He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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martes, 19 de diciembre de 2017

Otra vez Ordine

Casi todo lo que los hombres han dicho de mejor lo han dicho en griego.

Con esta cita de la novela Memorias de Adriano [1951], de Marguerite Yourcenar [1903-1987], que por cierto aparecía aquí ayer mismo, se abre el librito Clásicos para la vida [2016] de Nuccio Ordine [1958- ]. Uno de los libros con los que cierro (asombrado y curioso) este 2017, igual que empecé (igual de asombrado y curioso) el 2016 con otro librito suyo, gracias a la recomendación de Vero, que es, como dejé escrito aquí, uno de los libros más imprescindibles que he leído.


Absolutamente recomendable. Y a pesar de no llegar a las 200 páginas, parece un libro de esos que te pueden acompañar durante mucho, mucho tiempo...

domingo, 17 de diciembre de 2017

gente que lee (203)

Marguerite Yourcenar [1903-1987], leyendo, fotografiada por la fotógrafa francesa Gisele Freund [1908-2000].

Hoy, 17 de diciembre, se cumplen 30 años del fallecimiento de la autora de Memorias de Adriano [1951]

sábado, 9 de julio de 2016

gente que lee (98)

La (futura) lectora que aparece en esta imagen se llama Adriana. Hoy, 9 de julio, cumple 32 días. Es la hija de mis amigxs Josema y Adela. Una niña muy deseada, esperada, querida.
Hace unos días fui con Vero a verles. Vero le regaló su primer libro, las Memorias de Adriano [1951] de Marguerite Yourcenar [1903-1987], con varios textos escritos aquí y allá y algún dibujo que tendrán que esperar unos cuantos años hasta que pueda disfrutarlos.
Para mí fue una tarde emocionante. Conozco a Vero y Josema desde hace más de veinte años. Hace mucho que no son sólo amigxs, sino compañerxs de vida. Gente ya imprescindible, innegociable en mi vida, que comparte el camino conmigo.
Y ahora esta pequeñaja se une a nuestros pasos...
¡Seguimos!

jueves, 15 de enero de 2015

...aquella frágil red de deleites

En la antecocina, el joven criado prestaba oído, tratando de amortiguar en lo posible el tintineo de la plata. Luego, de súbito, aquello surgía como una aparición que se oyera sin verla. Nathanael, hasta aquel momento, sólo había oído unas tonadas inseparables de las voces que las cantaban: la voz agridulce de Janet, la voz suave y un poco ronca de Foy, la hermosa voz sombría de Sarai, que removía las entrañas, o asimismo algunas estruendosas canciones que entonaban sus compañeros en la bodega del barco, y cuyo ruido, acompañado a veces por una guitarra, pese al cabeceo, invitaba a enlazarse y a bailar. También en el templo, el sonido del órgano lo había transportado a menudo hasta un mundo del que era preciso salir apenas entrado en él, pues las voces disonantes de los fieles obligaban a volver a tierra por otros tantos escalones rotos. Pero aquí la cosa era distinta.
Unos sonidos puros (Nathaniel prefería ahora aquellos que no han sufrido encarnación en la voz humana) se elevaban para luego replegarse y subir más alto aún, danzando como las llamas de una hoguera, aunque con un delicioso frescor. Se entralazaban y besaban como los amantes, pero esta comparación aún era en exceso carnal. Podrían recordar las serpientes, si no fuera porque no tenían nada de siniestros; y también a las clemátides o campanillas, de no ser porque sus delicados enredos no parecían tan frágiles, aunque lo eran: bastaba con que una puerta se cerrase de golpe para destrozarlos. Cuanto más se perseguían preguntas y respuestas entre violín y violonchelo, entre viola y clavicordio, más se imponía la imagen de unas pelotas de oro rodando por los escalones de una escalera de mármol, o la de unos surtidores de agua brotando en las pilas de las fuentes, en algún jardín como los que el señor Van Herzog decía haber visto en Italia o en Francia. Se llegaba a alcanzar un punto de perfección como nunca en la vida, pero aquella serenidad sin ejemplo era, sin embargo, variable y formada por momento e impulsos sucesivos; las mismas milagrosas uniones se rehacían; uno aguardaba su retorno, latiéndole el corazón, como si fuera una alegría esperada durante mucho tiempo; cada una de las variaciones transportaba, como una caricia, de un placer a otro placer insensiblemente diferente; la intensidad del sonido crecía y disminuía, o cambiaba en su totalidad, igual que lo hace el color del cielo. El hecho mismo de que aquella felicidad transcurriese en el tiempo llevaba a creer que tampoco se hallaba uno ante una perfección por completo pura, situada en otra esfera, como se supone que lo está Dios, sino sólo frente a una serie de espejismos del oído, igual que existen espejismos de la vista. Después, alguien tosía, rompiéndose aquella paz, y ello bastaba para recordar que el milagro sólo podía producirse en un lugar privilegiado, meticulosamente resguardado del ruido. Afuera, en la calle, continuaban chirriando los carros; rebuznaba un burro apaleado; los animales, en el matadero, mugían o agonizaban entre estertores; niños mal cuidados y alimentados lloraban en la cuna; morían algunos hombres, como antaño el mestizo, con una blasfemia en los labios húmedos de sangre; en la mesa de mármol de los hospitales, los pacientes aullaban de dolor. A mil leguas de allí, quizá, al Este o al Oeste, tronaban las batallas. Era escandaloso que aquel inmenso bramido de dolor -que nos mataría si, en un momento determinado, penetrara en nosotros por entero- pudiera coexistir con aquella frágil red de deleites.

De la novela corta, o relato largo, Un hombre oscuro, de la escritora francesa Marguerite Yourcenar [1903-1987].

miércoles, 7 de enero de 2015

Clara y el tigre

Hace un par de semanas, durante la luna nueva de diciembre, colgué aquí un relato que escribí hace más o menos un año titulado Clara. Conocía la historia de la auténtica Clara, la rinoceronte india a la que exhibieron por Europa a mediados del siglo XVIII, y me gustó pensar cómo podría haber sido su vida contada por ella misma. Imaginé tristeza, cansancio, falta de libertad, maltrato, y al mismo tiempo esa cierta sabiduría que da "andar mucho y ver mucho".

Hace unos días, leyendo Un hombre oscuro, de Marguerite Yourcenar, una de las mejores historias que he leído durante el año que acaba de terminar, me encontré estos párrafos que, inevitablemente me recordaron a Clara, a la verdadera y a la que yo imaginé, y al ambiente que me hubiera gustado ser capaz de mostrar en ese relato:

El camino de vuelta pasaba por la Kalverstraat. En un rincón había unas viejas barracas de feria, que dejaban montadas allí todo el año. Algunas, las alquilaban temporalmente a charlatanes ambulantes o a exhibidores de espectáculos. Una de ellas se hallaba iluminada: allí exhibían, mediante la entrega de medio florín, un tigre traído de las Indias. Había cola. Nathaniel llevaba dinero aquel día y nunca había tenido la ocasión de ver un tigre. Le apeteció ver ese bello animal feroz, apenas más carnívoro -pensó- que la raza de los hombres, y en cuyos hermosos ojos brilla una llamita verde. Había un cartel pequeño colgado en la puerta, que le produjo un sobresalto: la entrada era gratuita para todo el que trajese un perro, o cualquier otro animal en buen estado de salud, del que quisiera deshacerse. Precisamente, cerca de él, una burguesa de media edad, aún vistosa con su traje de color pardo y su cuello blanco, llevaba en brazos a un perrito de aguas, un cachorro de apenas dos o tres meses. La mujer comprendió que el joven la miraba con reproche.
-Mi perra ha tenido una camada. Hemos conseguido colocar a la mayoría, pero no sé qué hacer con éste.
Nathanael sacó su medio florín.
-Dádmelo a mí.

lunes, 5 de enero de 2015

...raspaduras de nuestra propia existencia.

[...] A las imágenes que yo había visto desfilar veintidós años antes vinieron a añadirse otras, nacidas de las mismas. Para todo libro que ha llegado al punto en que ya no falta sino escribirlo, siempre se produce esta proliferación. Nuevos personajes hallados por casualidad al volver de un episodio, escenas ocultas tras otras escenas como otros tantos decorados móviles [...]. Toda obra literaria se compone así de una parte de imaginación, de recuerdos y de hechos, de nociones e informaciones recibidas durante la vida mediante la palabra y los libros, y de las raspaduras de nuestra propia existencia.

Lo cuenta la escritora francesa Marguerite Yourcenar [1903-1987] hablando del proceso de escritura de una de sus novelas.

sábado, 3 de enero de 2015

En casa del maestro...

Nathanael se encontró a gusto en casa del maestro, pese a las bofetadas y golpes que llovían sobre los alumnos. Pronto le encargaron que enseñase el alfabeto a los más pequeños de sus condiscípulos, pero lo hacía muy mal, y nunca hallaba el momento oportuno para golpear con la regla de hierro los dedos de los chicos. No obstante, su aire de dulzura y su atención servían para que cundiese el buen ejemplo entre los muchachos de su edad. Por la tarde, cuando ya se habían marchado los colegiales, el maestro le permitía leer: en verano, mientras había luz, en el jardín, y en invierno, al resplandor de la lumbre, en la cocina. La escuela poseía unos cuantos libros gruesos que el maestro juzgaba demasiado valiosos y de lectura harto difícil para entregársela a la caterva de colegiales, que pronto los habrían hecho pedazos. Allí había un Cornelius Nepos, un tomo descabalado de Virgilio, otro de Tito Livio, un Atlas donde se veía Inglaterra y los cuatro continentes con el mar alrededor, y delfines en el mar, así como un planisferio celeste sobre el cual hacía el niño muchas preguntas que el maestro no siempre sabía contestar. Entre los libros menos serios, había varias obras de un tal Shakespeare, que habían obtenido grandes éxitos en sus tiempos, y la novela de Perceval, impresa en caracteres góticos muy difíciles de descifrar. El maestro le había comprado todo aquello a bajo precio a la viuda de un vicario de la vecindad, para quien los únicos libros estimables eran los sermones de su difunto marido. Nathanael aprendió de esta suerte a hablar un inglés muy puro, aunque en su casa lo destrozaban, y también un poco de latín, para el que tenía bastante facilidad. Al maestro le gustaba hacerle trabajar, pues tenía pocas ocasiones de ejercitar su propio talento, desde que ya no daba clase en un colegio de Londres. Era implacable con la gramática, y acompañaba a Virgilio golpeando acompasadamente con el índice la tabla de su pupitre.

Del relato largo, o novela corta, Un hombre oscuro, de Marguerite Yourcenar [1903-1987].

martes, 30 de diciembre de 2014

La ladrona de libros

Estos días, mientras pasaba las fiestas con la familia, he terminado de leer La ladrona de libros, del escritor australiano Markus Zusak [1975- ].
Fue una recomendación (y un préstamo personal) de una de las bibliotecarias del Centro de Humanidades de La Cabrera, en el que paso muuucho rato como usuario o dando clase como profe. Y la verdad es que no me ha decepcionado en absoluto.
Al principio es cierto que me dio un poco de pereza volver a encontrarme, otra vez, una historia de nazis, niñxs en campos de concentración, los bombardeos de la segunda guerra mundial... pero la pereza se me pasó inmediatamente al ver cómo se contaba la historia, quién la narraba y cómo avanzaba y retrocedía dando información para ir construyendo los personajes, sugiriendo, enlazando unos sucesos con otros, mostrando la afición por los libros de la protagonista y enlazándola con todo lo que le va ocurriendo.
Creo que es uno de los mejores libros de literatura juvenil que he leído en este 2014 que da sus últimos coletazos...

Ahora, en estos dos días que quedan antes del año nuevo, terminando los Articuentos completos de Millás y Como el agua que fluye de Marguerite Yourcenar.

Y pensando en los libros del año que viene...

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Yourcenar

Dice google que hoy hace 27 años que murió Marguerite Yourcenar [1903-1987]. No he leído muchas cosas suyas, aunque es una de esas escritoras que me producen mucho interés y a la que siempre tengo en la lista de "pendientes".
Uno de sus libros que he leído es Memorias de Adriano, un librito que siempre que he vuelto a él me ha parecido muy sugerente, muy evocador...

Cuando hace unos años viajé con Elia por Italia encontramos al menos un par de referencias de Marguerite Yourcenar que me gustaron.

Una de ellas fue en la isla de Capri, donde vivió durante una temporada y escribió algunas obras.

La otra fue en Villa Adriana, un lugar maravilloso en las cercanías de Roma, que no pudimos disfrutar todo lo que nos hubiera gustado porque sufrimos demasiado por el calor que hacía.
En la entrada a la Villa hay una escultura que representa a la escritora y que recuerda su trabajo sobre el emperador Adriano.

Lo dicho, este recordatorio puede ser una buena excusa para volver a esta escritora y recorrer su obra...