He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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sábado, 24 de diciembre de 2016

Blanca Navidad

Al principio todo iba normal, si por normal se entiende que un ser fabuloso, de rizos rubios hasta los hombros y alas de pluma de oca, como las que a veces se escapan por las costuras de los edredones, bajara hasta la casa de María y, allí, en el atrio de columnas románicas —eso sí que resultaba extraño: columnas románicas en Nazaret— le anunciara la buena nueva. Pero, en efecto, todo iba exactamente de esa forma: el ser fabuloso, de rizos rubios hasta los hombros y alas de pluma de oca, con ojos almendrados entre el azul, el verde y el rosa, y de una belleza, más que inenarrable, asexuada, descendió hasta la casa de María —una casa humilde pero limpia y muy cuidada, y con tiestos de geranios a lo largo del atrio de columnas, románicas tal como hemos dicho— para anunciarle la buena nueva: que era llena de gracia y bendecida entre todas las mujeres. María se quedó boquiabierta. El arcángel, viendo la turbación de la mujer, comprendió que el aparato escénico había sido realmente impresionante: quizás se les había ido un poco la mano. Para tranquilizarla le dijo que no tenía por qué tener miedo, que simplemente había venido a anunciarle que tendría un hijo al que llamaría Jesús. La mujer —¿cómo no?— aceptó la noticia de buen grado y el arcángel desapareció en un santiamén, con el mismo desparpajo con el que había aparecido. Horas más tarde, cuando su marido, José, volvió del taller —era carpintero—, María le explicó lo sucedido. José se quedó de pasta de boniato.
También entra dentro de la normalidad más absoluta la disposición del emperador Augusto, que ordenaba que todos los súbditos del Imperio Romano se empadronaran, cada uno en el pueblo o en la ciudad de donde su familia fuese originaria. Por eso, José y María tomaron el burro y se fueron a Belén. María iba sobre el animal, sentada de lado, y José a pie, tirando de las riendas. Lo que —como las columnas románicas— tampoco era en absoluto normal era todo aquello de la nieve. Cuando llegaron a Belén vieron que el pueblo entero estaba nevado, hasta el horizonte, sobre el que campaba un cielo negro y con estrellas de cinco y seis puntas, inmóviles y como recortadas. En Palestina la nieve era un fenómeno meteorológico casi ignorado. Generaciones y generaciones de ciudadanos nacían y morían sin haberla conocido, y sin que ello les preocupase lo más mínimo. Y si habían oído hablar de ella era por viajeros de países lejanos, que citaban incluso montes en los que la nieve es perpetua. Los nativos los escuchaban absortos, pero, en cuanto los viajeros acababan su narración, volvían a sus tareas sin que la nieve les hiciese perder ni una hora de sueño. En cambio, ahora todo estaba nevado: las montañas, las calles, los tejados de las casas, el puesto de la castañera... Era nieve polvo, tan polvo que parecía harina. 
Debido a la afluencia de gente para empadronarse, no encontraron ni una habitación libre en todo Belén. Los habitantes no eran demasiado acogedores; ni la imagen de una mujer embarazada los movía a piedad. Por esto se vieron forzados a instalarse en un establo abandonado. Adecentaron un rincón, cerca de un buey adormilado y del burro que llevaban. Fue allí donde, el 25 de diciembre, María dio a luz. Era un niño precioso, saludable y llorón. José lo tomó en brazos para limpiarlo. Pero María requirió de nuevo su atención. Estaba naciendo un segundo niño.
Eran dos niños preciosos, y cada uno con su halo tipo holograma sobre la cabeza. Tras alimentarlos y ponerles los pañales —afortunadamente María había previsto recambios— los acostaron sobre un montón de paja, uno junto al otro. Movían las manos. El buey y el burro contemplaban la escena de reojo.
—¿Estás segura de que te habló de un niño? ¿No diría dos y no te fijaste?
José no entendía qué había pasado. Que fuesen dos trastocaba todos los planes. Incluso algo tan poco importante como lo del nombre. El arcángel había dicho que debía llamarse Jesús. Era un nombre que no les desagradaba; tampoco les entusiasmaba, si tenemos que ser sinceros. En aquella época, los nombres predominantes eran Sandra, Vanessa, Kevin, Jonathan e incluso Sue Ellen, que les parecían frívolos y pretenciosos. José y María habían pensado otros nombres e incluso habían hecho una lista de sus preferidos: David, Samuel, Alejandro, Abel, Moisés, Iván... De todos, el que más les gustaba era Alejandro. Era un nombre sonoro y vibrante. Si el arcángel no hubiese dejado tan claro que tenían que llamarle Jesús, le habrían puesto Alejandro, sin ninguna duda. Pero, en fin, no pudiendo llamarse Alejandro, a María el nombre de Jesús ya le parecía bien. En algún momento, José había propuesto que se llamase como él: José. Muchos amigos suyos ponían su nombre a sus primogénitos. ¿Por qué no él? María no había querido ni oír hablar de un posible cambio.
—El arcángel dijo que debía llamarse Jesús y se llamará Jesús.
No hablaron más del asunto. Se llamaría Jesús; estaba decidido. Pero ahora se encontraban con dos niños, el doble de lo que esperaban. ¿Cómo los llamarían? Después de darle muchas vueltas encontraron la solución. Uno se llamaría Jesús María y el otro Jesús José. Así respetaban la orden de que se llamase Jesús y de paso satisfacían el deseo de José: al menos, uno de los dos se llamaba como él, aunque fuera de segundo nombre. 
Eso no era más que el inicio de las duplicaciones. Desde ese momento —cavilaba José— todo sería doble. Las cunas, los vestiditos, los chupetes, el consumo de dodotis. De su cavilación lo sacó un ruido de cascos. Eran camellos que atravesaban, por un débil puente de madera, las aguas del río, que parecían inmóviles y como de papel de plata. Cuando llegaron al establo, los tres Reyes Magos se quedaron pasmados. Era la misma sorpresa que María y José habían visto en las caras de los pastores que se habían acercado a adorar al niño y, en vez de uno, se habían encontrado con dos. Uno de los pastores, que había traído como regalo un cochecito Jané monoplaza, corrió a cambiarlo por un modelo doble. Melchor, Gaspar y Baltasar —hombres curtidos en mil batallas y duchos en tomar decisiones— reaccionaron de manera rápida y, sin que ni María ni José se diesen cuenta, haciendo como que buscaban los regalos, dividieron en dos partes más o menos iguales el oro, el incienso y la mirra.
¿Eran ambos hijos de Dios? ¿O sólo lo era uno de ellos? La pregunta no tenía respuesta clara porque, si bien al lavarlos en la bañera uno de ellos (Jesús María) caminaba sobre el agua —dejando de piedra no sólo a su hermano, sino también a sus padres—, era el otro (Jesús José) quién, cuando los petitsuís se habían acabado, los multiplicaba sin problemas. Esa dualidad —calculaba Alejandro mientras colocaba el caganer al lado del cura con paraguas— se mantendría a lo largo de los años, hasta el final de sus días. Alejandro volvió a alinear las dos cunitas, contempló una vez más el belén y corrió a llamar a su padre, reputado miembro del Opus Dei, para que fuese a verlo. Confiaba que lo felicitaría por su ingenio: en vez de tirar la figurita del niño Jesús del antiguo pesebre (una de las pocas que no estaban rotas), la había incorporado a las nuevas, que habían comprado el día antes en la feria de Santa Lucía. No sabía que, esa noche, su ingenio le costaría irse a la cama sin cenar.

Del libro Tres Navidades [2003] de Quim Monzó [1952- ].

jueves, 8 de diciembre de 2016

Monzó

Estos días, por sugerencia de Ángel Zapata, mi profe en la Escuela de Escritores, he vuelto a leer El porqué de las cosas, de Quim Monzó...
Cada cuento que leo suyo me siento más y más envidioso...

martes, 6 de diciembre de 2016

La micología

Al rayar el alba el setero sale de su casa con un bastón y una cesta. Toma la carretera y, un rato más tarde, un camino, hasta que llega a un pinar. De tanto en tanto se para. Aparta con el bastón la capa de pinocha seca y descubre níscalos. Se agacha, los recoge y los mete en la cesta. Sigue andando y, más allá, encuentra rebozuelos, oronjas y agáricos.
Con la cesta llena, empieza a desandar el camino. De golpe ve el sombrero redondeado, escarlata y jaspeado de blanco, de la amanita muscaria. Para que nadie la coja le da un puntapié. En medio de la nube de polvo que la seta forma en el aire al desintegrarse, plop, aparece un gnomo con gorro verde, barba blanca y botas puntiagudas con cascabeles, flotando a medio metro del suelo.
—Buenos días, buen hombre. Soy el gnomo de la suerte que nace de algunas amanitas cuando se desintegran. Eres un hombre afortunado. Sólo en una de cada cien mil amanitas hay un gnomo de la suerte. Formula un deseo y te lo concederé. 
El setero lo mira despavorido.
—Eso sólo pasa en los cuentos.
—No —responde el gnomo—. También pasa en la realidad. Anda, formula un deseo y te lo concederé.
—No me lo puedo creer.
—Te lo creerás. Formula un deseo y verás como, pidas lo que pidas, aunque parezca inmenso o inalcanzable, te lo concederé.
—¿Cómo puedo pedirte algo si no consigo creer que haya gnomos que puedan concederme cualquier cosa que les pida?
—Tienes ante ti un hombrecito de barba blanca, con gorro verde y botas con cascabeles en las puntas, flotando a medio metro del suelo, ¿y no te lo crees? Venga, formula un deseo.
Nunca se habría imaginado en una situación así. ¿Qué pedir? ¿Riquezas? ¿Mujeres? ¿Salud? ¿Felicidad? El gnomo le lee el pensamiento. 
—Pide cosas tangibles. Nada de abstracciones. Si quieres riquezas, pide tal cantidad de oro, o un palacio, o una empresa de tales y cuales características. Si quieres mujeres, di cuáles en concreto. Si luego lo que pides te hace o no realmente feliz, es cosa tuya.
El setero duda. ¿Cosas tangibles? ¿Un Range Rover? ¿Una mansión? ¿Un yate? ¿Una compañía aérea? ¿Elizabeth McGovern? ¿Kelly McGillis? ¿Debora Caprioglio? ¿El trono de un país de los Balcanes? El gnomo pone cara de impaciencia.
—No puedo esperar eternamente. Antes no te lo he dicho porque pensaba que no tardarías tanto, pero tenías cinco minutos para decidirte. Ya han pasado tres.
Así pues, sólo le quedan dos. El setero empieza a inquietarse. Debe decidir qué quiere y debe decidirlo en seguida.
—Quiero...
Ha dicho "quiero" sin saber todavía qué va a pedir, sólo para que el gnomo no se exaspere.
—¿Qué quieres? Di.
—Es que elegir así, a toda prisa, es una barbaridad. En una ocasión como ésta, tal vez única en la vida, hace falta tiempo para decidirse. No se puede pedir lo primero que a uno se le pase por la cabeza. 
—Te queda un minuto y medio.
Quizá, más que cosas, lo mejor sería pedir dinero: una cifra concreta. Mil billones de pesetas, por ejemplo. Con mil billones de pesetas podría tenerlo todo. ¿Y por qué no diez mil, o cien mil billones? O un trillón. No se decide por ninguna cifra porque, en realidad, en una situación como ésta, tan cargada de magia, pedir dinero le parece vulgar, poco sutil, nada ingenioso.
—Un minuto.
La rapidez con que pasa el tiempo le impide razonar fríamente. Es injusto. ¿Y si pidiera poder?
—Treinta segundos.
Cuanto más lo apremia el tiempo más le cuesta decidirse. 
—Quince segundos.
¿El trillón, entonces? ¿O un millón de trillones? ¿Y un trillón de trillones?
—Cuatro segundos.
Renuncia definitivamente al dinero. Un deseo tan excepcional como éste debe ser más sofisticado, más inteligente.
—Dos segundos. Di.
—Quiero otro gnomo como tú.
Se acaba el tiempo. El gnomo se esfuma en el aire y de inmediato, plop, en el lugar exacto que ocupaba aparece otro gnomo, igualito al anterior. Por un momento el buscador de setas duda de si es o no el mismo gnomo de antes, pero no debe de serlo porque repite la misma cantinela que el otro y si fuese el mismo, piensa, se la ahorraría:
—Buenos días, buen hombre. Soy el gnomo de la suerte que nace de algunas amanitas cuando se desintegran. Eres un hombre afortunado. Sólo en una de cada cien mil amanitas hay un gnomo de la suerte. Formula un deseo y te lo concederé.
Han empezado a pasar los cinco nuevos minutos para decidir qué quiere. Sabe que si no le alcanzan le queda la posibilidad de pedir un nuevo gnomo igual a éste, pero eso no lo libra de la angustia.

Del libro El porqué de las cosas [1992] de Quim Monzó [1952- ].

sábado, 1 de octubre de 2016

Espera

Se tapa las orejas para no oír los gemidos agónicos de sus guerreros. No sabe cuántas horas han pasado desde que llegaron. No sabe cuánto tiempo lleva quieto, entre el barro, esperando. Intenta no moverse, permanecer absolutamente inmóvil. Se aprieta las orejas con fuerza. Tiembla. Trata de no oír nada, pero el ruido entra a través de la piel, de las heridas, del miedo.
Al llegar pensaron que sería fácil. Son pocos y cobardes, les dijeron los generales. Es un trámite, una escaramuza, les dijo él a sus hombres. Avanzó con ellos y enseguida supo que eran carnaza echada al enemigo para retenerle, para sujetarle unos metros o unas horas más, confiando en que pronto llegarían tropas amigas, cambiaría el tiempo, el enemigo cometería un error o algo ocurriría de repente que haría que la batalla diera un giro inesperado. Pero no ha habido ningún giro, ningún cambio, ningún error del enemigo. Lo que está ocurriendo, la realidad, es que él y sus hombres han ido a un matadero y la mayoría agoniza ya a su alrededor. Les oye gritar y morir a su lado.
Él simula su muerte. Sus hombres, desconcertados al verle caer, sin mando que les dirija, confusos, han seguido luchando sin orden, sólo tratando de sobrevivir, sin pensar en banderas que rescatar ni en fronteras que defender, sin pensar en nada eterno ni sagrado que les diera la gloria si vencían o la fama si eran vencidos. Sólo querían salir de allí vivos, escapar. Ninguno lo hará.
Él confía en que quizá pueda huir si resiste un poco más y si el enemigo no decide rematar a los caídos o prender fuego a todo cuando esté seguro de su victoria. Tiene que aguantar el dolor, el frío, el miedo. Sigue esperando, aterrado, inmóvil junto a otros cuerpos. Los de sus hombres y los de sus enemigos. En el suelo, entre el barro y la sangre y las armas, no se distinguen unos de otros. Sólo son cuerpos gimientes y fríos.
Se tapa las orejas con fuerza para no oír nada. No soporta los gemidos de los hombres moribundos a su alrededor. Se tapa las orejas para creer que no está allí. Espera.

Madrid, septiembre de 2016.

Licencia Creative Commons
Espera por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.


Uno encuentra por ahí, buscando un poco, mil métodos para poder generar o encontrar o provocar alguna semilla que acabe en un relato. Uno de ellos, que últimamente me está gustando cada vez más, es el que usan en el concurso 'Relatos en Cadena': comenzar una historia con las últimas palabras de otra.

Hace unos días leí uno de los estupendos relatos de Quim Monzó, uno de mis cuentistas favoritos, sobre Ulises y el Caballo de Troya, y me gustó mucho su última frase: Se tapa las orejas para no oír los gemidos agónicos de sus guerreros. Y este minicuento que cuelgo hoy, coincidiendo con la primera de las dos lunas nuevas que tendrá este mes de octubre, es el resultado de rumiar la frase durante unos días...

(Es cierto que habrá, entre quienes me conocen, quien piense que me ha salido un relatito con un tono un tanto sórdido y/o macabro, tal vez impropio de mí. Quizá a quienes eso piensen no les falte razón, pero en mi descargo he de decir, aunque no sé cuánto tendrá que ver, que lo he escrito durante esta semana que ahora acaba, en la que he vivido el más descomunal y asombroso dolor de muelas de cuantos he conocido en mi vida y en el mundo han sido. Así que quizá sea cierto que el cuento es un poco mohíno de más, pero no es menos cierto que yo no he estado para muchos regocijos...   ;o)

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Actualizado el 3 de octubre :: Cuando me puse a escribir este relatito hace una semana, entre ibuprofenos y amoxicilinas, una de los párrafos que me salió 'del tirón' fue éste:

No encuentra un motivo más idiota para morir que una bandera o una frontera. Pocas cosas han cambiado tanto en la historia y, sin embargo, miles de hombres siguen yendo a morir y matar por ellas creyéndolas sagradas y eternas.

Cayó más o menos por la mitad del relato. Lo escribí, lo leí y pensé que estaba perfecto. No había que tocar ni una coma. A pesar de eso, cuando releía para corregir me daba la impresión de que no encajaba, de que no venía a cuento, de que estaba fuera de lugar, pero me resistía a quitarlo porque esto que dice este párrafo era exactamente lo que yo quería contar con el relato. Le daba vueltas al resto del texto, pero de un modo u otro este dichoso parrafito siempre sobrevivía a mis tijeras...

Al día siguiente de colgarlo en el blog, cuando he empezado a recibir algunos comentarios de gente que lo ha leído, he entendido lo que creo que le pasaba: uno de esos errores de novato que cuesta asumir, hacer hablar a tus personajes con tu voz y no con la de ellos.
Estas tres líneas tienen mi voz, dicen lo que yo pienso con mis palabras, no con las del personaje que se supone que las están pensando.

En fin, con un par de días de retraso, párrafo fuera. Sin pena, sin remordimiento.
;o)
¡Seguimos!

martes, 7 de julio de 2015

La envidia

Hace añísimos, en un taller de fotografía que impartía Navia al que asistí, nos explicó que un buen criterio para saber cómo de interesante nos parecía una foto, era pensar cuánta envidia te producía no haberla hecho tú.
Me gustó. Y me pareció un criterio aplicable a muchas otras cosas...

Durante estas semanas pasadas he estado leyendo, poquito a poco, sin empacho, sin prisa pero sin pausa, Ochenta y seis cuentos, de Quim Monzó [1952- ].
Lo terminé el domingo, estando aún en Algeciras. Llevo un par de días podrido de envidia...

viernes, 3 de julio de 2015

Alguna lectura veraniega...

Me proponen a través del facebook que si me atrevo a hacer algunas sugerencias de lecturas veraniegas: podrías recomendarnos en tu blog alguna lectura veraniega, tipo "leo un poquito, vuelta y vuelta, leo, chapuzón, otro poquito..." pero de las que molan-molan.
Soy tímido para estas cosas por aquello de que quién soy yo para andar dando mi opinión y diciendo qué es interesante y qué no... Pero ahí van unas cuantas propuestas de cosas que he leído durante este año y me han gustado:

  • Y dos cositas más. Un clásicoEl satiricón de Petronio, y un librito perfecto para verano o para invierno o para cualquier momento del año, Caminar de Henry David Thoreau.
De nada.
;o)

Que disfruten...

sábado, 27 de junio de 2015

Implante

Ayer, viernes, tuve cita con mi dentista para que me hiciera un implante. Primera vez. No la primera vez que me hacen algo en el dentista, que me han hecho de todo, sino la primera vez que me hacen un implante. Ahorro los detalles por innecesarios, desagradables y quizá hirientes para sensibilidades frágiles.

Siempre he tenido terror a ir al dentista. Pánico. Una legendaria cobardía ante la idea de ir a la clínica dental me ha acompañado desde pequeño, quizá debida a las demasiadas visitas que he tenido que hacer en mi vida, a la mala fortuna de haber dado en ocasiones con dentistas que no eran todo lo hábiles o cuidadosos (o ambas) que a mí me hubiera gustado, a una dentadura de poca calidad, a un cuidado inadecuado, etc., etc. ¿Qué se yo?

A ese miedo histórico, ayer se sumaba la posibilidad de que, tras la intervención podía pasar de todo: infección, inflamación, dolores, posible hemorragia, rechazo... Así que la sugerencia de mi dentista fue que dedicara el fin de semana a hacer "reposo relativo". Así lo llama en la hoja fotocopiada que me dio con un montón de indicaciones...

En previsión de tener bien ocupado ese tiempo de reposo relativo me he hecho acompañar estos días post-implante por Gianni, Alice, Quim y Banana.

Mi dentista es una artista. No hace odontología, hace orfebrería fina, alta cocina, mecánica de precisión... Así que después de su obra de arte la recuperación está siendo maravillosa. Al susto de sentarme en ese sillón y sentir la anestesia siguió la tranquilidad de estar en buenas manos. Y luego a casita.
En resumen, que con la excusa del implante estoy aprovechando para pasar el fin de semana comiendo cosas ricas (y blanditas) y leyendo cuatro libros maravillosos...

Seguimos.