En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.
A oscuras y segura,
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.
En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía,
sino la que en el corazón ardía.
Aquesta me guiaba
más cierto que la luz de mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.
¡Oh noche que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!
En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.
El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería,
y todos mis sentidos suspendía.
Quedeme y olvideme,
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo y dejeme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.
San Juan de la Cruz [1542-1591]
He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
Mostrando entradas con la etiqueta religión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta religión. Mostrar todas las entradas
lunes, 11 de junio de 2018
lunes, 30 de abril de 2018
Quemando libros
Estos días, en el cole en el que trabajo, estamos celebrando la semana de la ciencia. Hay montones de actividades para el alumnado de secundaria y bachillerato relacionadas con la ciencia y la tecnología. Yo, con mis alumnxs de primero de ESO, he propuesto ver la película Ágora [2009], de Alejandro Amenábar [1972- ]. Ya empezamos a verla hace unos días y esta semana la acabaremos y la comentaremos un poco.
La verdad es que no es una peli que me entusiasme: Amenábar me gustaba mucho más cuando tenía menos presupuesto, pero aún así me parece que tiene muchas cosas interesantes...
Hacía tiempo que no la veía y creo que sin duda lo que más me gusta es la obsesión de algunos personajes en la película por destruir libros y bibliotecas. Les decía a mis alumnxs que es una obsesión en muchas guerras, sobre todo si son conflictos entre fanáticos, destruir conocimiento: Alejandría, Sarajevo, los budas de Bāmiyān o la ciudad de Palmira, Tombuctú...
Yo, claro, cuando les contaba todo esto recordaba la biblioteca de El nombre de la rosa o los libros quemados de Fahrenheit 451.
En fin, la lista podría ser interminable: lo de destruir bibliotecas es una de las aficiones favoritas de muchos descerebrados, aunque cuando trataba de explicarles que una buena forma de controlar y manipular a la gente es quemar libros la cosa no estaba del todo clara.
Pero bueno, algo queda...
¡Seguimos!
La verdad es que no es una peli que me entusiasme: Amenábar me gustaba mucho más cuando tenía menos presupuesto, pero aún así me parece que tiene muchas cosas interesantes...
Hacía tiempo que no la veía y creo que sin duda lo que más me gusta es la obsesión de algunos personajes en la película por destruir libros y bibliotecas. Les decía a mis alumnxs que es una obsesión en muchas guerras, sobre todo si son conflictos entre fanáticos, destruir conocimiento: Alejandría, Sarajevo, los budas de Bāmiyān o la ciudad de Palmira, Tombuctú...
Yo, claro, cuando les contaba todo esto recordaba la biblioteca de El nombre de la rosa o los libros quemados de Fahrenheit 451.
Disputa de Santo Domingo y los albigenses, Pedro Berruguete [1450-1503]
Pero bueno, algo queda...
¡Seguimos!
Etiquetas:
bibliotecas,
ciencia,
cine,
religión
sábado, 6 de enero de 2018
Regalos
Siempre me ha parecido muy raruno eso de regalarle a un bebé oro, incienso y mirra. (Además... ¿alguien sabe qué es la mirra...?). Creo que por eso me gusta tanto imaginar que en esta adoración de los Reyes de El Bosco, una de las mujeres que hay en la tabla de la derecha, Santa Inés, está esperando a que ellos terminen de darle al niño sus cosas, para regalarle un libro, y que lo lea cuando pueda...
;o)
Terminan las fiestas.
Volvemos al Mundo Real.
¡Seguimos!
;o)
Terminan las fiestas.
Volvemos al Mundo Real.
¡Seguimos!
viernes, 8 de diciembre de 2017
Librotes
Hoy he estado con Vero y Gonzalo visitando Guadalupe, en Cáceres. Mientras ella terminaba un trabajo que tenía pendiente relacionado con n'UNDO, nosotros hemos visitado el Monasterio.
Sería largo contar la sensación durante la visita: la grandiosidad del lugar, la belleza de las obras, la riqueza de las piezas que se exhiben, el silencio y el recogimiento sólo imaginados, imposibles de sentir con las miles de personas que estábamos allí recorriendo el edificio como si fuera un centro comercial o un parque temático...
Destaco sólo, de entre todos los objetos que se pueden ver allí (zurbaranes, goyas, marfil, toneladas de joyas y oro y plata, esculturas...), los "librotes" de la maravillosa colección de libros miniados que se exhibe en una de las salas. A pesar de los carteles que dicen que respetes el arte no haciendo fotografías (¿¡¡¿¡¿?!??!!) no me he podido resistir a hacer algunas aunque fuera con mi cutremóvil.
Ayer volviendo de pasar un par de días en Segovia, también maravillosamente acompañado, y hoy, un día magnífico, en inmejorable compañía.
Sin duda, mejor con amigxs...
¡Seguimos!
Sería largo contar la sensación durante la visita: la grandiosidad del lugar, la belleza de las obras, la riqueza de las piezas que se exhiben, el silencio y el recogimiento sólo imaginados, imposibles de sentir con las miles de personas que estábamos allí recorriendo el edificio como si fuera un centro comercial o un parque temático...
Destaco sólo, de entre todos los objetos que se pueden ver allí (zurbaranes, goyas, marfil, toneladas de joyas y oro y plata, esculturas...), los "librotes" de la maravillosa colección de libros miniados que se exhibe en una de las salas. A pesar de los carteles que dicen que respetes el arte no haciendo fotografías (¿¡¡¿¡¿?!??!!) no me he podido resistir a hacer algunas aunque fuera con mi cutremóvil.
Ayer volviendo de pasar un par de días en Segovia, también maravillosamente acompañado, y hoy, un día magnífico, en inmejorable compañía.
Sin duda, mejor con amigxs...
¡Seguimos!
Etiquetas:
Gonzalo Sánchez-Terán,
historia,
música,
n'UNDO,
religión,
Verónica Sánchez,
viajes
martes, 5 de diciembre de 2017
El mismo objetivo
Los gobiernos totalitarios y las religiones fundamentalistas operan con el mismo objetivo, reemplazando la búsqueda de la verdad por una respuesta incuestionable y castigando los que cuestionan.
Ayer encontré este párrafo en la introducción de la novela El relato de la escritora estadounidense de ciencia ficción, anarquista, taoísta y feminista, Ursula K. Le Guin [1929- ].
Etiquetas:
anarquismo,
ciencia ficción,
cosas que leo,
feminismo,
género,
novela,
religión,
taoismo,
Ursula K. Le Guin
jueves, 5 de enero de 2017
sábado, 24 de diciembre de 2016
Blanca Navidad
Al principio todo iba normal, si por normal se entiende que un ser fabuloso, de rizos rubios hasta los hombros y alas de pluma de oca, como las que a veces se escapan por las costuras de los edredones, bajara hasta la casa de María y, allí, en el atrio de columnas románicas —eso sí que resultaba extraño: columnas románicas en Nazaret— le anunciara la buena nueva. Pero, en efecto, todo iba exactamente de esa forma: el ser fabuloso, de rizos rubios hasta los hombros y alas de pluma de oca, con ojos almendrados entre el azul, el verde y el rosa, y de una belleza, más que inenarrable, asexuada, descendió hasta la casa de María —una casa humilde pero limpia y muy cuidada, y con tiestos de geranios a lo largo del atrio de columnas, románicas tal como hemos dicho— para anunciarle la buena nueva: que era llena de gracia y bendecida entre todas las mujeres. María se quedó boquiabierta. El arcángel, viendo la turbación de la mujer, comprendió que el aparato escénico había sido realmente impresionante: quizás se les había ido un poco la mano. Para tranquilizarla le dijo que no tenía por qué tener miedo, que simplemente había venido a anunciarle que tendría un hijo al que llamaría Jesús. La mujer —¿cómo no?— aceptó la noticia de buen grado y el arcángel desapareció en un santiamén, con el mismo desparpajo con el que había aparecido. Horas más tarde, cuando su marido, José, volvió del taller —era carpintero—, María le explicó lo sucedido. José se quedó de pasta de boniato.
También entra dentro de la normalidad más absoluta la disposición del emperador Augusto, que ordenaba que todos los súbditos del Imperio Romano se empadronaran, cada uno en el pueblo o en la ciudad de donde su familia fuese originaria. Por eso, José y María tomaron el burro y se fueron a Belén. María iba sobre el animal, sentada de lado, y José a pie, tirando de las riendas. Lo que —como las columnas románicas— tampoco era en absoluto normal era todo aquello de la nieve. Cuando llegaron a Belén vieron que el pueblo entero estaba nevado, hasta el horizonte, sobre el que campaba un cielo negro y con estrellas de cinco y seis puntas, inmóviles y como recortadas. En Palestina la nieve era un fenómeno meteorológico casi ignorado. Generaciones y generaciones de ciudadanos nacían y morían sin haberla conocido, y sin que ello les preocupase lo más mínimo. Y si habían oído hablar de ella era por viajeros de países lejanos, que citaban incluso montes en los que la nieve es perpetua. Los nativos los escuchaban absortos, pero, en cuanto los viajeros acababan su narración, volvían a sus tareas sin que la nieve les hiciese perder ni una hora de sueño. En cambio, ahora todo estaba nevado: las montañas, las calles, los tejados de las casas, el puesto de la castañera... Era nieve polvo, tan polvo que parecía harina.
Debido a la afluencia de gente para empadronarse, no encontraron ni una habitación libre en todo Belén. Los habitantes no eran demasiado acogedores; ni la imagen de una mujer embarazada los movía a piedad. Por esto se vieron forzados a instalarse en un establo abandonado. Adecentaron un rincón, cerca de un buey adormilado y del burro que llevaban. Fue allí donde, el 25 de diciembre, María dio a luz. Era un niño precioso, saludable y llorón. José lo tomó en brazos para limpiarlo. Pero María requirió de nuevo su atención. Estaba naciendo un segundo niño.
Eran dos niños preciosos, y cada uno con su halo tipo holograma sobre la cabeza. Tras alimentarlos y ponerles los pañales —afortunadamente María había previsto recambios— los acostaron sobre un montón de paja, uno junto al otro. Movían las manos. El buey y el burro contemplaban la escena de reojo.
—¿Estás segura de que te habló de un niño? ¿No diría dos y no te fijaste?
José no entendía qué había pasado. Que fuesen dos trastocaba todos los planes. Incluso algo tan poco importante como lo del nombre. El arcángel había dicho que debía llamarse Jesús. Era un nombre que no les desagradaba; tampoco les entusiasmaba, si tenemos que ser sinceros. En aquella época, los nombres predominantes eran Sandra, Vanessa, Kevin, Jonathan e incluso Sue Ellen, que les parecían frívolos y pretenciosos. José y María habían pensado otros nombres e incluso habían hecho una lista de sus preferidos: David, Samuel, Alejandro, Abel, Moisés, Iván... De todos, el que más les gustaba era Alejandro. Era un nombre sonoro y vibrante. Si el arcángel no hubiese dejado tan claro que tenían que llamarle Jesús, le habrían puesto Alejandro, sin ninguna duda. Pero, en fin, no pudiendo llamarse Alejandro, a María el nombre de Jesús ya le parecía bien. En algún momento, José había propuesto que se llamase como él: José. Muchos amigos suyos ponían su nombre a sus primogénitos. ¿Por qué no él? María no había querido ni oír hablar de un posible cambio.
—El arcángel dijo que debía llamarse Jesús y se llamará Jesús.
No hablaron más del asunto. Se llamaría Jesús; estaba decidido. Pero ahora se encontraban con dos niños, el doble de lo que esperaban. ¿Cómo los llamarían? Después de darle muchas vueltas encontraron la solución. Uno se llamaría Jesús María y el otro Jesús José. Así respetaban la orden de que se llamase Jesús y de paso satisfacían el deseo de José: al menos, uno de los dos se llamaba como él, aunque fuera de segundo nombre.
Eso no era más que el inicio de las duplicaciones. Desde ese momento —cavilaba José— todo sería doble. Las cunas, los vestiditos, los chupetes, el consumo de dodotis. De su cavilación lo sacó un ruido de cascos. Eran camellos que atravesaban, por un débil puente de madera, las aguas del río, que parecían inmóviles y como de papel de plata. Cuando llegaron al establo, los tres Reyes Magos se quedaron pasmados. Era la misma sorpresa que María y José habían visto en las caras de los pastores que se habían acercado a adorar al niño y, en vez de uno, se habían encontrado con dos. Uno de los pastores, que había traído como regalo un cochecito Jané monoplaza, corrió a cambiarlo por un modelo doble. Melchor, Gaspar y Baltasar —hombres curtidos en mil batallas y duchos en tomar decisiones— reaccionaron de manera rápida y, sin que ni María ni José se diesen cuenta, haciendo como que buscaban los regalos, dividieron en dos partes más o menos iguales el oro, el incienso y la mirra.
¿Eran ambos hijos de Dios? ¿O sólo lo era uno de ellos? La pregunta no tenía respuesta clara porque, si bien al lavarlos en la bañera uno de ellos (Jesús María) caminaba sobre el agua —dejando de piedra no sólo a su hermano, sino también a sus padres—, era el otro (Jesús José) quién, cuando los petitsuís se habían acabado, los multiplicaba sin problemas. Esa dualidad —calculaba Alejandro mientras colocaba el caganer al lado del cura con paraguas— se mantendría a lo largo de los años, hasta el final de sus días. Alejandro volvió a alinear las dos cunitas, contempló una vez más el belén y corrió a llamar a su padre, reputado miembro del Opus Dei, para que fuese a verlo. Confiaba que lo felicitaría por su ingenio: en vez de tirar la figurita del niño Jesús del antiguo pesebre (una de las pocas que no estaban rotas), la había incorporado a las nuevas, que habían comprado el día antes en la feria de Santa Lucía. No sabía que, esa noche, su ingenio le costaría irse a la cama sin cenar.
También entra dentro de la normalidad más absoluta la disposición del emperador Augusto, que ordenaba que todos los súbditos del Imperio Romano se empadronaran, cada uno en el pueblo o en la ciudad de donde su familia fuese originaria. Por eso, José y María tomaron el burro y se fueron a Belén. María iba sobre el animal, sentada de lado, y José a pie, tirando de las riendas. Lo que —como las columnas románicas— tampoco era en absoluto normal era todo aquello de la nieve. Cuando llegaron a Belén vieron que el pueblo entero estaba nevado, hasta el horizonte, sobre el que campaba un cielo negro y con estrellas de cinco y seis puntas, inmóviles y como recortadas. En Palestina la nieve era un fenómeno meteorológico casi ignorado. Generaciones y generaciones de ciudadanos nacían y morían sin haberla conocido, y sin que ello les preocupase lo más mínimo. Y si habían oído hablar de ella era por viajeros de países lejanos, que citaban incluso montes en los que la nieve es perpetua. Los nativos los escuchaban absortos, pero, en cuanto los viajeros acababan su narración, volvían a sus tareas sin que la nieve les hiciese perder ni una hora de sueño. En cambio, ahora todo estaba nevado: las montañas, las calles, los tejados de las casas, el puesto de la castañera... Era nieve polvo, tan polvo que parecía harina.
Debido a la afluencia de gente para empadronarse, no encontraron ni una habitación libre en todo Belén. Los habitantes no eran demasiado acogedores; ni la imagen de una mujer embarazada los movía a piedad. Por esto se vieron forzados a instalarse en un establo abandonado. Adecentaron un rincón, cerca de un buey adormilado y del burro que llevaban. Fue allí donde, el 25 de diciembre, María dio a luz. Era un niño precioso, saludable y llorón. José lo tomó en brazos para limpiarlo. Pero María requirió de nuevo su atención. Estaba naciendo un segundo niño.
Eran dos niños preciosos, y cada uno con su halo tipo holograma sobre la cabeza. Tras alimentarlos y ponerles los pañales —afortunadamente María había previsto recambios— los acostaron sobre un montón de paja, uno junto al otro. Movían las manos. El buey y el burro contemplaban la escena de reojo.
—¿Estás segura de que te habló de un niño? ¿No diría dos y no te fijaste?
José no entendía qué había pasado. Que fuesen dos trastocaba todos los planes. Incluso algo tan poco importante como lo del nombre. El arcángel había dicho que debía llamarse Jesús. Era un nombre que no les desagradaba; tampoco les entusiasmaba, si tenemos que ser sinceros. En aquella época, los nombres predominantes eran Sandra, Vanessa, Kevin, Jonathan e incluso Sue Ellen, que les parecían frívolos y pretenciosos. José y María habían pensado otros nombres e incluso habían hecho una lista de sus preferidos: David, Samuel, Alejandro, Abel, Moisés, Iván... De todos, el que más les gustaba era Alejandro. Era un nombre sonoro y vibrante. Si el arcángel no hubiese dejado tan claro que tenían que llamarle Jesús, le habrían puesto Alejandro, sin ninguna duda. Pero, en fin, no pudiendo llamarse Alejandro, a María el nombre de Jesús ya le parecía bien. En algún momento, José había propuesto que se llamase como él: José. Muchos amigos suyos ponían su nombre a sus primogénitos. ¿Por qué no él? María no había querido ni oír hablar de un posible cambio.
—El arcángel dijo que debía llamarse Jesús y se llamará Jesús.
No hablaron más del asunto. Se llamaría Jesús; estaba decidido. Pero ahora se encontraban con dos niños, el doble de lo que esperaban. ¿Cómo los llamarían? Después de darle muchas vueltas encontraron la solución. Uno se llamaría Jesús María y el otro Jesús José. Así respetaban la orden de que se llamase Jesús y de paso satisfacían el deseo de José: al menos, uno de los dos se llamaba como él, aunque fuera de segundo nombre.
Eso no era más que el inicio de las duplicaciones. Desde ese momento —cavilaba José— todo sería doble. Las cunas, los vestiditos, los chupetes, el consumo de dodotis. De su cavilación lo sacó un ruido de cascos. Eran camellos que atravesaban, por un débil puente de madera, las aguas del río, que parecían inmóviles y como de papel de plata. Cuando llegaron al establo, los tres Reyes Magos se quedaron pasmados. Era la misma sorpresa que María y José habían visto en las caras de los pastores que se habían acercado a adorar al niño y, en vez de uno, se habían encontrado con dos. Uno de los pastores, que había traído como regalo un cochecito Jané monoplaza, corrió a cambiarlo por un modelo doble. Melchor, Gaspar y Baltasar —hombres curtidos en mil batallas y duchos en tomar decisiones— reaccionaron de manera rápida y, sin que ni María ni José se diesen cuenta, haciendo como que buscaban los regalos, dividieron en dos partes más o menos iguales el oro, el incienso y la mirra.
¿Eran ambos hijos de Dios? ¿O sólo lo era uno de ellos? La pregunta no tenía respuesta clara porque, si bien al lavarlos en la bañera uno de ellos (Jesús María) caminaba sobre el agua —dejando de piedra no sólo a su hermano, sino también a sus padres—, era el otro (Jesús José) quién, cuando los petitsuís se habían acabado, los multiplicaba sin problemas. Esa dualidad —calculaba Alejandro mientras colocaba el caganer al lado del cura con paraguas— se mantendría a lo largo de los años, hasta el final de sus días. Alejandro volvió a alinear las dos cunitas, contempló una vez más el belén y corrió a llamar a su padre, reputado miembro del Opus Dei, para que fuese a verlo. Confiaba que lo felicitaría por su ingenio: en vez de tirar la figurita del niño Jesús del antiguo pesebre (una de las pocas que no estaban rotas), la había incorporado a las nuevas, que habían comprado el día antes en la feria de Santa Lucía. No sabía que, esa noche, su ingenio le costaría irse a la cama sin cenar.
Del libro Tres Navidades [2003] de Quim Monzó [1952- ].
Etiquetas:
cosas que leo,
cuentos,
Quim Monzó,
religión
miércoles, 20 de enero de 2016
gente que lee (72)
Magdalena leyendo, óleo pintado en torno a 1435 por el pintor flamenco Rogier van der Weyden [1399-1464].
Etiquetas:
gente que lee,
pintura,
religión,
Rogier van der Weyden
lunes, 16 de noviembre de 2015
Clima de miedo
El intelectual negro norteamericano del siglo XIX W.E.B. Dubois declaró una vez que el problema del siglo XX sería el de la raza. Empieza a resultar claro que si bien aquel siglo, el pasado, efectivamente heredó dicho problema social -y que sigue atormentado de forma casi continua por él-, en sus postrimerías el lugar de la raza lo ocupó la religión, que aún no se había abordado con la misma preocupación mundial. El problema del siglo XXI es claramente el de la religión, cuyas cínicas manipulaciones contribuyen en no poca medida al clima de miedo que comentamos. [...] Hoy día, la fuente principal de fanatismo es la religión, y su temperamento, que, irónicamente, se funda en la doctrina de la sumisión, desdeña cada vez más a la humanidad, caracterizándose por la arrogancia, la intolerancia y la violencia, casi como una recompensa vengativa inconsciente por su aprendizaje dentro del principio espiritual de la sumisión.
En juego está la tolerancia, así como el lugar de la disidencia en la interacción social. Haríamos bien, con todo, en tomar nota -para fines prácticos- de las diferencias entre el funcionamiento de la intolerancia secular y el del orden teocrático. Tales diferencias pueden ayudarnos a evaluar la amenaza muy real para la libertad humana que el mundo cerrado del fanatismo representa para la humanidad. La ideología secular extrae sus teorías de la historia y del mundo material. La mente, por tanto, ha aprendido a detenerse de vez en cuando para reflexionar sobre los procesos que vinculan el mundo material a doctrinas que se derivan de él o lo gobiernan, para examinar los cambios en dicho mundo, cotejar las teorías con realidades viejas y nuevas, ya sean económicas, culturales, industriales o incluso medioambientales. La totalidad dinámica del mundo real recibe un espacio racional. Incluso el anhelo de exhaustividad e infalibilidad -como en el caso del marxismo- puede dar por resultado la denuncia de falacias y contradicciones o, como mínimo, zonas ambiguas dentro de la teoría.
Así pues, dentro de un régimen secular, incluso bajo el orden totalitario más rígido, la ideología que lo sostiene -esto es, el equivalente de la teología- permanece abierta a la impugnación. La impugnación franca puede ser reprimida, el debate abierto puede ser restringido o prohibido por el Estado o el partido en el poder, pero el funcionamiento de la mente, su capacidad crítica -incluso de autocrítica- nunca cesa. La autocrítica fue, por supuesto, una expresión de la que se abusó mucho bajo los órdenes totalitarios: la Unión Soviética estalinista, China durante la Revolución Cultural o Camboya bajo los jemeres rojos de Pol Pot. En el seno de estos regímenes pagados de su propia rectitud, la autocrítica significaba una sola cosa: la retractación y la consabida recitación de promesas de lealtad -de acuerdo con fórmulas prescritas- a la línea del partido. A pesar de estos rituales pervertidos, sin embargo, la mente seguía siendo libre dentro de su propio espacio, libre de ir más allá de los confines del orden totalitario, de buscar y a menudo encontrar almas gemelas y formar una conspiración de no creyentes o, por lo menos, de escépticos. Este factor lleva tarde o temprano a una visión alternativa y tal vez a la erosión paulatina del sistema hermético.
Con el régimen teocrático, sin embargo, cuya autoridad no se deriva de las teorías que surgen de las condiciones materiales de la sociedad, sino de los espacios secretos de la revelación, esta disposición de la mente hacia conceptos alternativos o variantes es prácticamente imposible. La curiosidad sucumbe ante el miedo, que a menudo se disfraza de sumisión piadosa. El orden teocrático recibe su mandato de lo desconocido. Sólo unos cuantos elegidos tienen el privilegio de haber penetrado en el funcionamiento de la mente de los desconocido, cuya constitución -las llamadas Escrituras- sólo ellos pueden interpretar. El fanático que nace de esta estructura dogmática de lo inefable, la religión, es el ser más peligroso de la tierra.
Interesantísimo y muy recomendable el libro Clima de miedo [2004] del escritor nigeriano Wole Soyinka [1934- ], premio Nobel de Literatura en 1986.
- Tenía programada esta entrada con el texto de Wole Soyinka sobre el miedo, el fanatismo y la religión, desde hace algo más de una semana. Ahora, después de los atentados de París del viernes y los bombardeos de Raqqa de ayer, se hace aún más pertinente leer textos tan lúcidos como éste.
Etiquetas:
cosas que leo,
ensayo,
París,
premio Nobel,
religión,
Wole Soyinka
sábado, 14 de noviembre de 2015
viernes, 18 de septiembre de 2015
Sobre la naturaleza de la Ciencia
La ciencia, incluyendo la biología, es una forma de descubrir principios de orden. El arte es otra manera, y también la religión y la filosofía. La ciencia se diferencia de todas las demás en que limita su búsqueda al mundo natural, el universo físico. También se diferencia por la manera en que se desarrolla la búsqueda de conocimientos.
De la Invitación a la Biología [1994] de H. Curtis y N. S. Barnes.
Ciencia, biología, arte, religión, filosofía... estaría bien incluir a la literatura en esa lista...
Etiquetas:
arte,
biología,
ciencia,
cosas que leo,
Curtis y Barnes,
filosofía,
religión
jueves, 8 de enero de 2015
Charlie Hebdo
Si no lees nunca ningún libro, lo más probable es que pases una vida jodida, triste y pobre...
Pero si te pasas toda la vida leyendo un solo libro, siempre el mismo Libro, el único y verdadero, entonces es a lxs demás a quienes les jodes la vida.
Pero si te pasas toda la vida leyendo un solo libro, siempre el mismo Libro, el único y verdadero, entonces es a lxs demás a quienes les jodes la vida.
Lee y deja leer.
Vive y deja vivir...
Etiquetas:
Charlie Hebdo,
religión
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






