He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
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jueves, 2 de mayo de 2019

El tedio

Hasta donde recuerdo, siempre quise ser escritor. Como las caries, mi vocación fue temprana. De niño llenaba ya cuadernos con historias que me ayudaban a soportar mi soledad, aquella vida sin hermanos y, en la mayoría de las ocasiones, sin padres que llevé hasta la adolescencia, cuando mi horizonte se ensanchó con otros juegos y otros jueces.
Nunca he comprendido a quienes afirman que la infancia es el paraíso del hombre. Mi infancia fue triste. La abundancia material que me rodeó, incluso el afecto de las personas que cuidaban de mí, jamás consiguió librarme del aburrimiento, pues desde muy pronto comprendí cuál es la verdadera maldición de la vida. La verdadera maldición de la vida no es el trabajo, ni el sinsentido de la existencia, ni siquiera el dolor o la enfermedad: la verdadera maldición de la vida es el tedio. Sólo quien vence al tedio ha vivido, sólo quien es capaz de hacer algo distinto a matar el tiempo merece decir «he vivido».
Únicamente en los libros, bien como lector, bien como escritor, bien como corrector, he logrado vencer esa sensación de hastío infinito ante los sucesos de la vida. Los viajes me cansan como la Naturaleza cansaba a Hegel, que la veía repetirse a cada paso; la política me cansa como cansa asistir una y otra vez a la misma comedia representada por perros de distinto pelaje, pero que, sin embargo, ladran en idéntica clave; incluso las drogas o los placeres del cuerpo me arrastran, invariablemente, hacia una suerte de antieuforia, de monstruosa apatía.
A menudo Zoe, cuando me encuentra tirado en la cama con mi Onetti, mi Cheever o mi Kawabata en la mano, me llama cínico, eunuco y otras lindezas por el estilo. En esos momentos de rara armonía yo suelo sonreír como un buda ilustrado, agito el libro igual que un abanico y le propongo que nos demos un buen revolcón, pues sé que al regresar de su carne tibia, más allá del músculo y la vena, más allá de nuestro goce y nuestro sincero amor, siempre estarán ellos esperándome.

Capítulo IV de la novela El corrector [2009] de Ricardo Menéndez Salmón [1971- ].

viernes, 12 de octubre de 2018

6:50 am

Convertidos en un punto de vista único y puro nos encontramos en las alturas, sobre la ciudad. Lo que vemos ahora es el cuadro de una enorme metrópolis que se despierta. Trenes de cercanías pintados de diferentes colores se desplazan cada uno en una dirección distinta llevando a mucha gente de un lugar a otro. Ellos, los transportados, son individuos con un rostro y una mentalidad distintos, pero, a la vez, son parte anónima de un conjunto. Son una totalidad, pero, a la vez, sólo una pieza. Y, manejando esta dualidad de un modo hábil y acomodaticio, todos llevan a cabo sus ritos matutinos con precisión y rapidez. Se lavan los dientes, se afeitan, eligen una corbata, se pintan los labios. Ven las noticias de la televisión, intercambian algunas palabras con su familia, comen, defecan.
Junto con el alba, llegan los cuervos en bandadas a la ciudad en busca de alimento. Sus alas negrísimas y aceitosas brillan al sol de la mañana. La dualidad no reviste una gran importancia ni para los cuervos ni para los seres humanos. Asegurarse los nutrientes necesarios para la propia supervivencia: éste es, para ellos, el asunto primordial. Los camiones aún no han recogido toda la basura de las calles. Es una ciudad gigantesca y produce cantidades ingentes de desechos. Entre graznidos alborozados, los cuervos se lanzan sobre todos los rincones de la ciudad, como bombarderos en picado.
El nuevo sol vierte una nueva luz sobre las calles. Los cristales de los rascacielos lanzan destellos cegadores. En el cielo no hay ni una sola nube. Por ahora, no descubrimos ni un solo jirón. Sólo la neblina de la polución se extiende a lo largo de la línea del horizonte. La luna en cuarto creciente flota en el cielo del oeste convertida en una muda y pétrea masa de color blanco, en un mensaje perdido en la lejanía. Los helicópteros de los boletines informativos sobrevuelan el cielo con un movimiento nervioso, enviando a las emisoras imágenes del estado del tráfico en las carreteras. En la autopista de la capital, los vehículos que acceden a la ciudad ya han empezado a formar retenciones entre los peajes. Frías sombras se extienden aún en muchas calles encajonadas entre los edificios. En ellas todavía permanecen intactos muchos recuerdos de la noche anterior. 

De la novela After Dark [2004] del escritor japonés Haruki Murakami [1949- ].

lunes, 24 de septiembre de 2018

Un ademán afortunado

El acto de matar es instintivo, vitalmente lógico. Luego, las inhibiciones se encargan de adulterarlo. Las inhibiciones se disfrazan con una capa de moralidad. Pero en realidad se trata de repugnancia por la mera formalización, desacreditada a lo largo de una educación visual. Recuerden la primera imagen de la muerte que fijaron en su cerebro: Caín, quizá feísimo, con una descomunal quijada de burro en la mano. Abel, barbilampiño, blanco, yaciente. Después la literatura, el cine, todo, tiende a desacreditar la muerte aunque proporcionalmente la avale si la suministra el héroe. Fíjense en que el villano mata sin contenciones, sin límites. En cambio las matanzas del héroe han de justificarse siempre, ética y estéticamente. A la mujerte se le ha dado un carácter ultra: o es épica o es vergonzosa. Ustedes, a lo largo de una vida profesional, que les deseo dilatada, comprobarán que la muerte no es otra cosa que un ademán afortunado.

De la novela Yo maté a Kennedy [1972] de Manuel Vázquez Montalbán [1939-2003]

sábado, 22 de septiembre de 2018

Mejor que leer

De repente me acarició el pelo.
Dios mío, eso significaba: ¡me acaricia a mí!
Nunca me había acariciado una chica.
Era agradable. Maravilloso. Incluso mejor que leer.

De la novela Una familia feliz [2011] de David Safier [1966- ].

jueves, 13 de septiembre de 2018

Hacer algo creativo de verdad

-¿Te divierte tocar música? -pregunta Mari.
-Sí. Después de volar, creo que es lo más divertido que hay.
-¿Has volado alguna vez?
Takahashi sonríe. Con la sonrisa en los labios, hace una pausa antes de responder.
-No, nunca -dice-. Hablaba en sentido figurado.
-¿Quieres dedicarte profesionalmente a la música?
Él niega con la cabeza.
-No tengo tanto talento para eso. Tocar es muy divertido, pero me moriría de hambre. Porque, ¿sabes?, hay una gran diferencia entre hacerlo bien y hacer algo creativo de verdad. Yo no toco nada mal. La gente me felicita y yo estoy encantado de que me feliciten. Pero sólo eso. Así que este mes dejo la banda y me retiro del mundo de la música.
-¿Hacer algo creativo de verdad? ¿A qué te refieres?
-Pues, ¿cómo podría explicártelo...? Imagínate que eres capaz de sentir la música muy dentro de ti y que eso afecta de alguna manera a tu cuerpo, que tiene la necesidad de moverse todo el rato, e imagínate que, al mismo tiempo, afecta de igual manera a las personas que están escuchando tu música. Es crear ese estado de comunión. Supongo.
-Suena complicado.
-Muy complicado -dice Takahashi-. Así que yo me bajo en la próxima. Me cambio de tren en la siguiente estación. 

De la novela After Dark [2004] del escritor japonés Haruki Murakami [1949- ].

sábado, 25 de agosto de 2018

Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus


He vuelto a ver El nombre de la rosa [1980], la película que hizo Jean-Jacques Annaud [1943- ] a partir de la novela de Umberto Eco [1932-2016], uno de mis libros favoritos.

Es cierto que hay cosas en el libro que se echan de menos en la peli. Para mí, sobre todo, el desciframiento del laberinto de la biblioteca, que en la novela ocupa muchas páginas y que siempre que lo he leído me ha fascinado. Pero a pesar de todo me sigue gustando verla de nuevo de vez en cuando.

Igual que me encanta volver a leer la novela cada cierto tiempo...

(Por cierto, hoy 25 de agosto, cumple 88 años el enorme Sean Connery.)

domingo, 12 de agosto de 2018

Curiosidad intelectual

Mari calla. El hombre, cuchillo y tenedor en mano, tiene la mirada clavada en un punto del espacio, sobre la mesa, mientras reflexiona.
Y habla.
-Una vez leí la historia de tres hermanos a los que una corriente de agua arrastró hasta una isla de Hawai. Es un mito. Uno muy antiguo. Lo leí cuando era pequeño y no me acuerdo de todos los detalles, pero la cosa iba así. Tres hermanos salieron a pescar, zozobraron por culpa de una tormenta y flotaron mucho tiempo a la deriva hasta que fueron arrojados por las olas a la playa de una isla deshabitada. Era una isla muy hermosa, con muchas palmeras, con árboles cargados de frutos y una montaña altísima irguiéndose en el centro de la isla. Aquella noche, un dios se apareció en sueños a los tres hermanos y les dijo: "En la playa, un poco más allá, encontraréis tres grandes rocas redondas. Empujadlas hasta donde queráis. Y allí donde os detengáis será donde viviréis. Cuanto más arriba subáis, tanto más lejos alcanzaréis a ver el mundo. Decidid vosotros hasta dónde queréis llegar".
El hombre bebe un sorbo de agua y hace una pausa. Mari pone cara de indiferencia, pero escucha la historia con atención. 
-¿Lo has entendido bien hasta aquí?
Mari hace un pequeño gesto de asentimiento.
-¿Quieres oír cómo sigue? Es que, si no te interesa, me callo.
-Si no se alarga mucho.
-No. Es una historia bastante simple.
Tras tomar otro sorbo de agua, reemprende el relato.
Tal como les ha dicho el dios, los tres hermanos encuentran tres grandes rocas en la playa. Y tal como les ha dicho el dios que hagan, empiezan a empujarlas. Las rocas son muy grandes y pesadas, cuesta mucho moverlas y, además, hacerlas rodar pendiente arriba es terriblemente duro. El hermano menor es el primero en dejar oír su voz. "Hermanos", dice, "a mí ya me parece bien este lugar. Está cerca de la orilla y aquí podré pescar. Tendré suficiente para vivir. No me importa que mis ojos no alcancen a ver el mundo en toda su magnitud." Los otros dos hermanos siguieron avanzando. Pero, al llegar a media montaña, el segundo hermano dejó oír su voz. "Hermano, a mí ya me parece bien este lugar. Aquí hay fruta en abundancia y tendré suficiente para vivir. No me importa que mis ojos no alcancen a ver el mundo en toda su magnitud." El hermano mayor siguió avanzando por la cuesta. El camino era cada vez más estrecho y escarpado, pero él no flaqueó. Tenía un carácter muy perseverante y deseaba ver el mundo en toda su magnitud. Así que siguió empujando la roca hasta la extenuación. Tardó meses, casi sin comer ni beber, en arrastrar la roca hasta la cima de la montaña. Una vez allí, se detuvo y contempló el mundo. Alcanzaba a ver más lejos que nadie. Allí era donde viviría en lo sucesivo. En aquel lugar no crecía la hierba, ni tampoco volaban los pájaros. Para beber, sólo podía lamer el hielo y la escarcha. Para comer, sólo podía mordisquear el musgo. Pero él no se arrepintió. Porque podía contemplar el mundo entero... Y por eso, todavía ahora, hay una enorme roca redonda en la cima de la montaña de aquella isla de Hawai. Ésa era la historia. 
Silencio.
Mari pregunta:
-¿La historia tiene alguna moraleja, o algo por el estilo?
-Moralejas, yo diría que tiene dos. Una -dice él alzando un dedo-, que todos somos distintos. Incluidos los hermanos. Y la otra -dice alzando un segundo dedo-, que si realmente quieres algo, tienes que pagar un precio por ello.
-Pues a mí me parece más sensata la vida que escogieron los dos hermanos menores -opina Mari.
-Sí, claro -reconoce él-. A nadie se le ocurre ir a Hawai para acabar lamiendo escarcha y comiendo musgo. Por descontado. Pero el hermano mayor sentía curiosidad por ver el mundo en toda su magnitud, y no pudo reprimirla. Por muy elevado que fuera el precio que tuviera que pagar.
-Curiosidad intelectual.
-Exacto. 

De la novela After Dark [2004] del escritor japonés Haruki Murakami [1949- ].

jueves, 9 de agosto de 2018

Una sartén solitaria

Me escapo unos días de Madrid y de la sierra de Madrid y del calorazo insufrible para irme al fresco norte. Y en mi huida me encuentro con esta descripción del verano madrileño que hace Galdós en su novela La de Bringas, y que estos días han rescatado lxs atacamas en su blog:

Deslizábanse después de este día, con lentitud tediosa, los del mes de Agosto, el mes en que Madrid no es Madrid, sino una sartén solitaria. En aquellos tiempos no había más teatro de verano que el circo de Price, con sus insufribles caballitos y sus clows que hacían todas las noches las mismas gracias. El histórico Prado era el único sitio de solaz, y en su penumbra los grupos amorosos y las tertulias pasaban el tiempo en conversaciones más o menos aburridas, defendiéndose del calor con los abanicazos y los sorbos de agua fresca. Los madrileños que pasan el verano en la Villa son los verdaderos desterrados, los proscritos, y su único consuelo es decir que beben la mejor agua del mundo.

domingo, 5 de agosto de 2018

Tostadas crujientes

La camarera trae la ensalada de pollo y las tostadas. Vuelve a llenar de café recién hecho la taza de Mari. Y comprueba si ha traído todo lo que le han pedido. Él echa mano del tenedor y el cuchillo y empieza a comer la ensalada de pollo con movimientos expertos. Luego toma en la mano una tostada y se la queda mirando de hito en hito.
Frunce el ceño.
-Por mucho que insista en que quiero las tostadas muy crujientes, jamás, ni una sola vez, me las han traído tal como las he pedido. No lo entiendo. Si sumamos la laboriosidad japonesa a la cultura de la alta tecnología y a los principios del mercado que sigue Denny's, no tendría por qué serles tan difícil hacer una tostada muy crujiente. ¿No te parece? ¿Cómo es posible que no lo logren? ¿Y qué valor tiene una civilización incapaz de hacerle a uno las tostadas tal y como las pide?

De la novela After Dark [2004] del escritor japonés Haruki Murakami [1949- ].

viernes, 8 de junio de 2018

1984

Hoy hace 69 años que se publicó la novela 1984 de George Orwell [1903-1950]. Me gusta contar que la leí en 1984. Y me gustaría mucho volver a leerla ahora. Parece que se está volviendo cada vez más actual y más vigente a pesar de que los años pasan...

sábado, 26 de mayo de 2018

Poetas pobres, pobres poetas

Otra vez le preguntaron qué era la causa de que los poetas, por la mayor parte, eran pobres. Respondió que porque ellos querían, pues estaba en sus manos ser ricos, si se sabían aprovechar de la ocasión que por momentos traían entre las manos, que eran las de sus damas, que todas eran riquísimas en extremo, pues tenían los cabellos de oro, frente de plata bruñida, los ojos de verdes esmeraldas, los dientes de marfil, los labios de coral y la garganta de cristal transparente, y que lo que lloraban eran líquidas perlas. Y más, que lo que sus plantas pisaban, por dura y estéril tierra que fuese, al momento producía jazmines y rosas; y que su aliento era puro ámbar, almizcle y algalia; y que todas estas cosas eran señales y muestras de su mucha riqueza. Estas y otras cosas decía de los malos poetas; que de los buenos siempre dijo bien.

De la novela ejemplar El licenciado Vidriera [1613] de Miguel de Cervantes [1547-1616].

domingo, 25 de marzo de 2018

Un cuento que estoy contando

Me gustaría creer que esto no es más que un cuento que estoy contando. Necesito creerlo. Debo creerlo. Los que pueden creer que estas historias son sólo cuentos tienen mejores posibilidades.
Si esto es un cuento que yo estoy contando, entonces puedo decidir el final. Habrá un final para este cuento, y luego vendrá la vida real. Puedo decidir dónde dejarlo.
Esto no es un cuento que estoy contando.
También es un cuento que estoy contando, en mi imaginación, sobre la marcha.
Contando, más que escribiendo, porque no tengo con qué escribir y, de todos modos, escribir está prohibido. Pero si es un cuento, aunque sólo sea en mi imaginación tengo que contárselo a alguien. Nadie se cuenta un cuento a sí mismo. Siempre hay otra persona. 
Aunque no haya nadie.
Un cuento es como una carta. Querido, diría. Sólo querido, sin nombre. Porque si agregara tu nombre, te agregaría al mundo real, lo cual es más arriesgado y más peligroso: ¿quién sabe cuáles son tus posibilidades de supervivencia? Diré querido, querido, como si fuera una antigua canción de amor. Querido puede ser cualquiera.
Querido pueden ser miles.
Te diré que no corro un peligro inminente. 
Haré como si me oyeras.
Pero no está bien, porque sé que no puedes.

De la novela El cuento de la criada [1985] de Margaret Atwood [1939- ].

martes, 20 de marzo de 2018

Atwood

Me han hablado mucho de El Cuento de la Criada, de Margaret Atwood [1939- ]. Y de la serie. Y tenía muchas ganas de leerlo. Así que el otro día, que me lo encontré en una librería, me lo eché al bolso y aquí estoy, tratando de practicar mi inglés...

viernes, 9 de febrero de 2018

Afinidad

Hace unos meses, después de una larga agonía, dimos (al menos yo) por muerto y enterrado el Club de Lectura Serrano: nos estaba costando demasiado trabajo reunirnos y estábamos perdiendo continuidad y fluidez en nuestras quedadas.
A la vuelta del verano hubo gente, con más energía que la que yo tenía entonces, que se propuso resucitarlo... y con tanto ahínco se lo propusieron que hace unas cuantas semanas volvimos a quedar en el CCH para compartir libros y lecturas.
Ese día decidimos leer la novela Afinidad [1999], de Sarah Waters [1966- ]. Esta tarde hemos quedado para comentarla.
¡Seguimos!

domingo, 4 de febrero de 2018

Cargas

[...] que si entonces no dormía por pobre, ahora no podía sosegar de rico; que tan pesada carga es la riqueza al que no esta usado a tenerla ni sabe usar della, como lo es la pobreza al que continuo la tiene. Cuidados acarrea el oro y cuidados la falta dél; pero los unos se remedian con alcanzar alguna mediana cantidad, y los otros se aumentan mientras más parte se alcanzan.

De El celoso extremeño, una de las Novelas ejemplares [1613] de Miguel de Cervantes [1547-1616].

jueves, 1 de febrero de 2018

Silencio


[...] pero como le fatigasen los deseos de volver a sus estudios y a Salamanca —que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado—, pidió a sus amos licencia para volverse. Ellos, corteses y liberales, se la dieron [...]

De El licenciado Vidriera, una de las Novelas ejemplares [1613] de Miguel de Cervantes [1547-1616]. La foto la hice ayer paseando por Salamanca... (y la he n'undificado para colgarla aquí...)

sábado, 20 de enero de 2018

Tenemos que querernos

Estuvimos tendidos en el suelo unos minutos, como si hubiésemos ingerido algún narcótico. En derredor el silencio era tan absoluto que lo único que se oía era ese gorgoteo desde el interior del coche.
—¿Y ahora qué hacemos, Frank?
—Ahora tenemos que ir adelante, Cora; tienes que hacerte fuerte. ¿Estás segura de que podrás aguantar?
—Después de esto puedo aguantar todo.
—La policía te va a tener a mal traer. Tratarán de amilanarte. ¿Crees que podrás hacerles frente?
—Creo que sí.
—Tal vez te endilguen algún cargo. No creo que puedan, con todos esos testigos que tenemos, pero a lo mejor lo hacen y te pasas un año en la cárcel por homicidio por imprudencia. No quiero que te hagas ilusiones. ¿Crees que podrás soportarlo?
—Siempre que al salir te encuentre esperándome...
—Estaré allí.
—Entonces podré.
—No te preocupes por mí. Yo estoy borracho. Hay testigos. Les diré cualquier cosa para hacerles perder la pista. Así, cuando esté fresco y diga lo que debo decir, me creerán.
—No lo olvidaré.
—Y tú estás furiosa conmigo, por la borrachera. Me consideras el culpable de todo.
—Comprendo.
—Bueno, entonces estamos listos.
—Frank...
—¿Qué?
—Una cosa. Tenemos que querernos. Si nos queremos, nada puede importarnos.
—¿Y acaso no nos queremos?
—Yo seré la primera en decirlo: te quiero, Frank.
—Te quiero, Cora.
—Bésame.

Con este diálogo empieza el capítulo 9 de la novela El cartero siempre llama dos veces [1934], de James M. Cain [1892-1977]. Otro de esos libros que leí hace un millón de años y que ahora (re)descubro entusiasmado.

Zapata dice que para aprender a escribir diálogos hay que leerse a Chandler y a Hammett y, sobre todo, el cartero de James M. Cain...

sábado, 13 de enero de 2018

Y lloré

Y lloré.
Mucho.
Demasiado.

A veces, algunas lágrimas sirven para abrir camino a todas las demás. Lloré mucho. Lo lloré todo. Todo lo que no me gustaba de mí misma, las tonterías que había hecho hasta entonces y nunca le había contado a nadie, y todo lo que había perdido por el camino desde que tenía edad para comprender que algunas cosas se pierden para siempre.

Lloré desde la place de l'Étoile hasta la place de Clichy.
Lloré por todo París. Lloré por toda mi vida.

De Una vida mejor [2016] de Anna Gavalda [1970- ].

sábado, 30 de diciembre de 2017

Una pizquita de felicidad robada

Echémosle la culpa al cansancio, pero el caso es que me sorprendí a mí misma poniéndome de lo más sentimental. Sentí una enorme bocanada de ternura por esos tres y la intuición de que estábamos viviendo nuestras últimas meriendas de infancia...
Hacía casi treinta años que estos chicos me alegraban la vida... ¿Qué iba a ser de mí sin ellos? ¿Y cuándo terminaría la vida por separarnos?
Porque así son las cosas. Porque el tiempo separa a los que se quieren, y nada perdura.

Lo que estábamos viviendo, y los cuatro nos dábamos perfecta cuenta de ello, era una pizquita de felicidad robada. Una tregua, un paréntesis, un instante de gracia. Unas pocas horas sisadas a los demás...
¿Durante cuánto tiempo más tendríamos la energía de escapar así del día a día para saltar la verja del colegio? ¿Cuántas vacaciones nos daría aún la vida? ¿Cuántas burlas nos haría todavía? ¿Cuántos poquitos más de cosas buenas nos tenía reservados todavía? ¿Cuándo íbamos a perdernos y cómo se iría difuminando lo que aún nos unía?

¿Cuántos años nos quedaban todavía antes de hacernos viejos?

Y sé que éramos todos conscientes. Nos conozco bien. 
El pudor nos impedía hablar de ello pero, en ese momento preciso de nuestros caminos, lo sabíamos.
Sabíamos que, al pie de ese castillo en ruinas, estábamos viviendo el final de una época y que se acercaba el momento del cambio. Que había que zafarse de esa complicidad, esa ternura, ese amor algo rugoso. Había que desprenderse de todo eso. Abrir la palma de la mano y crecer por fin. 
También los Dalton tenían que marcharse cada uno por su lado al atardecer...

De la novela La sal de la vida [2009] de Anna Gavalda [1970- ].

lunes, 25 de diciembre de 2017

Cada vez hay menos libros buenos

[...] En los primeros días, Fernando terminó de leerle las crónicas comadreras de Lima, y no logró que se concentrara en nada más.
Fue su último libro completo. Había sido un lector de una voracidad imperturbable, lo mismo en las treguas de las batallas que en los reposos del amor, pero sin orden ni método. Leía a toda hora, con la luz que hubiera, a veces paseándose bajo los árboles, a veces a caballo bajo los soles ecuatoriales, a veces en la penumbra de los coches trepidantes por los pavimentos de piedra, a veces meciéndose en la hamaca al mismo tiempo que dictaba una carta. Un librero de Lima se había sorprendido de la abundancia y variedad de las obras que seleccionó de un catálogo general en que había desde filósofos griegos hasta un tratado de quiromancia. En su juventud leyó a los románticos por influencia de su maestro Simón Rodríguez, y siguió devorándolos como si se leyera a sí mismo con su temperamento idealista y exaltado. Fueron lecturas pasionales que lo marcaron por el resto de la vida. Al final había leído todo lo que cayó en sus manos, y no tuvo un autor favorito, sino muchos que lo fueron en sus distintas épocas. Los estantes de las casas diversas donde vivió estuvieron siempre a reventar, y los dormitorios y corredores terminaron convertidos en desfiladeros de libros amontonados, y montañas de documentos errantes que proliferaban a su paso y lo perseguían sin misericordia buscando la paz de los archivos. Nunca alcanzó a leer tantos como tenía. Cuando cambiaba de ciudad los dejaba al cuidado de los amigos de más confianza, aunque nunca volviera a saber de ellos, y la vida de guerra lo obligó a dejar un rastro de más de cuatrocientas leguas de libros y papeles desde Bolivia hasta Venezuela.
Antes que empezara a perder la vista se hacía leer de sus amanuenses, y terminó por no leer de otra manera por el fastidio que le causaban las antiparras. Pero su interés por lo que leía fue disminuyendo al mismo tiempo, y lo atribuyó, como siempre, a una causa ajena a su dominio.
«Lo que pasa es que cada vez hay menos libros buenos», decía.

De la novela El general en su laberinto [1989] de Gabriel García Márquez [1927-2014].