He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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miércoles, 10 de mayo de 2017

Visor

   Un hombre sin manos llamó a mi puerta para venderme una fotografía de mi casa. Si exceptuamos los ganchos cromados, era un hombre de aspecto corriente y tendría unos cincuenta años.
   —¿Cómo perdió las manos? —le pregunté cuando me dijo lo que quería.
   —Esa es otra historia —respondió—. ¿Quiere la foto o no?
   —Pase —le invité—. Acabo de hacer café.
   Acababa de hacer también un poco de jalea, pero eso no se lo dije.
   —Necesitaría ir al retrete —dijo el hombre sin manos.
   Yo quería ver cómo sostenía la taza de café.
   Sabía cómo sostenía la cámara. Era una vieja Polaroid grande y negra. La llevaba sujeta con correas de cuero que le rodeaban los hombros y le abrazaban la espalda. Era así como mantenía la cámara pegada al pecho. Se ponía en la acera, enfrente de tu casa, la encuadraba en el visor, apretaba el botón con uno de los ganchos, y ahí tenías tu fotografía.
   Lo había estado observando desde la ventana, claro.

   —¿Dónde ha dicho que está el retrete?
   —Por ahí, a la derecha.
   Doblándose, encorvándose, se liberó de las correas. Puso la cámara sobre el sofá y se estiró la chaqueta.
   —Puede ir mirándola mientras tanto.
   Le cogí la fotografía.
   Un pequeño rectángulo de césped, el camino de entrada, el cobertizo de los coches, la escalera principal, el ventanal en saledizo y la ventana de la cocina desde donde había estado mirando.
   ¿Por qué habría de querer yo una fotografía de tal desastre?
   Me acerqué un poco más a ella y vi mi cabeza, mi cabeza, allí dentro, tras la ventana de la cocina.
   Me hizo pensar; el verme a mí mismo de ese modo. Lo digo en serio: es algo que le hace pensar a uno.
   Oí la cisterna. Se acercó por el pasillo, subiéndose la cremallera y sonriendo; con un gancho se sostenía el cinturón, con el otro se metía la camisa en los pantalones.
   —¿Qué le parece? —preguntó—. ¿Está bien? Personalmente opino que ha salido bien. ¿Sé lo que me hago o no? Admitámoslo: para estas cosas hace falta un profesional.
   Se tiró de los genitales.
   —Aquí está el café —dije.
   Preguntó:
   —Está solo, ¿no es eso?
   Echó una ojeada a la sala. Meneó la cabeza.
   —Es duro, es duro —se lamentó.
   Se sentó junto a la cámara, se echó hacia atrás con un suspiro y sonrió como si supiera algo que no iba a decirme.
   —Tómese el café —le sugerí.

   Yo intentaba encontrar algo que decir.
   —Había por aquí tres chiquillos que querían pintar mi dirección en el bordillo. Me pedían un dólar por hacerlo. ¿Usted no sabrá nada de eso?
   Era una posibilidad remota. Pero lo observé, de todos modos.
   Se inclinó hacia adelante, dándose aires de importancia, con la taza en equilibrio entre los ganchos. Luego la dejó encima de la mesa.
   —Trabajo solo —declaró—. Siempre lo he hecho y siempre lo haré. ¿Qué es lo que quiere decir?
   —Buscaba una relación.
   Tenía dolor de cabeza. Ya sé que el café no es bueno para el dolor de cabeza, pero a veces la jalea ayuda. Cogí la fotografía.
   —Estaba en la cocina —comenté—. Normalmente estoy en la parte de atrás.
   —Sucede todos los días —dijo—. Así que se han ido y lo han abandonado, ¿no es eso? Bien, créame: trabajo solo. Así que, ¿qué dice? ¿Quiere la foto?
   —Me la quedaré —respondí.
   Me puse en pie y recogí las tazas.
   —Estaba seguro —dijo—. Tengo una habitación en la ciudad. No está mal. Cojo el autobús y salgo del centro, y cuando he terminado con los alrededores, me voy a otra ciudad. ¿Comprende lo que digo? Mire, yo también tuve chicos. Como usted.
   Me quedé quieto con las tazas y miré cómo bregaba para levantarse del sofá.
   Me explicó:
   —Precisamente llevo esto por culpa de ellos.
   Miré detenidamente los ganchos.
   —Gracias por el café y por dejarme usar el retrete. Cuenta usted con mi comprensión.
   Alzó y bajó los garfios.
   —Demuéstrelo —le pedí—. Demuéstreme hasta qué punto me comprende. Saque más fotografías de mí y de mi casa.
   —No resultará —dijo el hombre—. Ellos no van a volver.
   Pero le ayudé a ponerse el correaje. 
   —Puedo hacerle un precio especial —ofreció—. Tres por un dólar —añadió—. Si se las dejo más baratas, no me compensa.

   Salimos fuera. Ajustó el obturador. Me dijo dónde debía situarme, y nos pusimos manos a la obra.
   Íbamos desplazándonos alrededor de la casa. Sistemáticamente. En unas yo miraba de soslayo, en otras de frente.
   —Bien —aprobaba él—. Estupendo. Y al cabo dimos la vuelta completa a la casa y nos encontramos de nuevo en la fachada—. Son veinte. Suficientes.
   —No —sugerí—. Encima del tejado.
   —Dios —murmuró. Examinó la calle a derecha e izquierda—. De acuerdo —aceptó—. Así se habla.
   Comenté:
   —Absolutamente todos. Se largaron de la noche a la mañana.
   —¡Pues mire esto! —exclamó el hombre, y volvió a levantar los garfios.

   Entré en casa y saqué una silla. La coloqué bajo el cobertizo de los coches. Pero no fue suficiente: no llegaba. Cogí una caja de embalaje y la puse encima de la silla.
   Se estaba bien allí arriba, en el tejado.
   Me puse de pie y miré en torno. Hice señas con las manos, y el hombre sin manos me devolvió el saludo con los ganchos.
   Y entonces fue cuando las vi, cuando vi las piedras. Era como un pequeño nido de piedras sobre la rejilla de la boca de la chimenea. Ya se sabe cómo son los chicos. Cómo las lanzan con idea de colar alguna por el agujero de la chimenea.
   —¿Preparado? —pregunté. Cogí una piedra y esperé a que el hombre me tuviera en el visor.
   —¡Listo! —exclamó.
   Eché el brazo para atrás y chillé: «¡Ahora!» Y lancé a aquella hija de perra tan lejos como pude.
   —No sé —le oí gritar—. No suelo fotografiar cuerpos en movimiento.
   —¡Otra vez! —vociferé, y cogí otra piedra.


Visor es un cuento del escritor Raymond Carver [1938-1988].

martes, 9 de mayo de 2017

Manos

Ayer, en el taller de escritura creativa al que voy en la Escuela de Escritores, Ángel Zapata nos dio una clase magnífica en la que nos desmenuzó el cuento Visor de Raymond Carver. Yo salí de allí con la cabeza dada la vuelta.
Y hoy, mientras comía en un bar de Madrid antes de ir a dar una clase, un hombre con una mano de plástico se ha puesto a hablar por teléfono a mi lado, al otro lado de la ventana.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Relatos sin relato

El nuevo concepto de "story" ("relato"), que tiene su génesis en la obra de Chéjov, se centra en la nueva definición de "experiencia inmediata" que sólo se da en la brevedad y que se nutre de una incertidumbre y de una deshumanización altamente creativa, de una impresión emocional y cognitiva provocada por algún detalle aparentemente nimio de la vida cotidiana que al insertarse en pleno devenir de una vida se convierte en la expresión más clara de su universalidad. Sabido es que el espacio del relato breve no permite la acumulación de los detalles ni de las experiencias en su prolongada interacción social, como ocurre con la novela, con unos personajes que se describen desde fuera como si fueran reales y a los que se subordina el argumento casi siempre de manera lineal. Esto lleva a la construcción de un nuevo personaje, y a la nueva estrategia narrativa de construcción del personaje, que no sólo es más eficaz en el relato breve como obra de arte con sus características de máxima condensación y efecto único trascendental, sino que expresa más fielmente la compleja realidad humana y social de la época. En la obra de Chéjov no existen los personajes tal y como tradicionalmente los concebimos, existen los múltiples estados de conciencia y, más específicamente -esto es algo que afectó directamente a Mansfield-, los múltiples estados de ánimo, presentados de forma nítida y libres de todo atisbo sentimentaloide. El ser y el devenir ocupan el espacio narrativo de la acción provocando toda una oleada de crítica sobre que son historias sin historia, o relatos sin relato, que hoy nos sirve para situar con más claridad los márgenes de la transgresión de aquella ficción vanguardista. Los ritmos se multiplican y el tono pasa a ocupar el sitio del argumento, convirtiéndonos en lectores implicados en la deriva del relato.

Me gustan mucho esos relatos en los que aparentemente no pasa nada o lo que pasa parece tan irrelevante que llega a quedar en segundo plano frente a cómo se sienten los personajes y cómo viven eso que ocurre. Pienso por ejemplo en cuentos de Raymond Carver o de Alice Munro o en alguno de Medardo Fraile que he leído últimamente, en los que muchas veces el 'argumento' pasa casi desapercibido y lo que (al menos a mí me) queda es la sensación de cómo lo han vivido las personas que han deambulado por esas pocas páginas.

Estoy leyendo estos días los Relatos breves de Katherine Mansfield [1888-1923]. He encontrado este párrafo en la introducción (muy interesante para tener un primer acercamiento a la autora, que yo no conocía) que hace Juani Guerra (también editora y traductora).

Muy recomendable.

viernes, 3 de julio de 2015

Alguna lectura veraniega...

Me proponen a través del facebook que si me atrevo a hacer algunas sugerencias de lecturas veraniegas: podrías recomendarnos en tu blog alguna lectura veraniega, tipo "leo un poquito, vuelta y vuelta, leo, chapuzón, otro poquito..." pero de las que molan-molan.
Soy tímido para estas cosas por aquello de que quién soy yo para andar dando mi opinión y diciendo qué es interesante y qué no... Pero ahí van unas cuantas propuestas de cosas que he leído durante este año y me han gustado:

  • Y dos cositas más. Un clásicoEl satiricón de Petronio, y un librito perfecto para verano o para invierno o para cualquier momento del año, Caminar de Henry David Thoreau.
De nada.
;o)

Que disfruten...

sábado, 4 de abril de 2015

Tenían eso en común

Quería hablar más con aquellas personas que estaban en la misma situación de espera que ella. Tenía miedo, y aquella gente también. Tenían eso en común.

Del cuento Parece una tontería del escritor Raymond Carver [1938-1988], incluido en su libro Catedral [1983].

martes, 31 de marzo de 2015

Eso es lo que es

-Continúe -le animó la señora Webster-. Sé de lo que habla. Prosiga, señor Carlyle. A veces es bueno hablar. En ocasiones es necesario. Además, quiero escucharlo. Y después se sentirá mejor. A mí me pasó una vez algo así, algo parecido a lo que está describiendo usted. Amor. Eso es lo que es.

Del cuento Fiebre del escritor Raymond Carver [1938-1988], incluido en su libro Catedral [1983].

sábado, 21 de marzo de 2015

Club de Lectura Serrano: Carver-Adichie

Ayer tuvimos nuestra primera reunión del Club de Lectura Serrano...
En realidad ya hicimos una quedada "fundacional" hace algo menos de un mes, pero la de hoy ha sido la primera en la que teníamos "deberes": la colección de cuentos Catedral [1983] del escritor estadounidense Raymond Carver [1938-1988].
Ha sido un lujo: nueve personas (dos más que en nuestra otra cita) quedando un viernes por la tarde para pasar un rato juntxs, tomar un café o una infusión y charlar sobre un libro. El libro de Carver es una maravilla, y la conversación ha sido una delicia: divertida, interesante, motivadora, a ratos ha habido cierta polémica, puntos de vista diferentes, apreciaciones diversas sobre los mismos cuentos......
Muchas, muchas cosas en sólo un par de horas.
En fin, que estoy encantado de que ésto que me apetecía tanto haya empezado a rodar.

Y ya tenemos tarea para la próxima reunión: Americanah [2013] de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie [1977- ].
Fotos: Bob Adelman y Karen Jackson.

viernes, 27 de febrero de 2015

Club de Lectura

Hace mucho tiempo que tenía ganas de montar un Club de Lectura: un espacio en el que compartir opiniones, debates, gustos, propuestas, sugerencias, comentarios sobre libros y lecturas.
Desde hace algún tiempo he ido lanzando la idea a gente de la Sierra, a amigos y amigas a quienes creo que les puede apetecer algo así...

Y el viernes pasado, por fin, hicimos nuestra primera reunión: hablamos de lo que nos apetece hacer, de cómo organizarnos, de cómo mantenernos en contacto y mantener el grupo vivo más allá de las reuniones mensuales que vayamos haciendo, iniciamos una primera lista de libros que nos gustaría leer...

Y ya tenemos "deberes" para la próxima quedada:

jueves, 4 de septiembre de 2014

Menos es más

Hace unos cuantos cumpleaños me regalaron Si me necesitas, llámame, libro póstumo de cuentos del escritor estadounidense Raymond Carver [1938-1988].


Recuerdo que me gustó muchísimo, pero en estos años no había vuelto a leer nada de él. Este verano, un poco por casualidad, me he reencontrado con aquel librito, he vuelto a leerlo, y me ha fascinado.

Era mediados de agosto y Myers estaba cambiando de vida. La única diferencia entre esta vez y las otras era que ahora estaba sobrio. Acababa de pasar veintiocho días en un centro de desintoxicación. Pero en ese tiempo a su mujer se le había metido en la cabeza largarse con un amigo de los dos, otro borracho. Aquel individuo había recibido una pequeña herencia y hablaba de comprar la mitad de un bar restaurante en la parte oriental del estado.
Myers llamó a su mujer, pero ella le colgó. No sólo se negaba a hablar con él, sino que le prohibió acercarse a la casa. Había contratado a un abogado y tenía una orden judicial. Así que cogió algunas cosas, subió a un autobús y se fue a la costa, donde alquiló una habitación en casa de un tal Sol que había puesto un anuncio en el periódico.

Con estos dos párrafos comienza Leña, el primero de los cuentos de ese librito. No sé puede contar más con menos.
Ya he estado investigando en la biblioteca para leerme el resto de su obra cuanto antes...