He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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sábado, 23 de diciembre de 2017

Amigas

Actualmente es mi mejor amiga. La nuestra es una amistad como la de Montaigne y La Boétie... Ya sabéis, algo absoluto y difícil de explicar. Y el hecho de que está joven de treinta y dos años sea mi hermana es puramente anecdótico. Digamos que la única diferencia es que no hemos tardado mucho tiempo en conocernos.
A ella le van los Ensayos de Montaigne, las súper teorías del filósofo tales como que la cabezonería encuentra su castigo en esta vida y que filosofar es aprender a morir. A mí me va el Discurso de la servidumbre voluntaria de La Boétie, los abusos infinitos y todos esos tiranos que si son grandes es sólo porque nosotros nos arrodillamos ante ellos. A ella le va el conocimiento verdadero, lo mío son más los tribunales. Y las dos sentimos que somos la mitad de todo y que la una sin la otra no estaría más que a medias.

De la maravillosa novela La sal de la vida [2009] de la escritora francesa, que acabo de descubrir, Anna Gavalda [1970- ].

domingo, 1 de noviembre de 2015

Étienne

Hoy se cumplen 485 años del nacimiento de Étienne de La Boétie, autor del Discurso sobre la Servidumbre Voluntaria y amigo íntimo de Michel de Montaigne.

lunes, 24 de agosto de 2015

Otras drogas semejantes...

Los teatros, los juegos, las farsas, los espectáculos, los gladiadores, los animales exóticos, las medallas, los cuadros y otras drogas semejantes eran para los pueblos antiguos los encantos de la servidumbre, el precio de su libertad y los instrumentos de la tiranía. Estos procedimientos, estas prácticas, estos engaños tenían los antiguos tiranos para adormecer a sus antiguos súbditos bajo el yugo. Así, los pueblos, entontecidos, encontrando bellos estos pasatiempos, distraídos por un vano placer que les pasaba ante los ojos, se acostumbraban a servir tan inocentemente -pero con mucho peores consecuencias- como los niños pequeños cuando, por ver las brillantes imágenes de los libros ilustrados, aprenden a leer.

Si Étienne de La Boétie [1530-1563] hubiera vivido en nuestro siglo quizá hubiera incluido en este párrafo de su Discurso algunas cosas más... quizá la tele, el fútbol...

martes, 18 de agosto de 2015

Por su mismo peso se viene abajo y se rompe

Son, pues, los mismos pueblos los que se dejan o, más bien, se hacen someter, pues cesando de servir, serían, por eso mismo, libres. Es el pueblo el que se esclaviza, el que se corta el cuello, ya que, teniendo en sus manos el elegir estar sujeto o ser libre, abandona su independencia y toma el yugo, consiente en su mal o, más bien, lo persigue. [...] De la misma manera que el fuego de una pequeña chispa llega a ser grande y se refuerza más y más cuando se une a la madera, y aún más si ésta se encuentra en condiciones de arder, y si no se tiene agua para extinguirlo, únicamente no arrojando a él más madera, no haciendo más que abandonarlo, se consume a sí mismo y se convierte en algo sin forma y que deja de ser fuego; así también los tiranos más saquean, más exigen, más arruinan y destruyen mientras más se les entrega y más se les sirve, tanto más se fortalecen y se hacen tanto más fuertes y más ansiosos de aniquilar y destruir todo; y, si no se les entrega nada, si no se les obedece, sin combatir y sin herir, quedan desnudos y derrotados y no son nada, igual que la raíz que, no teniendo sustancia ni alimento, degenera en una rama seca y muerta.
[...] Este anhelo, esta voluntad para desear las cosas que, siendo valiosas, los hacen dichosos y alegres, es común a los sabios y a los indiscretos, a los valientes y a los cobardes. Sólo hay una, se puede decir, en la cual, no sé por qué, la naturaleza ha hecho imperfectos a los hombres para desearla: es la libertad, la cual es, sin embargo, un bien tan grande y tan agradable, que, una vez perdida, todos los males se hacen patentes, y los bienes mismos que aún duran pierden enteramente su gusto y su sabor, corrompidos por la esclavitud. La libertad sola no la desean los hombres, por la sencilla razón, a mi entender, de que si la desearan la tendrían. Es como si rehusaran a realizar esta bella adquisición, tan sólo porque es demasiado fácil.
[...] Éste que os domina tanto no tiene más que dos ojos, no tiene más que dos manos, no tiene más que un cuerpo, y no tiene ni una cosa más de las que posee el último hombre de entre los infinitos que habitan en vuestras ciudades. Lo que tiene de más sobre todos vosotros son las prerrogativas que le habéis otorgado para que os destruya. ¿De dónde tomaría tantos ojos con los cuales os espía si vosotros no se los hubierais dado? ¿Cómo tiene tantas manos para golpear si no las toma de vosotros? Lo pies con que holla vuestras ciudades, ¿de dónde los tiene si no es de vosotros? ¿Cómo tiene algún poder sobre vosotros, si no es por obra de vosotros mismos? ¿Cómo osaría perseguiros si no hubiera sido enseñado por vosotros? ¿Qué os podría hacer si vosotros no fuerais encubridores del ladrón que os roba, cómplices del asesino que os mata y traidores a vosotros mismos? [...] Pero podéis libraros si ensayáis no siquiera a libertaros, sino únicamente a querer ser libres. Estad resueltos a no servir más y seréis libres. No deseo que le forcéis, ni le hagáis descender de su puesto; sino únicamente no sostenerlo más; y le veréis como un gran coloso al que se ha quitado la base, y por su mismo peso se viene abajo y se rompe.

Parece que este texto hubiera sido publicado hoy mismo refiriéndose a muchxs de nuestros gobernantes y políticxs. Sin embargo fue escrito hace casi cinco siglos por Étienne de La Boétie [1530-1563], íntimo amigo de Michel de Montaigne, y de cuya muerte se cumplen hoy 452 años.

lunes, 25 de mayo de 2015

Un tirano solo

Por ahora no deseo sino comprender, si es posible, cómo puede ocurrir que tantos hombres, tantas aldeas, tantas ciudades, tantas naciones, sufran de cuando en cuando un tirano solo, que no tiene más poder que el que se da él mismo; que no tiene más poder que su causar daño, y en tanto que aquéllos han de querer sufrirle; y que no sabría hacerles mal alguno, sino en tanto en cuanto prefieren mejor sufrirle que contradecirle.

Del Discurso de la servidumbre voluntaria, escrito por Étienne de La Boétie [1530-1563] en Francia a mediados del siglo XVI.

lunes, 11 de mayo de 2015

La habitación circular

Durante los diez años siguientes, Michel de Montaigne pasa la mayor parte de su vida en la torre. Le basta subir unos cuantos peldaños de la escalera de caracol para no oír los ruidos y las conversaciones de la casa, para olvidar los quehaceres que le molestan, pues "tengo un corazón sensible que se inquieta fácilmente; cuando está ocupado en algo, el simple zumbido de una mosca puede asesinarlo". Si mira por la ventana, ve abajo "mi huerto, mi corral, mi patio, y dentro de la mayoría de partes de mi casa". Pero a su alrededor, en la habitación circular, sólo están sus libros, que tanto ama. Una gran parte los ha heredado de La Boétie, los demás los ha comprado. No es que pase el día leyendo; se siente dichoso con saber que están ahí. "Sabiendo que los puedo disfrutar cuando quiera, estoy satisfecho con el mero hecho de poseerlos. Nunca viajo sin libros, ya sea en tiempos de paz o en tiempos de guerra. Pero a menudo paso días y meses sin mirarlos. Los leeré poco a poco, me digo, mañana o cuando me plazca... Son las mejores provisiones que he encontrado para este viaje de la vida". Los libros no son como los hombres, que lo asedian y lo importunan con su palabrería y a quienes resulta difícil eludir. Si no se los llama, no vienen; puede tomar éste o aquel, a su antojo. "Mi biblioteca es mi reino y en ella trato de que mi gobierno sea absoluto". Los libros le cuentan sus puntos de vista, y él responde con los suyos. Expresan sus pensamientos y le inspiran otros. No molestan cuando él guarda silencio; sólo hablan cuando él les pregunta. Éste es su reino. Ellos están a su servicio.

De la biografía de Michel de Montaigne [1533-1592] escrita por Stefan Zweig [1881-1942].

"Librairie Montaigne1" by Mcleclat - Own work. Licensed under CC BY-SA 3.0 via Wikimedia Commons.