He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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viernes, 23 de octubre de 2015

Ayudan a pasar el tiempo

-Veo que tienes un montón de libros -comentó, fijándose en que había uno apoyado en el bote de la salsa y dos más en el aparador.
-Ayudan a pasar el tiempo -contesté, mientras encendía una cerilla porque se me había apagado la pipa-. Me gusta leer.

Del relato El cuadro de la barca de pesca, del escritor inglés Alan Sillitoe [1928-2010].

martes, 15 de septiembre de 2015

Soy un ser humano

Soy un ser humano y tengo mis propios pensamientos, mis secretos y una condenada vida en el cuerpo que él no sabe que existe porque es un memo. Supongo que a ustedes esto les hará gracia, que yo diga que el director es un estúpido cabrón, cuando yo apenas sé escribir y él sabe leer, escribir y sumar como un catedrático. Pero lo que digo es la pura verdad. Él es un imbécil y yo no, porque yo sé ver lo que hay dentro de los que son como él mejor que él lo que hay dentro de los que son como yo. De acuerdo, los dos somos astutos, pero yo lo soy más y acabaré ganando, aunque muera en una celda a los ochenta y dos años, porque le sacaré a mi vida más diversión y más alegría que él a la suya. Imagino que él habrá leído un montón de libros y, por lo que sé, hasta es posible que haya escrito unos cuantos; pero también sé seguro, como que estoy sentado aquí ahora, que lo que estoy garabateando vale mil veces más que lo que él pueda garabatear en toda su vida. No me importa lo que diga nadie porque ésa es la verdad y no se puede negar. Cuando me habla y miro su cara de sargento, sé que yo estoy vivo y que él está muerto. Está más muerto que mi abuela. Si él corriera diez metros moriría en el acto. Y si se metiera diez metros en lo que hay dentro de mis entrañas, también moriría en el acto... del susto. Por el momento estamos en una situación en la que los tipos muertos como él tienen la porra en alto sobre los tipos como yo; incluso estoy completamente seguro de que siempre será así, pero de todos modos juro que prefiero ser como soy (siempre huyendo y forzando tiendas por un paquete de cigarrillos o un tarro de mermelada) que estar siempre encima de los demás con el látigo en la mano y estar muerto de la cabeza a los pies. Quizá es que en cuanto coges el látigo te mueres. Y decir esta frase me ha costado unos cuantos cientos de kilómetros a campo traviesa. Al principio, decir una cosa así habría sido tan imposible como sacar un billete de un millón de libras del bolsillo trasero de mi pantalón. Pero es verdad y ustedes lo saben; y ahora que vuelvo a pensarlo ha sido siempre verdad y siempre lo será, y estoy más seguro de ello cada vez que veo al director abriendo la puerta aquella y diciéndonos: buenos dííías, muchachos.

Del relato La soledad del corredor de fondo [1959], de Alan Sillitoe [1928-2010].

miércoles, 2 de septiembre de 2015

La vida

Y, cuando atravesaba los campos, supe cómo es la soledad del corredor de fondo, y me di cuenta de que para mí esta sensación era lo único honesto y verdadero que había en el mundo, y comprendí que esto no cambiaría nunca, fueran las que fueran las sensaciones que pueda tener en algún momento raro, y sea lo que sea lo que los demás quieran explicarme. El que venía detrás debía de estar muy lejos porque todo estaba en silencio y se notaba menos ruido y menos movimiento incluso que el que hay a las cinco de la mañana de una helada madrugada de invierno. Era difícil de comprender, y todo lo que sabía era que uno tenía que correr, correr y correr, sin saber por qué corría, pero uno seguía corriendo, atravesando campos que no entendía, entrando en bosques que daban miedo, remontando colinas sin darse cuenta de que las había subido o bajado y saltando arroyos que le habrían helado el corazón a cualquiera que hubiese caído en ellos. Y el poste de la meta no era el final de aquello, por más que la gente pudiera estar animándote, porque había que seguir adelante antes de haber recuperado el aliento, y la única ocasión en que uno se paraba de verdad era cuando tropezaba con el tronco de un árbol y se rompía el pescuezo o caía en un pozo abandonado y se quedaba muerto en la oscuridad para siempre. Así que yo pensaba: no, no van a cazarme en esta trampa de las carreras, esto de correr tratando de llegar el primero, esto de trotar por un trozo de cinta azul, porque ésta no es la forma de seguir adelante, para nada, por más que ellos juren ciegamente que sí. Uno no debe hacer caso a nadie y debe seguir su propio camino, y no el que le señale una hilera de gente con esponjas empapadas y botellas de yodo para cuando te caes y te haces heridas, para que ellos puedan levantarse de nuevo -por más que uno quiera quedarse donde está- y ponerte en marcha otra vez.

Hace unos días leí La soledad del corredor de fondo [1959], el relato largo (o novela corta, que nunca estoy seguro de cómo pueden y deben llamarse estas cosas...) del escritor inglés Alan Sillitoe [1928-2010].
Hace mucho tiempo que conocía el título y siempre me había llamado la atención por aquello de las maratones y las carreras largas. Por fin ha caído en mis manos y me ha gustado. Es un relato lleno de rebeldía, de inconformismo, de resistencia a lo establecido y a "lo que debe ser", a lo que se espera de cada unx de nosotrxs. Toda una metáfora de la vida y de cómo arrostrarla de forma digna.
No conocía al autor. De hecho creo que cuando vi este librito hace unos días en la biblioteca fue la primera vez que oía su nombre, y con toda seguridad es la primera vez que leo algo suyo. Y desde luego no conocía al grupo al que en la wikipedia dice que pertenecía junto con otros escritores ingleses de los años 50 también enfadados como él: los Angry Young Men. Autodenominarse así es toda una declaración de principios, aunque tal vez no sea muy saludable que lo que te defina, como escritor y como persona, sea tu enfado con el mundo...