Estas últimas crean el caos y del caos nacen mundos nuevos; ojalá el mundo de mañana nos salga menos cagado que el de ahora. Así, hasta el próximo reparto de naipes, o sea, hasta la próxima guerra. Ésta no va a tardar, los dientes del dragón de la revancha ya están sembrados en el fértil suelo de Europa y darán una buena cosecha, creedme. Sabbat shalom, muchachos. ¡Idos en paz a vuestras casas!

De la novela El Pentateuco de Isaac [1998] del escritor búlgaro Angel Wagenstein [1922- ].

viernes, 25 de septiembre de 2015

El final de una guerra

Yo creía que el final de una guerra se parecía al final del bachillerato: le dan a uno el título y ¡hale!, a arrojar el sombrero al aire, a emborracharse como un cosaco con los compañeros, y después a vomitar en el baño, a tirarse de cabeza en el proceloso mar de la vida. Al menos eso creía yo. Resultó que era parecido, pero sólo en parte. Uno le da la espalda a la guerra, normalmente con malas notas en historia y geografía, y enseguida le inculcan la idea de que tiene que mejorarlas en el próximo conflicto bélico que ya está asomando a la vuelta de la esquina. La esperada tregua está lejos de ser el inicio de una paz duradera. ¡Oh, no! Se trata sólo de unas breves vacaciones entre dos alegres y emotivos ejercicios de ensartar a los enemigos por las tripas con las bayonetas, de excavar trincheras; de hacer volar por los aires a personas y objetos; de atacar y contraatacar; de incendiar pueblos ajenos y de ahorcar a espías y desertores, mientras los chicos de la otra clase realizan las mismas hazañas, pero en sentido contrario.

De la novela El Pentateuco de Isaac [1998] del escritor búlgaro Angel Wagenstein [1922- ].

sábado, 12 de septiembre de 2015

Buenas noticias

No sé si has oído hablar de Salomón Kalmoviz, el genial peletero vienés que de pieles de conejos importados hacía magníficos abrigos de visón, chinchilla e incluso de leopardo. Aquel mismo Kalmoviz, al regresar a Viena de su exilio en Londres e instalarse en su apartamento de la Schwedenplatz, apenas esperó a que amaneciera para ir corriendo al primer quiosco y pedir el número del día del periódico oficial nazi Völkischer Beobachter. Le contestaron que el periódico había dejado de salir. Kalmoviz, muy amable, dio las gracias y compró una bolsita de caramelos de menta. Al día siguiente pidió una vez más el mismo periódico para que le dieran la misma respuesta. Así todas las mañanas hasta que al décimo día el vendedor le dijo fastidiado: "Señor, entérese de una vez que este periódico ya no sale ni saldrá nunca más", "Lo sé, querido, lo sé. ¡Pero es maravilloso empezar el día con una buena noticia!".

De la novela El Pentateuco de Isaac [1998] del escritor búlgaro Angel Wagenstein [1922- ]. Es una recomendación que unxs amigxs me hicieron hace varias semanas y que he disfrutado mucho...

A mediados de agosto hablaba aquí de la novela 14, de Jean Echenoz, sobre la Primera Guerra Mundial. Una novela que, en su sencillez y su brevedad, me pareció imprescindible.

Ahora me encuentro con este Isaac, un judío de Galitzia, que recorre el siglo XX siendo sucesivamente ciudadano del Imperio Austro-húngaro, de Polonia, de la URSS, de la Alemania del Tercer Reich y finalmente austriaco. Y contando toda esa peripecia vital con humor, a veces negro, salpicando todo el texto con chistes y bromas, en muchas de las cuales se ríe de sí mismo y de su condición de judío errabundo, que permiten mirar la historia del siglo pasado con cierto relativismo.
Muy recomendable.