He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]

lunes, 23 de enero de 2017

Un regalo, una sorpresa

Aquella fue la primera vez que vi con mis propios ojos los efectos terapéuticos de la literatura en su autor. Sabía que los libros pueden a veces ayudar a otros, a los lectores, para quienes son un regalo, una sorpresa, pero estaba convencido de que el autor, una vez acabados, no obtiene de ellos ningún provecho intelectual ni puede obtenerlo. En cambio allí, en el cuartucho-taller de Czapski, abarrotado todavía de caballetes —por desgracia entonces ya en desuso—, resultaba que lo almacenado en un ensayo o un libro, o en la cita de algún autor predilecto, podía funcionar como una inyección rejuvenecedora, aunque sus efectos no duraran más de media hora. Huelga decir cuán conmovedor era eso y qué significado otorgaba a la lectura en voz alta.

Desde una islita remota de Filipinas, Vero me envía este párrafo de un libro que aún no he leído pero que, viniendo de ella la recomendación, seguro que promete: En defensa del fervor [2002], de Adam Zagajewski [1945- ].

domingo, 22 de enero de 2017

sábado, 21 de enero de 2017

Poesía en el CLS

La mayoría de quienes asistimos al Club de Lectura Serrano no solemos leer habitualmente poesía. Así que hace un par de sesiones se nos ocurrió que podría ser una buena idea dedicar una a hacer una lista de propuestas (poetas y libros) que nos sirviera para tantear cosas que nos pudieran gustar.
Ayer tuvimos la quedada y nos salió una lista variada, dispar y apetecible...
  • (Tras)lúcidas. Poesía escrita por mujeres [1980-2016].
  • Cenizas en los labios. Angelina Gatell [1926-2016].
  • Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Pablo Neruda [1904-1973].
  • Hojas de hierba. Walt Whitman [1819-1992].
Y también salieron en la conversación Marcos Ana, Gabriel Aresti, Miguel Hernández, Lope de Vega y más... y hablamos de género y de privilegios masculinos y de literatura escrita por y para hombres y/o por y para mujeres y hablamos (muy poquito) de Donald Trump.

Y nos hemos puesto deberes para los próximos meses:
  • Febrero :: nos hemos propuesto leer algún "clásico" y hemos elegido Luces de bohemia de Valle-Inclán.
  • Marzo :: dedicaremos la sesión a algún tema relacionado con el género... aún no está definido del todo qué leer y de qué hablar, pero en la conversación salieron como propuesta los cuentos de Alice Munro.
  • Abril :: literatura de viajes.
  • Mayo :: literatura clásica griega y/o romana.
¡¡¡Seguimos!!!

viernes, 20 de enero de 2017

jueves, 19 de enero de 2017

La máquina de hacer cosquillas

La penúltima vez que el padre entró en la librería de la plaza —de eso hace ya un año— fue con su hija. Cada domingo, iban a comprar el periódico y, de paso, le echaban un vistazo a la sección de libros infantiles. Hojeaban volúmenes ilustrados con cocodrilos rojos, conejos azules, jirafas verdes, y al padre le admiraba esa obsesión por cambiar el color de las cosas: naranjas amarillas, plátanos rosas, manzanas moradas. De vez en cuando, se llevaban uno. A la niña le hacía ilusión llevar el libro hasta el mostrador, dejarlo junto a la caja y esperar a que la dependienta —siempre la misma— lo metiera en una bolsa y le dijera cualquier cosa. Un día, la dependienta le regaló un huevo de chocolate envuelto en papel de plata. La niña lo llevó en la mano como un trofeo y no lo abrió hasta llegar a casa. De domingo en domingo, aquella ceremonia se fue convirtiendo en una tradición. Con una insistencia que incomodaba un poco al padre —sobre todo cuando sólo compraban el periódico—, la niña se plantaba ante el mostrador esperando —con el silencio de alguien que justo empieza a hablar y los ojos bien abiertos— recibir el huevo que la dependienta le regalaba.
Hasta que pasó lo que pasó.
El padre no volvió a la librería. Durante meses, tuvo que recuperarse, medicarse, encontrar el norte. De vez en cuando, un vendaval de postración lo destruía todo y era necesario volver a empezar: bocanadas de pasado que, organizadas en emboscada, lo atacaban con imágenes de una insultante nitidez, como cuando recordaba el día en el que inventaron el juego de la máquina de hacer cosquillas. El padre la perseguía moviendo los dedos de las manos como si fueran las patas de una araña, se acercaba a la niña, la levantaba e, imitando la voz de un monstruo televisivo, decía: «¡Cuidado con la máquina de hacer cosquillas!» Y ella pedía más y más, y se reía con unas carcajadas que el padre nunca más volverá a escuchar. De eso hace un año, aunque a él le parezca que hayan pasado treinta. 
Ayer, sin embargo, tuvo que volver a la librería. Se había comprometido a comprar un libro para un amigo que cumple años —la vida continúa, no se cansan de repetírselo— y, como lo había ido dejando hasta el último momento, no le quedó más remedio que acudir a uno de los pocos sitios abiertos en domingo. En el momento de entrar, deseó que, como mínimo, la dependienta no fuera la misma. También se prometió a sí mismo no acercarse a la sección de libros infantiles y poner en práctica todos los consejos de la gente que, de buena fe, ha intentado ayudarle. La dependienta era la misma. Lo saludó como si de verdad se alegrase de verlo y le preguntó por la niña. Haciendo de tripas corazón, el padre mantuvo una sonrisa de circunstancias atascada en los labios hasta que, entre dientes, consiguió mentir:
—Se ha quedado en casa. Está un poco resfriada.
Con una amabilidad que él no había previsto, la dependienta le ofreció un huevo de chocolate. 
—Toma. Dáselo de mi parte. 
Salió de la librería sin el libro que había ido a comprar. Entro en el coche. Miró el huevo. Antes de que los dedos le temblaran demasiado, lo desenvolvió procurando no romperlo y, lentamente, se lo fue comiendo. Sin apetito. Incapaz de guardarlo porque le habría recordado demasiado a la niña. Incapaz de tirarlo, porque le habría parecido una traición a su intensa, perdurable memoria.  

Del libro El último libro de Sergi Pàmies [2000] de Sergi Pàmies [1960- ].

martes, 17 de enero de 2017

Calderón

Hoy se cumplen 416 años del nacimiento en Madrid de Pedro Calderón de la Barca [1600-1681].

lunes, 16 de enero de 2017

Final semanal

Esta mañana, volviendo en tren de Algeciras a Madrid, me han llamado de la Cadena Ser para decirme que el mio era uno de los tres minicuentitos finalistas de la final semanal de hoy del concurso Relatos en Cadena.
Me han alegrado el resto del viaje y del día.

No he pasado a la final mensual. Y ha sido extraño porque todo el mundo me ha escrito diciéndome que sin ninguna duda era mejor mi minicuentito que los otros dos: amistades, compañeros del taller de escritura, mi madre y mis tíos y toda mi familia....
;-)))

Pero sigo más contento que ná: me quedo con que de los 790 presentados esta semana el mío ha sido uno de los tres elegidos.

Y ya pensando en el de la semana que viene...
¡¡¡Seguimos!!!

domingo, 15 de enero de 2017

Eso es tarea facilísima

[...]
Morcillero :: Dime: ¿Cómo llegaré a ser alguien, si soy un morcillero?
Demóstenes :: Por eso mismo te engrandecerás, porque eres ruin, procedes del mercado y tienes desparpajo.
M :: No creo merecer tanta categoría.
D :: ¡Ay de mí! ¿Por qué razón dices no merecerla? Me pareces consciente de tener cierta virtud. ¿Acaso eres de buena familia?
M :: No, ¡por los dioses!, que yo sepa, vengo de gente ruin.
D :: ¡Oh! bienaventurado, ¡qué suerte tienes!, ¡qué buena condición la tuya para la política!
M :: Pero si ni siquiera sé, buen hombre, lo de la escuela, salvo las letras, y encima muy requetemal.
D :: Sólo eso te perjudica: saberlas muy requetemal. El liderazgo del pueblo no le va al hombre instruido, ni al honrado en su forma de ser, sino al ignorante y al corrupto. Conque no dejes escapar lo que te ofrecen los dioses en sus oráculos.
[...]
M :: Los oráculos me halagan. Pero me pregunto cómo seré yo capaz de gobernar al pueblo.
D :: Eso es tarea facilísima. Haz cabalmente lo que haces. Revuelve todos los asuntos, hazlos morcilla y congráciate siempre con el pueblo endulzándole con frasecillas de cocinero. Las demás condiciones del liderazgo las reúnes: lenguaje indecente, ruin linaje, eres discutidor. Tienes todo lo necesario para la política.
[...]

De la comedia Los caballeros escrita por Aristófanes [445 aC - 385 aC] hace unos 2400 años y, sin embargo, tan actual...

sábado, 14 de enero de 2017

Carreras

Desde que a Sergio le han comprado la bici está mucho más simpático. Antes ni me hablaba y yo creo que le molestaba que Carlos me llevara a todas partes. Pero ahora es distinto.
—Te echo una carrera —me dice en cuanto llega.
Y Carlos lleva la silla hasta la cuesta y, mientras los demás vigilan en los cruces que no venga ningún coche, echamos una carrera hasta la playa. A veces gana él y a veces gano yo, y entonces Carlos y los demás me felicitan, y me dan palmadas en los hombros, y el primer día incluso levantaron la silla entre todos y me llevaron a hombros hasta la orilla. Pensé que a Sergio le molestaría, pero qué va. Es el primero que viene a recogerme —en cuanto llegamos a la arena las ruedas de la silla se atascan y siempre acabo en el suelo—, el que me da las palmadas más fuertes y el que me pellizca la cara hasta casi hacerme daño. 
—Eres una máquina, taradín —me dice.
Y, aunque a mí no me molesta, procura que Carlos no esté delante porque se pone como una fiera cuando me llama así. La bici de Sergio es roja y tiene unas rayas negras a los lados que parece que la partieran en dos. Da gusto verlo llegar a toda pastilla, pedaleando como un loco entre los chalés hasta que derrapa justo frente a las escaleras. 
—Te echo una carrera —me dice.
Y nos vamos a la cuesta y lo preparamos todo. Es una cuesta larga que llega hasta la playa, al mar que a estas horas está casi siempre oscuro. Carlos me coloca bien y me pide que me agarre fuerte. Sergio se pone las gafas de sol y, aunque sea casi de noche, desconecta el faro porque dice que la dinamo le frena. 
—Cuando quieras —me dice en voz alta. 
Ya nunca espero a que los de los cruces terminen de colocarse.
—A la de tres —le digo y cuento muy rápido.
Uno. Dos. Y siempre arranco antes de decir Tres. Carlos me empuja con fuerza, pero enseguida Sergio se pone delante, pedaleando como un loco, con la cabeza metida dentro del manillar. Pero yo me embalo, rápido, rápido, atento a cada derrape de su rueda de atrás. Antes de llegar al primer crucer hace uno largo y ya me tiene encima, pegado a su rueda. Los demás nos hacen señas, gritan, pero Sergio derrapa otra vez y estoy a su altura. Y ya solo es el viento, las casas deslizándose a toda velocidad a nuestro lado, el segundo cruce cada vez más cerca y al fondo la línea clara de la playa y el mar oscuro. A partir de aquí ya solo es cuestión de suerte. 

Del libro Ahora tan lejos [2012] de Javier Sagarna [1964- ].

El día de Reyes me di una vuelta por varias librerías de Malasaña buscando algunos regalos y aproveché para hacerme también alguno a mí mismo.
Por casualidad, en la misma tarde, y en dos librerías distintas, di con Materia oscura, uno de los libros de mi profe Ángel Zapata, y con Ahora tan lejos, de Javier Sagarna, el director de la Escuela de Escritores. Han sido dos de mis primeras lecturas de este año recién empezado y, a ratos, ha habido algunas cosas que me ha dado mucha envidia no haberlas escrito yo, como este cuentito de apenas dos páginas sobre unos niños echando carreras...

viernes, 13 de enero de 2017

jueves, 12 de enero de 2017

Así fue

Robert Kennedy, cuya casa de veraneo está a unos doce kilómetros de mi residencia habitual, sufrió un atentado hace dos noches. Murió anoche. Así fue.
Martin Luther King sufrió un atentado hace un mes. También murió. Así fue.
Y cada día, mi gobierno me pasa cuentas de los cadáveres logrados por la ciencia militar en Vietnam. Así es.
Mi padre, que murió hace muchos años por causas naturales, era un hombre tranquilo. Tenía una importante colección de armas de fuego y me la legó. Se están enmoheciendo.

De la novela Matadero cinco [1969] de Kurt Vonnegut [1922-2007].

miércoles, 11 de enero de 2017

martes, 10 de enero de 2017

lunes, 9 de enero de 2017

El libro de las maravillas

Según la wikipedia, hoy (o ayer) hace 692 años de la muerte de Marco Polo [1254-1324], autor de El libro de las maravillas.

domingo, 8 de enero de 2017

Mis libros de 2016

Biografía del silencio Pablo d'Ors
La ciudad de las bestias Isabel Allende
¿Qué vemos cuando leemos? Peter Mendelsund
Bartleby, el escribiente Herman Melville
Sí, ya me acuerdo Marcello Mastroianni
En movimiento Oliver Sacks
Campos verdes, campos grises Ursula Wölfel
Setecientos millones de rinocerontes Manuel Vilas
El amor en tiempos de los desguaces de coches David Minayo
Soportar la noche David Minayo
La utilidad de lo inútil Nuccio Ordine
Cartas a un joven poeta Rainer Maria Rilke
Antes del futuro imperfecto Medardo Fraile
A media página Medardo Fraile
Con los días contados Medardo Fraile
Joan Fontcuberta habla con Cristina Zelich Fontcuberta / Zelich
El azar de la mujer rubia Manuel Vicent
Número cero Umberto Eco
Todas las mañanas del mundo Pascal Quignard
Tres Navidades Quim Monzó
Literatura y vida Augusto Monterroso
Mujeres y libros Stefan Bollmann
Noticias de la noche (Jaritos 1) Petros Markaris
El marciano Andy Weir
Cuerpos sucesivos Manuel Vicent
Artistas sin obra Jean-Yves Jouannais
Es fácil perder peso Allen Carr
Sobre el bloqueo del escritor Victoria Nelson
Mundo escrito y mundo no escrito Italo Calvino
Escritos sobre el arte de escribir Franz Kafka
La perla John Steinbeck
El fin Soledad Puértolas
Alfabeto de las pulgas y otros textos sueltos Bernardo Atxaga
Mozart camino de Praga Eduard Mörike
El elefante Sławomir Mrożek
Doctor Pasavento Enrique Vila-Matas
Diario íntimo de Sally Mara Raymond Queneau
Siempre somos demasiado buenos con las mujeres Raymond Queneau
Flores azules Raymond Queneau
Zazie en el metro Raymond Queneau
Espantapájaros (al alcance de todos) Oliverio Girondo
Retorno de las estrellas Stanisław Lem
La camarera Markus Orths
La invención de Morel Adolfo Bioy Casares
La subasta del lote 49 Thomas Pynchon
Palomar Italo Calvino
El loco Gibran Khalil Gibran
Imprenta Babel Andreu Carranza
En la ciudad, una esquina María González Reyes y Virginia Pedrero Boceta
Palabras que nos sostienen María González Reyes y Virginia Pedrero Boceta
Alba, reina de las avispas Emma Cohen
El arte de tocarte Fran Fernández
El gato Georges Simenon
El Soplao y otros relatos VV. AA. Moralzarzal
Los hombres que no amaban a las mujeres (Millennium 1) Stieg Larsson
La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (Millennium 2) Stieg Larsson
La reina en el palacio de las corrientes de aire (Millennium 3) Stieg Larsson
Saludos cordiales Andrea Barjani
Hordubal Karel Čapek
Sumisión Michel Houellebecq
Cinco semanas en globo Julio Verne
Viaje al centro de la Tierra Julio Verne
Los ingleses en el Polo Norte Julio Verne
El desierto de hielo Julio Verne
Balzac y la joven costurera china Dai Sijie
La nieve está vacía Benjamín Prado
Crónicas de motel Sam Shepard
Profundidades Henning Mankell
Teatro español en un acto (1940-1952) ed. Medardo Fraile
El porqué de las cosas Quim Monzó
Si te comes un limón sin hacer muecas Sergi Pàmies
El gran cambiazo Roald Dahl
El tiempo entre costuras María Dueñas
Relatos de lo inesperado Roald Dahl
Guadalajara Quim Monzó
Ficciones Jorge Luis Borges
El jugador Fiódor Dostoyevski


Y aquí están las cosas que he leído en los últimos años...

sábado, 7 de enero de 2017

Lo esencial

[...] aquello le llevaba todo el tiempo y quedaban pocas horas libres para los hijos, para esas preguntas infantiles que pueden aproximarnos a lo esencial. Papá, ¿por qué no se cae el sol, por qué no vemos el viento, por qué no pueden hablar las flores, adónde se va la oscuridad en verano, adónde la luz en invierno, por qué muere la gente, por qué tenemos que comer animales, no les da pena a ellos morirse, cuándo morirá el mundo?

De la novela Entre cielo y tierra [2007] del escritor islandés Jón Kalman Stefánsson [1963- ].

viernes, 6 de enero de 2017

Las desiertas abarcas

  Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

  Y encontraba los días
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

  Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

  Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

  Por el cinco de enero, 
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

  Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

  Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

  Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

  Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

  Por el cinco de enero
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

  Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas, 
mis barcas desiertas.

Miguel Hernández [1910-1942]
Gracias, María, por compartirlo...

martes, 3 de enero de 2017

Como una epidemia...

[...] Como una epidemia, los presagios de la inminente Navidad se extienden por la ciudad. En pocos días, la purpurina y el algodón de barbas y nieve postizas contaminan todos los edificios. Su apartamento no es una excepción. Una corona de muérdago convierte la puerta en una especie de ataúd en posición vertical. Iluminado por intermitencias de ritmo previsible, un abeto decora el salón comedor. Vivir solo nunca ha sido un obstáculo para apuntarse a la tradición, constata. Al contrario. Le parece que, de este modo, combate la creencia según la cual las fiestas navideñas son para compartir no se sabe muy bien qué especie de espíritu familiar. Para él, sólo es un espectáculo que no quiere perderse. En Nochebuena, dejará las zapatillas al pie del árbol y, a la mañana siguiente, correrá a abrir los paquetes que, unas horas antes —y sigilosamente—, él mismo habrá colocado bajo las ramas de verde plastificado. Mientras tanto, tiene que pasar por el suplicio de elegir los regalos. De entrada, rechaza los demasiado prácticos: licuadoras, cepillos de dientes eléctricos, calcetines. Tampoco quiere saber nada de estilográficas. [...]

Del cuento El océano pacífico, de Sergi Pàmies [1960- ], incluido en El último libro de Sergi Pàmies [2000].

lunes, 2 de enero de 2017

10 + 1 propósitos de año nuevo...

Quiero volver a leer el Quijote y El Señor de los Anillos.
Quiero seguir leyendo autores clásicos.
Quiero leer más sobre ciencia, sobre género y sobre historia.
Quiero leer mucha más poesía y muchos más cuentos.
Quiero leer a Proust.
Quiero seguir yendo a nuestro Club de Lectura Serrano.
Quiero seguir escribiendo.
Quiero continuar en los cursos de Ángel Zapata de la Escuela de Escritores.
Quiero participar en concursos y seguir escribiendo Relatos en Cadena.
Quiero publicar este año, sí o sí, Úrsula y el Árbol.

Y quiero seguir con este blog que me sienta tan bien...

domingo, 1 de enero de 2017

2017

En el 2017 sigo con el Capítulo VI, contentísimo por las casi 850 entradas que van ya acumuladas en estos años, montones de cosas que leo y cosas que escribo, y con ganas de muchas más...
Y encantado de saber que hay por ahí un montón de amigxs que las leen...
¡Gracias!

sábado, 31 de diciembre de 2016

¡Seguimos!

Termino el año ordenando libros en mi Casita nueva, buscándoles lugar, abriendo cajas que aún tengo pendientes desde la mudanza... y pensando en qué leeré (y escribiré) el año que viene...

¡¡¡Seguimos!!!

viernes, 30 de diciembre de 2016

Lo que más me ha gustado este año

Ésta de final de año es época de listas. Aquí va la de los libros que más me han interesado de los que he leído durante este 2016:

Novelas y relatos:
Cuentos:
Ensayos:
(Auto)biografías:
Relecturas que me han vuelto a gustar mucho, mucho:
Sobre género:
Y algunos otros libros difíciles de clasificar:
(De los libros que no me han gustado tanto, que también ha habido algunos este año, no suelo hablar en este blog....)

¡¡¡Seguimos!!!

jueves, 29 de diciembre de 2016

Postdata

…Te quiere, mamá.
P.D. Por cierto, no vengas mañana a comer. Tu padre y yo tenemos que ir a ver a la abuela. Por lo visto últimamente pasa mucho tiempo con un señor que ha conocido en la residencia. Incluso pidió que la cambiaran de habitación para compartir una con él. Nos hizo gracia, claro, y nos gustó oírla tan contenta. Pero ayer llamaron diciéndonos que tenemos que hablar con ella. Ya te contaremos, pero parece que hay mucha gente quejándose porque tu abuela y su amigo no dejan dormir a nadie con tanta risita y tanto gemido nocturno.


La directora
Estimada Sra.
Me pongo en contacto con usted para comentarle algunos sucesos ocurridos recientemente relacionados con su madre y que están afectando a la buena marcha de las hábitos de nuestra residencia.
Como sabe, el espíritu de nuestra casa es que quienes residen aquí se sientan efectivamente como en casa. Queremos que éste sea su hogar y que disfruten de sus años dorados con toda la libertad y felicidad que sea posible. Desde esta perspectiva, abierta, tolerante y de atención personalizadísima a nuestros residentes, somos receptivos a todo tipo de comportamientos siempre que no trastornen el buen funcionamiento de esta pequeña sociedad que formamos.
Recientemente su madre, como sin duda usted conoce, ha entablado una relación muy estrecha con otro de nuestros residentes, un señor de su edad, como es fácil de imaginar. Hasta ahí, naturalmente, no hay ningún problema. Hace algunas semanas nos solicitaron si era posible un cambio de habitaciones para poder compartir una entre los dos. Viendo que ambos estaban ilusionados con la idea, y muy lejos de sospechar que eso pudiera ocasionar el más mínimo problema, accedimos a su petición y les trasladamos a una de nuestras habitaciones dobles.
Cuál sería nuestra sorpresa cuando pasaron los días, y comenzamos a recibir numerosas quejas de otros de nuestros residentes, en las que nos comunicaban que su madre y el señor mencionado, estaban provocando numerosas molestias por sus actividades nocturnas.
Como ya sospechará, me resulta enormemente embarazoso transmitirle estos hechos y prefiero, si puedo evitarlo, no entrar en detalles escabrosos. Pero sí me gustaría pedirle su comprensión ante un comportamiento tan irregular y desearía solicitarle encarecidamente que nos hiciera una visita tan pronto como fuera posible para que hable con su madre y le haga saber que sus nuevos hábitos están resultando molestos para algunos de sus compañeros.
Sin otro particular, pidiéndole disculpas por las molestias que este imprevisto tan desagradable le pudiera ocasionar, y esperando podamos vernos a la mayor brevedad posible, me despide de usted atentamente.


El nieto
Hola. Que si quieres quedamos mañana al mediodía como habíamos hablado. Al final no voy a comer con mis padres. Mi madre me ha escrito un mail contándome que tienen que ir a ver a mi abuela a la residencia. ¡Muy heavy! Me dice que mi abuela se ha ligado a uno de los abueletes que están con ella allí. ¡Flipa! Por lo visto se han pedido una habitación a pachas y todo, y se pasan las noches sin parar de follar... Así que la directora de la residencia está ya frita de las quejas de los demás viejos y ha llamado a mis padres para que le pongan las pilas a la abuela y le pidan que se corte un poco... Aunque parece que quien últimamente le pone las pilas a la abuela es su colega... jejeje...


Unas residentes
—Parece mentira, una señora de su edad, tan seria.
—Y ese señor, que también parecía tan formal.
—Bueno, yo a él le he visto siempre un poco más zascandil de lo debido. Alguna vez me pareció que tenía las manos un poquito más largas de lo normal, fíjate lo que te digo. ¡Un fresco! De hecho creo que fue él quien pidió que les dieran una habitación para compartir.
—No sé qué decirte. Él será más o menos golfete, pero ella es una mujer y debería tener más cuidado.
—La verdad es que hay que ser descarados para, con la edad que tenemos todos aquí, estar juntos en la misma habitación. ¿Qué se creerán esos dos que van a hacer a estas alturas? Ese hombre será muy zascandil, como tú dices, pero lo que tiene ahí estará ya más seco que una mojama...
—¡Calla, descarada! ¡Que me haces reír con esas picardías que dices!
—Pero si es verdad...
—He oído que la directora ha llamado a la hija de ella.
—¿Y eso?
—Para que venga y meta un poco en vereda a la madre. Creo que viene mañana con el yerno.
—Pues ha hecho muy bien.
—Yo, si te digo la verdad, me moriría de vergüenza si el director pidiera a uno de mis hijos que viniera para llamarme la atención. Y más por una cosa así. No sabría ni dónde meterme.
—A ver si hace efecto la visita y dejan de molestar. Porque será verdad que con la pila de años que tienen esos dos poco podrán hacer, pero vaya escandalera que hacen cada noche con tanto ruidito y tanta risa y tanta tontería...
—¡Calla, anda, que parece que te recreas...!


El amigo
De verdad que esta tía es una cachonda. ¿Me dices en serio eso de que la directora ha llamado a tu hija para que venga a regañarte? ¡No me lo puedo creer! Cuidado, espera, espera... así mejor, que al apoyarte me estabas pillando una mano ahí... Pues sí, ya me pareció que nos ponía una cara rara cuando le dijimos lo de la habitación compartida. Pero a mí no me parecía tan extraño que si estamos aquí y nos apetece pasar tiempo juntos, también queramos pasar las noches juntos, ¿no? Pues no es tan raro... Aunque claro, seguro que hay un montón de gente por ahí que no sé si por envidia o por aburrimiento o por lo que sea habrá empezado a protestar. Seguro que hay quien dice que hacemos ruído. ¡Pero si la mitad de ellos están sordos como tapias, que tienen todo el día a tope el volumen de la tele y ni así se enteran! ¡Ay! ¡Espera! ¡No me hagas eso! Que ya sabes que me hace muchas cosquillas cuando me tocas por ahí y entonces me da la risa y protestan los vecinos porque no les dejamos dormir... ¡Ay! ¡No, no, no...!

La Cabrera, diciembre de 2016.

Licencia Creative Commons
Postdata por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

***

Esta vez, para la luna nueva de hoy, he "reciclado" un par de cosas que he escrito durante estas últimas semanas.
La primera historia, que da título a la entrada, es uno de los minicuentitos que estoy enviando al concurso Relatos en Cadena, el número 12.
En esos mismos días Ángel Zapata, mi profe de escritura creativa en la Escuela de Escritores, nos propuso como "deberes" escribir una misma narración desde varios puntos de vista y con varios tonos diferentes, al modo de Raymond Queneau en sus Ejercicios de estilo. Así, elegí a varios de los personajes implicados en la historia original y traté de contarla con sus propias voces.

Esto que cuelgo hoy es el resultado de esos "juegos"...

miércoles, 28 de diciembre de 2016

gente que lee (125)

Hoy se cumplen 144 años del nacimiento de Pío Baroja [1872-1956].

martes, 27 de diciembre de 2016

Estás a punto de empezar a leer...

Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Recógete. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida. Dilo en seguida, a los demás: «¡No, no quiero ver la televisión!» Alza la voz, si no te oyen: «¡Estoy leyendo! ¡No quiero que me molesten!» Quizá no te han oído, con todo ese estruendo; dilo más fuerte, grita: «¡Estoy empezando a leer la nueva novela de Italo Calvino!» O no lo digas si no quieres; esperemos que te dejen en paz.
Adopta la postura más cómoda: sentado, tumbado, aovillado, acostado. Acostado de espaldas, de costado, boca abajo. En un sillón, en el sofá, en la mecedora, en la tumbona, en el puf. En la hamaca, si tienes una hamaca. Sobre la cama, naturalmente, o dentro de la cama. También puedes ponerte cabeza abajo, en postura yoga. Con el libro invertido, claro.
La verdad, no se logra encontrar la postura ideal para leer. Antaño se leía de pie, ante un atril. Se estaba acostumbrado a permanecer de pie. Se descansaba así cuando se estaba cansado de montar a caballo. A caballo a nadie se le ha ocurrido nunca leer; y sin embargo ahora la idea de leer en el arzón, el libro colocado sobre las crines del caballo, acaso colgado de las orejas del caballo mediante una guarnición especial, te parece atrayente. Con los pies en los estribos se debería estar muy cómodo para leer; tener los pies en alto es la primera condición para disfrutar de la lectura.
Bueno, ¿a qué esperas? Extiende las piernas, alarga también los pies sobre un cojín, sobre dos cojines, sobre los brazos del sofá, sobre las orejas del sillón, sobre la mesita del té, sobre el escritorio, sobre el piano, sobre el globo terráqueo. Quítate los zapatos, primero. Si quieres tener los pies en alto; si no, vuélvetelos a poner. Y ahora no te quedes ahí con los zapatos en una mano y el libro en la otra.
Regula la luz de modo que no te fatigue la vista. Hazlo ahora, porque en cuanto te hayas sumido en la lectura ya no habrá forma de moverte. Haz de modo que la página no quede en sombra, un adensarse de letras negras sobre un fondo gris, uniformes como un tropel de ratone; pero ten cuidado de que no le caiga encima una luz demasiado fuerte y que no se refleje sobre la cruda blancura del papel royendo las sombras de los caracteres como en un mediodía del Sur. Trata de prever ahora todo lo que pueda evitarte interrumpir la lectura. Los cigarrillos al alcance de la mano, si fumas, el cenicero. ¿Qué falta aún? ¿Tienes que hacer pis? Bueno, tú sabrás.
No es que esperes nada particular de este libro en particular. Eres alguien que por principio no espera ya nada de nada. Hay muchos, más jóvenes que tú y menos jóvenes, que viven a la espera de experiencias extraordinarias; de los libros, de las personas, de los viajes, de los acontecimientos, de lo que el mañana guarda en reserva. Tú no. Tú sabes que lo mejor que uno puede esperar es evitar lo peor. Esta es la conclusión a la que has llegado, tanto en la vida personal como en las cuestiones generales y hasta en las mundiales. ¿Y con los libros? Eso es, precisamente porque lo has excluido en cualquier otro terreno, crees que es justo concederte aún este placer juvenil de la expectativa en un sector bien circunscrito como el de los libros, donde te puede ir mal o ir bien, pero el riesgo de la desilusión no es grave.
Conque has visto en un periódico que había salido Si una noche de invierno un viajero, nuevo libro de Italo Calvino, que no publicaba hacía varios años. Has pasado por la librería y has comprado el volumen. Has hecho bien.
Ya en el escaparate de la librería localizaste la portada con el título que buscabas. Siguiendo esa huella visual te abriste paso en la tienda a través de la tupida barrera de los Libros Que No Has Leído que te miraban ceñudos desde mostradores y estanterías tratando de intimidarte. Pero tú sabes que no debes dejarte imponer respeto, que entre ellos se despliegan hectáreas y hectáreas de los Libros Que Puedes Prescindir De Leer, de los Libros Hechos Para Otros Usos Que La Lectura, de los Libros Ya Leídos Sin Necesidad Siquiera De Abrirlos Pues Pertenecen A La Categoría De Lo Ya Leído Antes Aún De Haber Sido Escrito. Y así superas el primer cinturón de baluartes y te cae encima la infantería de los Libros Que Si Tuvieras Más Vidas Que Vivir Ciertamente Los Leerías También De Buen Grado Pero Por Desgracia Los Días Que Tienes Que Vivir Son Los Que Son. Con rápido movimiento saltas sobre ellos y llegas en medio de las falanges de los Libros Que Tienes Intención De Leer Aunque Antes Deberías Leer Otros, de los Libros Demasiado Caros Que Podrías Esperar A Comprarlos Cuando Los Revendan A Mitad De Precio, de los Libros Idem De Idem Cuando Los Reediten En Bolsillo, de los Libros Que Podrías Pedirle A Alguien Que Te Preste, de los Libros Que Todos Han Leído Conque Es Casi Como Si Los Hubieras Leído También Tú. Eludiendo estos asaltos, llegas bajo las torres del fortín, donde ofrecen resistencia
los Libros Que Hace Mucho Tiempo Tienes Programado Leer,
los Libros Que Buscabas Desde Hace Años Sin Encontrarlos,
los Libros Que Se Refieren A Algo Que Te Interesa En Este Momento,
los Libros Que Quieres Tener Al Alcance De La Mano Por Si Acaso,
los Libros Que Podrías Apartar Para Leerlos A Lo Mejor Este Verano,
los Libros Que Te Faltan Para Colocarlos Junto A Otros Libros En Tu Estantería,
los Libros Que Te Inspiran Una Curiosidad Repentina, Frenética Y No Claramente Justificable.
Hete aquí que te ha sido posible reducir el número ilimitado de fuerzas en presencia a un conjunto muy grande, sí, pero en cualquier caso calculable con un número finito, aunque este relativo alivio se vea acechado por las emboscadas de los Libros Leídos Hace Tanto Tiempo Que Sería Hora De Releerlos y de los Libros Que Has Fingido Siempre Haber Leído Mientras Que Ya Sería Hora De Que Te Decidieses A Leerlos De Veras.
Te liberas con rápidos zigzags y penetras de un salto en la ciudadela de las Novedades Cuyo Autor O Tema Te Atrae. También en el interior de esta fortaleza puedes practicar brechas entre las escuadras de los defensores dividiéndolas en Novedades De Autores O Temas No Nuevos (para ti o en absoluto) y Novedades De Autores O Temas Completamente Desconocidos (al menos para ti) y definir la atracción que sobre ti ejercen basándote en tus deseos y necesidades de nuevo y de no nuevo (de lo nuevo que buscas en lo no nuevo y de lo no nuevo que buscas en lo nuevo).
Todo esto para decir que, recorridos rápidamente con la mirada los títulos de los volúmenes expuestos en la librería, has encaminado tus pasos hacia una pila de Si una noche de invierno un viajero recién impresos, has agarrado un ejemplar y lo has llevado a la caja para que se estableciera tu derecho de propiedad sobre él.
Has echado aún un vistazo extraviado a los libros de alrededor (o mejor dicho, eran los libros los que te miraban con el aire extraviado de los perros que desde las jaulas de la perrera municipal ven a un ex compañero alejarse tras la correa del amo venido a rescatarlo) y has salido.
Es un placer especial el que te proporciona el libro recién publicado, no es sólo un libro lo que llevas contigo sino su novedad, que podría ser también sólo la del objeto salido ahora mismo de la fábrica, la belleza de la juventud con que también los libros se adornan, que dura hasta que la portada empieza a amarillear, un velo de smog a depositarse sobre el canto, el lomo a descoserse por las esquinas, en el rápido otoño de las bibliotecas. No, tú esperas siempre tropezar con una novedad auténtica, que habiendo sido novedad una vez continúe siéndolo para siempre. Al haber leído el libro recién salido, te apropiarás de esta novedad desde el primer instante, sin tener después de perseguirla, acosarla. ¿Será esta la vez de veras? Nunca se sabe. Veamos cómo empieza. 
Quizá ya en la librería has empezado a hojear el libro. ¿O no has podido, porque estaba envuelto en su capullo de celofán? Ahora estás en el autobús, de pie, entre la gente, colgado por un brazo de una anilla, y empiezas a abrir el paquete con la mano libre, con gestos un poco de mono, un mono que quiere pelar un plátano y al mismo tiempo mantenerse aferrado a la rama. Mira que le estás dando codazos a los vecinos; pide perdón, por lo menos.
O quizá el librero no ha empaquetado el volumen; te lo ha dado en una bolsa. Eso simplifica las cosas. Estás al volante de tu coche, parado en un semáforo, sacas el libro de la bolsa, desgarras la envoltura transparente, te pones a leer las primeras líneas. Te llueve una tempestad de bocinazos; hay luz verde; estás obstruyendo el tráfico.
Estás en tu mesa de trabajo, tienes el libro colocado como al azar entre los papeles profesionales, en cierto momento apartas un dossier y encuentras el libro bajo los ojos, lo abres con aire distraído, apoyas los codos en la mesa, apoyas las sienes en las manos cerradas en puño, pareces concentrado en el examen de un expediente y en cambio estás explorando las primeras páginas de la novela. Poco a poco te recuestas en el respaldo, alzas el libro a la altura de la nariz, inclinas la silla en equilibrio sobre las patas posteriores, abres un cajón lateral del escritorio para poner los pies, la posición de los pies durante la lectura es de suma importancia, alargas las piernas sobre la superficie de la mesa, sobre los expedientes no despachados.
Pero ¿no te parece una falta de respeto? De respeto, por supuesto, no a tu trabajo (nadie pretende juzgar tu rendimiento profesional; admitamos que tus tareas se inserten regularmente en el sistema de las actividades improductivas que ocupa tanta parte de la economía nacional y mundial), sino al libro. Peor aún si perteneces en cambio —de grado o por fuerza— al número de esos para quienes trabajar significa trabajar en serio, realizar —intencionadamente o sin hacerlo aposta— algo necesario o al menos no inútil para los demás amén de para sí: entonces el libro que te has llevado contigo al lugar de trabajo como una especie de amuleto o talismán te expone a tentaciones intermitentes, unos cuantos segundos cada vez substraídos al objeto principal de tu atención, sea éste un perforador de fichas electrónicas, los hornillos de una cocina, las palancas de mando de un bulldozer, un paciente tendido con las tripas al aire en la mesa de operaciones.
En suma, es preferible que refrenes la impaciencia y esperes a abrir el libro cuando estés en casa. Ahora sí. Estás en tu habitación, tranquilo, abres el libro por la primera página, no, por la última, antes de nada quieres ver cómo es de largo. No es demasiado largo, por fortuna. Las novelas largas escritas hoy acaso sean un contrasentido: la dimensión del tiempo se ha hecho pedazos, no podemos vivir o pensar sino fragmentos de metralla del tiempo que se alejan cada cual a lo largo de su trayectoria y al punto desaparecen. La continuidad del tiempo podemos encontrarla sólo en las novelas de aquella época en la cual el tiempo no aparecía ya como inmóvil y no todavía como estallando, una época que duró más o menos cien años, y luego se acabó.
Le das vueltas al libro entre las manos, recorres las frases de la contraportada, de la solapa, frases genéricas, que no dicen mucho. Mejor así, no hay un discurso que pretenda superponerse indiscretamente al discurso que el libro deberá comunicar directamente, a lo que tú deberás exprimir del libro, sea poco o mucho. Cierto que también este girar en torno al libro, leerlo alrededor antes de leerlo por dentro, forma parte del placer del libro nuevo, pero como todos los placeres preliminares tiene una duración óptima si se quiere que sirva para empujar hacia el placer más consistente de la consumación del acto, esto es, de la lectura del libro.
Conque ya estás preparado para atacar las primeras líneas de la primera página. Te dispones a reconocer el inconfundible acento del autor. No. No lo reconoces en absoluto. Pero, pensándolo bien, ¿quién ha dicho que este autor tenga un acento inconfundible? Al contrario, se sabe que es un autor que cambia mucho de un libro a otro. Precisamente en estos cambios se reconoce que es él. Pero aquí parece que no tiene nada que ver con todo lo demás que ha escrito, al menos por lo que recuerdas. ¿Es una desilusión? Veamos. Acaso al principio te sientes un poco desorientado, como cuando se te presenta una persona a la que por el nombre identificabas con cierta cara, y tratas de hacer coincidir los rasgos que ves con los que recuerdas, y la cosa no marcha. Pero después prosigues y adviertes que el libro se deja leer de todas maneras, con independencia de lo que te esperabas del autor, es el libro en sí lo que te intriga, e incluso bien pensado prefieres que sea así, hallarte ante algo que aún no sabes bien qué es.

Comienzo de la novela Si una noche de invierno un viajero [1979] del escritor italiano Italo Calvino [1923-1985].

lunes, 26 de diciembre de 2016

Hábitos literarios

En los hábitos literarios también es todopoderosa la idea de un sujeto único. Es raro que los libros estén firmados. No existe el concepto del plagio: se ha establecido que todas las obras son obra de un solo autor, que es intemporal y es anónimo. La crítica suele inventar autores: elige obras disímiles —el Tao Te King y las 1001 Noches, digamos—, las atribuye a un mismo escritor y luego determina con probidad la psicología de ese interesante homme de lettres...
También son distintos los libros. Los de ficción abarcan un solo argumento, con todas las permutaciones imaginables. Los de naturaleza filosófica invariablemente contienen la tesis y la antítesis, el riguroso pro y el contra de una doctrina. Un libro que no encierra su contralibro es considerado incompleto.

Del relato Tlön, Uqbar, Orbis Tertius [1940] de Jorge Luis Borges [1899-1986].

domingo, 25 de diciembre de 2016

He andado muchos caminos

   He andado muchos caminos,
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares,
y atracado en cien riberas.

   En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra,

   y pedantones al paño
que miran, callan, y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.

   Mala gente que camina
y va apestando la tierra...

   Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan, 
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.

   Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan adónde llegan.
Cuando caminan, cabalgan 
a lomos de mula vieja,

   y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.

   Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra.

Antonio Machado [1875-1939]

sábado, 24 de diciembre de 2016

Blanca Navidad

Al principio todo iba normal, si por normal se entiende que un ser fabuloso, de rizos rubios hasta los hombros y alas de pluma de oca, como las que a veces se escapan por las costuras de los edredones, bajara hasta la casa de María y, allí, en el atrio de columnas románicas —eso sí que resultaba extraño: columnas románicas en Nazaret— le anunciara la buena nueva. Pero, en efecto, todo iba exactamente de esa forma: el ser fabuloso, de rizos rubios hasta los hombros y alas de pluma de oca, con ojos almendrados entre el azul, el verde y el rosa, y de una belleza, más que inenarrable, asexuada, descendió hasta la casa de María —una casa humilde pero limpia y muy cuidada, y con tiestos de geranios a lo largo del atrio de columnas, románicas tal como hemos dicho— para anunciarle la buena nueva: que era llena de gracia y bendecida entre todas las mujeres. María se quedó boquiabierta. El arcángel, viendo la turbación de la mujer, comprendió que el aparato escénico había sido realmente impresionante: quizás se les había ido un poco la mano. Para tranquilizarla le dijo que no tenía por qué tener miedo, que simplemente había venido a anunciarle que tendría un hijo al que llamaría Jesús. La mujer —¿cómo no?— aceptó la noticia de buen grado y el arcángel desapareció en un santiamén, con el mismo desparpajo con el que había aparecido. Horas más tarde, cuando su marido, José, volvió del taller —era carpintero—, María le explicó lo sucedido. José se quedó de pasta de boniato.
También entra dentro de la normalidad más absoluta la disposición del emperador Augusto, que ordenaba que todos los súbditos del Imperio Romano se empadronaran, cada uno en el pueblo o en la ciudad de donde su familia fuese originaria. Por eso, José y María tomaron el burro y se fueron a Belén. María iba sobre el animal, sentada de lado, y José a pie, tirando de las riendas. Lo que —como las columnas románicas— tampoco era en absoluto normal era todo aquello de la nieve. Cuando llegaron a Belén vieron que el pueblo entero estaba nevado, hasta el horizonte, sobre el que campaba un cielo negro y con estrellas de cinco y seis puntas, inmóviles y como recortadas. En Palestina la nieve era un fenómeno meteorológico casi ignorado. Generaciones y generaciones de ciudadanos nacían y morían sin haberla conocido, y sin que ello les preocupase lo más mínimo. Y si habían oído hablar de ella era por viajeros de países lejanos, que citaban incluso montes en los que la nieve es perpetua. Los nativos los escuchaban absortos, pero, en cuanto los viajeros acababan su narración, volvían a sus tareas sin que la nieve les hiciese perder ni una hora de sueño. En cambio, ahora todo estaba nevado: las montañas, las calles, los tejados de las casas, el puesto de la castañera... Era nieve polvo, tan polvo que parecía harina. 
Debido a la afluencia de gente para empadronarse, no encontraron ni una habitación libre en todo Belén. Los habitantes no eran demasiado acogedores; ni la imagen de una mujer embarazada los movía a piedad. Por esto se vieron forzados a instalarse en un establo abandonado. Adecentaron un rincón, cerca de un buey adormilado y del burro que llevaban. Fue allí donde, el 25 de diciembre, María dio a luz. Era un niño precioso, saludable y llorón. José lo tomó en brazos para limpiarlo. Pero María requirió de nuevo su atención. Estaba naciendo un segundo niño.
Eran dos niños preciosos, y cada uno con su halo tipo holograma sobre la cabeza. Tras alimentarlos y ponerles los pañales —afortunadamente María había previsto recambios— los acostaron sobre un montón de paja, uno junto al otro. Movían las manos. El buey y el burro contemplaban la escena de reojo.
—¿Estás segura de que te habló de un niño? ¿No diría dos y no te fijaste?
José no entendía qué había pasado. Que fuesen dos trastocaba todos los planes. Incluso algo tan poco importante como lo del nombre. El arcángel había dicho que debía llamarse Jesús. Era un nombre que no les desagradaba; tampoco les entusiasmaba, si tenemos que ser sinceros. En aquella época, los nombres predominantes eran Sandra, Vanessa, Kevin, Jonathan e incluso Sue Ellen, que les parecían frívolos y pretenciosos. José y María habían pensado otros nombres e incluso habían hecho una lista de sus preferidos: David, Samuel, Alejandro, Abel, Moisés, Iván... De todos, el que más les gustaba era Alejandro. Era un nombre sonoro y vibrante. Si el arcángel no hubiese dejado tan claro que tenían que llamarle Jesús, le habrían puesto Alejandro, sin ninguna duda. Pero, en fin, no pudiendo llamarse Alejandro, a María el nombre de Jesús ya le parecía bien. En algún momento, José había propuesto que se llamase como él: José. Muchos amigos suyos ponían su nombre a sus primogénitos. ¿Por qué no él? María no había querido ni oír hablar de un posible cambio.
—El arcángel dijo que debía llamarse Jesús y se llamará Jesús.
No hablaron más del asunto. Se llamaría Jesús; estaba decidido. Pero ahora se encontraban con dos niños, el doble de lo que esperaban. ¿Cómo los llamarían? Después de darle muchas vueltas encontraron la solución. Uno se llamaría Jesús María y el otro Jesús José. Así respetaban la orden de que se llamase Jesús y de paso satisfacían el deseo de José: al menos, uno de los dos se llamaba como él, aunque fuera de segundo nombre. 
Eso no era más que el inicio de las duplicaciones. Desde ese momento —cavilaba José— todo sería doble. Las cunas, los vestiditos, los chupetes, el consumo de dodotis. De su cavilación lo sacó un ruido de cascos. Eran camellos que atravesaban, por un débil puente de madera, las aguas del río, que parecían inmóviles y como de papel de plata. Cuando llegaron al establo, los tres Reyes Magos se quedaron pasmados. Era la misma sorpresa que María y José habían visto en las caras de los pastores que se habían acercado a adorar al niño y, en vez de uno, se habían encontrado con dos. Uno de los pastores, que había traído como regalo un cochecito Jané monoplaza, corrió a cambiarlo por un modelo doble. Melchor, Gaspar y Baltasar —hombres curtidos en mil batallas y duchos en tomar decisiones— reaccionaron de manera rápida y, sin que ni María ni José se diesen cuenta, haciendo como que buscaban los regalos, dividieron en dos partes más o menos iguales el oro, el incienso y la mirra.
¿Eran ambos hijos de Dios? ¿O sólo lo era uno de ellos? La pregunta no tenía respuesta clara porque, si bien al lavarlos en la bañera uno de ellos (Jesús María) caminaba sobre el agua —dejando de piedra no sólo a su hermano, sino también a sus padres—, era el otro (Jesús José) quién, cuando los petitsuís se habían acabado, los multiplicaba sin problemas. Esa dualidad —calculaba Alejandro mientras colocaba el caganer al lado del cura con paraguas— se mantendría a lo largo de los años, hasta el final de sus días. Alejandro volvió a alinear las dos cunitas, contempló una vez más el belén y corrió a llamar a su padre, reputado miembro del Opus Dei, para que fuese a verlo. Confiaba que lo felicitaría por su ingenio: en vez de tirar la figurita del niño Jesús del antiguo pesebre (una de las pocas que no estaban rotas), la había incorporado a las nuevas, que habían comprado el día antes en la feria de Santa Lucía. No sabía que, esa noche, su ingenio le costaría irse a la cama sin cenar.

Del libro Tres Navidades [2003] de Quim Monzó [1952- ].

viernes, 23 de diciembre de 2016

jueves, 22 de diciembre de 2016

miércoles, 21 de diciembre de 2016

martes, 20 de diciembre de 2016

Mío Cid

Gulusmeando por la wikipedia me encuentro con la noticia de que tal día como hoy, el 20 de diciembre de 1960, la Fundación Juan March compró el manuscrito del Cantar del Mío Cid, que hasta entonces había estado en manos privadas, y diez días después, el 30 de diciembre, lo donó a la Biblioteca Nacional, donde permanece hasta hoy.
Me ha hecho recordar a algunos de los profes que tuve en el cole y que tuvieron que ver con mi afición a la lectura de hoy. Sin duda los profesores más importantes que tuve durante mis años de colegio fueron dos de los de bachillerato: el que me dio historia, Ángel Santaolalla, y el que me dio literatura, Vicente Alarcia. Me hicieron descubrir, me divirtieron aprendiendo, me provocaron una curiosidad por muchas cosas que mantengo más de treinta y tantos años después... les debo mucho... Y especialmente al segundo, le debo haber disfrutado muchísimo leyendo cientos de libros en los últimos años. Un día escribiré aquí algo más sobre ellos.

Pero también hubo otros más oscuros... Uno de ellos fue el que teníamos en séptimo en Lengua y literatura. No recuerdo su nombre, para todo el mundo era el Pinocho. Recuerdo que una de las lecturas de ese año fue el Mío Cid. Lo leíamos en clase, en voz alta, una página o un capítulo cada uno, en un castellano antiguo que a nuestros oídos nos parecía ininteligible. A palo seco. Consiguió que lo aborreciéramos durante años. Mucho después, quizá en COU o en la facultad, de motu proprio, lo leí y lo disfruté como un enano. Supongo que no era fácil, pero seguro que había formas de habernos acercado a algo así sin que nos diera alergia.

Para mí sigue siendo todo un misterio (confirmado por amigxs padres o madres, bibliotecarixs, profes...) ésto de cómo hacer que los niños y las niñas y lxs adolescentes se aficionen a la lectura y no pierdan esa afición después...

lunes, 19 de diciembre de 2016

UPMR

Iba acercándose más y más y cuando estuvo a cosa de un cuarto de kilómetro empezó a aminorar la marcha. De pronto me fijé en la forma del radiador. ¡Era un Rolls-Royce! Levanté un brazo y lo mantuve en alto y el cochazo verde, a cuyo volante iba un hombre, se detuvo al lado de mi Lagonda.
Me sentía absolutamente eufórico. De haberse tratado de un Ford o un Morris, me habría alegrado bastante, pero sin llegar a la euforia. El hecho de que se tratara de un Rolls —un Bentley habría surtido el mismo efecto, o un Isotta, u otro Lagonda— era una garantía virtual de que iba a recibir toda la ayuda que necesitase; porque, sépanlo o no ustedes, existe un poderoso sentimiento de hermandad entre las personas poseedoras de automóviles muy costosos. Se respetan unas a otras automáticamente y la razón de tal respeto consiste sencillamente en que la riqueza respeta a la riqueza. A decir verdad, no hay nadie en el mundo a quien una persona muy rica respete más que a otra persona muy rica y, debido a ello, estas personas, como es natural, se buscan mutuamente adondequiera que vayan. Entre ellas se utilizan muchas clases de señales de reconocimiento. Entre las hembras la ostentación de grandes joyas es, tal vez, la más común; pero el automóvil costoso también es una señal favorita y la utilizan ambos sexos. Es una pancarta itinerante, una declaración pública de opulencia y, como tal, es también el carnet de socio de esa excelente sociedad oficiosa llamada la Unión de Personas Muy Ricas. Yo mismo soy socio de solera de dicha sociedad y me encanta serlo. Cuando me encuentro con otro socio, como iba a suceder dentro de unos instantes, siento una compenetración inmediata. Le respeto. Hablamos la misma lengua. Él es uno de los nuestros. Por consiguiente, tenía buenos motivos para sentirme eufórico.

Del cuento El visitante de Roald Dahl [1916-1990].

domingo, 18 de diciembre de 2016

Roald Dahl

Estos días estoy leyendo cuentos para adultxs de Roald Dahl [1916-1990]: El gran cambiazo, Relatos de lo inesperado...
Algunos ya los había leído, pero hace muchísimo y me está encantando releerlos. Son extraordinarios. Muy, muy recomendables.

sábado, 17 de diciembre de 2016

¿Quién ha de hacer los deberes?

Comparto al 100 % cada palabra del artículo que Elvira Lindo publica hoy en El País:

Se me ocurre que hay una sociedad que tiene una serie de deberes pendientes y más aún con los resultados aún calientes de la evaluación Pisa

La leyenda, más que urbana, doméstica, existe: los deberes los hacen los padres. No los míos, desde luego. Ni tampoco los suyos, si compartimos generación. Cuando nosotros éramos niños, las madres, que eran las que solían estar en casa, no estaban muy pendientes de ese asunto. De vez en cuando, se oía la célebre frase “¿no tienes deberes?” en un tono rutinario. Éramos, para bien o para mal, más independientes; para bien o para mal, nuestra primordial misión en la vida como niños era no dar guerra. Y aprobar. Una vez que nos tocó ser padres y madres, en ocasiones, divorciados, vivíamos nuestro papel con culpabilidad, y sí, les hicimos algunos deberes a nuestros niños. Que tire la primera piedra el que no lo hiciera. En mi caso, como mis cualidades pedagógicas son nulas era como que terminaba antes si lo remataba yo. No siempre me pusieron buena nota, la verdad sea dicha.

Urge que los políticos hablen de educación y dejen polémicas banales

Ahora me cuentan amigos más jóvenes que las criaturas andan agobiadas por el volumen de deberes a los que han de enfrentarse cada tarde. A eso se suma que con los disparatados horarios españoles, las madres o los padres ya no están en casa para aliviarles el trabajo. Dado que el asunto ha llegado al Congreso de los Diputados, de lo cual me alegro (es urgente que los políticos hablen de asuntos como la educación y dejen de embarullarnos con sus polémicas banales), se me ocurre que hay una sociedad que tiene una serie de deberes pendientes y más aún con los resultados aún calientes de la evaluación Pisa. Apunto algunos:
Los padres tienen el deber de educar a sus hijos en la medida de lo posible, para que el profesor pierda menos tiempo en corregir unos modales que dificultan la enseñanza; la sociedad en sí misma tiene el deber de entender que la buena educación diaria, en la calle o en el trabajo, es formativa, que la cortesía es tan contagiosa como la zafiedad; si antes aceptábamos que la educación de los niños correspondía a la sociedad en general y no solo a papá o a mamá, ahora debería comprenderse que el aumento de la grosería y la violencia verbal contribuyen a cómo se comportan los niños; el Gobierno y la oposición tienen el deber de racionalizar los horarios para favorecer la convivencia familiar; los padres tienen el deber de no sobrecargar a sus hijos con un exceso de actividades extraescolares que a cualquiera de nosotros agotaría; los niños tienen el derecho inapelable a jugar; los adultos tienen el deber de favorecer el juego en la calle; los niños tienen el deber de aburrirse, y los padres, de no provocar en sus hijos una necesidad constante de novedades; los padres tienen el deber de no sobreestimular a los niños favoreciendo un carácter ansioso e impaciente; los profesores deben serlo por vocación, no es un oficio que tolere las medias tintas; el Gobierno no debe sobrecargar a la educación pública con las necesidades provenientes de la inmigración, es un asunto que concierne a toda la comunidad educativa, privada, concertada o pública; el Gobierno debe entender que es urgente y necesaria una asignatura que aborde los derechos y deberes de la ciudadanía; los centros no deben tolerar las faltas de respeto a los profesores por parte de los alumnos; los padres no deben tolerar que sus hijos ofendan a sus profesores; los padres no deben hablar de manera displicente de los profesores delante de sus hijos; las tutorías, más en estos tiempos, deben considerarse parte fundamental de la actividad escolar; las asignaturas creativas, como la música o las artes plásticas, no deben relegarse al horario extraescolar como si no sirvieran para nada; los niños tienen el derecho a ir bien desayunados al colegio; los padres, los profesores y los médicos deben entender que hay niños que sufren ansiedad y la ansiedad no precisa medicación sino un ritmo social distinto; el estado debe asumir que la escuela tiene que seguir siendo el mayor mecanismo de igualdad social; el sistema educativo debe insistir en que los niños aprendan a expresarse con claridad y a comprender un texto, de ahí depende en gran parte su futuro; la educación debiera ser uno de los temas prioritarios del discurso político; los profesores deberían de tener más tiempo para desarrollar sus clases y no vivir esclavos de la burocracia.

Cargar sobre el profesorado el que los niños sean excelentes es injusto

Todos deberíamos entender que un niño no se educa solamente en el colegio y que los resultados académicos son un reflejo de lo que está ocurriendo en un país: el nivel de educación en la calle, en los medios, la ansiedad que provoca la falta de expectativas, la agresividad, los malos modos, las palabras gruesas. Eso importa. Cargar sobre las espaldas del profesorado el deber de que los niños sean excelentes es injusto. Los cachorros se educan en la manada, así que usted y yo, como parte de ella, también tenemos un montón de deberes que hacer.