He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
Mostrando entradas con la etiqueta Gabriel García Márquez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gabriel García Márquez. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de enero de 2018

Hallazgos

Algunos de mis hallazgos del año que acaba de terminar:
  • El astillero de Juan Carlos Onetti, recomendación insistente en el taller de escritura de Zapata.
  • Las Comedias de Aristófanes: ácidas, actuales, critiquísimas.
  • El Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin
  • Querida Ijeawale y Algo alrededor de tu cuello, de Chimamanda Ngozi Adichie. Hace mucho que me gusta y leo y sigo a Chimamanda, pero siempre es un hallazgo para mí.
  • Los cuentos y novelas de Anna Gavalda: mi último hallazgo del 2017.
Un par de redescubrimientos: dos libros que había leído hace mil años, cuando estaba en COU o en la facultad, que recordaba molones, pero que ahora me han fascinado y me han dejado la cabeza del revés:
Y Nuccio Ordine, claro, con quien empecé el 2016 y ahora empiezo el 2018.

¡Seguimos!

lunes, 25 de diciembre de 2017

Cada vez hay menos libros buenos

[...] En los primeros días, Fernando terminó de leerle las crónicas comadreras de Lima, y no logró que se concentrara en nada más.
Fue su último libro completo. Había sido un lector de una voracidad imperturbable, lo mismo en las treguas de las batallas que en los reposos del amor, pero sin orden ni método. Leía a toda hora, con la luz que hubiera, a veces paseándose bajo los árboles, a veces a caballo bajo los soles ecuatoriales, a veces en la penumbra de los coches trepidantes por los pavimentos de piedra, a veces meciéndose en la hamaca al mismo tiempo que dictaba una carta. Un librero de Lima se había sorprendido de la abundancia y variedad de las obras que seleccionó de un catálogo general en que había desde filósofos griegos hasta un tratado de quiromancia. En su juventud leyó a los románticos por influencia de su maestro Simón Rodríguez, y siguió devorándolos como si se leyera a sí mismo con su temperamento idealista y exaltado. Fueron lecturas pasionales que lo marcaron por el resto de la vida. Al final había leído todo lo que cayó en sus manos, y no tuvo un autor favorito, sino muchos que lo fueron en sus distintas épocas. Los estantes de las casas diversas donde vivió estuvieron siempre a reventar, y los dormitorios y corredores terminaron convertidos en desfiladeros de libros amontonados, y montañas de documentos errantes que proliferaban a su paso y lo perseguían sin misericordia buscando la paz de los archivos. Nunca alcanzó a leer tantos como tenía. Cuando cambiaba de ciudad los dejaba al cuidado de los amigos de más confianza, aunque nunca volviera a saber de ellos, y la vida de guerra lo obligó a dejar un rastro de más de cuatrocientas leguas de libros y papeles desde Bolivia hasta Venezuela.
Antes que empezara a perder la vista se hacía leer de sus amanuenses, y terminó por no leer de otra manera por el fastidio que le causaban las antiparras. Pero su interés por lo que leía fue disminuyendo al mismo tiempo, y lo atribuyó, como siempre, a una causa ajena a su dominio.
«Lo que pasa es que cada vez hay menos libros buenos», decía.

De la novela El general en su laberinto [1989] de Gabriel García Márquez [1927-2014].

domingo, 19 de noviembre de 2017

Así es la vida

[...] Así es la vida.
—Así es —suspiró el coronel—. La vida es la cosa mejor que se ha inventado.

De la novela El coronel no tiene quien le escriba [1957] de Gabriel García Márquez [1927-2014].

martes, 14 de noviembre de 2017

El placer inverosímil

Aquella noche descubrí el placer inverosímil de contemplar el cuerpo de una mujer dormida sin los apremios del deseo o los estorbos del pudor.

De la novela Memoria de mis putas tristes [2004] de Gabriel García Márquez [1927-2014].

sábado, 28 de enero de 2017

Despedida

Bebe un poquito más de agua, que ya sabes que luego, por la noche, te da mucha sed. No, ya no queda nadie en la habitación. Hace rato que pedí a todos que salieran. Espera, que se te han caído unas migas en la sábana. Ya está. ¿Te recojo la cena o quieres comer un poquito más? Vale, no te preocupes, termina tranquila. No hay prisa, el enfermero volverá a pasar más tarde a recoger las bandejas que faltan. No corras. Te ayudo con eso, ¿no?, que al cortarlo me han quedado los trozos un poco grandes. Tranquila, va a ser fácil. Tus padres me dijeron que ellos no podían hacerlo. Hemos hablado mucho estas semanas, imagínate, y hace días que vimos claro que había llegado el momento. Hemos hablado tantas veces de que no querías llegar a verte así. Sí, van a estar tristes, claro. Todos vamos a estar tristes, pero no más de lo que estamos ahora. Bebe un poquito más de agua, anda, que te va a sentar bien. ¿Ya has terminado con la cena? Estupendo. No, no hagas fuerza con esa mano, que te vas a hacer daño. Yo lo recojo. Así. Perfecto. ¿Tienes bien la almohada? Un momento, que te la subo más. Ya está. Dame la mano, anda. Voy a bajar un poquito la luz y ya verás como enseguida te duermes. Tranquila, voy a estar aquí contigo todo el rato. Hasta que te duermas. Y cuando te quedes dormida aún me quedaré aquí, ¿vale? ¿Estás cómoda? Venga, descansa tranquila...

La Cabrera, enero de 2017.

Licencia Creative Commons
Despedida por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

***

Este texto breve lo hice a principios de este año para presentarlo a uno de los ejercicios que nos ha propuesto Ángel Zapata en el curso que estoy haciendo con él en la Escuela de Escritores.

Creo que me quedó corto, no me convence del todo, le falta darle un par de pensadas para que se entienda bien lo que quiero contar y dejarlo redondo, pero quise llevarlo a clase de todas formas. Por lo mismo que hoy me apetece colgarlo aquí, casi sin retocar.

Después de leerlo en clase Ángel me preguntó que qué me interesaba de este tema. Expliqué que quería escribir algo sobre la muerte y sobre acompañar y ayudar a alguien a bien morir. Y que me había salido un párrafo, quizá algo escaso, con el que me había quedado con ganas de más, pero que me interesaba mucho el tema y saber qué críticas podía recibir...

Me respondió que la muerte real no es un tema literario.

Ángel es un tipo con el culo pelao de hacer cursos y talleres de escritura y que cuando habla no da puntás sin hilo, así que aunque algunos de sus comentarios y críticas te pueden dejar un poco torcido, merece la pena darles una vuelta, o más de una, porque suelen tener mucha tela detrás.
Al decir ésto de que la muerte no es un tema literario enseguida algunxs preguntamos que cómo es eso de que la muerte no es un tema literario, que qué pasa entonces con Crónica de una muerte anunciada ó Cinco horas con Mario o las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique o tantas otras obras en las que se trata la muerte.
Y nos respondió que lo que no es un tema literario es la muerte real, el hecho en sí de morirte, de estar vivo y dejar de estarlo. Que sobre eso no quiere leer nada nadie. Que no tiene ningún interés. Que ahí no hay nada que contar: uno está, se muere, y deja de estar. Y ya. No hay más historia. No hay cuento.

Pero que lo que sí es literario es hablar de la despedida, de la memoria, de la simbología de la muerte, de lo que ocurre con quienes se quedan o con quien se va, de las repercusiones de que alguien muera, etc., etc., etc.

Y claro, ahí sí que están esas obras que recordábamos y tantas más en las que hay muertes y se trata todo lo que ocurre alrededor de esas muertes.

Y claro, ahí sí que mi textito se queda fuera. Yo hablo en ese párrafo sólo de alguien que se muere y alguien que le acompaña. No hay más. He vuelto a leerlo. No estoy seguro de cuánto me gusta ahora, unas semanas después de escribirlo y leerlo. He entendido la critica que me hacía Ángel y me parece que es muy pertinente al texto que llevé. Pero también he pensado que hay veces que uno escribe algo no necesariamente para hacer literatura o para que alguien le lea, sino para pensar y pensarte. Y creo que eso es lo que yo hice con este texto: es una especie de reflexión en voz alta, una pensada sobre cómo morir, y el 'fallo' fue llevarlo a clase como si fuera un cuento...

A pesar de todo, puse una energía en este parrafito que me parece que mereció la pena. Y por eso me apetece compartirlo hoy aquí.


Y porque hoy es también un buen día para mí para pensar en la muerte de personas queridas y en cómo me gustaría acompañarlas o que me acompañen cuando me toque...

***

Por cierto, ayer vi Truman.

sábado, 9 de enero de 2016

El sitio ideal para escribir

-¿Cuál es, para ti, el sitio ideal para escribir?
-Lo he dicho varias veces: una isla desierta por la mañana y una gran ciudad por la noche. Por la mañana, necesito silencio. Por la noche, un poco de alcohol y buenos amigos para conversar. Siempre tengo la necesidad de estar en contacto con la gente de la calle y bien enterado de la actualidad.

Gabriel García Márquez: El olor de la guayaba
(Entrevista con Plinio Apuleyo Mendoza)

Citado por Enrique Páez [1955- ] en su libro Escribir.