He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]

lunes, 21 de agosto de 2017

domingo, 20 de agosto de 2017

sábado, 19 de agosto de 2017

gente que lee (171)

María leyendo en alguna playa del norte.
(¡Gracias por la foto!)

viernes, 18 de agosto de 2017

El profesor suplente

Hacia el atardecer, cuando Matías y su mujer sorbían un triste té y se quejaban de la miseria de la clase media, de la necesidad de tener que andar siempre con la camisa limpia, del precio de los transportes, de los aumentos de ley, en fin, de lo que hablan a la hora del crepúsculo los matrimonios pobres, se escucharon en la puerta unos golpes estrepitosos y cuando la abrieron irrumpió el doctor Valencia, bastón en mano, sofocado por el cuello duro.
—¡Mi querido Matías! ¡Vengo a darte una gran noticia! De ahora en adelante serás profesor. No me digas que no... ¡espera! Como tengo que ausentarme unos meses del país, he decidido dejarte mis clases de historia en el colegio. No se trata de un gran puesto y los emolumentos no son grandiosos pero es una magnífica ocasión para iniciarte en la enseñanza. Con el tiempo podrás conseguir otras horas de clases, se te abrirán las puertas de otros colegios, quién sabe si podrás llegar a la Universidad... eso depende de ti. Yo siempre te he tenido una gran confianza. Es injusto que un hombre de tu calidad, un hombre ilustrado, que ha cursado estudios superiores, tenga que ganarse la vida como cobrador... No señor, eso no está bien, soy el primero en reconocerlo. Tu puesto está en el magisterio... No lo pienses dos veces. En el acto llamo al director para decirle que ya he encontrado un reemplazo. No hay tiempo que perder, un taxi me espera en la puerta... ¡Y abrázame, Matías, dime que soy tu amigo!
Antes de que Matías tuviera tiempo de emitir su opinión, el doctor Valencia había llamado al colegio, había hablado con el director, había abrazado por cuarta vez a su amigo y había partido como un celaje, sin quitarse siquiera el sombrero.
Durante unos minutos, Matías quedó pensativo, acariciando esa bella calva que hacía la delicia de los niños y el terror de las amas de casa. Con un gesto enérgico, impidió que su mujer intercalara un comentario y, silenciosamente, se acercó al aparador, se sirvió del oporto reservado a las visitas y lo paladeó sin prisa, luego de haberlo observado contra la luz de la farola.
—Todo esto no me sorprende —dijo al fin. Un hombre de mi calidad no podía quedar sepultado en el olvido.
Después de la cena se encerró en el comedor, se hizo llevar una cafetera, desempolvó sus viejos textos de estudio y ordenó a su mujer que nadie lo interrumpiera, ni siquiera Baltazar y Luciano, sus colegas de trabajo, con quienes acostumbraba reunirse por las noches para jugar a las cartas y hacer chistes procaces contra sus patrones de la oficina.
A las diez de la mañana, Matías abandonaba su departamento, la lección inaugural bien aprendida, rechazando con un poco de impaciencia la solicitud de su mujer, quien lo perseguía por el corredor de la quinta, quitándole las últimas pelusillas de su terno de ceremonia.
—No te olvides de poner la tarjeta en la puerta —recomendó Matías antes de partir—. Que se lea bien: Matías Palomino, profesor de historia.
En el camino se entretuvo repasando mentalmente los párrafos de su lección. Durante la noche anterior no había podido evitar un temblorcito de gozo cuando, para designar a Luis XVI, había descubierto el epíteto de Hidra. El epíteto pertenecía al siglo XIX y había caído un poco en desuso pero Matías, por su porte y sus lecturas, seguía perteneciendo al siglo XIX y su inteligencia, por donde se la mirara, era una inteligencia en desuso. Desde hacía doce años, cuando por dos veces consecutivas fue aplazado en el examen de bachillerato, no había vuelto a hojear un solo libro de estudios ni a someter una sola cogitación al apetito un poco lánguido de su espíritu. Él siempre achacó sus fracasos académicos a la malevolencia del jurado y a esa especie de amnesia repentina que lo asaltaba sin remisión cada vez que tenía que poner en evidencia sus conocimientos. Pero si no había podido optar al título de abogado, había elegido la prosa y el corbatín del notario: si no por ciencia, al menos por apariencia, quedaba siempre dentro de los límites de la profesión.
Cuando llegó ante la fachada del colegio, se sobreparó en seco y quedó un poco perplejo. El gran reloj del frontis le indicó que llevaba un adelanto de diez minutos. Ser demasiado puntual le pareció poco elegante y resolvió que bien valía la pena caminar hasta la esquina. Al cruzar delante de la verja escolar, divisó un portero de semblante hosco, que vigilaba la calzada, las manos cruzadas a la espalda.
En la esquina del parque se detuvo, sacó un pañuelo y se enjugó la frente. Hacía un poco de calor, Un pino y una palmera, confundiendo sus sombras, le recordaron un verso, cuyo autor trató en vano de identificar. Se disponía a regresar —el reloj del Municipio acababa de dar las once— cuando detrás de la vidriera de una tienda de discos distinguió a un hombre pálido que lo espiaba. Con sorpresa constató que ese hombre no era otra cosa que su propio reflejo. Observándose con disimulo, hizo un guiño, como para disipar esa expresión un poco lóbrega que la mala noche de estudio y de café había grabado en sus facciones. Pero la expresión, lejos de desaparecer, desplegó nuevos signos y Matías comprobó que su calva convalecía tristemente entre los mechones de las sienes y que su bigote caía sobre sus labios con un gesto de absoluto vencimiento.
Un poco mortificado por la observación, se retiró con ímpetu de la vidriera. Una sofocación de mañana estival hizo que aflojara su corbatín de raso. Pero cuando llegó ante la fachada del colegio, sin que en apariencia nada la provocara, una duda tremenda lo asaltó: en ese momento no podía precisar si la Hidra era un animal marino, un monstruo mitológico o una invención de ese doctor Valencia, quien empleaba figuras semejantes, para demoler a sus enemigos del Parlamento. Confundido, abrió su maletín para revisar sus apuntes, cuando se percató que el portero no le quitaba el ojo de encima. Esta mirada, viniendo de un hombre uniformado, despertó en su conciencia de pequeño contribuyente tenebrosas asociaciones y, sin poder evitarlo, prosiguió su marcha hasta la esquina opuesta.
Allí se detuvo resollando. Ya el problema de la Hidra no le interesaba: esta duda había arrastrado otras muchísimo más urgentes. Ahora en su cabeza todo se confundía. Hacía de Colbert un ministro inglés, la joroba de Marat la colocaba sobre los hombros de Robespierre y por un artificio de su imaginación, los finos alejandrinos de Chenier iban a para a los labios del verdugo Sansón. Aterrado por tal deslizamiento de ideas, giró los ojos locamente en busca de una pulpería. Una sed impostergable lo abrasaba.
Durante un cuarto de hora recorrió inútilmente las calles adyacentes. En ese barrio residencial sólo se encontraban salones de peinado. Luego de infinitas vueltas se dio de bruces con la tienda de discos y su imagen volvió a surgir del fondo de la vidriera. Esta vez Matías la examinó: alrededor de los ojos habían aparecido dos anillos negros que describían sutilmente un círculo que no podía ser otro que el círculo del terror.
Desconcertado, se volvió y quedó contemplando el panorama del parque. El corazón le cabeceaba como un pájaro enjaulado. A pesar de que las agujas del reloj continuaban girando, Matías se mantuvo rígido, testarudamente ocupado en cosas insignificantes, como en contar las ramas de un árbol, y luego en descifrar las letras de un aviso comercial perdido en el follaje. 
Un campanazo parroquial lo hizo volver en sí. Matías se dio cuenta de que aún estaba en la hora. Echando mano a todas sus virtudes, incluso a aquellas virtudes equívocas como la terquedad, logró componer algo que podría ser una convicción y, ofuscado por tanto tiempo perdido, se lanzó al colegio. Con el movimiento aumentó su coraje. Al divisar la verja asumió el aire profundo y atareado de un hombre de negocios. Se disponía a cruzarla cuando, al levantar la vista, distinguió al lado del portero a un cónclave de hombres canosos y ensotanados que lo espiaban, inquietos. Esta inesperada composición —que le recordó a los jurados de su infancia— fue suficiente para desatar una profusión de reflejos de defensa y, virando con rapidez, se escapó hacia la avenida.
A los veinte pasos se dio cuenta que alguien lo seguía. Una voz sonaba a sus espaldas. Era el portero.
—Por favor —decía—. ¿No es usted el señor Palomino, el nuevo profesor de historia? Los hermanos lo están esperando. 
Matías se volvió, rojo de ira.
—¡Yo soy cobrador! —contestó brutalmente, como si hubiera sido víctima de alguna vergonzosa confusión.
El portero le pidió excusas y se retiró. Matías prosiguió su camino, llegó a la avenida, torció hacia el parque, anduvo sin rumbo entre la gente que iba de compras, se resbaló en un sardinel, estuvo a punto de derribar a un ciego y cayó finalmente en una banca, abochornado, entorpecido, como si tuviera un queso por cerebro.
Cuando los niños que salían del colegio comenzaron a retozar a su alrededor, despertó de su letargo. Confundido aún, bajo la impresión de haber sido objeto de una humillante estafa, se incorporó y tomó el camino de su casa. Inconscientemente eligió una ruta llena de meandros. Se distraía. La realidad se le escapaba por todas las fisuras de su imaginación. Pensaba que algún día sería millonario por un golpe de azar. Solamente cuando llegó a la quinta y vio que su mujer lo esperaba en la puerta del departamento, con el delantal amarrado a la cintura, tomó conciencia de su enorme frustración. No obstante se repuso, tentó una sonrisa y se aprestó a recibir a su mujer, que ya corría por el pasillo con los brazos abiertos.
—¿Qué tal te ha ido? ¿Dictaste tu clase? ¿Qué han dicho los alumnos?
—¡Magnífico!... ¡Todo ha sido magnífico! —balbuceó Matías—. ¡Me aplaudieron! —pero al sentir los brazos de su mujer que lo enlazaban del cuello y al ver en sus ojos, por primera vez, una llama de invencible orgullo, inclinó con violencia la cabeza y se echó desoladamente a llorar.

Cuento escrito en 1957 por el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro [1929-1994].

jueves, 17 de agosto de 2017

Disfruta de tu lengua

Este finde va a hacer un mes de mi cumple, pero aún me siguen llegando regalitos molones...
¡Gracias Ángel!

miércoles, 16 de agosto de 2017

gente que lee (170)

Hoy hace 40 años que murió Elvis.

lunes, 14 de agosto de 2017

gente que lee (169)

Gente que lee en verano.
¡Gracias María!

domingo, 13 de agosto de 2017

sábado, 12 de agosto de 2017

viernes, 11 de agosto de 2017

Cosas

En mi biblioteca no hay sólo libros, claro. También hay un montón de objetos, cosas que me han regalado, cosas encontradas, flores que recojo en la sierra, cerca de casa, piedras, recuerdos de lugares y personas...
Dos de esos objetos regalados son estos dos retratos míos que se ven en la foto.

El de arriba es una máscara de barro que me hizo una alumna hace más de veinte años, cuando daba clases de matemáticas y física en coles. No recuerdo cómo se llamaba, creo que Jara, pero sí recuerdo bien que fue una de las alumnas que, como profe novato que era entonces, me hizo la vida imposible en clase... Espero que aunque no le interesaban nada las matemáticas, y yo no supiera contarle por qué son tan chulas, le vaya muy bien allá donde esté.

Y el otro es un retrato que me hizo Carmen, una alumna del taller de fotografía del Centro de Humanidades de La Cabrera, a partir de la foto que me hizo mi sobrino Óscar en Lanzarote durante unas vacaciones hace ya unos cuantos años, y del proyecto fotográfico Caja de Acuarelas de Óscar Molina.

También se ve en la imagen un vasito con unas flores secas que un día recogió Elia durante un paseo por la dehesa que hay junto a mi casa y dejó ahí.

Hace tiempo leí en algún sitio que una buena forma de conocer a alguien es echar  a un vistazo a su biblioteca.
No sólo a los libros.

jueves, 10 de agosto de 2017

Z

Las horas de después de comer son duras en verano... incluso aunque estés leyendo cosas molonas...
¡Ay!

miércoles, 9 de agosto de 2017

Lucia y Chimamanda

Dos sugerencias de lecturas para este mes de agosto que me están gustando mucho estos días.
Dos cuentistas, dos mujeres, las dos escritoras en inglés: Lucia Berlin [1936-2004] y Chimamanda Ngozi Adichie [1977- ], de quien ya he hablado aquí en otras ocasiones y de quien soy muuuy fan.

martes, 8 de agosto de 2017

gente que lee (168)

Yo, en casa, leyendo.
Agosto de 2017.

domingo, 6 de agosto de 2017

Cuentos deformados

Yo veo y siento la realidad en forma de cuento y sólo puedo expresarme de esa manera. En otras palabras mi inteligencia está dispuesta de tal manera que todos los datos que percibo se ordenan de acuerdo a cierto molde interior —¿categorías?— cuya estructura no puedo modificar. De allí que hasta el momento no pueda escribir novelas, poemas ni piezas dramáticas y cuando lo he intentado he conseguido sólo cuentos deformados.

De los diarios de Julio Ramón Ribeyro.

sábado, 5 de agosto de 2017

Más de cien mentiras

Tenemos memoria, tenemos amigos,
tenemos los trenes, la risa, los bares,
tenemos la duda y la fe, sumo y sigo, 
tenemos moteles, garitos, altares.

Tenemos urgencias, amores que matan,
tenemos silencio, tabaco, razones,
tenemos Venecia, tenemos Manhattan,
tenemos cenizas de revoluciones.

Tenemos zapatos, orgullo, presente,
tenemos costumbres, pudores, jadeos,
tenemos la boca, tenemos los dientes,
saliva, cinismo, locura, deseo.

Tenemos el sexo y el rock y la droga,
los pies en el barrio, y el grito en el cielo,
tenemos Quintero, León y Quiroga,
y un bisnes pendiente con Pedro Botero.

Más de cien palabras, más de cien motivos,
para no cortarse de un tajo las venas,
más de cien pupilas donde vernos vivos,
más de cien mentiras que valen la pena.

Tenemos un as escondido en la manga,
tenemos nostalgia, piedad, insolencia,
monjas de Fellini, curas de Berlanga,
veneno, resaca, perfume, violencia.

Tenemos un techo con libros y besos,
tenemos el morbo, los celos, la sangre,
tenemos la niebla metida en los huesos,
tenemos el lujo de no tener hambre.

Tenemos talones de Aquiles sin fondos,
ropa de domingo, ninguna bandera,
nubes de verano, guerras de Macondo,
setas en noviembre, fiebre en primavera.

Glorietas, revistas, zaguanes, pistolas, 
qué importa, lo siento, hasta siempre, te quiero,
hinchas del atleti, gángsters de Coppola,
verónica y cuarto de Curro Romero.

Más de cien palabras, más de cien motivos,
para no cortarse de un tajo las venas,
más de cien pupilas donde vernos vivos,
más de cien mentiras que valen la pena.

Tenemos el mal de la melancolía,
la sed y la rabia, el ruido y las nueces,
tenemos el agua y, dos veces al día,
el santo milagro del pan y los peces.

Tenemos lolitas, tenemos donjuanes,
Lenon y McCartney, Gardel y Lepera,
tenemos horóscopos, biblias, coranes, 
ramblas en la Luna, vírgenes de cera.

Tenemos naufragios soñados en playas
de islotes sin nombre, ni ley, ni rutina,
tenemos heridas, tenemos medallas,
laureles de gloria, coronas de espinas.

Más de cien palabras, más de cien motivos,
para no cortarse de un tajo las venas,
más de cien pupilas donde vernos vivos,
más de cien mentiras que valen la pena.

Tenemos caprichos, muñecas hinchables,
ángeles caídos, barquitos de vela,
pobres exquisitos, ricos miserables,
Ratoncitos Pérez, dolores de muelas.

Tenemos proyectos que se marchitaron,
crímenes perfectos que no cometimos,
retratos de novias que nos olvidaron,
y un alma en oferta que nunca vendimos.

Tenemos poetas, colgados, canallas,
Quijotes y Sanchos, Babel y Sodoma,
abuelos que siempre ganaban batallas,
caminos que nunca llevaban a Roma.

Más de cien palabras, más de cien motivos,
para no cortarse de un tajo las venas,
más de cien pupilas donde vernos vivos,
más de cien mentiras que valen la pena.

Más de cien mentiras es una de las canciones incluidas en el disco Esta boca es mía [1994] de Joaquín Sabina [1949- ].

viernes, 4 de agosto de 2017

gente que lee (167)

Asia leyendo.
Gracias Sergio, Pilar...
;o)

jueves, 3 de agosto de 2017

miércoles, 2 de agosto de 2017

martes, 1 de agosto de 2017

lunes, 31 de julio de 2017

Antoine

Hoy se cumplen 73 años de la desaparición en el Mediterráneo del avión que pilotaba Antoine de Saint-Exupéry [1900-1944], escritor francés, autor, entre otras obras, de El Principito [1943].

domingo, 30 de julio de 2017

Carta al hijo

Querido Franz:
«He sabido, por tu madre, que me escribiste una larga carta de reproche en la que registrabas el aborrecimiento que te causa mi presencia. No necesito leer esas líneas ingratas, esas quejas hirientes, esas difamaciones para sentirme miserable e indefenso como un perro ante las pulgas. Me basta imaginar esas palabras con las que pretendías martirizarme para confirmar tu falta de amor filial y la aspereza de tu carácter, tiránico a fuerza de debilidad. Cuántas veces he asistido con vergüenza, incluso desde antes de que se revelara tu auténtica naturaleza, a las incesantes protestas y recriminaciones (durante la hora de las comidas, en el camino a la sinagoga Pinkas, delante de mi escritorio o del mostrador del negocio); a los ataques de ira cuando me echabas en cara mi salud, mi apetito, mi presencia de ánimo; cuando me acusabas de preferir a tu hermana Valli, de sabotear la protección de tu bendita madre y la solicitud de matrimonio de Felice, de haberte procurado una estricta educación, de aconsejarte con franqueza para que pudieras subir valerosamente los peldaños de la vida, para tonificar sin rodeos tu inseguridad y que no te hundieras nunca en el aserrín de las contrariedades, en la cochambre del desprecio humano.
«Mi señor hijo, me afligen tus afrentas incansables, tu desconsideración, tu terco distanciamiento de cualquier cosa que te recuerde a mí. Digámoslo de paso, por primera vez, en defensa propia: trabajé como una bestia dese niño para proporcionarle a toda la familia una existencia cómoda. Mientras me sacrificaba sumido en preocupaciones, resolví tus asuntos de la mejor manera y te libré de obstáculos y temores, te alenté para que en lugar de ocuparte de la tienda lo hicieras de tus papeles, siempre taciturno pero bien abrigado y alimentado. El irrazonable odio que albergas hacia mí me llena de amargura. A este respecto, me faltan fuerzas para soportar el desasosiego de nuestra sostenida lucha. Creo que reventaré como un perro si sigo escuchando, de viva voz, esas mentiras con las que justificas hipócritamente tu rencor y tu deslealtad: nunca dije que tu hermana Ottla me disgustara adrede, no clamé contra la inmadurez y haraganería de los Löwy, no te impuse la soltería, no llamo "enemigos pagados" a mis empleados ni antepongo los negocios al cariño por mi familia (ojalá estuvieras tan orgulloso de mí como lo está tu madre). Tengo en cambio la convicción de que, conduciéndote como una criatura dominante y caprichosa, propiciaste nuestra incomunicación, a pesar de haberme mostrado en todo momento tolerante con tu verdadero ser, con tus nervios y terquedades, con tus garabatos y tus pesadillas. Por supuesto, en lo que me concierne a mi ánimo, han producido efecto las repetidas humillaciones y amenazas, esas escenas a las que jamás me acostumbraré, esos horribles grititos que sueles mezclar con una especie de silbido grotesco, aturdidor. Sé que te ríes sin remordimiento de mi corpulencia y de la bata que la cubre cuando paseo por casa, que te mofas cara a cara de mi obsesión por llevar el sombrero perfectamente cepillado. Sé que te parezco enorme y bruto y que me comparas con la pesada piedra de afilar de dos capas del abuelo Jakob. Sé que me haces responsable de tu situación, de lo que llamas (afianzándote en un insensato sentimiento de inferioridad) tu desdicha. Pero, con el tiempo, estoy aprendiendo a anular tu menosprecio y a convertirlo en afecto hacia tu particular condición. Contrariamente a lo que piensas, sufro por ti: con la paciencia de los justos, ordeno de continuo a tus hermanas que no hagan ruido con las puertas o en la cocina, que no arrastren los cerrojos ni rasquen las estufas, piso con cuidado al caminar desde el vestíbulo a las salas, cubro la jaula para impedir el canto de los dos canarios y te velo cada noche un rato mientras duermes.
«Sí, mi señor hijo, cada noche irrumpo de puntillas en tu habitación. Tras apagar la luz de la mesita, trato de arropar cuidadosamente todo el volumen abombado de tu cuerpo negro y brillante y, temblando, beso ese extraño apéndice de la cabeza que tanto me conmueve. Cada noche, apoyado en la puerta entornada, te miro con dulzura, desvalido en el lecho, sumiso al fin, y lloro al ver cómo se agitan aún con torpeza (el sueño intenta apaciguarlas en vano) esas viscosas y delgadas patitas tuyas. Entonces te contemplo persuadido de que no somos adversarios, de que el vínculo entre nosotros sigue establecido, de que la influencia de mi retraída potestad nada tuvo que ver con tu condena, de que en consecuencia nuestra relación no debe expiar castigo alguno. Y te perdono entonces el dolor que me causas, y me retiro llevándome tu silenciosa bendición, mi ofuscado, mi huraño, mi contrahecho, mi pobre, mi querido hijo.»
Hermann

Del libro Breviario negro [2015], de Ángel Olgoso [1961- ].

sábado, 29 de julio de 2017

Lecturas de verano

Batiburrillo de lecturas de verano: Lucia Berlin, Ángel Olgoso, Gloria Fuertes, Aristófanes, Swift, Paco Roca, algo sobre zen y sobre género y sobre fotografía, y más cosas pendientes que ni recuerdo....

viernes, 28 de julio de 2017

Gloria

Conozco a Gloria Fuertes desde que era muy pequeño. La recuerdo en la tele, con un chaleco, a veces fumando, y leyendo sus poemas con voz cascada.
Muchísimos años después, por Vero, descubro a la Gloria Fuertes que escribe para mayores. Aunque ella dice que quizá fue al revés, y que fui yo quien se la descubrió a ella. ¿Quién sabe?
Hoy se cumplen 100 años de su nacimiento.

POÉTICA
En esto de escribir no tengo oficio
—ni beneficio—,
pero tengo muchas cosas que os pasan
—y me pasan—
y sé decirlas.

BALANCE
Estoy mejor desde que hice el recuento,
es menos lo que me falta que lo que tengo.

DEBE SER QUE TE QUIERO
Debe ser que te quiero
desde hace siempre.





jueves, 27 de julio de 2017

miércoles, 26 de julio de 2017

martes, 25 de julio de 2017

gente que lee (165)

Marilyn Monroe [1926-1962] fotografiada, leyendo, por Eve Arnold [1912-2012].

lunes, 24 de julio de 2017

Olgoso

Descubriendo a Ángel Olgoso, gracias a Santi, uno de mis compañeros del taller de escritura...

domingo, 23 de julio de 2017

Cincuenta

Desde hace ya unos cuantos meses, en cada luna nueva, cuelgo aquí alguna de las cosas que escribo. Normalmente son cuentos o relatos, minicuentitos, o ejercicios de los que Ángel Zapata nos propone en la Escuela de Escritores...

Hoy lo que me sale es algo que se parece en cierto modo a la entrada de un diario personal.

Lo que me apetece hoy es contar y compartir aquí lo bien que me siento en estos días en que he celebrado con amigxs mis primeros cincuenta años.

Siempre digo que me gusta mucho celebrar cumpleaños, propios y ajenos. Cada vez más. Pero en esta ocasión, en la que por tantos motivos estoy de catarsis personal, ha sido aún más gratificante sentir este chaparrón de amor de amigxs, de familia, de gente más o menos cercana que ha querido alegrarse conmigo de que seguimos aquí.

Y aún me queda, durante los próximos días, alguna celebración privada con gente que no ha podido venir a casa esta semana...


Hace unos meses descubrí una piedra en la dehesa que me pareció un lugar perfecto para celebrar el cumpleaños. Al llegar la fecha, pensé que la logística no era muy buena: no estaba seguro de si iba a venir gente demasiado mayor o demasiado pequeña a la que le costara andar hasta allí, quizá iba a hacer demasiado calor... El caso es que al final hemos celebrado en casa.

Pero hoy, terminando el día y casi la semana, me he acercado yo solo paseando hasta allí. No me he cruzado por el camino más que con un par de señores con su perro y con algunas vacas.
He llegado a la piedra y he podido sentarme en soledad, rodeado sólo por el ruido del aire, los árboles y los pájaros, agradecido y contento, a saborear todo lo bueno que he recibido estos días de gente que me quiere mucho y bien.


Uno de los propósitos para los próximos cincuenta años es ser cada vez más disfrutón. Desde ya. Sin cesar.
No hay otra opción...

Así que, ¡seguimos!, claro...

sábado, 22 de julio de 2017

viernes, 21 de julio de 2017

jueves, 20 de julio de 2017

Si es amor, no duele

Empiezo mis cincuenta en una terraza de El Escorial, con un café, y leyendo Si es amor, no duele, el libro que han publicado hace apenas un par de meses Iván Larreynaga y Pamela Palenciano.
Hace añísimos que sé de Pamela, hace tiemoo hablábamos de ella y de su trabajo en los grupos de hombres en los que he estado, he visto varias veces en Youtube algunos de los vídeos de su monólogo No sólo duelen los golpes, y hace un año o dos tuve ocasión de verla en vivo.

Siempre me ha parecido que el suyo es un trabajo necesario, imprescindible, que trato de compartir con toda la gente que puedo y que me gustaría muy especialmente que conociera gente cercana que quiero y a la que creo que sentaría bien, como me sienta a mí: hermanas, sobrinxs, amigxs.

El año pasado, casualmente, conocí a Iván, con quien compartí el primer taller de escritura que hice en la Escuela de Escritores.

Este librito ha sido uno de los regalos (de María, claro) que me cayeron ayer por mí cumple.
Es (casi) una transcripción del monólogo de Pamela, algo adaptado para ser leído en vez de escuchado en un escenario. Un texto claro, contundente, irrebatible. Igual que me pasa con el monólogo, lo mejor que se me ocurre decir de este libro es que es imprescindible, que hace falta, que no puede no existir.
No podemos quedarnos esperando a que políticxs e instituciones resuelvan el maltrato y la desigualdad, y resuelvan los problemas relacionados con el  género, aunque obviamente debemos seguir exigiéndoselo. Desde mi punto de vista, sin duda, la solución del problema, que no es otra que el desmantelamiento del patriarcado, tiene que pasar por el trabajo personal de cada uno y cada una, y por hacer públicas y compartidas experiencias como la que cuentan Iván y Pamela.

¡Gracias!

¡Seguimos, que estamos en el camino pero aún nos queda mucho!


miércoles, 19 de julio de 2017

gente que lee (164)

Lxs amigxs me regalan, entre otras cosas, libros, claro. Y yo empiezo la mañana de mi (50) cumple de la mejor forma posible...

martes, 18 de julio de 2017

lunes, 17 de julio de 2017

domingo, 16 de julio de 2017

Gulliver

Este sábado hemos tenido un mini taller de fotografía en el Centro de Humanidades de La Cabrera. Otras veces suelo hacer una propuesta que tiene que ver sobre todo con aspectos relacionados con la técnica fotográfica, con la composición, etc...
Esta vez me apetecía cambiar un poco. Estuve pensando en el verano, en los viajes, en la literatura de viajes... y se me ocurrió hacer un taller en el que el tema sobre el que trabajáramos fuera alguna novela de viajes...
Pensé en Alicia, en el Quijote, en Moby Dick, en Robinson Crusoe... y finalmente hicimos una actividad molona y divertida sobre los viajes de Gulliver...
Mola esto de juntar literatura y fotografía...

¡Seguimos!

sábado, 15 de julio de 2017

viernes, 14 de julio de 2017

jueves, 13 de julio de 2017

miércoles, 12 de julio de 2017

Escepticismo

Nunca he podido comprender el mundo y me iré de él llevándome una imagen confusa. Otros pudieron o creyeron armar el rompecabezas de la realidad y lograron distinguir la figura escondida, pero yo viví entreverado con las piezas dispersas, sin saber dónde colocarlas. Así, vivir habrá sido para mí enfrentarme a un juego cuyas reglas se me escaparon y en consecuencia no haber encontrado la solución al acertijo. Por ello lo que he escrito ha sido una tentativa para ordenar la vida y explicármela, tentativa vana que culminó en la elaboración de un inventario de enigmas. La culpa la tiene quizás la naturaleza de mi inteligencia, que es una inteligencia disociadora, ducha en plantearse problemas, pero incapaz de resolverlos. Si alguna certeza adquirí fue que no existen certezas. Lo que es una buena definición del escepticismo.

De las Prosas apátridas del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro [1929-1994].

domingo, 9 de julio de 2017

Vacaciones

Es raro. La mayoría de los gente que conozco lee en vacaciones más de lo que suele leer en otros momentos del año...
A mí, al menos cuando vengo a Algeciras,me suele pasar lo contrario. Entre paseos, quedadas familiares y ratos de playa, dejo poco rato para las novelas...
;o)

sábado, 8 de julio de 2017

viernes, 7 de julio de 2017

jueves, 6 de julio de 2017

miércoles, 5 de julio de 2017

Cambio de ritmo

Cuando vengo a Algeciras a ver a la familia se me cambian los tiempos y las rutinas: visitas, paseos, cafés viendo el tour...
Poco tiempo para leer...

lunes, 3 de julio de 2017

Fin de curso

Hoy terminan dos actividades a las que este curso he dedicado mucho tiempo, energía y neuronas.
Una de ellas es el concurso Relatos en Cadena. Me propuse intentar participar todas las semanas que pudiera, y después de estos diez meses estoy encantado de haber logrado no fallar ninguna de las 32 semanas y de haber conseguido, además, que uno de mis relatos fuera seleccionado en enero para una final semanal.
Y la otra es el taller de escritura creativa que he estado haciendo en la Escuela de Escritores con Ángel Zapata.
En estas últimas semanas me ha costado ir más al día y mantener el ritmo de los deberes,, pero termino con la sensación de haberme llevado lo mejor que alguien puede llevarse de algo así: haber aprendido mucho y haber conocido gente magnífica.
El año que viene más y mejor...
¡Seguimos!

domingo, 2 de julio de 2017

Decálogo

1. El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector a su vez pueda contarlo.
2. La historia del cuento debe ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada y si es inventada real.
3. El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.
4. La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello junto mejor. Si no logra ninguno de estos efectos no existe como cuento.
5. El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin ornamentos ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.
6. El cuento debe sólo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja.
7. El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, informe, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral.
8. El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.
9. En el cuento no puede haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible.
10. El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un sólo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado.   

Encontré este decálogo en la introducción de la edición a los cuentos de Julio Ramón Ribeyro [1929-1994] publicada en la colección Letras Hispánicas de Cátedra.

sábado, 1 de julio de 2017

gente que lee (161)

Las niñas de María Congost. Leyendo, claro...
¡Gracias por la foto!

martes, 27 de junio de 2017

Escribir

Comprendí entonces que escribir, más que transmitir un conocimiento, es acceder a un conocimiento. El acto de escribir nos permite aprehender una realidad que hasta el momento se nos presentaba en forma incompleta, velada, fugitiva o caótica.

Julio Ramón Ribeyro [1929-1994]

lunes, 26 de junio de 2017

Bibliotecario por un día

La semana pasada me propusieron hacer una sustitución a una de las personas que trabajan en la biblioteca del Centro de Humanidades de La Cabrera. Muchísimas veces he pensado que el de bibliotecario, como el de librero, podría ser uno de esos trabajos en el que me lo pasara bien. Sé que ambos trabajos tienen una parte aburrida y rutinaria de ordenar, catalogar, etc. pero también tienen esa parte alucinante de hablar con quienes llegan preguntando qué leer...
El sábado pasé un día tranquilo. Ya casi no quedan estudiantes en la biblioteca, quienes estaban preparando sus oposiciones ya se han examinado, y durante todo el día pasó muy poquita gente a coger o devolver libros. Sólo por la tarde, coincidiendo con la entrada del cine, vinieron unas cuantas personas. Pero a pesar de esa tranquilidad "excesiva" fue una experiencia divertida...
Y al final de la tarde, cuando estábamos a punto de cerrar, llegó una familia preguntando por varios libros que le habían recomendado al pequeño en el colegio y por unas guías de viaje para las vacaciones. Cuando más o menos tenían lo que querían la madre me dijo si tendría algo que le pudiera interesar a él, señalando a un adolescente que se había quedado fuera esperando a que acabaran y que, como la mayoría de los que conozco en mis clases o en mi entorno, lee nada o casi nada. 
Y ahí me vine arriba, tratando de encontrar algo que le pudiera interesar y que, aunque sólo fuera durante unas horas, le enganchara a alguna historia... 
No sé si lo que se llevó le animó a leer y lo disfrutó, pero me gustó intentarlo...