He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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miércoles, 13 de junio de 2018

jueves, 15 de febrero de 2018

Londres

Hoy hay luna nueva, así que me toca colgar en el blog alguno de esos relatos que escribo de vez en cuando.
Pero lo de hoy no es un relato, es más bien una página de un diario: unos cuantos párrafos contando en primera persona qué me está pasando estos días.
El jueves pasado, justo a estas horas hace una semana, me llamaron para proponerme si me iba cinco meses a dar clases de matemáticas a un colegio español en Londres. Y me lo contaron así, sin anestesia. Yo había enviado unos días antes un cv sin mucho convencimiento y pensaba que, en el supuesto de que me llamaran, sería para una entrevista o para alguna otra prueba de selección. Pero no. Me dijeron que habían ordenado los cv por orden de experiencia y el mío quedaba el primero. Y que si seguía interesado me presentara en la Consejería de Educación de la Embajada de España en Londres el lunes 19 a las 9.

Y ya.

Seguramente si me hubieran dicho que tenía que empezar en septiembre y que fuera decidiéndome durante estos meses, me habría pasado no sé cuánto tiempo dándole vueltas, hablándolo con amigxs, consultando cosas, leyendo y preguntando, para al final, quizá, decidir que no.
Pero casi no me han dado opción. Así que, en medio minuto, había decidido que me iba.

Y llevo una semana de locura: sacando billete, preguntando y contactando con un montón de gente, buscando a alguien que se quiera quedar unos meses en mi casa, buscando alojamiento allí, enterándome de cómo funciona esa ciudad...

Estoy seguro de que va a ser una experiencia interesante. Allí me dicen que no piense en ahorrar, que la gente va por la experiencia y por el inglés. Así que en eso estamos.

El primer día me sentía cagao y contento a la vez. Poco a poco, según pasan los días, me voy sintiendo más o menos igual de cagao, pero cada vez más contento, viendo la aventura cada vez más real. 
Ya he enviado toda la documentación que me han pedido, ya he encontrado alojamiento para las dos primeras semanas de aterrizaje, casi he encontrado a alguien que se quede en mi casa, he resuelto más o menos lo de los talleres y mis clases particulares... así que ya sólo me queda llegar allí y empezar una nueva etapa.

Y sí que me gustaría llevar un diario de Londres, del que estos párrafos fueran una especie de inicio. Me apetece contarlo y contarme. Será en  un nuevo blog...

¡Seguimos!  


lunes, 18 de diciembre de 2017

jueves, 19 de octubre de 2017

El impostor

Hace tiempo que sé que el señor que duerme conmigo todos los días en mi casa no es mi marido. Tardé en percaterme de que no era él, porque se parecen mucho, pero ahora estoy segura.
Sí, ya sé que suena raro, ya se lo conté la otra vez que vine y usted puso cara de descreído y me dijo que quería conocer todos los detalles. Por eso he venido ya varias veces, como me pidió.
Es cierto, el señor del que le hablo se parece muchísimo a mi Esteban. Tiene su misma cara, sus mismos gestos, su misma forma de hablar pánfila y aburrida, sus ojos bobalicones. Pero de repente, hace algún tiempo, ya le digo, empezó a decir y a hacer cosas raras que no le había visto a mi marido nunca en la vida. De vez en cuando actuaba de forma extraña, como si no lleváramos ya más de cuarenta años casados y todavía pudiéramos sorprendernos el uno al otro con algo.
Un día, por ejemplo, para que se haga usted una idea de lo que le quiero decir, me trajo el desayuno a la cama. «¿Estás tonto?», le dije, «¿te crees que soy ya una vieja inútil que no puedo hacerme mi desayuno?». Me miró con su cara de cándido y me dijo que le perdonara, que la noche anterior se le había ocurrido que podría ser bonito preparármelo. «¡De verdad! Hay que ver lo tonto que te has vuelto con los años, parece mentira, con lo que tú has sido y para lo que te has quedado.»
Otro día, de repente, llegó con unas flores. ¿Se imagina? Se presentó en casa con un ramo enorme. Había venido Lucía con otra de mis amigas a tomar café a casa, y ahora que se lo cuento a usted me da risa recordarlo, pero entonces me dio vergüenza ajena verle entrar por la puerta con esa chaqueta que le pinga por detrás y con esa cara de cordero degollado con la que se plantó en mitad del salón y me dijo «Elisa, querida, son para ti».
Ese día fue cuando tuve claro que ese señor no era mi Esteban de siempre. Disimulé unos días. Le seguí la corriente. Pero tenía cada vez más claro que no era Esteban, sino un doble de Esteban, un suplantador, un impostor que de algún modo se había deshecho del auténtico y había tomado su lugar en mi casa, en mi vida y en mi cama. Eso sí, era tal cual, un doble muy bueno, lo reconozco.
Un día fuimos juntos a una de esas revisiones médicas que tenemos cada dos por tres últimamente, ya sabe usted, cosas de la edad, que cuando no te falla una cosa te falla otra, y el médico le dijo que estaba como una rosa, que vaya cambio había dado en sus análisis y que daba gusto cuando un hombre de su edad empezaba a cuidarse, a hacer ejercicio, a comer como Dios manda, a dejar de fumar y a tomar conciencia de que es bueno hacer todas esas cosas saludables que te recomiendan los médicos cuando empiezas a cumplir años.
Menuda chorrada, pensé yo. Éste no se ha enterado de nada. Se lo dije, claro. Sutilmente le di a entender que Esteban ya no era el de siempre. Cuando me contestó que la gente cambia, que se pueden tener nuevos hábitos y no sé qué más chorradas, le expliqué que no, que no es que Esteban hubiera cambiado de costumbres, sino que realmente este señor no era mi Esteban, que lo habían cambiado. Entre bromas y veras, me miraron los dos con cara de sorprendidos y ese día fue cuando el doctor me propuso que viniera a verle a usted.
Y entonces fue cuando vine a verle a usted por primera vez. Y la segunda vez que nos vimos me habló usted del síndrome ése, creo que lo llamó de Capgras o de Caspras o algo así. No recuerdo del todo aquello que me explicó de que hay gente que piensa que alguien cercano ha sido cambiado por un doble. Pero vamos, que me pareció un disparate, porque en el caso de Esteban yo no tengo ningún síndrome ni nada que se le parezca, sino que lo que tengo es un doble perfecto que se ha instalado en mi casa y que dice que es mi marido. Aquello que me contó usted me pareció una tontería, perdóneme que se lo diga así, pero bueno, me pareció usted un señor muy amable y muy correcto, y por eso es por lo que he venido ya varias veces a verle, por no hacerle un feo.
Al principio, cuando estuve segura de que Esteban no era Esteban, pensé en ponerle una denuncia, al nuevo claro, no a mi marido, pero me pareció difícil que me creyeran en la comisaría y me dio un poco de vergüenza explicarle a un policía que un señor mayor, muy parecido a mi marido, se me había metido en mi casa y en mi cama.
Pensé también en intentar echarle de casa, o mandarle de viaje durante una temporada, que de algo nos tenía que servir estar jubilados y tener una casa en la playa. Mi amiga Lucía se reía, con esa risita nerviosa suya tan tonta y tan cursi que tiene, cuando le dije que llegué a pensar en liquidarle. ¿Qué sé yo? Un traspiés en la escalera, algo en la comida que le diera una buena sacudida a su hipertensión o un resbalón en la bañera. Algo fácil y limpio que me quitara de encima a aquel desconocido que era como una copia de mi Esteban. Pero no hice nada de eso. Seguí disimulando y la verdad es que me he ido acostumbrando a aquel señor.
Y aquí estoy otra vez, charlando con usted. No sé para qué, la verdad, porque ya le digo que desde hace tiempo estoy bien segura de lo que le estoy contando, y aunque hubo un momento al principio en que me produjo un poco de cosa tener en casa a un señor que no conocía, y lo que me apetecía era que volviera el de siempre, luego me fui dando cuenta de que es un señor muy majo. Mucho más cuidadoso que mi Esteban. Y más amable. Tiene la misma cara de pasmado que ha tenido Esteban toda la vida, pero a veces, cuando quiere, es mucho más simpático. Estoy encantada con él. Hasta algún día me ha dado una alegría al irnos a dormir, ya sabe usted a qué me refiero. Hacía años que Esteban, mi marido, el otro, ni se acordaba de esas cosas. Y mira éste, una alegría, ya le digo. Una alegría adecuada a nuestra edad, claro, pero qué quiere que le diga, una alegría al fin y al cabo. Así que he pensado que quizá podría quedármelo, antes de que aparezca el verdadero, que era un aburrido y un insustancial y un soso. ¿A usted qué le parece?

La Cabrera, octubre de 2017.

Licencia Creative Commons
El impostor por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Baldo el tuerto

—Baldo, coño, cuéntale al chiquillo lo que te pasó en el ojo. Cuéntale por qué tienes más sietes que un trapo viejo.
Era mi abuelo quien hablaba mirándome con su sonrisa cómplice. Y el chiquillo era yo, claro, que cuando le oía decir aquellas palabras me quedaba expectante, entre deseoso y asustado, sabiendo lo que venía a continuación. Con nosotros estaba Baldo el tuerto, manoseando su vaso de manzanilla, mirándonos con su único ojo, azul muy claro, casi gris.
Yo tendría entonces diez o doce años. Pasábamos las vacaciones de verano en Algeciras, en casa de mis abuelos, los padres de mi madre. De finales de junio a primeros de septiembre, eran más de dos meses entre los chapuzones en la playa del Rinconcillo y los paseos por el parque, la calle Ancha y la plaza Alta. Recuerdo el sabor de las patatas fritas mezclado con el del agua del mar del ultimísimo baño de cada día, cambiándonos de ropa a toda prisa mientras esperábamos el autobús para volver a casa a comer. Recuerdo los sobres con soldaditos de plástico que me compraba los domingos al salir de misa en uno de los carrillos que había junto a la iglesia de la Palma. Recuerdo las tiendas de campaña, como las llamábamos mis hermanas y yo, que montábamos en el balcón con unas colchas y un par de mantas viejas que nos dejaba la abuela, para escondernos allí de los adultos a jugar durante el calor de la tarde. Recuerdo a los miles de marroquíes que abarrotaban el paseo marítimo durante días hasta poder pasar al otro lado del Estrecho, con un montón de críos y con los coches llenos de bártulos que traían desde Francia, Bélgica o Alemania. Recuerdo ir con mi abuela a hacer la compra al mercado, a la Plaza, como ella lo sigue llamando. Recuerdo los cines de verano, el Delicias, el Fuentenueva...
De vez en cuando, quizá un par de veces cada verano, mi abuelo me decía:
—Niño, ¿te vienes a Los Pinos, a ver qué se cuenta mi amigo Baldo el Tuerto, y de paso nos traemos unos piñones, que dice la abuela que se le han acabado los últimos que trajimos...?
Antes de que hubiera terminado la frase yo ya estaba listo para salir, preparado para lo que sabía que era un muy buen plan para una mañana de vacaciones.
Los Pinos era un antiguo restaurante de carretera que estaba un poco antes de llegar a Palmones. En los años 50 y 60 era parada obligada de los camioneros que hacían la ruta de Málaga a Algeciras. Cuando se fue arreglando la carretera y se desdoblaron algunos tramos para mejorar el tráfico por la costa, el restaurante fue agonizando hasta casi desaparecer. Poco a poco fue deteriorándose, la clientela menguó y en los años en que yo iba con mi abuelo, en los últimos setenta, sólo pasaban por allí los viejos amigos de Baldo el tuerto, el dueño, que había echado buena parte de su vida detrás de la barra, poniendo vinos y menús durante más de veinte años.
Alrededor de lo que quedaba del restaurante había un pinar enorme, cuya sombra en verano era el principal encanto de Los Pinos, además, por supuesto, de su cocina, donde Teresa, la mujer de Baldo, hacía maravillas con los pucheros y las sartenes: chanquetes, cazón en adobo, hígado encebollado, magro con tomate, calamares rellenos, caracoles con poleo...
Baldo el tuerto era un hombre grande, o al menos a mi me lo parecía. Tendría entonces unos setenta y tantos años, diez o quince más que mi abuelo, pero aparentaba muchos menos: se mantenía en forma y conservaba su pelo, que aunque griseaba, aún mostraba algo del tono rubio que debió de tener años atrás. En alguna ocasión le oí hablar de su madre, Naja. Le gustaba decir que era una vikinga que había venido del hielo del norte al mediterráneo para conocer el sol del sur. Una danesa que con poco más de veinte años había recorrido medio mundo y hablaba varios idiomas, entre ellos algo de español. Su padre fue diplomático y su madre una escritora de cierto éxito en su país a finales de siglo, que publicó varias novelas, estrenó alguna obra de teatro y llegó a colaborar con Nielsen en una ópera que nunca llegó a estrenarse. Una familia adinerada, culta y viajera.
Una mañana, paseando por el puerto de Cádiz, días antes de embarcarse hacia Italia con sus padres y con su hermano, Naja se cruzó con Julián, que preparaba con sus compañeros las redes y los aparejos para salir de pesca. Quizá le preguntó algo sobre el tiempo o sobre la pesca en esa época del año o sobre cómo se arreglaban las redes. Baldo nunca supo con certeza cómo se inició aquella conversación, y cada vez que contaba la historia echaba mano de la imaginación de la que no escaseaba y de su capacidad para provocar interés en quien le escuchara, y adornaba a su gusto aquel primer encuentro entre sus padres. Su madre, la vikinga, volvió al día siguiente para continuar la charla. Y también al siguiente. Hasta que llegó el día en que tenía que embarcar para Italia y decidió quedarse.
Era una de esas historias que parece que sólo ocurren en las novelas y en las películas. Naja murió muy joven, cuando Baldo tenía sólo once años, más o menos mi edad cuando iba con mi abuelo a verle a Los Pinos. Le dejó un padre triste, la facilidad para los idiomas, su pelo rubio y unos ojos azules muy claros, casi grises.
Recuerdo sus manos enormes, con dedos gruesos, con la piel muy morena después de años de rozarse con el mar y el sol. Cuando llegábamos a Los Pinos le daba un abrazo a mi abuelo y a mi me estrechaba mi manita de niño para incluirme en esa camaradería de hombres adultos a la que me gustaba pertenecer por unas horas. Mi mano desaparecía en la suya descomunal que me apretaba con suavidad, como si sólo quisiera sugerirme la fuerza que realmente sería capaz de hacer si se lo propusiera. Al hacer memoria siempre le recuerdo con una camiseta de tirantes, unos pantalones de faena y una especie de sandalias de cuero muy gastadas. Tenía un pequeño tatuaje en uno de los brazos, no recuerdo qué era, quizá unas letras en algún idioma que yo no entendía.
Pero lo que hacía inconfundible a Baldo el tuerto, el amigo de mi abuelo, eran varias cicatrices de las que cuando llegábamos a verle yo era incapaz de apartar la mirada durante un buen rato. Tenía un par de ellas en uno de los brazos, casi paralelas, que subían desde la muñeca hasta más allá del codo girando alrededor del brazo. Otra, que le arrancaba desde el tobillo hacia arriba, y que siempre quedaba un poco a la vista cuando se remangaba el pantalón al sentarse. Y, sobre todo, tenía una cicatriz gruesa como una lombriz que le cruzaba el pecho bajo la camiseta, subía por su cuello en diagonal, trazaba en su mejilla un sendero por el que no le crecía la barba, que siempre llevaba de varios días, y terminaba un poco más allá del parche negro que le tapaba el ojo que no tenía. Mientras me saludaba dándome la mano, le miraba con ojos asombrados recorriendo esas marcas que yo imaginaba que sólo podían haberse producido cazando ballenas, luchando contra piratas o en alguna aventura del estilo, por lo menos, de las de los tebeos del Jabato que tanto me gustaban.
Cuando mi abuelo me llevaba a Los Pinos a ver a su amigo Baldo el tuerto, nos sentábamos los tres fuera, en una de las mesas de plástico que había a la sombra junto a la puerta. Un par de manzanillas para ellos y una fanta de naranja para mi.
Me sentaba con ellos, con mi fanta en la mano, sin quitar ojo de las cicatrices, sin perderme una palabra de lo que hablaban mi abuelo y él, observando de reojo a la poca gente que pasaba por allí y a la que Lucía, una de las hijas de Baldo, rubia como su abuela vikinga pero con la piel morena del sur, preguntaba desde detrás de la barra qué querían tomar.
Al sentarnos, Baldo el tuerto me preguntaba qué tal me iba en el colegio, me recomendaba que estudiara, que leyera, que si podía viajara todo lo posible para ver el mundo, que es muy grande, y no conviene perderse las muchas cosas increibles que se pueden encontrar en él. Me preguntaba por Madrid, me decía que nunca había estado allí pero que le gustaría, aunque él era más de mar que de tierra. Y cuando consideraba que quizá yo iba a empezar a aburrirme de su conversación, aunque eso no hubiera ocurrido jamás en ninguno de nuestros encuentros, me decía:
–Anda chaval, mientras charlo un rato con el cabrón de tu abuelo, vete a recoger unos piñones, que hace tiempo que nadie los coje y se están amontonando por ahí.
Yo me volvía a mi abuelo pidiéndole con la mirada un permiso que sabía que tenía de antemano, daba un último sorbo a mi fanta, corría detrás de la puerta, donde sabía que había un montón de bolsas de tela colgadas de un gancho, y con una de ellas me iba a recorrer el pinar recogiendo piñones del suelo. Llenaba la bolsa hasta que casi no podía cargar con ella y entonces volvía a sentarme con ellos. Al llegar a la mesa en la que seguían charlando agarrados a sus vasos de manzanilla, yo me sentaba en alguno de los taburetes de madera que siempre había por allí y me ponía a abrir piñones golpeándolos con una piedra.
Baldo y mi abuelo hablaban de política, hablaban de cómo eran Algeciras y el Estrecho hace años y de cómo eran ahora. Se preguntaban mutuamente por amigos comunes, lamentaban la pérdida de alguno o brindaban por el nuevo nieto de otro, y siempre, en algún momento, hablaban del mar. Baldo había sido marino durante muchos años. Varias veces le oí contar que cuando tenía pocos años más que yo ya andaba en uno de esos barcos de pesca que salen a media tarde y regresan de madrugada, con las bodegas llenas de pescado, listo para sacarlo a la lonja antes de amanecer. Y aún antes de eso, con seis o siete años, había acompañado muchas tardes a su padre en un botecito a pescar a sólo unos centenares de metros del puerto. De su padre heredó la pasión por el mar y él fue quien le enseñó a navegar, a moverse en ese medio, a conocerlo y a respetarlo. Cuando tenía unos veinte años ya había navegado en todo tipo de barcos, pequeños pesqueros atrevidos que salían mar adentro a pesar de su aparente fragilidad, y barcos enormes, atuneros o balleneros, que pasaban muchas semanas sin tocar puerto, que pescaban toneladas de pescado cada día y en sus propias bodegas lo procesaban y lo almacenaban hasta volver a tocar tierra. Habia viajado por todo el mundo. Yo tenía la impresión de que no había un puerto en el que no hubiera atracado ni una ciudad que no hubiera conocido. Me fascinaba oirle hablar de los sitios en los que había estado, lugares de los que yo no conocía nada, muchas veces ni siquiera el nombre, y que me esforzaba por recordar hasta llegar a casa, y una vez allí buscarlos en la enciclopedia que había en el salón, el espabilaburros, como la llamaba mi abuelo. Entonces descubría que los lugares de los que me había hablado Baldo eran un archipiélago diminuto perdido en el sur del Pacífico o una pequeña ciudad en un extremo de Australia o un puerto ballenero al norte de Noruega. Después de ir a ver a Baldo el tuerto yo pasaba horas mirando los mapas del espabilaburros tratando de localizar sus rutas, de imaginar sus itinerarios por el mundo.
Al ver mi cara de entusiasmo mi abuelo le tiraba de la lengua para que siguiera hablando de las personas que había conocido en esos lugares, de animales que había visto, de montañas y ríos, de idiomas con palabras impronunciables y alfabetos imposibles que parecía que nadie pudiera comprender, de comidas inauditas, de vestidos sorprendentes sobre los que me explicaba que quizá a nosotros nos podrían parecer ridículos pero que en aquellos países eran elegantísimos. Todo aquello era mucho mejor que cualquier película en el cine de verano y que cualquier tebeo del Jabato.
A veces, no muchas, yo intervenía pidiéndole que me explicara a qué sabían los saltamontes o los erizos crudos, o qué había que hacer si te atrapaba una tormenta en plena noche con olas que eran más altas que tu propio barco, o cómo hacían para subir a cubierta una ballena de treinta metros, o cómo podían entenderse con la gente en algunos de esos lugares en que hablaban idiomas que nadie en el mundo era capaz de entender más que ellos mismos. Él, paciente, encantado de tener tan buen público, me explicaba, se extendía, adornaba las historias añadiendo mil detalles, gesticulaba sin parar con sus grandes manos para hacerme imaginar la forma de unas nubes de tormenta en el ecuador, o el baile de docenas de delfines y gaviotas escoltando un pesquero, o el ruido del viento jugando con el barco como si quisiera arrancarlo de la superficie del mar, resolvía mis dudas generando muchas más, y aprovechaba para enlazar cada historia con una nueva que me provocaba aún más preguntas. A veces se volvía, llamaba a Lucía que nos miraba desde la barra, y le pedía que nos trajera papel y lápiz para hacerme pequeños dibujos que ayudaran a mi imaginación, si es que le hiciera falta, a ver las cosas de las que me hablaba: trazaba un mapa de una costa o una silueta de unos montes, o hacía unos trazos rápidos para explicarme cómo era tal o cuál barco, o garabateaba algunas letras que recordaba en alguno de esos idiomas extraños y lejanos de los que me hablaba. Yo guardaba aquellos papeles como tesoros para luego estudiarlos en casa y rememorar con ellos las historias de Baldo el tuerto.
Cuando llevábamos un buen rato así, descubriendo el mundo entero sentados a la sombra en la puerta de un antiguo restaurante de carretera, en algún momento mi abuelo me miraba, sonreía guiñándome un ojo y decía:
—Baldo, joder, cuéntale a mi nieto qué es lo que te pasó en el ojo. Cuéntale por qué tienes en el cuerpo más costurones que el abrigo de un mendigo. Explícale por qué tienes esa pinta que da miedo a quien se cruza contigo por la calle...
Entonces yo miraba a Baldo y me quedaba como paralizado porque sabía lo que venía a continuación. Baldo el tuerto miraba a mi abuelo, me miraba a mi, volvía a mirar a mi abuelo y empezaba a hacerle muecas de odio que daban entre miedo y risa. Yo estaba clavado en mi asiento, atento, mientras mi abuelo comenzaba a reir e insistía:
—Venga hombre, que la última vez ya te pedí que se lo contaras y no quisiste, y está el chaval con el misterio de saber qué es lo que te pasó... —y levantaba su vaso de manzanilla como brindando por la salud y el buen humor y la paciencia de su amigo Baldo el tuerto.
Yo miraba a Baldo y sabía que de un momento a otro, como otras veces, su ira, ficticia o no, haría que se arrancara y ya no habría quien le parara. Desde la barra Lucía, que también sabía lo que iba a pasar a continuación, me miraba risueña como diciéndome que no me preocupara, que ese aparente enfado que yo veía llegar como una tormenta no era peligroso, y que quizá esta vez su padre sí me contara su historia, que quizá ni siquiera ella sabía.
—Pero serás hijoputa, pero cómo se puede ser tan hijoputa como este abuelo tuyo –cuando se dirigía a mi hablando de esa forma, yo no podía quitar la vista del parche negro y del misterio que debía esconder y que sabía, casi con seguridad, que esta vez tampoco me sería desvelado. Era como si el resto de la cara y el resto de Baldo el tuerto hubieran desaparecido y sólo quedaran el ojo azul claro, casi gris, el parche negro, las cicatrices y su vozarrón diciendo palabrotas–. Será cabronazo el jodío abuelo que otra vez me pregunta por mi puto ojo. Pero chaval, explícame cómo se puede ser tan mala gente y tan cabronazo y tan hijoputa como tu abuelo, para andar siempre enredando con lo que me pasó en el ojo. Pero cómo me pides otra vez que le cuente al chico lo de mi ojo. ¿Quieres saber qué me pasó? ¿Lo quieres saber de verdad? Pues no me pasó nada, coño, lo tengo desde que nací. Mi madre, la vikinga, me parió con el puto parche, no te jode... a ver qué mierda le importará al jodío crío cómo se me fue al carajo la mierda del ojo...
Me quedaba como hipnotizado escuchando aquella retahíla increible de palabrotas. No podía separar la vista de Baldo, de su parche negro, que una vez más no había forma de que desvelara la historia que escondía, y de su ojo azul, muy claro, casi gris, brillante, que te veía entero cuando te miraba, por dentro y por fuera, y que no paraba de saltar de mí a mi abuelo, de mi abuelo al interior del bar, de allí a la carretera o al Peñón, y finalmente siempre al mar que se veía al fondo, detrás de nosotros, entre los pinos.
Me fascinaba esa ira casi teatral y esa avalancha de palabrotas. Yo oía palabrotas constantemente en el colegio, claro, y mi abuelo solía decirlas también, no era algo que me resultara ajeno, y yo mismo, a veces, decía alguna, aunque siempre con un punto de culpabilidad, de estar haciendo algo grave cuyas consecuencias podían ser imprevisibles. Pero no conocía a nadie que las hilvanara con esa vehemencia, con esa naturalidad, casi con entusiasmo. A Baldo el tuerto le salían las palabrotas una detrás de otra, sin pausa, cada vez más fuertes. Decía cabronazo y jodío hijoputa y mierda y coño como quien dice mesa y silla y lápiz.
Al final, cuando parecía que Baldo se iba calmando y que esta vez tampoco iba a contar la historia de su ojo perdido, mi abuelo le decía, como resignado:
—Bueno Baldo, no te pongas así, hombre, si no se lo quieres contar déjalo, que no pasa nada, ya te preguntaremos otro día que estés de mejor humor.
Y volvía a sonreir mirándome con guasa y levantando de nuevo su vaso de manzanilla, ya casi vacío, hasta que Lucía le veía desde la barra y venía con la botella. Al llegar junto a nuestra mesa rellenaba los dos vasos y agitándome un poco el pelo me preguntaba si quería otra fanta de naranja. Yo seguía aún unos segundos embelesado, mirando a Baldo, hasta que conseguía levantar la vista hasta Lucía, y luego a mi abuelo que le decía que sí, que me trajera otra. Yo seguía mirando a Baldo, que recogía el vaso de manzanilla de la mesa y mientras se lo acercaba a los labios seguía murmurando en voz baja:
—...el jodío hijoputa anda y que le dén por el culo no te jode preguntarme qué me pasó en el cochino ojo como si al chaval le importara qué coño me pasó en el puto ojo...
Después, ya olvidado el tema, no por mí pero aparentemente sí por ellos, como quien vuelve a salir de casa a dar un paseo después de una tormenta, con sus vasos de nuevo llenos, seguían charlando un rato más, riéndose, bromeando, hablando de algo que había ocurrido en el puerto, de las obras que empezaban a ampliarlo ganando terreno al mar, o del calor que iba aumentando según avanzaba la mañana. Un rato después mi abuelo miraba la hora y decía que era tarde, que teníamos que ir a casa a comer, que la abuela estaría preparando la comida y si no nos aligerábamos llegaríamos tarde. Entonces pedía la última ronda de manzanilla.
Al irnos se despedían con un largo abrazo, Baldo volvía a estrecharme la mano, recordándome lo de estudiar, lo de leer y lo de viajar, y nos íbamos a coger el autobús para volver a casa, donde mi abuela tenía ya listo un arroz con calamares, gambas y alcachofas, igual de rico que el que sigue haciendo hoy, casi cuarenta años después. Y como siempre, al entrar en casa me preguntaba si le traía algunos piñones de Los Pinos, que ya se habían acabado los de la última vez que fui a visitar a Baldo el tuerto y que le venían tan bien para echarlos en los guisos.

Manjirón, febrero de 2014.

Licencia Creative Commons
Baldo el tuerto por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

sábado, 24 de junio de 2017

La muralla

—Mejor paramos a tomar algo, ¿te parece?
Me lo propuso sin mucho entusiasmo, pero estábamos hartos de tantas horas de coche, así que podía ser buen momento para estirar las piernas, tomar un café en el bar que había junto a la gasolinera y airearnos un poco antes de seguir el viaje de vuelta a casa.
—Yo quiero un café con leche y con hielo. Y me traes también un vaso de agua, por favor —le dije al chico que se acercó a atendernos. Era un chaval demasiado joven, con los mofletes demasiado colorados y con cara de haber salido demasiado poco de aquella barra y de aquel pueblo.
—Yo voy a tomar un descafeinado de máquina, solo, también con hielo —le pidió Irene mientras se sujetaba el pelo con un pañuelo para protegerse del viento—. Pero asegúrate de que sea descafeinado, por favor, que como te equivoques me vas a joder lo que me queda de viaje.
En la barra había un par de señores tomando un vino y discutiendo con el dueño del bar sobre el partido que estaban viendo. Y en la mesa de al lado una pareja mucho más joven que nosotros. Parecían estar también de vuelta después de pasar el fin de semana fuera. Tenían los cascos sobre la mesa y se habían bajado la parte de arriba del mono. De la cocina salía a cada rato una mujer que dejaba sobre la barra una bandeja de torreznos o un plato de torrijas o una tortilla. Irene trató de sonreír al chaval para tratar de compensar el tono con el que le había pedido el café.
—Prefiero que dejemos el tema para otro momento —me dijo cuando ya nos habíamos sentado en una de las mesas de fuera—, nunca nos sienta bien hablar de ésto. Ya sabes que en el estudio no estamos en un buen momento, y yo no puedo permitirme estar descolgada del trabajo un montón de meses, me costaría demasiado reengancharme después.
La pareja joven nos miraba como dos niños que oyen sin querer una conversación de mayores. Ella sin dejar de teclear en el móvil. Él mirando a todas partes, inquieto, inclinándose de vez en cuando hacia la ventana para echar un vistazo a la moto que había aparcada junto a la puerta, jugando con el mechero y con el platito que había en la mesa lleno de huesos de aceitunas. Pagaron sus cocacolas y salieron pasando a nuestro lado como una mancha chillona y ruidosa.
Mientras Irene seguía hablándome de los problemas del estudio, les vi caminar por el arcén de la carretera, pasar la gasolinera y llegar hasta los restos de la muralla. Él empezó a subir por una de las escaleras mientras ella volvía a hacerse su coleta, deshecha por el viento y por las horas de casco. Cuando ya estaba arriba, la llamó desde uno de los tramos del adarve que aún se conservaban a pesar de los turistas, o quizá gracias a ellos. Ella le hizo un par de fotos con el móvil, se acercó al pie del torreón y le hizo gestos con una mano para que bajara, mientras con la otra se sujetaba el pelo, que se le alborotaba con el aire a pesar de la goma con la que lo tenía recogido.
Yo seguía oyendo hablar a Irene pero estaba más pendiente de mi café y de saborear el paisaje que de lo que me decía. Habíamos tenido tantas veces esta misma conversación que aunque dejara de escucharla durante unos minutos no me iba a perder nada que no supiera ya y que no hubiéramos hablado antes mil veces.
El sol aún apretaba. Con el partido debían haber olvidado bajar el toldo. Volví a ponerme las gafas de sol y me recliné un poco en la silla apoyando los pies en una de las que los chicos de la moto habían dejado libres.
—No te preocupes Irene. Siento que hayamos vuelto a hablar del tema. Lo siento de verdad. Si quieres lo hablamos en otro momento. O no lo hablamos más. Es igual. No pasa nada.
—No se trata de que lo hablemos más o no lo hablemos más. Me gustaría que entendieras lo que te digo y que entendieras por qué ahora no es un buen momento para mí.
—Sí, no te preocupes, te entiendo perfectamente —traté de convencerla.
Yo seguía mirando al fondo, a la pareja de moteros haciéndose fotos en la muralla. Él subiendo entre las almenas de uno de los torreones mientras desde abajo ella agitaba las manos asustada pidiéndole que bajara. «Hay que ser gilipollas», pensé.
Y de repente Irene empezó a llorar. Me pilló desprevenido. Bajé los pies, acerqué mi silla a la suya, me quité las gafas y le pasé una mano por los hombros acercándola hacia mí.
—No, no entiendes nada —me dijo—. Quizá te gustaría entenderlo, pero en realidad no tienes ni idea de cómo me siento, de la contradicción que es querer algo pero sentir que en realidad no puede ser. No te enteras de nada.
Yo le acariciaba la espalda mientras la abrazaba y, por encima de su hombro, seguía viendo cómo el chico caminaba por uno de los arcos de la muralla agitando su casco en el aire mientras la chica le seguía pidiendo desde abajo que bajara de una vez. No podía oírla, pero veía sus gestos enfadados, notaba cómo le gritaba sin que él la oyera o sin querer oírla.
—Perdona —oí que me decía Irene después de sonarse—, ya sabes que estoy nerviosa últimamente. Lo siento. Ya estoy bien. Me han sentado muy bien estos días fuera, pero necesito llegar a casa, darme una ducha y descansar de tanta carretera.
Debió de notar cómo se me tensaba la mano sobre su hombro cuando le vi caer. Vi a la chica correr. Vi a algunos de los otros turistas que había por allí moverse rápido de un sitio a otro. Alguien llegó corriendo a la gasolinera. Salieron dos o tres personas y subieron hacia la muralla. Una de ellas iba hablando por el móvil. Me quedé quieto, abracé más fuerte a Irene mientras ella, de espaldas a la muralla, seguía llorando, ya más tranquila.
—No te preocupes —le dije—, está todo bien, no te preocupes. Estamos bien. Vamos a pagar los cafés y nos vamos a casa. Nos vendrá bien descansar un poco después del viaje. Cuando lleguemos nos hacemos una cena rica y vemos alguna película, ¿vale? ¿Qué te apetece?

La Cabrera, abril de 2017.

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La muralla por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

jueves, 25 de mayo de 2017

Acabados de lujo

—Como si es de cartón, me da lo mismo. ¿De verdad se cree que me importa de qué sea la caja? —dijo mi padre.
Creo que fueron las frases más largas que le oí decir en toda la tarde. El hombre de la funeraria nos miraba con cara inescrutable. Me sonaba haberme cruzado con él en algún pasillo durante estas últimas semanas. Imagino que parte de su trabajo consiste en estar al acecho de a quién le queda poco en cada planta y tener bien localizada a la familia para acudir inmediatamente a ofrecer sus productos.
—No, disculpe, dese usted cuenta de que no da ni mucho menos lo mismo un material que otro —insistió—. Precisamente le hablaba hace un momento de estos modelos de roble, con molduras de acero cromado y el interior acolchado en terciopelo blanco roto, con excelentes acabados, pero también me gustaría enseñarles estos otros fabricados en raíz de olivo. Es cierto que su precio sube ligeramente, pero sin ninguna duda la calidad no es ni remotamente comparable.
El hombre se ganaba su sueldo. Yo miraba la escena como si de algún modo me fuera ajena. Un rato antes, mientras bajábamos mi padre y yo en el ascensor, me dijo que ésto debía haber ocurrido antes. Hacía muchos meses que el abuelo estaba en la cama, esperando, sabiendo que ya no se iba a recuperar y que cuando saliera de aquella habitación sería con los pies por delante, como él decía. Le acompañé, los dos callados casi todo el rato, a hacer algún papeleo que nos habían dicho que era necesario en ese momento y luego nos reunimos en una pequeña salita, junto a la capilla, con el hombre de la funeraria.
—Aquí tienen también este otro modelo de cedro, y en esta otra página del catálogo están nuestros productos estrella: caoba con incrustaciones artesanales de ébano y acabados de lujo.
Mi padre le miraba sin decir nada. Aún no había llorado. Yo tampoco. No sé si lo hizo después en algún momento. Supongo que lo que le hubiera gustado es mandar a aquel gilipollas a la mierda y decirle que se metiera sus putas cajas de olivo y de cedro y de caoba por el culo y que nos dejara llorar tranquilos la muerte de su padre, de mi abuelo. Pero no, los dos seguíamos callados, hojeando sin verlos los catálogos que el hombre, impaciente, había desplegado sobre una mesilla baja de mármol negro con vetas blancas: papel couché con fotos excelentes, maravillosamente impresas.
A mi abuelo en ese momento le estarían llevando de la habitación al depósito, para esperar allí la caja que eligiéramos para él y luego le trasladarían a la sala del tanatorio, en la planta baja del hospital. Traté de imaginarle en nuestra situación, también callado, indeciso y triste. Imaginé que quizá algún día me tocaría a mí pasar por ésto y tomar estas decisiones. Entonces sentí, por primera vez, la congoja acumulada durante esos días y esa mañana. Pensé que me hubiera hecho bien llorar pero no quise hacerlo allí, con mi padre y con aquel tipo encorbatado que nos miraba echando cuentas de cuánto iba a facturar ese día.
—Nos quedamos con éste —dije mirando a mi padre y señalando una de las fotos del catálogo.
—Es una excelente elección, sin duda —me dijo el hombre de la funeraria—, excelente de verdad.
—Sí —respondí—, seguro que sí. Díganos qué tenemos que rellenar o qué datos necesita para cerrar ésto. Nos están esperando.
—Cómo se aprovechan éstos —me dijo mi padre sin mirarme mientras volvíamos al ascensor—. Gracias.
Me hubiera gustado abrazarle en ese momento. Se abrieron las puertas y con nosotros entraron un par de personas. Cuando llegamos a la planta en la que estaba la cafetería le dije «Aquí es» y le puse la mano en el hombro para salir. A través de la camisa sentí su espalda cansada, su pesadumbre.
–Sí –respondió–, vamos, que nos deben estar esperando. Vamos a comer algo, nos sentará bien, que aún nos queda un día largo.

La Cabrera, mayo de 2017.

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Acabados de lujo por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

martes, 28 de marzo de 2017

Nieve de primavera

Crujidos en la
nieve de primavera.
Paseo de amigos.

En la dehesa,
el silencio frío de
la luna nueva.

Junto al narciso,
bajo el agua helada,
hojas de roble.

La Cabrera, 28  de marzo de 2017.

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Nieve de primavera por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

Me he vuelto a atrever con los haiku... No es ni mucho menos donde más cómodo estoy cuando escribo, pero me gusta probar... y me sienta bien.

domingo, 26 de febrero de 2017

A veces

A veces el aire pesa y cuesta caminar porque lo notas sobre los hombros como una carga enorme que te aprieta contra el mundo.
A veces pesan los zapatos como si los llevaras cargados de piedras. Y te da miedo mover los pies por si te hundes aun más, como en esas arenas movedizas que de pequeño te daban tanto miedo cuando las veías en las películas tragándose a alguien.
A veces vas por la calle y sientes en la piel y en el aire el ruido y la prisa, y observas a la gente que se mueve y corre a tu alrededor, y nadie parece notar que el mundo te pesa a ti en vez de pesarle tú a él.
A veces tienes ganas de estar a solas, mirándote, tratando de descubrirte.
A veces te echas de menos y lo que te apetece es sólo estar un rato solo contigo.
A veces caminas y caminas buscando y buscándote sin encontrar y sin encontrarte.
Y a veces alguien que te quiere te dice que sigas buscándote, porque sabe que seguro que cuando te encuentres vas a estar encantado de verte... y entonces el aire pesa algo menos y los pies van un poco más ligeros...

Madrid, febrero de 2017.

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A veces por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

Francisco de Goya [1746-1828]

sábado, 28 de enero de 2017

Despedida

Bebe un poquito más de agua, que ya sabes que luego, por la noche, te da mucha sed. No, ya no queda nadie en la habitación. Hace rato que pedí a todos que salieran. Espera, que se te han caído unas migas en la sábana. Ya está. ¿Te recojo la cena o quieres comer un poquito más? Vale, no te preocupes, termina tranquila. No hay prisa, el enfermero volverá a pasar más tarde a recoger las bandejas que faltan. No corras. Te ayudo con eso, ¿no?, que al cortarlo me han quedado los trozos un poco grandes. Tranquila, va a ser fácil. Tus padres me dijeron que ellos no podían hacerlo. Hemos hablado mucho estas semanas, imagínate, y hace días que vimos claro que había llegado el momento. Hemos hablado tantas veces de que no querías llegar a verte así. Sí, van a estar tristes, claro. Todos vamos a estar tristes, pero no más de lo que estamos ahora. Bebe un poquito más de agua, anda, que te va a sentar bien. ¿Ya has terminado con la cena? Estupendo. No, no hagas fuerza con esa mano, que te vas a hacer daño. Yo lo recojo. Así. Perfecto. ¿Tienes bien la almohada? Un momento, que te la subo más. Ya está. Dame la mano, anda. Voy a bajar un poquito la luz y ya verás como enseguida te duermes. Tranquila, voy a estar aquí contigo todo el rato. Hasta que te duermas. Y cuando te quedes dormida aún me quedaré aquí, ¿vale? ¿Estás cómoda? Venga, descansa tranquila...

La Cabrera, enero de 2017.

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Despedida por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

***

Este texto breve lo hice a principios de este año para presentarlo a uno de los ejercicios que nos ha propuesto Ángel Zapata en el curso que estoy haciendo con él en la Escuela de Escritores.

Creo que me quedó corto, no me convence del todo, le falta darle un par de pensadas para que se entienda bien lo que quiero contar y dejarlo redondo, pero quise llevarlo a clase de todas formas. Por lo mismo que hoy me apetece colgarlo aquí, casi sin retocar.

Después de leerlo en clase Ángel me preguntó que qué me interesaba de este tema. Expliqué que quería escribir algo sobre la muerte y sobre acompañar y ayudar a alguien a bien morir. Y que me había salido un párrafo, quizá algo escaso, con el que me había quedado con ganas de más, pero que me interesaba mucho el tema y saber qué críticas podía recibir...

Me respondió que la muerte real no es un tema literario.

Ángel es un tipo con el culo pelao de hacer cursos y talleres de escritura y que cuando habla no da puntás sin hilo, así que aunque algunos de sus comentarios y críticas te pueden dejar un poco torcido, merece la pena darles una vuelta, o más de una, porque suelen tener mucha tela detrás.
Al decir ésto de que la muerte no es un tema literario enseguida algunxs preguntamos que cómo es eso de que la muerte no es un tema literario, que qué pasa entonces con Crónica de una muerte anunciada ó Cinco horas con Mario o las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique o tantas otras obras en las que se trata la muerte.
Y nos respondió que lo que no es un tema literario es la muerte real, el hecho en sí de morirte, de estar vivo y dejar de estarlo. Que sobre eso no quiere leer nada nadie. Que no tiene ningún interés. Que ahí no hay nada que contar: uno está, se muere, y deja de estar. Y ya. No hay más historia. No hay cuento.

Pero que lo que sí es literario es hablar de la despedida, de la memoria, de la simbología de la muerte, de lo que ocurre con quienes se quedan o con quien se va, de las repercusiones de que alguien muera, etc., etc., etc.

Y claro, ahí sí que están esas obras que recordábamos y tantas más en las que hay muertes y se trata todo lo que ocurre alrededor de esas muertes.

Y claro, ahí sí que mi textito se queda fuera. Yo hablo en ese párrafo sólo de alguien que se muere y alguien que le acompaña. No hay más. He vuelto a leerlo. No estoy seguro de cuánto me gusta ahora, unas semanas después de escribirlo y leerlo. He entendido la critica que me hacía Ángel y me parece que es muy pertinente al texto que llevé. Pero también he pensado que hay veces que uno escribe algo no necesariamente para hacer literatura o para que alguien le lea, sino para pensar y pensarte. Y creo que eso es lo que yo hice con este texto: es una especie de reflexión en voz alta, una pensada sobre cómo morir, y el 'fallo' fue llevarlo a clase como si fuera un cuento...

A pesar de todo, puse una energía en este parrafito que me parece que mereció la pena. Y por eso me apetece compartirlo hoy aquí.


Y porque hoy es también un buen día para mí para pensar en la muerte de personas queridas y en cómo me gustaría acompañarlas o que me acompañen cuando me toque...

***

Por cierto, ayer vi Truman.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Postdata

…Te quiere, mamá.
P.D. Por cierto, no vengas mañana a comer. Tu padre y yo tenemos que ir a ver a la abuela. Por lo visto últimamente pasa mucho tiempo con un señor que ha conocido en la residencia. Incluso pidió que la cambiaran de habitación para compartir una con él. Nos hizo gracia, claro, y nos gustó oírla tan contenta. Pero ayer llamaron diciéndonos que tenemos que hablar con ella. Ya te contaremos, pero parece que hay mucha gente quejándose porque tu abuela y su amigo no dejan dormir a nadie con tanta risita y tanto gemido nocturno.


La directora
Estimada Sra.
Me pongo en contacto con usted para comentarle algunos sucesos ocurridos recientemente relacionados con su madre y que están afectando a la buena marcha de las hábitos de nuestra residencia.
Como sabe, el espíritu de nuestra casa es que quienes residen aquí se sientan efectivamente como en casa. Queremos que éste sea su hogar y que disfruten de sus años dorados con toda la libertad y felicidad que sea posible. Desde esta perspectiva, abierta, tolerante y de atención personalizadísima a nuestros residentes, somos receptivos a todo tipo de comportamientos siempre que no trastornen el buen funcionamiento de esta pequeña sociedad que formamos.
Recientemente su madre, como sin duda usted conoce, ha entablado una relación muy estrecha con otro de nuestros residentes, un señor de su edad, como es fácil de imaginar. Hasta ahí, naturalmente, no hay ningún problema. Hace algunas semanas nos solicitaron si era posible un cambio de habitaciones para poder compartir una entre los dos. Viendo que ambos estaban ilusionados con la idea, y muy lejos de sospechar que eso pudiera ocasionar el más mínimo problema, accedimos a su petición y les trasladamos a una de nuestras habitaciones dobles.
Cuál sería nuestra sorpresa cuando pasaron los días, y comenzamos a recibir numerosas quejas de otros de nuestros residentes, en las que nos comunicaban que su madre y el señor mencionado, estaban provocando numerosas molestias por sus actividades nocturnas.
Como ya sospechará, me resulta enormemente embarazoso transmitirle estos hechos y prefiero, si puedo evitarlo, no entrar en detalles escabrosos. Pero sí me gustaría pedirle su comprensión ante un comportamiento tan irregular y desearía solicitarle encarecidamente que nos hiciera una visita tan pronto como fuera posible para que hable con su madre y le haga saber que sus nuevos hábitos están resultando molestos para algunos de sus compañeros.
Sin otro particular, pidiéndole disculpas por las molestias que este imprevisto tan desagradable le pudiera ocasionar, y esperando podamos vernos a la mayor brevedad posible, me despide de usted atentamente.


El nieto
Hola. Que si quieres quedamos mañana al mediodía como habíamos hablado. Al final no voy a comer con mis padres. Mi madre me ha escrito un mail contándome que tienen que ir a ver a mi abuela a la residencia. ¡Muy heavy! Me dice que mi abuela se ha ligado a uno de los abueletes que están con ella allí. ¡Flipa! Por lo visto se han pedido una habitación a pachas y todo, y se pasan las noches sin parar de follar... Así que la directora de la residencia está ya frita de las quejas de los demás viejos y ha llamado a mis padres para que le pongan las pilas a la abuela y le pidan que se corte un poco... Aunque parece que quien últimamente le pone las pilas a la abuela es su colega... jejeje...


Unas residentes
—Parece mentira, una señora de su edad, tan seria.
—Y ese señor, que también parecía tan formal.
—Bueno, yo a él le he visto siempre un poco más zascandil de lo debido. Alguna vez me pareció que tenía las manos un poquito más largas de lo normal, fíjate lo que te digo. ¡Un fresco! De hecho creo que fue él quien pidió que les dieran una habitación para compartir.
—No sé qué decirte. Él será más o menos golfete, pero ella es una mujer y debería tener más cuidado.
—La verdad es que hay que ser descarados para, con la edad que tenemos todos aquí, estar juntos en la misma habitación. ¿Qué se creerán esos dos que van a hacer a estas alturas? Ese hombre será muy zascandil, como tú dices, pero lo que tiene ahí estará ya más seco que una mojama...
—¡Calla, descarada! ¡Que me haces reír con esas picardías que dices!
—Pero si es verdad...
—He oído que la directora ha llamado a la hija de ella.
—¿Y eso?
—Para que venga y meta un poco en vereda a la madre. Creo que viene mañana con el yerno.
—Pues ha hecho muy bien.
—Yo, si te digo la verdad, me moriría de vergüenza si el director pidiera a uno de mis hijos que viniera para llamarme la atención. Y más por una cosa así. No sabría ni dónde meterme.
—A ver si hace efecto la visita y dejan de molestar. Porque será verdad que con la pila de años que tienen esos dos poco podrán hacer, pero vaya escandalera que hacen cada noche con tanto ruidito y tanta risa y tanta tontería...
—¡Calla, anda, que parece que te recreas...!


El amigo
De verdad que esta tía es una cachonda. ¿Me dices en serio eso de que la directora ha llamado a tu hija para que venga a regañarte? ¡No me lo puedo creer! Cuidado, espera, espera... así mejor, que al apoyarte me estabas pillando una mano ahí... Pues sí, ya me pareció que nos ponía una cara rara cuando le dijimos lo de la habitación compartida. Pero a mí no me parecía tan extraño que si estamos aquí y nos apetece pasar tiempo juntos, también queramos pasar las noches juntos, ¿no? Pues no es tan raro... Aunque claro, seguro que hay un montón de gente por ahí que no sé si por envidia o por aburrimiento o por lo que sea habrá empezado a protestar. Seguro que hay quien dice que hacemos ruído. ¡Pero si la mitad de ellos están sordos como tapias, que tienen todo el día a tope el volumen de la tele y ni así se enteran! ¡Ay! ¡Espera! ¡No me hagas eso! Que ya sabes que me hace muchas cosquillas cuando me tocas por ahí y entonces me da la risa y protestan los vecinos porque no les dejamos dormir... ¡Ay! ¡No, no, no...!

La Cabrera, diciembre de 2016.

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Postdata por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

***

Esta vez, para la luna nueva de hoy, he "reciclado" un par de cosas que he escrito durante estas últimas semanas.
La primera historia, que da título a la entrada, es uno de los minicuentitos que estoy enviando al concurso Relatos en Cadena, el número 12.
En esos mismos días Ángel Zapata, mi profe de escritura creativa en la Escuela de Escritores, nos propuso como "deberes" escribir una misma narración desde varios puntos de vista y con varios tonos diferentes, al modo de Raymond Queneau en sus Ejercicios de estilo. Así, elegí a varios de los personajes implicados en la historia original y traté de contarla con sus propias voces.

Esto que cuelgo hoy es el resultado de esos "juegos"...

martes, 29 de noviembre de 2016

El bolso

Mi asiento es uno de esos que hay al principio del vagón y que comparte mesa con otros tres. Mientras envío unos guasaps despidiéndome de unos y avisando a otros de que vuelvo a casa, he sacado el ordenador para aprovechar el viaje. El fin de semana familiar ha sido agotador, estoy muerto, pero tengo que preparar mis clases de mañana y terminar mis deberes para el taller de escritura de esta tarde.
Ha subido al vagón una chica muy joven. Lleva el pelo recogido en un moño dejando el cuello al aire y un pantalón azul de cuadros. Se ha sentado frente a mí, nos hemos dado los buenos días y se ha puesto a mirar su móvil.
Oigo a mi espalda la voz de una mujer mayor que se acerca preguntando por el asiento 8C. El mío es el 8D. La señora le habla al vagón, a todo el mundo y a nadie, con una voz cortante, metálica. Levanto la vista hacia la chica. Ella también levanta la vista de su móvil y mira a la señora. Por la puerta que tengo enfrente entra un hombre calvo, con gafas. Tiene más o menos mi edad. La señora y él se han juntado en el pasillo. Ella es delgada y alta. Tiene el pelo ligeramente morado y aspecto frágil. Su cuerpo y la ropa juvenil que lleva le hacen parecer algo más joven de lo que debe ser realmente. El hombre le ofrece subir su bolso. Es uno de esos de piel que tienen repetido mil veces el logo de la marca. Ella se lo agradece y lo deja en el suelo. Él coge el asa con una mano y, tras un primer intento, necesita ayudarse con la otra para poder levantarlo.
—No llevará aquí a una persona, ¿no? —le dice mirándonos a la chica y a mí. Ella le sonríe y le da las gracias. Lo ha colocado encima de mí, junto a mi maleta.
Observo las manos de la señora, que ya se ha sentado a mi lado. Son delgadas, muy huesudas, con las uñas perfectamente cortadas y pintadas de rojo. Lleva un par de anillos algo aparatosos para mi gusto, pero muy elegantes. Probablemente muy caros. Oigo al hombre calvo que bromea con la chica diciéndole bajito que no se imagina lo que pesa el bolso de la señora. "De verdad que pesa como un muerto", le dice. Se ríen.
Me vuelvo a mirar por la ventana y pienso en la idea de que esta señora flaquita, que debe andar por los ochenta y muchos, llevara por único equipaje un bolso con el cuerpo de alguien dentro. El bolso no es tan grande, así que si hubiera querido meter un cadáver en él tendría que haberlo troceado muy bien para que entrara. Aún no he pensado en algo que me guste para los deberes que tengo que llevar esta tarde al taller de escritura. Quizá ésto podría ser una buena idea, aunque aún no sé cómo podría desarrollarla. Tengo el ordenador delante, he abierto un archivo nuevo y empiezo a teclear, de momento un poco a lo loco, dejándome llevar, a ver qué sale.
Cuanto más lo pienso más me gusta la idea de un cuento breve en el que una mujer muy mayor, con aspecto muy frágil y el pelo un poquito morado, transporta en tren un cadáver oportunamente descuartizado y metido en un bolso de viaje. Parece algo descabellado, con un punto de humor negro, en ese límite entre lo posible y lo verosímil del que hablamos en el taller de escritura de vez en cuando.
Tecleo. Me desconcentra un poco el paisaje. Ha llovido muchísimo estos días, pero al salir el cielo parecía medio despejado, precioso a estas horas de la mañana. De vez en cuando miro a la chica del pantalón de cuadros, al hombre calvo, miro las manos de la señora a mi lado, miro los bolsos y las maletas que hay en la repisa, sobre nuestras cabezas. Ahora vuelve a llover con fuerza, tanto que no se ve nada a unos cuantos metros del tren. El hombre calvo le ha vuelto a decir algo a la chica del pantalón de cuadros mirando de nuevo a la señora. Sonríen. Ha hablado tan bajito que no he podido oír lo que le ha dicho.
Acabo de sentir algo que me ha caído en la cara. Una gota. Me toco y me miro los dedos. No es agua.Tampoco es sangre, creo. No sé qué es. Miro hacia arriba, al bolso de la señora, y cae otra gota más. Ésta sobre el teclado del ordenador en el que escribo.
El hombre calvo me mira. Y la chica. Ya no sonríen.

Madrid, noviembre de 2016.

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El bolso por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

domingo, 30 de octubre de 2016

El álbum

Este verano, revolviendo entre papeles de los que me gustaría deshacerme pero que vienen conmigo de mudanza en mudanza, ha vuelto a aparecer el álbum de animales de mi padre. Al encontrarlo me senté y me puse a hojearlo, como hago siempre que por un motivo o por otro doy con él. Las hojas están amarillentas y gastadas, frágiles. Lo recuerdo así de siempre. Ya debía tener treinta o cuarenta años cuando de pequeño lo miraba fascinado una y otra vez, así que ahora debe tener... ¿cuántos? ¿sesenta y muchos? ¿setenta?
Los cromos son muy pequeñitos, cada uno con el dibujo de un animal. Están muy apretados en cada página, ordenados en filas y columnas, y debajo de cada uno hay una breve explicación de tres o cuatro líneas impresa con una letra diminuta. Podía pasar horas mirando aquellas ilustraciones y, cuando ya sabía leer, leyendo los textitos sobre cada animal.
Recuerdo un día en que me vio con él mi tía Carmelita. Supongo que sería uno de esos domingos que venían mis abuelos y ella a comer a casa después de misa. No sé cuántos años tendría yo entonces, quizá seis o siete. Después de comer entró en mi habitación mientras el resto de los adultos estaban en el salón viendo la tele y tomando café. Recuerdo que en la tele había una corrida de toros. Al verme con el álbum me preguntó por él y yo le dije que era de cuando papá era pequeño. Debí decirle o darle a entender que me gustaba muchísimo verlo. Me explicó que no era de mi padre, sino de mi tío, que era quien en realidad había coleccionado esos cromos, y que por tanto no era yo quien debía tenerlo sino mi primo Pepe. Se fue al baño, luego volvió a asomarse a la habitación y me dijo que podía quedármelo un rato más hasta que se fueran, y que entonces se lo llevaría a casa para dárselo a mi primo la próxima vez que le viera.
No sé cuánto duró esa tarde. Recuerdo, como si la sintiera hoy mismo, la congoja de no poder hacer nada, de no atreverme a salir al salón y decir delante de mis padres y mis abuelos y de mi tía que quería quedarme con el álbum, que mi padre me había dicho que era suyo, de cuando él era pequeño, y que mi padre no mentía, y que era injusto que se lo dieran a mi primo cuando era yo quien lo había guardado y cuidado durante todo ese tiempo. Pasé esas horas en mi habitación, mirando con rabia y tristeza el álbum y sintiendo que era la última vez que podría hacerlo.
Cuando ya se iban vino mi tía a despedirse. Llevaba el abrigo puesto, uno de esos negros de pelito ondulado, de señora mayor, como el que llevaba mi abuela. Olía un poquito a naftalina. Era uno de los olores que quedaban en casa cuando mis abuelos y mi tía venían de visita. El álbum estaba a los pies de la cama. Durante la tarde se me había ocurrido la idea de esconderlo y negarme a dárselo cuando me lo pidiera, pero sabía que si realmente se lo quería llevar, me preguntaría hasta obligarme a sacarlo. Al verme debió notar que estaba a punto de echarme a llorar y me preguntó qué me pasaba. A mí se me ocurrió decir que me daban pena las corridas de toros porque los mataban. Aún hoy me pregunto cómo se me ocurrió una respuesta tan peregrina. Me dijo que bueno, que no me preocupara, que me quedara con el álbum hasta la próxima vez que nos viéramos y entonces me lo pediría para llevárselo a mi primo.
Supongo que le di las gracias. En ese momento no podía ni sabía ponerle palabras, pero hoy recuerdo bien la sensación de abuso, de injusticia, de jugar con mi emoción de niño haciéndome daño a sabiendas. Han pasado más de cuarenta años desde aquella tarde y debe hacer quince o veinte que no sé prácticamente nada de mi tía Carmelita. El álbum de los animales sigue conmigo, ha venido de casa en casa en mis mudanzas, entre mis papeles y mis libros. Al verlo nunca puedo evitar acordarme de aquella tarde tan fea, pero también, y sobre todo, de las muchas que disfruté hojeándolo.

La Cabrera, octubre de 2016.

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El álbum por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

sábado, 1 de octubre de 2016

Espera

Se tapa las orejas para no oír los gemidos agónicos de sus guerreros. No sabe cuántas horas han pasado desde que llegaron. No sabe cuánto tiempo lleva quieto, entre el barro, esperando. Intenta no moverse, permanecer absolutamente inmóvil. Se aprieta las orejas con fuerza. Tiembla. Trata de no oír nada, pero el ruido entra a través de la piel, de las heridas, del miedo.
Al llegar pensaron que sería fácil. Son pocos y cobardes, les dijeron los generales. Es un trámite, una escaramuza, les dijo él a sus hombres. Avanzó con ellos y enseguida supo que eran carnaza echada al enemigo para retenerle, para sujetarle unos metros o unas horas más, confiando en que pronto llegarían tropas amigas, cambiaría el tiempo, el enemigo cometería un error o algo ocurriría de repente que haría que la batalla diera un giro inesperado. Pero no ha habido ningún giro, ningún cambio, ningún error del enemigo. Lo que está ocurriendo, la realidad, es que él y sus hombres han ido a un matadero y la mayoría agoniza ya a su alrededor. Les oye gritar y morir a su lado.
Él simula su muerte. Sus hombres, desconcertados al verle caer, sin mando que les dirija, confusos, han seguido luchando sin orden, sólo tratando de sobrevivir, sin pensar en banderas que rescatar ni en fronteras que defender, sin pensar en nada eterno ni sagrado que les diera la gloria si vencían o la fama si eran vencidos. Sólo querían salir de allí vivos, escapar. Ninguno lo hará.
Él confía en que quizá pueda huir si resiste un poco más y si el enemigo no decide rematar a los caídos o prender fuego a todo cuando esté seguro de su victoria. Tiene que aguantar el dolor, el frío, el miedo. Sigue esperando, aterrado, inmóvil junto a otros cuerpos. Los de sus hombres y los de sus enemigos. En el suelo, entre el barro y la sangre y las armas, no se distinguen unos de otros. Sólo son cuerpos gimientes y fríos.
Se tapa las orejas con fuerza para no oír nada. No soporta los gemidos de los hombres moribundos a su alrededor. Se tapa las orejas para creer que no está allí. Espera.

Madrid, septiembre de 2016.

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Espera por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.


Uno encuentra por ahí, buscando un poco, mil métodos para poder generar o encontrar o provocar alguna semilla que acabe en un relato. Uno de ellos, que últimamente me está gustando cada vez más, es el que usan en el concurso 'Relatos en Cadena': comenzar una historia con las últimas palabras de otra.

Hace unos días leí uno de los estupendos relatos de Quim Monzó, uno de mis cuentistas favoritos, sobre Ulises y el Caballo de Troya, y me gustó mucho su última frase: Se tapa las orejas para no oír los gemidos agónicos de sus guerreros. Y este minicuento que cuelgo hoy, coincidiendo con la primera de las dos lunas nuevas que tendrá este mes de octubre, es el resultado de rumiar la frase durante unos días...

(Es cierto que habrá, entre quienes me conocen, quien piense que me ha salido un relatito con un tono un tanto sórdido y/o macabro, tal vez impropio de mí. Quizá a quienes eso piensen no les falte razón, pero en mi descargo he de decir, aunque no sé cuánto tendrá que ver, que lo he escrito durante esta semana que ahora acaba, en la que he vivido el más descomunal y asombroso dolor de muelas de cuantos he conocido en mi vida y en el mundo han sido. Así que quizá sea cierto que el cuento es un poco mohíno de más, pero no es menos cierto que yo no he estado para muchos regocijos...   ;o)

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Actualizado el 3 de octubre :: Cuando me puse a escribir este relatito hace una semana, entre ibuprofenos y amoxicilinas, una de los párrafos que me salió 'del tirón' fue éste:

No encuentra un motivo más idiota para morir que una bandera o una frontera. Pocas cosas han cambiado tanto en la historia y, sin embargo, miles de hombres siguen yendo a morir y matar por ellas creyéndolas sagradas y eternas.

Cayó más o menos por la mitad del relato. Lo escribí, lo leí y pensé que estaba perfecto. No había que tocar ni una coma. A pesar de eso, cuando releía para corregir me daba la impresión de que no encajaba, de que no venía a cuento, de que estaba fuera de lugar, pero me resistía a quitarlo porque esto que dice este párrafo era exactamente lo que yo quería contar con el relato. Le daba vueltas al resto del texto, pero de un modo u otro este dichoso parrafito siempre sobrevivía a mis tijeras...

Al día siguiente de colgarlo en el blog, cuando he empezado a recibir algunos comentarios de gente que lo ha leído, he entendido lo que creo que le pasaba: uno de esos errores de novato que cuesta asumir, hacer hablar a tus personajes con tu voz y no con la de ellos.
Estas tres líneas tienen mi voz, dicen lo que yo pienso con mis palabras, no con las del personaje que se supone que las están pensando.

En fin, con un par de días de retraso, párrafo fuera. Sin pena, sin remordimiento.
;o)
¡Seguimos!

jueves, 1 de septiembre de 2016

Cruce de líneas

Tengo casi cuarenta y cinco años. Llevo unos zapatos muy gastados, un pantalón no muy nuevo y un par de camisetas, una encima de otra. Sujeta a la misma barra del metro a la que me he agarrado al subir al vagón en Noviciado hay una chica de ventitantos. Su piel es muy blanca, con muchas pecas muy claritas. El pelo muy rubio y corto, recogido en una brevísima coletita que recuerda a una de esas brochas de afeitar que se usaban hace años en las barberías. Está un poco girada y no le veo los ojos. Parece extranjera, quizá noruega, islandesa, sueca. Lleva unos vaqueros negros, una camiseta con un viñeta de cómic, para mi gusto un poco estridente, una rebeca negra, muy finita, y unas zapatillas nuevas con la lengüeta enorme y con el borde ajedrezado en rosa y negro. Voy leyendo los 'Cuentos de Canterbury' de Chaucer. Ella 'Cándido' de Voltaire, en español. Ambos vamos concentrados en nuestros libros, aunque yo de vez en cuando levanto la vista hacia ella, pensando que quizá también ella mire hacia donde estoy yo y nos encontremos.
No consigo verla bien. Entre nosotros dos hay un hombre de unos cincuenta años, trajeado. En una mano lleva un maletín de cuero oscuro, no muy grande. Imagino que dentro hay un ordenador y papeles. Tiene barba y gafas y un pequeñísimo arito en el lóbulo de la oreja izquierda. Con la otra mano sujeta un móvil con el que está hablando con alguien de su oficina, una mujer. Hablan sobre una memoria que hay que presentar esta misma mañana, sobre los datos que hay que analizar antes de redactarla y sobre el informe que hay que incluir en esa memoria y que tenía que haber enviado alguien ayer por la tarde.
Cuando levanto la vista de mi libro casi sólo veo al hombre. En alguna curva puedo ver la coletita rubia y una manga de la rebeca negra.
En Ópera se baja mucha gente. Quienes quedamos en el vagón nos recolocamos, aprovechando el nuevo espacio que ha quedado libre, para evitar estar demasiado cerca de los demás. Él se mueve para dejar pasar a alguien que estaba sentado a mi lado y cuando el tren vuelve a arrancar, durante un instante, ella y yo levantamos la vista y cruzamos las miradas, nos vemos, nos miramos un segundo. En medio queda la cabeza de él, su nariz, las gafas, su brazo en alto sujetándose a una de las barras del techo, y el teléfono que ahora sujeta con el hombro mientras sigue hablando sobre los documentos que hay que enviar cuanto antes.
Si miro hacia ella, ahora sólo veo su ojo derecho, parte de su cara, su hombro. Si ella me mira creo que sólo ve mi lado izquierdo. Moviéndonos un poco para evitar al hombre nos miramos de nuevo un instante, volvemos a bajar la mirada y seguimos leyendo.
Me bajo del vagón en Sol. Ellos siguen en dirección a Ventas. Volvemos a mirarnos cuando el metro arranca. Ella dentro, yo fuera. Mantenemos la mirada unos segundos y sonreímos. El hombre del maletín sigue hablando por teléfono.

Madrid, septiembre de 2012.

Licencia Creative Commons
Cruce de líneas por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

martes, 2 de agosto de 2016

Vuelta a casa

Es tardísimo. Al final hemos vuelto a acabar más tarde de lo habitual. Parecía que la reunión de hoy estaba siendo tontorrona, pero se ha puesto interesante cuando Juan ha sacado el tema del maltrato en el colegio de su hija. ¡Qué frío hace, joder! Incluso cuando las reuniones nos salen un poco sosas me merece la pena venir una vez al mes a Madrid a ver un rato a esta gente. Me sientan bien. Me ponen las pilas. Gente interesante que me ayuda a hacer un poco de gimnasia mental y a mirar las cosas con perspectiva. Lo malo es la perecita de venir desde la sierra hasta aquí para estar sólo un par de horas en la ciudad y volver a subir a las tantas. He hecho bien en volver andando desde Tribunal hasta donde tengo el coche. Seguro que a estas horas hubiera tardado más en metro entre las esperas y el transbordo. Además prefiero no gastar lo que me queda del abono que tengo, que está ya un poco tieso y el miércoles lo necesitaré otra vez cuando vuelva al taller de escritura. Y ahora estos descerebrados dando voces en Sol. ¿Ha habido hoy algún partido de fútbol? Parece que con el paseíto voy entrando en calor. Desde aquí ya es cuesta abajo hasta Lavapiés. La una menos cuarto. Hoy hubiera estado bien quedarme a dormir con Irene. Pero no le he dicho nada y no me gusta lo de aparecer por sorpresa en su casa. Y menos a estas horas. Ahí está el coche, por fin. ¡Anda que no tiene mierda! Pero bueno, ahora no estoy para pensar en limpiarlo. Entre la jodida correa esa que tengo que cambiarle, el aceite, la cerradura rota, las ruedas nuevas, el impuesto del ayuntamiento que tengo pendiente y el seguro que debe estar a punto de llegar, voy a necesitar más de mil euros sólo para el puto coche. Menos mal que al menos me lleva y me trae. Bastante hace con lo viejito que está. Como se me rompa del todo sí que la cago, que en la sierra sin coche no eres nadie. Bueno, cochecito, ahora pórtate bien y llévame a casa, ¿vale? ¡Venga, ánimo! ¡Vaya rasca! Hala, vámonos. Pues no es flamenco lo que más me apetece escuchar ahora, la verdad. Y en Radio Nacional estos petardos hablando de los pactos. ¡Qué ascazo! Podían irse todos un poquito a la mierda y dejarnos en paz. Con M-80 y Kiss FM ni lo intento a estas horas, que estarán en pleno horario de música somnífera. Voy a dejar Radio Clásica, que en un rato cambiará de programa y a lo mejor me ponen algo más acorde al ánimo que llevo. ¡El túnel de Atocha cortado! ¡Genial! A ver por dónde me mandan ahora. Bueno, parece que todos se meten por el carril bus y siguen de frente hacia Ciudad de Barcelona. Menos mal, porque si me llegan a hacer bajar por Santa María de la Cabeza echo otros veinte minutos. Ni dios en la M30. ¡Mola! A casa. ¡Joder, qué gusto, y ahora me ponen a Bach para el camino! ¿Qué más puedo pedir? ¡Qué agobio lo que ha contado Juan del cabrón ese de la clase de su hija haciendo que se pelearan los dos chavales discapacitados y el resto del grupo jaleándoles! Andamos jodidos si la gente de quince años es capaz de ser tan cruel. Casi más heavy lo del público coreando a esos dos pobres pegándose que lo del cabrón que organiza toda la movida. Y el director, ¡menudo sin sangre! Llama a los padres porque hay amenaza de denuncia. Si no, mejor todo el mundo calladito, nada de movernos no vaya a ser que pase algo y nos metamos en problemas. Un tuercebotas. Lucía me contó algo parecido hace unos días del cole de Sonia. Vaya tela. Los niños puteándose entre ellos en el patio y en las clases. Tienen de quien aprender, eso es cierto. Los adultos andamos a hostias, así que es normal que si ése es el referente que tienen, ése sea el modelo que siguen. La cosa es cómo atajarlo lo antes posible para que no lo reproduzcan cuando lleguen a adultos. Este programa lo han hecho para mi. ¡Qué gusto! Ahora las variaciones Goldberg. Estoy por quedarme en el coche a dormir cuando llegue a casa para no perderme nada de lo que pongan luego. ¡Qué idiota! Pues anda que iba a estar bien abrigadito en el coche. Me iban a abrigar bien Goldberg y Bach y Glenn Gould y su puta madre. A ver si no encuentro hielo cuando esté llegando al pueblo, que hoy tiene pinta de que va a caer una helada de las de nota. ¿Cómo no van a ser cabrones los niños si nos ven a los mayores jodiéndonos la vida unos a otros? Como los sobrinos de Iván, que desde que se separaron sus padres, como se están matando vivos entre ellos, pues los críos también se han metido en esa guerra. La pequeña castigando a la madre, el mayor jodido y más solo que la una, y los padres en la parra, que no se enteran ni de por dónde les da el aire, cada uno a su rollo. Y ahora no saben cómo ganarse a sus hijos y la están cagando todos pero bien. A ver por dónde sale todo eso. ¡Qué maravilla cómo se ve la sierra con la luz de la luna! Dentro de unos días debe ser ya llena. Quizá el viernes o el sábado. Vaya cielo despejado que hay hoy. ¡Qué gusto! Aunque no queda mucha nieve. Hay más por la parte de arriba, por donde estuve el otro día pateando con Irene. Aunque no quede mucha mola ver desde aquí con esta luz las manchas blanquecinas por la cresta de la sierra. Bueno, ya estoy aquí. ¡Qué ganas de pillar la cama! ¡Me cago en la leche! ¡Otra vez ha dejado el cerrojo echado esta petarda! ¡Hasta el culo estoy de compartir casa! A ver cómo consigo que se despierte esta insustancial que duerme como un cesto. Definitivamente no hace tiempo de quedarme a dormir en el coche. Ni con Bach acompañándome ni con la madre que lo parió. Pues nada, a ver cuándo se digna a despertarse. Ya está, menos mal, acabo de oír la puerta de su habitación. Sí, claro que soy yo. Quién va a venir a estas horas y a llamar así durante tanto rato. Pues hala, casi tres cuartitos de hora ricos, ricos que me he pasado al raso esperando a que me abriera la bella durmiente. A ver si me salen las cuentas y en verano me piro. Qué ganas de vivir solo otra vez y de hacer lo que me dé la gana sin tener que estar pendiente de nadie. ¡Qué sueño! Al entrar en casa se me ha venido encima todo el cansancio de golpe. ¡Vaya día largo! Dientes y a la cama. Me gustaría leer un ratito pero estoy hecho un escombro. ¿A qué hora pongo el desper? He quedado con Teresa temprano para lo de la biblioteca y el club de lectura y antes me tiene que dar tiempo a preparar lo del taller. ¿Seis y media...? Ufff....

Madrid, marzo de 2016.

Licencia Creative Commons
Vuelta a casa por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

El resultado de otro de los ejercicios que nos encargaron en el taller de escritura creativa que hice a principios de este año en la Escuela de Escritores de Madrid. En esta ocasión nos pedían usar la técnica del monólogo interior.
Lo que cuento en el relato es una mezcla de realidad y ficción... aunque, a pesar de haber cambiado nombres, lugares y hechos, el porcentaje de la primera es bastante mayor que el de la segunda...
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lunes, 4 de julio de 2016

La cajita

Fue su común afición a la historia de la fotografía lo que hizo que se conocieran en un curso de verano organizado por un pequeño museo de la ciudad. Durante la sesión del primer día les divirtió comentar algunas de las cosas que estaban viendo. Al salir, se presentaron y les hizo gracia que sus amistades y sus familias les llamaran por sus iniciales: Jota y Eme. Les pareció una buena señal. No sabían de qué, pero en cualquier caso era una coincidencia que les gustó. Ese mismo primer día descubrieron también que coincidían sus caminos de vuelta a casa, y al día siguiente decidieron aprovechar el fresco de las noches de verano en la ciudad para quedarse un rato en alguna terraza charlando. La tercera noche, mientras cenaban, Eme notó cómo Jota le miraba las manos. Le dijo que le habían llamado la atención desde que se conocieron. Al cabo de un rato le propuso subir a su casa. Eme accedió.
Era un piso alto, céntrico, no muy grande pero con un salón amplio que tenía un gran ventanal que debía hacerlo muy luminoso durante el día. Aún conservaba una chimenea que parecía no haber sido usada desde hacía años. Había libros por todas partes, fotos en las paredes, muchos objetos interesantes. Jota le preguntó qué le apetecía tomar y, al irse a la cocina para preparar algo de picar, Eme se quedó curioseando en el salón. En una de las paredes había varios dibujos, cada uno en su marco individual, que debían ser apuntes preparatorios para un cuadro barroco. Vio unos cuantos mapas, algunos antiguos. Junto a una esquina una figura africana de madera. En una vitrina que ocupaba un lugar principal en el salón había varias cámaras fotográficas. Al verlas, Eme pensó que ninguna de ellas tenía menos de cien o ciento cincuenta años. Sobre la repisa de la chimenea vio un par de fotos que reconoció y que parecían copias de época, una tetera de hierro japonesa, también antigua, varias piezas de cerámica...
Jota volvió con una bandeja y, mientras apartaba de una mesa baja unos cuantos libros para poder apoyarla, le explicó que había tenido varios familiares que se habían dedicado a viajar y a hacer fotografías por el mundo durante buena parte del siglo diecinueve y principios del veinte. Las siguientes generaciones habían abandonado la afición por la fotografía pero tuvieron la lucidez de conservar casi todo lo que sus antecesores habían recopilado en aquellos viajes y la gran mayoría de las fotografías que habían hecho. Su familia nunca había sido muy amplia y por eso había sido relativamente fácil mantener unida la colección. Le dijo que no había nada que fuera especialmente valioso, y que, desde su punto de vista, lo realmente interesante era más bien la gran variedad de objetos que habían logrado reunir. Pero a Eme todo le parecía fascinante. Tenía la sensación de estar en uno de esos pequeños museos formados a partir de la colección de alguna familia pudiente del siglo XIX.
Cuando Jota volvió a la cocina a por las bebidas, Eme le ofreció ayuda para traer lo que faltaba pero le oyó responder que no era necesario, así que siguió moviéndose por el salón como si estuviera visitando una exposición. Le llamó la atención una cajita hecha de una sola pieza de madera oscura, muy pulida, sin ningún adorno, que también estaba sobre la chimenea. La abrió con cuidado y al mirar en su interior encontró dentro centenares de uñas. Uñas grandes y pequeñas, algunas con manchas de esmalte, blanquecinas, oscuras, amarillentas, unas muy mal cortadas y otras perfectas como una luna casi nueva, varias desproporcionadamente largas o estrechas o gruesas...
De pie junto a la chimenea, con la cajita en la mano, sin poder apartar la vista de su contenido, oía cómo Jota le seguía hablando desde la cocina sobre sus familiares trotamundos y coleccionistas, sobre cómo muchas de esas cosas que tenía en casa le habían hecho interesarse por personas, países o libros. Eme se preguntaba, con una mezcla de asco y miedo, de dónde habrían salido todas aquellas uñas, a quién habrían pertenecido y por qué estaban allí guardadas. Seguía oyendo a Jota contar que su vida se había visto condicionada por todos esos objetos con los que vivía y que tenerlos había hecho que el coleccionismo fuera también su gran afición. A Eme las preguntas se le mezclaban con algo parecido a una náusea. Trató de pensar en algún motivo por el que alguien, en especial alguien tan aparentemente interesante y agradable como parecía ser Jota, pudiera querer coleccionar uñas cortadas. Recordó que, un rato antes de subir al piso, su vanidad había interpretado como deseo el interés con el que Jota le miraba las manos. Ese recuerdo le produjo aún más inquietud.
Eme pensó, mientras Jota seguía hablando desde la cocina, que cualquiera puede haber visto cientos de naranjas en una frutería, docenas de pelotas de tenis en una tienda de deportes, montones de coches en un parking o de camisas en un armario, pero que nunca, jamás, nadie debía haber visto varios cientos de uñas cortadas y metidas en una cajita de madera. Se asustó. Sintió un escalofrío que no se correspondía con la agradable brisa que refrescaba la ciudad y que entraba por el ventanal del salón. En silencio cerró la caja, la volvió a dejar con cuidado sobre la chimenea y salió de la casa. No volvió a las sesiones que quedaban del curso de fotografía. Y de hecho, durante mucho tiempo procuró no frecuentar esa zona de la ciudad para evitar un encuentro que hubiera resultado demasiado incómodo.

Madrid, marzo de 2016.

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La cajita by Román J. Navarro Carrasco is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.