He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]

viernes, 21 de noviembre de 2014

¡Malditos libros!

Me estoy leyendo Libros malditos, malditos libros de Juan Carlos Díez Jayo.
Se trata de una colección de relatos, comentarios, reflexiones, anécdotas, etc. sobre libros, libreros, bibliotecas, escritores y lectores...
Hay, hasta donde he leído, de todo: libros gigantes y diminutos, bibliotecas obsesivas, encuadernaciones en piel humana, imprentas y libros copiados a mano.....
Algunas interesantes, algunas curiosas, otras más irrelevantes......

Me llamó la atención cuando lo vi en la biblioteca porque he leído unos cuantos libros "sobre libros" que me han gustado, o que al menos me han llamado la atención... Me gusta esa idea de escribir una historia sobre los propios libros, sobre la lectura y la escritura. Un poco como lo que pretende ser este blog.
  • Hace mucho leí 84 Charing Cross Road, de Helene Hanff [1916-1997], un libro epistolar sobre el amor a los libros y a la literatura. Me gustó muchísimo... 
  • La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey es una novelita de Mary Ann Shaffer [1934-2008], bibliotecaria, librera, editora y escritora, en la que cuenta cómo un pequeño club de lectura se convierte en una "célula" de resistencia contra la invasión nazi de una pequeña isla del Canal de la Mancha durante la segunda guerra mundial.
  • Hace unos meses, buscando libros sobre la muerte y el duelo, encontré El club de lectura del final de tu vida, de Will Schwalbe. El autor cuenta cómo durante los últimos meses de vida de su madre, enferma de cáncer, encuentra una nueva forma de relacionarse con ella a través de una especie de club de lectura formado sólo por ellxs dos, en que se recomiendan y se comentan libros, que para ella serán los últimos que lea (o relea).
  • Y hace sólo unos días, mencioné aquí Una biblioteca de verano, una breve historia escrita por Mary Ann Clark Bremer [1928-1996].

martes, 18 de noviembre de 2014

gente que lee (14)

Muchacha azul leyendo, óleo del pintor alemán August Macke [1887-1914].

lunes, 17 de noviembre de 2014

ABRETESÉSAMO

CUENTO
que me contó una vez mi hija
Adriana fastidiada de que
le pidiera un cuento

Había una vez un colorín colorado.

José Antonio Martín, Cuentos y contares.
Microrrelato incluido en la antología La mano de la hormiga [1990].

sábado, 15 de noviembre de 2014

viernes, 14 de noviembre de 2014

Nos vemos allá arriba

Me estoy leyendo Nos vemos allá arriba, del escritor francés Pierre Lemaitre [1951- ].
Durante este último año se han publicado muchos libros relacionados con la primera guerra mundial, de cuyo comienzo se conmemora el centenario en 2014.
Éste es uno de esos libros sobre esa guerra. O más bien sobre la posguerra, porque en las primeras páginas se narran los últimos días de la contienda, y a partir de ahí se cuentan las aventuras (y desventuras) de dos de los soldados franceses que la vivieron.
Una novela, que tiene muy buena pinta, al menos en las primeras páginas que he podido leer, y muy crítica con el belicismo y el militarismo. Y también con quienes, de un modo u otro, se benefician de los conflictos antes, durante y después de que sucedan...

Había oído hablar del libro, de los premios que había recibido, entre ellos el Goncourt del año pasado, y de las buenas críticas que tenía... y hace unos días vi la entrevista que le hicieron al autor en Página 2: fue el empujón definitivo que me animó a buscarlo en la biblioteca...

***
Otras cosas que tengo pendientes:
  • El amante, de Marguerite Duras. Imprescindible según la gente de Un libro al día... (y yo sin haberlo leído aún, aunque ayer la bibliotecaria me dijo, mientras me hacía el préstamo, que tanto, tanto, tanto se lo habían alabado, que cuando lo leyó no le pareció para tanto......)
  • La ladrona de libros, de Markus Zusak. Imprescindible según la misma bibliotecaria, que me ha visto coger muuuchos libros de literatura infantil y juvenil, y me dice que éste es de lo mejor que ha leído.
  • Libros malditos, malditos libros, de Juan Carlos Díez Jayo. Uno de esos libros sobre libros que a veces me resultan tan interesantes...
  • Nieve verde, de Sara Blædel. Otra novela policíaca -  negra - thriller escandinava, que en la portada lleva como subtítulo "el primer caso de la detective Louise Rick".
Éstos dos últimos han sido encuentros fortuitos en el estante de novedades de la biblioteca de La Cabrera.... ¡veremos!

Seguimos......

jueves, 13 de noviembre de 2014

El laberinto imprevisible del azar...

La historia del nacimiento de los ocho hinoki en aquel lugar se remonta al centro de la provincia china de Shandong, a un bosquecillo de hinoki cercano a Taishan donde, después de brotar los conos poliníferos de los árboles, de madurar y estallar luego los sacos polínicos en el día propicio, en el que hacía un tiempo seco y el sol calentaba con suavidad, cientos de miles de millones de granos de polen fueron a parar de pronto a la atmósfera, formando una nube que fue alzada por una corriente de aire caliente que, ya en lo alto, la confió a un viento fuerte que procedía del oeste y se dirigía al este para que la llevara, pasando por el mar Amarillo al centro de la isla japonesa de Honshu y la soltara en la zona sur de Kioto en forma de lluvia de polen sobre ese pequeño patio del monasterio, alcanzando exactamente la copa del hinoki madre hoy ya seco que sólo esperaba esa visita.
Esta historia que parece salida de un cuento era desde luego cierta, aunque sería más afortunado reseñar que todo, desde el bosque de hinoki situado en la región de Taishan hasta el árbol que se hallaba, todavía vivo, en aquel patio apartado del monasterio de Kioto, es más bien la historia de un milagro estremecedor, fascinante, incomprensible y pasmoso, puesto que todo el proceso hablaba de cómo millones y millones de obstáculos se alzan en el camino de esta nube de polen, de cómo se destruyen una y otra vez millones y millones de granos y, después, más millones y millones, puesto que sólo obstáculos y dificultades se amontonan ante los objetivos de este gran peregrinaje, obstáculos mortíferos y dificultades aniquiladoras, ya que estos cientos de miles de millones de granos de polen destinados a la prolongación de la vida, cientos de miles de millones de futuros gametos invisibles para los ojos, masculinos, sencillos y de superficie esférica, estaban en realidad tan expuestos a los ataques continuos de los azares asesinos que en China, en aquel bosquecillo de hinoki que se alzaba en el centro de la provincia de Shandong aún resultaba inimaginable que uno solo de estos cientos de miles de millones de granitos de polen de hinoki llegara a su meta, a aquel patio apartado del monasterio de Kioto para fecundar una única célula femenina entre los conos fértiles. Para esta nube de polen, el mundo era el laberinto imprevisible del azar, una estructura inconcebiblemente compleja donde todo, todo en el sentido más estricto de la palabra, aspiraba a destruirla. Si hubiera llovido el día en el que se abrieron los sacos polínicos y los granos abandonaron a las plantas madre, toda esa cantidad de polen habría desaparecido. Si no hubiera habido una corriente de aire que levantara la nube aquel día, las partículas se habrían esparcido por la zona, donde los acechaban miles de peligros: si hubieran caído en una cascada, en un arroyo, un río o un lago, se habrían hundido, se habrían convertido en parte del fango, habrían sido devorados por mosquitos y gusanos acuáticos, y listo, se acabó. Si el aire los hubiera llevado a una corriente en chorro en la que el viento soplara de este a oeste y no al revés, el resultado habría sido imprevisible o quizá muy previsible, puesto que el polen habría caído sobre otras hierbas, árboles, plantas selváticas, desiertos, sin posibilidad alguna de prosperar, y listo, se acabó. Y si hubieran alcanzado la isla japonesa de Honshu y no se hubieran precipitado y sumergido en el océano, habría bastado que cayeran sin más en el suelo en tierra firme, puesto que allí ejércitos enteros de caracoles, hormigas, hongos y mohos sólo aguardaban el momento de aniquilarlos, o sea, que, una vez más, listo, se acabó, se acabó y se acabó. Si se hubiera producido una lluvia y se hubieran adherido a las hojas de los bosques, a las cortezas de los árboles, tampoco habrían prosperado... Esta cantidad de posibilidades de destrucción resulta, en definitiva, simplemente imposible de enumerar, por inconmensurable e inconcebible, aunque lo cierto es que, en efecto, destruyó en el camino gran parte de los cientos de miles de millones de partículas de la nube de polen procedente de Shandong, ya que fue impresionante el aniquilamiento hasta que llegaron, fueron terroríficas las pérdidas hasta que alcanzaron aquel hinoki solitario en el patio del monasterio, de tal modo que sólo se puede repetir: es increíble que un grupo de granos de polen suficientes, de entre cientos de miles de millones, alcanzara la meta a pesar de todo y pudiera ocurrir entonces aquello para lo cual estaban destinados, los granos se introdujeron entre las escamas ovulíferas y, esperando allí circunstancias propicias, sobre todo el calor, llegaron finalmente a las puertas de la germinación y, formando el tubo polínico, alcanzaron por fin la sustancia interior de las escamas, la atravesaron por último y se reunieron con las ovocélulas y crearon una vida nueva de sexo neutro, crearon la semilla que, después de madurar, lo cual suele durar un año más o menos, contiene ya todas las características del futuro hinoki, contiene sin excepción alguna toda la planta venidera, de allí que resulte mucho, muchísimo menos dramático que la común historia de los cientos de miles de millones de granos de polen y este único hinoki, puesto que a las semillas las acecha una cantidad de peligros incomparablemente inferior, ya que les basta caer en las proximidades, caer, concretamente, en un sitio adecuado después de madurar en primavera, que es, precisamente, lo que allí ocurrió, o sea, que ocho de los aproximadamente diez millones de semillas maduras no sólo cayeron en el lugar adecuado, sino incluso en el mejor lugar posible, en la corteza de una conífera llamada árbol nodriza y ya totalmente podrida, en el mejor lugar porque era el que ofrecía la mayor protección para un hinoki de este tipo, de tal modo que la germinación y el nacimiento de la plantita, del retoño, transcurrieron sin mayores riesgos, si bien no acabaron allí las pruebas a las que fueron sometidos esos ocho retoños, no, por cuanto las semillas no estaban expuestas a muchos peligros, pero sí lo estaban, en cambio, aquellas pequeñas plantas inermes y entregadas que brotaban de ellas. A un tiempo suave podía seguirle un tiempo frío e invernal, podía caer nieve sobre aquellas débiles plantas, que podían terminar rompiéndose, y listo, se acabó. Las gotas de lluvia también podían resultar terminales, pues por el peso con el que se precipitaban arrojaban contra el suelo a los retoños, que bien podían enderezarse, pero podían tumbarse de nuevo debido a otra gigantesca gota, que rompía finalmente los tejidos protectores exteriores o erosionaba el terreno y extraía así las minúsculas raíces, de tal modo que la planta se secaba, y listo, se acabó. Podían venir luego los grandes enemigos, los gusanos, las chinches, las babosas, que acababan incrustándolos en la tierra, donde ya sólo quedaban los hongos y las bacterias para realizar la tarea definitiva, el trabajo sucio, la eliminación... Y todo ello ocurría ne millones y millones de casos, pero no ocurrió en ocho casos, allí, a pocos pasos de distancia de la planta nodriza, puesto que de esas ocho plantitas, que sobrevivieron a todos lo peligros ulteriores, crecieron por último unos árboles inmensos, ocho gigantescos y maravillosos cipreses de hinoki en el patio de un monasterio, como mensajeros que traían una frase edificante desde gran distancia, que traían un mensaje en su raigambre expansiva, en su tronco recto y en su follaje delicadamente imbricado, un mensaje en su historia y en su existencia que nunca nadie entenderá, ya que, por lo visto, su comprensión no ha sido confiada a los hombres.

De la novela Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río, del escritor húngaro László Krasznahorkai [1954- ].

martes, 11 de noviembre de 2014

gente que lee (13)

Joven leyendo [1828], óleo del pintor alemán Gustav Adolph Hennig [1797-1869].

lunes, 10 de noviembre de 2014

así que quieres ser escritor

así que quieres ser escritor

si no te sale ardiendo de dentro,
a pesar de todo, 
no lo hagas
a no ser que salga espontáneamente de tu corazón
y de tu mente y de tu boca
y de tus tripas, 
no lo hagas.
si tienes que sentarte durante horas 
con la mirada fija en la pantalla del ordenador
o clavado en tu máquina de escribir
buscando las palabras, 
no lo hagas.
si lo haces por dinero o fama, 
no lo hagas.
si lo haces porque quieres mujeres en tu cama,
no lo hagas.
si tienes que sentarte
y reescribirlo una y otra vez, 
no lo hagas.
si te cansa sólo pensar en hacerlo, 
no lo hagas.
si estás intentando escribir
como cualquier otro, olvídalo.

si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti, 
espera pacientemente.
si nunca sale rugiendo de ti, haz otra cosa.

si primero tienes que leerlo a tu esposa
o a tu novia o a tu novio
o a tus padres o a cualquiera,
no estás preparado.

no seas como tantos escritores, 
no seas como tantos miles de 
personas que se llaman a sí mismos escritores, 
no seas soso y aburrido y pretencioso, 
no te consumas en tu amor propio.
las bibliotecas del mundo
bostezan hasta dormirse
con esa gente.
no seas uno de ellos.
no lo hagas.
a no ser que salga de tu alma
como un cohete,
a no ser que quedarte quieto
pudiera llevarte a la locura,
al suicidio o al asesinato,
no lo hagas.
a no ser que el sol dentro de ti
esté quemando tus tripas, no lo hagas.

cuando sea verdaderamente el momento,
y si has sido elegido,
sucederá por sí solo y
seguirá sucediendo hasta que mueras
o hasta que muera en ti.

no hay otro camino.
y nunca lo hubo.


so you want to be a writer

if it doesn't come bursting out of you
in spite of everything,
don't do it.
unless it comes unasked out of your
heart and your mind and your mouth
and your gut,
don't do it.
if you have to sit for hours
staring at your computer screen
or hunched over your typewriter
searching for words,
don't do it.
if you're doing it for money or
fame, 
don't do it.
if you'r doing it because you want
women in your bed,
don't do it.
if you have to sit there and
rewrite it again and again,
don't do it.
if it's hard work just thinking about doing it,
don't do it.
if you're trying to write like somebody
else,
forget about it.

if you have to wait for it to roar out of
you,
then wait patiently.
if it never does roar out of you,
do something else.

if you first have to read it to your wife
or your girlfriend or your boyfriend
or your parents or to anybody at all,
you're not ready.

don't be like so many writers,
don't be like so many thousands of
people who call themselves writers,
don't be dull and boring and
pretentious, don't be consumed with self-
love.
the libraries of the world have
yawned themselves to
sleep
over your kind.
don't add to that.
don't do it.
unless it comes out of
your soul like a rocket,
unless being still would
drive you to madness or
suicide or murder,
don't do it.
unless the sun inside you is
burning your gut,
don't do it.

when it is truly time,
and if you have been chosen,
it will do it by
itself and it will keep on doing it
until you die or it dies in you.

there is no other way.
and there never was.

Poema del escritor estadounidense Charles Bukowski [1920-1994].
[La traducción al español la he encontrado aquí.]

Lo mejor de este poema, lo que más me gusta y más me emociona de él, es que aunque hable de escribir y de gente que escribe o quiere hacerlo, podría hablar igualmente de fotografiar, de componer o interpretar música, de hacer cine, de dibujar.......

sábado, 8 de noviembre de 2014

viernes, 7 de noviembre de 2014

Guijarros blancos...

Me estoy leyendo un hermoso librito sobre Japón, Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río, escrito por un escritor húngaro al que no conocía: László Krasznahorkai [1954- ].

En él he encontrado ésto:

La piedra que se utilizaba para dar una forma perfecta a la superficie del patio y que durante mucho tiempo se llamó kogetsudai no procedía de la zona, sino que se extraía sobre todo en la hermosa provincia de Takasago, situada a más de cien millas marinas, concretamente de las laderas de sus montañas de sílice cuidadosamente elegidas, donde la convertían en pedazos pequeños con unas enormes muelas movidas por mulos y desde donde la transportaban de manera continuada a la ciudad de Kioto que tanto fascinaba a todo el país y en la cual la trasladaban luego con carretas a los monasterios más nobles, entre ellos a éste, el del barrio de Fukuine, para verterlo allí en la trasera, en un terreno más o menos abandonado entre los edificios de intendencia y los huertos, donde unos monjes jóvenes, elegidos precisamente para esta tarea, se ponían manos a la obra con unas mazas pesadas diseñadas expresamente par picar piedras y se empeñaban en conseguir la medida exacta y uniforme de aquel ripio y lo llevaban luego a los patios con el fin de esparcirlo y, después de alguna tormenta o chaparrón importante o sólo en las albas y a modo de bienvenida a la primavera, se dedicaban, hacia el final del segundo mes, a dar la forma definitiva con unos rastrillos anchos de gruesos dientes, es decir, a crear, por un lado, una superficie perfectamente lisa y, por otro, a describir con los rastrillos unas ondas paralelas en aquel suelo de guijarros blancos, de tal manera que no sólo apareciera la imagen, sino la realidad misma de la perfección paradisíaca que, aun dando la impresión de mostrar un mar inquieto, olas arremolinadas en torno a rocas salvajes, sumía a quien la veía en la inconmensurable simplicidad de la belleza, en la sensación de que todo existe y nada existe todavía, de que las cosas y procesos que viven a una velocidad inasible y terrible, encerrados en la necesidad aparentemente inagotable del alumbramiento y la desaparición, pueden soportar aun así una regularidad fascinante que es tan profunda como la impotencia de las palabras ante un paisaje incomprensible e inaccesible por su hermosura, como la fría secuencia de las miríadas de olas en la enorme extensión del océano, como un patio en un monasterio donde en la calma de una superficie cubierta uniformemente con guijarros blancos y rastrillada primorosamente pueden posarse y descansar unos ojos asustados, una mirada perdida en el delirio, una mente abatida, y experimentar cómo cobra vida de pronto un pensamiento antiquísimo de contenido ya ensombrecido y cómo comienza a verse de súbito que: sólo existe el todo, no los detalles.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Luna llena de otoño...

Plenilunio de otoño,
paseo en torno al estanque
toda la noche.

Haiku de Matsuo Bashō [1644-1694], poeta y viajero japonés.


Bashō retratado por Yokoi Kinkoku [1761-1832], poeta y pintor japonés, contemporáneo de Goya, Beethoven y Goethe.

martes, 4 de noviembre de 2014

gente que lee (12)

Hace unos meses encontré esta foto en la portada de una novelita que encontré por azar en la biblioteca. O quizá me encontró ella a mi para que la incluyera en esta serie de imágenes de gente que lee...

La novela se titula Una biblioteca de verano y la autora, a la que no conocía, es Mary Ann Clark Bremer [1928-1996].

Me encantó la foto y por más que busqué no encontré en el libro ninguna referencia a año, fotógrafx, modelo, lugar... Así que escribí a la editorial para preguntarles si me daban alguna referencia de la imagen. Me contestaron muy rápida y amablemente diciéndome que no, que ellxs no tenían ningún dato sobre la foto, que se la había proporcionado para esa edición una coleccionista que la tenía catalogada como anónima y sin fecha.

Me quedé con las ganas de saber cuándo y a quién sonríe esa chica de la hamaca y los calcetines de rombos que parece estar disfrutando tanto de su libro...

lunes, 3 de noviembre de 2014

cuatroESCALONES

En estos últimos años he leído algunas cosas sobre escritura creativa y sobre el proceso de la escritura.
También he asistido como alumno a unos cuantos seminarios, talleres y cursos de fotografía. Y yo mismo he impartido muchos talleres en los que hemos hablado sobre la mirada fotográfica y sobre qué hace que algunas fotos nos parezcan interesantes y otras no tanto...
He hablado sobre el tema con gente que se dedica a la pintura, a la música, al cine...
También he conversado mucho con mis amigxs que se dedican a la arquitectura sobre el proceso del proyecto arquitectónico.

Y la conclusión es clara: en todos los casos el camino es parecido... No parece ser muy importante, o al menos no muy definitivo, cuál es el formato en el que quieres desarrollar tu creatividad: una foto, una novela, una pieza musical, un edificio......
En todos los casos el camino a seguir no difiere demasiado de unos casos a otros salvo, naturalmente, en lo que se refiere a la técnica que usas.

Y en todos los casos, el camino tiene que ver con la escucha, con la atención, con la mirada atenta...

Fundamentalmente, si queremos aprender a escribir bien, hay que hacer tres cosas. Leer bastante, escuchar bien e intensamente, y escribir mucho. Y no pensar demasiado.

De El gozo de escribir [1986] de Natalie Goldberg, un libro (muy recomendable) en el que cada vez que usa las palabras escribir, escritura o escritores, podrían sustituirse por las equivalentes relacionadas con la fotografía, la música, la pintura, la arquitectura, etc.

Y también hablan muy bien de este tema en cuatroESCALONES, un blog sobre el proceso del proyecto arquitectónico, un blog con el que no dejo de aprender cada vez que leo una de sus entradas, y que hoy estrena mi lista de blogs que sigo...

domingo, 2 de noviembre de 2014

La biblioteca de Babel

By this art you may contemplate the variations of the 23 letters...
The Anatomy of Melancholy, part. 2, sect. II, mem. IV.

El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.
Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.
A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.
El primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo corolario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.
El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco.* Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras M C V perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice Oh tiempo tus pirámides. Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarle en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos, no es del todo falaz.)

[* El manuscrito original no contiene guarismos o mayúsculas. La puntuación ha sido limitada a la coma y al punto. Esos dos signos, el espacio y las veintidós letras del alfabeto son los veinticinco símbolos suficientes que enumera el desconocido. (Nota del Editor.)]

Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora: es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables M C V no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de M C V en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.
Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior* dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay, en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basílides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpretaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.

[* Antes, por cada tres hexágonos había un hombre. El suicidio y las enfermedades pulmonares han destruido esa proporción. Memoria de indecible melancolía: a veces he viajado muchas noches por corredores y escaleras pulidas sin hallar un solo bibliotecario.]

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.
También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.
A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.
Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los "tesoros" que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.
También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el comercio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total*; ruego a los dioses ignorados que un hombre -¡uno solo, aunque sea, hace miles de años!- lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.

[* Lo repito: basta que un libro sea posible para que exista. Sólo está excluido lo imposible. Por ejemplo: ningún libro es también una escalera, aunque sin duda hay libros que discuten y niegan y demuestran esa posibilidad y otros cuya estructura corresponde a la de una escalera.]

Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de "la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira". Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula Trueno peinado, y otro El calambre de yeso y otro Axaxaxas mlö. Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos -y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).
La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.
Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar -lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza*.

[* Letizia Álvarez de Toledo ha observado que la vasta Biblioteca es inútil; en rigor, bastaría un solo volumen, de formato común, impreso en cuerpo nueve o en cuerpo diez, que constara de un número infinito de hojas infinitamente delgadas. (Cavalieri a principios del siglo XVII, dijo que todo cuerpo sólido es la superposición de un número infinito de planos.) El manejo de ese vademecum sedoso no sería cómodo: cada hoja aparente se desdoblaría en otras análogas; la inconcebible hoja central no tendría revés.]

Cuento del escritor argentino Jorge Luis Borges [1899-1986], publicado por primera vez en la colección de relatos El jardín de senderos que se bifurcan [1941] y posteriormente en Ficciones [1944].

sábado, 1 de noviembre de 2014

Para escribir...


[...] Para escribir, aunque sea un cuento corto, es necesario esbozar un esquema que irá reestructurándose, comenzar a volcar frases y párrafos, aunque sean inconexos, y luego, una vez que el negro haya roto la maldición del inicio en blanco, continuar con el proceso: releer, tachar, reorganizar, añadir, cambiar, revisar, borrar… entonces aparecerán nuevas variables: quizá la descripción detallada de un personaje secundario nos descubra un nuevo protagonista, o la opinión de alguien que lea el borrador suponga reenfocar un final distinto, quizá sucesos ajenos al escrito resulten determinantes para cambiar su estructura. Todo afecta y todo enriquece, pero necesariamente, siempre se avanza desde el proceso: corrigiendo, perfilando, purgando, dejándolo reposar, retomándolo, añadiendo, seleccionando, es decir, escribiendo. [...]

Lo he encontrado esta mañana en el blog de cuatroESCALONES, en el que hablan, con el acierto de siempre, de escribir y proyectar...

Imagen: In between, de Emmanuelle Renard y Óscar Valero.

martes, 28 de octubre de 2014

The fantastic flying books of Mr. Morris Lessmore


Cortometraje animado de 2011 dirigido por William Joyce y Brandon Oldenburg, ganador de un Óscar en la categoría de mejor cortometraje animado.

lunes, 27 de octubre de 2014

gente que lee (11)

Puesto de libros en la calle Kuznetsky de Moscú en 1941.
Fotografía de la fotógrafa estadounidense Margaret Bourke-White [1904-1971].

viernes, 24 de octubre de 2014

Bibliotecas...

Hoy, 24 de octubre, es el Día Mundial de las Bibliotecas...

jueves, 23 de octubre de 2014

La carta

El martes se levantó con mal cuerpo. Al despertar tenía un dolor raro en el abdomen, como un pinchazo por debajo del ombligo, hacia la derecha, cerca de la ingle. Como siempre, cuando llegó a la oficina ya le había dado tiempo a hacer mil cosas: había puesto una lavadora y vaciado el lavavajillas, había vestido a los niños, les había dado el desayuno y los había dejado en el colegio. En el coche, de casa al colegio y del colegio a la oficina, hizo varias llamadas que consideró que no podían esperar a su llegada al despacho.
Al sentarse frente al ordenador volvió a ser consciente del dolor. No había desaparecido en todo ese tiempo pero con tanto ajetreo se le había olvidado un poco. Durante la mañana sintió que cada vez era más intenso y le pareció que ahora estaba un poquito más arriba. Por la noche durmió mal, dando vueltas en la cama sin poder quitarse de la cabeza esa extraña molestia que no era capaz de identificar y que no se le había pasado con el paracetamol que se tomó después de cenar.
El jueves a primera hora llamó al ambulatorio para pedir cita. El dolor era más fuerte, y ahora sí, no tenía duda de que se había desplazado un poco hacía arriba y se había pasado al lado izquierdo. El médico le dijo que podían ser gases, le recetó unas pastillas, y le sugirió que comiera mejor, que hiciera ejercicio y que tratara de dedicar algo más de tiempo a cuidarse. Le respondió que sí, que sonaba bien, que procuraría hacerle caso, y salió corriendo para llegar a tiempo a una reunión en el colegio con el tutor de la niña. De allí volvió a salir pitando hacia la oficina. Se subió un par de sándwiches de la máquina de la planta baja y volvió a comer delante del ordenador, como solía hacer últimamente. Le parecía muy extraño sentir que el dolor seguía avanzando por su tripa. Ahora notaba una punzada muy aguda justo al final del esternón.
El viernes por la tarde decidió volver a casa un poco antes, pero aún estuvo casi una hora en el despacho cerrando temas pendientes y haciendo algunas llamadas. Recogió a los niños y cuando llegó a casa les puso la merienda y se tumbó en el sofá. El dolor estaba ya en el pecho, entre las costillas, y era muy fuerte, como una presencia densa y oscura que no le permitía centrarse en nada más, como cuando te duele mucho una muela y parece que todo el mundo, todo, está allí metido, en tu muela, concentrado, doliéndote.
No pudo desayunar el sábado. Le costaba tragar. Había pasado una noche horrible y se levantó antes de las cinco de la mañana, con los ojos hinchados por la falta de sueño. Cuando más tarde intentó comer algo sintió una arcada, como si fuera a vomitar. Fue al baño, volvió a sentir otra arcada, y esta vez notó que algo frío y alargado le subía por la garganta. Se llevó una mano a la boca y sacó una pequeña botellita de vídrio transparente, de unos cuatro centímetros, cerrada con un corcho diminuto, con un papelito enrollado en su interior.
El dolor había desaparecido. Se miró en el espejo del baño y vió su propia cara de cansancio y perplejidad. Abrió la botellita y la agitó para sacar el papel. Lo desenrolló y encontró una carta escrita con letra muy pequeña:

Estimado, estimada
De un tiempo a esta parte se ha observado que trata al abajo firmante con cierto desdén. No lo cuida lo suficiente, no le dedica ni la atención ni el tiempo adecuados, ni lo trata con el respeto que merece y necesita. Si esta actitud se mantiene en el tiempo los efectos serán nefastos tanto para quien firma la presente, como para quien la recibe. Este mensaje, que se hace llegar de este modo quizá algo sorprendente pero sin duda efectivo e impactante, es un aviso para que tome cuanto antes las medidas pertinentes que corrijan esta situación.
Sin otro particular, le saluda atentamente
Su cuerpo.

Volvió a enrollar el papelito y lo metió de nuevo en la botella, le puso el taponcito y se la guardó en el bolsillo del pijama. Se miró de nuevo en el espejo. Fue al salón a coger el móvil, llamó a la oficina y dejó un mensaje diciendo que se encontraba peor y que seguramente no podría ir el lunes. Volvió a la cocina y se sentó a desayunar con sus hijos. Sonrió.

Manjirón, marzo de 2014.

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La carta by Román J. Navarro Carrasco is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

viernes, 17 de octubre de 2014

jueves, 16 de octubre de 2014

algo que tienes que saber...

[...] Ya no soy capaz de planear algo y que me salga bien, pensó. Y fue presa de esa angustia que la ahogaba de noche, en las horas insomnes, cuando todas las teselas de su vida le pasaban por la mente y no había ni una en la que no hubiera escrito un final mezquino, insoslayable. [...] aquella mujer estaba llorando y, es más, ahora estaba sollozando, golpeando rítmicamente el volante con la frente, pero despacio, sin hacerse daño. No dejó de hacerlo durante un buen rato y el chiquillo no se atrevió a hacer nada, hasta que ella levantó la frente de golpe, se secó los ojos con la manga del chaquetón, se volvió hacia él y con una voz más bien alegre dijo Era necesario. El chiquillo sonrió.
Algo que tienes que aprender, Malcolm, es que..., te llamas Malcolm, ¿verdad?
Sí.
Pues bien, algo que tienes que saber, Malcolm, es que cuando uno necesita llorar tiene que hacerlo, es inútil quedarse dándole vueltas y más vueltas sin decidirse.
Sí.
Después todo va mejor.
Sí.
¿Tienes un pañuelo?
No.
Yo tenía, en alguna parte... ¿Todo bien?
Sí.
Podemos continuar, ¿qué te parece?
Por mí está bien.
Por mí también. Entonces vamos.
[...]

Del libro Tres veces al amanecer [2012] del escritor italiano Alessandro Baricco [1958- ].

viernes, 10 de octubre de 2014

martes, 30 de septiembre de 2014

gente que lee (10)


Joven leyendo [1625], dibujo del calígrafo, miniaturista y pintor persa Reza Abbasi [1565-1635].

lunes, 29 de septiembre de 2014

El libro

El libro se parece a un agujero negro cuya atracción es tal que absorbe y distorsiona todo lo que sucede cerca de él, incluidos el tiempo y el espacio. De manera que a lo mejor son las ocho de la mañana y tú vas en el autobús a la oficina, pero de súbito eres arrebatado por esa masa gravitatoria llamada libro, que llevabas en la mano o en el bolso, y apareces en un escenario diferente, identificado, por ejemplo, con un individuo que se lava las manos llenas de sangre en la pila de una cocina francesa, mientras en el dormitorio de esa misma casa ha empezado a enfriarse un cadáver. Y no son las ocho de la mañana, sino las diez de la noche. Y no es primavera, sino invierno. Y tú no eres ese sujeto sin pasado que ahora se baja del autobús, sino este otro que, después de borrar las huellas dactilares de las copas de coñac, se pone un abrigo oscuro y huye escaleras abajo.
Al cerrar la novela cesa la atracción, y es, una vez más, la hora de fichar, así que fichas y entras en la oficina, donde mueves los papeles de un lado a otro o atiendes el teléfono con la eficacia o la pereza de siempre. Has vuelto a tu dimensión, en fin, sin que nadie se diera cuenta de que te habías ido. Si tus compañeros supieran que en lugar de venir de casa, como procede, vienes de una cocina francesa en cuya pila te has lavado las manos llenas de sangre, se quedarían espantados. De hecho, quizá no seas el mismo ahora que antes de haber leído el libro. Por tu sangre discurre el argumento desdichado o feliz que estaba en la novela, del mismo modo que los exploradores vuelven con malarias de África o de Molokai con lepra.
Hay más libros que playas, y en ellos está contenida la materia oscura que los físicos buscan en las estrellas. Si has leído la novela del individuo que se quita la sangre de las manos, ya siempre serás ese individuo, siempre, sin dejar de ser tú y, lo que es más sorprendente todavía, sin dejar de ser al mismo tiempo el cadáver que comenzaba a enfriarse cuando descendiste del autobús. Pura materia oscura, pues, invisible, como la conciencia, pero real como tu jefe.

Del libro Articuentos completos [2011], del escritor Juan José Millás [1946- ].

jueves, 18 de septiembre de 2014

Sigo escribiendo...

Sigo escribiendo.
Me sienta bien.
Busco huecos en mi horario y me siento al ordenador a completar un cuento, a guardar una idea hasta que pueda desarrollarla, a retocar algo que aún está a medias...
Tengo varios cuentos viajando por ahí, probando suerte en algunos concursos. Y la semana pasada di por terminada mi primera novelita infantil, que ya está en Barcelona dándose a conocer...

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Me siento bien...

Hoy me siento bien, un Balzac, estoy terminando esta línea.

Microrrelato del escritor guatemalteco Augusto Monterroso [1921-2003] incluido en su libro Movimiento perpetuo [1972].

martes, 16 de septiembre de 2014

Escribir es estar

ESCRIBIR es como la segregación de las resinas; no es acto, sino lenta formación natural. Musgo, humedad, arcillas, limo, fenómenos del fondo, y no del sueño o de los sueños, sino de los barros oscuros donde las figuras de los sueños fermentan. Escribir no es hacer, sino aposentarse, estar.

Texto encontrado en el libro Entrada en materia, antología del poeta español José Ángel Valente [1929-2000].

lunes, 15 de septiembre de 2014

gente que lee (9)

La madre y la hermana de la artista [1870].
Óleo de la pintora impresionista francesa Berthe Morisot [1841-1895].

sábado, 13 de septiembre de 2014

Elogio de la lectura y la ficción

[...]
Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola. 
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntese por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.
La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. [...] La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
[...]
Aunque me cuesta mucho y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. "Escribir es una manera de vivir", dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
[...]
La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
[...]
la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
[...]

Del discurso pronunciado por el escritor peruano Mario Vargas Llosa [1936- ] al recoger su Premio Nobel de Literatura el 7 de diciembre de 2010.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Es un escritor, lo conozco.

Las opiniones eran que el viejo se había resbalado, que el auto había "quemado" la luz roja, que el viejo había querido suicidarse, que todo estaba cada vez peor en París, que el tráfico era monstruoso, que el viejo no tenía la culpa, que el viejo tenía la culpa, que los frenos del auto no andaban bien, que el viejo era de una imprudencia temeraria, que la vida estaba cada vez más cara, que en París había demasiados extranjeros que no entendían las leyes del tráfico y les quitaban el trabajo a los franceses.
El viejo no parecía demasiado contuso. Sonreía vagamente, pasándose la mano por el bigote. Llegó una ambulancia, lo izaron a la camilla, el conductor del auto siguió agitando las manos y explicando el accidente al policía y a los curiosos.
-Vive en el treinta y dos de la rue Madame -dijo un muchacho rubio que había cambiado algunas frases con Oliveira y los demás curiosos-. Es un escritor, lo conozco. Escribe libros.
-El paragolpes le dio en las piernas, pero el auto ya estaba muy frenado.
-Le dio en el pecho -dijo el muchacho-. El viejo se resbaló en un montón de mierda.
-Le dio en las piernas -dijo Oliveira.
-Depende del punto de vista -dijo un señor enormemente bajo.
-Le dio en el pecho -dijo el muchacho-. Lo vi con estos ojos.
-En ese caso... ¿No sería bueno avisar a la familia?
-No tiene familia, es un escritor.
-Ah -dijo Oliveira.
-Tiene un gato y muchísimos libros. Una vez subí a llevarle un paquete de parte de la portera, y me hizo entrar. Había libros por todas partes. Esto le tenía que pasar, los escritores son distraídos. A mí, para que me agarre un auto...

Comienzo del capítulo 22 de Rayuela [1963], de Julio Cortázar [1914-1984].

martes, 9 de septiembre de 2014

El miedo y los superventas

La catástrofe está a punto de pasar. Tal vez no será hoy ni mañana pero sabes que es inminente. No conoces la identidad de quién la ejecutará ni por qué. Hace tanto tiempo que tienes miedo que ya no recuerdas exactamente a qué temes. No es a nada. Es a todo. Tu vecino no es de fiar y estás seguro de que tu amigo está a punto de apuñalarte por la espalda. Probablemente pierdas tu empleo. Probablemente suspendas el examen. No enfades a tu jefe. No enfades a tu profesor. No armes bronca. Sólo hay una forma de retrasar que las calamidades te exploten en la cara y sabes muy bien que es cerrando la boca. Cuando tengas el agua hasta el cuello, ni te muevas.
La amenaza, el coscorrón y la invitación al miedo son los recursos más utilizados por los expertos en amaestrar ciudadanos y domesticar ideales. Bien sabe el poder que el terror es la mejor arma de control. Bien sabe el poder que la porra no llega tan lejos como el miedo a la porra.
[...]
Una de las características más relevantes de los superventas es que son ideológicamente estériles. Esta virtud es la que les hace imprescindibles en un sistema que basa su supervivencia en la desinformación, la pasividad y la distracción.

Del libro sobre cultura libre Copia este libro [2005], de David Bravo Bueno [1978- ], descargable desde aquí.

viernes, 5 de septiembre de 2014

¡Majaderías!

Pensaba yo titular el libro Perejil en la selva. Título sugestivo, ¿verdad? Y ahora están los tres primeros capítulos en mi casa calzando la pata de una mesa para que no cojee. ¿No será éste acaso el papel más propio de una novela que se desarrolla en los Mares del Sur?
Nietenfuhr, el mozo del café, con quien hablaba yo muchas veces de mis trabajos, me preguntó dos días más tarde si yo había estado alguna vez allá abajo.
-¿Dónde es abajo? -le pregunté.
-¡Hombre! En los Mares del Sur, en Australia, en Sumatra, en Borneo y todo eso.
-No -dije-. ¿Por qué?
-Porque sólo se puede escribir de las cosas que uno conoce y ha visto -me respondió.
-Permítame usted, querido señor Nietenfuhr...
-Eso es más claro que el agua -me dijo-. Los señores Neugebauer, que vienen muchas veces aquí a tomar café, tuvieron en cierta ocasión una criada que no había visto nunca asar aves. Y en Navidad del año pasado, cuando tenía que asar el ganso, la señora Neugebauer se fue de compras, y al volver se encontró con una escena espeluznante. La criada había metido en la cacerola al ganso tal y como había venido de la plaza sin socarrarlo, sin abrirlo y sin sacarle las tripas. Despedía un olor que tiraba de espaldas, se lo aseguro a usted.
- Pero ¿qué tiene que ver? -pregunté-. ¿Se figura usted que asar gansos es lo mismo que escribir libros? No me lo tome usted a mal, querido Nietenfuhr, pero no tengo más remedio que reirme.
El hombre esperó a que yo agotara la risa, que en rigor no duró mucho tiempo, y luego me dijo:
-El Mar del Sur, y los antropófagos, y los arrecifes de coral, y todo ese tinglado son el ganso de usted. Y la novela es la cacerola en que quiere usted asar el Océano Pacífico, y a Perejil, y a los tigres. Y si no sabe usted aún cómo se asa ese ganado, podrá resultar una peste de mil demonios, lo mismo que en el caso de la criada de los señores Neugebauer.
-Pues eso es lo que hacen la mayoría de los escritores -exclamé.
-Buen provecho -me dijo por toda respuesta.
[...]
-Le voy a dar a usted un consejo de primera -prosiguió él-; lo mejor será que escriba usted cosas que conozca, por ejemplo, del metro, de los hoteles y de otras cosas por el estilo. O de chiquillos, que le pasan a usted todos los días por delante de las narices y que es lo que hemos sido todos.
-Pues a mi me dijo una persona que gastaba una barba muy larga y que conoce a los chicos como a su propia casa que eso no les gusta.
-¡Majaderías! -refunfuñó el señor Nietenfuhr-. [...]

Del inicio de la novela Emilio y los detectives [1929] del escritor alemán de literatura infantil y juvenil Erich Kästner [1899-1974].

jueves, 4 de septiembre de 2014

Menos es más

Hace unos cuantos cumpleaños me regalaron Si me necesitas, llámame, libro póstumo de cuentos del escritor estadounidense Raymond Carver [1938-1988].


Recuerdo que me gustó muchísimo, pero en estos años no había vuelto a leer nada de él. Este verano, un poco por casualidad, me he reencontrado con aquel librito, he vuelto a leerlo, y me ha fascinado.

Era mediados de agosto y Myers estaba cambiando de vida. La única diferencia entre esta vez y las otras era que ahora estaba sobrio. Acababa de pasar veintiocho días en un centro de desintoxicación. Pero en ese tiempo a su mujer se le había metido en la cabeza largarse con un amigo de los dos, otro borracho. Aquel individuo había recibido una pequeña herencia y hablaba de comprar la mitad de un bar restaurante en la parte oriental del estado.
Myers llamó a su mujer, pero ella le colgó. No sólo se negaba a hablar con él, sino que le prohibió acercarse a la casa. Había contratado a un abogado y tenía una orden judicial. Así que cogió algunas cosas, subió a un autobús y se fue a la costa, donde alquiló una habitación en casa de un tal Sol que había puesto un anuncio en el periódico.

Con estos dos párrafos comienza Leña, el primero de los cuentos de ese librito. No sé puede contar más con menos.
Ya he estado investigando en la biblioteca para leerme el resto de su obra cuanto antes...

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Los duelistas

Hace poco contaba aquí que había leído El agente secreto, de Joseph Conrad, y me había costado mucho acabarla. Tenía la idea de que me iba a encontrar una novela de aventuras, rápida, dinámica y de lectura muy ágil, y no sé si por la propia novela o por cómo andaba yo, se me hizo un barrizal inacabable.

Estos días he leído Los duelistas y creo que me he reconciliado definitivamente con Conrad. Algo más de cien páginas obsesivas con el telón de fondo del honor y la parafernalia militar, ambientada en el ejército de Napoleón, pero trasladable a cualquier ejército de cualquier época.
Hace unos meses vi la película que rodó Ridley Scott en los setenta, que me fascinó, y que ya me puso en la pista de que esa novela merecería la pena.

MUY recomendables tanto la novela como la peli.

martes, 26 de agosto de 2014

¡Felicidades Julio!

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto en el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

Capítulo 68 de la novela Rayuela, del escritor argentino Julio Cortázar [1914-1984], con quien empecé este blog sobre cosas que leo y que escribo hace algo más de seis meses con motivo del aniversario de su muerte, y que hoy, 26 de agosto, cumpliría 100 años.
Una buena excusa, otra más, para releerle una vez más...


Julio Cortázar fotografiado por la fotógrafa argentina Sara Facio en 1967.

martes, 5 de agosto de 2014

La pena

Entonces llegaba la pena, él le permitía acercarse, trataba de acostumbrarse a ella. La acogía con una particular posición del brazo, casi tendido en el gesto de darle la mano. Había que hacerle sitio al dolor, acunarlo entre los brazos. De lo contrario se convertía en terror y lo asaltaba por sorpresa, sin previo aviso, cuando cruzaba una calle o en el supermercado, mientras elegía las mandarinas o las patatas. Eran momentos de pánico.

Es uno de los párrafos del primer capítulo de la novela La verdad, de la escritora finlandesa Riikka Pulkkinen [1980- ]. Acabo de empezar a leerla hace un rato, mientras cenaba, y tiene muy buena pinta.

viernes, 1 de agosto de 2014

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana...

Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.

Comienzo de la novela La metamorfosis [1915], del escritor Franz Kafka [1883-1924].