He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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lunes, 15 de enero de 2018

Hallazgos

Algunos de mis hallazgos del año que acaba de terminar:
  • El astillero de Juan Carlos Onetti, recomendación insistente en el taller de escritura de Zapata.
  • Las Comedias de Aristófanes: ácidas, actuales, critiquísimas.
  • El Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin
  • Querida Ijeawale y Algo alrededor de tu cuello, de Chimamanda Ngozi Adichie. Hace mucho que me gusta y leo y sigo a Chimamanda, pero siempre es un hallazgo para mí.
  • Los cuentos y novelas de Anna Gavalda: mi último hallazgo del 2017.
Un par de redescubrimientos: dos libros que había leído hace mil años, cuando estaba en COU o en la facultad, que recordaba molones, pero que ahora me han fascinado y me han dejado la cabeza del revés:
Y Nuccio Ordine, claro, con quien empecé el 2016 y ahora empiezo el 2018.

¡Seguimos!

sábado, 13 de enero de 2018

Y lloré

Y lloré.
Mucho.
Demasiado.

A veces, algunas lágrimas sirven para abrir camino a todas las demás. Lloré mucho. Lo lloré todo. Todo lo que no me gustaba de mí misma, las tonterías que había hecho hasta entonces y nunca le había contado a nadie, y todo lo que había perdido por el camino desde que tenía edad para comprender que algunas cosas se pierden para siempre.

Lloré desde la place de l'Étoile hasta la place de Clichy.
Lloré por todo París. Lloré por toda mi vida.

De Una vida mejor [2016] de Anna Gavalda [1970- ].

sábado, 30 de diciembre de 2017

Una pizquita de felicidad robada

Echémosle la culpa al cansancio, pero el caso es que me sorprendí a mí misma poniéndome de lo más sentimental. Sentí una enorme bocanada de ternura por esos tres y la intuición de que estábamos viviendo nuestras últimas meriendas de infancia...
Hacía casi treinta años que estos chicos me alegraban la vida... ¿Qué iba a ser de mí sin ellos? ¿Y cuándo terminaría la vida por separarnos?
Porque así son las cosas. Porque el tiempo separa a los que se quieren, y nada perdura.

Lo que estábamos viviendo, y los cuatro nos dábamos perfecta cuenta de ello, era una pizquita de felicidad robada. Una tregua, un paréntesis, un instante de gracia. Unas pocas horas sisadas a los demás...
¿Durante cuánto tiempo más tendríamos la energía de escapar así del día a día para saltar la verja del colegio? ¿Cuántas vacaciones nos daría aún la vida? ¿Cuántas burlas nos haría todavía? ¿Cuántos poquitos más de cosas buenas nos tenía reservados todavía? ¿Cuándo íbamos a perdernos y cómo se iría difuminando lo que aún nos unía?

¿Cuántos años nos quedaban todavía antes de hacernos viejos?

Y sé que éramos todos conscientes. Nos conozco bien. 
El pudor nos impedía hablar de ello pero, en ese momento preciso de nuestros caminos, lo sabíamos.
Sabíamos que, al pie de ese castillo en ruinas, estábamos viviendo el final de una época y que se acercaba el momento del cambio. Que había que zafarse de esa complicidad, esa ternura, ese amor algo rugoso. Había que desprenderse de todo eso. Abrir la palma de la mano y crecer por fin. 
También los Dalton tenían que marcharse cada uno por su lado al atardecer...

De la novela La sal de la vida [2009] de Anna Gavalda [1970- ].

sábado, 23 de diciembre de 2017

Amigas

Actualmente es mi mejor amiga. La nuestra es una amistad como la de Montaigne y La Boétie... Ya sabéis, algo absoluto y difícil de explicar. Y el hecho de que está joven de treinta y dos años sea mi hermana es puramente anecdótico. Digamos que la única diferencia es que no hemos tardado mucho tiempo en conocernos.
A ella le van los Ensayos de Montaigne, las súper teorías del filósofo tales como que la cabezonería encuentra su castigo en esta vida y que filosofar es aprender a morir. A mí me va el Discurso de la servidumbre voluntaria de La Boétie, los abusos infinitos y todos esos tiranos que si son grandes es sólo porque nosotros nos arrodillamos ante ellos. A ella le va el conocimiento verdadero, lo mío son más los tribunales. Y las dos sentimos que somos la mitad de todo y que la una sin la otra no estaría más que a medias.

De la maravillosa novela La sal de la vida [2009] de la escritora francesa, que acabo de descubrir, Anna Gavalda [1970- ].