He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]

miércoles, 30 de marzo de 2016

Libros

Vivimos hoy anegados en libros y es alucinante saber que el arranque de la gran filosofía ática, la que siglo tras siglo ha seguido incitándonos -la de Sócrates y Platón-, se consiguió (metafóricamente) con un cuarto de escaparate de cualquier librería de hoy, y aún con menos. Con poquísimos libros. Hoy hacen libros hasta los que no saben hacerlos y la factura de no pocos bestsellers no se diferencia gran cosa del proceso que nos pone en la mesa un arroz a banda, una perdiz estofada o un bacalao al pil-pil. El arte, o la artesanía, de cocinar un libro está a la orden del día. Escribir cualquier libro o llevarlo en la mano o debajo del brazo, retratarse entre libros prestigia, pero prestigio, en latín, no sólo significa la fascinación del mérito, sino también engaño, tropelía. El francotirador de la cultura tiene poco que ver con el que obedece al signo de la constancia.

De A media página [2012], recopilación de mini artículos de Medardo Fraile [1925-2013].

martes, 29 de marzo de 2016

Un océano de amor

Me han sentado bien estos días de vacaciones. Me he quedado en casa y he visto algunas pelis, he estado con gente que quiero, me he dado algunas caminatas por la montaña, y he estado leyendo, claro. Y precisamente quería dejar aquí un comentario sobre uno de los libros que han caído en mis manos en estos días. Aunque la verdad es que no sé si de este libro se puede decir exactamente que lo haya estado leyendo...
Un océano de amor [2014] es una novela gráfica (o cómic o historieta en dibujos o tebeo o como haya que llamar a estas cosas), escrita por Wilfrid Lupano [1971- ] y dibujada por Grégory Panaccione [1968- ]. Me llamó mucho la atención cuando lo descubrí a primeros de febrero en Un libro al día (cada vez me gusta más ese blog...), lo regalé hace unas cuantas semanas y ahora me ha vuelto prestado para leerlo...

Y decía que no estoy muy seguro de si se puede usar la palabra leer aplicada a este libro porque una de sus características que más llama la atención es que en toda la historia no hay ni un solo diálogo ni un solo texto explicativo. Sólo dibujos. Nada más. Y nada menos.
Y a pesar de no haber bocadillos, ni cuadros de texto, ni siquiera onomatopeyas en las más de doscientas páginas del libro, la historia está llena de diálogos sin palabras, de alegría, miedo, aventuras, risas, y amor, claro, como ya sugiere el título...
La historia es divertida y te atrapa desde el primer momento. Y los dibujos son maravillosos, muy expresivos, y son quienes realmente cuentan todo.
Leo pocas novelas gráficas, menos de lo que me gustaría, y aquí hablo poco o nada de ellas o de cómics en general. Pero creo que voy a poner remedio a eso: de vez en cuando descubro cosas deliciosas como este océano de amor que me ha hecho pasar un rato precioso y que además creo que no se acaba al cerrar la última página, sino que la historia y las viñetas dan suficiente juego como para retomarlo de vez en cuando y volver a disfrutarlo como la primera vez.

lunes, 28 de marzo de 2016

Menos tu vientre

Menos tu vientre
todo es confuso.

Menos tu vientre
todo es futuro
fugaz, pasado
baldío, turbio.

Menos tu vientre
todo es oculto,
menos tu vientre
todo inseguro,
todo postrero,
polvo sin mundo.

Menos tu vientre
todo es oscuro,
menos tu vientre 
claro y profundo.

Poema de Miguel Hernández [1910-1942] de cuya muerte se cumplen hoy 74 años.

domingo, 27 de marzo de 2016

Una cerilla

Lo que hace la literatura es equiparable a lo que hace una pobre cerilla en medio del campo en mitad de la noche. Una cerilla no ilumina apenas nada, pero nos permite ver cuánta oscuridad hay a su alrededor.

Me llega esta cita por internet, atribuida a William Faulkner [1897-1962].
Seguimos encendiendo cerillitas...
Seguimos leyendo...

sábado, 26 de marzo de 2016

viernes, 25 de marzo de 2016

Soy el puto amo

Recuerdo que la primera casa en la que viví cuando me fui de la de mis padres la compartí con dos amigos, compañeros de carrera, también profes de matemáticas y física como yo. Con uno de ellos recuerdo que de vez en cuando tenía conversaciones en las que fantaseábamos con la idea de escribir.
Hace de eso ventitantos años.
Recuerdo que los dos lo habíamos intentado alguna vez pero sin mucho convencimiento. Y recuerdo, sobre todo, que en varias ocasiones hablamos de qué sentido tenía tratar de escribir ahora cuentos chulos cuando Cortázar ya hacía tiempo que había dejado escritos todos los suyos. ¿Qué podíamos aportar nosotros? ¿Qué se podía añadir a lo que ya habían escrito él y tantos otros?
La sensación que teníamos era que nos conformábamos con que lo mejor que pudiéramos escribir nosotros alguna vez fuera como la basurilla que Cortázar tiraba a la papelera...
No sé si mi amigo habrá intentado escribir en estos años. La próxima vez que nos veamos le tengo que preguntar. Yo lo estoy intentando. Sé que no soy Cortázar, pero me está sentando muy bien.

jueves, 24 de marzo de 2016

miércoles, 23 de marzo de 2016

La cultura

Acabo de leer la novela El azar de la mujer rubia [2013] de Manuel Vicent [1936- ]. Me ha aburrido. Creo que la olvidaré pronto. [Parece que últimamente hablo aquí más de la cuenta sobre novelas que me aburren. Ésto me lo tengo que mirar...]
Pero de entre todas esas páginas de tedio rescato esta frase, que me gustó mucho y me hizo pensar en los 3000 libros de Pepys:

La cultura consiste en ese poso que queda después de leer dos mil libros y haberlos olvidado.

martes, 22 de marzo de 2016

The most dangerous writing app

Hace unos días me encontré aquí The most dangerous writing app.
Me gustó.
[Quienes sean propensxs a los ataques de ansiedad y se estresen con facilidad, pueden dejar de leer ya y saltarse sin remordimientos el resto de esta entrada.]

La cosa es sencilla: la aplicación no es más que un muy sencillo editor de texto que te ofrece un cuadro en el que puedes escribir el texto que quieras. Puedes elegir al principio durante cuánto tiempo te apetece estar escribiendo, entre cinco minutos y una hora. Y tiene también la opción (para gente autoexigente y/o masoca) de elegir si quieres ver o no el texto que vas tecleando.
Y a partir de ahí sólo hay una regla a seguir: si dejas de teclear durante cinco segundos seguidos... ¡¡¡se borra todo lo que llevas escrito!!!
Se 'borra' del verbo borrar: desaparece, se elimina, se destruye... de hecho la imagen del texto se diluye suavemente hasta que se pierde del todo...

He probado y ¡mola! Y sobre todo, aparte del juego, parece una buena herramienta para practicar esas cosas del monólogo interior, el libre fluir del pensamiento, para quienes tienen pánico al papel en blanco o necesitan/necesitamos soltarnos con el teclado...

¡De nada!

lunes, 21 de marzo de 2016

Tierra, humo, polvo, sombra, nada

Mientras por competir con tu cabello
oro bruñido al sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano,
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello,

goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,

no sólo en plata o víola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Soneto de Luis de Gongora y Argote [1561-1627].

domingo, 20 de marzo de 2016

Cambalache

Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé, en el quinientos seis y en el dos mil también; que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos, contentos y amargaos, valores y dublé. Pero que el siglo viente es un despliegue de maldad insolente ya no hay quien lo niegue, vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos.

Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. ¡Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualao. Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón.

¡Pero qué falta de respeto, qué atropello a la razón! ¡Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón! Mezclaos con Stavisky van don Bosco y la Mignon, don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín. Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida, y herida por un sable sin remache ves llorar la Biblia contra un calefón.

Siglo veinte, cambalache, problemático y febril, el que no llora no mama y el que no afana es un gil. ¡Dale nomás, dale que va, que allá en el horno nos vamoa encontrar! ¡No pienses más, sentate a un lao, que a nadie importa si naciste honrao! Es lo mismo el que labura noche y día como un buey que el que vive de los otros, que el que mata o el que cura o está fuera de la ley.

Cambalache es un tango compuesto en 1934 por Enrique Santos Discépolo [1901-1951].

sábado, 19 de marzo de 2016

viernes, 18 de marzo de 2016

¡Me rindo!

Tengo un par de reglas no escritas y que respeto bastante relacionadas con este Capítulo VI y con los libros en general:

  • Una de ellas es que cuando comencé a hacer este blog, hace algo más de dos años, me propuse no hablar aquí (o hablar muy poco) de libros que no me gustaran.
    Hay demasiados libros buenos, y muy poco tiempo para leerlos, como para gastar parte de ese escaso tiempo hablando de los que te han aburrido, de los que no te han interesado, o de aquellos que te han parecido abiertamente un truñete...
    (Normalmente no me salto esta regla nunca, aunque revisando las etiquetas confirmo que alguna vez se ha nombrado por aquí al autor del peor-libro-que-he-leído-nunca...)
  • Y la otra regla, y ésta es muy anterior al blog, es que nunca dejo un libro a medias. Sí, ya sé que ésto contradice aquello de que tenemos poco tiempo y que no merece la pena gastarlo en cosas que no sean interesantes. Mucha gente me lo recuerda y me dice que por qué me mortifico tratando de acabar ladrillacos que se me atraviesan y con los que no consigo avanzar. De esos que cuando quieres pasar a la siguiente página parece que pesara kilos... y que al conseguir pasarla da la impresión de que le hubieran crecido unas cuantas más al final...
    Yo creo que me sale algo de la culpabilidad judeo cristiana que me inculcaron de pequeño, creo que pienso que quizá puedo darle una oportunidad, aguantar unas poquitas páginas más, porque tal vez avanzando un poco la cosa mejore... pero lo cierto es que hay casos en que no mejora nada y la sensación es cada vez peor...
Todo esto viene a cuento de que hoy quiero hablar aquí de dos libros que han caído en mis manos más o menos recientemente, que me han aburrido muuucho (rota la regla número 1) y que al final he acabado dejando (rota la regla número 2).

¡Ay!

El primero de ellos fue Nos vemos allá arriba, de Pierre Lemaitre.
La verdad es que al principio pintaba bien, había oído muy buenas críticas, le habían dado premios... pero al cabo de unas cuantas páginas (no menos de cien o doscientas) y de muchas semanas con el libro dando vueltas por la casa decidí que mejor lo abandonaba y ya le daría otra oportunidad dentro de un tiempo.
O no.

Y ahora me ha vuelto a pasar.
En nuestro Club de Lectura Serrano nos propusimos leer En la orilla de Rafael Chirbes.
Ufff....

También pintaba muy bien al principio. Las críticas que había leído por ahí en alguna ocasión decían que era la mejor novela en español del siglo XXI. (Quizá tendría que haber desconfiado de comentarios tan astronómicos...)
El caso es que no estoy pudiendo con ella. Y curiosamente, en el Club de Lectura parece que nadie o casi nadie está pudiendo con ella. Y eso que el grupo es bastante heterogéneo y variopinto.
Cuando ya llevaba ciento y pico páginas se me ocurrió buscar en unlibroaldía, que es un sitio que me gusta mucho, me encantan las reseñas que hacen y, en general, suelo coincidir con sus criterios. Y al leer la reseña que hacen de En la orilla me arrepentí de no haberla leído antes para ir más y mejor avisado...
Afortunadamente, por supuesto, durante este tiempo de atasco me ha cundido leyendo otras cosas como un montón de cuentos de Medardo Fraile, y cosas de Joan Fontcuberta, que siempre sientan bien y te obligan a hacer mucha gimnasia mental...

Ya liberado, saltadas mis dos reglas, me pongo con ésto que cogí la semana pasada en la biblioteca de La Cabrera y que tiene una pinta fenomenal:
¡Seguimos!

jueves, 17 de marzo de 2016

gente que lee (80)

Últimas noticias, fotografía de Sergio Martín Cantero.
¡Gracias, Sergio, por la colaboración!

miércoles, 16 de marzo de 2016

Aquí hay mucha belleza, porque en todas partes hay mucha belleza

Además, hay que contar con que Roma (cuando no se la conoce todavía) es, en los primeros días, abrumadoramente melancólica, por el muerto y turbio ambiente de museo que exhala, por la abundancia de sus antigüedades desenterradas y laboriosamente mantenidas en pie (y de las cuales se nutre un pequeño presente), por la sobre valoración innombrable de todas estas cosas deformadas y corrompidas, fomentada por eruditos y filólogos e imitada por los que recorren Italia siguiendo la costumbre; cosas que, sin embargo, en el fondo no son más que restos casuales de otro tiempo y de otra vida, de algo que no es nada nuestro ni lo ha de ser. Al fin, después de semanas de defenderse cotidianamente, se encuentra uno, aunque un poco confundido, vuelto a sí mismo, y se dice: no, aquí no hay más belleza que en cualquier otro sitio, y todos estos objetos que han venido siendo admirados por generaciones, completados y mejorados por manos de albañiles, no significan nada, no son nada y no tienen corazón ni valor; pero aquí hay mucha belleza, porque en todas partes hay mucha belleza. Aguas infinitamente llenas de vida llegan por los antiguos acueductos hasta la gran ciudad, y danzan en las muchas plazas sobre pilones de piedra blanca, y se ensanchan en cuencos anchos y espaciosos, rumorosos de día y más rumorosos de noche, que aquí es una noche grande, estrellada y suave de vientos. Y hay jardines, inolvidables alamedas y escaleras, escaleras ideadas por Miguel Ángel, escaleras construidas a imitación de las aguas que se deslizan hacia abajo; pariendo anchamente, en la cascada, un escalón de otro escalón como una onda de otra onda. Con tales impresiones, se concentra uno, se recobra, regresando de la muchedumbre con sus pretensiones, que charla y charla (¡y qué charlatana es!), y lentamente llega a reconocer las pocas cosas en que perdura lo eterno que se puede amar, y lo solitario en que se puede tomar parte silenciosamente. 

De la Carta a un joven poeta [publicadas en 1929], que Rainer Maria Rilke [1875-1926] escribió a Franz Xaver Kappus el 29 de octubre de 1903 desde Roma.

martes, 15 de marzo de 2016

Un puente

Marco Polo describe un puente, piedra por piedra.
—¿Pero cuál es la piedra que sostiene el puente? —pregunta Kublai Kan.
—El puente no está sostenido por esta o aquella piedra —responde Marco—, sino por la línea del arco que ellas forman.
Kublai permanece silencioso, reflexionando. Después añade:
—¿Por qué me hablas de las piedras? Es sólo el arco lo que me importa.
Polo responde: —Sin piedras no hay arco.

De Las ciudades invisibles [1972] de Italo Calvino [1923-1985].

lunes, 14 de marzo de 2016

El mundo sin ti

Solo soy
la forma en que las cosas
pierden su sentido, 
como el agua que no puede beberse,
como el tren sin raíles
o unos ojos vendados.

Extraño, distante, inverso,
igual que una metáfora
rodeada de números,
que una idea sin papel
o un espejo de cartón.

La eterna consecuencia,
la mirada a ninguna parte,
como un reloj que corre
sin tiempo en las agujas,
igual que una cometa
que se olvidó volar.

Aquí estoy, 
y acaso sobrevivo
como un pulmón sin aire,
como una nochevieja,
como una línea recta
que intenta sonreir.

Solo soy
la mano que te escribe,
la mente que te sueña,
la triste marioneta
sin mano entre los hilos.

Un recuerdo:
lo que queda de nosotros.

De El amor en tiempos de los desguaces de coches [2014] de David Minayo [1981- ].

domingo, 13 de marzo de 2016

Ser escritor

Ser escritor -mantenía él- era otra cosa; no consistía en escribir. El escritor, por vulgar que sea en apariencia, habita en una luz inaccesible que alumbra lo que le rodea para hacerle más clara la vida del mundo, mala o buena, y la de los demás, y hablar es una forma de escritura en el aire, sin afeites, sin trampa ni cartón, con correcciones y rectificaciones a la vista y al oído del que lo escucha. Cuando se es escritor, también se escribe con la vida... Y, además -solía añadir sonriendo-, las personas más influyentes de la Humanidad no han escrito jamás una palabra...

Del cuento Culturalia, incluido en el libro Antes del futuro imperfecto [2010], del cuentista Medardo Fraile [1925-2013], de cuyo nacimiento se cumplen hoy 91 años.

sábado, 12 de marzo de 2016

Cuentan...

Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas hierbas que cogía.
¿Habrá otro -entre sí decía-
más pobre y triste que yo?
y cuando el rostro volvió
halló la respuesta, viendo
que otro sabio iba cogiendo 
las hierbas que él arrojó.

Fragmento de La vida es sueño [1635] de Pedro Calderón de la Barca [1600-1681].

viernes, 11 de marzo de 2016

jueves, 10 de marzo de 2016

miércoles, 9 de marzo de 2016

Pepe, el conserje

Hay gente que desprecia el trabajo de los conserjes. Piensan que su labor no tiene importancia y que la oficina o el colegio o la biblioteca o la clínica podrían funcionar perfectamente sin esa persona que desde la puerta observa, día tras día, a quienes entran y salen. Podría parecer que su trabajo se reduce a abrir al llegar y cerrar al terminar el día y pasar las horas dando los buenos días y las buenas tardes. Pero en cuanto estás unos cuantos días trabajando en un lugar en el que hay un conserje te das cuenta de que todo funciona tal y como esa persona desea. Hay jerarquías, jefes, directores, estructuras, pero es el conserje quien tiene las llaves de todo, quien sabe cuándo se pueden abrir ciertas puertas y cuándo no, quien controla la fotocopiadora, el almacén, el cuadro de luces del edificio.
Pepe era plenamente consciente de su poder. Ni un solo día, durante todos los años que enseñé en el Colegio San Leonardo le vi con otro atuendo que no fuera su impecable traje azul marino. La corbata bien apretada y los botones de la camisa bien tirantes sobre su panza enorme. No importaba que hiciera frío o calor, que lloviera o que saliera el sol. Jamás le vi aflojarse la corbata ni quitarse la chaqueta azul marino. Siempre se le veía algo congestionado, como si se hubiera hecho el nudo de la corbata cuando era niño y hubiera crecido con él puesto sin soltárselo jamás.
Cuando te veía acercarte a su cuartito esperaba al último momento para abrir su ventanita y que pudieras asomarte para hablar con él. Era la primera señal que te daba, antes de empezar cualquier conversación, de que era él quien tenía allí el mando. No importa que fueras la directora, o uno de los jefes de estudio, o cualquiera de los profesores veteranos, o el más nuevo de los novatos. Seguía haciendo lo que estuviera haciendo en ese momento, que nadie sabía a ciencia cierta qué era, y cuando te parabas delante de él, levantaba la vista, te miraba con calma, como se mira a alguien que te suena pero hace mucho tiempo que no ves, se pasaba un pulgar por la frente como si se estuviera quitando una gotita de sudor, y sólo entonces corría la ventanita de vidrio.
—Buenos días, Román, ¿cómo estás?
Parecía no prestar atención a nada que no fuera su mesa y los papeles con los que siempre andaba allí, pero conocía los nombres de cada profesor, de cada alumno, de cada padre y madre que alguna vez hubiera atravesado aquella puerta.
—Buenos días, Pepe.
A partir de ese punto de la conversación era necesario desarrollar las mejores habilidades para lograr lo que uno necesitara. No bastaba decir «Pepe, necesito unas fotocopias de este examen» o «Pepe, necesito el aula de informática» o «Pepe, por favor, necesito que avise al jefe de estudios para tal o cual cosa».
Después de esos saludos se generaba un silencio espeso en el que te miraba fijamente esperando tu petición. En ese silencio, que no parecía tener fin, se pasaba un par de veces el pulgar por la frente como si fuera tu presencia lo que le hacía sudar. Parecía estar evaluando no sólo la pertinencia de lo que le ibas a pedir sino también tu aspecto, el convencimiento con que lo pedías. Parecía estar valorando si verdaderamente creías merecer eso que decías necesitar. En más de una ocasión me dijo que no, que no podía hacer esas fotocopias o no podía darme tal o cual llave. Y en ese caso no había nada que hacer. Nada que negociar. No daba explicaciones. Con toda seguridad debía existir alguna, pero él no te decía si no podía hacer las dichosas fotocopias porque faltaba papel, porque se había acabado la tinta de la impresora o porque simplemente le venía mal hacerlas porque tenía que seguir con su tarea.
Hace poco me encontré con Silvia, la otra profesora que daba física y matemáticas conmigo. Hacía años que no nos veíamos. Le pregunté por los compañeros. Me puso al día de quién seguía allí y quién no. Alguna muerte, algún alumno nuestro que ahora daba clase. Cuando estábamos a punto de despedirnos le pregunté por Pepe. Suponía que debía haberse jubilado hace tiempo y efectivamente hacía ya cuatro años que no estaba en el colegio. Me contó que un día, a principios de este curso, durante el primer claustro en el que se reunían todos los profesores del colegio, había aparecido por allí. Nadie le había visto nunca vestido así: camisa de cuadros, un jersey de pico y unos pantalones de pana claritos que le quedaban un poco caídos por debajo de su barriga. Con su corrección de siempre, pidió permiso para entrar en la sala en la que estaba reunido todo el claustro y dijo que quería dejar algo para que se conservara en el colegio. De una bolsa de tela que traía sacó un par de cajas de las que se usan para los paquetes de folios. Se pasó un par de veces el pulgar por la frente, las abrió y empezó a sacar treinta y dos gruesos cuadernos negros idénticos. Uno por cada año que había trabajado como conserje en el San Leonardo.
‒Creo que esto estará mejor aquí, en la biblioteca del colegio, que en mi casa.
Cada cuaderno era la historia completa de cada año: fotos, nacimientos, muertes, fiestas, cumpleaños, jubilaciones, viajes, reuniones. Horas y horas dedicadas a escribir la historia del colegio cuando no le incordiábamos pidiéndole llaves o fotocopias.

Soto del Real, enero de 2016.

Licencia Creative Commons
Pepe, el conserje por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

Este mini relato es el resultado de uno de los ejercicios que nos han propuesto en el taller de escritura creativa que estoy haciendo en Escuela de Escritores.
¡Me lo estoy pasando como un enano y me está sentando fenomenal!
;o)

martes, 8 de marzo de 2016

No puedo creer que todavía tenga que protestar por esta mierda...

Pues sí. Pasan cienes y cienes de años y parece que no queda más remedio que seguir y seguir y seguir defendiendo lo obvio, no queda otra más que seguir protestando por esta mierda...

Llevo unos cuantos días pensando en qué colgaba hoy en el blog. Quería hablar sobre el 8 de marzo [el año pasado y el otro no lo hice y no quería dejarlo pasar un año más...] y andaba dándole vueltas a qué contar.  Y pensando, pensando, pensando... lo que me viene a la cabeza es el hartazgo y la rabia de tener que continuar año tras año, día a día, siglo a siglo, reivindicando lo que debería ser evidente: la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres, la necesidad de acabar con el patriarcado, la urgencia de que mujeres y hombres seamos tratados del mismo modo.

Hay quien piensa que ya se ha logrado esa igualdad. Que las mujeres ya están estupendamente y que qué más quieren. Mucha gente, sobre todo hombres, que piensan desde hace mucho que todo ésto del feminismo no es más que el rollo de cuatro locas que sólo quieren quejarse por quejarse y para jodernos la vida a los hombres. La verdad es que no es difícil, si uno se toma la molestia de hacer el esfuerzo de mirar con esas gafas, hacer una lista de las mil cosas en que los hombres mantenemos privilegios sobre las mujeres. A veces esos privilegios son muy obvios, obscenos, brutales. Pero la mayoría en la mayoría de las ocasiones son mucho más sutiles, son pequeñas cosas cotidianas del día a día, que prácticamente parece que pasan desapercibidas...


Éste es un blog sobre libros y lecturas. En alguna ocasión ya he escrito aquí sobre género. Pero hablando de libros y pensando en libros, éste de Chimamanda Ngozi Adichie cuenta en muy poquitas páginas y muchísimo mejor de lo que lo pueda hacer yo, por qué sigue siendo necesario, cada vez más, ser feminista.
Si alguien prefiere oírla a ella contándolo que no se pierda este vídeo. Media hora de puritita canela en rama sobre género.
En fin.

¡Seguimos!

p.s.: Por cierto, mientras escribo ésto, muchas mujeres (y algunos hombres, espero que no demasiado ruidosos ni invasivos) se están manifestando en Madrid y en otros muchísimos lugares pidiendo igualdad y justicia...
¡Ole!

lunes, 7 de marzo de 2016

Lo que se lleva el viento

He repetido a menudo "recuerdo", "me viene a la mente"... La memoria es importante, para todos, a cualquier edad. Recordar cualquier cosa, ya sea una canción, un acontecimiento o una comida, porque esa comida quizá nos liga a un momento especial, a un encuentro, a una fiesta. Y lo mismo pasa con los olores, con un paisaje. 
Me encanta la ciencia ficción. Hasta en una película de ciencia ficción, en Blade Runner, el replicante sufre, sufre de una manera angustiosa porque no tiene pasado, no tiene memoria. También esto indica lo importante que es.
Recuerdo -no sé si lo he leído o lo he oído en alguna película, no recuerdo dónde- un canto de los indios navajos que dice:
Todo lo que has visto, recuérdalo,
porque todo lo que olvidas
se lo lleva el viento.

De Sí, ya me acuerdo... [1996], la autobiografía de Marcello Mastroianni [1924-1996].

sábado, 5 de marzo de 2016

viernes, 4 de marzo de 2016

¿Debo escribir?

Pregunta usted si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Antes ha preguntado a otros. Los envía usted a revistas. Los compara con otros poemas, y se intranquiliza cuando ciertas redacciones rechazan sus intentos. Ahora bien (puesto que usted me ha permitido aconsejarle), le ruego que abandone todo eso. Mire usted hacia fuera, y eso, sobre todo, no debería hacerlo ahora. Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie. Hay sólo un único medio. Entre en usted. Examine ese fundamento que usted llama escribir; ponga a prueba si extiende sus raíces hasta el lugar más profundo de su corazón; reconozca si se moriría usted si se le privara de escribir. Esto, sobre todo: pregúntese en la hora más silenciosa de su noche: ¿debo escribir? Excave en sí mismo, en busca de una respuesta profunda. Y si ésta hubiera de ser de asentimiento, si hubiera usted de enfrentarse a esta grave pregunta con un enérgico y sencillo debo, entonces construya su vida según esa necesidad: su vida, entrando hasta su hora más indiferente y pequeña, debe ser un signo y un testimonio de ese impulso. Entonces, aproxímese a la naturaleza. Entonces, intente, como el primer hombre, decir lo que ve y lo que experimenta y ama y pierde. No escriba poesías de amor; apártese ante todo de esas formas que son demasiado corrientes y habituales: son las más difíciles, porque hace falta una gran fuerza madura para dar algo propio donde se establecen en la multitud tradiciones buenas y, en parte, brillantes. Por eso, sálvese de los temas generales y vuélvase a los que le ofrece su propia vida cotidiana: describa sus melancolías y deseos, los pensamientos fugaces y la fe en alguna belleza; descríbalo todo con sinceridad interior, tranquila, humilde, y use, para expresarlo, las cosas de su ambiente, las imágenes de sus sueños y los objetos de su recuerdo. Si su vida cotidiana le parece pobre, no se queje de ella; quéjese de usted mismo, dígase que no es bastante poeta como para conjurar sus riquezas: pues para los creadores no hay pobreza ni lugar pobre e indiferente. Y aunque estuviera usted en una cárcel cuyas paredes no dejaran llegar a sus sentidos ninguno de los rumores del mundo, ¿no seguiría teniendo siempre su infancia, esa riqueza preciosa, regia, el tesoro de los recuerdos? Vuelvo ahí su atención. Intente hacer emerger las sumergidas sensaciones de ese ancho pasado; su personalidad se consolidará, su soledad se ensanchará y se hará una estancia en penumbra, en que se oye pasar de largo, a lo lejos, el estrépito de los demás. Y si de ese giro hacia dentro, de esa sumersión en el mundo propio, brotan versos, no se le ocurrirá a usted preguntar a nadie si son buenos versos. Tampoco hará intentos de interesar a las revistas por esos trabajos, pues verá en ellos su amada propiedad natural, un trozo y una voz de su vida. Una obra de arte es buena cuando brota de la necesidad. En esa índole de su origen está su juicio: no hay otro. Por eso, mi distinguido amigo, no sabría darle más consejo que éste: entrar en sí mismo y examinar las profundidades de que brota su vida: en ese manantial encontrará usted la respuesta a la pregunta de si debe crear. Tómela como suene, sin interpretaciones. Quizá se haga evidente que usted está llamado a ser artista. Entonces, acepte sobre sí ese destino, y sopórtelo, con su carga y su grandeza, sin preguntar por la recompensa que pudiera venir de fuera. Pues el creador debe ser un mundo para sí mismo, y encontrarlo todo en sí y en la naturaleza a que se ha adherido.
Pero quizá, después de ese descenso en sí y en su soledad, deba renunciar a llegar a ser poeta (basta, como he dicho, sentir que se podría vivir sin escribir para no deber hacerlo en absoluto). Sin embargo, tampoco entonces habrá sido en vano este viraje que le pido. En cualquier caso, a partir de ahí, su vida encontrará caminos propios, y le deseo que sean buenos, ricos y amplios, mucho más de lo que puedo decir.
¿Qué más he de decirle? Todo me parece subrayado como es debido: para terminar, sólo querría aconsejarle todavía que vaya creciendo tranquilo y serio a través de su evolución: no podría producir un destrozo más violento que mirando afuera y esperando de fuera una respuesta a preguntas a las que sólo puede contestar, acaso, su más íntimo sentir en su hora más silenciosa.

De las Cartas a un joven poeta [publicadas en 1929], que Rainer Maria Rilke [1875-1926] escribió a principios del siglo XX a Franz Xaver Kappus.

jueves, 3 de marzo de 2016

miércoles, 2 de marzo de 2016

martes, 1 de marzo de 2016

¿Todo teatro?

Hace unos días encontré, en uno de sus mini artículos recopilados en A media página [2012], un comentario de Medardo Fraile [1925-2013] sobre el sentido de la vida, que colgué ayer aquí. Y anoche, leyendo la novela En la orilla [2013], de Rafael Chirbes [1949-2015], di con ésto:

¿Todo teatro? ¿Todos actores, que en cualquier momento nos cansamos del papel que representamos y tiramos el disfraz? ¿O podemos decir que hay gente de verdad? Pero ¿qué es eso?, ¿qué quiere decir gente de verdad?, y si eso no quiere decir nada, si es nada, ¿qué sentido tiene la vida?, ¿qué es de nosotros si no existe esa gente? Uno tiende a pensar que la verdad de las personas aparece en los momentos decisivos, en el filo, cuando se bordean los límites. El momento de héroes y santos. Y, mira por dónde, en esos momentos el comportamiento humano no suele resultar ni ejemplar ni estimulante. El grupo que se da de codazos por llegar el primero a la taquilla en la que se expenden las entradas para un concierto; los espectadores que se pisotean huyendo del teatro en llamas y pasan por encima de los más débiles sin fijarse en ellos, el niño, las marchitas carnes del anciano, aplastados por las suelas de los ansiosos fugitivos, pinchados por los tacones de las jóvenes vestidas con elegancia para la salida nocturna; los honrados ciudadanos, incluidas las señoras -de buena familia, u obreras, en eso no hay distingos- que golpean furiosos con los remos las cabezas de los náufragos que intentan acceder al repleto bote salvavidas. Sálvese quien pueda.

lunes, 29 de febrero de 2016

El sentido de la vida

Y nuestra vida tiene sentido cuando el trabajo en que nos aplicamos lo tiene, cuando cuidamos a alguien con amor y cuando damos cauce a nuestro coraje en tiempos difíciles.

Lo dice Medardo Fraile [1925-2013] en uno de sus mini artículos recopilados en el volumen A media página [2012].

domingo, 28 de febrero de 2016

sábado, 27 de febrero de 2016

Para que nadie sea esclavo

Confío en que el librito sea también útil para quien cree en la necesidad de que la imaginación tenga su puesto en la enseñanza; para quien tiene fe en la creatividad infantil; para quien sabe qué virtud liberadora puede tener la palabra. "Todos los usos de la palabra para todos", me parece un lema bueno y con agradable sonido democrático. No para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo.

El último párrafo del primer capítulo del libro Gramática de la fantasía (Introducción al arte de inventar historias) [1973] del escritor y pedagogo italiano Gianni Rodari [1920-1980].

viernes, 26 de febrero de 2016

Te quiero

Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia

     si te quiero es porque sos
     mi amor mi cómplice y todo
     y en la calle codo a codo
     somos mucho más que dos

tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada
te quiero por tu mirada
que mira y siempre futuro

tu boca es tuya y mía
tu boca no se equivoca
te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía

     si te quiero es porque sos
     mi amor mi cómplice y todo
     y en la calle codo a codo
     somos mucho más que dos

y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo
porque sos pueblo te quiero

y porque amor no es aureola
ni cándida moraleja
y porque somo pareja
que sabe que no está sola

te quiero en mi paraíso
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso

     si te quiero es porque sos
     mi amor mi cómplice y todo
     y en la calle codo a codo
     somos mucho más que dos.

Mario Benedetti [1920-2009]


jueves, 25 de febrero de 2016

La inmortalidad

Hace unos días, en uno de los muchísimos artículos que se han publicado hablando de Umberto Eco [1932-2016] con motivo de su fallecimiento hace unos días, me encontré esto:
En cierta ocasión, Umberto Eco dijo: "El que no lee, a los 70 años habrá vivido sólo una vida. Quien lee habrá vivido 5000 años. La lectura es una inmortalidad hacia atrás."

miércoles, 24 de febrero de 2016

martes, 23 de febrero de 2016

Preguntas y respuestas

Aquí, teniendo a mi alrededor una tierra poderosa, por encima de la cual pasan los vientos del mar, aquí siento que a esas preguntas y sentires, que tienen una vida propia en sus honduras, nunca le podrá contestar a usted nadie; pues aun los mejores se equivocan en las palabras cuando éstas han de significar lo más silencioso y casi indecible. Pero creo, a pesar de todo, que usted no debe quedar sin solución, si se detiene en cosas semejantes a aquellas en que mis ojos ahora se reponen. Si se queda usted en la naturaleza, en los sencillo que hay en ella, en lo pequeño, que apenas ve uno, y que tan imprevisiblemente puede convertirse en grande e inconmensurable; si usted tiene ese amor por lo pequeño y trata de ganarse, como un siervo, la confianza de lo que parece pobre, entonces todo le será más fácil, más unitario y, no sé cómo, más reconciliador, acaso no en el entendimiento, que se echa atrás asombrado, sino en su íntima conciencia, en su vigilia y en su saber. Usted es tan joven, está tan antes de todo comienzo, que yo querría rogarle lo mejor que sepa, mi querido señor, que tenga paciencia con todo lo que no está resuelto en su corazón y que intente amar las preguntas mismas, como cuartos cerrados y libros escritos en un idioma muy extraño. No busque ahora las respuestas, que no se le pueden dar, porque usted no podría vivirlas. Y se trata de vivirlo todo. Viva usted ahora las preguntas. Quizá luego, poco a poco, sin darse cuenta, vivirá un día lejano entrando en la respuesta. Quizá lleva usted ya en sí la posibilidad de crear y formar, como una manera de vida especialmente dichosa y pura; edúquese para ello, pero acepte lo que venga, con gran confianza, y aunque sólo venga de su voluntad, de alguna necesidad de su interior, acéptelo en sí y no lo odie.

De las Cartas a un joven poeta [publicadas en 1929], que Rainer Maria Rilke [1875-1926] escribió a principios del siglo XX a Franz Xaver Kappus.

domingo, 21 de febrero de 2016

El Castillo

Llevo algunas semanas viendo circular esta imagen, y varias más de la instalación que ilustra, por facebook o por sitios como éste... Cuando la vi por primera vez me gustó esa forma de mostrar el impacto que puede tener un libro a pesar de su apariencia 'inocua'.
Al buscar los enlaces en la web del autor, el artista mexicano Jorge Méndez Blake, para colgar este trabajo aquí, me ha encantado ver que tiene organizado su catálogo por capítulos, y que precisamente a la instalación El Castillo [2007] le corresponde el Capítulo VI.

Casualidades.
O no.

sábado, 20 de febrero de 2016

Eco

Acabo de leer que ha muerto Umberto Eco.
Umberto Eco en la Univ. de Burgos en 2013. Foto: Cristóbal Manuel
No todos sus libros me gustaron ni me interesaron igual, pero me parecía un hombre a quien, entre tantísimo ruido como tenemos alrededor, hay que prestar atención...
Y El nombre de la rosa [1980] es, desde hace muchísimos años, una de mis novelas favoritas y uno de los libros que más veces, y con más gusto, he releído.

Sit tibi terra levis.

viernes, 19 de febrero de 2016

Entonces vivíamos

Entonces vivíamos. Me desenvolvía. No nos imaginábamos que iba a llegar esta mierda de ahora, que ya no sabe uno a quién pedirle prestado, esta vergüenza de andar arrastrándote, y que los conocidos pongan cara de susto cuando te ven venir y se cambien de acera disimulando, porque están convencidos de que vas a darles otro sablazo como el que les diste hace un par de semanas. Pesa mucho este agobio, todo el día maquinando, dándole vueltas a las cosas, pensando cómo sales adelante con tus cuatrocientos euros de la ayuda familiar y los seiscientos que gana la mujer, echando unas cuentas imposibles de cuadrar, siempre más gastos que ingresos, por muchos equilibrios que hagas, cómo pagas con eso los libros y las cosas del colegio de los niños, que este año suben a setecientos euros, la ropa de temporada, porque la del año pasado se les ha quedado pequeña y además está destrozada, los zapatos, el seguro del coche, la hipoteca de casa, el SUMA, y todo eso se convierte en la pesadilla de todas las noches, de la que no te dabas cuenta cuando las cosas iban bien pero que se vuelve el único tema en cuanto han empezado a ir mal: cómo llenas la nevera. Sólo cuando estás en la ruina descubres que hay que comer todos los días, fíjate qué bobada. Pues claro. Eso lo sabe todo el mundo. Lo que en condiciones normales ni siquiera adviertes, cuando no tienes un euro en el bolsillo se convierte en tu gran aventura: to-dos-los-san-tos-dí-as-hay-que-co-mer: hay que poner en el centro de la mesa la cazuela, y los niños tienen que llevarse el botecito de zumo al colegio y el bocadillo con el pan y la mortadela, o la lata de atún, esa lata redonda, metálica, chiquitita, que contiene unas migas o hilachas de pescado que apenas dan para llenar el panecillo; y no es cosa de hoy, es cosa de cada día, porque todos los días meriendan y todos los días cenan. Y a la pequeña se le cambian cada mañana los pañales. Me acuesto y pienso que me ahogo y me incorporo dando manotazos y gritando. Mi mujer se asusta. ¿Pero puede saberse qué te pasa? Creía que había entrado un ladrón, y no, es que me llevo a la cama la angustia del día, porque lo que no era nada ahora son cuatro problemas diarios que hay que ingeniarse para resolver uno tras otro: desayuno, comida, merienda y cena. Pides: ¿tienes algo para dejarme? (a uno que no le ha dado tiempo de cambiarse de acera al cruzarse contigo). Es que no puedo comprar la barra de pan y los paquetes de zumo de los niños. Cómo se van a ir al colegio sin nada. Se me parte el alma cuando los oigo decirle a mi mujer: mamá, no quedan yogures, no hay galletas, ni madalenas. Salgo de casa de puntillas, cierro la puerta procurando que no cruja, me meto en el coche (ojo con gastar gasolina, tengo el depósito casi vacío, con qué lo llenaré), me voy al primer descampado, y me echo a llorar. Lloro yo solito.

De la novela En la orilla [2013] de Rafael Chirbes [1949-2015].

jueves, 18 de febrero de 2016

miércoles, 17 de febrero de 2016

martes, 16 de febrero de 2016

El silencio

Parece mentira
que no te des cuenta
de la forma en que sonrío
cuando estamos juntos.

El silencio
es la más arriesgada 
declaración de amor.

De Soportar la noche [2015] de David Minayo [1981- ].

lunes, 15 de febrero de 2016

Las ciudades y los cambios. 3.

Al entrar en el territorio que tiene a Eutropia por capital, el viajero ve no una ciudad sino muchas, de igual tamaño y no disímiles entre sí, desparramadas en un vasto y ondulado altiplano. Eutropia es no una sino todas esas ciudades al mismo tiempo; una sola está habitada, las otras vacías; y eso ocurre por turno. Diré ahora cómo. El día en que los habitantes de Eutropia se sienten asaltados por el cansancio, y nadie soporta más su trabajo, sus padres, su casa y su calle, las deudas, la gente a la que hay que saludar o que saluda, entonces toda la ciudadanía decide trasladarse a la ciudad vecina que está allí esperándolos, vacía y como nueva, donde cada uno tomará otro trabajo, otra mujer, verá otro paisaje al abrir las ventanas, pasará las noches en otros pasatiempos amistades maledicencias. Así sus vidas se renuevan de mudanza en mudanza, entre ciudades que por la exposición o el declive o los cursos de agua o los vientos se presentan cada una con ciertas diferencias de las otras. Como sus respectivas sociedades están ordenadas sin grandes diversidades de riqueza o de autoridad, el paso de una función a la otra ocurre casi sin sacudidas; la variedad está asegurada por los múltiples trabajos, de modo que en el espacio de una vida rara vez vuelve uno a un oficio que ya ha sido el suyo. 
Así la ciudad repite su vida igual desplazándose para arriba y para abajo en su tablero vacío. Los habitantes vuelven a recitar las mismas escenas con actores cambiados; repiten las mismas réplicas con acentos diversamente combinados; abren bocas alternadas en bostezos iguales. Sola entre todas las ciudades del imperio, Eutropia permanece idéntica a sí misma. Mercurio, dios de los volubles, patrón de la ciudad, hizo este ambiguo milagro.

De Las ciudades invisibles [1972] de Italo Calvino [1923-1985].

sábado, 13 de febrero de 2016

Sé que a mis libros les gusta estar con usted

Finalmente, por lo que toca a mis libros, me gustaría mucho enviarle todos los que pudieran alegrarle de algún modo. Pero soy muy pobre, y mis libros, en cuanto aparecen, ya no me pertenecen a mí. Yo mismo no puedo comprarlos y, como querría muchas veces, dárselos a aquellos que les tendrían amor. 
Por eso le apunto en una hoja los títulos (y editoriales) de mis libros últimamente aparecidos (de los más recientes; en total he publicado unos doce o trece), y debo encomendarle a usted, querido amigo, que se procure ocasionalmente alguno de ellos.
Sé que a mis libros les gusta estar con usted.
Adiós.
Suyo,
Rainer Maria Rilke

De las Cartas a un joven poeta [publicadas en 1929], que Rainer Maria Rilke [1875-1926] escribió a principios del siglo XX a Franz Xaver Kappus [1883-1966]. Éstos párrafos son el final de la que le escribe el 23 de abril de 1903 desde Viareggio, Italia.

viernes, 12 de febrero de 2016

Tortugas y cronopios

Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural.
Las esperanzas lo saben, y no se preocupan.
Las famas lo saben, y se burlan.
Los cronopios lo saben, y cada vez que encuentran una tortuga, sacan la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujan una golondrina.

Julio Cortázar [1914-1984]
Foto :: Alberto Jonquières
Dos años ya de blog.
Y seguimos... admirando la velocidad, pero caminando despacito... con nuestra caja de tizas de colores...

¡Gracias a quienes estáis!

jueves, 11 de febrero de 2016

Real Madrid

Es el 30 de julio de 2666. Ya no existen naciones sobre la Tierra, ni estructuras políticas complejas.
Los estados fueron sustituidos por clubes de fútbol.
Acabaron las guerras, acabó el hambre. El fútbol se reveló como el destino perfecto y final de la historia. Muchos equipos sucumbieron.
Sucumbieron el Barcelona y el Atlético de Madrid y el Athlétic de Bilbao. 
Pero hoy es la final del campeonato del mundo. No se enfrentan países sino clubes. Me llamo Curtis Cervantes y soy el delantero centro del Real Madrid.
Honramos en nuestra memoria a todos los espectadores de la historia que en algún momento de sus vidas presenciaron el juego perfecto del Real Madrid. A través del tiempo hemos pervivido. Somos supervivencia. Y en esa supervivencia, sobreviven millones y millones de vidas de quienes fueron nuestros seguidores, nuestro público, ya bajo tierra.
Que contra quién jugamos esta tarde: contra nadie.
El Real Madrid es lo único que existe.
Jugamos contra nosotros mismos.
Somos lo único que ha quedado en pie: el pie, el blanco pie de un rinoceronte blanco.

Del libro de cuentos Setecientos millones de rinocerontes [2015] de Manuel Vilas [1962- ].

miércoles, 10 de febrero de 2016

martes, 9 de febrero de 2016

lunes, 8 de febrero de 2016

Simulacro

Había salido a comer algo a uno de los bares que había cerca del colegio. Terminó su última clase a las dos y veinte y aún tenía que hacer tiempo hasta las cinco menos cuarto, la única hora a la que la madre de T. le había dicho que podía acudir a entrevistarse con él. Llevaba varias semanas tratando de quedar con ella pero no conseguían encontrar el momento, y cuando por fin el viernes pasado le dijo que este martes podría, no fue capaz de decirle que a esa hora su jornada de trabajo hacía ya un buen rato que había terminado y que tenía más cosas que hacer además de pasar el día en el colegio. Le hubiera gustado decirle que tenía que volver a casa para estar con su familia, que había quedado con unos amigos para pasar la tarde por ahí o que tenía unas entradas para ir al teatro con su pareja.
Pero cuando habló con ella fue incapaz de darle ninguno de esos argumentos para convencerla de que se entrevistaran a una hora que a él le viniera mejor. No tenía familia, no tenía pareja, y sus amigos, si es que podía llamarles así, eran sus compañeros del trabajo, a quienes sólo veía en la sala de profesores, en el patio o en los pasillos del colegio.
A estas alturas debería estar ya acostumbrado, pero al verse en situaciones como ésta no podía evitar enfadarse un poco consigo mismo. Imaginaba las posibles conversaciones que podría haber tenido con la madre de T. para explicarle que no podía quedar ese día a esa hora, que tendrían que pensar otra opción que les viniera igual de mal o de bien a ambos. En esas conversaciones imaginadas su voz le salía con naturalidad, sin esfuerzo, simplemente charlaba amigablemente por teléfono con la madre de su alumna, le explicaba que el martes por la tarde no podía ser, pero que podrían verse tal o cual día a tal o cual hora, y al final llegaban a concretar la cita sin mayor dificultad. La facilidad con la que parecían fluir esos diálogos ficticios le llenaba de frustración al compararla con su incapacidad para llevarlos a la realidad.
Sin embargo no tenía ningún problema cuando se ponía delante de una clase a explicar sus asignaturas. Se sentía cómodo con una pizarra y una tiza y un grupo de adolescentes delante. Ése parecía ser su medio natural. Es cierto que en clase tenía que bregar con las dificultades de la materia que explicaba, que no era de las más fáciles, y con las hormonas desatadas de la adolescencia, pero era en ese entorno en el que sabía cómo comportarse y qué hacer. Era ahí donde se sentía seguro.
En cuanto salía de ese espacio del aula que le resultaba tan confortable, su seguridad se diluía y era incapaz de relacionarse con normalidad. Siempre le había costado y a estas alturas, a punto de superar los cincuenta, se había rendido y había renunciado a dar con herramientas que le hicieran su vida algo más fácil. No se sentía bien en los bares o en lugares en que se viera obligado a conversar o a relacionarse con gente, incluso aunque fueran espacios supuestamente cómodos o neutros. Le costaba intervenir en las reuniones de su comunidad de vecinos o en las del claustro de profesores.
Mientras esperaba a la madre de T. recordó la primera reunión del curso, en septiembre, en que la directora presentó al nuevo profesorado que se incorporaba y habló de generalidades sobre el funcionamiento del centro, horarios, normas disciplinarias, simulacros de evacuación y cosas así. Durante la reunión miraba de reojo a las nuevas caras mientras la directora explicaba que todos los años se realizaba un simulacro de emergencia en algún momento del primer trimestre, que intentaban hacerlo del modo más riguroso posible y que no se trataba simplemente de que todo el mundo saliera rápido del edificio sino también, y sobre todo, de salir de forma ordenada, segura y eficaz. Había quien escuchaba con atención, quien incluso tomaba notas, y quienes escuchaban esas explicaciones con la desidia con que se oyen las instrucciones de seguridad de un avión o se ignoran las condiciones de uso de un programa antes de instalarlo. Él, en silencio, tratando de pasar desapercibido, miraba cómo sus propios dedos jugaban con uno de esos lápices negros y amarillos que siempre usaba, como si lo más importante de lo que estaba ocurriendo en ese momento en la sala de profesores fuera el movimiento de su lápiz, que le permitía tener concentrada su mirada en algo mientras escuchaba todas esas cosas que ya se sabía de memoria después de haberlas oído una y otra vez año tras año. De vez en cuando levantaba un instante la vista y tomaba nota mentalmente de quiénes de aquellas personas le resultaban interesantes, o con quienes le gustaría charlar algún día o tomar un café, mientras la directora seguía contando que la fecha y la hora en que se realizaría el simulacro la decidía el equipo directivo y procuraba mantenerse más o menos en secreto hasta el último momento para que el ejercicio de evacuación resultara lo más realista posible.

Aunque llegó muy puntual, la madre de T. le pidió disculpas por si le hubiera hecho esperar. Había bajado a recibirla a la entrada del colegio y desde allí subieron juntos al departamento, en la segunda planta. Era una mujer joven, quizá no llegaba a los cuarenta o acababa de pasarlos. Tenía cara de cansancio. Un cansancio que no parecía que fuera por algo que le hubiera ocurrido ese día. Había algo en su gesto, en su modo de moverse y de hablar, que transmitía una especie de hastío, una intranquilidad cuyo único remedio parecían ser unas largas vacaciones en las que no tuviera que asumir ninguna responsabilidad.
A pesar de las dificultades que habían tenido para concretar la cita había sido ella quien había llamado hacía varias semanas al colegio interesada en hablar con el tutor de su hija: le parecía que no había empezado bien el curso y quería tener más información y algunos recursos para tratar de echarle una mano. Una de las veces que hablaron por teléfono le dijo que con el padre no se podía contar. No dio más explicaciones. Ella había asumido acompañar en solitario y del mejor modo posible a su hija en su paso por la adolescencia.
Recorrieron un pasillo intercambiando comentarios banales sobre el tiempo raro que hacía esa semana, sobre lo laberíntica que era esa parte del colegio, que había sido la primera en construirse, antes de la ampliación, y tenía una distribución algo caótica, y sobre sus locos horarios de trabajo que le habían impedido venir en otro momento. Esos minutos desde la entrada del colegio hasta el lugar en que los profesores solían reunirse con los padres eran siempre parecidos. Era un tiempo razonablemente cómodo para él, que se limitaba a ir indicando el camino y asintiendo a lo que oía sin necesidad de mirar a la cara a la otra persona ni de hacer avanzar esa presunta conversación hacia ningún lugar concreto. Al final del pasillo subieron unos escalones hasta una especie de entreplanta en la que estaba la salita de reuniones del departamento.
Ella se sentó frente a una mesa demasiado grande y demasiado llena de papeles y carpetas, y él le preguntó si le apetecía un café o una infusión. Puso agua a calentar y preparó un descafeinado para ella y un té verde para él, y retiró las cosas que había sobre la mesa. Ella parecía cómoda, pero su voz sonaba inquieta, como con un miedo a todo que se intuía de algún modo en segundo plano, detrás de su aspecto sonriente. Mientras sacaba vasos y cucharillas y organizaba tés o cafés, podía observar a la otra persona, apropiarse de la situación y aprovechar esa mínima ventaja que le daba ser quien mejor conocía el lugar. Era un tiempo que posponía un poquito el momento de sentarse frente a frente y comenzar a hablar.
Él se relajó un poco cuando por fin se sentó, sacó sus papeles y empezaron a hablar sobre T. Volvía a estar en su territorio. Tocó de nuevo tierra firme al hablar de notas, de exámenes y de evaluaciones mientras entretenía sus manos con su lápiz amarillo y negro. En algún momento levantaba la vista, la cruzaba con la mirada de ella, y sentía que quizá esa mujer no venía sólo para hablar sobre su hija. Era consciente de que era un hombre torpe relacionándose con la gente, pero precisamente esa timidez extrema le había vuelto muy buen observador. Sintió en la mirada de ella su necesidad enorme de diálogo, de pasar un rato con alguien que le escuchara y que le hablara. Alguien con quien pudiera compartir unos minutos que la sacaran de su soledad y de su rutina. De esa soledad que le acompañaba cada día a un trabajo que ni le gustaba ni le interesaba, que estaba con ella en su casa, en la calle, en el metro. Una soledad que no la abandonaba fuera donde fuera.
Al preguntar cómo era T. en casa, para tener más información sobre ella que añadir a su expediente académico, se abrió una espita por la que empezó a salir a borbotones todo el malestar de la madre, sus inseguridades, su hartazgo de una vida que no había elegido y que no le satisfacía desde hacía mucho tiempo.
Él pensó que aunque un rato antes hubiera preferido desaparecer y verse en su casa, solo, ahora lo único que deseaba era poder contarle a esa mujer que él se sentía igual que ella, harto de tener la impresión de dejar pasar un día tras otro. Y que le gustaría salir del colegio en ese momento, dar un paseo, tomar un café en algún sitio, charlar de cualquier cosa. Le hubiera gustado decirle que salieran de allí y fueran a dar una vuelta y a pasar juntos lo que quedaba de la tarde tratando de llenar cada uno la soledad del otro.

Se sobresaltaron cuando empezó a sonar la sirena. Les sacó de la burbuja que durante unos minutos se había creado a su alrededor. Fue como si verdaderamente hubieran estado dando ese paseo que los dos necesitaban y algo les hubiera transportado de nuevo, a la fuerza, a aquella habitación.
Él reaccionó enseguida diciéndole que no se preocupara, que era la sirena que se usaba para las emergencias, que estaban haciendo un simulacro de evacuación, que siempre se hacía uno durante el primer trimestre y había dado la casualidad de pillarles justo durante su entrevista. Le dijo que no merecía la pena que bajaran, que mejor terminaban la reunión y trataban de pensar medidas concretas para trabajar con T., que al fin y al cabo era el motivo por el que habían concertado aquella cita. Añadió, con una sonrisa, que además les había costado demasiado trabajo encontrar una hora en la que poder verse como para de repente cortar la reunión precipitadamente y tener que posponerla. Ella también sonrió, se recompusieron un poco y empezaron a recapitular lo que habían hablado sobre T., tratando de concretar cómo podían ayudarla a superar el curso lo mejor posible.
Durante unos minutos, mientras seguían hablando, oyeron a la directora organizando la evacuación, el alboroto de niños y niñas moviéndose por los pasillos, gente que subía y bajaba por las escaleras, puertas que se abrían y cerraban, ventanas, algún grito que costaba distinguir si era de susto o de risa. Siguieron hablando tranquilos, sintiendo que incluso aunque a T. no le fuera útil lo que decidieran, a ellos les estaba sentando muy bien ese encuentro y seguro que eso repercutiría de algún modo en ella. Enseguida volvió el silencio a los pasillos.

Olieron el humo casi al mismo tiempo en que oyeron acercarse la sirena de los bomberos. Ella tardó algo más en reaccionar, pero él entendió enseguida que no era el simulacro del primer trimestre. Cuando abrieron la puerta vieron que era tarde. El fuego debió comenzar en el otro extremo del edificio y se extendió por las aulas de alrededor respetando los despachos y los departamentos que están en el centro y que ahora estaban rodeados por las llamas y sin salida posible.
A pesar de todo, seguían tranquilos. Se miraron y fueron conscientes de que este rato que habían vivido juntos era el primer momento verdadero que habían tenido en años. Había sido la primera vez en mucho tiempo en que se habían sentido ellos mismos y se habían sentido bien.
Sabiendo que no podían salir de allí por sus propios medios, volvieron con calma a la mesa en la que se habían reunido, y se sentaron confiando en que a los bomberos les fuera posible llegar hasta allí a rescatarles. Se miraron y, mientras esperaban, se dejaron llevar por ese silencio cómodo y amable que ahora no era forzado sino deseado.

Navalafuente, noviembre de 2015.

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