He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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jueves, 6 de septiembre de 2018

La ardilla hacendosa

Estos días me he vuelto un poco loco en casa buscando unos documentos que necesitaba para hacer una gestión en el ayuntamiento del pueblo en el que vivo.
Al final, entre libros, periódicos, recortes, revistas, catálogos de exposiciones, fotos y papeles varios, no he logrado encontrarlo lo que buscaba, así que, después de mucho revolver, he tenido que resolverlo con un plan B.

Al contárselo a Vero, una de las más firmes partidarias (junto con María) del cerillazo para terminar con mis problemas de orden y de acumulación, me ha hecho una sugerencia bibliográfica para ayudarme a mejorar mi vida, que no puedo resistirme a colgar aquí:

Nunca deja uno de aprender...
;o)

lunes, 27 de agosto de 2018

No lea tanto

Almeda padece bastante de insomnio y el médico le ha recetado bromuro y una medicina para los nervios. Se ha tomado el bromuro, pero las gotas le han producido sueños que eran demasiado intensos e inquietantes, de modo que ha dejado el frasco para una emergencia. Le dijo al médico que notaba los globos oculares secos, como vidrio caliente, y que le dolían las articulaciones. No lea tanto, le dijo, no estudie; póngase buena y cánsese con el trabajo de la casa, haga ejercicio. Piensa que sus problemas desaparecerían si ella se casara. Lo piensa a pesar de que la mayor parte de la medicina para los nervios la prescribe a mujeres casadas.

Del cuento Meteseteung, de la escritora Alice Munro [1931- ], incluido en su libro Amistad de juventud [1990].

jueves, 24 de mayo de 2018

Los públicos

Franklin se encontró de nuevo en un ritmo fácil, un lanzador que arroja la pelota a su distancia. Notó que su público empezaba a relajarse. Las circunstancias eran insólitas, pero les estaban contando una historia y se ofrecían al narrador como han hecho los públicos a lo largo de los siglos, deseando ver qué pasaba, deseando que les explicaran el mundo.

Del cuento Los visitantes, de Julian Barnes [1946- ], incluido en su libro Una historia del mundo en 10 capítulos y medio [1989].

miércoles, 23 de mayo de 2018

A history of the world in 10 1/2 chapters

Este es el libro que me ha propuesto mi profe de inglés para que practique...
Ahí estoy... ¡peleando!

lunes, 16 de octubre de 2017

Aplastamiento de las gotas

Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol. 
Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

Julio Cortázar [1914-1984]

miércoles, 4 de octubre de 2017

Caligrafías

Leo aquí y allá que se afianza la tendencia consistente en dulcificar los cuentos infantiles de toda la vida para que los niños no se traumaticen con las desventuras de Hansel y Gretel o de Caperucita Roja, por poner dos ejemplos. Así, mientras la ficción se sosiega, la realidad se destempla. Vean: cuatro críos de cinco, siete, nueve y catorce años convivieron durante varios días con los cadáveres de su madre y de su pareja, que se habían suicidado con fármacos en el dormitorio de la vivienda tras haber sido expulsados paulatinamente por la maquinaria del sistema hacia sus márgenes. Los niños, temerosos de caer en una pesadilla novelesca digna de Stephen King si intentaban despertarlos, continuaron con sus rutinas sin mencionar a nadie lo que ocurría en casa. El mayor se ocupaba del aseo de los pequeños y los cuatro se iban cada día al colegio mientras los cadáveres se descomponían y enfriaban sobre la cama. Ignoramos cómo afrontaban los pobres huérfanos las clases de matemáticas o de caligrafía. No debe de ser fácil sumar dos y dos o escribir con buena letra mi mamá me ama en tales circunstancias. 
¿Y si dejáramos de retocar los cuentos infantiles de toda la vida para aplicarnos a mejorar la realidad que comienza a imitarlos? Después de todo, la ficción nos vacuna de los peligros de la existencia. Si ningún niño pequeño ha sido tragado hasta ahora por una vaca y expulsado horas más tarde por el culo del animal, confundido entre sus heces, ha sido sin duda gracias a un cuento donde ya sucedía eso. Cuando la fantasía desaparece, la realidad tiende a ocupar su espacio. Éranse una vez cuatro niños cuyos padres se suicidaron en la habitación de al lado mientras ellos mismos se preparaban el colacao en la cocina.

Juan José Millás [1946- ] en El País hace unos días.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

La cara B

Ella me dijo que su vida había sido como escuchar un disco horrible una y otra vez, cada día, y en un instante le habían dado la vuelta al disco, y sonaba música. Max la oyó y me sonrió. Ves, amor, ahora estamos en la cara B.

Del cuento Hasta la vista, de Lucia Berlin [1936-2004], incluido en el libro Manual para mujeres de la limpieza.

viernes, 18 de agosto de 2017

El profesor suplente

Hacia el atardecer, cuando Matías y su mujer sorbían un triste té y se quejaban de la miseria de la clase media, de la necesidad de tener que andar siempre con la camisa limpia, del precio de los transportes, de los aumentos de ley, en fin, de lo que hablan a la hora del crepúsculo los matrimonios pobres, se escucharon en la puerta unos golpes estrepitosos y cuando la abrieron irrumpió el doctor Valencia, bastón en mano, sofocado por el cuello duro.
—¡Mi querido Matías! ¡Vengo a darte una gran noticia! De ahora en adelante serás profesor. No me digas que no... ¡espera! Como tengo que ausentarme unos meses del país, he decidido dejarte mis clases de historia en el colegio. No se trata de un gran puesto y los emolumentos no son grandiosos pero es una magnífica ocasión para iniciarte en la enseñanza. Con el tiempo podrás conseguir otras horas de clases, se te abrirán las puertas de otros colegios, quién sabe si podrás llegar a la Universidad... eso depende de ti. Yo siempre te he tenido una gran confianza. Es injusto que un hombre de tu calidad, un hombre ilustrado, que ha cursado estudios superiores, tenga que ganarse la vida como cobrador... No señor, eso no está bien, soy el primero en reconocerlo. Tu puesto está en el magisterio... No lo pienses dos veces. En el acto llamo al director para decirle que ya he encontrado un reemplazo. No hay tiempo que perder, un taxi me espera en la puerta... ¡Y abrázame, Matías, dime que soy tu amigo!
Antes de que Matías tuviera tiempo de emitir su opinión, el doctor Valencia había llamado al colegio, había hablado con el director, había abrazado por cuarta vez a su amigo y había partido como un celaje, sin quitarse siquiera el sombrero.
Durante unos minutos, Matías quedó pensativo, acariciando esa bella calva que hacía la delicia de los niños y el terror de las amas de casa. Con un gesto enérgico, impidió que su mujer intercalara un comentario y, silenciosamente, se acercó al aparador, se sirvió del oporto reservado a las visitas y lo paladeó sin prisa, luego de haberlo observado contra la luz de la farola.
—Todo esto no me sorprende —dijo al fin. Un hombre de mi calidad no podía quedar sepultado en el olvido.
Después de la cena se encerró en el comedor, se hizo llevar una cafetera, desempolvó sus viejos textos de estudio y ordenó a su mujer que nadie lo interrumpiera, ni siquiera Baltazar y Luciano, sus colegas de trabajo, con quienes acostumbraba reunirse por las noches para jugar a las cartas y hacer chistes procaces contra sus patrones de la oficina.
A las diez de la mañana, Matías abandonaba su departamento, la lección inaugural bien aprendida, rechazando con un poco de impaciencia la solicitud de su mujer, quien lo perseguía por el corredor de la quinta, quitándole las últimas pelusillas de su terno de ceremonia.
—No te olvides de poner la tarjeta en la puerta —recomendó Matías antes de partir—. Que se lea bien: Matías Palomino, profesor de historia.
En el camino se entretuvo repasando mentalmente los párrafos de su lección. Durante la noche anterior no había podido evitar un temblorcito de gozo cuando, para designar a Luis XVI, había descubierto el epíteto de Hidra. El epíteto pertenecía al siglo XIX y había caído un poco en desuso pero Matías, por su porte y sus lecturas, seguía perteneciendo al siglo XIX y su inteligencia, por donde se la mirara, era una inteligencia en desuso. Desde hacía doce años, cuando por dos veces consecutivas fue aplazado en el examen de bachillerato, no había vuelto a hojear un solo libro de estudios ni a someter una sola cogitación al apetito un poco lánguido de su espíritu. Él siempre achacó sus fracasos académicos a la malevolencia del jurado y a esa especie de amnesia repentina que lo asaltaba sin remisión cada vez que tenía que poner en evidencia sus conocimientos. Pero si no había podido optar al título de abogado, había elegido la prosa y el corbatín del notario: si no por ciencia, al menos por apariencia, quedaba siempre dentro de los límites de la profesión.
Cuando llegó ante la fachada del colegio, se sobreparó en seco y quedó un poco perplejo. El gran reloj del frontis le indicó que llevaba un adelanto de diez minutos. Ser demasiado puntual le pareció poco elegante y resolvió que bien valía la pena caminar hasta la esquina. Al cruzar delante de la verja escolar, divisó un portero de semblante hosco, que vigilaba la calzada, las manos cruzadas a la espalda.
En la esquina del parque se detuvo, sacó un pañuelo y se enjugó la frente. Hacía un poco de calor, Un pino y una palmera, confundiendo sus sombras, le recordaron un verso, cuyo autor trató en vano de identificar. Se disponía a regresar —el reloj del Municipio acababa de dar las once— cuando detrás de la vidriera de una tienda de discos distinguió a un hombre pálido que lo espiaba. Con sorpresa constató que ese hombre no era otra cosa que su propio reflejo. Observándose con disimulo, hizo un guiño, como para disipar esa expresión un poco lóbrega que la mala noche de estudio y de café había grabado en sus facciones. Pero la expresión, lejos de desaparecer, desplegó nuevos signos y Matías comprobó que su calva convalecía tristemente entre los mechones de las sienes y que su bigote caía sobre sus labios con un gesto de absoluto vencimiento.
Un poco mortificado por la observación, se retiró con ímpetu de la vidriera. Una sofocación de mañana estival hizo que aflojara su corbatín de raso. Pero cuando llegó ante la fachada del colegio, sin que en apariencia nada la provocara, una duda tremenda lo asaltó: en ese momento no podía precisar si la Hidra era un animal marino, un monstruo mitológico o una invención de ese doctor Valencia, quien empleaba figuras semejantes, para demoler a sus enemigos del Parlamento. Confundido, abrió su maletín para revisar sus apuntes, cuando se percató que el portero no le quitaba el ojo de encima. Esta mirada, viniendo de un hombre uniformado, despertó en su conciencia de pequeño contribuyente tenebrosas asociaciones y, sin poder evitarlo, prosiguió su marcha hasta la esquina opuesta.
Allí se detuvo resollando. Ya el problema de la Hidra no le interesaba: esta duda había arrastrado otras muchísimo más urgentes. Ahora en su cabeza todo se confundía. Hacía de Colbert un ministro inglés, la joroba de Marat la colocaba sobre los hombros de Robespierre y por un artificio de su imaginación, los finos alejandrinos de Chenier iban a para a los labios del verdugo Sansón. Aterrado por tal deslizamiento de ideas, giró los ojos locamente en busca de una pulpería. Una sed impostergable lo abrasaba.
Durante un cuarto de hora recorrió inútilmente las calles adyacentes. En ese barrio residencial sólo se encontraban salones de peinado. Luego de infinitas vueltas se dio de bruces con la tienda de discos y su imagen volvió a surgir del fondo de la vidriera. Esta vez Matías la examinó: alrededor de los ojos habían aparecido dos anillos negros que describían sutilmente un círculo que no podía ser otro que el círculo del terror.
Desconcertado, se volvió y quedó contemplando el panorama del parque. El corazón le cabeceaba como un pájaro enjaulado. A pesar de que las agujas del reloj continuaban girando, Matías se mantuvo rígido, testarudamente ocupado en cosas insignificantes, como en contar las ramas de un árbol, y luego en descifrar las letras de un aviso comercial perdido en el follaje. 
Un campanazo parroquial lo hizo volver en sí. Matías se dio cuenta de que aún estaba en la hora. Echando mano a todas sus virtudes, incluso a aquellas virtudes equívocas como la terquedad, logró componer algo que podría ser una convicción y, ofuscado por tanto tiempo perdido, se lanzó al colegio. Con el movimiento aumentó su coraje. Al divisar la verja asumió el aire profundo y atareado de un hombre de negocios. Se disponía a cruzarla cuando, al levantar la vista, distinguió al lado del portero a un cónclave de hombres canosos y ensotanados que lo espiaban, inquietos. Esta inesperada composición —que le recordó a los jurados de su infancia— fue suficiente para desatar una profusión de reflejos de defensa y, virando con rapidez, se escapó hacia la avenida.
A los veinte pasos se dio cuenta que alguien lo seguía. Una voz sonaba a sus espaldas. Era el portero.
—Por favor —decía—. ¿No es usted el señor Palomino, el nuevo profesor de historia? Los hermanos lo están esperando. 
Matías se volvió, rojo de ira.
—¡Yo soy cobrador! —contestó brutalmente, como si hubiera sido víctima de alguna vergonzosa confusión.
El portero le pidió excusas y se retiró. Matías prosiguió su camino, llegó a la avenida, torció hacia el parque, anduvo sin rumbo entre la gente que iba de compras, se resbaló en un sardinel, estuvo a punto de derribar a un ciego y cayó finalmente en una banca, abochornado, entorpecido, como si tuviera un queso por cerebro.
Cuando los niños que salían del colegio comenzaron a retozar a su alrededor, despertó de su letargo. Confundido aún, bajo la impresión de haber sido objeto de una humillante estafa, se incorporó y tomó el camino de su casa. Inconscientemente eligió una ruta llena de meandros. Se distraía. La realidad se le escapaba por todas las fisuras de su imaginación. Pensaba que algún día sería millonario por un golpe de azar. Solamente cuando llegó a la quinta y vio que su mujer lo esperaba en la puerta del departamento, con el delantal amarrado a la cintura, tomó conciencia de su enorme frustración. No obstante se repuso, tentó una sonrisa y se aprestó a recibir a su mujer, que ya corría por el pasillo con los brazos abiertos.
—¿Qué tal te ha ido? ¿Dictaste tu clase? ¿Qué han dicho los alumnos?
—¡Magnífico!... ¡Todo ha sido magnífico! —balbuceó Matías—. ¡Me aplaudieron! —pero al sentir los brazos de su mujer que lo enlazaban del cuello y al ver en sus ojos, por primera vez, una llama de invencible orgullo, inclinó con violencia la cabeza y se echó desoladamente a llorar.

Cuento escrito en 1957 por el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro [1929-1994].

miércoles, 9 de agosto de 2017

Lucia y Chimamanda

Dos sugerencias de lecturas para este mes de agosto que me están gustando mucho estos días.
Dos cuentistas, dos mujeres, las dos escritoras en inglés: Lucia Berlin [1936-2004] y Chimamanda Ngozi Adichie [1977- ], de quien ya he hablado aquí en otras ocasiones y de quien soy muuuy fan.

domingo, 2 de julio de 2017

Decálogo

1. El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector a su vez pueda contarlo.
2. La historia del cuento debe ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada y si es inventada real.
3. El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.
4. La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello junto mejor. Si no logra ninguno de estos efectos no existe como cuento.
5. El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin ornamentos ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.
6. El cuento debe sólo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja.
7. El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, informe, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral.
8. El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.
9. En el cuento no puede haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible.
10. El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un sólo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado.   

Encontré este decálogo en la introducción de la edición a los cuentos de Julio Ramón Ribeyro [1929-1994] publicada en la colección Letras Hispánicas de Cátedra.

viernes, 23 de junio de 2017

El libro de arena

...thy rope of sands...
George Herbert (1593-1623)


   La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes... No, decididamente no es éste, more geometrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.
   Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas. 
   Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.
   —Vendo biblias —me dijo.
   No sin pedantería le contesté:
   —En esta casa hay biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.
   Al cabo de un silencio me contestó.
   —No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.
   Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.
   —Será del siglo diecinueve —observé.
   —No sé. No lo he sabido nunca —fue la respuesta.
   Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.
   Fue entonces que el desconocido me dijo:
   —Mírela bien. Ya no la verá nunca más.
   Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.
   Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:
   —Se trata de  una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?
   —No —me replicó.
   Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:
   —Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.
   Me pidió que buscara la primera hoja.
   Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro. 
   —Ahora busque el final.
   También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:
   —Esto no puede ser.
   Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:
   —No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número.
   Después, como si pensara en voz alta:
   —Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo. 
   Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:
   —¿Usted es religioso, sin duda?
   —Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico
   Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.
   —Y de Robbie Burns —corrigió.
   Mientras hablábamos yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:
   —¿Usted se propone ofrecer este curioso especimen al Museo Británico?
   —No. Se lo ofrezco a usted —me replicó, y fijó una suma elevada.
   Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.
   —Le propongo un canje —le dije—. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.
   —A black letter Wiclif! —murmuró.
   Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo. 
   —Trato hecho —me dijo.
   Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.
   Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.
   Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descabalados de Las Mil y Una Noches. 
   Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la madrugada prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. en una de ellas vi grabada una máscara. El ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.
   No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.
   Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad. 
   Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.
   Recordé haber leído que le mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.
   Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.

El libro de arena, Jorge Luis Borges [1899-1986].

miércoles, 10 de mayo de 2017

Visor

   Un hombre sin manos llamó a mi puerta para venderme una fotografía de mi casa. Si exceptuamos los ganchos cromados, era un hombre de aspecto corriente y tendría unos cincuenta años.
   —¿Cómo perdió las manos? —le pregunté cuando me dijo lo que quería.
   —Esa es otra historia —respondió—. ¿Quiere la foto o no?
   —Pase —le invité—. Acabo de hacer café.
   Acababa de hacer también un poco de jalea, pero eso no se lo dije.
   —Necesitaría ir al retrete —dijo el hombre sin manos.
   Yo quería ver cómo sostenía la taza de café.
   Sabía cómo sostenía la cámara. Era una vieja Polaroid grande y negra. La llevaba sujeta con correas de cuero que le rodeaban los hombros y le abrazaban la espalda. Era así como mantenía la cámara pegada al pecho. Se ponía en la acera, enfrente de tu casa, la encuadraba en el visor, apretaba el botón con uno de los ganchos, y ahí tenías tu fotografía.
   Lo había estado observando desde la ventana, claro.

   —¿Dónde ha dicho que está el retrete?
   —Por ahí, a la derecha.
   Doblándose, encorvándose, se liberó de las correas. Puso la cámara sobre el sofá y se estiró la chaqueta.
   —Puede ir mirándola mientras tanto.
   Le cogí la fotografía.
   Un pequeño rectángulo de césped, el camino de entrada, el cobertizo de los coches, la escalera principal, el ventanal en saledizo y la ventana de la cocina desde donde había estado mirando.
   ¿Por qué habría de querer yo una fotografía de tal desastre?
   Me acerqué un poco más a ella y vi mi cabeza, mi cabeza, allí dentro, tras la ventana de la cocina.
   Me hizo pensar; el verme a mí mismo de ese modo. Lo digo en serio: es algo que le hace pensar a uno.
   Oí la cisterna. Se acercó por el pasillo, subiéndose la cremallera y sonriendo; con un gancho se sostenía el cinturón, con el otro se metía la camisa en los pantalones.
   —¿Qué le parece? —preguntó—. ¿Está bien? Personalmente opino que ha salido bien. ¿Sé lo que me hago o no? Admitámoslo: para estas cosas hace falta un profesional.
   Se tiró de los genitales.
   —Aquí está el café —dije.
   Preguntó:
   —Está solo, ¿no es eso?
   Echó una ojeada a la sala. Meneó la cabeza.
   —Es duro, es duro —se lamentó.
   Se sentó junto a la cámara, se echó hacia atrás con un suspiro y sonrió como si supiera algo que no iba a decirme.
   —Tómese el café —le sugerí.

   Yo intentaba encontrar algo que decir.
   —Había por aquí tres chiquillos que querían pintar mi dirección en el bordillo. Me pedían un dólar por hacerlo. ¿Usted no sabrá nada de eso?
   Era una posibilidad remota. Pero lo observé, de todos modos.
   Se inclinó hacia adelante, dándose aires de importancia, con la taza en equilibrio entre los ganchos. Luego la dejó encima de la mesa.
   —Trabajo solo —declaró—. Siempre lo he hecho y siempre lo haré. ¿Qué es lo que quiere decir?
   —Buscaba una relación.
   Tenía dolor de cabeza. Ya sé que el café no es bueno para el dolor de cabeza, pero a veces la jalea ayuda. Cogí la fotografía.
   —Estaba en la cocina —comenté—. Normalmente estoy en la parte de atrás.
   —Sucede todos los días —dijo—. Así que se han ido y lo han abandonado, ¿no es eso? Bien, créame: trabajo solo. Así que, ¿qué dice? ¿Quiere la foto?
   —Me la quedaré —respondí.
   Me puse en pie y recogí las tazas.
   —Estaba seguro —dijo—. Tengo una habitación en la ciudad. No está mal. Cojo el autobús y salgo del centro, y cuando he terminado con los alrededores, me voy a otra ciudad. ¿Comprende lo que digo? Mire, yo también tuve chicos. Como usted.
   Me quedé quieto con las tazas y miré cómo bregaba para levantarse del sofá.
   Me explicó:
   —Precisamente llevo esto por culpa de ellos.
   Miré detenidamente los ganchos.
   —Gracias por el café y por dejarme usar el retrete. Cuenta usted con mi comprensión.
   Alzó y bajó los garfios.
   —Demuéstrelo —le pedí—. Demuéstreme hasta qué punto me comprende. Saque más fotografías de mí y de mi casa.
   —No resultará —dijo el hombre—. Ellos no van a volver.
   Pero le ayudé a ponerse el correaje. 
   —Puedo hacerle un precio especial —ofreció—. Tres por un dólar —añadió—. Si se las dejo más baratas, no me compensa.

   Salimos fuera. Ajustó el obturador. Me dijo dónde debía situarme, y nos pusimos manos a la obra.
   Íbamos desplazándonos alrededor de la casa. Sistemáticamente. En unas yo miraba de soslayo, en otras de frente.
   —Bien —aprobaba él—. Estupendo. Y al cabo dimos la vuelta completa a la casa y nos encontramos de nuevo en la fachada—. Son veinte. Suficientes.
   —No —sugerí—. Encima del tejado.
   —Dios —murmuró. Examinó la calle a derecha e izquierda—. De acuerdo —aceptó—. Así se habla.
   Comenté:
   —Absolutamente todos. Se largaron de la noche a la mañana.
   —¡Pues mire esto! —exclamó el hombre, y volvió a levantar los garfios.

   Entré en casa y saqué una silla. La coloqué bajo el cobertizo de los coches. Pero no fue suficiente: no llegaba. Cogí una caja de embalaje y la puse encima de la silla.
   Se estaba bien allí arriba, en el tejado.
   Me puse de pie y miré en torno. Hice señas con las manos, y el hombre sin manos me devolvió el saludo con los ganchos.
   Y entonces fue cuando las vi, cuando vi las piedras. Era como un pequeño nido de piedras sobre la rejilla de la boca de la chimenea. Ya se sabe cómo son los chicos. Cómo las lanzan con idea de colar alguna por el agujero de la chimenea.
   —¿Preparado? —pregunté. Cogí una piedra y esperé a que el hombre me tuviera en el visor.
   —¡Listo! —exclamó.
   Eché el brazo para atrás y chillé: «¡Ahora!» Y lancé a aquella hija de perra tan lejos como pude.
   —No sé —le oí gritar—. No suelo fotografiar cuerpos en movimiento.
   —¡Otra vez! —vociferé, y cogí otra piedra.


Visor es un cuento del escritor Raymond Carver [1938-1988].

martes, 9 de mayo de 2017

Manos

Ayer, en el taller de escritura creativa al que voy en la Escuela de Escritores, Ángel Zapata nos dio una clase magnífica en la que nos desmenuzó el cuento Visor de Raymond Carver. Yo salí de allí con la cabeza dada la vuelta.
Y hoy, mientras comía en un bar de Madrid antes de ir a dar una clase, un hombre con una mano de plástico se ha puesto a hablar por teléfono a mi lado, al otro lado de la ventana.

jueves, 30 de marzo de 2017

Las buenas intenciones

El médico me ha dicho que pasee. «Tienes que pasear, Ramiro», me ha aconsejado el médico... ¡pero es que es tan sencillo aconsejar!
Es más: si fuera médico yo mismo, o sacerdote incluso ¡qué buenos consejos daría! Bien mirado resulta muy bonito (y hasta benéfico para el amor propio) esa modesta lotería que es ganarse uno el sustento aconsejando a la gente. «Tienes que pasear, Ramiro». ¡Nos ha jorobado con los paseos! Menuda solución. Pongamos además que le hago caso al médico. Mañana mismo. Digamos que a las nueve o nueve y media (ni muy temprano ni muy tarde), me levanto, me aseo, me visto, me coloco las gafas, e incluso cojo la gabardina del perchero, por si al día le da por meterse en agua.
Muy bien. Ya estoy en el portal. Y ahora... ¿qué? Eso: ¿paseo? ¡Y qué voy a ganar paseando! Hacerlo todo más difícil. Eso voy a ganar. Porque si verdaderamente decidiera dar un paseo (lo que no creo que ocurra nunca), antes sería imprescindible que meditara sobre muchas cosas... Y cosas muy sutiles además; cosas que a cualquier hombre que tuviera la cabeza en su sitio le ocuparían seguramente meses, puede que años enteros, de laboriosa reflexión. ¿Paseo a la derecha o paseo a la izquierda? ¿Paseo a lo largo de la calle, como es costumbre entre las viejecitas; o a lo ancho mejor, como los perros atolondrados? ¿Paseo a lo alto quizá, como a veces he visto que hacen las moscas? ¿Es, en general, posible, esa actividad humana a la que a falta de otro nombre más exacto (o más consolador, si se prefiere) denominamos «pasear»?
«Tienes que pasear, Ramiro», me ha dicho el médico. «¡Ah, doctor, doctor —tendría que haberle contestado—; qué bien se ven las cosas al otro lado de su mesa, rufián! ¡Qué desnudas de aristas! ¡Y cuánta crueldad (me gustaría pensar que involuntaria) puede encerrarse a veces en el consejo mejor intencionado!».

Del libro de cuentos, muy recomendable, Las buenas intenciones y otros cuentos [2001] de mi profesor de escritura Ángel Zapata [1961- ].

sábado, 18 de marzo de 2017

No hay por qué llorar

—Pero yo soy real —dijo Alicia echándose a llorar.
—No te vas a volver más real por llorar —observó Tweedledee—. No hay por qué llorar.

Diálogo de A través del espejo [1871], de Lewis Carroll [1832-1898], que me he encontrado al inicio de Las buenas intenciones y otros cuentos, el libro de mi profe Ángel Zapata que estoy leyendo estos días.

viernes, 10 de marzo de 2017

Nadie es feliz solo

Querido lector:
   Ya es hora de que te reciba a la puerta de mi pequeña Arca de Noé. Has acudido a visitarla con una constancia tan espontánea y tan pura, que tengo que perder el miedo a parecer ufano de mi obra, y acudir delicadamente a saludarte al menos una vez. La gentileza no se paga con descortesía, y yo soy instintivamente agradecido y correcto.
   Este libro ha tenido la suerte de agradarte, y esto es algo que siempre me ha llenado de júbilo. Escribo para ti desde que empecé, sin lisonjearte, evidentemente, pero también sin ser insensible a tus reacciones. Formamos parte de un mismo presente temporal y, lo quieras o no, de un mismo futuro intemporal. Ahora sufrimos las vicisitudes que el momento nos impone, compañeros como somos en la apremiante realidad cotidiana; más tarde seremos el polvo de la Historia, el ejemplo prometedor o maldito, el pretérito que se cumplió bien o mal. Si yo hoy olvidase tus angustias y tú las mías, seríamos ambos traidores a una solidaridad de cuna, umbilical y cósmica; si mañana no estuviésemos unidos en los hechos fundamentales que la posteridad ha de juzgar, estos años pasados perderían todo su significado, porque donde está o ha estado un hombre es necesario que esté o haya estado toda la humanidad.
   Unidos, pues, de este modo para la vida y para la muerte, bueno es que el azar haya hecho que te gusten estos Bichos. Apostar literariamente en el porvenir es un bello juego, pero es el juego de quien ya se ha resignado a perder el presente. Ahora bien, yo soy hermano tuyo, nací cuando tú naciste, y prefiero llegar al Juicio Final teniéndote junto a mí, en la paz de una fraternidad de raíz, que entrar en él solitario, como lobo descarriado. Nadie es feliz solo, ni siquiera en la eternidad. Además, un cuento que te ha agradado a ti tiene algunas posibilidades de agradarles también a tus nietos. ¿Por qué razón no iba a seducirles a estos pequeños andar a nidos? Y si no es así, paciencia: me pondré un poco triste, pero seguiré a tu lado, firme, con el simple y honrado consuelo de haber sido al menos un hombre de mi época.
   Eres, pues, dueño como yo de este libro y, al saludarte a su entrada, no pretendo sugerirte que lo leas a la luz de la imaginación, ni atraer tu mirada hacia la penumbra de su simbología. Esto no me corresponde a mí, porque el árbol no explica sus frutos, aunque le guste que se los coman. Te saludo, simplemente, con esta alegría natural, contengo por haber construido una barcaza en que nuestra condición se ha encontrado, y en la que un día podremos, si quieres, atravesar juntos el Leteo, que es, como sabes, uno de los cinco ríos del Infierno, cuyas aguas beben las sombras, haciéndoles olvidar el pasado.

Prólogo de Bichos [1940], libro de cuentos del escritor portugués Miguel Torga [1907-1995].

viernes, 3 de febrero de 2017

Puede ser

Un granjero vivía en una pequeña aldea. Sus paisanos lo consideraban afortunado porque tenía un caballo, que utilizaba para labrar y transportar la cosecha. Pero un día el caballo se escapó. La noticia corrió pronto por el pueblo, de manera que al llegar la noche los vecinos fueron a consolarle por aquella grave pérdida. Todos le decían: «¡Qué mala suerte has tenido!». La respuesta del granjero fue un sencillo: «Puede ser».
Pocos días después, el caballo regresó, trayendo consigo dos yeguas salvajes que había encontrado en las montañas. Enterados los aldeanos, acudieron de nuevo a su casa, esta vez para darle la enhorabuena y comentarle su buena suerte, a lo que él volvió a contestar: «Puede ser».
Al día siguiente, el hijo del granjero trató de domar a una de las yeguas, pero ésta lo arrojó al suelo y el joven se rompió una pierna. Los vecinos visitaron al herido y lamentaron su mala suerte, pero el padre se limitó a decir otra vez: «Puede ser».
Una semana más tarde aparecieron en el pueblo los oficiales de reclutamiento para llevarse a los jóvenes al ejército. El hijo del granjero fue rechazado por tener la pierna rota. Al atardecer, los aldeanos que habían despedido a sus hijos se reunieron en la taberna y comentaron la buena estrella del granjero, mas éste, como ya podemos imaginar, contestó nuevamente: «Puede ser».
Y así ad infinitum. Por lo que de nuevo cabe aquí la pregunta esencial: ¿qué sabemos?

Cuento taoísta citado por Joan Garriga [1957- ] en su libro Vivir en el alma [2008].

martes, 24 de enero de 2017

Cosmogonía

En el momento de crear el mundo Dios era una liebre, no todo tiene explicación, era una liebre, punto; de manera que cuando Dios dijo «hágase la luz» lo dijo con una boca pequeñísima, una boca ridícula, de liebre, y la luz se hizo, es verdad, pero se hizo igual que la vemos ahora: una luz triste y medio paralítica, una birria de luz, y yo (que de algún modo estaba allí con Dios, estaba en parte, si no recuerdo mal) le dije en confianza:
—¿A ti te parece que esto es una luz: una luz de las buenas?
No medí las palabras, lo reconozco. Pude ser mucho más diplomático. Porque el caso es que Dios se me quedó mirando con aire de condescendencia. Y entonces yo, en vez de plegar velas, me crecí:
—Te voy a ser sincero —le dije—: una luz como la que has creado puedes metértela donde te quepa. No te ofendas. Pero puedes metértela donde te quepa, de verdad.
Las liebres no tienen aguante, ahora lo sé. A una liebre tú no le puedes decir las cosas a la cara, y si esa liebre encima es Dios, ni hablemos. ¿Hay un solo Dios? Sí, hay un solo Dios, pero en el momento de crear el mundo era una liebre. La idea misma de crear el mundo solo pudo ocurrírsele a una liebre, apesta a idea de liebre; y por eso cuando yo le dije que aquella luz color mierda de liebre que había creado podía metérsela en mal sitio, no es solo ya que no me hiciera caso literalmente (con eso no contaba), sino que se agarró un rebote de tres pares. ¿Qué hizo entonces?
Pues crear todo lo demás. De golpe. Nada de «en siete días». Eso es mentira. Dios creó el mundo en un pispás porque no es capaz de encajar una crítica. Y lo hizo cabreadísimo, ya digo. Creó las estrellas, separó las aguas, creó a mala leche a José Feliciano, creó el nadir, el orto, creó un diccionario de bolsillo para buscar «Nadir» y «Orto», creó los animales que pueblan el mar, los mejillones y toda esa inmundicia, y en medio de aquella catástrofe yo seguía allí, de pie junto a la liebre, y sin dar crédito a lo que estaba viendo:
—¡Joder, joder, joder...! —decía yo desesperado, a cada nuevo acto de creación.
Y Dios venga a crear, como un poseso, no sé si convencido de lo que hacía, o por el gusto de humillarme. Porque lo cierto es que se despachó. Creó hasta hartarse. Lo último que creó fueron los santos (los creó directamente sobre sus peanas y sus hornacinas), y ya al final-final, por este orden: el queso de tetilla, el ñu azul, los protones y los antiprotones.
Cuando hubo terminado —dice la biblia—, Dios se volvió hacia su creación y vio que era buena. Eso dice la Biblia. Que era buena. ¡No te jode! Y supongo que lo dice en serio, pero yo me pregunto todavía para quién era buena la creación de Dios. ¿Para unos pocos? ¿Para los de siempre? ¿Quizá para las liebres como Él? Una liebre no tiene aspiraciones, eso está claro. Una liebre es feliz con que no la preparen al ajillo. «Liebre» y «feliz» son palabras sinónimas o casi. Un día sales al campo con una amigo —a buscar setas, por ejemplo—, y muy mal tienen que ir las cosas para que en un momento de la excursión el amigo no diga de pronto:
—¡Ahí va una liebre! ¿La has visto? ¡Qué feliz iba, la muy ladina!
—¡Lástima no tener una escopeta! —le dices tú al amigo para seguirle la corriente.
Y lo mismo sería aplicable a Dios, en el momento de crear el mundo. Me da igual lo que diga la Biblia. La creación es monstruosa. El mundo es lúgubre. El mundo es triste de cojones. Yo seguía aún al lado de la liebre —ya lo he dicho—, todavía inmóviles los dos, aunque la situación no era la misma. No era ni parecida. En absoluto. Hasta un momento antes, la liebre creaba con el pensamiento, creaba con el logos espermático y con el ojo pineal; encima de nosotros crecían colonias de madréporas y por debajo —un poco apiñadas— jugaban a las cartas las doce tribus de Israel, imagino que por matar el rato. En cambio ahora, una vez creado todo o casi todo, arriba y abajo se habían vuelto conceptos muy relativos, y esta idea de relatividad se extendía a la aguja de los metrónomos, a la cal viva, a la pelusa del melocotón, a la deriva del continente antártico... Y se extendía, además, a una velocidad vertiginosa:
—¡La relatividad de todo es pan comido! —dijeron los primeros gilipollas, que desde hacía unos minutos ya pululaban por allí.
Yo les di la razón como a los locos («que sí, que vale»). Y como a esas alturas empezaba a aburrirme, dije adiós a la liebre con la mano («sin rencores», pensé para mí), paré un taxi, y me volví a mi casa.
Me fui sin más, acabo de decirlo.
Y me fui porque sí. Porque la fiesta estaba decayendo, y a mí ese punto me deprime siempre. ¿Me dejo algo en el tintero? No lo sé: cabos sueltos si acaso. Hay una extraña variedad de junco, en el lago Ontario, que al envolverle la raíz en fieltro es capaz de imitar la voz humana. Esto no dice nada (ni a favor ni en contra) de lo que acabo de contar. Pero me deja pensativo. Y muy especialmente en lo que se refiere a la expresión «la voz humana».
Pensativo. Eso es todo.
No saquemos las cosas de quicio.

He empezado mi lista de libros de este año leyendo Materia oscura [2015], uno de los libros de relatos publicados por Ángel Zapata [1961- ], mi profe de escritura creativa en la Escuela de Escritores. Esta Cosmogonía es el relato que abre el libro...

jueves, 19 de enero de 2017

La máquina de hacer cosquillas

La penúltima vez que el padre entró en la librería de la plaza —de eso hace ya un año— fue con su hija. Cada domingo, iban a comprar el periódico y, de paso, le echaban un vistazo a la sección de libros infantiles. Hojeaban volúmenes ilustrados con cocodrilos rojos, conejos azules, jirafas verdes, y al padre le admiraba esa obsesión por cambiar el color de las cosas: naranjas amarillas, plátanos rosas, manzanas moradas. De vez en cuando, se llevaban uno. A la niña le hacía ilusión llevar el libro hasta el mostrador, dejarlo junto a la caja y esperar a que la dependienta —siempre la misma— lo metiera en una bolsa y le dijera cualquier cosa. Un día, la dependienta le regaló un huevo de chocolate envuelto en papel de plata. La niña lo llevó en la mano como un trofeo y no lo abrió hasta llegar a casa. De domingo en domingo, aquella ceremonia se fue convirtiendo en una tradición. Con una insistencia que incomodaba un poco al padre —sobre todo cuando sólo compraban el periódico—, la niña se plantaba ante el mostrador esperando —con el silencio de alguien que justo empieza a hablar y los ojos bien abiertos— recibir el huevo que la dependienta le regalaba.
Hasta que pasó lo que pasó.
El padre no volvió a la librería. Durante meses, tuvo que recuperarse, medicarse, encontrar el norte. De vez en cuando, un vendaval de postración lo destruía todo y era necesario volver a empezar: bocanadas de pasado que, organizadas en emboscada, lo atacaban con imágenes de una insultante nitidez, como cuando recordaba el día en el que inventaron el juego de la máquina de hacer cosquillas. El padre la perseguía moviendo los dedos de las manos como si fueran las patas de una araña, se acercaba a la niña, la levantaba e, imitando la voz de un monstruo televisivo, decía: «¡Cuidado con la máquina de hacer cosquillas!» Y ella pedía más y más, y se reía con unas carcajadas que el padre nunca más volverá a escuchar. De eso hace un año, aunque a él le parezca que hayan pasado treinta. 
Ayer, sin embargo, tuvo que volver a la librería. Se había comprometido a comprar un libro para un amigo que cumple años —la vida continúa, no se cansan de repetírselo— y, como lo había ido dejando hasta el último momento, no le quedó más remedio que acudir a uno de los pocos sitios abiertos en domingo. En el momento de entrar, deseó que, como mínimo, la dependienta no fuera la misma. También se prometió a sí mismo no acercarse a la sección de libros infantiles y poner en práctica todos los consejos de la gente que, de buena fe, ha intentado ayudarle. La dependienta era la misma. Lo saludó como si de verdad se alegrase de verlo y le preguntó por la niña. Haciendo de tripas corazón, el padre mantuvo una sonrisa de circunstancias atascada en los labios hasta que, entre dientes, consiguió mentir:
—Se ha quedado en casa. Está un poco resfriada.
Con una amabilidad que él no había previsto, la dependienta le ofreció un huevo de chocolate. 
—Toma. Dáselo de mi parte. 
Salió de la librería sin el libro que había ido a comprar. Entro en el coche. Miró el huevo. Antes de que los dedos le temblaran demasiado, lo desenvolvió procurando no romperlo y, lentamente, se lo fue comiendo. Sin apetito. Incapaz de guardarlo porque le habría recordado demasiado a la niña. Incapaz de tirarlo, porque le habría parecido una traición a su intensa, perdurable memoria.  

Del libro El último libro de Sergi Pàmies [2000] de Sergi Pàmies [1960- ].

sábado, 14 de enero de 2017

Carreras

Desde que a Sergio le han comprado la bici está mucho más simpático. Antes ni me hablaba y yo creo que le molestaba que Carlos me llevara a todas partes. Pero ahora es distinto.
—Te echo una carrera —me dice en cuanto llega.
Y Carlos lleva la silla hasta la cuesta y, mientras los demás vigilan en los cruces que no venga ningún coche, echamos una carrera hasta la playa. A veces gana él y a veces gano yo, y entonces Carlos y los demás me felicitan, y me dan palmadas en los hombros, y el primer día incluso levantaron la silla entre todos y me llevaron a hombros hasta la orilla. Pensé que a Sergio le molestaría, pero qué va. Es el primero que viene a recogerme —en cuanto llegamos a la arena las ruedas de la silla se atascan y siempre acabo en el suelo—, el que me da las palmadas más fuertes y el que me pellizca la cara hasta casi hacerme daño. 
—Eres una máquina, taradín —me dice.
Y, aunque a mí no me molesta, procura que Carlos no esté delante porque se pone como una fiera cuando me llama así. La bici de Sergio es roja y tiene unas rayas negras a los lados que parece que la partieran en dos. Da gusto verlo llegar a toda pastilla, pedaleando como un loco entre los chalés hasta que derrapa justo frente a las escaleras. 
—Te echo una carrera —me dice.
Y nos vamos a la cuesta y lo preparamos todo. Es una cuesta larga que llega hasta la playa, al mar que a estas horas está casi siempre oscuro. Carlos me coloca bien y me pide que me agarre fuerte. Sergio se pone las gafas de sol y, aunque sea casi de noche, desconecta el faro porque dice que la dinamo le frena. 
—Cuando quieras —me dice en voz alta. 
Ya nunca espero a que los de los cruces terminen de colocarse.
—A la de tres —le digo y cuento muy rápido.
Uno. Dos. Y siempre arranco antes de decir Tres. Carlos me empuja con fuerza, pero enseguida Sergio se pone delante, pedaleando como un loco, con la cabeza metida dentro del manillar. Pero yo me embalo, rápido, rápido, atento a cada derrape de su rueda de atrás. Antes de llegar al primer crucer hace uno largo y ya me tiene encima, pegado a su rueda. Los demás nos hacen señas, gritan, pero Sergio derrapa otra vez y estoy a su altura. Y ya solo es el viento, las casas deslizándose a toda velocidad a nuestro lado, el segundo cruce cada vez más cerca y al fondo la línea clara de la playa y el mar oscuro. A partir de aquí ya solo es cuestión de suerte. 

Del libro Ahora tan lejos [2012] de Javier Sagarna [1964- ].

El día de Reyes me di una vuelta por varias librerías de Malasaña buscando algunos regalos y aproveché para hacerme también alguno a mí mismo.
Por casualidad, en la misma tarde, y en dos librerías distintas, di con Materia oscura, uno de los libros de mi profe Ángel Zapata, y con Ahora tan lejos, de Javier Sagarna, el director de la Escuela de Escritores. Han sido dos de mis primeras lecturas de este año recién empezado y, a ratos, ha habido algunas cosas que me ha dado mucha envidia no haberlas escrito yo, como este cuentito de apenas dos páginas sobre unos niños echando carreras...