He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
Mostrando entradas con la etiqueta Medardo Fraile. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Medardo Fraile. Mostrar todas las entradas

sábado, 19 de noviembre de 2016

El cuento

Escribir cuentos no es sólo contar una historia. Contar una historia es cosa de antes, cuando los relatos carecían de entidad y misterio, algo que toda creación literaria ambiciona y consigue pocas veces. ¿Qué es el misterio? Es lo que encuentra el lector y no lo puede explicar. El lector sabe que tal o cual relato le ha gustado y, cuando se lo cuenta a su mujer o a un amigo, estos no comprenden porqué. "¿Qué tiene eso de particular?", le dicen. Entonces lo único que puede hacer el segundo para comprender el entusiasmo del primero es leerlo él mismo. El misterio lo traen, a veces, uno o varios ecos. En todo buen cuento deben oírse ecos, como en la vida humana hay ecos que no son aparentes, pero configuran el misterio de cada cual. Los ecos dan consistencia real a los personajes y a las situaciones en que se encuentran.

De A media página [2012], recopilación de mini artículos de Medardo Fraile [1925-2013].

jueves, 15 de septiembre de 2016

Relatos sin relato

El nuevo concepto de "story" ("relato"), que tiene su génesis en la obra de Chéjov, se centra en la nueva definición de "experiencia inmediata" que sólo se da en la brevedad y que se nutre de una incertidumbre y de una deshumanización altamente creativa, de una impresión emocional y cognitiva provocada por algún detalle aparentemente nimio de la vida cotidiana que al insertarse en pleno devenir de una vida se convierte en la expresión más clara de su universalidad. Sabido es que el espacio del relato breve no permite la acumulación de los detalles ni de las experiencias en su prolongada interacción social, como ocurre con la novela, con unos personajes que se describen desde fuera como si fueran reales y a los que se subordina el argumento casi siempre de manera lineal. Esto lleva a la construcción de un nuevo personaje, y a la nueva estrategia narrativa de construcción del personaje, que no sólo es más eficaz en el relato breve como obra de arte con sus características de máxima condensación y efecto único trascendental, sino que expresa más fielmente la compleja realidad humana y social de la época. En la obra de Chéjov no existen los personajes tal y como tradicionalmente los concebimos, existen los múltiples estados de conciencia y, más específicamente -esto es algo que afectó directamente a Mansfield-, los múltiples estados de ánimo, presentados de forma nítida y libres de todo atisbo sentimentaloide. El ser y el devenir ocupan el espacio narrativo de la acción provocando toda una oleada de crítica sobre que son historias sin historia, o relatos sin relato, que hoy nos sirve para situar con más claridad los márgenes de la transgresión de aquella ficción vanguardista. Los ritmos se multiplican y el tono pasa a ocupar el sitio del argumento, convirtiéndonos en lectores implicados en la deriva del relato.

Me gustan mucho esos relatos en los que aparentemente no pasa nada o lo que pasa parece tan irrelevante que llega a quedar en segundo plano frente a cómo se sienten los personajes y cómo viven eso que ocurre. Pienso por ejemplo en cuentos de Raymond Carver o de Alice Munro o en alguno de Medardo Fraile que he leído últimamente, en los que muchas veces el 'argumento' pasa casi desapercibido y lo que (al menos a mí me) queda es la sensación de cómo lo han vivido las personas que han deambulado por esas pocas páginas.

Estoy leyendo estos días los Relatos breves de Katherine Mansfield [1888-1923]. He encontrado este párrafo en la introducción (muy interesante para tener un primer acercamiento a la autora, que yo no conocía) que hace Juani Guerra (también editora y traductora).

Muy recomendable.

martes, 30 de agosto de 2016

El álbum

Entraron aprisa en el café y se sentaron. La impaciencia les encendía los ojos al dejar el paquete sobre la mesa. Ella, apenas sentada, comenzó a abrirlo, mirando con amor, alternativamente, la cinta roja sobre el papel y el rostro de él con ligero orgullo protector y expectante.
–¿Qué van a tomar?
–Café con leche. ¿Y tú?
–Lo mismo.
En la mesa apareció con pastas de color azul marino, como el traje de los días señalados, el álbum de las chocolatinas. Era un gran día. Habían hablado de él como se habla de cuando llegará un niño. Aquel álbum representaba el tesón del novio en su niñez, que había reunido una estampita tras otra hasta cubrir todas las ventanillas sin paisaje de aquel libro difícil. Sus compañeros de colegio –él lo recordaba– habían dejado en el álbum huecos de desamor y desidia. Y el álbum, ahora flamante sobre la mesa, mostraba la solicitud en el tiempo de un hombre cuidadoso, fiel toda la vida a sus más inocentes alegrías, al objeto de su ilusión más nimia. Para la novia, aquel álbum azul implicaba tesón y constancia. Tenían sobre la mesa el café con leche del amor humilde, pero tenían también dentro del libro las maravillas todas del Universo, y se pusieron a deshojarlas con lentitud amorosa, como si en ello les fuera su felicidad, el sí o el no. 
–No: hoy "Las Mariposas", no –decía ella con tremendo gozo–. Hemos visto ya "Los Grandes Inventos".
Cada hoja les aproximaba, día tras día, un poco más. El día de "Las Mariposas", ella balanceó sus pestañas en el aire hacia un hombre joven que estaba enfrente sentado, y él –el novio– tuvo celos. Pero ella ni había mirado siquiera a aquel hombre: quería simplemente mariposear con sus finas pestañas. El día de "Las Aves Domésticas" proyectaron un canario naranja transparentándose en el hogar que tendrían, en la ventana con sol: "Mejor, blanco", insinuaba él. "No, tiene que ser naranja", decía resuelta ella, entornando los ojos como si les dañara el agridulce color del pájaro. Las "Aves Exóticas" pusieron sobre el pelo de ella, suave, un sombrerito atrevido de vistosas plumas en una tarde con risa en el mundo, y champaña y "confetti". En "Flores Para Regalo", él la obsequió con doce tulipanes para que no olvidara alguna cosa. Al llegar a "Animales Prehistóricos", tuvo ella miedo y se acercaron más. Él quiso continuar más días viendo "Los Animales Prehistóricos", pero ella se negó y entró en la hoja rutilante de "Las Piedras Preciosas". Ante "Las Piedras Preciosas" él anduvo receloso por sentimiento atávico. Veía en los ojos de ella cierta cortesana desfachatez, ciertas desmesuradas pretensiones, que le tuvieron en desazón toda la tarde y que interpuso entre ellos una pastosa frialdad anfibia. En "Las Algas" enredaron sus dedos, manos, brazos, miradas y palabras. Con "La Evolución Del Automóvil" lo pasaron bien, dieron saltos y frenazos bamboleantes sobre sus sillas. Con "Las Fieras" se identificó ella de tal forma, que los ojos se le llenaron de instinto y él se encontró como un domador trágico que de un instante a otro podía perecer. Con "La Fauna del Mar" cruzaron una y otra vez por los ojos de él y de ella los peces cariñosos, perezosos, suaves, del amor, y estuvieron pasando toda la tarde mansa, humildemente. Al llegar a "Las Frutas", ella, con un rubor, posó su mano sobre las manzanas para que él no tuviera ningún pensamiento avanzado, para que no pensara como Adán.
Terminaron el álbum, y estaban tostados y palpitantes como después de un largo viaje. Era como si volvieran con los mismos recuerdos de una luna de miel respetuosa. Ella esperó todos los días –sobre todo el último– a que él dijera: "El álbum, para ti, te lo regalo". Pero no lo hizo. Llenar aquel libro de cromos había sido la gracia de su niñez, le había proporcionado entrada de honor en todas las visitas. Y cogió su álbum y se lo guardó. Ella, de haberlo tenido, le hubiera devuelto su regalo en palabras llenas de entendimiento y colores, en experiencia del mundo, en primores en plantea y honduras de mar. Pero así las tardes fueron enfriándose, se aburrían y hacían tos de las palabras rotas. Y un día ella –que se había enamorado de aquel álbum– le dijo adiós a él. Y él tendrá que sacarlo de nuevo en su vida, cuando llegue la hora, sin atreverse a regalarlo nunca.

Cuento de Medardo Fraile [1925-2013] incluido en su libro Con los días contados [1972].

jueves, 26 de mayo de 2016

Mecanógrafa o reina

Hacía ya tiempo que no recordaba yo a Carmencita, pero esta tarde, Dimas –no el de la sección de compras, sino el calvo– ha estado hablando de ella conmigo. Ha sido a esa hora en que Dimas, mientras se toma su bocadillo, nos viene a ver a los de Asuntos Sociales. Él está en Material y Construcción, precisamente donde estuvo los seis primeros meses, cuando llegó Carmencita. Luego la pasaron a Secretaría Técnica, y ahora ya no está con nosotros.
Recuerdo que en aquel tiempo, cuando llegó el pimpollo de Carmencita a Material y Construcción, echaban una película de Marilyn Monroe: Tormenta en la ciudad, me parece; o no, Tarde de lluvia, Amor en el mar o algo así. No va uno a recordar todas las películas. Pues, al principio, llegar a la oficina Carmencita y representársenos Marilyn Monroe todo fue una. Algunos, y entre ellos Dimas, llegaron a tararearle en broma la canción de la película aquella, Amor en el mar, o como se llamase.
Durante los primeros días, Carmencita estuvo cohibida. Siempre, cuando entran nuevas, les pasa eso: se preocupan por el número de pulsaciones que dan en la máquina y cosas por el estilo, hasta que aprenden que se debe de escribir despacio y nada más, y que por eso no las van a comer. También están siempre tirándose de la falda, pero eso es un timito para que sepamos que allí hay una falda. Carmencita fue sensacional. La llamábamos todos "la chiquilla", porque estábamos ya hartos de aquellas otras "mujeres" y queríamos distinguirla. Bueno, si la chiquilla llega al 6 de enero, creemos que la han dejado los Reyes y si entra el 21 de marzo la tomamos por la mismísima primavera. Fue realmente curioso lo que pasó.
Un buen día, a Material y Construcción llega la mecanógrafa nueva y a los cinco minutos la casa estaba revuelta hablando de la chavala. Y ni era llamativa ni se pintaba casi. Pero tenía algo. Morán y Manolo van en seguida y se peinan bien, se arreglan el bigote, se ponen dos semanas el traje nuevo y dicen: "Esta, para uno de los dos." Y pasan un día por Material y Construcción, y otro día y otro. Pero Carmencita ni verlos. Ella ni mirarlos ni caso. Total: que todos la confundieron. Empezaron a hablar de que tenía muchos humos, de que se lo tenía creído y quería un príncipe azul y otras cosas. Y no era eso. Carmencita sabía lo que quería, y esperaba, y Morán y Manolo acabaron colándose como dos críos. Dimas y yo nos alegramos de que no les hiciera cara, ¡qué diablo! Con 950 al mes que ganan ellos se puede ser guapo hasta cierto punto.
Pues sí: esta tarde hemos estado hablando con ella. Rosarito, la secretaria de mi sección, de oírnos, no daba abasto para reírse, con una risita molesta, como si no pudiera comprender nuestra admiración altruista por aquella muchacha. Ya sabemos que las mujeres, entre ellas, en esto del compañerismo, andan regular. Ella, la chiquilla, lo sabía también y sufrió lo suyo con la mayoría de sus compañeras y hasta con la mujer de alguno. Cuando ella estaba delante, las demás le ponían buena cara y le pasaban las manos por las mejillas, que daba gloria ver cómo se deslizaban; pero si no estaba ella, la llamaban frívola, presumida y loca, y, sobre todo, lo que más me indignaba es que decían que no era para tanto.
Y eso no: loca no era. Porque yo –y muchos– hemos ido al cine con ella y sabemos que de loca no tenía ni un pelo. Como compañeros, dentro o fuera del trabajo, lo que quisiéramos, pero nada más. A lo mejor estabas en el cine, por ejemplo, y se te ponía en la cabeza que la chiquilla era para ti. Ella entonces se te quedaba mirando de tal forma, que tú sabías que estabas haciendo el indio, y ese momento de duda era el que aprovechaba ella para decirte:
–No lo estropees, hombre. Eres un compañero y nada más, y por eso he venido al cine contigo. Es una tontería. Estate quieto.
Algunos, por esto, decían que era fría. Pero mirando sus ojos con un poco de comprensión se veía que encerraba fuego, un fuego, incluso, particular; un hermoso incendio. La chiquilla era singular en todo. Fue la única mecanógrafa que no quiso casarse con ninguno de nosotros, y su pudo hacerlo o no, ahí están Manolo y Morán, y sobre todo Moro, que lo pueden decir. 
Bernardo Moro está en Secretaría Técnica y hace cuatro años se quedó viudo. Es buen compañero y es serio, aunque tiene mucho amor propio y no encaja que se le niegue algo. Ese también es de los que se encienden, y estuvo sus tres años que ni comía, ni vivía, ni pegaba un ojo. Lo de la chiquilla le dio demasiado fuerte y lo pasó muy mal.
A mí lo que me gustaba de Carmencita era cuando aparecía en una puerta, miraba, decía "¡Hola!" y se volvía sin entrar, como si algo se le hubiese olvidado o hubiera ido a mirar Dios sabe qué. Entonces, sí. Entonces era para comérsela, porque ella tenía su mundo: un mundo muy personal. La verdad es que, en tres años que estuvo, hizo de la oficina una pecera, en la que nosotros, los peces grises, admirábamos con orgullo a aquel pez de colores, que se dignaba estar ocho horas como todos y ganar un sueldo como los demás. Era un bonito pez, de carne jugosa, larga y de limpio color, al que, descuartizado, se hubiera vendido a buen precio, pero con pena. Vestía muy sencilla y con gracia, y ante ella uno sentía que era un cero a la izquierda, porque su presencia lo menos que evocaba eran los trasatlánticos, los partidos de tenis y las grandes ciudades: Nueva York, París. Es como decía Dimas el calvo:
–En esto de las chavalas hay verdaderas preciosidades. 
Cuando la pasaron de Material y Construcción a Secretaría Técnica, donde más bien estuvo de secretaria, volvió a equivocar a todo el mundo. Yo no estaba en lo cierto. Yo también me equivoqué. Los jefes viven, por así decirlo, en Secretaría Técnica, y en seguida pensamos que la chiquilla, como era lógico, iría a parar a manos de don Tomás, que es un tipo sanguíneo y demasiado gordo, pero tiene dinero y posición y ya es sabido de qué pie cojea. Es hombre de paladar y distrae bien a las muchachas que, de buenas a primeras, se encuentran con un coche a la puerta y la cabeza se les llena de pájaros. Pero no pasó nada, y nos consta que el jefe se excedió en ofertas y en atenciones. Hay quien dice –todos sabemos quién lo dice– que Carmencita un día le zumbó. En fin, uno no sabe si llegaría a tanto. El caso es que a la chiquilla tampoco era el dinero lo único que le interesaba, como habíamos pensado muchas veces. Y eso que don Tomás, por ser casado, evitaba con largueza toda clase de escándalos. Es lo que yo decía antes: que también una mujer tiene su gusto, y que ella sabía lo que quería y lo esperaba sin apuro, como debe ser.
Hoy ha estado Dimas hablando de ella conmigo lo menos hora y media. Todos han tenido tiempo de merendar, y yo mismo, que no lo hago nunca, he llamado por teléfono a Joaquín, el del bar, para que me hiciera un café. Hay veces, por las tardes, que se pasa bien el rato. Uno se lía, se lía, y llegan las siete y media sin sentir. Y es que hoy Dimas ha visto a la chiquilla por la calle y, según dice, se han parado a charlar. Creo que nos recordaba a todos y Dimas dice que ha estado muy amable. Por cierto que al final hemos acabado hablando de Gaspar. Yo he querido ver las cosas con frialdad, ser objetivo. Pienso que la vida nos ofrece muchas sorpresas; a veces la pasión hay que dejarla a un lado. Gaspar fue una sorpresa. Recuerdo que, en uno o dos meses, no hubo por aquí nada que atrajese la atención tanto como él. Cómo entraría en la oficina, aún no lo sabemos, pero todas las mañanas llegaba tarde y, cuando se terciaba, le daba voces al jefe que era un primor. Al principio le admirábamos un poco, todo el mundo hablaba de él y se dijo que si al jefe le había salvado la vida en Teruel, en el frente; que si había sido oficial. Vaya usted a saber. El caso es que tampoco se le quería demasiado. Tenía mucho orgullo, parecía que había jugado al golf mucho más que el príncipe de Gales, y el tipo era un elegante de miedo. Yo me inclino a creer que era un buen chico, pero, ¡lo que pasa!: de esos que tiene mala crianza y gastan más de lo que ganan.
Yo no sé lo que Carmencita vería en él, pero allí acabó su historia. Se casaron, dieron una boda por todo lo alto –en la que se hicieron novios Alberto y María Luisa, que están los dos en la Sección de Comercial– y al poco tiempo a Gaspar –que organizó un "cacao"– le echaron de la oficina, y Carmencita pidió el traslado a la sucursal de Méndez Núñez, donde ahora trabaja. 
Rosarito, la secretaria de mi sección, al final se ha interesado y le ha preguntado a Dimas si Carmencita había tenido familia después de casarse o si "esperaba algo". Dimas no sabía. Ni se había fijado ni quiso preguntar.
Después de marcharse no he visto yo a la chiquilla y hacía tiempo que no me acordaba de ella. Hoy nos ha dicho Dimas que ya no es ni la sombra de lo que fue, ni vistiendo ni nada. 
Ahora que lo pienso, creo que lo de Carmencita fue un reinado. En aquel tiempo éramos mejores, porque su presencia nos lo exigía. Fue un reinado que echamos de menos los que lo conocimos. Estábamos entonces en un peldaño más alto y teníamos todos los días sueños en la cabeza. ¡Qué saben los que han entrado nuevos, estos jovencitos, de nuestras cosas pasadas! No alcanzarán ellos otro reinado igual.

Cuento de Medardo Fraile [1925-2013] incluido en su libro Con los días contados [1972].

miércoles, 13 de abril de 2016

Rosa, rosas

La señorita Oria enseñaba Latín y era casi una cría. Nosotros andábamos por los doce o los trece y, el día que ella entró en clase por primera vez fue memorable. Entró con una bolsa de plástico -los profesores iban con cartera- y, sin mirarnos ni decir palabra, sacó de la bolsa cuatro jarroncitos de Talavera y se dedicó a poner una sola rosa -de color rosa- en tres de ellos y un ramo de colores distintos en el otro. Parecía encantada y miraba las flores sonriendo. Luego, se dio un garbeo coqueto por el pasillo del centro de la clase y contempló su labor desde el fondo.
-Hoy -dijo-, vais a aprender la primera declinación latina y lo vais a hacer con una palabra muy importante: Rosa...
"¿Por qué es importante? Porque esas tres rosas de color rosa que he puesto ahí, a la izquierda, singulares, solas, aunque cada una de ellas ejerce un oficio con nombres que os van a parecer feos, han vivido más de dos mil años con la misma frescura y el mismo aroma y, a cada una de ellas, la llamaba "rosa" el primer romano que la nombró y "rosa" la llamamos nosotros todavía y cualquier jardinero o labriego castellano... Imaginaos lo que son dos mil años de gente, un siglo tras otro, diciendo "rosa"... Y, como vosotros sois estudiantes, y vuestros padres tal vez ingenieros, abogados o médicos, una se afana en el mundo por hacer de Nominativo, otra de Vocativo y la tercera de Ablativo... Pero las rosas son muy listas y, a veces, piden ayuda o se acicalan o se disfrazan con unos productos llamados desinencias para seguir siendo útiles. Hay más oficios para ellas...
"Y esas que están en el búcaro de la derecha, ¿qué son?"
Gritamos:
-¡Más rosas!
-¡Flores!
-¡Rosas!
-Sí, rosas, porque hay rosas de muchos colores, rojas, naranja, amarillas... Pues "rosas", en grupo, en plural como están ahí, era también lo que decía hace siglos la señora de cualquier villa romana al ordenar al jardinero que plantara un rosal o al adornar la ventana de su cuarto con un ramo de ellas en un florero. Y "rosas" las ha llamado la florista que me las vendió hace media hora. El oficio al que "rosas" se dedica es otro: el de Acusativo de Plural.
Y así siguió, advirtiéndonos que ya hablábamos latín sin saberlo cuando decíamos, no sólo "rosa", sino "aula", "fortuna", "gloria", "forma", "pirata", "crimen", "dolor", "castigo", y muchas palabras que oíamos o decíamos todos los días.
En otras clases, fue metiéndose en caminos más trillados, pero cuando habíamos aprendido que "las rosas estaban en el altar", que "la niña tenía una rosa", que "había rosas en el huerto", que "la corona era de rosas" y que "las palomas eran blancas", y nos metimos de bruces en el verbo "amar", más de cuatro estábamos enamorados sin remedio de Oria -la llamábamos Oria-, locos por ella, porque era una chiquilla grácil, morena, esbelta, y nos intrigaban los movimientos de su falda, su inteligencia y su risa.
La señorita Oria, al acabar su primera clase, metió las flores y los jarroncillos en la bolsa, cogió la rosa roja y se la prendió en el pelo y se marchó sin mirarnos, sonriendo.

Cuento de Medardo Fraile [1925-2013] incluido en el libro Antes del futuro imperfecto [2010].

miércoles, 30 de marzo de 2016

Libros

Vivimos hoy anegados en libros y es alucinante saber que el arranque de la gran filosofía ática, la que siglo tras siglo ha seguido incitándonos -la de Sócrates y Platón-, se consiguió (metafóricamente) con un cuarto de escaparate de cualquier librería de hoy, y aún con menos. Con poquísimos libros. Hoy hacen libros hasta los que no saben hacerlos y la factura de no pocos bestsellers no se diferencia gran cosa del proceso que nos pone en la mesa un arroz a banda, una perdiz estofada o un bacalao al pil-pil. El arte, o la artesanía, de cocinar un libro está a la orden del día. Escribir cualquier libro o llevarlo en la mano o debajo del brazo, retratarse entre libros prestigia, pero prestigio, en latín, no sólo significa la fascinación del mérito, sino también engaño, tropelía. El francotirador de la cultura tiene poco que ver con el que obedece al signo de la constancia.

De A media página [2012], recopilación de mini artículos de Medardo Fraile [1925-2013].

viernes, 18 de marzo de 2016

¡Me rindo!

Tengo un par de reglas no escritas y que respeto bastante relacionadas con este Capítulo VI y con los libros en general:

  • Una de ellas es que cuando comencé a hacer este blog, hace algo más de dos años, me propuse no hablar aquí (o hablar muy poco) de libros que no me gustaran.
    Hay demasiados libros buenos, y muy poco tiempo para leerlos, como para gastar parte de ese escaso tiempo hablando de los que te han aburrido, de los que no te han interesado, o de aquellos que te han parecido abiertamente un truñete...
    (Normalmente no me salto esta regla nunca, aunque revisando las etiquetas confirmo que alguna vez se ha nombrado por aquí al autor del peor-libro-que-he-leído-nunca...)
  • Y la otra regla, y ésta es muy anterior al blog, es que nunca dejo un libro a medias. Sí, ya sé que ésto contradice aquello de que tenemos poco tiempo y que no merece la pena gastarlo en cosas que no sean interesantes. Mucha gente me lo recuerda y me dice que por qué me mortifico tratando de acabar ladrillacos que se me atraviesan y con los que no consigo avanzar. De esos que cuando quieres pasar a la siguiente página parece que pesara kilos... y que al conseguir pasarla da la impresión de que le hubieran crecido unas cuantas más al final...
    Yo creo que me sale algo de la culpabilidad judeo cristiana que me inculcaron de pequeño, creo que pienso que quizá puedo darle una oportunidad, aguantar unas poquitas páginas más, porque tal vez avanzando un poco la cosa mejore... pero lo cierto es que hay casos en que no mejora nada y la sensación es cada vez peor...
Todo esto viene a cuento de que hoy quiero hablar aquí de dos libros que han caído en mis manos más o menos recientemente, que me han aburrido muuucho (rota la regla número 1) y que al final he acabado dejando (rota la regla número 2).

¡Ay!

El primero de ellos fue Nos vemos allá arriba, de Pierre Lemaitre.
La verdad es que al principio pintaba bien, había oído muy buenas críticas, le habían dado premios... pero al cabo de unas cuantas páginas (no menos de cien o doscientas) y de muchas semanas con el libro dando vueltas por la casa decidí que mejor lo abandonaba y ya le daría otra oportunidad dentro de un tiempo.
O no.

Y ahora me ha vuelto a pasar.
En nuestro Club de Lectura Serrano nos propusimos leer En la orilla de Rafael Chirbes.
Ufff....

También pintaba muy bien al principio. Las críticas que había leído por ahí en alguna ocasión decían que era la mejor novela en español del siglo XXI. (Quizá tendría que haber desconfiado de comentarios tan astronómicos...)
El caso es que no estoy pudiendo con ella. Y curiosamente, en el Club de Lectura parece que nadie o casi nadie está pudiendo con ella. Y eso que el grupo es bastante heterogéneo y variopinto.
Cuando ya llevaba ciento y pico páginas se me ocurrió buscar en unlibroaldía, que es un sitio que me gusta mucho, me encantan las reseñas que hacen y, en general, suelo coincidir con sus criterios. Y al leer la reseña que hacen de En la orilla me arrepentí de no haberla leído antes para ir más y mejor avisado...
Afortunadamente, por supuesto, durante este tiempo de atasco me ha cundido leyendo otras cosas como un montón de cuentos de Medardo Fraile, y cosas de Joan Fontcuberta, que siempre sientan bien y te obligan a hacer mucha gimnasia mental...

Ya liberado, saltadas mis dos reglas, me pongo con ésto que cogí la semana pasada en la biblioteca de La Cabrera y que tiene una pinta fenomenal:
¡Seguimos!

domingo, 13 de marzo de 2016

Ser escritor

Ser escritor -mantenía él- era otra cosa; no consistía en escribir. El escritor, por vulgar que sea en apariencia, habita en una luz inaccesible que alumbra lo que le rodea para hacerle más clara la vida del mundo, mala o buena, y la de los demás, y hablar es una forma de escritura en el aire, sin afeites, sin trampa ni cartón, con correcciones y rectificaciones a la vista y al oído del que lo escucha. Cuando se es escritor, también se escribe con la vida... Y, además -solía añadir sonriendo-, las personas más influyentes de la Humanidad no han escrito jamás una palabra...

Del cuento Culturalia, incluido en el libro Antes del futuro imperfecto [2010], del cuentista Medardo Fraile [1925-2013], de cuyo nacimiento se cumplen hoy 91 años.

martes, 1 de marzo de 2016

¿Todo teatro?

Hace unos días encontré, en uno de sus mini artículos recopilados en A media página [2012], un comentario de Medardo Fraile [1925-2013] sobre el sentido de la vida, que colgué ayer aquí. Y anoche, leyendo la novela En la orilla [2013], de Rafael Chirbes [1949-2015], di con ésto:

¿Todo teatro? ¿Todos actores, que en cualquier momento nos cansamos del papel que representamos y tiramos el disfraz? ¿O podemos decir que hay gente de verdad? Pero ¿qué es eso?, ¿qué quiere decir gente de verdad?, y si eso no quiere decir nada, si es nada, ¿qué sentido tiene la vida?, ¿qué es de nosotros si no existe esa gente? Uno tiende a pensar que la verdad de las personas aparece en los momentos decisivos, en el filo, cuando se bordean los límites. El momento de héroes y santos. Y, mira por dónde, en esos momentos el comportamiento humano no suele resultar ni ejemplar ni estimulante. El grupo que se da de codazos por llegar el primero a la taquilla en la que se expenden las entradas para un concierto; los espectadores que se pisotean huyendo del teatro en llamas y pasan por encima de los más débiles sin fijarse en ellos, el niño, las marchitas carnes del anciano, aplastados por las suelas de los ansiosos fugitivos, pinchados por los tacones de las jóvenes vestidas con elegancia para la salida nocturna; los honrados ciudadanos, incluidas las señoras -de buena familia, u obreras, en eso no hay distingos- que golpean furiosos con los remos las cabezas de los náufragos que intentan acceder al repleto bote salvavidas. Sálvese quien pueda.

lunes, 29 de febrero de 2016

El sentido de la vida

Y nuestra vida tiene sentido cuando el trabajo en que nos aplicamos lo tiene, cuando cuidamos a alguien con amor y cuando damos cauce a nuestro coraje en tiempos difíciles.

Lo dice Medardo Fraile [1925-2013] en uno de sus mini artículos recopilados en el volumen A media página [2012].