He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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sábado, 20 de enero de 2018

Tenemos que querernos

Estuvimos tendidos en el suelo unos minutos, como si hubiésemos ingerido algún narcótico. En derredor el silencio era tan absoluto que lo único que se oía era ese gorgoteo desde el interior del coche.
—¿Y ahora qué hacemos, Frank?
—Ahora tenemos que ir adelante, Cora; tienes que hacerte fuerte. ¿Estás segura de que podrás aguantar?
—Después de esto puedo aguantar todo.
—La policía te va a tener a mal traer. Tratarán de amilanarte. ¿Crees que podrás hacerles frente?
—Creo que sí.
—Tal vez te endilguen algún cargo. No creo que puedan, con todos esos testigos que tenemos, pero a lo mejor lo hacen y te pasas un año en la cárcel por homicidio por imprudencia. No quiero que te hagas ilusiones. ¿Crees que podrás soportarlo?
—Siempre que al salir te encuentre esperándome...
—Estaré allí.
—Entonces podré.
—No te preocupes por mí. Yo estoy borracho. Hay testigos. Les diré cualquier cosa para hacerles perder la pista. Así, cuando esté fresco y diga lo que debo decir, me creerán.
—No lo olvidaré.
—Y tú estás furiosa conmigo, por la borrachera. Me consideras el culpable de todo.
—Comprendo.
—Bueno, entonces estamos listos.
—Frank...
—¿Qué?
—Una cosa. Tenemos que querernos. Si nos queremos, nada puede importarnos.
—¿Y acaso no nos queremos?
—Yo seré la primera en decirlo: te quiero, Frank.
—Te quiero, Cora.
—Bésame.

Con este diálogo empieza el capítulo 9 de la novela El cartero siempre llama dos veces [1934], de James M. Cain [1892-1977]. Otro de esos libros que leí hace un millón de años y que ahora (re)descubro entusiasmado.

Zapata dice que para aprender a escribir diálogos hay que leerse a Chandler y a Hammett y, sobre todo, el cartero de James M. Cain...

martes, 6 de junio de 2017

¿Quieres irte, Ned, y no volver nunca?

Al salir de la cocina oyó a Fedink que le preguntaba en voz triste y muerta:
—¿Dónde está Ted?
El único ojo que resultaba visible estaba medio abierto. Ned se acercó:
—¿Quién es Ted?
—El chico que estaba conmigo.
—¿Estabas con alguien? ¿Cómo quieres que yo lo sepa?
Fedink abrió la boca e hizo un desagradable ruido seco al cerrarla.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Tampoco lo sé. Amanecerá pronto.
Se restregó la muchacha la cara contra la funda de cretona que recubría el almohadón en que la descansaba y dijo:
—Pues sí que me he portado bien. Le prometí ayer casarme con él y voy y le dejo para traerme a casa al primer quídam con que topo —abrió y cerró la mano que tenía encima de la cabeza y añadió—: ¿O no estoy en mi casa?
—Al menos tenías la llave de la puerta —respondió Ned—. ¿Quieres un zumo de naranja y un poco de café?
—Lo único que quiero es morirme. ¿Quieres irte, Ned, y no volver nunca?
—Me va a suponer un tremendo sacrificio —dijo él desabridamente—, pero trataré de hacerlo.
Se puso el abrigo y los guantes, sacó una arrugada gorra del bolsillo del abrigo, se la puso y salió del apartamento.

Ayer, en el taller de escritura, nuestro profe nos dijo que si queríamos aprender a escribir diálogos debíamos leernos una y mil veces El cartero siempre llama dos veces, de James M. Cain, y a Raymond Chandler y a Dashiell Hammett. Este fragmento que he colgado hoy aquí es de la novela La llave de cristal, escrita en 1931 por este ultimo.