He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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domingo, 31 de enero de 2016

La palabra 'río'

Una gran parte de nuestra imaginación lectora consiste en establecer asociaciones visuales libres. Una gran parte de lo que imaginamos como lectores no lo dice el autor del texto.
(Soñamos despiertos mientras leemos.)
Una novela estimula nuestras habilidades interpretativas, pero también invita a nuestra mente a divagar.
[...]
Estoy leyendo de nuevo a Dickens (Nuestro amigo común) y trato de imaginarme un elemento del libro: un puerto industrial: El río, los barcos, los muelles, los almacenes...
¿De dónde procede el material con el que imagino esta escena? Rebusco en mi memoria para encontrar un lugar similar, con unos muelles parecidos. Me cuesta un rato.
Pero al fin recuerdo un viaje que hice, de niño, con mi familia. Había un río y un muelle: es el mismo que he imaginado. 
Después me doy cuenta de que, hace un tiempo, cuando un amigo me describió su casa en España, incluidos los "muelles", yo me estuve imaginando el mismo muelle: el que había visto durante aquellas vacaciones de mi infancia; el que he "utilizado" al imaginarme la novela que estoy leyendo.
(¿Cuántas veces habré utilizado ese muelle?)
Imaginar los hechos y los decorados de la ficción nos permite atisbar involuntariamente imágenes de nuestro pasado.
(Y podemos examinar nuestra imaginación, como examinamos nuestros sueños, para encontrar pistas y fragmentos de nuestra experiencia perdida.)
Las palabras son efectivas no por lo que encierran en sí, sino por su capacidad latente para liberar la experiencia acumulada del lector. Las palabras "contienen" significados. Pero, lo que es más importante, potencian el significado...
***
La palabra río contiene en sí todos los ríos, que manan como afluentes de ella. Y esta palabra no sólo contiene todos los ríos, sino -aún más importante- todos mis ríos: cada experiencia posible de los ríos que he visto, donde he nadado o pescado, cuyo rumor he oído, de los que he oído hablar, que he conocido directamente o me han afectado de un modo tangencial, por persona interpuesta o de cualquier otra manera. Esos "ríos", mosaicos infinitamente minuciosos de riachuelos y afluentes, alimentan la capacidad de la ficción para espolear mi imaginación. Al leer la palabra río, con o sin contexto, yo me sumerjo bajo su superficie. (Soy un niño vadeando el río con un lento y pegajoso chapoteo, cortándome los pies con las rocas del fondo; o bien veo ahora el río gris por la ventana, justo a la derecha, por encima de los árboles del parque, cubierto con una capa de hielo, o bien me llega el recuerdo -cargado con el erotismo avasallador de la adolescencia- del movimiento de la falda de una chica, en un muelle de una ciudad extranjera, junto al meandro de un río...)
Ahí está el poder dormido de la palabra, desbordándose de su cauce cuando viene al caso. Hace falta muy poco por parte del autor, si te paras a pensarlo.
(Nosotros ya estamos inundados de agua de río, y sólo necesitamos que el autor dé un golpecito en ese gran embalse.)

¿Qué vemos cuando leemos? [2015]
Peter Mendelsund.

jueves, 28 de enero de 2016

Ungeziefer

Kafka le escribió al editor de la Metamorfosis, temiendo que el diseñador de la portada intentara reproducir algo aproximado a su Ungeziefer ("bicho"):
¡Eso no, por favor, eso no! El insecto no ha de aparecer dibujado. No hay que mostrarlo ni siquiera de lejos.
Una prohibición casi desesperada. ¿Trataba Kafka de limitar la capacidad de imaginar de sus lectores? Un traductor de Kafka me sugirió que quizá lo que éste quería era que su insecto se viera (o que el lector lo viera) sólo desde dentro: desde el punto de vista del propio insecto.
[...]
Estas imágenes que "vemos" cuando leemos son personales. Lo que no vemos es lo que el autor imaginaba cuando estaba escribiendo un libro. Dicho de otro modo: cada narración está hecha para que la sometamos a una transposición, para que la traduzcamos con la imaginación; para que la traduzcamos mediante asociaciones personales. Es decir, es nuestra.

¿Qué vemos cuando leemos? [2015]
Peter Mendelsund.

martes, 19 de enero de 2016

Ver poco

Si un lector puede imaginar mejor o peor que otro, ¿una civilización puede ser mejor que otra a la hora de imaginar?
¿Los músculos que empleamos para imaginar se debilitan a medida que nuestra civilización envejece? Antes de la era de la fotografía y el cine, ¿imaginábamos mejor, o con más claridad, que ahora? Nuestras capacidades memorísticas se están atrofiando, y me pregunto si nuestra creatividad visual podría atrofiarse también. La excesiva estimulación visual de nuestra cultura es objeto de un amplio debate hoy en día, y las conclusiones son alarmantes. (Nuestra imaginación agoniza, afirman algunos.) En todo caso, sea cual sea la salud relativa de nuestra imaginación, todavía leemos. La proliferación acelerada de la imagen no nos ha alejado de la palabra escrita. Y leemos porque los libros nos ofrecen un placer único: un placer que el cine, la televisión y los demás medios no nos pueden proporcionar.
Los libros nos permiten ciertas libertades. Podemos mantenernos mentalmente activos mientras leemos. Podemos participar plenamente en la confección (en el proceso imaginativo) de un relato.
Y, si es cierto que en nuestra imaginación no podemos esbozar un vago esquema, tal vez ello constituya un componente esencial para explicar por qué amamos las historias escritas. Es decir, a veces preferimos ver muy poco

De ¿Qué vemos cuando leemos? [2015] de Peter Mendelsund, otro libro sobre libros que ha caído en mis manos hace poco...

lunes, 11 de enero de 2016

Escritura y conversación

La escritura [...] no es más que un nombre diferente que se le da a la conversación. Y al igual que nadie que se sabe en buena compañía se atrevería a hablar sin parar y a decirlo todo él, así ningún autor que comprenda bien cuáles son los límites del decoro y de la buena educación presumiría de pensarlo todo él. La mayor y más sincera muestra de respeto que se le pueda dar al entendimiento del lector consiste en repartir amigablemente con él esta tarea y en dejarle imaginar algo a su vez: tanto, casi, como el propio autor.

Cita de La vida y las opiniones del caballero Tristam Shandy [1759-67], de Laurence Sterne [1713-1768], que he encontrado hojeando al azar el libro ¿Qué vemos cuando leemos? [2014] de Peter Mendelsund, uno de mis últimos descubrimientos para este año nuevo que empieza...