He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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lunes, 23 de mayo de 2016

Pequeñas flaquezas

¡Cuántos coches he comprado! Pero ¿se puede ser más cretino? Lo único que lamento es no haber guardado la documentación. Podría hacer un gran cuadro, con mi fotografía al lado de cada uno de los coches que he tenido, quizá para mostrarles a mis nietos, si es que llego a tenerlos, lo cretino que era su abuelo.
"Vale -diréis-, pero ¿Qué nos importan a nosotros todas esas tonterías que cuentas de los coches?" Tengo que hablar de mí, ¿no?, y grandes cualidades que exponer no tengo, así que hablo también de mis pequeños defectos, de mis pequeñas flaquezas.

De Sí, ya me acuerdo... [1996], la autobiografía de Marcello Mastroianni [1924-1996].

martes, 12 de abril de 2016

Como un dirigible

¿Veis ese puente de hierro, esa audaz arcada, allí, sobre el río Duero? Se llama Doña María, una reina de Portugal, y lo proyectó el ingeniero Eiffel, al que todos conocen por la famosa Torre Eiffel de París.
Cuando veo "objetos" de este tipo, siento nostalgia por lo que me hubiera gustado ser: arquitecto. Quién sabe si hubiera sido bueno. Un arquitecto realiza cosas sólidas, destinadas a permanecer. Pero de mi oficio, ¿qué queda? Sombras, sombras chinescas.
Siempre he soñado con hacer casas; las he hecho con el dinero que he ganado gracias al cine, no como arquitecto. Mi casa ideal me hubiera gustado hacerla con el ingeniero Eiffel: un armazón de hierro, una torre con ascensor interior y, en lo alto, anclado, el dirigible. Ésta es mi casa ideal: te duermes en el norte y despiertas en el sur. Porque el dirigible se mueve a merced del viento. Por desgracia, el ingeniero Eiffel ya no vive, y mi casa ideal ha quedado en un simple sueño.
Cuando se lo conté al pintor Rauschenberg, me pintó un cuadro con trozos de periódicos y de papel, como hacía él: había una torrecilla que ascendía hacia el cielo con el dirigible anclado en lo alto; el apartamento estaba debajo de la cabina. Francamente, no hubiera estado mal.

De Sí, ya me acuerdo... [1996], la autobiografía de Marcello Mastroianni [1924-1996].

lunes, 7 de marzo de 2016

Lo que se lleva el viento

He repetido a menudo "recuerdo", "me viene a la mente"... La memoria es importante, para todos, a cualquier edad. Recordar cualquier cosa, ya sea una canción, un acontecimiento o una comida, porque esa comida quizá nos liga a un momento especial, a un encuentro, a una fiesta. Y lo mismo pasa con los olores, con un paisaje. 
Me encanta la ciencia ficción. Hasta en una película de ciencia ficción, en Blade Runner, el replicante sufre, sufre de una manera angustiosa porque no tiene pasado, no tiene memoria. También esto indica lo importante que es.
Recuerdo -no sé si lo he leído o lo he oído en alguna película, no recuerdo dónde- un canto de los indios navajos que dice:
Todo lo que has visto, recuérdalo,
porque todo lo que olvidas
se lo lleva el viento.

De Sí, ya me acuerdo... [1996], la autobiografía de Marcello Mastroianni [1924-1996].

domingo, 24 de enero de 2016

En 'Una jornada particular'

Con Ettore Scola he hecho seis o siete películas. Me gusta Ettore. Tiene sentido del humor, es inteligente, a menudo tranchant, y simpático.
Con él puedes aportar ideas; si son válidas, las acepta. En una palabra, con Scola trabajas en colaboración. 
Recuerdo que en Una jornada particular yo, en el papel de homosexual, tenía que hacer una llamada telefónica muy delicada a mi amigo.
-Ettore -le dije-, el pudor me sugiere hacer esta escena totalmente de espaldas. Acércate por detrás de mí con la cámara, para que lo que yo diga no resulte violento, no llegue al espectador de forma desagradable. 
Scola estuvo de acuerdo, y es uno de los momentos más hermosos de la película. 
También en Una jornada particular, Ettore me preguntó si recordaba alguna canción de mi adolescencia. Me acordaba de una que oía en casa de mi tía, que tenía tres hijas, cuando bailábamos los domingos. "Guapas muchachas enamoradas las naranjas compradas tienen un mágico sabor un perfume de amor." Con esta tonadilla le enseño en la película los pasos de un baile a Sofía Loren. Para mí, Una jornada particular sigue siendo un ejemplo de cine verdaderamente extraordinario, puro. ¿Me atrevo a decirlo? Una obra maestra.
La primera película que hice con Scola se llamaba El demonio de los celos (Dramma della gelosia) y me permitió ganar el premio al mejor actor en el Festival de Cannes. Luego ha habido otras muchas. En La noche de Varennes (Il mondo nuovo), comenzada en Francia y terminada en Italia, me confió el hermosísimo personaje de Casanova ya anciano, con problemas de próstata, un hombre anclado en su juventud, consciente de que es incapaz de entender "el mundo nuevo" creado por la Revolución: "Tal vez si fuera más joven estaría con vosotros -dice el viejo Casanova-. Lo único que me molesta, lo que no acepto, es que en nombre de la Democracia un criado se exprese y hable con absoluta libertad, con conocimiento de las cosas. ¡No, eso sí que no!"
Espero hacer muy pronto otra película con Ettore Scola.

Lo he leído en Sí, ya me acuerdo... [1996], la autobiografía del actor italiano Marcello Mastroianni [1924-1996] que estoy leyendo estos días.
Esta misma semana, el martes, ha muerto Ettore Scola [1931-2016] en Roma. Nos deja un buen puñado de buenas historias bien contadas...
Sit tibi terra levis.

sábado, 16 de enero de 2016

Como un viejo elefante

Recuerdo un gran níspero.
Recuerdo mi asombro y fascinación al contemplar los rascacielos de Nueva York desde Park Avenue, a la hora del crepúsculo.
Recuerdo al cazuelita de aluminio a la que le faltaba un asa y donde mi madre freía los huevos.
Recuerdo la voz de Rabagliati saliendo de un gran tocadiscos y cantando: "E tic e tac cos'è che batte è l'orologio del cuor."
Recuerdo a Clark Gable muy joven, en blanco y negro, de espaldas; luego se vuelve y sonríe... así. Un tunante irresistiblemente simpático. ¿Qué película era? Quizá Sucedió una noche.
Recuerdo la carpintería de mi abuelo y de mi padre. Mi abuelo está haciendo una silla. ¡Recuerdo el olor de la madera, el olor de la madera!
Recuerdo los uniformes de los alemanes. Recuerdo a los refugiados.
Recuerdo que en una ocasión soñé que vivía en un dirigible. O quizás era una astronave.
Recuerdo a H. G. Wells, a Simenon, a Ray Bradbury.
Recuerdo las ilustraciones en color de La Domenica del Corriere. Y también Flash Gordon.
Recuerdo que Fellini me llamaba Snaporaz.
Recuerdo la primera vez que fui de campamento.
Recuerdo a Chéjov, en particular al capitán Solioni, que en Las tres hermanas dice "pío, pío, pío, pío".
Recuerdo la primera vez que vi las montañas, y la nieve, y la emoción que sentí.
Recuerdo la música de Stardust. Era antes de la guerra. Bailaba con una chica que llevaba un vestido floreado.
Recuerdo los caballos del viejo anuncio de cerveza Peroni.
Recuerdo perfectamente el sabor y el olor del cocido de garbanzos. Y recuerdo que la noche de Navidad se jugaba al bingo.
Recuerdo el terrible zumbido de los Liberators, los aviones norteamericanos del primer bombardeo sobre Roma.
Recuerdo la agilidad tan elegante de Fred Astaire.
Recuerdo la primera vez que el hombre pisó la luna al ralentí. Pero ¿dónde estaba yo?
Recuerdo que fui por primera vez al cine en Turín. Vi Ben Hur, con Ramon Novarro. Tenía seis años.
Recuerdo París, cuando nació mi hija Chiara.
Recuerdo las croquetas de arroz. Pero era imposible comprar todos los días, costaban cuarenta céntimos.
Recuerdo mi primer sombrero de hombre; era modelo Saratoga.
Recuerdo las películas cómicas de Charlot.
Recuerdo a mi hermano Ruggero.
Recuerdo que Cicerón nació en el año 106 a. C., es decir, 2.122 años antes que yo, pero a dos pasos de mi casa, en Arpino. Mi abuelo se sentía orgulloso de ello. "Vitam regit fortuna, non sapientia", me decía citando a nuestro conciudadano. Luego dejaba escapar un suspiro y añadía: "Pues sí, la fortuna es la que rige la vida, no la sabiduría."
Recuerdo una noche de verano con olor a lluvia.
Recuerdo las aventuras de Ulises: "Háblame, musa, de aquel varón de multiforme ingenio..."
Recuerdo a Cassius Clay (llamado La Lengua) en Nueva York enfrentándose a Frazer.
Recuerdo la espléndida cabeza cana del arquitecto Ridolfi, mi profesor de dibujo arquitectónico.
Recuerdo los primeros dibujos de mi hija Barbara.
Recuerdo mi proyecto de elevar el Tíber construyendo debajo una carretera.
Recuerdo a Greta Garbo mirándome los zapatos y diciendo: "Italian shoes?"
Recuerdo el primer cigarrillo que fumé. Estaba hecho, lo recuerdo perfectamente, con barbas de mazorca.
Recuerdo las manos de mi tío Umberto, unas manos fuertes como tenazas, manos de escultor.
Recuerdo el silencio que se hizo en el restaurante Chez Maxim's cuando apareció Gary Cooper vestido con un esmoquin blanco.
Recuerdo una pequeña estación y el ruido de los trenes. Recuerdo a la cajera del bar de la estación. La caja hacía ¡clin, clin, clin, clin! "¡Cobrado!"
Recuerdo a Marilyn Monroe.
El primer automóvil que tuve, lo recuerdo, era un Topolino modelo camioneta.
No sépor qué recuerdo esta estúpida retahíla: "¡Oh cuántas chicas guapas, Madame Doré, oh cuántas chicas guapas!"
Recuerdo las luciérnagas, que ya no se ven.
Recuerdo la nieve en la Plaza Roja de Moscú.
Recuerdo un sueño en el que alguien me dice que me lleve los recuerdos de la casa de mis padres.
Recuerdo un viaje en tren durante la guerra: el tren penetra en un túnel, se hace una gran oscuridad y, entonces, en medio del silencio, una desconocida me besa en la boca.
Recuerdo a los kurdos masacrados en un éxodo bíblico; recuerdo que no debo olvidar la violencia de tantas imágenes absurdamente violentas. 
Recuerdo también la sensación de silencio y de luz suspendidos sobre la ciudad de Jerusalén como un halo místico.
Recuerdo el deseo de ver qué será de este mundo, qué sucederá en el año 2000, y de estar allí y recordarlo todo como un viejo elefante, sí, porque, lo recuerdo, ¡siempre he sido muy curioso, muy curioso!
Y hasta recuerdo que íbamos a cazar lagartijas. ¡Mi tirachinas!
Recuerdo mi primera noche de amor.
Sí, ya me acuerdo............................................

De Sí, me acuerdo [1996], la autobiografía de Marcello Mastroianni [1924-1996].