He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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miércoles, 4 de octubre de 2017

Caligrafías

Leo aquí y allá que se afianza la tendencia consistente en dulcificar los cuentos infantiles de toda la vida para que los niños no se traumaticen con las desventuras de Hansel y Gretel o de Caperucita Roja, por poner dos ejemplos. Así, mientras la ficción se sosiega, la realidad se destempla. Vean: cuatro críos de cinco, siete, nueve y catorce años convivieron durante varios días con los cadáveres de su madre y de su pareja, que se habían suicidado con fármacos en el dormitorio de la vivienda tras haber sido expulsados paulatinamente por la maquinaria del sistema hacia sus márgenes. Los niños, temerosos de caer en una pesadilla novelesca digna de Stephen King si intentaban despertarlos, continuaron con sus rutinas sin mencionar a nadie lo que ocurría en casa. El mayor se ocupaba del aseo de los pequeños y los cuatro se iban cada día al colegio mientras los cadáveres se descomponían y enfriaban sobre la cama. Ignoramos cómo afrontaban los pobres huérfanos las clases de matemáticas o de caligrafía. No debe de ser fácil sumar dos y dos o escribir con buena letra mi mamá me ama en tales circunstancias. 
¿Y si dejáramos de retocar los cuentos infantiles de toda la vida para aplicarnos a mejorar la realidad que comienza a imitarlos? Después de todo, la ficción nos vacuna de los peligros de la existencia. Si ningún niño pequeño ha sido tragado hasta ahora por una vaca y expulsado horas más tarde por el culo del animal, confundido entre sus heces, ha sido sin duda gracias a un cuento donde ya sucedía eso. Cuando la fantasía desaparece, la realidad tiende a ocupar su espacio. Éranse una vez cuatro niños cuyos padres se suicidaron en la habitación de al lado mientras ellos mismos se preparaban el colacao en la cocina.

Juan José Millás [1946- ] en El País hace unos días.

miércoles, 29 de junio de 2016

La siguiente

Cuando un cocinero se hace famoso, escribe un libro. Cuando un deportista se hace famoso, escribe un libro. Cuando un criminal se hace famoso, escribe un libro. Cuando un alpinista se hace famoso, escribe un libro. Cuando un actor se hace famoso, escribe un libro. Cuando un locutor de televisión se hace famoso, escribe un libro. Cuando un cantante se hace famoso, escribe un libro. Cuando un político se hace famoso, escribe un libro. Cuando un millonario se hace famoso, escribe un libro. Cuando un corrupto se hace famoso, escribe un libro. Cuando un expresidiario se hace famoso, escribe un libro. Cuando un youtuber se hace famoso, escribe un libro. Cuando un torero se hace famoso, escribe un libro. Cuando un famoso se vuelve más famoso, escribe otro libro. 
Y así de forma sucesiva. Todos los caminos conducen al libro. Sin embargo, cuando un escritor escribe un libro no puede hacerse cocinero ni deportista ni actor ni político. Cuando un escritor escribe un libro, se pone a pensar en el siguiente, que quizá le salga o quizá no. A lo mejor le sale, y lo publica y la editorial le invita a firmar ejemplares en una feria del libro a la que el escritor acude ingenuamente para comprobar que quienes de verdad firman son los alpinistas, los expresidarios, los actores, los youtubers… Viene a ser, piensa, como si en un congreso sobre la salud tuvieran más éxito los curanderos que los médicos.
Claro que todo el mundo tiene derecho a escribir libros, y a establecerse como curandero, incluso a escribir libros sobre la curandería. Pero un congreso de oncólogos debería ser un congreso de oncólogos. El escritor decide no acudir en el futuro a ninguna feria. Pero el miedo a ser tachado de envidioso le conducirá a la siguiente.

Columna publicada por Juan José Millás [1946- ] en El País hace un par de semanas...

martes, 2 de junio de 2015

Pobrema, por ejemplo, jamás había sido escrita ni pronunciada

Pobrema, por ejemplo, jamás había sido escrita ni pronunciada, no estaba en ningún libro ni en ningún periódico, no formaba parte de ninguna canción, de ningún verso, ni de manual alguno de instrucciones. Nadie la añadiría a la lista de la compra. Pobrema estaba excluida del mundo de las palabras, que no toleraban su presencia. Si se acercaba a un libro le cerraban el paso antes de que cruzara la cubierta; si a un diálogo, era rechazada por los que participaban en él; si a un taller de etiquetas o rótulos, terminaba en el cubo de la basura, junto a los desperdicios de la jornada. Inhábil para pertenecer a nada o a nadie, se ocultaba durante el día y por la noche salía a respirar, pegándose, como los insectos nocturnos, a las ventanas en las que había luz. Si descubría a alguien escribiendo o hablando al otro lado, intentaba llamar discretamente su atención con la esperanza de que solicitara sus servicios. Lejos de eso, la gente corría las cortinas o bajaba las persianas como quien vuelve la vista frente a un espectáculo desagradable.
Todo esto se lo contó la palabra Pobrema a Julia una noche que se coló en su habitación y revoloteó como un insecto alrededor de la lámpara antes de posarse con mil cautelas en el borde de la mesa. La chica dice que levantó los ojos del libro de gramática que tenía delante y preguntó a Pobrema qué hacía allí.
-Yo, nada -dijo Pobrema-. ¿Y tú?
-Yo estudio Lengua -confesó la chica.
-Entonces sabrás decirme por qué, siendo una palabra, no me aceptan en ninguna frase.
Julia dice que tomó un diccionario que había sobre la mesa, junto al libro de texto, y lo abrió para buscarla, pero no dio con ella.
-No estás aquí -dijo.
-¿Cómo voy a estar ahí si estoy aquí? -respondió Pobrema.
-Las palabras pueden estar en muchos sitios a la vez, pero si no estás aquí, no estás en ninguno porque no existes.

Comienzo de la novela La mujer loca [2014] de Juan José Millás [1946- ].

lunes, 27 de abril de 2015

Carne podrida

Por entonces, a Millás se le habían podrido dos novelas, una detrás de otra, apenas comenzadas. Dos abortos que le habían dejado sin ganas de iniciar la gestación de una tercera, pese a que, al revisar sus cuadernos de apuntes, tropezó con alguna anotación sugestiva. No es problema de las ideas, se dijo al fin, es problema del aparato reproductor, que está viejo, ya no soporto más ficción. Aun felicitándose por el coraje del diagnóstico, que le ponía a salvo de acometer sin ganas un tercer proyecto narrativo condenado al fracaso, cayó en una apatía creadora que contaminó enseguida los demás aspectos de su existencia. No hallaba placer en nada, ni siquiera en la lectura. Los libros se le caían de las manos como las hojas de los árboles. Los libros seguramente estaban vivos; sus manos, tal vez, no. Dejó de madrugar, de dar sus paseos matinales, de controlar lo que comía, y al poco había engordado siete u ocho quilos. Ocho quilos, dice él, de carne podrida, como las novelas a cuya escritura había renunciado.

Inicio del capítulo 10 de la novela La mujer loca [2014] de Juan José Millás [1946- ].

jueves, 2 de abril de 2015

Consejos a Millás sobre cómo escribir

[...] Un día en el que se quedaron solos, Millás le confesó a Julia que le gustaría escribir algo sobre ella. 
-Pues piensa antes de empezar a escribir -respondió la chica-, escribe con orden, elige las palabras con cuidado, evita las repeticiones innecesarias y las muletillas, escribe con naturalidad, relee lo que has escrito y corrige si es necesario.

De la novela La mujer loca [2014] de Juan José Millás [1946- ].

domingo, 29 de marzo de 2015

He visto

Ahora que soy mayor, lamento no haber escrito un diario de los hoteles por los que he pasado a lo largo de mi vida (escribo estas líneas desde uno) y de las cosas que he visto desde sus ventanas. He visto, por ejemplo, un cementerio rodeado de edificios altos. He visto agonizar a un anciano en el edificio de enfrente, lo he visto morir. He visto un patio interior oscuro en el que había anidado una golondrina. He visto un callejón con un sex-shop al que entraban hombres con la cabeza agachada y las solapas del abrigo subidas. He visto llorar a una adolescente y pelear a una pareja de novios. He visto un domingo por la tarde desolado, con familias paseando de la mano. He visto el mar y he visto la luna. He visto un río por el que pasaban barcazas perezosas que no parecían de verdad. He visto a un perro devorando a un gato. He visto a un mendigo construyendo una casa de cartones. He visto a mi madre pasear conmigo de la mano, porque desde las ventanas de los hoteles se ven muchas alucinaciones. He visto temblar las copas de los árboles por influencia del viento. He visto aviones que despegaban y aterrizaban sin cesar. He visto un mercado con el techo roto. He visto puestos de verduras y de frutos secos. He visto dos o tres accidentes de coche. He visto una ciudad entera, a mis pies, he visto sus tejados y sus ventanas pequeñas y las humedades de sus paredes. He visto un edificio de oficinas con sus oficinistas, todos Clips de Famóbil. He visto un campo de fútbol y una plaza de toros, muy desasosegantes los dos. He visto a un policía acariciando su pistola. He visto descampados. He visto vacas (sagradas y profanas). He visto desfiles militares. He visto manifestaciones de estudiantes. He viso una plaza de piedra con una fuente en medio. He visto cúpulas de iglesias que parecían flotar a la puesta del sol. He visto antenas de televisión. He visto cables de la luz. He visto zopilotes y cigüeñas. He visto restaurantes caros y baratos. He visto terrazas de verano. He visto jóvenes y viejos. He visto la selva y el desierto. He visto una muralla. He visto a un hombres tirando de una cabra. He visto un atraco. He visto a dos muchachos transportando un espejo gigantesco en el qeu se reflejaba la puerta de mi hotel...

Del libro Articuentos completos [2011] de Juan José Millás [1946- ].

domingo, 22 de febrero de 2015

Romanes

Román está cubierto hasta la altura de la boca. De manera mecánica, muerde sin apretar o lame la sábana, sujeta por ambas manos a cada lado de la cabeza. Su cuerpo esmorecido se prolonga a partir de aquí dando lugar, en primer término, al cuello, especie de tallo que une la cabeza al tronco y que es, junto a las extremidades, una de las zonas más angostas de su cuerpo. El tronco, cubierto con una camisa, permanece inmóvil, un tanto ajeno a los movimientos respiratorios que de forma continua se producen en su interior. El vientre, además de dar cobijo a las vísceras, es con los ojos uno de los lugares por los que el miedo penetra con más facilidad. Cuando esto ocurre, Román detecta una paralización de los músculos respiratorios: un movimiento de defensa que por lo general se inicia en el alojamiento del paquete intestinal. De forma simultánea a esta contracción, pero a la altura de la boca, se produce otro movimiento: la lengua entra y sale rozando la superficie áspera de la sábana hasta que una sequedad extrema, ocasionada en parte por este roce y en parte por una menor actividad de las glándulas salivares, fruto también de este estado de defensa, la obliga a retirarse al interior de su cámara donde con un temblor imperceptible consigue nuevas aportaciones de saliva. Las piernas se extienden a partir de los muslos en la dirección más oscura del túnel formado por la sábana. Carecen de puntos muy sensibles, excepto en las rodillas, en las que un hormigueo de poca duración, pero ajustado a un ritmo preciso, precede siempre a las situaciones de alerta que se dan en el resto de su cuerpo. Los pies, por fin, a continuación de cada una de las piernas y sujetos a ellas por un tobillo, están cubiertos con unos gruesos calcetines de lana que intentan dar calor a una zona poco regada por la sangre, aunque muy sensible a los cambios atmosféricos. La abundancia de huesos en esta parte del cuerpo de Román convierte al frío en una manifestación particularmente incómoda por cuanto penetra hasta la médula, de donde no es fácil sacudirlo.

De la novela El jardín vacío [1981] del escritor Juan José Millás [1946- ].

Muy raras veces me encuentro con otros romanes, así que cuando doy con alguno, ya sea en los papeles o en el Mundo Real no puedo evitar celebrarlo de algún modo...

En las novelas sólo recuerdo a uno de los personajes de Nada, de Carmen Laforet, el tío Román de Andrea, la protagonista. Y en el Mundo Real he conocido a muy pocos: un día en la consulta del médico llamaron a Román y nos levantamos a la vez otro tipo y yo; hace poco tuve un alumno Román que estaba aún más sorprendido que yo cuando nos presentó su madre; el año pasado en la barra de un bar de Buitrago se me acercó un tipo a saludarme diciéndome que éramos tocayos al oír mi nombre; y mi abuelo y mi padre, de quien por cierto es hoy su cumpleaños...

domingo, 18 de enero de 2015

Inestabilidad

Nos encontrábamos ya cerca de mi casa, cuando el taxista fue avisado por un colega de que había en nuestro camino un control de alcoholemia. Como resultara imposible dar la vuelta o escapar por una calle lateral, el conductor me confesó que llevaba dos copas, pues había comido con unos amigos de la infancia a los que hacía años que no veía. "¿Y qué quiere que le haga?", pregunté. "Que se ponga al volante -respondió-, como si usted fuera el taxista y yo el pasajero." Me pareció una propuesta absurda a la que respondí con una sonrisa de desconcierto. Mientras sonreía, vi en sus ojos, a través del espejo retrovisor, un movimiento de pánico que produjo también en mi alguna inquietud. En cuestión de segundos me puso al corriente de su situación, responsabilizándome del drama familiar que se le vendría encima si le retiraban la licencia. Aunque intenté defenderme, lo cierto es que al cabo de un momento, dada mi debilidad de carácter, estaba al volante del taxi, con del conductor detrás.
Alcanzado el control, un guardia hizo señas de que nos echáramos a un lado. Luego se acercó, me informó acerca de sus propósitos y me pidió que soplara, lo que hice con miedo, pues aunque no había bebido creo que el organismo puede, en situaciones de estrés, producir todas las sustancias existentes. Por fortuna, estaba limpio y me dejaron seguir. Como no era cuestión de detenerse a unos metros del control para realizar el cambio, y dado que mi domicilio se encontraba muy cerca, continué conduciendo hasta el portal, donde el taxista, tras mirar el contador, sacó un billete, me lo dio, abrió la puerta, salió del coche y se metió en mi casa, todo con una rapidez tal que no fui capaz de reaccionar. Además, apareció enseguida otro cliente que me pidió que lo llevara a toda mecha al aeropuerto. Qué inestable es la realidad, pensé arrancando.

Del libro Articuentos completos [2011], del escritor Juan José Millás [1946- ].

martes, 30 de diciembre de 2014

La ladrona de libros

Estos días, mientras pasaba las fiestas con la familia, he terminado de leer La ladrona de libros, del escritor australiano Markus Zusak [1975- ].
Fue una recomendación (y un préstamo personal) de una de las bibliotecarias del Centro de Humanidades de La Cabrera, en el que paso muuucho rato como usuario o dando clase como profe. Y la verdad es que no me ha decepcionado en absoluto.
Al principio es cierto que me dio un poco de pereza volver a encontrarme, otra vez, una historia de nazis, niñxs en campos de concentración, los bombardeos de la segunda guerra mundial... pero la pereza se me pasó inmediatamente al ver cómo se contaba la historia, quién la narraba y cómo avanzaba y retrocedía dando información para ir construyendo los personajes, sugiriendo, enlazando unos sucesos con otros, mostrando la afición por los libros de la protagonista y enlazándola con todo lo que le va ocurriendo.
Creo que es uno de los mejores libros de literatura juvenil que he leído en este 2014 que da sus últimos coletazos...

Ahora, en estos dos días que quedan antes del año nuevo, terminando los Articuentos completos de Millás y Como el agua que fluye de Marguerite Yourcenar.

Y pensando en los libros del año que viene...

lunes, 15 de diciembre de 2014

Mudanza

Estoy otra vez de mudanza. No hace dos años que me fui de Atocha a la Sierra y de nuevo estoy moviéndome a otro sitio, aunque sigo en el campo. Estos días ando atrapado en casa entre cajas plegadas, llenas, a medio llenar, muebles que ya no están en su sitio pero aún no han encontrado su nuevo lugar, estanterías que esperan para ser desmontadas, armarios listos para vaciar...
Me traslado sólo por una temporada, quizá un año, tal vez algo más o algo menos. Ya veremos. En cualquier caso lo vivo como un tiempo de transición. El plan es mudarme con lo menos posible y almacenar el resto de las cosas, las que no acaben regaladas, tiradas o vendidas, en casa de una amiga.
Se supone que me llevo conmigo lo que considero imprescindible, aquellas cosas de las que no quiero, o no puedo, o no me apetece separarme. En algunos casos la decisión es fácil: hay cosas que hace años que ni recuerdo que están conmigo y que no echo de menos. Puedo pasar fácilmente sin ellas unos meses más e, incluso, posiblemente su mejor destino es el punto limpio, el contenedor de basura o el mercadillo de segunda mano. Otras está claro que vienen conmigo, de algunas no hay ninguna duda. Y aún hay otro tercer grupo, más grande de lo que me gustaría, de cosas inciertas, que pueden venir o no...

Y en particular los libros...
De los que aún no he leído, ¿cuáles me apetece leer en estos próximos meses o años? ¿cuántos me dará tiempo a leer?
Y de los que ya leí... ¿cuáles me apetece releer? ¿cuáles me gustaría tener a mano para echarles un vistazo de vez en cuando, o para prestarlos, o para recordar algún capítulo...?
¿Qué hago con los que me prestaron o me regalaron pero no he conseguido que me llamen para ser leídos? ¿Y con los que he "heredado" de alguien que pensó que estarían mejor conmigo? ¿Y con los que encontré en algún mercadillo y me llevé a casa por si acaso?
...............

[Como diría Millás, todo son preguntas...]

lunes, 8 de diciembre de 2014

El orden ideal

Hubo una época en que fichaba todos los libros que entraban en casa hasta que un día, en plena catalogación de uno de Kafka, mientras recorría con el dedo las páginas de cortesía en busca del nombre del traductor, tuve el sentimiento de que estaba haciéndole a la novela uno de esos reconocimientos físicos que se les hace a los presos antes de meterlos en la celda. Me quedé espantado, así que dejé la ficha a medias y abandoné el libro en cualquier parte, aunque nunca tuve dificultad para encontrarlo. Llegaba a mi habitación, olía un poco el aire y el afecto me conducía a él con la misma eficacia que el orden alfabético. Desde entonces, he intentado ordenar mi biblioteca, y quizás mi vida, de algún modo que no exija la confección de una ficha policial, pero he fracasado sucesivamente.
Veamos: intenté hacer una clasificación temática, dividiendo la librería en grandes áreas: novela, ensayo, poesía... Hasta aquí la cosa es fácil; lo malo es cuando intentas clasificar a su vez cada uno de estos géneros y te pones a separar la novela histórica de la psicológica y ésta de la policíaca; o el ensayo científico del literario; e incluso la poesía buena de la mala. Me di cuenta entonces de que me gustaban sobre todo los libros fronterizos, de manera que la línea divisoria entre unos y otros géneros era más ancha que los géneros en sí y la confusión de mi biblioteca y de mi vida volvía a ser la de antes. Me enseñaron entonces un programa de ordenador en el que, una vez introducidos los datos, encontrabas el libro dándole a cuatro teclas. Funcionaba bien, pero lo deseché porque cada vez que le pedía al programa un libro tenía de nuevo la impresión de ir a visitar a un preso.
Finalmente, los fui dejando donde me daba la gana, como había hecho antes de que tuviera aquel ataque de profesionalización. Pese a ello, los encuentro con facilidad, igual que la novela ya citada de Kafka. Alguno, es cierto, se me resiste o se pierde, pero no porque esté mal colocado, sino porque no me interesa. De manera que las fichas sirven, fundamentalmente, para encontrar lo que uno no quiere, lo que, bien mirado, resulta completamente absurdo. Y para poner orden, lo que resulta peligroso. 

Esta mañana, mientras desayunaba, antes de seguir empaquetando mis libros para una nueva mudanza, me he encontrado con ésto en el libro Articuentos completos de Juan José Millás [1946- ].

Más que pertinente para mí en estos días de embalajes y cambios...

lunes, 29 de septiembre de 2014

El libro

El libro se parece a un agujero negro cuya atracción es tal que absorbe y distorsiona todo lo que sucede cerca de él, incluidos el tiempo y el espacio. De manera que a lo mejor son las ocho de la mañana y tú vas en el autobús a la oficina, pero de súbito eres arrebatado por esa masa gravitatoria llamada libro, que llevabas en la mano o en el bolso, y apareces en un escenario diferente, identificado, por ejemplo, con un individuo que se lava las manos llenas de sangre en la pila de una cocina francesa, mientras en el dormitorio de esa misma casa ha empezado a enfriarse un cadáver. Y no son las ocho de la mañana, sino las diez de la noche. Y no es primavera, sino invierno. Y tú no eres ese sujeto sin pasado que ahora se baja del autobús, sino este otro que, después de borrar las huellas dactilares de las copas de coñac, se pone un abrigo oscuro y huye escaleras abajo.
Al cerrar la novela cesa la atracción, y es, una vez más, la hora de fichar, así que fichas y entras en la oficina, donde mueves los papeles de un lado a otro o atiendes el teléfono con la eficacia o la pereza de siempre. Has vuelto a tu dimensión, en fin, sin que nadie se diera cuenta de que te habías ido. Si tus compañeros supieran que en lugar de venir de casa, como procede, vienes de una cocina francesa en cuya pila te has lavado las manos llenas de sangre, se quedarían espantados. De hecho, quizá no seas el mismo ahora que antes de haber leído el libro. Por tu sangre discurre el argumento desdichado o feliz que estaba en la novela, del mismo modo que los exploradores vuelven con malarias de África o de Molokai con lepra.
Hay más libros que playas, y en ellos está contenida la materia oscura que los físicos buscan en las estrellas. Si has leído la novela del individuo que se quita la sangre de las manos, ya siempre serás ese individuo, siempre, sin dejar de ser tú y, lo que es más sorprendente todavía, sin dejar de ser al mismo tiempo el cadáver que comenzaba a enfriarse cuando descendiste del autobús. Pura materia oscura, pues, invisible, como la conciencia, pero real como tu jefe.

Del libro Articuentos completos [2011], del escritor Juan José Millás [1946- ].

martes, 3 de junio de 2014

Escribir

Hace poco, un oyente telefoneó a un programa de radio y contó que su matrimonio había empezado a naufragar el día en el que su mujer llevó a casa a una amiga anoréxica.
—¿Qué sucedió? —preguntó la locutora.
—No se lo puedo decir porque a mi esposa le gustaba mucho la radio y quizá me esté oyendo. La cuestión es que las cosas se empezaron a complicar y ahora vivimos separados.
La audiencia, a juzgar por las llamadas posteriores, se quedó muy intrigada y yo pensé que aquel hombre nos había dado una lección perfecta de cómo comenzar un relato. Las situaciones de partida son así de gratuitas, así de normales también. Y cuando digo normal no pierdo de vista desde luego el grado profundo de anormalidad que subyace en la vida cotidiana, aunque hayamos desarrollado mecanismos para no percibirla. El acierto de este hombre consistió en contar algo que estaba en la frontera de lo vulgar y lo extraño. Parece que estoy viendo la escena:
—Mira, Javier, ésta es mi amiga Rosa, que como puedes ver es anoréxica y ha venido a pasar unos días con nosotros. Dormirá en el sofá-cama del cuarto de estar.
—Encantado.
No es difícil imaginarse a los tres en el tresillo, viendo la tele. Rosa, muy delgada, permanece entre los dos, sin probar los aperitivos que la mujer de Javier ha puesto sobre la mesa. Javier está un poco violento, pero al mismo tiempo orgulloso de que su esposa intente ayudar a una amiga. Él mismo, sin darse cuenta, ha empezado a urdir algunos modos de obligarla a comer. Una situación normal, de gente normal: se respira una atmósfera de clase media absolutamente familiar. Javier, seguramente, es funcionario.
A los tres meses, sin embargo, Javier vive solo en un apartamento y se dedica a telefonear a las emisoras de radio para contar que su matrimonio ha fracasado. Ahora estamos ya frente a una historia de terror. Sólo hay que escribir lo que ha sucedido en medio. A ver quién se anima.

Del libro Articuentos completos [2011] del escritor español Juan José Millás [1946- ].

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viernes, 21 de marzo de 2014

Mezclando cosas

Estos días ando con varios libros a la vez, como muchas veces últimamente. En estas últimas semanas he terminado La prisión de la libertad de Michael Ende, Memorias de una vaca de Bernardo Atxaga, Capitán de mar y guerra de Patrick O'Brian y El Mago de Oz de L. Frank Baum. Entre uno y otro le hinco el diente a los cuentos de Alice Munro (que me tienen maravillado) y cuando vengo a Madrid me ventilo unos cuantos articuentos de Juan José Millás.

***

lunes, 17 de febrero de 2014

El libro

Estaba leyendo un libro en la cama cuando me pareció que era el libro el que me leía a mí. Me pasa a veces con la televisión, que creo estar viéndola y, de repente, gracias a un guiño que hace la pantalla, descubro el ojo secreto por el que ella me mira. La radio ni la enchufo porque sé que acecha cada uno de mis suspiros. El caso es que, ya digo, estaba descendiendo por las líneas de una página con el cuidado con el que se baja por una escalera extraña cuando advertí que también las palabras que leía me recorrían en dirección al fondo.
Disimulé para que el libro no se diera cuenta de que le había pillado, y continué leyendo, aunque más despacio, para seguir mejor el movimiento de las frases por mi interior. Recorrieron las zonas sociables con la naturalidad con que se recorren las habitaciones de una casa, sólo que mi cuerpo -a diferencia de la mayoría de las viviendas- tiene aposentos en los que habitualmente no entro por educación o miedo, no lo sé. Hay una habitación dentro de mi cuerpo ante cuya puerta paso mil veces al día sin pensar siquiera en asomarme por el ojo de la cerradura. Pero sé que ahí se esconde lo peor y lo mejor de mi vida en un orden sintáctico semejante al que guardan los objetos familiares antiguos en el interior de un desván.
Noté el roce sutil de las frases, y enseguida advertí que no se conformarían con ver los dormitorios y el pasillo porque sentí que manipulaban la cerradura del trastero y se colaban en él por la primera rendija que lograron abrir. Continué leyendo, y ellas continuaron leyéndome. Entonces cerré el libro y me di la vuelta para dormir, pero las palabras se habían quedado dentro, y ahora me leían en voz alta, así que se pasaron la noche hablando de mí. No me enteré de lo que decían porque yo, por mi parte, me había quedado en el interior del libro.

Del libro Articuentos completos, del escritor Juan José Millás [1946- ].

Portada del libro Articuentos completos, de Juan José Millás

Se lo regalé a Elia hace un par de años. Cada vez que bajo a su casa en Madrid lo cojo y leo o releo tres o cuatro articuentos. Un fantástico libro de mesilla de noche, para tenerlo siempre disponible para echarle mano, leer un poquito y volver a dejarlo hasta otra ocasión. Te hace sonreír, reflexionar, es un espejo en el que verte, un motivo para entristecerte o alegrarte, enfadarte... en definitiva, un buen alimento para el cerebro.

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