He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]

martes, 27 de junio de 2017

Escribir

Comprendí entonces que escribir, más que transmitir un conocimiento, es acceder a un conocimiento. El acto de escribir nos permite aprehender una realidad que hasta el momento se nos presentaba en forma incompleta, velada, fugitiva o caótica.

Julio Ramón Ribeyro [1929-1994]

lunes, 26 de junio de 2017

Bibliotecario por un día

La semana pasada me propusieron hacer una sustitución a una de las personas que trabajan en la biblioteca del Centro de Humanidades de La Cabrera. Muchísimas veces he pensado que el de bibliotecario, como el de librero, podría ser uno de esos trabajos en el que me lo pasara bien. Sé que ambos trabajos tienen una parte aburrida y rutinaria de ordenar, catalogar, etc. pero también tienen esa parte alucinante de hablar con quienes llegan preguntando qué leer...
El sábado pasé un día tranquilo. Ya casi no quedan estudiantes en la biblioteca, quienes estaban preparando sus oposiciones ya se han examinado, y durante todo el día pasó muy poquita gente a coger o devolver libros. Sólo por la tarde, coincidiendo con la entrada del cine, vinieron unas cuantas personas. Pero a pesar de esa tranquilidad "excesiva" fue una experiencia divertida...
Y al final de la tarde, cuando estábamos a punto de cerrar, llegó una familia preguntando por varios libros que le habían recomendado al pequeño en el colegio y por unas guías de viaje para las vacaciones. Cuando más o menos tenían lo que querían la madre me dijo si tendría algo que le pudiera interesar a él, señalando a un adolescente que se había quedado fuera esperando a que acabaran y que, como la mayoría de los que conozco en mis clases o en mi entorno, lee nada o casi nada. 
Y ahí me vine arriba, tratando de encontrar algo que le pudiera interesar y que, aunque sólo fuera durante unas horas, le enganchara a alguna historia... 
No sé si lo que se llevó le animó a leer y lo disfrutó, pero me gustó intentarlo...

sábado, 24 de junio de 2017

La muralla

—Mejor paramos a tomar algo, ¿te parece?
Me lo propuso sin mucho entusiasmo, pero estábamos hartos de tantas horas de coche, así que podía ser buen momento para estirar las piernas, tomar un café en el bar que había junto a la gasolinera y airearnos un poco antes de seguir el viaje de vuelta a casa.
—Yo quiero un café con leche y con hielo. Y me traes también un vaso de agua, por favor —le dije al chico que se acercó a atendernos. Era un chaval demasiado joven, con los mofletes demasiado colorados y con cara de haber salido demasiado poco de aquella barra y de aquel pueblo.
—Yo voy a tomar un descafeinado de máquina, solo, también con hielo —le pidió Irene mientras se sujetaba el pelo con un pañuelo para protegerse del viento—. Pero asegúrate de que sea descafeinado, por favor, que como te equivoques me vas a joder lo que me queda de viaje.
En la barra había un par de señores tomando un vino y discutiendo con el dueño del bar sobre el partido que estaban viendo. Y en la mesa de al lado una pareja mucho más joven que nosotros. Parecían estar también de vuelta después de pasar el fin de semana fuera. Tenían los cascos sobre la mesa y se habían bajado la parte de arriba del mono. De la cocina salía a cada rato una mujer que dejaba sobre la barra una bandeja de torreznos o un plato de torrijas o una tortilla. Irene trató de sonreír al chaval para tratar de compensar el tono con el que le había pedido el café.
—Prefiero que dejemos el tema para otro momento —me dijo cuando ya nos habíamos sentado en una de las mesas de fuera—, nunca nos sienta bien hablar de ésto. Ya sabes que en el estudio no estamos en un buen momento, y yo no puedo permitirme estar descolgada del trabajo un montón de meses, me costaría demasiado reengancharme después.
La pareja joven nos miraba como dos niños que oyen sin querer una conversación de mayores. Ella sin dejar de teclear en el móvil. Él mirando a todas partes, inquieto, inclinándose de vez en cuando hacia la ventana para echar un vistazo a la moto que había aparcada junto a la puerta, jugando con el mechero y con el platito que había en la mesa lleno de huesos de aceitunas. Pagaron sus cocacolas y salieron pasando a nuestro lado como una mancha chillona y ruidosa.
Mientras Irene seguía hablándome de los problemas del estudio, les vi caminar por el arcén de la carretera, pasar la gasolinera y llegar hasta los restos de la muralla. Él empezó a subir por una de las escaleras mientras ella volvía a hacerse su coleta, deshecha por el viento y por las horas de casco. Cuando ya estaba arriba, la llamó desde uno de los tramos del adarve que aún se conservaban a pesar de los turistas, o quizá gracias a ellos. Ella le hizo un par de fotos con el móvil, se acercó al pie del torreón y le hizo gestos con una mano para que bajara, mientras con la otra se sujetaba el pelo, que se le alborotaba con el aire a pesar de la goma con la que lo tenía recogido.
Yo seguía oyendo hablar a Irene pero estaba más pendiente de mi café y de saborear el paisaje que de lo que me decía. Habíamos tenido tantas veces esta misma conversación que aunque dejara de escucharla durante unos minutos no me iba a perder nada que no supiera ya y que no hubiéramos hablado antes mil veces.
El sol aún apretaba. Con el partido debían haber olvidado bajar el toldo. Volví a ponerme las gafas de sol y me recliné un poco en la silla apoyando los pies en una de las que los chicos de la moto habían dejado libres.
—No te preocupes Irene. Siento que hayamos vuelto a hablar del tema. Lo siento de verdad. Si quieres lo hablamos en otro momento. O no lo hablamos más. Es igual. No pasa nada.
—No se trata de que lo hablemos más o no lo hablemos más. Me gustaría que entendieras lo que te digo y que entendieras por qué ahora no es un buen momento para mí.
—Sí, no te preocupes, te entiendo perfectamente —traté de convencerla.
Yo seguía mirando al fondo, a la pareja de moteros haciéndose fotos en la muralla. Él subiendo entre las almenas de uno de los torreones mientras desde abajo ella agitaba las manos asustada pidiéndole que bajara. «Hay que ser gilipollas», pensé.
Y de repente Irene empezó a llorar. Me pilló desprevenido. Bajé los pies, acerqué mi silla a la suya, me quité las gafas y le pasé una mano por los hombros acercándola hacia mí.
—No, no entiendes nada —me dijo—. Quizá te gustaría entenderlo, pero en realidad no tienes ni idea de cómo me siento, de la contradicción que es querer algo pero sentir que en realidad no puede ser. No te enteras de nada.
Yo le acariciaba la espalda mientras la abrazaba y, por encima de su hombro, seguía viendo cómo el chico caminaba por uno de los arcos de la muralla agitando su casco en el aire mientras la chica le seguía pidiendo desde abajo que bajara de una vez. No podía oírla, pero veía sus gestos enfadados, notaba cómo le gritaba sin que él la oyera o sin querer oírla.
—Perdona —oí que me decía Irene después de sonarse—, ya sabes que estoy nerviosa últimamente. Lo siento. Ya estoy bien. Me han sentado muy bien estos días fuera, pero necesito llegar a casa, darme una ducha y descansar de tanta carretera.
Debió de notar cómo se me tensaba la mano sobre su hombro cuando le vi caer. Vi a la chica correr. Vi a algunos de los otros turistas que había por allí moverse rápido de un sitio a otro. Alguien llegó corriendo a la gasolinera. Salieron dos o tres personas y subieron hacia la muralla. Una de ellas iba hablando por el móvil. Me quedé quieto, abracé más fuerte a Irene mientras ella, de espaldas a la muralla, seguía llorando, ya más tranquila.
—No te preocupes —le dije—, está todo bien, no te preocupes. Estamos bien. Vamos a pagar los cafés y nos vamos a casa. Nos vendrá bien descansar un poco después del viaje. Cuando lleguemos nos hacemos una cena rica y vemos alguna película, ¿vale? ¿Qué te apetece?

La Cabrera, abril de 2017.

Licencia Creative Commons
La muralla por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

viernes, 23 de junio de 2017

El libro de arena

...thy rope of sands...
George Herbert (1593-1623)


   La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes... No, decididamente no es éste, more geometrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.
   Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas. 
   Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.
   —Vendo biblias —me dijo.
   No sin pedantería le contesté:
   —En esta casa hay biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.
   Al cabo de un silencio me contestó.
   —No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.
   Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.
   —Será del siglo diecinueve —observé.
   —No sé. No lo he sabido nunca —fue la respuesta.
   Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.
   Fue entonces que el desconocido me dijo:
   —Mírela bien. Ya no la verá nunca más.
   Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.
   Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:
   —Se trata de  una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?
   —No —me replicó.
   Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:
   —Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.
   Me pidió que buscara la primera hoja.
   Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro. 
   —Ahora busque el final.
   También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:
   —Esto no puede ser.
   Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:
   —No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número.
   Después, como si pensara en voz alta:
   —Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo. 
   Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:
   —¿Usted es religioso, sin duda?
   —Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico
   Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.
   —Y de Robbie Burns —corrigió.
   Mientras hablábamos yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:
   —¿Usted se propone ofrecer este curioso especimen al Museo Británico?
   —No. Se lo ofrezco a usted —me replicó, y fijó una suma elevada.
   Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.
   —Le propongo un canje —le dije—. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.
   —A black letter Wiclif! —murmuró.
   Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo. 
   —Trato hecho —me dijo.
   Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.
   Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.
   Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descabalados de Las Mil y Una Noches. 
   Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la madrugada prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. en una de ellas vi grabada una máscara. El ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.
   No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.
   Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad. 
   Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.
   Recordé haber leído que le mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.
   Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.

El libro de arena, Jorge Luis Borges [1899-1986].

jueves, 22 de junio de 2017

Cansancio

Llené un par de vasos y le di uno. Me senté y apoyé la cabeza en el respaldo.
—Perdóneme —dije—; estoy un poco cansado. Cada dos o tres días tengo que sentarme unos minutos. Es una debilidad que he intentado superar, pero ya no soy tan joven como antes.

De Playback [1958], la última novela de Raymond Chandler [1888-1959].

miércoles, 21 de junio de 2017

Límites

Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar,
Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos, 
Hay un espejo que me ha visto por última vez,
Hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
Hay alguno que nunca abriré.
Este verano cumpliré cincuenta años;
La muerte me desgasta, incesante.
De Inscripciones (Montevideo, 1923), de Julio Platero Haedo

De El hacedor [1960] de Jorge Luis Borges [1899-1986].

martes, 20 de junio de 2017

Zapatismo

Sólo nos quedan un par de sesiones de zapatismo en la Escuela de Escritores. Este verano lo vamos a echar de menos...
El año que viene, más.
Y mejor.
¡Seguimos!

lunes, 19 de junio de 2017

¡Ya lo tengo!

Ya tengo el libro de lxs alumnxs de este año de la Escuela de Escritores.
Estoy en la página 434. ¡Me encanta!

domingo, 18 de junio de 2017

sábado, 17 de junio de 2017

viernes, 16 de junio de 2017

Marlowe

Pasando un ratito con Philip Marlowe en mi jardín mientras anochece en La Cabrera.
Ni tan mal...

jueves, 15 de junio de 2017

Novela negra

Anoche terminé de leer La llave de cristal [1931], de Dashiell Hammett [1894-1961]. Y hoy me he encontrado en la biblioteca de La Cabrera un par de libritos de Raymond Chandler [1888-1959].
Creo que estos días me está sentando bien leer un poco de novela negra.

miércoles, 14 de junio de 2017

gente que lee (159)

Jo Ann Kemmerling fotografiada por Nina Leen en 1954.

lunes, 12 de junio de 2017

Pellas

Contra todo pronóstico y toda costumbre hoy he hecho mis segundas pellas del año del taller de escritura de Zapata.
Las otras fueron en octubre: Albarracín.
Y esta vez ando de retiro por el norte, higiene mental... silencio... mar...

sábado, 10 de junio de 2017

Te quiero libre

Así son las servilletas que se gastan en los bares de Bustarviejo, creo que por una iniciativa de su ayuntamiento de llevar la lucha contra el sexismo y el maltrato a todas partes y al día a día.
Con según qué cosas, tonterías las justas.

Y también molan como marcapáginas...
;o)

viernes, 9 de junio de 2017

Feria

Confirmado: este año me pierdo la Feria del Libro...
;o(

jueves, 8 de junio de 2017

Nautilus

La biblioteca del Capitán Nemo en el Nautilus, en una ilustración de Alphonse-Marie-Adolphe Deneuville [1835-1885] aparecida en la primera edición de la novela Veinte mil leguas de viaje submarino [1869], de Julio Verne [1828-1905].

miércoles, 7 de junio de 2017

Autores que debemos leer

Entre los libros de expurgo de la biblioteca del Centro de Humanidades de La Cabrera de vez en cuando me encuentro​ cosas molonas, como esta edición impresa en Buenos Aires en 1940 de un par de comedias de Tirso de Molina que, además del papel viejuno, algunos dibujos chulos y un sellito del librero, tiene en la introducción este estupendo análisis de género sobre las mujeres y los hombres​ de Tirso:

martes, 6 de junio de 2017

¿Quieres irte, Ned, y no volver nunca?

Al salir de la cocina oyó a Fedink que le preguntaba en voz triste y muerta:
—¿Dónde está Ted?
El único ojo que resultaba visible estaba medio abierto. Ned se acercó:
—¿Quién es Ted?
—El chico que estaba conmigo.
—¿Estabas con alguien? ¿Cómo quieres que yo lo sepa?
Fedink abrió la boca e hizo un desagradable ruido seco al cerrarla.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Tampoco lo sé. Amanecerá pronto.
Se restregó la muchacha la cara contra la funda de cretona que recubría el almohadón en que la descansaba y dijo:
—Pues sí que me he portado bien. Le prometí ayer casarme con él y voy y le dejo para traerme a casa al primer quídam con que topo —abrió y cerró la mano que tenía encima de la cabeza y añadió—: ¿O no estoy en mi casa?
—Al menos tenías la llave de la puerta —respondió Ned—. ¿Quieres un zumo de naranja y un poco de café?
—Lo único que quiero es morirme. ¿Quieres irte, Ned, y no volver nunca?
—Me va a suponer un tremendo sacrificio —dijo él desabridamente—, pero trataré de hacerlo.
Se puso el abrigo y los guantes, sacó una arrugada gorra del bolsillo del abrigo, se la puso y salió del apartamento.

Ayer, en el taller de escritura, nuestro profe nos dijo que si queríamos aprender a escribir diálogos debíamos leernos una y mil veces El cartero siempre llama dos veces, de James M. Cain, y a Raymond Chandler y a Dashiell Hammett. Este fragmento que he colgado hoy aquí es de la novela La llave de cristal, escrita en 1931 por este ultimo.

lunes, 5 de junio de 2017

gente que lee (158)

Mujer esperando en el dentista.
Fotografía realizada en 1946 por Stanley Kubrick [1928-1999].

domingo, 4 de junio de 2017

sábado, 3 de junio de 2017

La revolución

Ésta es la publicación número 1000 de este blog: mil libros y lecturas y escritores y escritoras y mis cosas que escribo y tanta gente que lee y tantas fotos y musicas y dibujos y pelis relacionados con las letras......

La única revolución posible...
¡¡¡Seguimos!!!

(La imagen es de Banksy)

viernes, 2 de junio de 2017

miércoles, 31 de mayo de 2017

Favor

Empujé, y entonces vi al anciano.
Dormía apaciblemente recostado en una silla de playa a la sombra de un limonero. El portón daba directamente a un patio embaldosado. Al fondo estaba la casa, invariablemente blanca, y por todas partes se veían macetas con geranios. Junto al anciano había una mesa, y sobre ella un vaso de agua y unos terrones de azúcar. Busqué en las baldosas un testimonio de mi infancia, y allí estaba, en dos o tres moscas aplastadas, secas por el sol.
Mi abuelo practicaba la misma diversión: se echaba un poco de azúcar a la boca, la humedecía con un buche de agua y enseguida escupía la mezcla. Entonces ponía un pie levemente alzado sobre la dulce trampa y esperaba a que llegaran las moscas. Luego, ¡platsch!
—¡Ay, Gerardo! ¿Cómo puede ser tan malvado? —lo reprendía la abuela.
—Favor que le hago a la humanidad. Si estos bichos evolucionan se transforman en curas o militares —respondía el abuelo.

Patagonia Express [1995], del escritor chileno Luis Sepúlveda [1949- ].

martes, 30 de mayo de 2017

lunes, 29 de mayo de 2017

Haciendo tiempo

El Pepe Botella, un sitio molón en Madrid, para sentarse a tomar un café y escribir un rato antes de ir al taller de escritura de Zapata.

domingo, 28 de mayo de 2017

sábado, 27 de mayo de 2017

CCH

Leyendo a Luis Sepúlveda mientras hago cola para ver una versión familiar de La flauta mágica...
¡Me encanta el CCH!

viernes, 26 de mayo de 2017

gente que lee (156)

El retrato que me ha hecho mi tío Paco en el móvil...
Leyendo, claro...
;o)

jueves, 25 de mayo de 2017

Acabados de lujo

—Como si es de cartón, me da lo mismo. ¿De verdad se cree que me importa de qué sea la caja? —dijo mi padre.
Creo que fueron las frases más largas que le oí decir en toda la tarde. El hombre de la funeraria nos miraba con cara inescrutable. Me sonaba haberme cruzado con él en algún pasillo durante estas últimas semanas. Imagino que parte de su trabajo consiste en estar al acecho de a quién le queda poco en cada planta y tener bien localizada a la familia para acudir inmediatamente a ofrecer sus productos.
—No, disculpe, dese usted cuenta de que no da ni mucho menos lo mismo un material que otro —insistió—. Precisamente le hablaba hace un momento de estos modelos de roble, con molduras de acero cromado y el interior acolchado en terciopelo blanco roto, con excelentes acabados, pero también me gustaría enseñarles estos otros fabricados en raíz de olivo. Es cierto que su precio sube ligeramente, pero sin ninguna duda la calidad no es ni remotamente comparable.
El hombre se ganaba su sueldo. Yo miraba la escena como si de algún modo me fuera ajena. Un rato antes, mientras bajábamos mi padre y yo en el ascensor, me dijo que ésto debía haber ocurrido antes. Hacía muchos meses que el abuelo estaba en la cama, esperando, sabiendo que ya no se iba a recuperar y que cuando saliera de aquella habitación sería con los pies por delante, como él decía. Le acompañé, los dos callados casi todo el rato, a hacer algún papeleo que nos habían dicho que era necesario en ese momento y luego nos reunimos en una pequeña salita, junto a la capilla, con el hombre de la funeraria.
—Aquí tienen también este otro modelo de cedro, y en esta otra página del catálogo están nuestros productos estrella: caoba con incrustaciones artesanales de ébano y acabados de lujo.
Mi padre le miraba sin decir nada. Aún no había llorado. Yo tampoco. No sé si lo hizo después en algún momento. Supongo que lo que le hubiera gustado es mandar a aquel gilipollas a la mierda y decirle que se metiera sus putas cajas de olivo y de cedro y de caoba por el culo y que nos dejara llorar tranquilos la muerte de su padre, de mi abuelo. Pero no, los dos seguíamos callados, hojeando sin verlos los catálogos que el hombre, impaciente, había desplegado sobre una mesilla baja de mármol negro con vetas blancas: papel couché con fotos excelentes, maravillosamente impresas.
A mi abuelo en ese momento le estarían llevando de la habitación al depósito, para esperar allí la caja que eligiéramos para él y luego le trasladarían a la sala del tanatorio, en la planta baja del hospital. Traté de imaginarle en nuestra situación, también callado, indeciso y triste. Imaginé que quizá algún día me tocaría a mí pasar por ésto y tomar estas decisiones. Entonces sentí, por primera vez, la congoja acumulada durante esos días y esa mañana. Pensé que me hubiera hecho bien llorar pero no quise hacerlo allí, con mi padre y con aquel tipo encorbatado que nos miraba echando cuentas de cuánto iba a facturar ese día.
—Nos quedamos con éste —dije mirando a mi padre y señalando una de las fotos del catálogo.
—Es una excelente elección, sin duda —me dijo el hombre de la funeraria—, excelente de verdad.
—Sí —respondí—, seguro que sí. Díganos qué tenemos que rellenar o qué datos necesita para cerrar ésto. Nos están esperando.
—Cómo se aprovechan éstos —me dijo mi padre sin mirarme mientras volvíamos al ascensor—. Gracias.
Me hubiera gustado abrazarle en ese momento. Se abrieron las puertas y con nosotros entraron un par de personas. Cuando llegamos a la planta en la que estaba la cafetería le dije «Aquí es» y le puse la mano en el hombro para salir. A través de la camisa sentí su espalda cansada, su pesadumbre.
–Sí –respondió–, vamos, que nos deben estar esperando. Vamos a comer algo, nos sentará bien, que aún nos queda un día largo.

La Cabrera, mayo de 2017.

Licencia Creative Commons
Acabados de lujo por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

miércoles, 24 de mayo de 2017

martes, 23 de mayo de 2017

Papel

Empecé a leerlo hace unos días en PDF en el móvil. Pero me está gustando de más, así que paso al papel para subrayar, anotar, comentar...

lunes, 22 de mayo de 2017

Café con libros

Café con libros en La Fugitiva, Lavapies, mientras espero a Vero...

domingo, 21 de mayo de 2017

Ética promiscua

Descubriendo Ética promiscua, de Dossie Easton y Janet Hardy, uno de los libros que se propusieron el viernes pasado en nuestro Club de Lectura Serrano.

sábado, 20 de mayo de 2017

Leyendo en el metro

No sé cuántos cienes y cienes de libros habré leído en mi vida viajando en el metro de Madrid...

viernes, 19 de mayo de 2017

Club

Parece que hoy nuestro moribundo Club de Lectura Serrano ha vuelto a la vida...

¡Seguimos!

miércoles, 17 de mayo de 2017

Mis pianitos

Estos días estoy arrancando un proyecto que me lleva dando vueltas por la cabeza desde hace mucho tiempo. Tiene que ver con el arte, con la música, con las miniaturas....
Hace tiempo que me gusta mucho la idea, varios años, pero sólo desde hace unas semanas o unos pocos meses me la estoy empezando a creer y estoy empezando a pensar que es posible ponerla en marcha.
Dentro de unos días empezaré a colgar cosas en la red para darlo a conocer. De momento estoy leyendo mucho, documentándome, buscando información, investigando, pensando qué puedo hacer y qué no. Y tratando de no dispersarme con todas las historias que voy encontrando y que cada una de ellas parece digna de una novela...
¡Seguimos!

martes, 16 de mayo de 2017

Read

Elena, my little sister, se ha encontrado ésto en internet y se ha acordado de mí...
;o)))

lunes, 15 de mayo de 2017

Deberes

Hoy vuelvo a venir sin deberes al taller de escritura. Tengo las ganas, y algunas ideas, pero me falta el tiempo o la energía o la calma para ponerme...
Quizá tengo demasiados frentes abiertos...

domingo, 14 de mayo de 2017

gente que lee (154)

Un suizo que lee... muy alto... con pinta majete... pero algo estirado...
😝

(Me lo manda, con mensajito incluido, mi amiga María desde Zurich. ¡Gracias!)

viernes, 12 de mayo de 2017

En casa, leyendo.

Este blog sobre cosas que leo y cosas que escribo es también, en cierto modo, un autorretrato, es un poco yo. Vero a veces me dice que es lo más yo que he hecho.

Hoy, que ando un poco revenío, tengo más ganas de leer en casa en silencio, que de escribir aquí sobre lo que leo...

¡Seguimos!

jueves, 11 de mayo de 2017

Perfil

Mi imagen de perfil de estos días en WhatsApp: observante, expectante, inquieto, reflexivo, atento, escuchando(me)...

miércoles, 10 de mayo de 2017

Visor

   Un hombre sin manos llamó a mi puerta para venderme una fotografía de mi casa. Si exceptuamos los ganchos cromados, era un hombre de aspecto corriente y tendría unos cincuenta años.
   —¿Cómo perdió las manos? —le pregunté cuando me dijo lo que quería.
   —Esa es otra historia —respondió—. ¿Quiere la foto o no?
   —Pase —le invité—. Acabo de hacer café.
   Acababa de hacer también un poco de jalea, pero eso no se lo dije.
   —Necesitaría ir al retrete —dijo el hombre sin manos.
   Yo quería ver cómo sostenía la taza de café.
   Sabía cómo sostenía la cámara. Era una vieja Polaroid grande y negra. La llevaba sujeta con correas de cuero que le rodeaban los hombros y le abrazaban la espalda. Era así como mantenía la cámara pegada al pecho. Se ponía en la acera, enfrente de tu casa, la encuadraba en el visor, apretaba el botón con uno de los ganchos, y ahí tenías tu fotografía.
   Lo había estado observando desde la ventana, claro.

   —¿Dónde ha dicho que está el retrete?
   —Por ahí, a la derecha.
   Doblándose, encorvándose, se liberó de las correas. Puso la cámara sobre el sofá y se estiró la chaqueta.
   —Puede ir mirándola mientras tanto.
   Le cogí la fotografía.
   Un pequeño rectángulo de césped, el camino de entrada, el cobertizo de los coches, la escalera principal, el ventanal en saledizo y la ventana de la cocina desde donde había estado mirando.
   ¿Por qué habría de querer yo una fotografía de tal desastre?
   Me acerqué un poco más a ella y vi mi cabeza, mi cabeza, allí dentro, tras la ventana de la cocina.
   Me hizo pensar; el verme a mí mismo de ese modo. Lo digo en serio: es algo que le hace pensar a uno.
   Oí la cisterna. Se acercó por el pasillo, subiéndose la cremallera y sonriendo; con un gancho se sostenía el cinturón, con el otro se metía la camisa en los pantalones.
   —¿Qué le parece? —preguntó—. ¿Está bien? Personalmente opino que ha salido bien. ¿Sé lo que me hago o no? Admitámoslo: para estas cosas hace falta un profesional.
   Se tiró de los genitales.
   —Aquí está el café —dije.
   Preguntó:
   —Está solo, ¿no es eso?
   Echó una ojeada a la sala. Meneó la cabeza.
   —Es duro, es duro —se lamentó.
   Se sentó junto a la cámara, se echó hacia atrás con un suspiro y sonrió como si supiera algo que no iba a decirme.
   —Tómese el café —le sugerí.

   Yo intentaba encontrar algo que decir.
   —Había por aquí tres chiquillos que querían pintar mi dirección en el bordillo. Me pedían un dólar por hacerlo. ¿Usted no sabrá nada de eso?
   Era una posibilidad remota. Pero lo observé, de todos modos.
   Se inclinó hacia adelante, dándose aires de importancia, con la taza en equilibrio entre los ganchos. Luego la dejó encima de la mesa.
   —Trabajo solo —declaró—. Siempre lo he hecho y siempre lo haré. ¿Qué es lo que quiere decir?
   —Buscaba una relación.
   Tenía dolor de cabeza. Ya sé que el café no es bueno para el dolor de cabeza, pero a veces la jalea ayuda. Cogí la fotografía.
   —Estaba en la cocina —comenté—. Normalmente estoy en la parte de atrás.
   —Sucede todos los días —dijo—. Así que se han ido y lo han abandonado, ¿no es eso? Bien, créame: trabajo solo. Así que, ¿qué dice? ¿Quiere la foto?
   —Me la quedaré —respondí.
   Me puse en pie y recogí las tazas.
   —Estaba seguro —dijo—. Tengo una habitación en la ciudad. No está mal. Cojo el autobús y salgo del centro, y cuando he terminado con los alrededores, me voy a otra ciudad. ¿Comprende lo que digo? Mire, yo también tuve chicos. Como usted.
   Me quedé quieto con las tazas y miré cómo bregaba para levantarse del sofá.
   Me explicó:
   —Precisamente llevo esto por culpa de ellos.
   Miré detenidamente los ganchos.
   —Gracias por el café y por dejarme usar el retrete. Cuenta usted con mi comprensión.
   Alzó y bajó los garfios.
   —Demuéstrelo —le pedí—. Demuéstreme hasta qué punto me comprende. Saque más fotografías de mí y de mi casa.
   —No resultará —dijo el hombre—. Ellos no van a volver.
   Pero le ayudé a ponerse el correaje. 
   —Puedo hacerle un precio especial —ofreció—. Tres por un dólar —añadió—. Si se las dejo más baratas, no me compensa.

   Salimos fuera. Ajustó el obturador. Me dijo dónde debía situarme, y nos pusimos manos a la obra.
   Íbamos desplazándonos alrededor de la casa. Sistemáticamente. En unas yo miraba de soslayo, en otras de frente.
   —Bien —aprobaba él—. Estupendo. Y al cabo dimos la vuelta completa a la casa y nos encontramos de nuevo en la fachada—. Son veinte. Suficientes.
   —No —sugerí—. Encima del tejado.
   —Dios —murmuró. Examinó la calle a derecha e izquierda—. De acuerdo —aceptó—. Así se habla.
   Comenté:
   —Absolutamente todos. Se largaron de la noche a la mañana.
   —¡Pues mire esto! —exclamó el hombre, y volvió a levantar los garfios.

   Entré en casa y saqué una silla. La coloqué bajo el cobertizo de los coches. Pero no fue suficiente: no llegaba. Cogí una caja de embalaje y la puse encima de la silla.
   Se estaba bien allí arriba, en el tejado.
   Me puse de pie y miré en torno. Hice señas con las manos, y el hombre sin manos me devolvió el saludo con los ganchos.
   Y entonces fue cuando las vi, cuando vi las piedras. Era como un pequeño nido de piedras sobre la rejilla de la boca de la chimenea. Ya se sabe cómo son los chicos. Cómo las lanzan con idea de colar alguna por el agujero de la chimenea.
   —¿Preparado? —pregunté. Cogí una piedra y esperé a que el hombre me tuviera en el visor.
   —¡Listo! —exclamó.
   Eché el brazo para atrás y chillé: «¡Ahora!» Y lancé a aquella hija de perra tan lejos como pude.
   —No sé —le oí gritar—. No suelo fotografiar cuerpos en movimiento.
   —¡Otra vez! —vociferé, y cogí otra piedra.


Visor es un cuento del escritor Raymond Carver [1938-1988].

martes, 9 de mayo de 2017

Manos

Ayer, en el taller de escritura creativa al que voy en la Escuela de Escritores, Ángel Zapata nos dio una clase magnífica en la que nos desmenuzó el cuento Visor de Raymond Carver. Yo salí de allí con la cabeza dada la vuelta.
Y hoy, mientras comía en un bar de Madrid antes de ir a dar una clase, un hombre con una mano de plástico se ha puesto a hablar por teléfono a mi lado, al otro lado de la ventana.

domingo, 7 de mayo de 2017

Vive leyendo

En casa, leyendo, un domingo por la noche...

viernes, 5 de mayo de 2017

A la cama...

Aunque no lo parecía ha sido una semana larga, larga... así que he llegado al viernes hecho un escombrito.
Hoy por la mañana trabajando en la biblioteca de Buitrago, por la tarde un par de clases en Bustarviejo y en La Cabrera, y luego al CCH a ver La academia de las musas, de José Luis Guerín, que aún no estoy seguro de si me ha gustado...

Y ya en casa...
Y hoy toca descansar. Así que un poco de música de fondo, novelita y a la cama.
Mañana más.

jueves, 4 de mayo de 2017

miércoles, 3 de mayo de 2017

Sorpresa

Las manos tocan la arena,
la moldean.

Los pies se duelen 
del inesperado calor
de las rocas.

En la orilla,
piedras de colores
golpean los tobillos.

El agua salpica el rostro,
hostil en los labios
y puro beso.

El verano es el sentido
del tacto recobrado:
caminar sobre tierra,
beber agua de mar
y encontrar el sabor 
de fotos de la infancia.

De De paso por los días [2016] de Ana Belén Martín Vázquez 1971- ].

Esperando al verano, en esta primavera raruna en la que uno no sabe si ponerse la manga larga o las chanclas...

lunes, 1 de mayo de 2017

De pateo

Hoy no he leído ni una línea. Al salir de casa llevaba, como siempre, un par de libros en la mochila, otro en el móvil... pero ni los he abierto en todo el día ni los he echado de menos.
Hoy he subido con mi amiga María al monte a patear: Navacerrada, Bola del Mundo, Maliciosa.
Hemos subido y bajado, hemos hecho piernas, hemos comido arriba del todo un bocata que nos ha sabido como un manjar, nos hemos asombrado mirando el mundo, hemos hablado y hablado, hemos hecho algunas fotos, hemos pisado nieve y hemos disfrutado de un día maravilloso.
A veces fuera de los libros también hay cosas molonas.

domingo, 30 de abril de 2017

sábado, 29 de abril de 2017

viernes, 28 de abril de 2017

210 pts

En los libros a veces nos encontramos cosas evocadoras: una foto, un papelito con unas notas, unas hojas de un árbol, unos pétalos, una servilleta de algún bar con algo apuntado, una entrada de cine... Muchas veces no recordamos cuándo ni dónde las metimos entre esas páginas. Pero ahí están, años después, haciendo arqueología vital para nosotrxs.

Hoy, en un libro viejuno que me han dado, he encontrado ésto:

jueves, 27 de abril de 2017

18181

Esta mañana me he puesto a escribir el minicuentito de esta semana para el concurso Relatos en Cadena. En el último momento, un poco apurado de tiempo...
El inicio para el relato de hoy era una fecha: 8 de diciembre de 1980, el día que mataron a Lennon. Un inicio incómodo que ha resultado un poco antipático a toda la gente que conozco que se suele presentar a ésto.
Y me he puesto a jugar con las fechas, con números, a echar cuentas de días y años... y jugando, jugando... (en un alarde de dispersión y procrastinación) he encontrado que hoy, 27 de abril de 2017, cumplo 18181 días: capicúa y primo.
Me encantan los números y las matemáticas...
;o)

(Relato enviado, por los pelos, y con muchos números...)

miércoles, 26 de abril de 2017

martes, 25 de abril de 2017

Los temas

Los escritores que rehúyen sus propios demonios y se imponen ciertos temas, porque creen que aquéllos no son lo bastante originales o atractivos, y estos últimos sí, se equivocan garrafalmente. Un tema de por sí no es nunca bueno ni malo en literatura. Todos los temas pueden ser ambas cosas, y ello no depende del tema en sí, sino de aquello en que un tema se convierte cuando se materializa en una novela a través de una forma, es decir de una escritura y una estructura narrativas. Es la forma en que se encarna la que hace que una historia sea original o trivial, profunda o superficial, compleja o simple, la que da densidad, ambigüedad, verosimilitud a los personajes o los vuelve unas caricaturas sin vida, unos muñecos de titiritero. Ésa es otra de las pocas reglas en el dominio de la literatura que, me parece, no admite excepciones: en una novela los temas en sí mismos nada presuponen, pues serán buenos o malos, atractivos o aburridos, exclusivamente en función de lo que haga con ellos el novelista al convertirlos en una realidad de palabras organizadas según cierto orden. 

De Cartas a un joven novelista [1997] de Mario Vargas Llosa [1936- ].

lunes, 24 de abril de 2017

gente que lee (151)

Centro comercial en Manila. El segurata de la librería en el acceso al aparcamiento.
(La imagen me la manda hace un par de días Vero desde Filipinas para mi blog... ;o)

domingo, 23 de abril de 2017

Sólo es válida la palabra pronunciada

Majestades, autoridades, señoras y señores,
No creo equivocarme si digo que la posición que ocupo, aquí, en este mismo momento, es envidiable para todo el mundo, excepto para mí.
Han transcurrido varios meses desde que me llamó el señor Ministro para comunicarme que me había sido concedido el premio Cervantes y todavía no sé cómo debo reaccionar. Espero no haber quedado mal entonces, ni quedar mal ahora, ni en el futuro.
Porque un premio de esta importancia, tanto por lo que representa como por las personas que lo han recibido a lo largo de los años, no es fácil de asimilar adecuadamente, sin orgullo ni modestia. No peco de insincero al decir que nunca esperé recibirlo.
En mis escritos he practicado con reincidencia el género humorístico y estaba convencido de que eso me pondría a salvo de muchas responsabilidades. Ya veo que me equivoqué. Quiero pensar que al premiarme a mí, el jurado ha querido premiar este género, el del humor, que ha dado nombres tan ilustres a la literatura española, pero que a menudo y de un modo tácito se considera un género menor. Yo no lo veo así. Y aunque fuera un género menor, igualmente habría que buscar y reconocer en él la excelencia.
Pero no soy yo quien ha de explicar las razones del jurado ni menos aún justificar su decisión. Tan sólo expresarle mi más profundo agradecimiento y decirles, plagiando una frase ajena, que me considero un invitado entre los grandes.
En el acta que nos acaba de ser leída, se me honra mencionando mi vinculación con la obra de Cervantes. Es una vinculación que admito con especial satisfacción. He sido y sigo siendo un fiel lector de Cervantes y, como es lógico, un asiduo lector del Quijote. Con mucha frecuencia acudo a sus páginas como quien visita a un buen amigo, a sabiendas de que siempre pasará un rato agradable y enriquecedor. Y así es: con cada relectura el libro mejora y, de paso, mejora el lector.
Pero en mi memoria quedan cuatro lecturas cabales del Quijote, que ahora me gustaría recordar.

Leí por primera vez el Quijote por obligación, en la escuela. En algún sitio he leído que la presencia obligatoria del Quijote en la enseñanza no pasa de ser una leyenda urbana. Es cierto, pero toda regla tiene su excepción. En nuestro copioso surtido de planes de enseñanza, hubo, tiempo atrás, un curso llamado preuniversitario, coloquialmente “el preu”, cuyo programa era monográfico, es decir: un solo tema por cada materia. A los que hicimos preuniversitario el año académico de 1959/60 nos tocó leer y comentar el Quijote, tanto a los que habíamos optado por el bachillerato de letras como por el de ciencias. A diferencia de lo que ocurre hoy, en la enseñanza de aquella época prevalecía la educación humanística, en detrimento del conocimiento científico, de conformidad con el lema entonces vigente: que inventen ellos.
Las cosas cambian de nombre en función de la distancia. El suelo que ahora piso se llama paisaje cuando está lejos. Y cuando ya no está, se llama Geografía.
Del mismo modo, la pomposa abstracción que hoy llamamos Humanidades, antes se llamaba, humildemente, Curso de Lengua y Literatura. Y para mis compañeros de curso y para mí, aún más humildemente, la clase del Hermano Anselmo.
El colegio donde se encontraba esta clase era un edificio vetusto, de ladrillo oscuro, frío en invierno, en una Barcelona muy distinta de la que es hoy. Por las ventanas se veían las cuatro torres de la Sagrada Familia tal como las dejó Gaudí, negras de hollín y felizmente dejadas de la mano de Dios. En la clase de Literatura nos enseñaban algunas cosas que luego no me han servido de mucho, pero que me gustó aprender y me gusta recordar. Por ejemplo, la diferencia entre sinécdoque, metonimia y epanadiplosis. O que un soneto es una composición de catorce versos a la que siempre le sobran diez.
Y allí, contra aquel fiero rebaño compuesto por treinta adolescentes sin chicas que era la clase del Hermano Anselmo, arremetió lanza en ristre don Alonso Quijano el Bueno, no sé si en la edición de Riquer o en la de Zamora Vicente para la lectura, y en la desmesurada edición de Rodríguez Marín para ir por nota. Porque de esto hace mucho y el Profesor don Francisco Rico aún no había alcanzado el uso de razón.
La verdad es que don Quijote y Sancho no fueron bien recibidos. Nuestra imaginación literaria se nutría de El Coyote y Hazañas Bélicas y las sesiones dobles del cine de barrio eran nuestro Shangri-La. Pero el Siglo de Oro, francamente, no.
Hay que decir, en nuestro descargo, que en aquellos años, que Juan Marsé llamó de incienso y plomo, la figura de don Quijote había sido secuestrada por la retórica oficial para convertirla en el arquetipo de nuestra raza y el adalid de un imperio de fanfarria y cartón piedra. También, solo o con Sancho, a pie o a caballo, se vendía a la gruesa en estaciones y aeropuertos, y en muchos hogares estaba presente como cenicero, pisapapeles o apoyalibros. Malas tarjetas de visita para un aspirante a superhéroe.
Pero entonces no se iba a la escuela a jugar, sino a estudiar y a obedecer. Tampoco nos apetecía aprender de memoria los afluentes del Ebro. Y con el mismo entusiasmo emprendimos la lectura de lo que parecía ser una tortura dividida en dos partes.
Como es de suponer de inmediato y casi contra mi voluntad me rendí a su encanto.
Curiosamente, lo que me fascinó entonces no fue la figura de don Quijote, ni sus empresas y sus infortunios, sino el lenguaje cervantino. Desde niño yo quería ser escritor. Pero hasta ese momento los resultados no se correspondían ni con el entusiasmo ni con el empeño. Las vocaciones tempranas son árboles con muchas hojas, poco tronco y ninguna raíz. Yo estaba empeñado en escribir, pero no sabía ni cómo ni sobre qué.
La lectura del Quijote fue un bálsamo y una revelación. De Cervantes aprendí que se podía cualquier cosa: relatar una acción, plantear una situación, describir un paisaje, transcribir un diálogo, intercalar un discurso o hacer un comentario, sin forzar la prosa, con claridad, sencillez, musicalidad y elegancia.
“Apeáronse don Quijote y Sancho y, dejando al jumento y a Rocinante a sus anchuras pacer de la mucha yerba que allí había, dieron saco a las alforjas y, sin ceremonia alguna, en buena paz y compañía, amo y mozo comieron lo que ellas hallaron”. No se puede dar una información más expresiva con palabras más sencillas y una sintaxis más limpia.
Cuál no sería mi entusiasmo que traté de compartirlo con mi padre, hombre aficionado a la literatura. Mi padre me escuchó y me respondió que sí, que bueno, pero que era mejor Lope de Vega. Hasta en eso teníamos que disentir.

Leí el Quijote de cabo a rabo por segunda vez una década más tarde. Yo ya era lo que en tiempos de Cervantes se llamaba un bachiller, quizá un licenciado, lo que hoy se llama un joven cualificado, y lo que en todas las épocas se ha llamado un tonto.
Llevaba el pelo revuelto y lucía un fiero bigote. Era ignorante, inexperto y pretencioso. Pero no había perdido el entusiasmo. Seguía escribiendo con perseverancia, todavía con pasos aún inciertos, en busca una voz propia.
Como tenía otros modelos literarios, de mayor graduación alcohólica, por decirlo de algún modo, como Dostoievski, Kafka, Proust y Joyce, en esa ocasión me atrajo sobre todo el Caballero de la Triste Figura, su tenacidad y su arrojo. Porque, salvando todas las distancias, yo aspiraba a lo mismo que don Alonso Quijano: correr mundo, tener amores imposibles y deshacer entuertos.
Algo conseguí de lo primero; en lo segundo me llevé bastantes chascos, y en lugar de deshacer entuertos, causé algunos, más por irreflexión que por mala voluntad.
Tampoco a don Quijote le salen bien las cosas. También él se equivoca en el planteamiento. Cree seguir las normas de la Caballería andante pero es un hijo de Erasmo y de la Reforma. Para él no son las leyes humanas o divinas las que determinan su conducta, sino la ética personal. Cree defender a los débiles pero defiende a los rebeldes y a los que luchan por la libertad, aunque sean delincuentes. Antepone sus deseos a la realidad, y es, en definitiva, el paradigma del idealismo desencaminado, si esta expresión no es una redundancia. Poco importa, porque “la gloria de haber emprendido esta hazaña no la podrá oscurecer malicia alguna”.
Y por eso me gustaba. Porque si Cervantes es hijo de Erasmo, yo era hijo del Romanticismo, y no me atraían los héroes épicos sino los héroes trágicos. Un héroe épico se vuelve un pelma cuando ya ha hecho lo suyo. En cambio un héroe trágico nunca deja de ser un héroe, porque es un héroe que se equivoca. Y en eso a don Quijote, como a mí, no nos ganaba nadie.

La tercera vez que leí el Quijote ya era, al menos nominalmente, lo que nuestro código civil llama “un buen padre de familia”.
Cuando emprendí esta nueva lectura del Quijote no tenía motivos de queja. Como don Quijote, había recibido algunos palos, ni muchos ni muy fuertes. Como Sancho Panza, me había apeado muchas veces del burro. Pero había conseguido publicar algunos libros que habían recibido un trato benévolo de la crítica y una buena acogida del público. Hago un paréntesis para decir que, sin quitarme el mérito que me pueda corresponder, mucho debo al apoyo y, sobre todo, al cariño de algunas personas. Y creo que sería injusto silenciar, a este respecto, la contribución especial de dos personas a mi carrera literaria. Una es Pere Gimferrer, que me dio la primera oportunidad y es mi editor vitalicio y mi amigo incondicional. La otra es, por supuesto, Carmen Balcells, cuya ausencia empaña la alegría de este acto.
En aquella tercera lectura del Quijote, descubrí y admiré el humor que preside la novela. Lo que digo puede parecer una obviedad, pero a mi juicio no lo es. Cuando el Quijote vio la luz sin duda fue recibido y leído como un libro cómico. Pero los tiempos cambian y aunque el humor es el mismo, nuestra percepción de lo cómico ha cambiado. En este sentido, en la actualidad el Quijote ha perdido buena parte de su comicidad. Visto desde mi perspectiva, los episodios jocosos no son muchos ni muy variados. Hay alguno espléndido, como el de los molinos de viento, pero el resto repiten un patrón convencional: confusión y paliza. Una parodia del estilo artificioso de las novelas de caballerías y varias intervenciones divertidas de Sancho completan el panorama. Nada de esto desmerecía a mis ojos la calidad de la obra ni rebajaba mi admiración, pero así pensaba yo.
Lo que descubrí en la lectura de madurez fue que había otro tipo de humor en la obra de Cervantes. Un humor que no está tanto en las situaciones ni en los diálogos, como en la mirada del autor sobre el mundo. Un humor que camina en paralelo al relato y que reclama la complicidad entre el autor y el lector. Una vez establecido el vínculo, pase lo que pase y se diga lo que se diga, el humor lo impregna todo y todo lo transforma.
Es precisamente el Quijote el que crea e impone este tipo de relación secreta. Una relación que se establece por medio del libro, pero fuera del libro, y que a partir de ese momento constituirá la esencia de lo que denominamos la novela moderna. Una forma de escritura en la cual el lector no disfruta tanto de la intriga propia del relato como de la compañía de la persona que lo ha escrito.

Aunque raro es el año en que no vuelva a picotear en el Quijote, con la única finalidad de pasar un rato agradable y levantarme el ánimo, lo cierto es que no lo había vuelto a releer de un tirón, hasta que la cordial e inesperada llamada del señor Ministro me notificó que me había sido concedido este premio, y por añadidura en el cuarto centenario de la muerte de Cervantes. Así las cosas, pensé que tenía el deber moral y la excusa perfecta para volver, literalmente, a las andadas.
En esta ocasión seguía y sigo estando, en términos generales, satisfecho de la vida. De nada me puedo quejar e incluso ha mejorado mi estado de salud: antes padecía pequeños desarreglos impropios de mi edad y ahora estos desarreglos se han vuelto propios de mi edad.
Sin embargo, cuando se lee el Quijote, uno nunca sabe lo que le puede pasar. En lecturas anteriores yo había seguido al caballero y a su escudero tratando de adivinar la dirección que llevaba su peregrinaje. Esta vez, y sin que en ello interviniera de ningún modo la melancolía, me encontré acompañando al caballero en su camino de vuelta a un lugar de la Mancha cuyo nombre nunca hemos olvidado, aunque a menudo lo hayamos intentado.
Alguna vez me he preguntado si don Quijote estaba loco o si fingía estarlo para transgredir las normas de una sociedad pequeña, zafia y encerrada en sí misma. Aunque ésta es una incógnita que nunca despejaremos, mi conclusión es que don Quijote está realmente loco, pero sabe que lo está, y también sabe que los demás están cuerdos y, en consecuencia, le dejarán hacer cualquier disparate que le pase por la cabeza. Es justo lo contrario de lo que me ocurre a mí. Yo creo ser un modelo de sensatez y creo que los demás están como una regadera, y por este motivo vivo perplejo, atemorizado y descontento de cómo va el mundo.
Pero en una cosa le llevo ventaja a don Quijote: en que yo soy de verdad y él un personaje de ficción.
Una novela es lo que es: ni la verdad ni la mentira. El que lee una obra de ficción y no se cree nada de lo que allí se cuenta, va mal; pero el que se lo cree todo, va peor. Hoy esto es de conocimiento general. Pero el Quijote es la primera novela moderna y el pobre don Quijote no ha tenido tiempo de asimilar los cambios que él mismo trae al mundo. Al contrario, él es el primer caso certificado de lector demasiado crédulo. No es raro que se haga un lío. Y así va, hasta que un mal día, en la misma ciudad de Barcelona, donde yo habría de descubrirlo unos cuantos siglos más tarde, don Quijote visita una imprenta y allí descubre que en realidad es el protagonista de una novela. Y como ya no sabe qué hacer a continuación, da media vuelta y regresa a casa.
Lo que tampoco sabe es que su breve periplo, de poco más de un mes, no ha sido en balde.
Todo personaje de ficción es transversal. Va de lector en lector, sin detenerse en ninguno. Eso mismo hace don Quijote. Exceptuando a Sancho, todos los personajes del libro están donde Dios los puso. Don Quijote es lo contario: va de paso y atraviesa fugazmente por sus vidas. Generalmente les causa un pequeño trastorno, pero les paga con creces. Sin la incidencia atropellada de don Quijote, hidalgos, venteros, labriegos, curas y mozas del partido reposarían en la fosa común de la antropología cultural. Gracias a don Quijote hoy están aquí, con nosotros, tan reales como nosotros mismos y, en algunos casos, quizás un poco más.
Ésta es, a mi juicio, la función de la ficción. No dar noticia de unos hechos, sino dar vida a lo que, de otro modo, acabaría convertido en mero dato, en prototipo y en estadística. Por eso la novela cuenta las cosas de un modo ameno, aunque no necesariamente fácil: para que las personas, a lo largo del tiempo, la consuman y la recuerden sin pensar, como los insectos que polinizan sin saber que lo hacen.
Recalco estas cosas bien sabidas porque vivimos tiempos confusos e inciertos. No me refiero a la política y la economía. Ahí los tiempos siempre son inciertos, porque somos una especie atolondrada y agresiva y quizá mala, si hubiera otra especie con la que nos pudiéramos comparar.
La incertidumbre y la confusión a las que yo me refiero son de otro tipo. Un cambio radical que afecta al conocimiento a la cultura, a las relaciones humanas, en definitiva, a nuestra manera de estar en el mundo. Pero al decir esto no pretendo ser alarmista. Este cambio está ahí, pero no tiene por qué ser nocivo, ni brusco, ni traumático.
En este sentido, ahora que los dos vamos de vuelta a casa, me gustaría discrepar de don Quijote cuando afirma que no hay pájaros en los nidos de antaño. Sí que los hay, pero son otros pájaros.

Ocasiones como la presente entrañan para el premiado un riesgo inverso al que corrió don Quijote: creerse protagonista de un relato más bonito que la realidad. Prometo hacer todo lo posible para que no me ocurra tal cosa.
Para los que tratamos de crear algo, el enemigo es la vanidad. La vanidad es una forma de llegar a necio dando un rodeo. Es un peligro que no debería existir: mal puede ser vanidoso el que a solas va escribiendo una palabra tras otra, con mimo y con afán y con la esperanza de que al final algo parezca tener sentido. La tecnología ha cambiado el soporte de la famosa página en blanco, pero no ha eliminado el terror que suscita ni el esfuerzo que hace falta para acometerla.
Por lo demás, al que se echa a los caminos la vida le ofrece recordatorios de su insignificancia. Hace muchos años, cuando yo vivía en Nueva York, quedé en un bar con un amigo, ilustre poeta leonés. Como vimos que la camarera que nos atendía era hispanohablante, probablemente portorriqueña, cuando vino a tomarnos la comanda nos dirigimos a ella en castellano. La camarera tomó nota y luego nos preguntó si éramos franceses. Le respondimos que no. ¿Qué le había hecho pensar eso? Oh, dijo ella, como habláis tan mal el español… En su momento, esta anécdota nimia me produjo una gran alegría que nunca se ha disipado. Porque comprendí que habitaba un mundo diverso, rico, divertido y con un amplísimo horizonte. Y que todas las lenguas del mundo son amables y generosas para quien las quiere bien y las trabaja.
Y aquí termino, repitiendo lo que dije al principio. Que recojo este premio con profunda gratitud y alegría, y que seguiré siendo el que siempre he sido: Eduardo Mendoza, de profesión, sus labores.
Muchas gracias.

Discurso de Eduardo Mendoza [1943- ] al recoger el jueves pasado su Premio Cervantes.