He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]

miércoles, 25 de febrero de 2015

gente que lee (27)

Retrato de la madre del fotógrafo ruso Aleksandr Ródchenko [1891-1956] realizado en 1924.

martes, 24 de febrero de 2015

De mi propia vida

Hace un mes me encontraba bien de salud, incluso francamente bien. A mis 81 años, seguía nadando un kilómetro y medio cada día. Pero mi suerte tenía un límite: poco después me enteré de que tengo metástasis múltiples en el hígado. Hace nueve años me descubrieron en el ojo un tumor poco frecuente, un melanoma ocular. Aunque la radiación y el tratamiento de láser a los que me sometí para eliminarlo acabaron por dejarme ciego de ese ojo, es muy raro que ese tipo de tumor se reproduzca. Pues bien, yo pertenezco al desafortunado 2%.

Doy gracias por haber disfrutado de nueve años de buena salud y productividad desde el diagnóstico inicial, pero ha llegado el momento de enfrentarme de cerca a la muerte. Las metástasis ocupan un tercio de mi hígado, y, aunque se puede retrasar su avance, son un tipo de cáncer que no puede detenerse. De modo que debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda. Me sirven de estímulo las palabras de uno de mis filósofos favoritos, David Hume, que, al saber que estaba mortalmente enfermo, a los 65 años, escribió una breve autobiografía, en un solo día de abril de 1776. La tituló De mi propia vida.

“Imagino un rápido deterioro”, escribió. “Mi trastorno me ha producido muy poco dolor; y, lo que es aún más raro, a pesar de mi gran empeoramiento, mi ánimo no ha decaído ni por un instante. Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y gozo igual de la compañía de otros”.

He tenido la inmensa suerte de vivir más allá de los 80 años, y esos 15 años más que los que vivió Hume han sido tan ricos en el trabajo como en el amor. En ese tiempo he publicado cinco libros y he terminado una autobiografía (bastante más larga que las breves páginas de Hume) que se publicará esta primavera; y tengo unos cuantos libros más casi terminados.

Hume continuaba: “Soy... un hombre de temperamento dócil, de genio controlado, de carácter abierto, sociable y alegre, capaz de sentir afecto pero poco dado al odio, y de gran moderación en todas mis pasiones”.

En este aspecto soy distinto de Hume. Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones.

Sin embargo, hay una frase en el ensayo de Hume con la que estoy especialmente de acuerdo: “Es difícil”, escribió, “sentir más desapego por la vida del que siento ahora”.

En los últimos días he podido ver mi vida igual que si la observara desde una gran altura, como una especie de paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de la relación entre todas sus partes. Ahora bien, ello no significa que la dé por terminada.

Por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento.

Eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para divertirme (e incluso para hacer el tonto).

De pronto me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global.

No es indiferencia sino distanciamiento; sigo estando muy preocupado por Oriente Próximo, el calentamiento global, las desigualdades crecientes, pero ya no son asunto mío; son cosa del futuro. Me alegro cuando conozco a jóvenes de talento, incluso al que me hizo la biopsia y diagnosticó mis metástasis. Tengo la sensación de que el futuro está en buenas manos.

Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí mismo. Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.

Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura.

Oliver Sacks [1933- ], neurólogo inglés es autor, entre otros muchos libros, de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.

Este artículo se publicó originalmente el 19 de febrero en The New York Times y el pasado sábado 22 de febrero en El País.

lunes, 23 de febrero de 2015

domingo, 22 de febrero de 2015

Romanes

Román está cubierto hasta la altura de la boca. De manera mecánica, muerde sin apretar o lame la sábana, sujeta por ambas manos a cada lado de la cabeza. Su cuerpo esmorecido se prolonga a partir de aquí dando lugar, en primer término, al cuello, especie de tallo que une la cabeza al tronco y que es, junto a las extremidades, una de las zonas más angostas de su cuerpo. El tronco, cubierto con una camisa, permanece inmóvil, un tanto ajeno a los movimientos respiratorios que de forma continua se producen en su interior. El vientre, además de dar cobijo a las vísceras, es con los ojos uno de los lugares por los que el miedo penetra con más facilidad. Cuando esto ocurre, Román detecta una paralización de los músculos respiratorios: un movimiento de defensa que por lo general se inicia en el alojamiento del paquete intestinal. De forma simultánea a esta contracción, pero a la altura de la boca, se produce otro movimiento: la lengua entra y sale rozando la superficie áspera de la sábana hasta que una sequedad extrema, ocasionada en parte por este roce y en parte por una menor actividad de las glándulas salivares, fruto también de este estado de defensa, la obliga a retirarse al interior de su cámara donde con un temblor imperceptible consigue nuevas aportaciones de saliva. Las piernas se extienden a partir de los muslos en la dirección más oscura del túnel formado por la sábana. Carecen de puntos muy sensibles, excepto en las rodillas, en las que un hormigueo de poca duración, pero ajustado a un ritmo preciso, precede siempre a las situaciones de alerta que se dan en el resto de su cuerpo. Los pies, por fin, a continuación de cada una de las piernas y sujetos a ellas por un tobillo, están cubiertos con unos gruesos calcetines de lana que intentan dar calor a una zona poco regada por la sangre, aunque muy sensible a los cambios atmosféricos. La abundancia de huesos en esta parte del cuerpo de Román convierte al frío en una manifestación particularmente incómoda por cuanto penetra hasta la médula, de donde no es fácil sacudirlo.

De la novela El jardín vacío [1981] del escritor Juan José Millás [1946- ].

Muy raras veces me encuentro con otros romanes, así que cuando doy con alguno, ya sea en los papeles o en el Mundo Real no puedo evitar celebrarlo de algún modo...

En las novelas sólo recuerdo a uno de los personajes de Nada, de Carmen Laforet, el tío Román de Andrea, la protagonista. Y en el Mundo Real he conocido a muy pocos: un día en la consulta del médico llamaron a Román y nos levantamos a la vez otro tipo y yo; hace poco tuve un alumno Román que estaba aún más sorprendido que yo cuando nos presentó su madre; el año pasado en la barra de un bar de Buitrago se me acercó un tipo a saludarme diciéndome que éramos tocayos al oír mi nombre; y mi abuelo y mi padre, de quien por cierto es hoy su cumpleaños...

sábado, 21 de febrero de 2015

¿Por qué escribe?

[...] Como todos ustedes saben, la pregunta que más a menudo se nos hace a los escritores, la que más gusta, es la siguiente: ¿Por qué escribe? ¡Escribo porque me sale de dentro! Escribo porque soy incapaz de hacer un trabajo normal como los demás. Escribo para que se escriban libros parecidos a los míos y yo pueda leerlos. Escribo porque estoy muy, muy enfadado con todos ustedes, con todo el mundo. Escribo porque me gusta pasarme el día entero en un habitación escribiendo. Escribo porque sólo puedo soportar la realidad si la altero. Escribo para que el mundo entero sepa la vida que hemos llevado y seguimos llevando yo, los otros, todos, nosotros, en Estambul, en Turquía. Escribo porque me gusta el olor del papel, de la pluma, de la tinta. Escribo porque más que en cualquier otra cosa creo en la literatura y en la novela. Escribo porque es una costumbre y una pasión. Escribo porque me da miedo ser olvidado. Escribo porque me gustan la fama y la atención que me ha proporcionado la escritura. Escribo para estar solo. Escribo porque puede que así comprenda la razón por la que estoy tan, tan enfadado con ustedes, con todo el mundo. Escribo porque me gusta ser leído. Escribo para ver si acabo de una vez esa novela, ese artículo, esa página que he comenzado. Escribo porque eso es lo que todos esperan de mi. Escribo porque infantilmente creo en la inmortalidad de las bibliotecas y en cómo mis libros están en los estantes. Escribo porque la vida, el mundo, todo, es increiblemente hermoso y sorprendente. Escribo porque me resulta agradable verter en palabras toda esa belleza y esa riqueza de la vida. Escribo no para contar una historia sino para crear una historia. Escribo para librarme de la sensación de que hay un sitio al que debo ir pero al que no consigo llegar, como en un sueño. Escribo porque no consigo ser feliz. Escribo para ser feliz.

Del discurso pronunciado por el escritor turco Orhan Pamuk [1952- ] al recoger su premio Nobel en 2006.

viernes, 20 de febrero de 2015

Libros de verdad y libros de mentira

Hace unos días un amigo me envió por guasap este tuit:

con el código da vinci os cuestionasteis la religión, con 50 sombras, la sexualidad, cuando leáis un libro de verdad os explotará el cerebro.

Ahí queda...
Quien avisa...
;o)

jueves, 19 de febrero de 2015

Biografía

A los cuatro años sus padres le matricularon en un colegio al que estuvo yendo hasta que cumplió los diecisiete.
Allí aprendió a leer y a escribir y las cuatro tablas. Y allí aprendió también dónde desemboca el Ebro, quién escribió La Regenta, qué país es el primer productor de trigo y en qué siglo reinó Felipe II.
Durante todo ese tiempo su actividad era semejante a la de los demás niños de su edad. (Se puede decir, sin temor a equivocarse, que durante toda su vida su actividad fue semejante a la de sus semejantes.)
Al llegar del colegio merendaba, veía la televisión, hacía los deberes y jugaba con las cosas que en televisión anunciaban con el nombre de juguetes.
Después de la EGB hizo, como casi todos, el BUP. Como tantos otros estudió el COU, se examinó de selectividad y, como muchos, entró en la universidad.
Hizo una carrera que no le entusiasmaba en absoluto, pero que tampoco aborrecía. Lo importante, sus padres se lo habían dicho miles de veces, era conseguir un título superior lo antes posible, con el que luego poder acceder a un buen despacho en alguna buena empresa. Y luego ¡a vivir!
La verdad es que hubiera preferido ser ingeniero, pero tal y como estaban las cosas en la universidad, su 5.7 no le permitía ser demasiado ambicioso, así que tuvo que conformarse con una licenciatura de ciencias.
Bien mirado, ésta tenía la evidente ventaja de ser un año más corta y algo menos agobiante que las ingenierías superiores. (Por supuesto quedaba descartada la posibilidad de ser perito.)
Su horario durante los seis años que deambuló por la facultad (repitió segundo y arrastró hasta cuarto el álgebra de primero), no era demasiado sofisticado: se levantaba temprano (la clase empezaba a las nueve y media y tardaba tres cuartos de hora en llegar hasta la ciudad universitaria, suponiendo que no hubiera demasiado tráfico), desayunaba, se daba una ducha, iba a clase, volvía, comía, veía la televisión, estudiaba un rato y se metía en la cama.
Los sábados solía ir a dar una vuelta por Bilbao y tomarse un par de minis con algún amiguete de la facultad.
En cuatro ocasiones desde el comienzo del BUP hasta que terminó la carrera, conoció a otras tantas chicas que desordenaron tanto su horario como su sistema hormonal.
Al acabar la carrera miró a su alrededor y un destello de lucidez recorrió sus infrautilizadas meninges. Decidió que ya estaba bien de llevar una vida gris y mediocre y se dijo a sí mismo que había llegado el momento de cambiar (sic).
Desde ese día se puso a buscar un buen trabajo en una buena empresa, donde al cabo de un par de años llegaría a ganar un buen sueldo con el que darse una buena vida.
Y se echó una buena novia con la que se casó a los once meses de haber coincidido por primera vez en el ascensor del edificio de oficinas donde ambos trabajaban y haberle dicho él a ella que a qué hora solía bajar a tomar café.
Un par de meses después de la boda fueron a pasar un fin de semana a un Parador Nacional cerca de Madrid. Al fin y al cabo todavía podían considerarse recién casados y querían recordar los maravillosos momentos que habían pasado juntos, en aquel idílico crucero por el Adriático que hicieron durante su luna de miel.
El domingo, mientras desayunaban, él le dijo que tenía que hablar con ella de algo importante. Le explicó que él se definía a sí mismo como liberal y progresista, y que por favor no fuera a malinterpretar lo que iba a decirle.
A continuación le contó que había estado pensando qué era lo que más les convenía y había llegado a la conclusión de que lo mejor era que ella dejara su trabajo y se dedicase sólo a la casa y a los niños que dentro de poco empezarían a llegar. Mientras, él se ocuparía de llevar a casa el dinero necesario.
Le dijo que al fin y al cabo él ganaba más que ella, tenía más posibilidades de ascender que ella y que él seguramente no iba a saber dar biberones y limpiar culitos tan bien como lo haría ella.
Luego le preguntó que qué le parecía.
Ella, naturalmente, ese mismo lunes fue como todos los días al edificio de oficinas donde ambos trabajaban, pidió la baja, y se despidió de sus ya ex-compañeros.
Al poco tiempo tuvieron su primer hijo. En los cuatro años siguientes tuvieron otros dos: otro niño y una niña.
Los años que siguieron fueron de moderada prosperidad. Poco a poco fue medrando en la empresa. Tanto su categoría como su nómina iban mejorando con el paso de los años.
Su sueldo le daba para mantener un pequeño chalé en un pueblo cerca de Guadalajara al que iban todos los fines de semana con ganas o sin ellas. En uno de los bares del pueblo solía jugar interminables partidas de tute y de mus y el domingo por la tarde después de ver el partido de fútbol por televisión se incorporaba a una larguísima caravana que en dos o tres horas les llevaría de vuelta a casa.
Trabajó durante treinta y siete años en la misma empresa en la que había entrado al acabar la carrera y en la que había conocido a su mujer.
En ella había llegado a ser Subdirector Gerente de Material y el día de su jubilación, sus compañeros le brindaron un cálido homenaje en un buen restaurante del centro, entregándole una medallita y un diploma conmemorativo que enmarcó y colgó en el salón.
Murió siete años después, quizá de tedio, dejando una modesta pero desahogada pensión a su viuda y a sus tres hijos.
Probablemente fue feliz.
D.E.P.

Madrid, diciembre de 1990.

Licencia Creative Commons
Biografía por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

Biografía es uno de los primeros relatos que recuerdo haber escrito. Tenía 23 años, hace casi 25, estaba estudiando física en la universidad, y supongo que pretendía ser un reflejo de una de las posibles vidas que no me apetecía vivir. Aún hoy lo es.
Estas últimas semanas, al mudarme, he tenido que mover y remover muchos papeles y carpetas, y ésto es una de las cosas que han aparecido. Estoy seguro de que hoy no lo hubiera escrito igual, pero al copiarlo aquí he querido respetar cada palabra y cada coma de las que escribí entonces.

miércoles, 18 de febrero de 2015

gente que lee (26)

Dante en el exilio [1860], óleo del pintor italiano Domenico Petarlini [1822-1898].

martes, 17 de febrero de 2015

Cincinnati

Imagen de la antigua biblioteca pública de Cincinnati, demolida en 1955.

lunes, 16 de febrero de 2015

La Marabunta

Sigo viendo, con asombro, con sorpresa, con alegría, cómo abren librerías en Madrid. Hay por ahí gente atrevida que, en estos tiempos de crisis, índices de lectura absurdos, libros electrónicos y centros comerciales que lo acaparan todo, aún tienen el coraje de montar una pequeña librería en la Ciudad.

En Lavapiés, una de las zonas por las que suelo moverme cuando voy a Madrid, he visto  muchas en estos últimos años. Algunas llevan ya mucho tiempo, como Traficantes de Sueños, y otras han abierto hace sólo unos meses, como Swinton & Grant, que además de libros, cómics y novelas gráficas, tiene cafetería y sala de exposiciones. Algunas me gustan especialmente para pasar allí un rato, trabajar, leer, compartir un café o echar un vistazo, como La fugitiva o La infinito o Tipos infames o Cave canem... Otras han sabido encontrar algún punto con el que innovar la idea de vender libros, como La casquería, que los vende al peso.

Entre tanto sitio interesante hay también alguno que ha pasado de ser una librería muy chula a ser un bar para modernxs con los escaparates llenos de máquinas de escribir y libros de segunda mano...

Por supuesto, la lista podría seguir y seguir y seguir... Hablo de Madrid, y en particular de Lavapiés, porque es lo que conozco un poco más de cerca. Pero sé que esto mismo está ocurriendo en muchos otros lugares. Aquí en la Sierra Norte, hay un ejemplo que me encanta que es la Papelería - Librería Eclipse, en Buitrago de Lozoya, que no se conforma con vender novelas, libros de texto, cuadernos y material escolar, sino que se empeña en organizar conciertos, talleres, mesas redondas, tertulias... y ahora también su II Concurso de Microrrelatos...

Estos días me ha llegado por el facebook la noticia de que La Marabunta, una librería muy activa cerca de la que viví varios años, no ha podido aguantar y en unos días echará el cierre...
Una pena...

domingo, 15 de febrero de 2015

sábado, 14 de febrero de 2015

La respiración

Pero también había otro motivo para insertar los extensos pasajes didácticos. Después de haber leído el manuscrito, los amigos de la editorial me sugirieron que acortase las primeras cien páginas, porque les parecía que exigían demasiado esfuerzo y se leían con dificultad. No vacilé en negarme, porque, sostuve, si alguien quería entrar en la abadía y vivir en ella siete días, tenía que aceptar su ritmo. Si no lo lograba, nunca lograría leer todo el libro. De allí la función de penitencia, de iniciación, que tienen las primeras cien páginas; y, si a alguien no le gusta, peor para él: se queda en la falda de la colina.
Entrar en una novela es como hacer una excursión a la montaña: hay que aprender a respirar, coger un ritmo de marcha, si no todo acaba en seguida. [...]
¿Qué significa pensar en un lector capaz de superar el escollo penitencial de las cien primeras páginas? Significa exactamente escribir cien páginas con el objeto de construir un lector idóneo para las siguientes.

De las Apostillas a El nombre de la rosa [1983], de Umberto Eco [1932- ].

viernes, 13 de febrero de 2015

El espejo del alma

No nos habíamos visto nunca, en ningún sitio, en ninguna ocasión, pero se parecía tanto a un vecino mío que me saludó cordialmente: él también se había confundido.

Microcuento del escritor catalán Pere Calders [1912-1994], de su libro Invasió subtil i altres contes, incluido en la antología La mano de la hormiga.

jueves, 12 de febrero de 2015

Un año de blog

Los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo.

Hoy, 12 de febrero, hace 31 años de la muerte de Julio Cortázar.
Y hoy hace un año que, precisamente con una entrada sobre Cortázar, inicié este blog sobre cosas que leo y cosas que escribo.

Ya he contado aquí en otras ocasiones que el 2014 ha sido un año duro para mí, y que durante estos meses algunas de las cosas que mejor me han sentado han sido leer, como siempre; intentar escribir, un anhelo que tenía desde hace muchos años; y mantener este blog.
Las tres me han divertido, me han hecho tomar perspectiva sobre los problemas que me rondaban, me han hecho mirarme desde fuera, me han hecho aprender...

Desde hace unos meses empecé a dar un poco de difusión al blog a través de facebook y de algunos mails. Empezaron a suscribirse amigxs, empecé a colgar algunos relatos míos, uno en cada luna nueva, empecé a dar al blog un cierto formato, surgieron algunas "secciones" más o menos fijas...

Y cada vez viene más gente de más sitios a visitarnos y ver qué se lee y qué se escribe por aquí...


Y seguimos...

***

Flor y cronopio

Un cronopio encuentra una flor solitaria en medio de los campos. Primero la va a arrancar, pero piensa que es una crueldad inútil y se pone de rodillas a su lado y juega alegremente con la flor, a saber: le acaricia los pétalos, la sopla para que baile, zumba como una abeja, huele su perfume, y finalmente se acuesta debajo de la flor y se duerme envuelto en una gran paz.
La flor piensa: "Es como una flor".

Del libro Historias de cronopios y famas [1962].

miércoles, 11 de febrero de 2015

gente que lee (25)

Fotografía de Charles Dickens [1812-1870] leyendo con sus hijas Kate y Mary.
Por cierto, el pasado sábado 7 de febrero se cumplieron 203 años de su nacimiento...

martes, 10 de febrero de 2015

Escribir ficción

Es cierto que el talento solo puede alimentarse, no enseñarse, pero el oficio de escribir sí que se puede enseñar.
Escribir ficción.
Hacía tiempo que le tenía echado el ojo. Me lo regalé el sábado.
Sigo aprendiendo, estudiando, probando, leyendo, escribiendo, buscando, mirando, escuchando...

lunes, 9 de febrero de 2015

domingo, 8 de febrero de 2015

No te queda sino leer todos los libros.

Y, además, no debes pensar que las clases son lo más importante para un estudiante, ni que la taberna es sólo un lugar donde se pierde el tiempo. Lo bueno del studium es que aprendes, sí, de los maestros, pero aún más de los compañeros, sobre todo de los que son mayores que tú, cuando te cuentan lo que han leído, y descubres que el mundo debe de estar lleno de cosas maravillosas y que para conocerlas todas, visto que la vista no te bastará para recorrer toda la tierra, no te queda sino leer todos los libros.

De la novela Baudolino [2000] del escritor italiano Umberto Eco [1932- ].

sábado, 7 de febrero de 2015

Descubrir, inventar, crear

Lo encontré hace un par de días en cuatroESCALONES:

En realidad no creo que nadie invente nada, lo que creo que hacemos es descubrir. Nuestro papel es precisamente ese, descubrir. No el de inventar. Lo único que podemos hacer es cambiar de una forma a otra. Inventar implica que uno ha creado algo de la nada, y no es eso lo que hacemos. Creamos algo a partir de algo. De ahí que me guste la idea del camino del descubrimiento, que es el que recorremos al hacer arquitectura. El descubrimiento es el proceso creativo. No se trata estrictamente de creatividad, es un proceso por el que debemos transitar como método de descubrimiento. Y eso es algo extremadamente importante.

Glenn Murcutt [1936- ], arquitecto australiano.

viernes, 6 de febrero de 2015

jueves, 5 de febrero de 2015

Ganas de escribir

Escribí una novela porque tuve ganas. Creo que es una razón suficiente para ponerse a contar. El hombre es por naturaleza un animal fabulador. Empecé a escribir en marzo de 1978, impulsado por una idea seminal. Tenía ganas de envenenar a un monje. Creo que las novelas nacen de una idea de ese tipo y que el resto es pulpa que se añade al andar.

De las Apostillas a El nombre de la rosa [1983], de Umberto Eco [1932- ].

miércoles, 4 de febrero de 2015

gente que lee (24)

Canónigo leyendo [1889], óleo del pintor español Enrique Simonet [1866-1927].

martes, 3 de febrero de 2015

Atacama

En su blog no suelen hablar de literatura, pero hablan de arte, historia, antropología, arquitectura, viajes.... y todo eso es también parte de la literatura, ¿no?
http://www.atacama.es/
Y además son amigxs...

lunes, 2 de febrero de 2015

domingo, 1 de febrero de 2015

Masa

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: "No mueras, te amo tanto."
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:
"¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando: "¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: "¡Quédate hermano!"
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar...

César Vallejo [1892-1938], poeta peruano.

sábado, 31 de enero de 2015

Títulos

[...] El narrador no debe facilitar interpretaciones de su obra, si no, ¿para qué habría escrito una novela, que es una máquina de generar interpretaciones? Sin embargo, uno de los principales obstáculos para respetar ese sano principio reside en el hecho mismo de que toda novela debe llevar un título.
Por desgracia, un título ya es una clave interpretativa. Es imposible sustraerse a las sugerencias que generan Rojo y negro o Guerra y paz. Los títulos que más respetan al lector son aquellos que se reducen al nombre del héroe epónimo, como David Copperfield o Robinson Crusoe, pero incluso esa mención puede constituir una injerencia indebida por parte del autor. [...] Quizás habría que ser honestamente deshonestos, como Dumas, porque es evidente que Los tres mosqueteros es, de hecho, la historia del cuarto. Pero son lujos raros, que quizás el autor sólo puede permitirse por distracción.

[...] El título debe confundir las ideas, no regimentarlas.
Nada consuela más al novelista que descubrir lecturas que no se le habían ocurrido y que los lectores le sugieren. Cuando escribía obras teóricas, mi actitud hacia los críticos era la del juez: ¿han comprendido o no lo que quería decir? En el caso de una novela todo es distinto. No digo que el autor deba aceptar cualquier lectura, pero, si alguna le parece aberrante, que otros cojan el texto y la refuten. Por lo demás, la inmensa mayoría de las lecturas permiten descubrir efectos de sentido en los que no se había pensado. [...]

El autor debería morirse después de haber escrito su obra. Para allanarle el camino al texto.

De las Apostillas a El nombre de la rosa [1983], de Umberto Eco [1932- ].

viernes, 30 de enero de 2015

Hay que saber

[...] No saldré de este recinto antes de averiguar la verdad. ¿Quiere que me vaya mañana por la mañana? Muy bien, él es el dueño de casa. Pero de aquí a mañana por la mañana debo averiguar la verdad. Debo averiguarla.
-¿Debéis? ¿Quién os lo exige ahora?
-Nadie nos exige que sepamos, Adso. Hay que saber, eso es todo, aún a riesgo de equivocarse.

De la novela El nombre de la rosa [1980] del escritor italiano Umberto Eco [1932- ].

jueves, 29 de enero de 2015

Temprano...

Temprano levantó la muerte el vuelo, 
temprano madrugó la madrugada, 
temprano estás rodando por el suelo.

De la Elegía, del poeta Miguel Hernández [1910-1942].

miércoles, 28 de enero de 2015

gente que lee (23)

Niñxs leyendo cómics, NY, 1947.
Ruth Orkin [1921-1985].

martes, 27 de enero de 2015

lunes, 26 de enero de 2015

Libros y bombas

Biblioteca de Sarajevo fotografiada en junio de 1993 por Gervasio Sánchez [1959- ], tras ser bombardeada durante el asedio de la ciudad.

domingo, 25 de enero de 2015

Adeline Virginia Stephen

Virginia Woolf [1882-1941], fotografiada en 1902 por George Charles Beresford [1864-1938], nació hace hoy 132 años.

sábado, 24 de enero de 2015

viernes, 23 de enero de 2015

Una tarde en la isla

Dos niñas, vecinas, de 11 ó 12 años, pasan la tarde juntas conociéndose y haciéndose amigas, descubriéndose y descubriendo la vida de la otra, hablando de los conflictos de sus padres, y de su propio malestar ante su separación.
Una de las mejores novelas que he leído sobre el sentimiento de lxs niñxs ante la separación de sus padres. Muy recomendable.

jueves, 22 de enero de 2015

No siempre, ni necesariamente.

-Quizá son enigmas y significan otra cosa -sugerí-. ¿O tenéis otra hipótesis?
-Sí, pero aún es muy confusa. Tengo la impresión, al leer esta página, de que ya he leído algunas de las palabras que figuran en ella, y recuerdo frases casi idénticas que he visto en otra parte. Me parece, incluso, que aquí se habla de algo que ya se ha mencionado en estos días... Pero no puedo recordar de qué se trata. He de pensar en esto. Quizá tenga que leer otros libros.
-¿Cómo? ¿Para saber qué dice un libro debéis leer otros?
-A veces es así. Los libros suelen hablar de otros libros. A menudo un libro inofensivo es como una simiente, que al florecer dará un libro peligroso, o viceversa, es el fruto dulce de una raíz amarga. ¿Acaso leyendo a Alberto no puedes saber lo que habría podido decir Tomás? ¿O leyendo a Tomás lo que podría haber dicho Averroes?
-Es cierto -dije admirado.
Hasta entonces había creído que todo libro hablaba de las cosas, humanas o divinas, que están fuera de los libros. De pronto comprendí que a menudo los libros hablan de libros, o sea que es casi como si hablasen entre sí. A la luz de esa reflexión, la biblioteca me pareció aún más inquietante. Así que era el ámbito de un largo y secular murmullo, de un diálogo imperceptible entre pergaminos, una cosa viva, un receptáculo de poderes que una mente humana era incapaz de dominar, un tesoro de secretos emanados de innumerables mentes, que habían sobrevivido a la muerte de quienes los habían producido, o de quienes los habían ido trasmitiendo.
-Pero entonces -dije-, ¿de qué sirve esconder los libros, si de los libros visibles podemos remontarnos a los ocultos?
-Si se piensa en los siglos, no sirve de nada. Si se piensa en años y días, puede servir de algo. De hecho, ya ves que estamos desorientados.
-¿De modo que una biblioteca no es un instrumento para difundir la verdad, sino para retrasar su aparición? -pregunté estupefacto.
-No siempre, ni necesariamente. En este caso, sí.

De la novela El nombre de la rosa, del escritor y filósofo italiano Umberto Eco [1932- ].

miércoles, 21 de enero de 2015

martes, 20 de enero de 2015

Atasco

Al cerrar el coche ha vuelto a mirar su reloj. Hace ya un buen rato que llega tarde a la clase que tenía que dar a primera hora. De repente, todo lo que tenía que hacer esa mañana ya no es importante. Cuando echa a andar, el aire fresco que nota en la cara le hace sentirse bien. Ha recorrido unos cincuenta metros y se siente mejor con cada paso que da. Mientras camina oye a alguien que le grita a su espalda. No distingue bien lo que le dice, aunque supone que nada bueno. No hace caso. Sigue caminando, mirando al frente, evitando tocar los coches entre los que se mueve lentamente, con paso firme, sin mirar atrás.
Unos metros más adelante le ha parecido ver a otra persona que también se ha bajado de su coche. Vuelve la vista y ve a dos más, una de ellas, con un bebé en brazos, le sonríe desde lejos y le saluda con la mano mientras avanza en su misma dirección.
Sigue andando, despacio, con tranquilidad, y con la sorpresa de ver que, poco a poco, de más y más coches se baja gente, cierran las puertas y echan a andar, abandonándolos en medio del atasco, liberándose de ellos para caminar, por fin.

Manjirón, febrero de 2014.

Licencia Creative Commons
Atasco por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

lunes, 19 de enero de 2015

Casi un año...

Casi un año ya desde que comencé a mantener este blog. Lo inicié sin ningún plan, sin un objetivo claro y sin la intención de colgar nada concreto. La intención inicial era hacer un blog en el que hablar sobre cosas que leo y cosas que escribo.
Poco a poco, sin pretenderlo, me han ido saliendo algo que se parece a "secciones" dentro del blog, entradas que voy repitiendo y que, sin sentirlo como una obligación o como una estructura rígida, me gusta que vayan dando forma al sitio:
  • Gente que lee: cada semana una imagen (pintura, fotografía, viñeta, dibujo, etc.) en la que alguien lee.
  • Blogs que sigo: más o menos cada tres semanas cuelgo la referencia a algún blog que me gusta en el que se habla de libros.
  • Los viernes intento hacer algún comentario sobre lo que me estoy leyendo. No pretende ser una reseña (ya hay muchos sitios en los que hay estupendas reseñas de libros), sino sólo una sensación, una recomendación, una impresión sobre lo que leo.
  • Textos de novelas, relatos, etc. e imágenes que encuentro por ahí y que me interesan por algún motivo relacionado con los libros o con la lectura.
  • Y cada luna nueva, desde hace ya varias, un relato mío.
    (La próxima, mañana).
Seguimos...

domingo, 18 de enero de 2015

Inestabilidad

Nos encontrábamos ya cerca de mi casa, cuando el taxista fue avisado por un colega de que había en nuestro camino un control de alcoholemia. Como resultara imposible dar la vuelta o escapar por una calle lateral, el conductor me confesó que llevaba dos copas, pues había comido con unos amigos de la infancia a los que hacía años que no veía. "¿Y qué quiere que le haga?", pregunté. "Que se ponga al volante -respondió-, como si usted fuera el taxista y yo el pasajero." Me pareció una propuesta absurda a la que respondí con una sonrisa de desconcierto. Mientras sonreía, vi en sus ojos, a través del espejo retrovisor, un movimiento de pánico que produjo también en mi alguna inquietud. En cuestión de segundos me puso al corriente de su situación, responsabilizándome del drama familiar que se le vendría encima si le retiraban la licencia. Aunque intenté defenderme, lo cierto es que al cabo de un momento, dada mi debilidad de carácter, estaba al volante del taxi, con del conductor detrás.
Alcanzado el control, un guardia hizo señas de que nos echáramos a un lado. Luego se acercó, me informó acerca de sus propósitos y me pidió que soplara, lo que hice con miedo, pues aunque no había bebido creo que el organismo puede, en situaciones de estrés, producir todas las sustancias existentes. Por fortuna, estaba limpio y me dejaron seguir. Como no era cuestión de detenerse a unos metros del control para realizar el cambio, y dado que mi domicilio se encontraba muy cerca, continué conduciendo hasta el portal, donde el taxista, tras mirar el contador, sacó un billete, me lo dio, abrió la puerta, salió del coche y se metió en mi casa, todo con una rapidez tal que no fui capaz de reaccionar. Además, apareció enseguida otro cliente que me pidió que lo llevara a toda mecha al aeropuerto. Qué inestable es la realidad, pensé arrancando.

Del libro Articuentos completos [2011], del escritor Juan José Millás [1946- ].

sábado, 17 de enero de 2015

viernes, 16 de enero de 2015

Moritz, Sonni, Eva, Bruno

Me estoy leyendo varios libritos del escritor alemán Achim Bröger [1944- ], autor de novelas y cuentos para niñxs y jóvenes. Es mi primer "descubrimiento" de literatura infantil y juvenil del 2015.
He leído un par de ellos durante estos días y tengo otro par pendiente, todos ellos encontrados mirando al azar entre los estantes de las bibliotecas que frecuento en la Sierra.
Literatura para niños y niñas pequeños, quizá hasta 8 ó 10 años. [Siempre me resulta muy difícil pensar esos posibles límites de edad para los libros que leo: pienso en mis sobrinxs o en otros niñxs que tengo cerca, pero cada uno de ellos, y cada familia, es un mundo...].
De cualquier modo, muchos de los episodios que se cuentan en estas historias creo que son perfectamente "contables" a niñxs mucho más pequeños que aún no sepan leer por sí mismos: historias llenas de imaginación, protagonizadas casi siempre por peques (Moritz, Sonni, Eva) o por mayores que parecen peques (Bruno) que inventan sus propias aventuras.
Si no recuerdo mal todos éstos están escritos en los setenta y en los (muy) primeros ochenta. Y no deja de sorprenderme, una vez más, la "modernidad" con la que se escribía en esos años en otros países mostrando comportamientos, estructuras familiares, etc. que a veces aún hoy nos chocan aquí.

jueves, 15 de enero de 2015

...aquella frágil red de deleites

En la antecocina, el joven criado prestaba oído, tratando de amortiguar en lo posible el tintineo de la plata. Luego, de súbito, aquello surgía como una aparición que se oyera sin verla. Nathanael, hasta aquel momento, sólo había oído unas tonadas inseparables de las voces que las cantaban: la voz agridulce de Janet, la voz suave y un poco ronca de Foy, la hermosa voz sombría de Sarai, que removía las entrañas, o asimismo algunas estruendosas canciones que entonaban sus compañeros en la bodega del barco, y cuyo ruido, acompañado a veces por una guitarra, pese al cabeceo, invitaba a enlazarse y a bailar. También en el templo, el sonido del órgano lo había transportado a menudo hasta un mundo del que era preciso salir apenas entrado en él, pues las voces disonantes de los fieles obligaban a volver a tierra por otros tantos escalones rotos. Pero aquí la cosa era distinta.
Unos sonidos puros (Nathaniel prefería ahora aquellos que no han sufrido encarnación en la voz humana) se elevaban para luego replegarse y subir más alto aún, danzando como las llamas de una hoguera, aunque con un delicioso frescor. Se entralazaban y besaban como los amantes, pero esta comparación aún era en exceso carnal. Podrían recordar las serpientes, si no fuera porque no tenían nada de siniestros; y también a las clemátides o campanillas, de no ser porque sus delicados enredos no parecían tan frágiles, aunque lo eran: bastaba con que una puerta se cerrase de golpe para destrozarlos. Cuanto más se perseguían preguntas y respuestas entre violín y violonchelo, entre viola y clavicordio, más se imponía la imagen de unas pelotas de oro rodando por los escalones de una escalera de mármol, o la de unos surtidores de agua brotando en las pilas de las fuentes, en algún jardín como los que el señor Van Herzog decía haber visto en Italia o en Francia. Se llegaba a alcanzar un punto de perfección como nunca en la vida, pero aquella serenidad sin ejemplo era, sin embargo, variable y formada por momento e impulsos sucesivos; las mismas milagrosas uniones se rehacían; uno aguardaba su retorno, latiéndole el corazón, como si fuera una alegría esperada durante mucho tiempo; cada una de las variaciones transportaba, como una caricia, de un placer a otro placer insensiblemente diferente; la intensidad del sonido crecía y disminuía, o cambiaba en su totalidad, igual que lo hace el color del cielo. El hecho mismo de que aquella felicidad transcurriese en el tiempo llevaba a creer que tampoco se hallaba uno ante una perfección por completo pura, situada en otra esfera, como se supone que lo está Dios, sino sólo frente a una serie de espejismos del oído, igual que existen espejismos de la vista. Después, alguien tosía, rompiéndose aquella paz, y ello bastaba para recordar que el milagro sólo podía producirse en un lugar privilegiado, meticulosamente resguardado del ruido. Afuera, en la calle, continuaban chirriando los carros; rebuznaba un burro apaleado; los animales, en el matadero, mugían o agonizaban entre estertores; niños mal cuidados y alimentados lloraban en la cuna; morían algunos hombres, como antaño el mestizo, con una blasfemia en los labios húmedos de sangre; en la mesa de mármol de los hospitales, los pacientes aullaban de dolor. A mil leguas de allí, quizá, al Este o al Oeste, tronaban las batallas. Era escandaloso que aquel inmenso bramido de dolor -que nos mataría si, en un momento determinado, penetrara en nosotros por entero- pudiera coexistir con aquella frágil red de deleites.

De la novela corta, o relato largo, Un hombre oscuro, de la escritora francesa Marguerite Yourcenar [1903-1987].

miércoles, 14 de enero de 2015

Los hombres de antes...

Los hombres de antes eran grandes y hermosos (ahora son niños y enanos), pero ésta es sólo una de las muchas pruebas del estado lamentable en que se encuentra este mundo caduco. La juventud ya no quiere aprender nada, la ciencia está en decadencia, el mundo marcha patas arriba, los ciegos guían a otros ciegos y los despeñan en los abismos, los pájaros se arrojan antes de haber echado a volar, el asno toca la lira, los bueyes bailan, María ya no ama la vida contemplativa y Marta ya no ama la vida activa, Lea es estéril, Raquel está llena de lascivia, Catón frecuenta los lupanares, Lucrecio se convierte en mujer. Todo está descarriado. Demos gracias a Dios de que en aquella época mi maestro supiera infundirme el deseo de aprender y el sentido de la recta vía, que no se pierde por tortuoso que sea el sendero.

Del prólogo de Adso de Melk, en el inicio de El nombre de la rosa, novela del escritor italiano Umberto Eco [1932- ].

martes, 13 de enero de 2015

gente que lee (21)

El lector [1856], óleo del pintor francés de origen alemán Ferdinand Heilbuth [1826-1889].

lunes, 12 de enero de 2015

domingo, 11 de enero de 2015

La Pulga

¿Una editorial dedicada a los microcuentos...?
¿¡¿¡¿¡...?!?!?!
No hace mucho descubrí La Pulga Editorial, al encontrarme por ahí con las bases de su I Certamen de Microcuentos. (Al que por cierto me presenté, pero parece ser que sin éxito...).

Desde entonces sigo su blog: hay que ser gente atrevida para plantearse hacer, con el panorama en el que estamos, publicaciones de microcuentos...

Sólo por mostrar tanta osadía ya merece la pena seguirles la pista:

LA PULGA EDITORIAL nace para brincar a las barbas del mercado editorial imprimiendo picaduras no ponzoñosas en zonas de microcuentos.
Ubicada en la periferia de Madrid, LA PULGA EDITORIAL comienza en octubre de 2014 su andadura con el I Certamen de Microcuentos “99 crímenes cotidianos”, que cristalizará con la publicación de la antologíaNoventa y nueve crímenes cotidianos y un responso en la primavera de 2015.
Otramente se trabaja en otros proyectos de microcuentismo que a su momento serán revelados. Bienvenidos a nuestros picores.

sábado, 10 de enero de 2015

Mis libros de 2014

La carta esférica Arturo Pérez-Reverte
Aprender a vivir con niños Rebeca Wild
Vacio perfecto Stanislaw Lem
Pippi Calzaslargas Astrid Lindgren
Planck Carlos Olalla
Los diarios de Adán y Eva Mark Twain
Mujeres de ojos grandes Ángeles Mastretta
El misterio de la mujer autómata Joan Manuel Gisbert
El vano ayer Isaac Rosa
Constitución de los atenienses Aristóteles
Chocolate amargo Mirjam Pressler
Historias de amor Robert Walser
La prisión de la libertad Michael Ende
Memorias de una vaca Bernardo Atxaga
Capitán de mar y guerra Patrick O'Brian
El mago de Oz L. Frank Baum
Historia de un segundo Jordi Sierra i Fabra
Escribir Enrique Páez
La piedra blanca Gunnel Linde
Mi vida querida Alice Munro
El enigma N.I.D.O. Fernando Lalana
Un marido para mamá Christine Nöstlinger
La vida de las mujeres Alice Munro
Mande a su hijo a Marte Fernando Lalana
Los O.T.R.O.S. (Sociedad Secreta) Pedro Mañas
Diente de león Mónica Rodríguez
Una historia familiar Christine Nöstlinger
¡Vuela, abejorro! Christine Nöstlinger
Wetti y Babs Christine Nöstlinger
Hugo, el niño en sus mejores años Christine Nöstlinger
Un yanqui en la Corte del Rey Arturo Mark Twain
El club de lectura del final de tu vida Will Schwalbe
Un intruso en mi cuaderno David Fernández Sifres
A trompicones Mirjam Pressler
La batalla de los árboles Carlos Villanes Cairo
Bambulo, primeros pasos Bernardo Atxaga
Bambulo, la crisis Bernardo Atxaga
Bambulo, amigos que cuentan Bernardo Atxaga
Arañazos en la pintura Mirjam Pressler
Y por fin habló Mirjam Pressler
Malka Mai Mirjam Pressler
El agente secreto Joseph Conrad
Un cóndor sobre Madrid Paloma Muiña
La edad de la anestesia Elena Alonso Frayle
La mudanza y otras historias curiosas Guus Kuijer
El poder del discurso materno Laura Gutman
Una cabeza llena de macarrones Guus Kuijer
Déjame que te cuente Jorge Bucay
Las palabras para decirlo Marie Cardinal
Esta, la vida G. Moure y M. Rodríguez
Los caballos de mi tío Gonzalo Moure
El síndrome de Mozart Gonzalo Moure
Kanikosen – El pesquero Takiji Kobayashi
La verdad Riikka Pulkkinen
La conferencia de los animales Erich Kästner
Si me necesitas, llámame Raymond Carver
Una biblioteca de verano Mary Ann Clark Bremer
Aprender a terminar Laurent Mauvignier
Los duelistas Joseph Conrad
El 35 de mayo Erich Kästner
Emilio y los detectives Erich Kästner
El aula voladora Erich Kästner
Copia este libro David Bravo Bueno
Entrada en materia José Ángel Valente
El hombre pequeñito y la pequeña miss Erich Kästner
Los seres queridos Evelyn Waugh
¡ONG! Iegor Gran
¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? Raymond Carver
Alta velocidad Karmele Setien ed.
Mirar al agua Javier Sáez de Ibarra
Tres veces al amanecer Alessandro Baricco
Rayuela Julio Cortázar
Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río László Krasznahorkai
Libros malditos, malditos libros Juan Carlos Díez Jayo
Nieve verde Sara Blædel
El amante Marguerite Yourcenar
La ladrona de libros Markus Zusak
Como el agua que fluye Marguerite Yourcenar
Articuentos completos Juan José Millás

Mis libros de 2013

viernes, 9 de enero de 2015

El nombre de la rosa

Me estoy leyendo El nombre de la rosa [1980] de Umberto Eco [1932- ].

Este año me apetece empezarlo con relecturas de algunos de mis libros favoritos. Y éste, sin duda, es uno de ellos. Seguramente uno de los que más veces he leído y de los que mejor sensación me dejan cada vez que lo termino. Me gusta la trama "policíaca", me gusta el ambiente medieval, me gusta todo lo relacionado con la biblioteca, con los libros, con el laberinto, con el trabajo de los monjes...
Y me gusta, claro, la estructura del libro: esa cosa tan manida, pero muchas veces tan efectiva, de hablar de un manuscrito encontrado, que a su vez es traducción de una versión de otra traducción, etc., etc.

Pensándolo bien, no eran muchas las razones que podían persuadirme de entregar a la imprenta mi versión italiana de una oscura versión neogótica francesa de una edición latina del siglo XVII de una obra escrita en latín por un monje alemán de finales del XIV. [...]
En conclusión, estoy lleno de dudas. No sé, en realidad por qué me he dedicado a tomar el toro por las astas y presentar el manuscrito de Adso de Melk como si fuese auténtico. Quizá se trate de un gesto de enamoramiento. O, si se prefiere, de una manera de liberarme de viejas, y múltiples, obsesiones.

Hace unos días, el lunes 5 enero, víspera del día de Reyes, bajé a Madrid para ver allí a gente, quedar con el sobrinerío y dar una vuelta por la Ciudad.
Mientras hacía tiempo tomando un café antes de la quedada que tenía por la tarde, abrí la novela sobre la barra y empecé a leer. Al terminar la introducción en la que Eco explica su encuentro del manuscrito y cómo, según él, llegó a la novela, descubrí que está fechada un mismo cinco de enero, pero de hace treinta y cuatro años...
Azares...

P.S.: Cuando ya tenía terminada esta nota para el blog, y mirando con más calma la entrada sobre Umberto Eco en la wikipedia, encuentro que el 5 de enero es también el día en el que el escritor acaba de cumplir 83 años...

jueves, 8 de enero de 2015

Charlie Hebdo

Si no lees nunca ningún libro, lo más probable es que pases una vida jodida, triste y pobre...
Pero si te pasas toda la vida leyendo un solo libro, siempre el mismo Libro, el único y verdadero, entonces es a lxs demás a quienes les jodes la vida.
Lee y deja leer.
Vive y deja vivir...

miércoles, 7 de enero de 2015

Clara y el tigre

Hace un par de semanas, durante la luna nueva de diciembre, colgué aquí un relato que escribí hace más o menos un año titulado Clara. Conocía la historia de la auténtica Clara, la rinoceronte india a la que exhibieron por Europa a mediados del siglo XVIII, y me gustó pensar cómo podría haber sido su vida contada por ella misma. Imaginé tristeza, cansancio, falta de libertad, maltrato, y al mismo tiempo esa cierta sabiduría que da "andar mucho y ver mucho".

Hace unos días, leyendo Un hombre oscuro, de Marguerite Yourcenar, una de las mejores historias que he leído durante el año que acaba de terminar, me encontré estos párrafos que, inevitablemente me recordaron a Clara, a la verdadera y a la que yo imaginé, y al ambiente que me hubiera gustado ser capaz de mostrar en ese relato:

El camino de vuelta pasaba por la Kalverstraat. En un rincón había unas viejas barracas de feria, que dejaban montadas allí todo el año. Algunas, las alquilaban temporalmente a charlatanes ambulantes o a exhibidores de espectáculos. Una de ellas se hallaba iluminada: allí exhibían, mediante la entrega de medio florín, un tigre traído de las Indias. Había cola. Nathaniel llevaba dinero aquel día y nunca había tenido la ocasión de ver un tigre. Le apeteció ver ese bello animal feroz, apenas más carnívoro -pensó- que la raza de los hombres, y en cuyos hermosos ojos brilla una llamita verde. Había un cartel pequeño colgado en la puerta, que le produjo un sobresalto: la entrada era gratuita para todo el que trajese un perro, o cualquier otro animal en buen estado de salud, del que quisiera deshacerse. Precisamente, cerca de él, una burguesa de media edad, aún vistosa con su traje de color pardo y su cuello blanco, llevaba en brazos a un perrito de aguas, un cachorro de apenas dos o tres meses. La mujer comprendió que el joven la miraba con reproche.
-Mi perra ha tenido una camada. Hemos conseguido colocar a la mayoría, pero no sé qué hacer con éste.
Nathanael sacó su medio florín.
-Dádmelo a mí.

martes, 6 de enero de 2015

gente que lee (20)

Muchacho leyendo una historia de aventuras [1923], obra del pintor, fotógrafo e ilustrador estadounidense Norman Rockwell [1894-1978].

lunes, 5 de enero de 2015

...raspaduras de nuestra propia existencia.

[...] A las imágenes que yo había visto desfilar veintidós años antes vinieron a añadirse otras, nacidas de las mismas. Para todo libro que ha llegado al punto en que ya no falta sino escribirlo, siempre se produce esta proliferación. Nuevos personajes hallados por casualidad al volver de un episodio, escenas ocultas tras otras escenas como otros tantos decorados móviles [...]. Toda obra literaria se compone así de una parte de imaginación, de recuerdos y de hechos, de nociones e informaciones recibidas durante la vida mediante la palabra y los libros, y de las raspaduras de nuestra propia existencia.

Lo cuenta la escritora francesa Marguerite Yourcenar [1903-1987] hablando del proceso de escritura de una de sus novelas.

domingo, 4 de enero de 2015

¿Qué enfermedad es esa?

Momo miraba fijamente al maestro Hora. En voz baja preguntó:
- ¿Qué enfermedad es esa?
- Al principio apenas se nota. Un día, ya no se tiene ganas de hacer nada. Nada le interesa a uno, se aburre. Y esa desgana no desaparece, sino que aumenta lentamente. Se hace peor de día en día, de semana en semana. Uno se siente cada vez más descontento, más vacío, más insatisfecho con uno mismo y con el mundo. Después desaparece incluso ese sentimiento y ya no se siente nada. Uno se vuelve totalmente indiferente y gris, todo el mundo parece extraño y ya no importa nada. Ya no hay ira ni entusiasmo, uno ya no puede alegrarse ni entristecerse, se olvida de reír y llorar. Entonces se ha hecho el frío dentro de uno y ya no se puede querer a nadie. Cuando se ha llegado a ese punto, la enfermedad es incurable. Ya no hay retorno. Se corre de un lado a otro con la cara vacía, gris, y se ha vuelto uno igual que los propios hombres grises. Se es uno de ellos. Esta enfermedad se llama aburrimiento mortal.

De la novela Momo, del escritor alemán Michael Ende [1929-1995].

sábado, 3 de enero de 2015

En casa del maestro...

Nathanael se encontró a gusto en casa del maestro, pese a las bofetadas y golpes que llovían sobre los alumnos. Pronto le encargaron que enseñase el alfabeto a los más pequeños de sus condiscípulos, pero lo hacía muy mal, y nunca hallaba el momento oportuno para golpear con la regla de hierro los dedos de los chicos. No obstante, su aire de dulzura y su atención servían para que cundiese el buen ejemplo entre los muchachos de su edad. Por la tarde, cuando ya se habían marchado los colegiales, el maestro le permitía leer: en verano, mientras había luz, en el jardín, y en invierno, al resplandor de la lumbre, en la cocina. La escuela poseía unos cuantos libros gruesos que el maestro juzgaba demasiado valiosos y de lectura harto difícil para entregársela a la caterva de colegiales, que pronto los habrían hecho pedazos. Allí había un Cornelius Nepos, un tomo descabalado de Virgilio, otro de Tito Livio, un Atlas donde se veía Inglaterra y los cuatro continentes con el mar alrededor, y delfines en el mar, así como un planisferio celeste sobre el cual hacía el niño muchas preguntas que el maestro no siempre sabía contestar. Entre los libros menos serios, había varias obras de un tal Shakespeare, que habían obtenido grandes éxitos en sus tiempos, y la novela de Perceval, impresa en caracteres góticos muy difíciles de descifrar. El maestro le había comprado todo aquello a bajo precio a la viuda de un vicario de la vecindad, para quien los únicos libros estimables eran los sermones de su difunto marido. Nathanael aprendió de esta suerte a hablar un inglés muy puro, aunque en su casa lo destrozaban, y también un poco de latín, para el que tenía bastante facilidad. Al maestro le gustaba hacerle trabajar, pues tenía pocas ocasiones de ejercitar su propio talento, desde que ya no daba clase en un colegio de Londres. Era implacable con la gramática, y acompañaba a Virgilio golpeando acompasadamente con el índice la tabla de su pupitre.

Del relato largo, o novela corta, Un hombre oscuro, de Marguerite Yourcenar [1903-1987].

viernes, 2 de enero de 2015

jueves, 1 de enero de 2015

¡Feliz capítulo 2015!

[Me lo envió anoche por guasap mi amiga María: un buen inicio de año para mi blog sobre cosas que leo y cosas que escribo. ¡Gracias!]

hola ¿qué haces?