He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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lunes, 3 de septiembre de 2018

Vuelve Relatos en Cadena

Hoy vuelve Relatos en Cadena. Estos últimos meses, durante mi estancia en el frío norte, no he hecho todos mis deberes como me hubiera gustado. Pero tengo muchas, muchas ganas de volver a las andadas...

La frase de comienzo del primer día, además, la propone Fernando Díaz, que fue compañero en el primer curso que hice en la Escuela de Escritores, y flamante ganador anual del año pasado:

El baúl de los juguetes está cada vez más vacío

¡A las teclas!

miércoles, 13 de junio de 2018

jueves, 15 de febrero de 2018

Londres

Hoy hay luna nueva, así que me toca colgar en el blog alguno de esos relatos que escribo de vez en cuando.
Pero lo de hoy no es un relato, es más bien una página de un diario: unos cuantos párrafos contando en primera persona qué me está pasando estos días.
El jueves pasado, justo a estas horas hace una semana, me llamaron para proponerme si me iba cinco meses a dar clases de matemáticas a un colegio español en Londres. Y me lo contaron así, sin anestesia. Yo había enviado unos días antes un cv sin mucho convencimiento y pensaba que, en el supuesto de que me llamaran, sería para una entrevista o para alguna otra prueba de selección. Pero no. Me dijeron que habían ordenado los cv por orden de experiencia y el mío quedaba el primero. Y que si seguía interesado me presentara en la Consejería de Educación de la Embajada de España en Londres el lunes 19 a las 9.

Y ya.

Seguramente si me hubieran dicho que tenía que empezar en septiembre y que fuera decidiéndome durante estos meses, me habría pasado no sé cuánto tiempo dándole vueltas, hablándolo con amigxs, consultando cosas, leyendo y preguntando, para al final, quizá, decidir que no.
Pero casi no me han dado opción. Así que, en medio minuto, había decidido que me iba.

Y llevo una semana de locura: sacando billete, preguntando y contactando con un montón de gente, buscando a alguien que se quiera quedar unos meses en mi casa, buscando alojamiento allí, enterándome de cómo funciona esa ciudad...

Estoy seguro de que va a ser una experiencia interesante. Allí me dicen que no piense en ahorrar, que la gente va por la experiencia y por el inglés. Así que en eso estamos.

El primer día me sentía cagao y contento a la vez. Poco a poco, según pasan los días, me voy sintiendo más o menos igual de cagao, pero cada vez más contento, viendo la aventura cada vez más real. 
Ya he enviado toda la documentación que me han pedido, ya he encontrado alojamiento para las dos primeras semanas de aterrizaje, casi he encontrado a alguien que se quede en mi casa, he resuelto más o menos lo de los talleres y mis clases particulares... así que ya sólo me queda llegar allí y empezar una nueva etapa.

Y sí que me gustaría llevar un diario de Londres, del que estos párrafos fueran una especie de inicio. Me apetece contarlo y contarme. Será en  un nuevo blog...

¡Seguimos!  


jueves, 19 de octubre de 2017

El impostor

Hace tiempo que sé que el señor que duerme conmigo todos los días en mi casa no es mi marido. Tardé en percaterme de que no era él, porque se parecen mucho, pero ahora estoy segura.
Sí, ya sé que suena raro, ya se lo conté la otra vez que vine y usted puso cara de descreído y me dijo que quería conocer todos los detalles. Por eso he venido ya varias veces, como me pidió.
Es cierto, el señor del que le hablo se parece muchísimo a mi Esteban. Tiene su misma cara, sus mismos gestos, su misma forma de hablar pánfila y aburrida, sus ojos bobalicones. Pero de repente, hace algún tiempo, ya le digo, empezó a decir y a hacer cosas raras que no le había visto a mi marido nunca en la vida. De vez en cuando actuaba de forma extraña, como si no lleváramos ya más de cuarenta años casados y todavía pudiéramos sorprendernos el uno al otro con algo.
Un día, por ejemplo, para que se haga usted una idea de lo que le quiero decir, me trajo el desayuno a la cama. «¿Estás tonto?», le dije, «¿te crees que soy ya una vieja inútil que no puedo hacerme mi desayuno?». Me miró con su cara de cándido y me dijo que le perdonara, que la noche anterior se le había ocurrido que podría ser bonito preparármelo. «¡De verdad! Hay que ver lo tonto que te has vuelto con los años, parece mentira, con lo que tú has sido y para lo que te has quedado.»
Otro día, de repente, llegó con unas flores. ¿Se imagina? Se presentó en casa con un ramo enorme. Había venido Lucía con otra de mis amigas a tomar café a casa, y ahora que se lo cuento a usted me da risa recordarlo, pero entonces me dio vergüenza ajena verle entrar por la puerta con esa chaqueta que le pinga por detrás y con esa cara de cordero degollado con la que se plantó en mitad del salón y me dijo «Elisa, querida, son para ti».
Ese día fue cuando tuve claro que ese señor no era mi Esteban de siempre. Disimulé unos días. Le seguí la corriente. Pero tenía cada vez más claro que no era Esteban, sino un doble de Esteban, un suplantador, un impostor que de algún modo se había deshecho del auténtico y había tomado su lugar en mi casa, en mi vida y en mi cama. Eso sí, era tal cual, un doble muy bueno, lo reconozco.
Un día fuimos juntos a una de esas revisiones médicas que tenemos cada dos por tres últimamente, ya sabe usted, cosas de la edad, que cuando no te falla una cosa te falla otra, y el médico le dijo que estaba como una rosa, que vaya cambio había dado en sus análisis y que daba gusto cuando un hombre de su edad empezaba a cuidarse, a hacer ejercicio, a comer como Dios manda, a dejar de fumar y a tomar conciencia de que es bueno hacer todas esas cosas saludables que te recomiendan los médicos cuando empiezas a cumplir años.
Menuda chorrada, pensé yo. Éste no se ha enterado de nada. Se lo dije, claro. Sutilmente le di a entender que Esteban ya no era el de siempre. Cuando me contestó que la gente cambia, que se pueden tener nuevos hábitos y no sé qué más chorradas, le expliqué que no, que no es que Esteban hubiera cambiado de costumbres, sino que realmente este señor no era mi Esteban, que lo habían cambiado. Entre bromas y veras, me miraron los dos con cara de sorprendidos y ese día fue cuando el doctor me propuso que viniera a verle a usted.
Y entonces fue cuando vine a verle a usted por primera vez. Y la segunda vez que nos vimos me habló usted del síndrome ése, creo que lo llamó de Capgras o de Caspras o algo así. No recuerdo del todo aquello que me explicó de que hay gente que piensa que alguien cercano ha sido cambiado por un doble. Pero vamos, que me pareció un disparate, porque en el caso de Esteban yo no tengo ningún síndrome ni nada que se le parezca, sino que lo que tengo es un doble perfecto que se ha instalado en mi casa y que dice que es mi marido. Aquello que me contó usted me pareció una tontería, perdóneme que se lo diga así, pero bueno, me pareció usted un señor muy amable y muy correcto, y por eso es por lo que he venido ya varias veces a verle, por no hacerle un feo.
Al principio, cuando estuve segura de que Esteban no era Esteban, pensé en ponerle una denuncia, al nuevo claro, no a mi marido, pero me pareció difícil que me creyeran en la comisaría y me dio un poco de vergüenza explicarle a un policía que un señor mayor, muy parecido a mi marido, se me había metido en mi casa y en mi cama.
Pensé también en intentar echarle de casa, o mandarle de viaje durante una temporada, que de algo nos tenía que servir estar jubilados y tener una casa en la playa. Mi amiga Lucía se reía, con esa risita nerviosa suya tan tonta y tan cursi que tiene, cuando le dije que llegué a pensar en liquidarle. ¿Qué sé yo? Un traspiés en la escalera, algo en la comida que le diera una buena sacudida a su hipertensión o un resbalón en la bañera. Algo fácil y limpio que me quitara de encima a aquel desconocido que era como una copia de mi Esteban. Pero no hice nada de eso. Seguí disimulando y la verdad es que me he ido acostumbrando a aquel señor.
Y aquí estoy otra vez, charlando con usted. No sé para qué, la verdad, porque ya le digo que desde hace tiempo estoy bien segura de lo que le estoy contando, y aunque hubo un momento al principio en que me produjo un poco de cosa tener en casa a un señor que no conocía, y lo que me apetecía era que volviera el de siempre, luego me fui dando cuenta de que es un señor muy majo. Mucho más cuidadoso que mi Esteban. Y más amable. Tiene la misma cara de pasmado que ha tenido Esteban toda la vida, pero a veces, cuando quiere, es mucho más simpático. Estoy encantada con él. Hasta algún día me ha dado una alegría al irnos a dormir, ya sabe usted a qué me refiero. Hacía años que Esteban, mi marido, el otro, ni se acordaba de esas cosas. Y mira éste, una alegría, ya le digo. Una alegría adecuada a nuestra edad, claro, pero qué quiere que le diga, una alegría al fin y al cabo. Así que he pensado que quizá podría quedármelo, antes de que aparezca el verdadero, que era un aburrido y un insustancial y un soso. ¿A usted qué le parece?

La Cabrera, octubre de 2017.

Licencia Creative Commons
El impostor por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Baldo el tuerto en el Capítulo VI

Anoche, 20 de septiembre, hubo luna nueva y colgué aquí un relatito mío titulado Baldo el tuerto. Hace tiempo que tenía ganas de hacerlo público en el blog y ayer, por fin, me decidí. Es un texto que escribí en Manjirón hace casi cuatro años y lo rematé (más o menos) a principios de 2014, un año feo, feo, feo para mí, pero muy productivo en algunos aspectos.
Le tengo cariño a ese relato. Supongo que uno de los motivos es precisamente esa época en que lo escribí. Y que es una de las primeras cosas que escribí que me gustaron y que me gustó enseñar. Además siento que habla mucho de mí, de mi abuelo y de recuerdos de mi infancia que mantengo con mucho cariño.
Lo envié a algún concurso. Y lo he enseñado en alguno de los cursos que he hecho en la Escuela de Escritores y a algunxs amigxs. Y, claro, he recibido muchas críticas. Y muy variadas: hay quien me ha dicho que le encanta, que se huele el mar, que se entra muy bien en la mente del niño, que es estupenda la descripción de los dos hombres y de su encuentro, hay gente de mi familia que dice que nos ve bien a mi abuelo y a mí, hay quien dice que le haría algunos retoques, y recuerdo que en la Escuela una de las críticas era que no había cuento por que no había conflicto ni argumento, que sólo era una descripción de recuerdos más o menos pintorescos y más o menos personales.
Pensé retocarlo, transformar la historia, meter el famoso 'conflicto' para que hubiera cuento... en algún momento de hecho lo intenté, pero al pensar en colgarlo aquí he preferido dejarlo como estaba, como lo dejé en febrero de 2014, cuando lo dí por terminado.

¡¡¡Seguimos!!!

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Baldo el tuerto

—Baldo, coño, cuéntale al chiquillo lo que te pasó en el ojo. Cuéntale por qué tienes más sietes que un trapo viejo.
Era mi abuelo quien hablaba mirándome con su sonrisa cómplice. Y el chiquillo era yo, claro, que cuando le oía decir aquellas palabras me quedaba expectante, entre deseoso y asustado, sabiendo lo que venía a continuación. Con nosotros estaba Baldo el tuerto, manoseando su vaso de manzanilla, mirándonos con su único ojo, azul muy claro, casi gris.
Yo tendría entonces diez o doce años. Pasábamos las vacaciones de verano en Algeciras, en casa de mis abuelos, los padres de mi madre. De finales de junio a primeros de septiembre, eran más de dos meses entre los chapuzones en la playa del Rinconcillo y los paseos por el parque, la calle Ancha y la plaza Alta. Recuerdo el sabor de las patatas fritas mezclado con el del agua del mar del ultimísimo baño de cada día, cambiándonos de ropa a toda prisa mientras esperábamos el autobús para volver a casa a comer. Recuerdo los sobres con soldaditos de plástico que me compraba los domingos al salir de misa en uno de los carrillos que había junto a la iglesia de la Palma. Recuerdo las tiendas de campaña, como las llamábamos mis hermanas y yo, que montábamos en el balcón con unas colchas y un par de mantas viejas que nos dejaba la abuela, para escondernos allí de los adultos a jugar durante el calor de la tarde. Recuerdo a los miles de marroquíes que abarrotaban el paseo marítimo durante días hasta poder pasar al otro lado del Estrecho, con un montón de críos y con los coches llenos de bártulos que traían desde Francia, Bélgica o Alemania. Recuerdo ir con mi abuela a hacer la compra al mercado, a la Plaza, como ella lo sigue llamando. Recuerdo los cines de verano, el Delicias, el Fuentenueva...
De vez en cuando, quizá un par de veces cada verano, mi abuelo me decía:
—Niño, ¿te vienes a Los Pinos, a ver qué se cuenta mi amigo Baldo el Tuerto, y de paso nos traemos unos piñones, que dice la abuela que se le han acabado los últimos que trajimos...?
Antes de que hubiera terminado la frase yo ya estaba listo para salir, preparado para lo que sabía que era un muy buen plan para una mañana de vacaciones.
Los Pinos era un antiguo restaurante de carretera que estaba un poco antes de llegar a Palmones. En los años 50 y 60 era parada obligada de los camioneros que hacían la ruta de Málaga a Algeciras. Cuando se fue arreglando la carretera y se desdoblaron algunos tramos para mejorar el tráfico por la costa, el restaurante fue agonizando hasta casi desaparecer. Poco a poco fue deteriorándose, la clientela menguó y en los años en que yo iba con mi abuelo, en los últimos setenta, sólo pasaban por allí los viejos amigos de Baldo el tuerto, el dueño, que había echado buena parte de su vida detrás de la barra, poniendo vinos y menús durante más de veinte años.
Alrededor de lo que quedaba del restaurante había un pinar enorme, cuya sombra en verano era el principal encanto de Los Pinos, además, por supuesto, de su cocina, donde Teresa, la mujer de Baldo, hacía maravillas con los pucheros y las sartenes: chanquetes, cazón en adobo, hígado encebollado, magro con tomate, calamares rellenos, caracoles con poleo...
Baldo el tuerto era un hombre grande, o al menos a mi me lo parecía. Tendría entonces unos setenta y tantos años, diez o quince más que mi abuelo, pero aparentaba muchos menos: se mantenía en forma y conservaba su pelo, que aunque griseaba, aún mostraba algo del tono rubio que debió de tener años atrás. En alguna ocasión le oí hablar de su madre, Naja. Le gustaba decir que era una vikinga que había venido del hielo del norte al mediterráneo para conocer el sol del sur. Una danesa que con poco más de veinte años había recorrido medio mundo y hablaba varios idiomas, entre ellos algo de español. Su padre fue diplomático y su madre una escritora de cierto éxito en su país a finales de siglo, que publicó varias novelas, estrenó alguna obra de teatro y llegó a colaborar con Nielsen en una ópera que nunca llegó a estrenarse. Una familia adinerada, culta y viajera.
Una mañana, paseando por el puerto de Cádiz, días antes de embarcarse hacia Italia con sus padres y con su hermano, Naja se cruzó con Julián, que preparaba con sus compañeros las redes y los aparejos para salir de pesca. Quizá le preguntó algo sobre el tiempo o sobre la pesca en esa época del año o sobre cómo se arreglaban las redes. Baldo nunca supo con certeza cómo se inició aquella conversación, y cada vez que contaba la historia echaba mano de la imaginación de la que no escaseaba y de su capacidad para provocar interés en quien le escuchara, y adornaba a su gusto aquel primer encuentro entre sus padres. Su madre, la vikinga, volvió al día siguiente para continuar la charla. Y también al siguiente. Hasta que llegó el día en que tenía que embarcar para Italia y decidió quedarse.
Era una de esas historias que parece que sólo ocurren en las novelas y en las películas. Naja murió muy joven, cuando Baldo tenía sólo once años, más o menos mi edad cuando iba con mi abuelo a verle a Los Pinos. Le dejó un padre triste, la facilidad para los idiomas, su pelo rubio y unos ojos azules muy claros, casi grises.
Recuerdo sus manos enormes, con dedos gruesos, con la piel muy morena después de años de rozarse con el mar y el sol. Cuando llegábamos a Los Pinos le daba un abrazo a mi abuelo y a mi me estrechaba mi manita de niño para incluirme en esa camaradería de hombres adultos a la que me gustaba pertenecer por unas horas. Mi mano desaparecía en la suya descomunal que me apretaba con suavidad, como si sólo quisiera sugerirme la fuerza que realmente sería capaz de hacer si se lo propusiera. Al hacer memoria siempre le recuerdo con una camiseta de tirantes, unos pantalones de faena y una especie de sandalias de cuero muy gastadas. Tenía un pequeño tatuaje en uno de los brazos, no recuerdo qué era, quizá unas letras en algún idioma que yo no entendía.
Pero lo que hacía inconfundible a Baldo el tuerto, el amigo de mi abuelo, eran varias cicatrices de las que cuando llegábamos a verle yo era incapaz de apartar la mirada durante un buen rato. Tenía un par de ellas en uno de los brazos, casi paralelas, que subían desde la muñeca hasta más allá del codo girando alrededor del brazo. Otra, que le arrancaba desde el tobillo hacia arriba, y que siempre quedaba un poco a la vista cuando se remangaba el pantalón al sentarse. Y, sobre todo, tenía una cicatriz gruesa como una lombriz que le cruzaba el pecho bajo la camiseta, subía por su cuello en diagonal, trazaba en su mejilla un sendero por el que no le crecía la barba, que siempre llevaba de varios días, y terminaba un poco más allá del parche negro que le tapaba el ojo que no tenía. Mientras me saludaba dándome la mano, le miraba con ojos asombrados recorriendo esas marcas que yo imaginaba que sólo podían haberse producido cazando ballenas, luchando contra piratas o en alguna aventura del estilo, por lo menos, de las de los tebeos del Jabato que tanto me gustaban.
Cuando mi abuelo me llevaba a Los Pinos a ver a su amigo Baldo el tuerto, nos sentábamos los tres fuera, en una de las mesas de plástico que había a la sombra junto a la puerta. Un par de manzanillas para ellos y una fanta de naranja para mi.
Me sentaba con ellos, con mi fanta en la mano, sin quitar ojo de las cicatrices, sin perderme una palabra de lo que hablaban mi abuelo y él, observando de reojo a la poca gente que pasaba por allí y a la que Lucía, una de las hijas de Baldo, rubia como su abuela vikinga pero con la piel morena del sur, preguntaba desde detrás de la barra qué querían tomar.
Al sentarnos, Baldo el tuerto me preguntaba qué tal me iba en el colegio, me recomendaba que estudiara, que leyera, que si podía viajara todo lo posible para ver el mundo, que es muy grande, y no conviene perderse las muchas cosas increibles que se pueden encontrar en él. Me preguntaba por Madrid, me decía que nunca había estado allí pero que le gustaría, aunque él era más de mar que de tierra. Y cuando consideraba que quizá yo iba a empezar a aburrirme de su conversación, aunque eso no hubiera ocurrido jamás en ninguno de nuestros encuentros, me decía:
–Anda chaval, mientras charlo un rato con el cabrón de tu abuelo, vete a recoger unos piñones, que hace tiempo que nadie los coje y se están amontonando por ahí.
Yo me volvía a mi abuelo pidiéndole con la mirada un permiso que sabía que tenía de antemano, daba un último sorbo a mi fanta, corría detrás de la puerta, donde sabía que había un montón de bolsas de tela colgadas de un gancho, y con una de ellas me iba a recorrer el pinar recogiendo piñones del suelo. Llenaba la bolsa hasta que casi no podía cargar con ella y entonces volvía a sentarme con ellos. Al llegar a la mesa en la que seguían charlando agarrados a sus vasos de manzanilla, yo me sentaba en alguno de los taburetes de madera que siempre había por allí y me ponía a abrir piñones golpeándolos con una piedra.
Baldo y mi abuelo hablaban de política, hablaban de cómo eran Algeciras y el Estrecho hace años y de cómo eran ahora. Se preguntaban mutuamente por amigos comunes, lamentaban la pérdida de alguno o brindaban por el nuevo nieto de otro, y siempre, en algún momento, hablaban del mar. Baldo había sido marino durante muchos años. Varias veces le oí contar que cuando tenía pocos años más que yo ya andaba en uno de esos barcos de pesca que salen a media tarde y regresan de madrugada, con las bodegas llenas de pescado, listo para sacarlo a la lonja antes de amanecer. Y aún antes de eso, con seis o siete años, había acompañado muchas tardes a su padre en un botecito a pescar a sólo unos centenares de metros del puerto. De su padre heredó la pasión por el mar y él fue quien le enseñó a navegar, a moverse en ese medio, a conocerlo y a respetarlo. Cuando tenía unos veinte años ya había navegado en todo tipo de barcos, pequeños pesqueros atrevidos que salían mar adentro a pesar de su aparente fragilidad, y barcos enormes, atuneros o balleneros, que pasaban muchas semanas sin tocar puerto, que pescaban toneladas de pescado cada día y en sus propias bodegas lo procesaban y lo almacenaban hasta volver a tocar tierra. Habia viajado por todo el mundo. Yo tenía la impresión de que no había un puerto en el que no hubiera atracado ni una ciudad que no hubiera conocido. Me fascinaba oirle hablar de los sitios en los que había estado, lugares de los que yo no conocía nada, muchas veces ni siquiera el nombre, y que me esforzaba por recordar hasta llegar a casa, y una vez allí buscarlos en la enciclopedia que había en el salón, el espabilaburros, como la llamaba mi abuelo. Entonces descubría que los lugares de los que me había hablado Baldo eran un archipiélago diminuto perdido en el sur del Pacífico o una pequeña ciudad en un extremo de Australia o un puerto ballenero al norte de Noruega. Después de ir a ver a Baldo el tuerto yo pasaba horas mirando los mapas del espabilaburros tratando de localizar sus rutas, de imaginar sus itinerarios por el mundo.
Al ver mi cara de entusiasmo mi abuelo le tiraba de la lengua para que siguiera hablando de las personas que había conocido en esos lugares, de animales que había visto, de montañas y ríos, de idiomas con palabras impronunciables y alfabetos imposibles que parecía que nadie pudiera comprender, de comidas inauditas, de vestidos sorprendentes sobre los que me explicaba que quizá a nosotros nos podrían parecer ridículos pero que en aquellos países eran elegantísimos. Todo aquello era mucho mejor que cualquier película en el cine de verano y que cualquier tebeo del Jabato.
A veces, no muchas, yo intervenía pidiéndole que me explicara a qué sabían los saltamontes o los erizos crudos, o qué había que hacer si te atrapaba una tormenta en plena noche con olas que eran más altas que tu propio barco, o cómo hacían para subir a cubierta una ballena de treinta metros, o cómo podían entenderse con la gente en algunos de esos lugares en que hablaban idiomas que nadie en el mundo era capaz de entender más que ellos mismos. Él, paciente, encantado de tener tan buen público, me explicaba, se extendía, adornaba las historias añadiendo mil detalles, gesticulaba sin parar con sus grandes manos para hacerme imaginar la forma de unas nubes de tormenta en el ecuador, o el baile de docenas de delfines y gaviotas escoltando un pesquero, o el ruido del viento jugando con el barco como si quisiera arrancarlo de la superficie del mar, resolvía mis dudas generando muchas más, y aprovechaba para enlazar cada historia con una nueva que me provocaba aún más preguntas. A veces se volvía, llamaba a Lucía que nos miraba desde la barra, y le pedía que nos trajera papel y lápiz para hacerme pequeños dibujos que ayudaran a mi imaginación, si es que le hiciera falta, a ver las cosas de las que me hablaba: trazaba un mapa de una costa o una silueta de unos montes, o hacía unos trazos rápidos para explicarme cómo era tal o cuál barco, o garabateaba algunas letras que recordaba en alguno de esos idiomas extraños y lejanos de los que me hablaba. Yo guardaba aquellos papeles como tesoros para luego estudiarlos en casa y rememorar con ellos las historias de Baldo el tuerto.
Cuando llevábamos un buen rato así, descubriendo el mundo entero sentados a la sombra en la puerta de un antiguo restaurante de carretera, en algún momento mi abuelo me miraba, sonreía guiñándome un ojo y decía:
—Baldo, joder, cuéntale a mi nieto qué es lo que te pasó en el ojo. Cuéntale por qué tienes en el cuerpo más costurones que el abrigo de un mendigo. Explícale por qué tienes esa pinta que da miedo a quien se cruza contigo por la calle...
Entonces yo miraba a Baldo y me quedaba como paralizado porque sabía lo que venía a continuación. Baldo el tuerto miraba a mi abuelo, me miraba a mi, volvía a mirar a mi abuelo y empezaba a hacerle muecas de odio que daban entre miedo y risa. Yo estaba clavado en mi asiento, atento, mientras mi abuelo comenzaba a reir e insistía:
—Venga hombre, que la última vez ya te pedí que se lo contaras y no quisiste, y está el chaval con el misterio de saber qué es lo que te pasó... —y levantaba su vaso de manzanilla como brindando por la salud y el buen humor y la paciencia de su amigo Baldo el tuerto.
Yo miraba a Baldo y sabía que de un momento a otro, como otras veces, su ira, ficticia o no, haría que se arrancara y ya no habría quien le parara. Desde la barra Lucía, que también sabía lo que iba a pasar a continuación, me miraba risueña como diciéndome que no me preocupara, que ese aparente enfado que yo veía llegar como una tormenta no era peligroso, y que quizá esta vez su padre sí me contara su historia, que quizá ni siquiera ella sabía.
—Pero serás hijoputa, pero cómo se puede ser tan hijoputa como este abuelo tuyo –cuando se dirigía a mi hablando de esa forma, yo no podía quitar la vista del parche negro y del misterio que debía esconder y que sabía, casi con seguridad, que esta vez tampoco me sería desvelado. Era como si el resto de la cara y el resto de Baldo el tuerto hubieran desaparecido y sólo quedaran el ojo azul claro, casi gris, el parche negro, las cicatrices y su vozarrón diciendo palabrotas–. Será cabronazo el jodío abuelo que otra vez me pregunta por mi puto ojo. Pero chaval, explícame cómo se puede ser tan mala gente y tan cabronazo y tan hijoputa como tu abuelo, para andar siempre enredando con lo que me pasó en el ojo. Pero cómo me pides otra vez que le cuente al chico lo de mi ojo. ¿Quieres saber qué me pasó? ¿Lo quieres saber de verdad? Pues no me pasó nada, coño, lo tengo desde que nací. Mi madre, la vikinga, me parió con el puto parche, no te jode... a ver qué mierda le importará al jodío crío cómo se me fue al carajo la mierda del ojo...
Me quedaba como hipnotizado escuchando aquella retahíla increible de palabrotas. No podía separar la vista de Baldo, de su parche negro, que una vez más no había forma de que desvelara la historia que escondía, y de su ojo azul, muy claro, casi gris, brillante, que te veía entero cuando te miraba, por dentro y por fuera, y que no paraba de saltar de mí a mi abuelo, de mi abuelo al interior del bar, de allí a la carretera o al Peñón, y finalmente siempre al mar que se veía al fondo, detrás de nosotros, entre los pinos.
Me fascinaba esa ira casi teatral y esa avalancha de palabrotas. Yo oía palabrotas constantemente en el colegio, claro, y mi abuelo solía decirlas también, no era algo que me resultara ajeno, y yo mismo, a veces, decía alguna, aunque siempre con un punto de culpabilidad, de estar haciendo algo grave cuyas consecuencias podían ser imprevisibles. Pero no conocía a nadie que las hilvanara con esa vehemencia, con esa naturalidad, casi con entusiasmo. A Baldo el tuerto le salían las palabrotas una detrás de otra, sin pausa, cada vez más fuertes. Decía cabronazo y jodío hijoputa y mierda y coño como quien dice mesa y silla y lápiz.
Al final, cuando parecía que Baldo se iba calmando y que esta vez tampoco iba a contar la historia de su ojo perdido, mi abuelo le decía, como resignado:
—Bueno Baldo, no te pongas así, hombre, si no se lo quieres contar déjalo, que no pasa nada, ya te preguntaremos otro día que estés de mejor humor.
Y volvía a sonreir mirándome con guasa y levantando de nuevo su vaso de manzanilla, ya casi vacío, hasta que Lucía le veía desde la barra y venía con la botella. Al llegar junto a nuestra mesa rellenaba los dos vasos y agitándome un poco el pelo me preguntaba si quería otra fanta de naranja. Yo seguía aún unos segundos embelesado, mirando a Baldo, hasta que conseguía levantar la vista hasta Lucía, y luego a mi abuelo que le decía que sí, que me trajera otra. Yo seguía mirando a Baldo, que recogía el vaso de manzanilla de la mesa y mientras se lo acercaba a los labios seguía murmurando en voz baja:
—...el jodío hijoputa anda y que le dén por el culo no te jode preguntarme qué me pasó en el cochino ojo como si al chaval le importara qué coño me pasó en el puto ojo...
Después, ya olvidado el tema, no por mí pero aparentemente sí por ellos, como quien vuelve a salir de casa a dar un paseo después de una tormenta, con sus vasos de nuevo llenos, seguían charlando un rato más, riéndose, bromeando, hablando de algo que había ocurrido en el puerto, de las obras que empezaban a ampliarlo ganando terreno al mar, o del calor que iba aumentando según avanzaba la mañana. Un rato después mi abuelo miraba la hora y decía que era tarde, que teníamos que ir a casa a comer, que la abuela estaría preparando la comida y si no nos aligerábamos llegaríamos tarde. Entonces pedía la última ronda de manzanilla.
Al irnos se despedían con un largo abrazo, Baldo volvía a estrecharme la mano, recordándome lo de estudiar, lo de leer y lo de viajar, y nos íbamos a coger el autobús para volver a casa, donde mi abuela tenía ya listo un arroz con calamares, gambas y alcachofas, igual de rico que el que sigue haciendo hoy, casi cuarenta años después. Y como siempre, al entrar en casa me preguntaba si le traía algunos piñones de Los Pinos, que ya se habían acabado los de la última vez que fui a visitar a Baldo el tuerto y que le venían tan bien para echarlos en los guisos.

Manjirón, febrero de 2014.

Licencia Creative Commons
Baldo el tuerto por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Puesta al día

Este verano he descuidado un poco mi blog sobre cosas que leo y cosas que escribo, así que hoy estoy dedicando un rato a actualizarlo y a lavarle la cara: he puesto al día mi lista de libros leídos, he subido los dos primeros minicuentitos que he enviado este año al concurso Relatos en Cadena, he completado algunas entradas que se habían quedado a medias durante estas últimas semanas, he añadido etiquetas...
Aún me falta revisar cosas, completar un par de lunas nuevas y darle un repaso a todo buscando errores, enlaces rotos, etc. Pero bueno, al menos ya da más la impresión de vuelta al cole y de blog activo y en marcha...
¡¡¡Seguimos!!!

lunes, 4 de septiembre de 2017

La casa ha empezado a llenarse de hormigas

Hoy ha empezado la nueva edición del concurso Relatos en Cadena, organizado por la Cadena Ser y por la Escuela de Escritores. El año pasado conseguí escribir el minicuentito correspondiente durante las 32 semanas, y de hecho uno de ellos fue elegido finalista en enero.
Vamos a por la edición de este año...

El inicio del minicuentito de esta primera semana ha de ser La casa ha empezado a llenarse de hormigas.

¡¡¡Seguimos!!!

sábado, 2 de septiembre de 2017

Verano

Este verano, entre trabajo, clases, algunos días de vacaciones que me he cogido y más en cosas que me han pasado, estoy leyendo poco y escribiendo menos.
Y el blog, regu...

Pero... ¡seguimos!

lunes, 3 de julio de 2017

Fin de curso

Hoy terminan dos actividades a las que este curso he dedicado mucho tiempo, energía y neuronas.
Una de ellas es el concurso Relatos en Cadena. Me propuse intentar participar todas las semanas que pudiera, y después de estos diez meses estoy encantado de haber logrado no fallar ninguna de las 32 semanas y de haber conseguido, además, que uno de mis relatos fuera seleccionado en enero para una final semanal.
Y la otra es el taller de escritura creativa que he estado haciendo en la Escuela de Escritores con Ángel Zapata.
En estas últimas semanas me ha costado ir más al día y mantener el ritmo de los deberes,, pero termino con la sensación de haberme llevado lo mejor que alguien puede llevarse de algo así: haber aprendido mucho y haber conocido gente magnífica.
El año que viene más y mejor...
¡Seguimos!

sábado, 24 de junio de 2017

La muralla

—Mejor paramos a tomar algo, ¿te parece?
Me lo propuso sin mucho entusiasmo, pero estábamos hartos de tantas horas de coche, así que podía ser buen momento para estirar las piernas, tomar un café en el bar que había junto a la gasolinera y airearnos un poco antes de seguir el viaje de vuelta a casa.
—Yo quiero un café con leche y con hielo. Y me traes también un vaso de agua, por favor —le dije al chico que se acercó a atendernos. Era un chaval demasiado joven, con los mofletes demasiado colorados y con cara de haber salido demasiado poco de aquella barra y de aquel pueblo.
—Yo voy a tomar un descafeinado de máquina, solo, también con hielo —le pidió Irene mientras se sujetaba el pelo con un pañuelo para protegerse del viento—. Pero asegúrate de que sea descafeinado, por favor, que como te equivoques me vas a joder lo que me queda de viaje.
En la barra había un par de señores tomando un vino y discutiendo con el dueño del bar sobre el partido que estaban viendo. Y en la mesa de al lado una pareja mucho más joven que nosotros. Parecían estar también de vuelta después de pasar el fin de semana fuera. Tenían los cascos sobre la mesa y se habían bajado la parte de arriba del mono. De la cocina salía a cada rato una mujer que dejaba sobre la barra una bandeja de torreznos o un plato de torrijas o una tortilla. Irene trató de sonreír al chaval para tratar de compensar el tono con el que le había pedido el café.
—Prefiero que dejemos el tema para otro momento —me dijo cuando ya nos habíamos sentado en una de las mesas de fuera—, nunca nos sienta bien hablar de ésto. Ya sabes que en el estudio no estamos en un buen momento, y yo no puedo permitirme estar descolgada del trabajo un montón de meses, me costaría demasiado reengancharme después.
La pareja joven nos miraba como dos niños que oyen sin querer una conversación de mayores. Ella sin dejar de teclear en el móvil. Él mirando a todas partes, inquieto, inclinándose de vez en cuando hacia la ventana para echar un vistazo a la moto que había aparcada junto a la puerta, jugando con el mechero y con el platito que había en la mesa lleno de huesos de aceitunas. Pagaron sus cocacolas y salieron pasando a nuestro lado como una mancha chillona y ruidosa.
Mientras Irene seguía hablándome de los problemas del estudio, les vi caminar por el arcén de la carretera, pasar la gasolinera y llegar hasta los restos de la muralla. Él empezó a subir por una de las escaleras mientras ella volvía a hacerse su coleta, deshecha por el viento y por las horas de casco. Cuando ya estaba arriba, la llamó desde uno de los tramos del adarve que aún se conservaban a pesar de los turistas, o quizá gracias a ellos. Ella le hizo un par de fotos con el móvil, se acercó al pie del torreón y le hizo gestos con una mano para que bajara, mientras con la otra se sujetaba el pelo, que se le alborotaba con el aire a pesar de la goma con la que lo tenía recogido.
Yo seguía oyendo hablar a Irene pero estaba más pendiente de mi café y de saborear el paisaje que de lo que me decía. Habíamos tenido tantas veces esta misma conversación que aunque dejara de escucharla durante unos minutos no me iba a perder nada que no supiera ya y que no hubiéramos hablado antes mil veces.
El sol aún apretaba. Con el partido debían haber olvidado bajar el toldo. Volví a ponerme las gafas de sol y me recliné un poco en la silla apoyando los pies en una de las que los chicos de la moto habían dejado libres.
—No te preocupes Irene. Siento que hayamos vuelto a hablar del tema. Lo siento de verdad. Si quieres lo hablamos en otro momento. O no lo hablamos más. Es igual. No pasa nada.
—No se trata de que lo hablemos más o no lo hablemos más. Me gustaría que entendieras lo que te digo y que entendieras por qué ahora no es un buen momento para mí.
—Sí, no te preocupes, te entiendo perfectamente —traté de convencerla.
Yo seguía mirando al fondo, a la pareja de moteros haciéndose fotos en la muralla. Él subiendo entre las almenas de uno de los torreones mientras desde abajo ella agitaba las manos asustada pidiéndole que bajara. «Hay que ser gilipollas», pensé.
Y de repente Irene empezó a llorar. Me pilló desprevenido. Bajé los pies, acerqué mi silla a la suya, me quité las gafas y le pasé una mano por los hombros acercándola hacia mí.
—No, no entiendes nada —me dijo—. Quizá te gustaría entenderlo, pero en realidad no tienes ni idea de cómo me siento, de la contradicción que es querer algo pero sentir que en realidad no puede ser. No te enteras de nada.
Yo le acariciaba la espalda mientras la abrazaba y, por encima de su hombro, seguía viendo cómo el chico caminaba por uno de los arcos de la muralla agitando su casco en el aire mientras la chica le seguía pidiendo desde abajo que bajara de una vez. No podía oírla, pero veía sus gestos enfadados, notaba cómo le gritaba sin que él la oyera o sin querer oírla.
—Perdona —oí que me decía Irene después de sonarse—, ya sabes que estoy nerviosa últimamente. Lo siento. Ya estoy bien. Me han sentado muy bien estos días fuera, pero necesito llegar a casa, darme una ducha y descansar de tanta carretera.
Debió de notar cómo se me tensaba la mano sobre su hombro cuando le vi caer. Vi a la chica correr. Vi a algunos de los otros turistas que había por allí moverse rápido de un sitio a otro. Alguien llegó corriendo a la gasolinera. Salieron dos o tres personas y subieron hacia la muralla. Una de ellas iba hablando por el móvil. Me quedé quieto, abracé más fuerte a Irene mientras ella, de espaldas a la muralla, seguía llorando, ya más tranquila.
—No te preocupes —le dije—, está todo bien, no te preocupes. Estamos bien. Vamos a pagar los cafés y nos vamos a casa. Nos vendrá bien descansar un poco después del viaje. Cuando lleguemos nos hacemos una cena rica y vemos alguna película, ¿vale? ¿Qué te apetece?

La Cabrera, abril de 2017.

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La muralla por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

lunes, 19 de junio de 2017

¡Ya lo tengo!

Ya tengo el libro de lxs alumnxs de este año de la Escuela de Escritores.
Estoy en la página 434. ¡Me encanta!

martes, 30 de mayo de 2017

jueves, 25 de mayo de 2017

Acabados de lujo

—Como si es de cartón, me da lo mismo. ¿De verdad se cree que me importa de qué sea la caja? —dijo mi padre.
Creo que fueron las frases más largas que le oí decir en toda la tarde. El hombre de la funeraria nos miraba con cara inescrutable. Me sonaba haberme cruzado con él en algún pasillo durante estas últimas semanas. Imagino que parte de su trabajo consiste en estar al acecho de a quién le queda poco en cada planta y tener bien localizada a la familia para acudir inmediatamente a ofrecer sus productos.
—No, disculpe, dese usted cuenta de que no da ni mucho menos lo mismo un material que otro —insistió—. Precisamente le hablaba hace un momento de estos modelos de roble, con molduras de acero cromado y el interior acolchado en terciopelo blanco roto, con excelentes acabados, pero también me gustaría enseñarles estos otros fabricados en raíz de olivo. Es cierto que su precio sube ligeramente, pero sin ninguna duda la calidad no es ni remotamente comparable.
El hombre se ganaba su sueldo. Yo miraba la escena como si de algún modo me fuera ajena. Un rato antes, mientras bajábamos mi padre y yo en el ascensor, me dijo que ésto debía haber ocurrido antes. Hacía muchos meses que el abuelo estaba en la cama, esperando, sabiendo que ya no se iba a recuperar y que cuando saliera de aquella habitación sería con los pies por delante, como él decía. Le acompañé, los dos callados casi todo el rato, a hacer algún papeleo que nos habían dicho que era necesario en ese momento y luego nos reunimos en una pequeña salita, junto a la capilla, con el hombre de la funeraria.
—Aquí tienen también este otro modelo de cedro, y en esta otra página del catálogo están nuestros productos estrella: caoba con incrustaciones artesanales de ébano y acabados de lujo.
Mi padre le miraba sin decir nada. Aún no había llorado. Yo tampoco. No sé si lo hizo después en algún momento. Supongo que lo que le hubiera gustado es mandar a aquel gilipollas a la mierda y decirle que se metiera sus putas cajas de olivo y de cedro y de caoba por el culo y que nos dejara llorar tranquilos la muerte de su padre, de mi abuelo. Pero no, los dos seguíamos callados, hojeando sin verlos los catálogos que el hombre, impaciente, había desplegado sobre una mesilla baja de mármol negro con vetas blancas: papel couché con fotos excelentes, maravillosamente impresas.
A mi abuelo en ese momento le estarían llevando de la habitación al depósito, para esperar allí la caja que eligiéramos para él y luego le trasladarían a la sala del tanatorio, en la planta baja del hospital. Traté de imaginarle en nuestra situación, también callado, indeciso y triste. Imaginé que quizá algún día me tocaría a mí pasar por ésto y tomar estas decisiones. Entonces sentí, por primera vez, la congoja acumulada durante esos días y esa mañana. Pensé que me hubiera hecho bien llorar pero no quise hacerlo allí, con mi padre y con aquel tipo encorbatado que nos miraba echando cuentas de cuánto iba a facturar ese día.
—Nos quedamos con éste —dije mirando a mi padre y señalando una de las fotos del catálogo.
—Es una excelente elección, sin duda —me dijo el hombre de la funeraria—, excelente de verdad.
—Sí —respondí—, seguro que sí. Díganos qué tenemos que rellenar o qué datos necesita para cerrar ésto. Nos están esperando.
—Cómo se aprovechan éstos —me dijo mi padre sin mirarme mientras volvíamos al ascensor—. Gracias.
Me hubiera gustado abrazarle en ese momento. Se abrieron las puertas y con nosotros entraron un par de personas. Cuando llegamos a la planta en la que estaba la cafetería le dije «Aquí es» y le puse la mano en el hombro para salir. A través de la camisa sentí su espalda cansada, su pesadumbre.
–Sí –respondió–, vamos, que nos deben estar esperando. Vamos a comer algo, nos sentará bien, que aún nos queda un día largo.

La Cabrera, mayo de 2017.

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Acabados de lujo por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

lunes, 15 de mayo de 2017

Deberes

Hoy vuelvo a venir sin deberes al taller de escritura. Tengo las ganas, y algunas ideas, pero me falta el tiempo o la energía o la calma para ponerme...
Quizá tengo demasiados frentes abiertos...

domingo, 26 de febrero de 2017

A veces

A veces el aire pesa y cuesta caminar porque lo notas sobre los hombros como una carga enorme que te aprieta contra el mundo.
A veces pesan los zapatos como si los llevaras cargados de piedras. Y te da miedo mover los pies por si te hundes aun más, como en esas arenas movedizas que de pequeño te daban tanto miedo cuando las veías en las películas tragándose a alguien.
A veces vas por la calle y sientes en la piel y en el aire el ruido y la prisa, y observas a la gente que se mueve y corre a tu alrededor, y nadie parece notar que el mundo te pesa a ti en vez de pesarle tú a él.
A veces tienes ganas de estar a solas, mirándote, tratando de descubrirte.
A veces te echas de menos y lo que te apetece es sólo estar un rato solo contigo.
A veces caminas y caminas buscando y buscándote sin encontrar y sin encontrarte.
Y a veces alguien que te quiere te dice que sigas buscándote, porque sabe que seguro que cuando te encuentres vas a estar encantado de verte... y entonces el aire pesa algo menos y los pies van un poco más ligeros...

Madrid, febrero de 2017.

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A veces por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

Francisco de Goya [1746-1828]

lunes, 20 de febrero de 2017

Viaje en tren

Edificios y ventanas, ventanas y más ventanas, fábricas y postes, puentes y postes. Un viejo tren que se arrastra, un tren que dejamos atrás, y edificios y ventanas, y puentes y postes. Y los raíles que relucen, serpentean y se cruzan, se cruzan y se descruzan, y más ventanas y estaciones chiquititas, vagones abandonados y enormes almacenes. Pintadas en las paredes, locales para alquilar, edificios y ventanas, fábricas y postes. Y el balasto y las vías, las vías y las traviesas, los relojes de las estaciones, los trenes de mercancías, las líneas que pasan desfilando. Chimeneas, silos, depósitos de agua y cubas, montañas de arena, puentes y postes. Tejados y antenas, casas y casas, un barco en el jardín, un canal y sus chalanas, bosquecillos de árboles raquíticos, y un hombre que camina y una gran cisterna. Caminos y calles, calles y carreteras, un vertedero que echa humo, un desguace y abedules. Un inmenso cementerio, un aparcamiento desierto, jardines obreros, perales bien plantados, viejos neumáticos apilados, chapa ondulada. Una planta depuradora que remueve bien la mierda, que hace espuma y borbotea como un enorme cocido. Una estación de servicio, una zona comercial, una zona industrial, y un largo túnel negro y mi reflejo en la ventana y se me taponan los oídos, y del otro lado, lo mismo que del otro lado. Y luego la nieve, poco a poco, que cubre el gris, primero sólo un velo transparente y más allá todo es blanco. Árboles talados, grúas, obras, una cantera, un vivero, invernaderos, terrenos baldíos, un tren que cruzamos y que nos sacude. Y luego campos hasta donde alcanza la mirada, adiós a la ciudad y a la periferia, y la nieve se va y pronto todo es verde. Verde claro y oscuro, seco y empapado, pastos, prados, vergeles, matorrales, cuervos, tierras labradas, campos inundados, charcas y estanques, aves rapaces en los postes, arroyos, castillos, bosques, pasos a nivel, coches que esperan, pueblos y campanarios, muérdago en los árboles, lomas de terciopelo, viñedos en las colinas, granjas perdidas y caminos embarrados. Y la noche que cae, y pronto mi hermana, al final del camino.

Acabo de leer Qué hago aquí, sentado en el suelo [2003] de Joël Egloff [1970 - ]. Decepcionante, como diría al gente de Un libro al día. O quizá prescindible. O tal vez psché.
El caso es que creo que me dejé llevar por el título, que me pareció tan sugerente, por los comentarios de la contraportada, siempre tan entusiastas, y al empezar a leerla por este primer párrafo, que me pareció un excelente y prometedor comienzo:

Qué hago aquí sentado en el suelo, al borde de este agujero, y cómo he llegado a esto es fácil de explicar, incluso puedo contarlo todo desde el principio, que es justo lo que voy a hacer. Pero por qué las cosas han sucedido así, por qué este desastre, esa ya es otra historia, y hay que renunciar a buscarle sentido. Jamás se ha visto que brotara luz de las grietas.

Pero nada, han sido ciento y pico páginas de nada. (No sigo por aquí, porque ya tengo dicho que no suelo hablar en este blog de libros que no me gustan...). De entre toda esa nada rescato este viaje en tren que hace el protagonista para visitar a su hermana y que me ha resultado tan visible, tan sugerente. Y que me ha recordado el viaje a Marruecos que yo quise describir hace unos años en un sólo párrafo.

domingo, 29 de enero de 2017

Nunca más

El día 16 tuve la suerte de que el minicuentito que había enviado la semana anterior al concurso Relatos en Cadena fuera seleccionado para la final semanal de ese día.
Unos días después mi amiga María me preguntó si ya tenía listo el de la siguiente semana. Le envié lo que tenía escrito y le dije que por qué no se animaba a presentarse también. Me dijo que de qué se iba a presentar ella. Pero al rato me envió un audio de guasap con un texto que me encantó. Le pedí permiso y lo envié en su nombre.
¡¡¡Y el lunes pasado me llamó a media mañana diciéndome que la habían seleccionado para la final de esta semana...!!!

Título :: Nunca más
«No quiero volver a verte nunca más», se repetía en su cabeza.
«No quiero volver a verte nunca más», trataba de convencerse.
«No quiero volver a verte nunca más», acertó a susurrar.
«No quiero volver a verte nunca más», repitió con decisión.
«No quiero volver a verte nunca más», gritó, «no eres real».

Ninguno de los dos hemos pasado a la final mensual... pero ¡cómo lo hemos disfrutado...!

El inicio del cuento para la próxima semana 'tiene un majao', como me dijo el otro día mi tío Paco:
El armario donde acababa de encerrar a su muñeca.

A ver qué nos sale...

¡Seguimos!

sábado, 28 de enero de 2017

Despedida

Bebe un poquito más de agua, que ya sabes que luego, por la noche, te da mucha sed. No, ya no queda nadie en la habitación. Hace rato que pedí a todos que salieran. Espera, que se te han caído unas migas en la sábana. Ya está. ¿Te recojo la cena o quieres comer un poquito más? Vale, no te preocupes, termina tranquila. No hay prisa, el enfermero volverá a pasar más tarde a recoger las bandejas que faltan. No corras. Te ayudo con eso, ¿no?, que al cortarlo me han quedado los trozos un poco grandes. Tranquila, va a ser fácil. Tus padres me dijeron que ellos no podían hacerlo. Hemos hablado mucho estas semanas, imagínate, y hace días que vimos claro que había llegado el momento. Hemos hablado tantas veces de que no querías llegar a verte así. Sí, van a estar tristes, claro. Todos vamos a estar tristes, pero no más de lo que estamos ahora. Bebe un poquito más de agua, anda, que te va a sentar bien. ¿Ya has terminado con la cena? Estupendo. No, no hagas fuerza con esa mano, que te vas a hacer daño. Yo lo recojo. Así. Perfecto. ¿Tienes bien la almohada? Un momento, que te la subo más. Ya está. Dame la mano, anda. Voy a bajar un poquito la luz y ya verás como enseguida te duermes. Tranquila, voy a estar aquí contigo todo el rato. Hasta que te duermas. Y cuando te quedes dormida aún me quedaré aquí, ¿vale? ¿Estás cómoda? Venga, descansa tranquila...

La Cabrera, enero de 2017.

Licencia Creative Commons
Despedida por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

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Este texto breve lo hice a principios de este año para presentarlo a uno de los ejercicios que nos ha propuesto Ángel Zapata en el curso que estoy haciendo con él en la Escuela de Escritores.

Creo que me quedó corto, no me convence del todo, le falta darle un par de pensadas para que se entienda bien lo que quiero contar y dejarlo redondo, pero quise llevarlo a clase de todas formas. Por lo mismo que hoy me apetece colgarlo aquí, casi sin retocar.

Después de leerlo en clase Ángel me preguntó que qué me interesaba de este tema. Expliqué que quería escribir algo sobre la muerte y sobre acompañar y ayudar a alguien a bien morir. Y que me había salido un párrafo, quizá algo escaso, con el que me había quedado con ganas de más, pero que me interesaba mucho el tema y saber qué críticas podía recibir...

Me respondió que la muerte real no es un tema literario.

Ángel es un tipo con el culo pelao de hacer cursos y talleres de escritura y que cuando habla no da puntás sin hilo, así que aunque algunos de sus comentarios y críticas te pueden dejar un poco torcido, merece la pena darles una vuelta, o más de una, porque suelen tener mucha tela detrás.
Al decir ésto de que la muerte no es un tema literario enseguida algunxs preguntamos que cómo es eso de que la muerte no es un tema literario, que qué pasa entonces con Crónica de una muerte anunciada ó Cinco horas con Mario o las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique o tantas otras obras en las que se trata la muerte.
Y nos respondió que lo que no es un tema literario es la muerte real, el hecho en sí de morirte, de estar vivo y dejar de estarlo. Que sobre eso no quiere leer nada nadie. Que no tiene ningún interés. Que ahí no hay nada que contar: uno está, se muere, y deja de estar. Y ya. No hay más historia. No hay cuento.

Pero que lo que sí es literario es hablar de la despedida, de la memoria, de la simbología de la muerte, de lo que ocurre con quienes se quedan o con quien se va, de las repercusiones de que alguien muera, etc., etc., etc.

Y claro, ahí sí que están esas obras que recordábamos y tantas más en las que hay muertes y se trata todo lo que ocurre alrededor de esas muertes.

Y claro, ahí sí que mi textito se queda fuera. Yo hablo en ese párrafo sólo de alguien que se muere y alguien que le acompaña. No hay más. He vuelto a leerlo. No estoy seguro de cuánto me gusta ahora, unas semanas después de escribirlo y leerlo. He entendido la critica que me hacía Ángel y me parece que es muy pertinente al texto que llevé. Pero también he pensado que hay veces que uno escribe algo no necesariamente para hacer literatura o para que alguien le lea, sino para pensar y pensarte. Y creo que eso es lo que yo hice con este texto: es una especie de reflexión en voz alta, una pensada sobre cómo morir, y el 'fallo' fue llevarlo a clase como si fuera un cuento...

A pesar de todo, puse una energía en este parrafito que me parece que mereció la pena. Y por eso me apetece compartirlo hoy aquí.


Y porque hoy es también un buen día para mí para pensar en la muerte de personas queridas y en cómo me gustaría acompañarlas o que me acompañen cuando me toque...

***

Por cierto, ayer vi Truman.

lunes, 16 de enero de 2017

Final semanal

Esta mañana, volviendo en tren de Algeciras a Madrid, me han llamado de la Cadena Ser para decirme que el mío era uno de los tres minicuentitos finalistas de la final semanal de hoy del concurso Relatos en Cadena.
Me han alegrado el resto del viaje y del día.

No he pasado a la final mensual. Y ha sido extraño porque todo el mundo me ha escrito diciéndome que sin ninguna duda era mejor mi minicuentito que los otros dos: amistades, compañeros del taller de escritura, mi madre y mis tíos y toda mi familia....
;-)))

Pero sigo más contento que ná: me quedo con que de los 790 presentados esta semana el mío ha sido uno de los tres elegidos.

Y ya pensando en el de la semana que viene...
¡¡¡Seguimos!!!