Desde hace varias semanas ando "abandonando" libros por ahí, con la confianza de que encuentren a alguien que los quiera leer y darles una nueva oportunidad de seguir vivos. Me gusta fantasear pensando en quién los encontrará, qué cara pondrá al verlos (interés, sorpresa, hastío, curiosidad, alegría...), cuáles de ellos podrán interesarle o si al dar con ellos recuerda a alguna otra persona a quien regalárselos. En un par de ocasiones, una vez en Madrid y otra en La Cabrera, al lado de casa, he tenido la suerte de ver cómo alguien los hojeaba y se llevaba alguno.
Hace unos días volví a pasar por un lugar en el que había dejado varios (está al lado de donde vivo y paso por allí a diario) y vi que a uno de los libros que había dejado unas horas antes le habían arrancado unas cuantas páginas y lo habían tirado al suelo.
En realidad no sé qué pasa con la inmensa mayoría de los libros que abandono: muchos serán ignorados por quien los vea, unos cuantos serán hojeados por alguien, unos pocos, tal vez, serán llevados a alguna casa y, quizá, alguno de ellos sea leído por alguien. Pero sé que muchos irán a la basura, quizá les llueva, les cague un pájaro, se caigan de donde los he dejado por el viento y se estropeen en el suelo, les salpique un coche al pasar...
No tengo ni idea de qué pasará con cada uno de ellos.
Y no me preocupa: el juego es dar la posibilidad de que algunos libros, ya muy usados, muy leídos, que ya han vivido, sigan vivos un tiempo más y que alguien vuelva a recorrer sus páginas.
No hay pretensiones. No hay expectativas. No hay estadísticas de cuántos son recogidos ni leídos ni perdidos.
Pero hay algo desolador en encontrar un libro roto. Es desalentador pensar en alguien que encuentra un libro en la calle, en un banco, en el campo, en un asiento del metro, donde sea, lo coge, hojea un momento sus páginas, mira la portada un instante, lo rompe y lo tira.
Por más que lo pienso no deja de sorprenderme.
Pero... ¡seguimos!
He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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domingo, 2 de septiembre de 2018
jueves, 2 de agosto de 2018
Libros que buscan a alguien que los lea
En casa tengo algunos libros de los que me quiero deshacer: porque no me interesan, porque alguien me los dio o me los regaló sin conocerme mucho, porque han llegado aquí por error, porque los leí en su momento pero ahora no siento que tengan que acompañarme... en fin, por muchos motivos.
Me espanta la idea de tirar los libros a la basura o al contenedor del papel, y además siempre pienso que para cualquier libro, por raro que pueda resultar, hay algún/a lector insospechado por ahí esperando. Y que tal vez simplemente lo único que hay que hacer es lograr que sus caminos, el del libro y el de quien quizá quiera leerlo, se crucen.
Así que he decidido coger algunos de esos libros con los que ya no quiero vivir y dejarlos en sitios en los que alguien dé con ellos, y que con un poco de suerte quien dé con ellos sea ese lector o lectora a quien tal vez sí le siente bien su compañía...
Me espanta la idea de tirar los libros a la basura o al contenedor del papel, y además siempre pienso que para cualquier libro, por raro que pueda resultar, hay algún/a lector insospechado por ahí esperando. Y que tal vez simplemente lo único que hay que hacer es lograr que sus caminos, el del libro y el de quien quizá quiera leerlo, se crucen.
Así que he decidido coger algunos de esos libros con los que ya no quiero vivir y dejarlos en sitios en los que alguien dé con ellos, y que con un poco de suerte quien dé con ellos sea ese lector o lectora a quien tal vez sí le siente bien su compañía...
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libros abandonados
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