He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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sábado, 11 de junio de 2016

Escribir por escribir

Me gusta escribir por el mero hecho de escribir. Al igual que Walser, desconfío de que pueda comunicarse la angustia, encuentro a veces suficientes y superficiales las palabras, aunque quizás sirvan precisamente para ocultar la angustia. Me gusta escribir por escribir, del mismo modo que hay viajeros que no viajan en busca de países remotos y de alicientes externos sino por el placer intrínseco del viaje.

De la novela Doctor Pasavento [2005] de Enrique Vila-Matas [1948- ].

sábado, 14 de mayo de 2016

Desaparecer

Paseábamos por la llamada alameda del fin del mundo, un melancólico sendero junto al castillo de Montaigne, cuando me preguntaron:
-¿De dónde viene tu pasión por desaparecer?
Mi acompañante deseaba saber de dónde venía esa idea de desaparecer que tanto anunciaba yo en escritos y entrevistas, pero que no acababa nunca de llevar a la práctica. La pregunta me cogió más bien desprevenido, pues andaba en ese momento distraído pensando absurdamente en un gol que había marcado Pelé en el remoto Mundial de fútbol de Suecia. Así que no escuché bien del todo la pregunta y pedí que me la repitieran.
-Pues no lo sé -terminé al poco rato contestando-, ignoro de dónde viene, pero sospecho que paradójicamente toda esa pasión por desaparecer, todas esas tentativas, llamémoslas suicidas, son a su vez intentos de afirmación de mi yo.
Sonaron muy pertinentes estas palabras ensayísticas, dichas allí, nada menos que en la cuna misma del género literario del ensayo. Como se sabe, Michel de Montaigne escribió sus libros en lo alto de una torre anexa a su castillo cercano a Burdeos. Los escribió en un estudio y biblioteca que estaba en la tercera planta de la torre. Allí inventó el ensayo, ese género literario que con el tiempo iría ligado a la construcción de la subjetividad moderna, construcción en la que participaría asimismo Descartes, que también decidió encerrarse a pensar en un lugar solitario, en su caso en la bien caldeada habitación de un cuartel de invierno de Ulm. De modo que puede decirse que el sujeto moderno no surgió en contacto con el mundo, sino en aisladas habitaciones en las que los pensadores estaban solos con sus certezas e incertidumbres, solos consigo mismos.
Mientras subía por la estrecha y empinada escalera de caracol que conducía al estudio y biblioteca de Montaigne, y enlazando con la respuesta que le había dado poco antes a mi acompañante, pensé en el misterio de la desaparición de los hombres. Montaigne, sin ir más lejos, había estado allí una multitud de veces, aquella era su casa y en lo alto de la torre había inventado el ensayo, y sin embargo no parecía que quedara ni su más remota sombra en los lugares por los que había pasado.
Miré a mi acompañante y la imaginación me hizo verle distinto de como lo había visto hasta entonces. Al mirarle con más atención, vi, o creí ver, que era Dios.
-¿De dónde viene tu pasión por desaparecer? -volvió a preguntarme.
"Fortis imaginatio generat casum", es decir, una fuerte imaginación generó el acontecimiento, que decían los clérigos en tiempos de Montaigne. Lo mismo puede decirse de mi visión de Dios en aquel preciso instante. Allá en lo alto de la torre, creí descubrir que Dios repetía al menos dos veces las preguntas. Como mínimo, algo torpe parecía. ¿Tenía ese Dios inteligencia suficiente para, por ejemplo, escribir ensayos? Le miré para volver a contestarle y entonces vi que había ya dejado de ser Dios para volver a ser la persona que me acompañaba. La visión pasajera se había desvanecido. Respiré aliviado. Seguramente, no me había hecho ni la pregunta. Mi acompañante no era tan estúpido como para insistir en preguntas ya contestadas. Miré hacia las vigas del techo, donde Montaigne había grabado sentencias griegas y latinas que todavía hoy se conservan perfectamente. 
-¿De dónde viene tu pasión por desaparecer? -oí que volvían a decirme.
Mi acompañante no había dicho aquello. Estaba de pie junto a una de las ventanas, como si quisiera ver exactamente lo mismo que en su tiempo veía Montaigne por aquella abertura. Estaba inmóvil. No, él no había podido ser. Además, estaba completamente ausente. Entonces, ¿quién había dicho aquello? ¿Era un eco? ¿Era una voz que procedía del interior de mí mismo? ¿Era el fantasma de la cuna del ensayo?

Así comienza Doctor Pasavento [2005] la novela de Enrique Vila-Matas [1948- ] de la que vamos a hablar en nuestra próxima reunión del Club de Lectura Serrano, que será este viernes en el CCH de La Cabrera, como siempre...

No puede ir mal un libro en el que en la primera página se mezclan Montaigne con Descartes y con Vila-Matas, y un par de páginas más adelante aparecen también Robert Walser y Bernardo Atxaga... y no sé cuánta gente más me voy a ir encontrando...
...Así que ¡me pongo con él cuanto antes!

lunes, 1 de febrero de 2016

Melville da paso a Vila-Matas...

Empieza febrero y seguimos con nuestro Club de Lectura Serrano...

Nuestra última quedada, la del viernes 22 de enero, en la que hablamos de Bartleby, el escribiente [1953], de Herman Melville [1819-1891], fue estupenda. Algo escasa de público, como nos suele ocurrir últimamente, pero nos dio mucho juego.
Quienes hayáis leído el relato de Melville, no más de setenta u ochenta páginas, posiblemente os hayáis quedado con la duda de cómo interpretar al personaje protagonista: ¿es un antisistema que quiere desmontar la maquinaria que le utiliza? ¿es un triste, un pusilánime, un sinsangre? ¿es una especie de monje zen trasladado al Wall Street del siglo XIX? ¿es un precedente de la desobediencia civil y la resistencia pasiva? ¿es una vuelta más a Thoreau y sus propuestas? ¿es "una tuerca del engranaje que prefiere no seguir ejerciendo su función"? ¿es un enfermo al que nadie es capaz de diagnosticar? ¿es un obsesivo a quien su coherencia lleva demasiado lejos?
En fin, la verdad es que el tipo, y su historia, dan bastante juego. Y efectivamente, como me escribió una amiga ese mismo día, "una buena novela no es una respuesta sino una buena pregunta". Y en este relato eso se cumple de maravilla...

Y seguimos...

Nuestra próxima quedada es, como (casi) siempre, el tercer viernes de febrero, día 19, en el CCH de La Cabrera. Y hablaremos sobre Doctor Pasavento [2005] de Enrique Vila-Matas.

Nos vemos.

lunes, 18 de enero de 2016

El Club

Pues ya hemos empezado la actividad del 2016 en nuestro Club de Lectura Serrano. El viernes pasado, 15 de enero, tercer viernes de mes, nos reunimos en el Centro de Humanidades de La Cabrera una reducida, pero selecta, representación del grupo con la idea de arrancar el año y pensar qué nos apetece leer y comentar en las próximas reuniones...
Quienes nos reunimos el viernes por la tarde hicimos varias cosas (además de merendar...):

- Preparamos una lista de sugerencias de libros para quien tenga tiempo y ganas de leer en las próximas semanas:

  • La ciudad de los ojos grises :: Félix G. Modroño
  • El palacio azul de los ingenieros belgas :: Fulgencio Argüelles
  • El murmullo de las abejas :: Sofía Segovia
  • El bar de las grandes esperanzas :: J. R. Moehringer
  • La serie policíaca del comisario Jaritos de Petros Márkaris
  • Adiós Hemingway :: Leonardo Padura
  • Justicia auxiliar :: Ann Leckie
  • Voces de Chernóbil :: Svetlana Alexievich
  • Tiempos de hielo :: Fred Vargas
  • En la orilla :: Rafael Chirbes.
  • El marciano :: Andy Weir
- Pensamos que, como este mes ha empezado en viernes, y el tercer viernes ha caído "demasiado" pronto, en día 15, puede quien haya pensado en el grupo que no era este viernes pasado sino al siguiente cuando tocaba vernos...
Así que hemos puesto remedio a esa confusión con una decisión salomónica: hemos decidido volver a quedar el viernes que viene, 22 de enero, y empezar el año teniendo dos reuniones en este mes.
Y como en una semana quizá no va a dar tiempo a leer cosas gordas, gordas, gordas, hemos propuesto un relato cortito que nos pareció muy interesante y que puede dar mucho juego para discutir / debatir / reflexionar: Bartleby el escribiente, de Herman Melville, personaje que ya ha aparecido en este blog en alguna otra ocasión...

-Y pensando en el siguiente día de quedada "oficial", que será el 19 de febrero, tercer viernes de mes, decidimos proponer leer Doctor Pasavento, de Enrique Vila-Matas.

Así que tenemos deberes, abundantes e interesantes, para los próximos días y semanas...

¡Seguimos!

viernes, 4 de diciembre de 2015

El futuro

Los callejones sin salida han sido el motor central de mi obra. Por eso me extraña que ahora quiera complicarme la vida y hablarles del futuro. Pero no pasa nada. De hecho, estoy acostumbrado a relacionarme con él, con el futuro. ¿O no estoy especializado en narrar previamente los viajes que realizo? Acostumbro a adelantarme a lo que pueda pasar y lo cuento en artículos de prensa. Después, viajo al lugar y avivo allí lo escribo.
Como tengo esa costumbre de narrar los viajes antes de hacerlos, he escrito previamente este discurso antes de salir de Barcelona rumbo a Guadalajara. Bueno, sé que es obvio que lo he escrito antes, pues de lo contrario no estaría leyéndolo ahora. La ventaja de esto es que conozco cómo acaba, lo que demuestra que, en contra de lo que se cree, el futuro no es a veces tan indescifrable.
[...]
Me gustaría escribir alzándome sobre la pesada vida terrestre. Pero en caso de lograrlo, ¿coincidirían mis itinerarios con los trayectos nocturnos que sospecho que seguirá la novela en el futuro? A principios de este siglo, aún habría dicho que sí, que algunos recorridos coincidirían. Quizás entonces aún era optimista, porque me sentía aliado con estas líneas de Borges: "¿Qué soñará el indescifrable futuro? Soñará que Alonso Quijano puede ser don Quijote sin dejar su aldea y sus libros".
Pensaba que en las novelas por venir no sería necesario dejar la aldea y salir al campo abierto porque la acción se difuminaría en favor del pensamiento. Con una confianza ingenua en la evolución de la exigencia de los lectores del nuevo siglo, creía que en el indescifrable futuro la novela de formato decimonónico -que se había cobrado ya sus mejores piezas- iría cediendo su lugar a los ensayos narrativos, o a las narraciones ensayísticas, y quizás incluso cedería el paso a una prosa brumosa y compacta [...] haciendo que desaparecieran los índices y los textos consistieran en fragmentos unidos por una estructura de unidad perfecta; una prosa a cuerpo descubierto, la prosa del nuevo siglo.
Pensaba que en ese siglo se cedería el paso a un tipo de novela ya felizmente instalada en la frontera; una novela en la que sin problemas se mezclarían lo autobiográfico con el ensayo, con el libro de viajes, con el diario, con la ficción pura, con la realidad traída al texto como tal. Pensaba que iríamos hacia una literatura acorde con el espíritu del tiempo, una literatura mixta, donde los límites se confundirían y la realidad podría bailar en la frontera con la ficción, y el ritmo borraría esa frontera.
[...]
Creía que se abriría paso ese arte difícil y que espectadores y lectores devendrían artistas y poetas. Y creía que surgirían libros, donde la forma fuera el contenido y el contenido fuera la forma. Libros de los que alguien pudiera, por ejemplo, quejarse de que el material a veces no pareciera escrito en su lengua. Y a quien pudiéramos decirle: pero es que no está escrito después de todo, no está escrito para ser leído, o no sólo para ser leído; se ha creado para ser mirado y escuchado; mira, su escritura no es acerca de algo, es algo en sí mismo. Cuando el sentido es dormir, las palabras se van a dormir. Cuando el sentido es bailar, las palabras bailan. Los novelistas engendran obras discursivas porque se centran en hablar sobre las cosas, sobre un asunto, mientras que el arte auténtico no hace eso: el arte auténtico es la cosa y no algo sobre las cosas: no es arte sobre algo, es el arte en sí.
[...]
Creía que todos devendríamos artistas y poetas, pero luego las cosas se torcieron y, entre sombras de Grey, ahora triunfa la corriente de aire, siempre tan limitada, de los novelistas con tendencia obtusa al "desfile cinematográfico de las cosas", por no hablar de la corriente de los libros que nos jactamos groseramente de haber leído de un tirón, etc.
A la caída de la capacidad de atención ha contribuido una industria editorial que está erradicando de la literatura todo aquello que nos quiere hacer creer que es demasiado pesado, o que va demasiado cargado de sentido, o que puede parecer intelectual. Y el panorama, desde el punto de vista literario -si es que ese punto de vista aún existe- es desolador.


Hace unos días, en Guadalajara (México), el escritor barcelonés Enrique Vila-Matas [1948- ] recogió el Premio FIL 2015 de Literatura en Lenguas Romances, con el que la Feria Internacional del Libro de Guadalajara ha premiado el conjunto de su obra. El párrafo de arriba es parte del discurso de agradecimiento que leyó en la entrega del premio.

A pesar de esta desolación de la que habla, le imagino contento de estar en la misma lista que Augusto Monterroso, António Lobo Antunes, Alfredo Bryce Echenique, etc., etc., etc.

lunes, 5 de octubre de 2015

Lo real

Me sentía muy satisfecho de haber prescindido siempre, ya desde el primer momento en mi obra narrativa, de todas esas ficciones que los novelistas imaginan sentados en sus escritorios. Lo mío era la calle. Lo mío, desde el primer momento, siempre había ido por otro lado. Me gustaba inventar, pero para eso ya tenía los artículos de prensa que me encargaban o las conversaciones con los amigos. Con esas dos cosas ya me era suficiente, con ambas me desfogaba sobradamente. Con las novelas la cosa iba por otro lado. Me gustaba fijarme en lo real. Dejar lo literario para interesarme por la vida, por ejemplo, de una cajera de supermercado.

De la novela Extraña forma de vida [1997] de Enrique Vila-Matas [1948- ].

martes, 8 de septiembre de 2015

En los trenes

En los trenes se producen a veces los encuentros más inesperados. Yo era escritor y no podía permitirme el lujo de dejar pasar aquella oportunidad. Aún no estaba escribiendo, por aquellos días, mi trilogía realista. Pero me alimentaba de la realidad en todos los cuentos que, de forma bastante prolífica, iba realizando con el ánimo de acabar reuniéndolos en un volumen con el que confiaba -como así fue- irrumpir con cierto éxito en el mundo editorial. Me dije que tal vez aquel hombre tenía alguna  historia interesante que contar. Yo era -lo soy también ahora, pero tal vez menos- una persona a la que le gustaba escuchar, supongo que porque pensaba que eso era fundamental para el oficio que había elegido. Yo era -lo sigo siendo, aunque no tanto como entonces- una persona muy indiscreta, me gustaba estar con los oídos muy atentos cuando viajaba en tren o estaba en un café o andaba por la calle. En multitud ya de ocasiones ciertas frases cazadas al azar o ciertas historias que me habían contado me habían servido para escribir relatos. Yo era también, pues, un extraño pasajero, uno de esos escritores de los que hablé antes, gente que para escribir cuentos sale a la calle o monta en trenes para espiarlo todo.

De la novela Extraña forma de vida [1997] de Enrique Vila-Matas [1948- ].

martes, 25 de agosto de 2015

Somos espías, mirones

Me pregunté si sería pertinente, llegado a este punto, dar una explicación algo más profunda de por qué había tantos escritores viajando en autobuses o metros por las grandes ciudades. Me imaginé diciéndoles: "Todos nosotros, los que contamos historias, somos espías, mirones. La vida es demasiado breve como para vivir el número suficiente de experiencias, es necesario robarlas."

De la novela Extraña forma de vida [1997] de Enrique Vila-Matas [1948- ].

viernes, 3 de julio de 2015

Alguna lectura veraniega...

Me proponen a través del facebook que si me atrevo a hacer algunas sugerencias de lecturas veraniegas: podrías recomendarnos en tu blog alguna lectura veraniega, tipo "leo un poquito, vuelta y vuelta, leo, chapuzón, otro poquito..." pero de las que molan-molan.
Soy tímido para estas cosas por aquello de que quién soy yo para andar dando mi opinión y diciendo qué es interesante y qué no... Pero ahí van unas cuantas propuestas de cosas que he leído durante este año y me han gustado:

  • Y dos cositas más. Un clásicoEl satiricón de Petronio, y un librito perfecto para verano o para invierno o para cualquier momento del año, Caminar de Henry David Thoreau.
De nada.
;o)

Que disfruten...

jueves, 21 de mayo de 2015

Preferiría no hacerlo

6) Se da el caso de quien renuncia a escribir porque considera que él no es nadie. Pepín Bello, por ejemplo. Marguerite Duras decía: "La historia de mi vida no existe. No hay centro. No hay camino, ni línea. Hay vastos espacios donde se ha hecho creer que había alguien, pero no es verdad, no había nadie." "No soy nadie", dice Pepín Bello cuando se habla con él y se hace referencia a su probado rol de galvanizador o artífice, profeta o cerebro de la generación del 27, y sobre todo del grupo que él, García Lorca, Buñuel y Dalí formaron en la Residencia de Estudiantes. En La edad de oro, Vicente Molina Foix cuenta cómo, al recordarle a Bello su influencia decisiva en los mejores cerebros de su generación, éste se limitó a contestarle, con una modestia que no sonó a hueca ni orgullosa: "No soy nadie."
Por mucho que se le insista a Pepín Bello -hoy un hombre de noventa y tres años, sorprendente ágrafo a pesar de su genialidad artística-, por mucho que hasta se le recuerde que todas las memorias y los libros que tratan de la generación del 27 resuenan con su nombre, por mucho que se le diga que en todos esos libros se habla de él en términos de grandísima admiración por sus ocurrencias, por sus anticipaciones, por su agudeza, por mucho que se le diga que él fue el cerebro en la sombra de la generación literaria más brillante de la España de este siglo, por mucho que se le insista en todo esto, él siempre dice que no es nadie, y luego, riendo de una manera infinitamente seria, aclara: "He escrito mucho, pero no queda nada. He perdido cartas y he perdido textos escritos en aquella época de la Residencia, porque no les he dado ningún valor. He escrito memorias y las he roto. El género de las memorias es importante, pero yo no."
En España, Pepín Bello es el escritor del No por excelencia, el arquetipo genial del artista hispano sin obras. Bello figura en todos los diccionarios artísticos, se le reconoce una actividad excepcional, y sin embargo carece de obras, ha cruzado por la historia del arte sin ambiciones de alcanzar alguna cima: "No he escrito nunca con ánimo de publicar. Lo hice para los amigos, para reírnos, por pitorreo."
Una vez, estando yo de paso en Madrid, hará de eso unos cinco años, me dejé caer por la Residencia de Estudiantes, donde habían organizado un acto en homenaje a Buñuel. Allí estaba Pepín Bello. Le espié un buen rato y hasta me acerqué mucho a él para ver qué clase de cosas decía. Dicho con un pitorreo zumbón y divertido, le escuché decir esto:
-Yo soy el Pepín Bello de los manuales y los diccionarios.
Nunca dejará de admirarme el destino de este recalcitrante ágrafo, de quien siempre se resalta su absoluta sencillez, como si él supiera que en ella se encuentra el verdadero modo de distinguirse.

El fin de semana pasado estuve malito en casa (cosas de los cambios de estación y del tiempo inestable de la sierra...) y aproveché para conocer a los Bartlebys: primero leí Bartleby, el escribiente [1853], de Herman Melville [1819-1891]. Y después Bartleby y compañía [2000] de Enrique Vila-Matas [1948- ], al que pertenece el texto de arriba sobre Pepín Bello [1904-2008], de cuyo nacimiento, por cierto, se cumplieron 111 años el pasado miércoles, 13 de mayo.

Hacía tiempo que les tenía ganas a los Bartlebys. Las recomendaciones me habían llegado desde muchos sitios, y la última había sido, claro, desde n'UNDO: Los Bartlebys son sin duda la versión literaria de n'UNDO: escribir desde la resta, desde la renuncia, quizá NO escribir...