El lunes pasado colgué esta foto en el blog. La hice mientras esperaba para entrar a la clase de Zapata en la Escuela de Escritores.
La del lunes ha sido mi última clase del taller de escritura. Al menos de momento.
Hace ya bastantes semanas que no le estoy sacando al taller todo el partido que me gustaría y además siento que el precio es, al menos para mí ahora mismo, impagable.
Así que, después de darle muchas vueltas y pensarlo y repensarlo mucho, he decidido que me tomo un descanso. He aprendido mucho en estos meses. He acumulado mucho material, muchas propuestas y muchas ideas. Así que, si de verdad me apetece tanto escribir como siento y creo y digo, ahora puede ser un buen momento para poner en orden todo eso y escribir y escribir y escribir.
¡Seguimos!
He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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viernes, 2 de febrero de 2018
lunes, 29 de enero de 2018
sábado, 20 de enero de 2018
Tenemos que querernos
Estuvimos tendidos en el suelo unos minutos, como si hubiésemos ingerido algún narcótico. En derredor el silencio era tan absoluto que lo único que se oía era ese gorgoteo desde el interior del coche.
—¿Y ahora qué hacemos, Frank?
—Ahora tenemos que ir adelante, Cora; tienes que hacerte fuerte. ¿Estás segura de que podrás aguantar?
—Después de esto puedo aguantar todo.
—La policía te va a tener a mal traer. Tratarán de amilanarte. ¿Crees que podrás hacerles frente?
—Creo que sí.
—Tal vez te endilguen algún cargo. No creo que puedan, con todos esos testigos que tenemos, pero a lo mejor lo hacen y te pasas un año en la cárcel por homicidio por imprudencia. No quiero que te hagas ilusiones. ¿Crees que podrás soportarlo?
—Siempre que al salir te encuentre esperándome...
—Estaré allí.
—Entonces podré.
—No te preocupes por mí. Yo estoy borracho. Hay testigos. Les diré cualquier cosa para hacerles perder la pista. Así, cuando esté fresco y diga lo que debo decir, me creerán.
—No lo olvidaré.
—Y tú estás furiosa conmigo, por la borrachera. Me consideras el culpable de todo.
—Comprendo.
—Bueno, entonces estamos listos.
—Frank...
—¿Qué?
—Una cosa. Tenemos que querernos. Si nos queremos, nada puede importarnos.
—¿Y acaso no nos queremos?
—Yo seré la primera en decirlo: te quiero, Frank.
—Te quiero, Cora.
—Bésame.
Con este diálogo empieza el capítulo 9 de la novela El cartero siempre llama dos veces [1934], de James M. Cain [1892-1977]. Otro de esos libros que leí hace un millón de años y que ahora (re)descubro entusiasmado.
Zapata dice que para aprender a escribir diálogos hay que leerse a Chandler y a Hammett y, sobre todo, el cartero de James M. Cain...
martes, 26 de diciembre de 2017
Pobres diablos
Me entretuve el otro día viendo un vídeo de una chavala, Rebecca Black, en la que canta con cierto desatino juvenil, de cómo llega el viernes y las ganas que tiene de salir, y de cuando se sube en el coche con sus coleguis y le mola ir en el asiento de delante. Y de lo guay que es salir de cachondeo. Y echarse un noviete. Y tal. Y después dicen en los periódicos que es la peor canción de la historia del pop. Y además que la muchacha es una ridícula.
Luego escucho la radio y uno dice que la Sinde es una inútil y un instrumento del diablo. Otro que Zapatero es un matao y un tipo deleznable. Y otros hablan de Belén Esteban. Una advenediza chunga y paleta que hace dinero vendiendo su vida y emociones al montón.
En la cola del INEM, estoy seguro, se trata a Mourinho como a un gestor torpe que está arruinando la tradición incólume del fútbol matritense. O de Torrente, que es una porquería soez. Y otros hablarán de las grandes castañas en las que actúa Nicholas Cage, de las mierdas que canta Justin Bieber y de la ligereza de cascos de Paris Hilton.
Pero a mí, que también me lanzo a la maledicencia como si me fuese la vida en ello, se me aparecen otros pensamientos a la vez que los anteriores. Y son, por ejemplo, los siguientes: Nunca he hecho un vídeo que vean millones de personas, aunque yo canto mal, me gusta salir de juerga los viernes y elegir el sitio del coche en el que me siento. Y tampoco he llegado a ministro o a presidente. Ni arrastro a legiones de fans detrás de las historias de mi vida insulsa. Tampoco sé de fútbol, ni gano millones con películas de mal gusto. Ni me contratan en Hollywood, ni las jóvenes se desgarran las bragas escuchando discos que no he grabado, ni tengo un perfume con mi nombre o un avión privado.
Y entonces me pregunto yo quién es el que lo ha hecho tan mal.
Del libro / blog Intereses impersonales [2017] de Samuel, compañero con quien tengo la suerte de compartir el taller de escritura de los lunes con Zapata, un tipo de humor fino y género confuso, con quien espero tomarme un vino un día de estos en Cádiz antes de que termine el año...
lunes, 3 de julio de 2017
Fin de curso
Hoy terminan dos actividades a las que este curso he dedicado mucho tiempo, energía y neuronas.
Una de ellas es el concurso Relatos en Cadena. Me propuse intentar participar todas las semanas que pudiera, y después de estos diez meses estoy encantado de haber logrado no fallar ninguna de las 32 semanas y de haber conseguido, además, que uno de mis relatos fuera seleccionado en enero para una final semanal.
Y la otra es el taller de escritura creativa que he estado haciendo en la Escuela de Escritores con Ángel Zapata.
En estas últimas semanas me ha costado ir más al día y mantener el ritmo de los deberes,, pero termino con la sensación de haberme llevado lo mejor que alguien puede llevarse de algo así: haber aprendido mucho y haber conocido gente magnífica.
El año que viene más y mejor...
¡Seguimos!
Una de ellas es el concurso Relatos en Cadena. Me propuse intentar participar todas las semanas que pudiera, y después de estos diez meses estoy encantado de haber logrado no fallar ninguna de las 32 semanas y de haber conseguido, además, que uno de mis relatos fuera seleccionado en enero para una final semanal.
Y la otra es el taller de escritura creativa que he estado haciendo en la Escuela de Escritores con Ángel Zapata.
En estas últimas semanas me ha costado ir más al día y mantener el ritmo de los deberes,, pero termino con la sensación de haberme llevado lo mejor que alguien puede llevarse de algo así: haber aprendido mucho y haber conocido gente magnífica.
El año que viene más y mejor...
¡Seguimos!
martes, 20 de junio de 2017
Zapatismo
Sólo nos quedan un par de sesiones de zapatismo en la Escuela de Escritores. Este verano lo vamos a echar de menos...
El año que viene, más.
Y mejor.
¡Seguimos!
El año que viene, más.
Y mejor.
¡Seguimos!
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lunes, 12 de junio de 2017
Pellas
Contra todo pronóstico y toda costumbre hoy he hecho mis segundas pellas del año del taller de escritura de Zapata.
Las otras fueron en octubre: Albarracín.
Y esta vez ando de retiro por el norte, higiene mental... silencio... mar...
Las otras fueron en octubre: Albarracín.
Y esta vez ando de retiro por el norte, higiene mental... silencio... mar...
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martes, 6 de junio de 2017
¿Quieres irte, Ned, y no volver nunca?
Al salir de la cocina oyó a Fedink que le preguntaba en voz triste y muerta:
—¿Dónde está Ted?
El único ojo que resultaba visible estaba medio abierto. Ned se acercó:
—¿Quién es Ted?
—El chico que estaba conmigo.
—¿Estabas con alguien? ¿Cómo quieres que yo lo sepa?
Fedink abrió la boca e hizo un desagradable ruido seco al cerrarla.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Tampoco lo sé. Amanecerá pronto.
Se restregó la muchacha la cara contra la funda de cretona que recubría el almohadón en que la descansaba y dijo:
—Pues sí que me he portado bien. Le prometí ayer casarme con él y voy y le dejo para traerme a casa al primer quídam con que topo —abrió y cerró la mano que tenía encima de la cabeza y añadió—: ¿O no estoy en mi casa?
—Al menos tenías la llave de la puerta —respondió Ned—. ¿Quieres un zumo de naranja y un poco de café?
—Lo único que quiero es morirme. ¿Quieres irte, Ned, y no volver nunca?
—Me va a suponer un tremendo sacrificio —dijo él desabridamente—, pero trataré de hacerlo.
Se puso el abrigo y los guantes, sacó una arrugada gorra del bolsillo del abrigo, se la puso y salió del apartamento.
Ayer, en el taller de escritura, nuestro profe nos dijo que si queríamos aprender a escribir diálogos debíamos leernos una y mil veces El cartero siempre llama dos veces, de James M. Cain, y a Raymond Chandler y a Dashiell Hammett. Este fragmento que he colgado hoy aquí es de la novela La llave de cristal, escrita en 1931 por este ultimo.
lunes, 29 de mayo de 2017
Haciendo tiempo
El Pepe Botella, un sitio molón en Madrid, para sentarse a tomar un café y escribir un rato antes de ir al taller de escritura de Zapata.
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lunes, 15 de mayo de 2017
Deberes
Hoy vuelvo a venir sin deberes al taller de escritura. Tengo las ganas, y algunas ideas, pero me falta el tiempo o la energía o la calma para ponerme...
Quizá tengo demasiados frentes abiertos...
Quizá tengo demasiados frentes abiertos...
martes, 9 de mayo de 2017
Manos
Ayer, en el taller de escritura creativa al que voy en la Escuela de Escritores, Ángel Zapata nos dio una clase magnífica en la que nos desmenuzó el cuento Visor de Raymond Carver. Yo salí de allí con la cabeza dada la vuelta.
Y hoy, mientras comía en un bar de Madrid antes de ir a dar una clase, un hombre con una mano de plástico se ha puesto a hablar por teléfono a mi lado, al otro lado de la ventana.
Y hoy, mientras comía en un bar de Madrid antes de ir a dar una clase, un hombre con una mano de plástico se ha puesto a hablar por teléfono a mi lado, al otro lado de la ventana.
jueves, 30 de marzo de 2017
Las buenas intenciones
El médico me ha dicho que pasee. «Tienes que pasear, Ramiro», me ha aconsejado el médico... ¡pero es que es tan sencillo aconsejar!
Es más: si fuera médico yo mismo, o sacerdote incluso ¡qué buenos consejos daría! Bien mirado resulta muy bonito (y hasta benéfico para el amor propio) esa modesta lotería que es ganarse uno el sustento aconsejando a la gente. «Tienes que pasear, Ramiro». ¡Nos ha jorobado con los paseos! Menuda solución. Pongamos además que le hago caso al médico. Mañana mismo. Digamos que a las nueve o nueve y media (ni muy temprano ni muy tarde), me levanto, me aseo, me visto, me coloco las gafas, e incluso cojo la gabardina del perchero, por si al día le da por meterse en agua.
Muy bien. Ya estoy en el portal. Y ahora... ¿qué? Eso: ¿paseo? ¡Y qué voy a ganar paseando! Hacerlo todo más difícil. Eso voy a ganar. Porque si verdaderamente decidiera dar un paseo (lo que no creo que ocurra nunca), antes sería imprescindible que meditara sobre muchas cosas... Y cosas muy sutiles además; cosas que a cualquier hombre que tuviera la cabeza en su sitio le ocuparían seguramente meses, puede que años enteros, de laboriosa reflexión. ¿Paseo a la derecha o paseo a la izquierda? ¿Paseo a lo largo de la calle, como es costumbre entre las viejecitas; o a lo ancho mejor, como los perros atolondrados? ¿Paseo a lo alto quizá, como a veces he visto que hacen las moscas? ¿Es, en general, posible, esa actividad humana a la que a falta de otro nombre más exacto (o más consolador, si se prefiere) denominamos «pasear»?
«Tienes que pasear, Ramiro», me ha dicho el médico. «¡Ah, doctor, doctor —tendría que haberle contestado—; qué bien se ven las cosas al otro lado de su mesa, rufián! ¡Qué desnudas de aristas! ¡Y cuánta crueldad (me gustaría pensar que involuntaria) puede encerrarse a veces en el consejo mejor intencionado!».
Del libro de cuentos, muy recomendable, Las buenas intenciones y otros cuentos [2001] de mi profesor de escritura Ángel Zapata [1961- ].
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lunes, 27 de marzo de 2017
Sugus
Parece que los sugus son uno de los ingredientes fundamentales en los programas de formación de la Escuela de Escritores de Madrid. En casi todas las mesas hay unos poquitos...
;o)
Hoy he llegado un poco antes de tiempo a la clase de Ángel Zapata. Pero con ganas después de no haber tenido clase el lunes pasado, y contento porque después de varias semanas viniendo de vacío hoy traigo los deberes hechos...
;o)
Hoy he llegado un poco antes de tiempo a la clase de Ángel Zapata. Pero con ganas después de no haber tenido clase el lunes pasado, y contento porque después de varias semanas viniendo de vacío hoy traigo los deberes hechos...
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sábado, 18 de marzo de 2017
No hay por qué llorar
—Pero yo soy real —dijo Alicia echándose a llorar.
—No te vas a volver más real por llorar —observó Tweedledee—. No hay por qué llorar.
Diálogo de A través del espejo [1871], de Lewis Carroll [1832-1898], que me he encontrado al inicio de Las buenas intenciones y otros cuentos, el libro de mi profe Ángel Zapata que estoy leyendo estos días.
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martes, 7 de marzo de 2017
Todo empieza con una sola palabra
Ayer, en la Escuela de Escritores, antes de empezar la clase del taller de escritura creativa con Ángel Zapata.
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martes, 21 de febrero de 2017
Deberes
Cada vez que paso por una biblioteca me llevo más deberes de los que luego puedo leer... Hoy le ha tocado a Javier Tomeo [1932-2013], recomendación de Ángel Zapata en mi taller de escritura. A ver.
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sábado, 28 de enero de 2017
Despedida
Bebe un poquito más de agua, que ya sabes que luego, por la noche, te da mucha sed. No, ya no queda nadie en la habitación. Hace rato que pedí a todos que salieran. Espera, que se te han caído unas migas en la sábana. Ya está. ¿Te recojo la cena o quieres comer un poquito más? Vale, no te preocupes, termina tranquila. No hay prisa, el enfermero volverá a pasar más tarde a recoger las bandejas que faltan. No corras. Te ayudo con eso, ¿no?, que al cortarlo me han quedado los trozos un poco grandes. Tranquila, va a ser fácil. Tus padres me dijeron que ellos no podían hacerlo. Hemos hablado mucho estas semanas, imagínate, y hace días que vimos claro que había llegado el momento. Hemos hablado tantas veces de que no querías llegar a verte así. Sí, van a estar tristes, claro. Todos vamos a estar tristes, pero no más de lo que estamos ahora. Bebe un poquito más de agua, anda, que te va a sentar bien. ¿Ya has terminado con la cena? Estupendo. No, no hagas fuerza con esa mano, que te vas a hacer daño. Yo lo recojo. Así. Perfecto. ¿Tienes bien la almohada? Un momento, que te la subo más. Ya está. Dame la mano, anda. Voy a bajar un poquito la luz y ya verás como enseguida te duermes. Tranquila, voy a estar aquí contigo todo el rato. Hasta que te duermas. Y cuando te quedes dormida aún me quedaré aquí, ¿vale? ¿Estás cómoda? Venga, descansa tranquila...
La Cabrera, enero de 2017.

Despedida por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
***
Este texto breve lo hice a principios de este año para presentarlo a uno de los ejercicios que nos ha propuesto Ángel Zapata en el curso que estoy haciendo con él en la Escuela de Escritores.
Creo que me quedó corto, no me convence del todo, le falta darle un par de pensadas para que se entienda bien lo que quiero contar y dejarlo redondo, pero quise llevarlo a clase de todas formas. Por lo mismo que hoy me apetece colgarlo aquí, casi sin retocar.
Después de leerlo en clase Ángel me preguntó que qué me interesaba de este tema. Expliqué que quería escribir algo sobre la muerte y sobre acompañar y ayudar a alguien a bien morir. Y que me había salido un párrafo, quizá algo escaso, con el que me había quedado con ganas de más, pero que me interesaba mucho el tema y saber qué críticas podía recibir...
Me respondió que la muerte real no es un tema literario.
Ángel es un tipo con el culo pelao de hacer cursos y talleres de escritura y que cuando habla no da puntás sin hilo, así que aunque algunos de sus comentarios y críticas te pueden dejar un poco torcido, merece la pena darles una vuelta, o más de una, porque suelen tener mucha tela detrás.
Al decir ésto de que la muerte no es un tema literario enseguida algunxs preguntamos que cómo es eso de que la muerte no es un tema literario, que qué pasa entonces con Crónica de una muerte anunciada ó Cinco horas con Mario o las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique o tantas otras obras en las que se trata la muerte.
Y nos respondió que lo que no es un tema literario es la muerte real, el hecho en sí de morirte, de estar vivo y dejar de estarlo. Que sobre eso no quiere leer nada nadie. Que no tiene ningún interés. Que ahí no hay nada que contar: uno está, se muere, y deja de estar. Y ya. No hay más historia. No hay cuento.
Pero que lo que sí es literario es hablar de la despedida, de la memoria, de la simbología de la muerte, de lo que ocurre con quienes se quedan o con quien se va, de las repercusiones de que alguien muera, etc., etc., etc.
Y claro, ahí sí que están esas obras que recordábamos y tantas más en las que hay muertes y se trata todo lo que ocurre alrededor de esas muertes.
Y claro, ahí sí que mi textito se queda fuera. Yo hablo en ese párrafo sólo de alguien que se muere y alguien que le acompaña. No hay más. He vuelto a leerlo. No estoy seguro de cuánto me gusta ahora, unas semanas después de escribirlo y leerlo. He entendido la critica que me hacía Ángel y me parece que es muy pertinente al texto que llevé. Pero también he pensado que hay veces que uno escribe algo no necesariamente para hacer literatura o para que alguien le lea, sino para pensar y pensarte. Y creo que eso es lo que yo hice con este texto: es una especie de reflexión en voz alta, una pensada sobre cómo morir, y el 'fallo' fue llevarlo a clase como si fuera un cuento...
A pesar de todo, puse una energía en este parrafito que me parece que mereció la pena. Y por eso me apetece compartirlo hoy aquí.
Y porque hoy es también un buen día para mí para pensar en la muerte de personas queridas y en cómo me gustaría acompañarlas o que me acompañen cuando me toque...
***
Por cierto, ayer vi Truman.
martes, 24 de enero de 2017
Cosmogonía
En el momento de crear el mundo Dios era una liebre, no todo tiene explicación, era una liebre, punto; de manera que cuando Dios dijo «hágase la luz» lo dijo con una boca pequeñísima, una boca ridícula, de liebre, y la luz se hizo, es verdad, pero se hizo igual que la vemos ahora: una luz triste y medio paralítica, una birria de luz, y yo (que de algún modo estaba allí con Dios, estaba en parte, si no recuerdo mal) le dije en confianza:
—¿A ti te parece que esto es una luz: una luz de las buenas?
No medí las palabras, lo reconozco. Pude ser mucho más diplomático. Porque el caso es que Dios se me quedó mirando con aire de condescendencia. Y entonces yo, en vez de plegar velas, me crecí:
—Te voy a ser sincero —le dije—: una luz como la que has creado puedes metértela donde te quepa. No te ofendas. Pero puedes metértela donde te quepa, de verdad.
Las liebres no tienen aguante, ahora lo sé. A una liebre tú no le puedes decir las cosas a la cara, y si esa liebre encima es Dios, ni hablemos. ¿Hay un solo Dios? Sí, hay un solo Dios, pero en el momento de crear el mundo era una liebre. La idea misma de crear el mundo solo pudo ocurrírsele a una liebre, apesta a idea de liebre; y por eso cuando yo le dije que aquella luz color mierda de liebre que había creado podía metérsela en mal sitio, no es solo ya que no me hiciera caso literalmente (con eso no contaba), sino que se agarró un rebote de tres pares. ¿Qué hizo entonces?
Pues crear todo lo demás. De golpe. Nada de «en siete días». Eso es mentira. Dios creó el mundo en un pispás porque no es capaz de encajar una crítica. Y lo hizo cabreadísimo, ya digo. Creó las estrellas, separó las aguas, creó a mala leche a José Feliciano, creó el nadir, el orto, creó un diccionario de bolsillo para buscar «Nadir» y «Orto», creó los animales que pueblan el mar, los mejillones y toda esa inmundicia, y en medio de aquella catástrofe yo seguía allí, de pie junto a la liebre, y sin dar crédito a lo que estaba viendo:
—¡Joder, joder, joder...! —decía yo desesperado, a cada nuevo acto de creación.
Y Dios venga a crear, como un poseso, no sé si convencido de lo que hacía, o por el gusto de humillarme. Porque lo cierto es que se despachó. Creó hasta hartarse. Lo último que creó fueron los santos (los creó directamente sobre sus peanas y sus hornacinas), y ya al final-final, por este orden: el queso de tetilla, el ñu azul, los protones y los antiprotones.
Cuando hubo terminado —dice la biblia—, Dios se volvió hacia su creación y vio que era buena. Eso dice la Biblia. Que era buena. ¡No te jode! Y supongo que lo dice en serio, pero yo me pregunto todavía para quién era buena la creación de Dios. ¿Para unos pocos? ¿Para los de siempre? ¿Quizá para las liebres como Él? Una liebre no tiene aspiraciones, eso está claro. Una liebre es feliz con que no la preparen al ajillo. «Liebre» y «feliz» son palabras sinónimas o casi. Un día sales al campo con una amigo —a buscar setas, por ejemplo—, y muy mal tienen que ir las cosas para que en un momento de la excursión el amigo no diga de pronto:
—¡Ahí va una liebre! ¿La has visto? ¡Qué feliz iba, la muy ladina!
—¡Lástima no tener una escopeta! —le dices tú al amigo para seguirle la corriente.
Y lo mismo sería aplicable a Dios, en el momento de crear el mundo. Me da igual lo que diga la Biblia. La creación es monstruosa. El mundo es lúgubre. El mundo es triste de cojones. Yo seguía aún al lado de la liebre —ya lo he dicho—, todavía inmóviles los dos, aunque la situación no era la misma. No era ni parecida. En absoluto. Hasta un momento antes, la liebre creaba con el pensamiento, creaba con el logos espermático y con el ojo pineal; encima de nosotros crecían colonias de madréporas y por debajo —un poco apiñadas— jugaban a las cartas las doce tribus de Israel, imagino que por matar el rato. En cambio ahora, una vez creado todo o casi todo, arriba y abajo se habían vuelto conceptos muy relativos, y esta idea de relatividad se extendía a la aguja de los metrónomos, a la cal viva, a la pelusa del melocotón, a la deriva del continente antártico... Y se extendía, además, a una velocidad vertiginosa:
—¡La relatividad de todo es pan comido! —dijeron los primeros gilipollas, que desde hacía unos minutos ya pululaban por allí.
Yo les di la razón como a los locos («que sí, que vale»). Y como a esas alturas empezaba a aburrirme, dije adiós a la liebre con la mano («sin rencores», pensé para mí), paré un taxi, y me volví a mi casa.
Me fui sin más, acabo de decirlo.
Y me fui porque sí. Porque la fiesta estaba decayendo, y a mí ese punto me deprime siempre. ¿Me dejo algo en el tintero? No lo sé: cabos sueltos si acaso. Hay una extraña variedad de junco, en el lago Ontario, que al envolverle la raíz en fieltro es capaz de imitar la voz humana. Esto no dice nada (ni a favor ni en contra) de lo que acabo de contar. Pero me deja pensativo. Y muy especialmente en lo que se refiere a la expresión «la voz humana».
Pensativo. Eso es todo.
No saquemos las cosas de quicio.
He empezado mi lista de libros de este año leyendo Materia oscura [2015], uno de los libros de relatos publicados por Ángel Zapata [1961- ], mi profe de escritura creativa en la Escuela de Escritores. Esta Cosmogonía es el relato que abre el libro...
—¡Joder, joder, joder...! —decía yo desesperado, a cada nuevo acto de creación.
Y Dios venga a crear, como un poseso, no sé si convencido de lo que hacía, o por el gusto de humillarme. Porque lo cierto es que se despachó. Creó hasta hartarse. Lo último que creó fueron los santos (los creó directamente sobre sus peanas y sus hornacinas), y ya al final-final, por este orden: el queso de tetilla, el ñu azul, los protones y los antiprotones.
Cuando hubo terminado —dice la biblia—, Dios se volvió hacia su creación y vio que era buena. Eso dice la Biblia. Que era buena. ¡No te jode! Y supongo que lo dice en serio, pero yo me pregunto todavía para quién era buena la creación de Dios. ¿Para unos pocos? ¿Para los de siempre? ¿Quizá para las liebres como Él? Una liebre no tiene aspiraciones, eso está claro. Una liebre es feliz con que no la preparen al ajillo. «Liebre» y «feliz» son palabras sinónimas o casi. Un día sales al campo con una amigo —a buscar setas, por ejemplo—, y muy mal tienen que ir las cosas para que en un momento de la excursión el amigo no diga de pronto:
—¡Ahí va una liebre! ¿La has visto? ¡Qué feliz iba, la muy ladina!
—¡Lástima no tener una escopeta! —le dices tú al amigo para seguirle la corriente.
Y lo mismo sería aplicable a Dios, en el momento de crear el mundo. Me da igual lo que diga la Biblia. La creación es monstruosa. El mundo es lúgubre. El mundo es triste de cojones. Yo seguía aún al lado de la liebre —ya lo he dicho—, todavía inmóviles los dos, aunque la situación no era la misma. No era ni parecida. En absoluto. Hasta un momento antes, la liebre creaba con el pensamiento, creaba con el logos espermático y con el ojo pineal; encima de nosotros crecían colonias de madréporas y por debajo —un poco apiñadas— jugaban a las cartas las doce tribus de Israel, imagino que por matar el rato. En cambio ahora, una vez creado todo o casi todo, arriba y abajo se habían vuelto conceptos muy relativos, y esta idea de relatividad se extendía a la aguja de los metrónomos, a la cal viva, a la pelusa del melocotón, a la deriva del continente antártico... Y se extendía, además, a una velocidad vertiginosa:
—¡La relatividad de todo es pan comido! —dijeron los primeros gilipollas, que desde hacía unos minutos ya pululaban por allí.
Yo les di la razón como a los locos («que sí, que vale»). Y como a esas alturas empezaba a aburrirme, dije adiós a la liebre con la mano («sin rencores», pensé para mí), paré un taxi, y me volví a mi casa.
Me fui sin más, acabo de decirlo.
Y me fui porque sí. Porque la fiesta estaba decayendo, y a mí ese punto me deprime siempre. ¿Me dejo algo en el tintero? No lo sé: cabos sueltos si acaso. Hay una extraña variedad de junco, en el lago Ontario, que al envolverle la raíz en fieltro es capaz de imitar la voz humana. Esto no dice nada (ni a favor ni en contra) de lo que acabo de contar. Pero me deja pensativo. Y muy especialmente en lo que se refiere a la expresión «la voz humana».
Pensativo. Eso es todo.
No saquemos las cosas de quicio.
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sábado, 14 de enero de 2017
Carreras
Desde que a Sergio le han comprado la bici está mucho más simpático. Antes ni me hablaba y yo creo que le molestaba que Carlos me llevara a todas partes. Pero ahora es distinto.
—Te echo una carrera —me dice en cuanto llega.
Y Carlos lleva la silla hasta la cuesta y, mientras los demás vigilan en los cruces que no venga ningún coche, echamos una carrera hasta la playa. A veces gana él y a veces gano yo, y entonces Carlos y los demás me felicitan, y me dan palmadas en los hombros, y el primer día incluso levantaron la silla entre todos y me llevaron a hombros hasta la orilla. Pensé que a Sergio le molestaría, pero qué va. Es el primero que viene a recogerme —en cuanto llegamos a la arena las ruedas de la silla se atascan y siempre acabo en el suelo—, el que me da las palmadas más fuertes y el que me pellizca la cara hasta casi hacerme daño.
—Eres una máquina, taradín —me dice.
Y, aunque a mí no me molesta, procura que Carlos no esté delante porque se pone como una fiera cuando me llama así. La bici de Sergio es roja y tiene unas rayas negras a los lados que parece que la partieran en dos. Da gusto verlo llegar a toda pastilla, pedaleando como un loco entre los chalés hasta que derrapa justo frente a las escaleras.
—Te echo una carrera —me dice.
Y nos vamos a la cuesta y lo preparamos todo. Es una cuesta larga que llega hasta la playa, al mar que a estas horas está casi siempre oscuro. Carlos me coloca bien y me pide que me agarre fuerte. Sergio se pone las gafas de sol y, aunque sea casi de noche, desconecta el faro porque dice que la dinamo le frena.
—Cuando quieras —me dice en voz alta.
Ya nunca espero a que los de los cruces terminen de colocarse.
—A la de tres —le digo y cuento muy rápido.
Uno. Dos. Y siempre arranco antes de decir Tres. Carlos me empuja con fuerza, pero enseguida Sergio se pone delante, pedaleando como un loco, con la cabeza metida dentro del manillar. Pero yo me embalo, rápido, rápido, atento a cada derrape de su rueda de atrás. Antes de llegar al primer crucer hace uno largo y ya me tiene encima, pegado a su rueda. Los demás nos hacen señas, gritan, pero Sergio derrapa otra vez y estoy a su altura. Y ya solo es el viento, las casas deslizándose a toda velocidad a nuestro lado, el segundo cruce cada vez más cerca y al fondo la línea clara de la playa y el mar oscuro. A partir de aquí ya solo es cuestión de suerte.
Del libro Ahora tan lejos [2012] de Javier Sagarna [1964- ].
El día de Reyes me di una vuelta por varias librerías de Malasaña buscando algunos regalos y aproveché para hacerme también alguno a mí mismo.
Por casualidad, en la misma tarde, y en dos librerías distintas, di con Materia oscura, uno de los libros de mi profe Ángel Zapata, y con Ahora tan lejos, de Javier Sagarna, el director de la Escuela de Escritores. Han sido dos de mis primeras lecturas de este año recién empezado y, a ratos, ha habido algunas cosas que me ha dado mucha envidia no haberlas escrito yo, como este cuentito de apenas dos páginas sobre unos niños echando carreras...
lunes, 2 de enero de 2017
10 + 1 propósitos de año nuevo...
Quiero volver a leer el Quijote y El Señor de los Anillos.
Quiero seguir leyendo autores clásicos.
Quiero leer más sobre ciencia, sobre género y sobre historia.
Quiero leer mucha más poesía y muchos más cuentos.
Quiero leer a Proust.
Quiero seguir yendo a nuestro Club de Lectura Serrano.
Quiero seguir escribiendo.
Quiero continuar en los cursos de Ángel Zapata de la Escuela de Escritores.
Quiero participar en concursos y seguir escribiendo Relatos en Cadena.
Quiero publicar este año, sí o sí, Úrsula y el Árbol.
Y quiero seguir con este blog que me sienta tan bien...
Quiero seguir leyendo autores clásicos.
Quiero leer más sobre ciencia, sobre género y sobre historia.
Quiero leer mucha más poesía y muchos más cuentos.
Quiero leer a Proust.
Quiero seguir yendo a nuestro Club de Lectura Serrano.
Quiero seguir escribiendo.
Quiero continuar en los cursos de Ángel Zapata de la Escuela de Escritores.
Quiero participar en concursos y seguir escribiendo Relatos en Cadena.
Quiero publicar este año, sí o sí, Úrsula y el Árbol.
Y quiero seguir con este blog que me sienta tan bien...
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