He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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jueves, 19 de enero de 2017

La máquina de hacer cosquillas

La penúltima vez que el padre entró en la librería de la plaza —de eso hace ya un año— fue con su hija. Cada domingo, iban a comprar el periódico y, de paso, le echaban un vistazo a la sección de libros infantiles. Hojeaban volúmenes ilustrados con cocodrilos rojos, conejos azules, jirafas verdes, y al padre le admiraba esa obsesión por cambiar el color de las cosas: naranjas amarillas, plátanos rosas, manzanas moradas. De vez en cuando, se llevaban uno. A la niña le hacía ilusión llevar el libro hasta el mostrador, dejarlo junto a la caja y esperar a que la dependienta —siempre la misma— lo metiera en una bolsa y le dijera cualquier cosa. Un día, la dependienta le regaló un huevo de chocolate envuelto en papel de plata. La niña lo llevó en la mano como un trofeo y no lo abrió hasta llegar a casa. De domingo en domingo, aquella ceremonia se fue convirtiendo en una tradición. Con una insistencia que incomodaba un poco al padre —sobre todo cuando sólo compraban el periódico—, la niña se plantaba ante el mostrador esperando —con el silencio de alguien que justo empieza a hablar y los ojos bien abiertos— recibir el huevo que la dependienta le regalaba.
Hasta que pasó lo que pasó.
El padre no volvió a la librería. Durante meses, tuvo que recuperarse, medicarse, encontrar el norte. De vez en cuando, un vendaval de postración lo destruía todo y era necesario volver a empezar: bocanadas de pasado que, organizadas en emboscada, lo atacaban con imágenes de una insultante nitidez, como cuando recordaba el día en el que inventaron el juego de la máquina de hacer cosquillas. El padre la perseguía moviendo los dedos de las manos como si fueran las patas de una araña, se acercaba a la niña, la levantaba e, imitando la voz de un monstruo televisivo, decía: «¡Cuidado con la máquina de hacer cosquillas!» Y ella pedía más y más, y se reía con unas carcajadas que el padre nunca más volverá a escuchar. De eso hace un año, aunque a él le parezca que hayan pasado treinta. 
Ayer, sin embargo, tuvo que volver a la librería. Se había comprometido a comprar un libro para un amigo que cumple años —la vida continúa, no se cansan de repetírselo— y, como lo había ido dejando hasta el último momento, no le quedó más remedio que acudir a uno de los pocos sitios abiertos en domingo. En el momento de entrar, deseó que, como mínimo, la dependienta no fuera la misma. También se prometió a sí mismo no acercarse a la sección de libros infantiles y poner en práctica todos los consejos de la gente que, de buena fe, ha intentado ayudarle. La dependienta era la misma. Lo saludó como si de verdad se alegrase de verlo y le preguntó por la niña. Haciendo de tripas corazón, el padre mantuvo una sonrisa de circunstancias atascada en los labios hasta que, entre dientes, consiguió mentir:
—Se ha quedado en casa. Está un poco resfriada.
Con una amabilidad que él no había previsto, la dependienta le ofreció un huevo de chocolate. 
—Toma. Dáselo de mi parte. 
Salió de la librería sin el libro que había ido a comprar. Entro en el coche. Miró el huevo. Antes de que los dedos le temblaran demasiado, lo desenvolvió procurando no romperlo y, lentamente, se lo fue comiendo. Sin apetito. Incapaz de guardarlo porque le habría recordado demasiado a la niña. Incapaz de tirarlo, porque le habría parecido una traición a su intensa, perdurable memoria.  

Del libro El último libro de Sergi Pàmies [2000] de Sergi Pàmies [1960- ].

martes, 3 de enero de 2017

Como una epidemia...

[...] Como una epidemia, los presagios de la inminente Navidad se extienden por la ciudad. En pocos días, la purpurina y el algodón de barbas y nieve postizas contaminan todos los edificios. Su apartamento no es una excepción. Una corona de muérdago convierte la puerta en una especie de ataúd en posición vertical. Iluminado por intermitencias de ritmo previsible, un abeto decora el salón comedor. Vivir solo nunca ha sido un obstáculo para apuntarse a la tradición, constata. Al contrario. Le parece que, de este modo, combate la creencia según la cual las fiestas navideñas son para compartir no se sabe muy bien qué especie de espíritu familiar. Para él, sólo es un espectáculo que no quiere perderse. En Nochebuena, dejará las zapatillas al pie del árbol y, a la mañana siguiente, correrá a abrir los paquetes que, unas horas antes —y sigilosamente—, él mismo habrá colocado bajo las ramas de verde plastificado. Mientras tanto, tiene que pasar por el suplicio de elegir los regalos. De entrada, rechaza los demasiado prácticos: licuadoras, cepillos de dientes eléctricos, calcetines. Tampoco quiere saber nada de estilográficas. [...]

Del cuento El océano pacífico, de Sergi Pàmies [1960- ], incluido en El último libro de Sergi Pàmies [2000].

lunes, 12 de diciembre de 2016

El juego

La idea es del hijo: se esconderá en el armario y, cuando su padre pase por delante, le dará un susto. La criatura abre las puertas, se instala debajo del estante inferior y, silenciosamente, cierra desde dentro. Al cabo de un rato, oye la voz de su padre. De entrada, lo llama en un tono normal. Luego, le añade una inquietud que va en aumento. Arriba y abajo de la casa, el padre repite el nombre del hijo, cada vez más alto, cada vez más irritado. Cuando, por la proximidad de los pasos y de los gritos, adivina que el padre debe de estar allí mismo, el hijo abre repentinamente las puertas y, divertido, grita: ¡buh! El padre sólo tiene tiempo para verse reflejado en el espejo del armario. Asustado, empalidece, siente una fuerte presión en el pecho, cae de rodillas, pone los ojos en blanco, hace una mueca, se ahoga, se convulsiona, saca baba por la boca y, medio minuto después, está clínicamente muerto. Horrorizado por la reacción de su compañero de juego, el hijo se pone a llorar. Al ver que el cuerpo de su padre no reacciona, se agarra a él con una desesperación que contrasta con la alegría que, hace medio minuto, le iluminaba la mirada. Mientras tanto, y envuelta en unos efectos especiales de alta intensidad lumínica, el alma del padre sale disparada del cuerpo, fffiiiuuu, hacia el cielo. Cuando llega al mostrador de recepción de esta gran superficie, San Pedro lo mira de arriba abajo. "¿Qué desea?", le pregunta. "Volver", responde el alma. San Pedro sonríe. "Todos decís lo mismo", comenta. El alma insiste en lo absurdo de la escena que, hace un rato, acaba de provocar la orfandad de un niño, solo en medio de un pasillo, de una ciudad con altos índices de criminalidad, de un mundo sin piedad. San Pedro no se inmuta. "Haberlo pensado antes de jugar a un juego tan peligroso", dice. El alma apela a la bondad universal y, de un modo voluntariamente retórico, se pregunta cómo es posible ser tan cruel y dejar abandonado a un pobre niño de seis años. Y mientras verbaliza un temor que le sirve para darse cuenta de la gravedad de la situación, enumera los problemas que, si no regresa de inmediato, amenazan a la criatura: fracaso escolar, crisis emocional, dislexia, secuelas de un golpe tan duro que se traducirán, seguro, en aislamiento, violencia, adicciones, psicopatías, traumas, deudas, dudas sobre la identidad sexual, embargos. "¿Le parece justo?", pregunta el alma, consciente del tono que emplea y del riesgo que, dadas las circunstancias, puede acarrear. En un primer momento, San Pedro se encoge de hombros, pero, quizá porque no tiene ninguna otra alma a mano ni demasiadas ganas de trabajar, le dice que vale, que haga el favor de regresar y que, la próxima vez, juegue a cosas más instructivas, como el scrabble, el monopoly, el ahorcado, la rayuela o el tetris. El alma se conmueve. Había oído hablar de la bondad de San Pedro, pero temía que fuera, como tantas otras cosas, una leyenda. Le da las gracias de un modo exagerado, con reverencia incluida, pero, con una leve sonrisa teñida de melancolía, San Pedro le dice que no esté tan contento y que ya se arrepentirá de haber regresado. La vuelta es tan fugaz como la ida: fffiiiuuu. De repente, el alma del padre vuelve a formar parte de un cuerpo sobre el cual, histérico y fuera de sí, llora un niño. El padre siente los latidos de su propio corazón y también los de su hijo, mucho más acelerados. Se abrazan. Se miran. La emoción mutua es la imagen de un equilibrio simétrico. Se levantan. El padre se pone al hijo a hombros y el niño, entre risas, todavía con los ojos entelados de lágrimas, le pregunta: "¿Y ahora a qué jugamos?"

Del libro Si te comes un limón sin hacer muecas [2006] del Sergi Pàmies [1960- ].