He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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miércoles, 11 de octubre de 2017

gente que lee (184)

Marinero leyendo un cómic, 1942.
Fotografía de Thomas D. McAvoy [1905-1966]..

jueves, 18 de agosto de 2016

Medio pan y un libro

Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. "Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre", piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.
Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.
No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: "amor, amor", y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: "¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!". Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.
Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: "Cultura". Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.
Porque contra el libro no valen persecuciones. Ni los ejércitos, ni el oro, ni las llamas pueden contra ellos; porque podéis hacer desaparecer una obra, pero no podéis cortar las cabezas que han aprendido de ella porque son miles, y si son pocas, ignoráis dónde están. Los libros han sido perseguidos por toda clase de Estados, por toda clase de religiones, pero eso no significa nada en comparación de lo que han sido amados.

Discurso pronunciado por Federico García Lorca [1898-1936] en la inauguración de la biblioteca de Fuente Vaqueros, el pueblo en que nació.
Hoy, 18 de agosto, se cumplen 80 años de su asesinato, cometido sólo un mes después de iniciarse la Guerra Civil en España.
Hoy, ochenta años después de su muerte, ochenta y tantos años después de pronunciarlas, sus palabras no pueden seguir siendo más vigentes...
¡Seguimos!

sábado, 18 de junio de 2016

sábado, 14 de noviembre de 2015

París

No leer ningún libro es terrible.
Pero leer siempre el mismo es aún peor...

martes, 27 de octubre de 2015

Naipes

-Tengo noticias para vosotros. Haré como si leyera la Ley de Moisés y vosotros debéis mantener la calma. Ya no existe Austrohungría, a ver si me entendéis lo que quiere decir esto. Este otoño los maestros de escuela no podrán contar con fluidez la historia de nuestro gran imperio, sino que van a tartamudear cada vez que tengan que enseñar a los alumnos por dónde exactamente pasan las fronteras entre Hungría y Checoslovaquia, o explicarles la razón secreta o si, de hecho, ha habido razón alguna para que Eslovenia, Bosnia y Herzegovina, Croacia y Montenegro hayan pasado del puñetero imperio de los Habsburgo al de los Karageorgevich. Los maestros rusos de geografía tendrán que perder la costumbre de hablar de Polonia como de "nuestros territorios occidentales". En los países del Báltico van a bajar las banderas de Rusia, porque hasta los propios rusos están embrollados en largas discusiones sobre si su bandera ha de ser roja o tricolor. Los viejos profesores se estrujarán la sesera cuando les pregunten a qué estado pertenecen el Tirol meridional, Dobrudzha, Siebenbürgen o Galitzia, o en qué país viven los moldavos y los finlandeses. La historia, cual hábil croupier, ha barajado los naipes y los ha repartido una vez más. Todo empieza de nuevo, se reinicia el juego, las apuestas se han hecho y está por ver quién tiene escondido el as en la manga, a quién le tocará un póquer de damas y a quién un triste siete. Es una ley natural: los fuertes se comen a los débiles, pero su apetito suele ser demasiado grande para su capacidad digestiva, por eso les dan diarreas y ardores que se curan con revoluciones. Estas últimas crean el caos y del caos nacen mundos nuevos; ojalá el mundo de mañana nos salga menos cagado que el de ahora. Así, hasta el próximo reparto de naipes, o sea, hasta la próxima guerra. Ésta no va a tardar, los dientes del dragón de la revancha ya están sembrados en el fértil suelo de Europa y darán una buena cosecha, creedme. Sabbat shalom, muchachos. ¡Idos en paz a vuestras casas!

De la novela El Pentateuco de Isaac [1998] del escritor búlgaro Angel Wagenstein [1922- ].

viernes, 25 de septiembre de 2015

El final de una guerra

Yo creía que el final de una guerra se parecía al final del bachillerato: le dan a uno el título y ¡hale!, a arrojar el sombrero al aire, a emborracharse como un cosaco con los compañeros, y después a vomitar en el baño, a tirarse de cabeza en el proceloso mar de la vida. Al menos eso creía yo. Resultó que era parecido, pero sólo en parte. Uno le da la espalda a la guerra, normalmente con malas notas en historia y geografía, y enseguida le inculcan la idea de que tiene que mejorarlas en el próximo conflicto bélico que ya está asomando a la vuelta de la esquina. La esperada tregua está lejos de ser el inicio de una paz duradera. ¡Oh, no! Se trata sólo de unas breves vacaciones entre dos alegres y emotivos ejercicios de ensartar a los enemigos por las tripas con las bayonetas, de excavar trincheras; de hacer volar por los aires a personas y objetos; de atacar y contraatacar; de incendiar pueblos ajenos y de ahorcar a espías y desertores, mientras los chicos de la otra clase realizan las mismas hazañas, pero en sentido contrario.

De la novela El Pentateuco de Isaac [1998] del escritor búlgaro Angel Wagenstein [1922- ].

sábado, 12 de septiembre de 2015

Buenas noticias

No sé si has oído hablar de Salomón Kalmoviz, el genial peletero vienés que de pieles de conejos importados hacía magníficos abrigos de visón, chinchilla e incluso de leopardo. Aquel mismo Kalmoviz, al regresar a Viena de su exilio en Londres e instalarse en su apartamento de la Schwedenplatz, apenas esperó a que amaneciera para ir corriendo al primer quiosco y pedir el número del día del periódico oficial nazi Völkischer Beobachter. Le contestaron que el periódico había dejado de salir. Kalmoviz, muy amable, dio las gracias y compró una bolsita de caramelos de menta. Al día siguiente pidió una vez más el mismo periódico para que le dieran la misma respuesta. Así todas las mañanas hasta que al décimo día el vendedor le dijo fastidiado: "Señor, entérese de una vez que este periódico ya no sale ni saldrá nunca más", "Lo sé, querido, lo sé. ¡Pero es maravilloso empezar el día con una buena noticia!".

De la novela El Pentateuco de Isaac [1998] del escritor búlgaro Angel Wagenstein [1922- ]. Es una recomendación que unxs amigxs me hicieron hace varias semanas y que he disfrutado mucho...

A mediados de agosto hablaba aquí de la novela 14, de Jean Echenoz, sobre la Primera Guerra Mundial. Una novela que, en su sencillez y su brevedad, me pareció imprescindible.

Ahora me encuentro con este Isaac, un judío de Galitzia, que recorre el siglo XX siendo sucesivamente ciudadano del Imperio Austro-húngaro, de Polonia, de la URSS, de la Alemania del Tercer Reich y finalmente austriaco. Y contando toda esa peripecia vital con humor, a veces negro, salpicando todo el texto con chistes y bromas, en muchas de las cuales se ríe de sí mismo y de su condición de judío errabundo, que permiten mirar la historia del siglo pasado con cierto relativismo.
Muy recomendable.

jueves, 20 de agosto de 2015

14

El año pasado se publicaron montones de libros sobre la Primera Guerra Mundial conmemorando el primer centenario de su inicio. Echando un vistazo a las bibliografías que hay por ahí se encuentran libros sobre el desarrollo de la guerra, la estrategia militar, las consecuencias, las batallas, los personajes destacados que intervinieron... Miles de páginas contando la barbarie.

Hace un par de días leí 14, del escritor francés Jean Echenoz [1947- ].
No llega a las cien páginas. Y da la impresión de que en esas pocas páginas está todo. Se lee de una sentada, casi sin pestañear. En la primera página la imagen, bucólica y amable, de un tipo montando en bici por el campo un sábado después de comer... Parece que va a ser un cuento fácil y con poca chicha. Pero poco a poco, casi sin darte cuenta, a las pocas páginas, estás en plena guerra contando qué pasa allí, contando la sorpresa e incluso la diversión de quienes son reclutados y salen de su ciudad como si fueran de turismo unos días, el frío y el calor, el peso del equipo que cargan, la mugre, el dolor, el ruido, la soledad...

Tantas veces nos han contado la guerra como algo limpio, necesario y heroico que libros como este parecen necesarios para acercarnos a la realidad.
Quizá los ejemplos en el cine son más claros. Pienso en esas pelis en las que hay unos malos y otros buenos, los buenos acaban con los malos limpiamente y vuelven a casa. Y asunto resuelto. Tal vez uno de los ejemplos más exagerados que me vienen a la memoria sea la peli-panfleto Objetivo Birmania, rodada meses antes de terminar la Segunda Guerra Mundial, con la única intención de hacer propaganda antijaponesa en Estados Unidos en esos meses finales del conflicto. Tan absurda que a ratos parece una parodia.
Y pienso, por ponerme en el otro extremo, en la primera media hora de Salvad al soldado Ryan, otra peli también a ratos patriotera, con demasiadas banderas y con los malos demasiado malos y los buenos demasiado buenos, pero que durante esos primeros minutos en que cuenta el inicio del desembarco de Normandía muestra cómo debe ser el espanto y el miedo de situaciones así.

El libro de Echenoz no tiene desperdicio. En esas poquitas páginas (insisto) le da para contar no sólo el horror de las trincheras, sino también lo que ocurre en casa, cómo viven quienes se han quedado atrás, la relación entre mandos y tropa, la corrupción y los abusos que generan las guerras...

Con este librito vuelvo a confirmar esa teoría que tengo, y de la que cada vez estoy más convencido, de que para conocer la historia la literatura es (al menos) tan útil como los propios libros de historia.