He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]

jueves, 30 de noviembre de 2017

Charlemos

Montag movió los labios.
—Charlemos.
Las mujeres dieron un respingo y se le quedaron mirando.
—¿Cómo están tus hijos, Mrs. Phelps? —preguntó él.
—¡Sabe que no tengo ninguno! ¡Nadie en su sano juicio los tendría, bien lo sabe Dios! —exclamó Mrs. Phelps, no muy segura de por qué estaba furiosa contra aquel hombre.
—Yo no afirmaría tal cosa —dijo Mrs. Bowles—. He tenido dos hijos mediante una cesárea. No tiene objeto pasar tantas molestias por un bebé. El mundo ha de reproducirse, la raza ha de seguir adelante. Además, hay veces en que salen igualitos a ti, y eso resulta agradable. Con dos cesáreas, estuve lista. Sí, señor. ¡Oh! Mi doctor dijo que las cesáreas no son imprescindibles, que tenía buenas caderas, que todo iría normalmente, pero yo insistí.
—Con cesárea o sin ella, los niños resultan ruinosos. Estás completamente loca —dijo Mrs. Phelps.
—Tengo a los niños en la escuela nueve días de cada diez. Me entiendo con ellos cuando vienen a casa, tres días al mes. No es completamente insoportable. Los pongo en el «salón» y conecto el televisor. Es como lavar ropa; meto la colada en la máquina y cierro la tapadera. —Mrs. Bowles rió entre dientes—. Son tan capaces de besarme como de pegarme una patada. ¡Gracias a Dios, yo también sé pegarlas!
Las mujeres rieron sonoramente.
Mildred permaneció silenciosa un momento y, luego, al ver que Montag seguía junto a la puerta, dio una palmada.
—¡Hablemos de política, así Guy estará contento!

De la novela Fahrenheit 451 [1953] de Ray Bradbury [1920-2012].

miércoles, 29 de noviembre de 2017

martes, 28 de noviembre de 2017

Jurado

El año pasado por estas fechas me llamaron del ayuntamiento de uno de los pueblos de la sierra para proponerme ser jurado de un pequeño concurso de cuentos.
Fue una experiencia divertida e interesante...

Este año repito...

lunes, 27 de noviembre de 2017

domingo, 26 de noviembre de 2017

sábado, 25 de noviembre de 2017

Ni una menos

Hoy en mi blog sobre cosas que leo y cosas que escribo, nada que leer, nada que escribir...
Sólo seguir gritando lo obvio, una y otra vez, hasta que deje de ser necesario.

#NI UNA MENOS

viernes, 24 de noviembre de 2017

gente que lee (197)

Salvo lo del perrito, así está la cosa: sofá, manta, infu, libro... y fuera, el frío.

jueves, 23 de noviembre de 2017

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Cansancio

Hay días que uno está tan cansado que no tiene energía ni para leer novelas. Menos mal que hay amigxs cerca que ayudan a cargar las pilas de nuevo...
¡Seguimos!

martes, 21 de noviembre de 2017

lunes, 20 de noviembre de 2017

García Márquez

En el taller de Zapata sale de vez en cuando García Márquez. Leí muchas cosas suyas hace mil años, cuando estaba en la facultad. Estos días me he propuesto leerle de nuevo.
Hoy, entre unas cosas y otras de mi gymkana de los lunes, he leído Crónica de una muerte anunciada. Lo acabo de terminar en el metro camino de la Escuela de Escritores.
Es uno de esos libros que leí hace treinta años y que hoy he vuelto a descubrir cómo si fuera la primera vez.
Alucinando estoy...

domingo, 19 de noviembre de 2017

Así es la vida

[...] Así es la vida.
—Así es —suspiró el coronel—. La vida es la cosa mejor que se ha inventado.

De la novela El coronel no tiene quien le escriba [1957] de Gabriel García Márquez [1927-2014].

sábado, 18 de noviembre de 2017

viernes, 17 de noviembre de 2017

Yo te creo


Por puta

Tienes 18 años. Estrenas mayoría de edad. Eres oficialmente adulta. Con cuerpo de mujer hecha y derecha, aunque en tu rostro y en tu mirada y en lo más hondo de tu seno, donde habita lo que llamamos alma, puede que aún seas, lo serás siempre, la niña de los ojos de los tuyos. Pero tú te crees muy mayor. Y capaz. Y libre. Lo eres, de hecho. Lo dice tu condición de ciudadana de pleno derecho. Estamos en julio. Empieza tu primer verano de libertad absoluta. Te quieres comer el mundo. Te vas a los Sanfermines. Bebes, bailas, te desmadras tanto o más que tus pares varones. Conoces a unos chicos en la calle a las tantas de la noche. Altos, guapos, simpáticos como ellos solos. Hombres, ellos sí, hechos y derechos que te sacan 10 años, 10 centímetros y mucho más que 10 kilos de envergadura por barba. Os divertís juntos. Jijí, jajá, selfis, picos, morritos, morreos. Puede que te des el lote con uno, o con varios, o con todos. Porque sí. Porque eres dueña de ti misma. Porque te da la gana y punto. Se ofrecen a acompañarte al coche. De camino, te meten en un portal y te penetran por donde quieren mientras se jalean, te graban en tal trance y se jactan de su hazaña ante sus colegas. Acaban, te roban el móvil y te dejan tirada en la escalera. Les denuncias. Les enchironan. Lloran. Patalean. Piden justicia. Dicen que son inocentes. Que tú consentiste. Que lo pasaste bomba, incluso. Pagan a un detective para que te siga y demuestre en el juicio que no eres una santa y que después del episodio estabas tan pancha. Entrabas, salías, vivías. Lo que no dicen es que, de cinco tíos como cinco Torres del Oro, ni uno tuvo una neurona activa o una célula de humanidad para acabar con la orgía, aunque tú se la hubieras pedido, como insinúan, casi de rodillas. Pero, claro, ellos son hombres y tienen sus urgencias. Y tú eres muy suelta. Ya se ve en el informe del detective. Lo que te pasa, te pasa por algo. Por puta.

Artículo de Luz Sánchez-Mellado publicado esta semana en El País haciendo referencia al juicio que se celebra estos días del caso de la violación en grupo de una chica en las fiestas de San Fermín del año pasado.


Y parece ser que estos son los cinco cabestros acusados:
Se hacen llamar La manada de San Fermín, y por lo visto están muy preocupados por que su imagen circule por ahí, manchando su fama y su buena reputación. Así que aquí dejo su foto, que he encontrado por ahí, confiando en que quien quiera, amablemente, la difunda por las redes...

#yotecreo
#NOesNO

jueves, 16 de noviembre de 2017

gente que lee (195)

Fotografía atribuida [ca. 1940, Praga] a M. Peterka.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Amigaza

Creo que hay algunas historias que es más fácil contar con imágenes que con palabras...
¡Felicidades María!

martes, 14 de noviembre de 2017

El placer inverosímil

Aquella noche descubrí el placer inverosímil de contemplar el cuerpo de una mujer dormida sin los apremios del deseo o los estorbos del pudor.

De la novela Memoria de mis putas tristes [2004] de Gabriel García Márquez [1927-2014].

lunes, 13 de noviembre de 2017

Otra vez...

Una de las cosas que más me gustan, de las que hago últimamente relacionadas con la escritura, es participar cada semana en el concurso Relatos en Cadena, que organiza la Escuela de Escritores con el programa La Ventana de la Cadena Ser.
El año pasado logré escribir los 32 minicuentitos, uno por cada semana del concurso, y además me llamaron para una de las finales semanales en enero.

Esta semana debe de haberles vuelto a gustar lo que les he enviado porque hace unas horas me han llamado diciéndome que el mío era uno de los tres relatos finalistas de esta tarde...


Tan contento...
;o)

domingo, 12 de noviembre de 2017

Deja que se vayan...

Me lo acabo de encontrar en el instagram de una amiga. No sé de qué libro es ni quién lo ha escrito. Ella sólo ha puesto 'cosas que leo'. Pero me viene fenomenal para estos días, parece que estuviera escrito para mi...

sábado, 11 de noviembre de 2017

El poder de la lectura


Me lo envía (hace un rato) por guasap mi sobrina Carla... ¡¡¡gracias!!!

viernes, 10 de noviembre de 2017

jueves, 9 de noviembre de 2017

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Bram Stoker

Hoy, 8 de noviembre, se cumplen 170 años del nacimiento del escritor irlandés Bram Stoker [1847-1912], autor, entre otras obras, de la novela Drácula [1897] en la que creó el personaje del Conde Drácula, el más famoso de los vampiros...

martes, 7 de noviembre de 2017

gente que lee (192)

Vero me hizo esta foto leyendo hace un par de días en Barcelona, cuando fuimos a ver a Mónica. Y antes de enviármela la n'undificó, claro...
;o)

lunes, 6 de noviembre de 2017

Y eso es exactamente lo que significa escribir

Y eso es exactamente lo que significa escribir: ser capaz de trasladar los pensamientos más originales, con todos sus recovecos y todo su misterio, a la hoja en blanco. Escribir significa acercarse a nuestro más genuino yo y a nuestro más auténtico punto de vista.

Del libro El rayo y el trueno [2001] de Natalie Goldberg.

domingo, 5 de noviembre de 2017

¿Por dónde empezamos?

—¿Por dónde empezamos? —Abrió a medias un libro y le echó una ojeada—. Supongo que tendremos que empezar por el principio.
—Él volverá —dijo Mildred—, y nos quemará a nosotros y a los libros.
La voz de la puerta de la calle fue apagándose por fin. Reinó el silencio. Montag sentía la presencia de alguien al otro lado de la puerta, esperando, escuchando. Luego, oyó unos pasos que se alejaban.
—Veamos lo que hay aquí —dijo Montag.
Balanceó estas palabras con terrible concentración. Leyó una docena de páginas salteadas y, por último, encontró esto:
—Se ha calculado que, en épocas diversas, once mil personas han preferido morir antes que someterse a romper los huevos por su extremo más afilado.
Mildred se le quedó mirando desde el otro lado del vestíbulo.
—¿Qué significa esto? ¡Carece de sentido! ¡El capitán tenía razón!
—Bueno, bueno —dijo Montag—. Volveremos a empezar. Esta vez, por el principio.

Final de la primera parte de la novela Fahrenheit 451 [1953] de Ray Bradbury [1920-2012].

sábado, 4 de noviembre de 2017

gente que lee (191)

La actriz británica Gladys Cooper [1888-1971] fotografiada leyendo en 1910.

viernes, 3 de noviembre de 2017

¿Qué hay que hacer?

«¡Natalie!» Durante una conferencia alguien levanta la mano y, aunque no tengo poderes psíquicos, puedo percibir la pregunta que flota en el aire: «¿Qué hay que hacer para llegar a ser escritor?».
Siempre contesto lo mismo: «Leer, leer sobre todo el género que te interesa, escuchar atentamente y, por supuesto, escribir».

Del libro El rayo y el trueno [2001] de Natalie Goldberg.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Siempre

Antes de mí
no tengo celos.

Ven con un hombre
a la espalda,
ven con cien hombres en tu cabellera,
ven con mil hombres entre tu pecho y tus pies,
ven como un río
lleno de ahogados
que encuentra el mar furioso,
la espuma eterna, el tiempo!

Tráelos todos
adonde yo te espero:
siempre estaremos solos,
siempre estaremos tú y yo
solos sobre la tierra
para comenzar la vida!

Los versos del capitán [1952]
Pablo Neruda [1904-1973]

miércoles, 1 de noviembre de 2017

martes, 31 de octubre de 2017

lunes, 30 de octubre de 2017

gente que lee (190)

Vero leyendo.
No sé dónde estamos en esta foto, pero mirando la fecha veo que tiene unos diez años...
¡¡¡Seguimos!!!

domingo, 29 de octubre de 2017

33 razones

Hoy me he encontrado con ésto dando vueltas por ahí...

sábado, 28 de octubre de 2017

viernes, 27 de octubre de 2017

Barro y silencio

En un mundo de plástico y ruido, quiero ser de barro y de silencio.

La frase es de Eduardo Galeano, la acabo de encontrar por ahí, y parece que la hubiera  escrito para mí, porque  no se me ocurre un modo mejor de expresar cómo me siento hoy.

***

Unas horas después de haber publicado esta entrada en el blog, mientras leo Fahrenheit 451, me encuentro con esta frase:

En el silencio, nuestro susurro pudiera ser oído.

jueves, 26 de octubre de 2017

gente que lee (189)

Esta vez es mi amigazo José Miguel quien me manda una foto de su hijo Arturo leyendo.
¡Gracias!

miércoles, 25 de octubre de 2017

martes, 24 de octubre de 2017

lunes, 23 de octubre de 2017

domingo, 22 de octubre de 2017

sábado, 21 de octubre de 2017

Aprendiendo todo el rato

Otra vez tengo en Albarracín la sensación de estar aprendiendo todo el rato. No hay ninguna vez que haya venido aquí y me haya ido de vacío. Y no sólo hablo de aprender sobre fotografía, claro...

viernes, 20 de octubre de 2017

Albarracín, otra vez

Esta tarde me vuelvo a ir a Albarracín. Al Seminario de Fotografía y Periodismo que organiza allí, todos los años por estas fechas, Gervasio Sánchez. Me apetece, como siempre: días de higiene y gimnasia mental, de aprendizaje.
¡Seguimos!

jueves, 19 de octubre de 2017

El impostor

Hace tiempo que sé que el señor que duerme conmigo todos los días en mi casa no es mi marido. Tardé en percaterme de que no era él, porque se parecen mucho, pero ahora estoy segura.
Sí, ya sé que suena raro, ya se lo conté la otra vez que vine y usted puso cara de descreído y me dijo que quería conocer todos los detalles. Por eso he venido ya varias veces, como me pidió.
Es cierto, el señor del que le hablo se parece muchísimo a mi Esteban. Tiene su misma cara, sus mismos gestos, su misma forma de hablar pánfila y aburrida, sus ojos bobalicones. Pero de repente, hace algún tiempo, ya le digo, empezó a decir y a hacer cosas raras que no le había visto a mi marido nunca en la vida. De vez en cuando actuaba de forma extraña, como si no lleváramos ya más de cuarenta años casados y todavía pudiéramos sorprendernos el uno al otro con algo.
Un día, por ejemplo, para que se haga usted una idea de lo que le quiero decir, me trajo el desayuno a la cama. «¿Estás tonto?», le dije, «¿te crees que soy ya una vieja inútil que no puedo hacerme mi desayuno?». Me miró con su cara de cándido y me dijo que le perdonara, que la noche anterior se le había ocurrido que podría ser bonito preparármelo. «¡De verdad! Hay que ver lo tonto que te has vuelto con los años, parece mentira, con lo que tú has sido y para lo que te has quedado.»
Otro día, de repente, llegó con unas flores. ¿Se imagina? Se presentó en casa con un ramo enorme. Había venido Lucía con otra de mis amigas a tomar café a casa, y ahora que se lo cuento a usted me da risa recordarlo, pero entonces me dio vergüenza ajena verle entrar por la puerta con esa chaqueta que le pinga por detrás y con esa cara de cordero degollado con la que se plantó en mitad del salón y me dijo «Elisa, querida, son para ti».
Ese día fue cuando tuve claro que ese señor no era mi Esteban de siempre. Disimulé unos días. Le seguí la corriente. Pero tenía cada vez más claro que no era Esteban, sino un doble de Esteban, un suplantador, un impostor que de algún modo se había deshecho del auténtico y había tomado su lugar en mi casa, en mi vida y en mi cama. Eso sí, era tal cual, un doble muy bueno, lo reconozco.
Un día fuimos juntos a una de esas revisiones médicas que tenemos cada dos por tres últimamente, ya sabe usted, cosas de la edad, que cuando no te falla una cosa te falla otra, y el médico le dijo que estaba como una rosa, que vaya cambio había dado en sus análisis y que daba gusto cuando un hombre de su edad empezaba a cuidarse, a hacer ejercicio, a comer como Dios manda, a dejar de fumar y a tomar conciencia de que es bueno hacer todas esas cosas saludables que te recomiendan los médicos cuando empiezas a cumplir años.
Menuda chorrada, pensé yo. Éste no se ha enterado de nada. Se lo dije, claro. Sutilmente le di a entender que Esteban ya no era el de siempre. Cuando me contestó que la gente cambia, que se pueden tener nuevos hábitos y no sé qué más chorradas, le expliqué que no, que no es que Esteban hubiera cambiado de costumbres, sino que realmente este señor no era mi Esteban, que lo habían cambiado. Entre bromas y veras, me miraron los dos con cara de sorprendidos y ese día fue cuando el doctor me propuso que viniera a verle a usted.
Y entonces fue cuando vine a verle a usted por primera vez. Y la segunda vez que nos vimos me habló usted del síndrome ése, creo que lo llamó de Capgras o de Caspras o algo así. No recuerdo del todo aquello que me explicó de que hay gente que piensa que alguien cercano ha sido cambiado por un doble. Pero vamos, que me pareció un disparate, porque en el caso de Esteban yo no tengo ningún síndrome ni nada que se le parezca, sino que lo que tengo es un doble perfecto que se ha instalado en mi casa y que dice que es mi marido. Aquello que me contó usted me pareció una tontería, perdóneme que se lo diga así, pero bueno, me pareció usted un señor muy amable y muy correcto, y por eso es por lo que he venido ya varias veces a verle, por no hacerle un feo.
Al principio, cuando estuve segura de que Esteban no era Esteban, pensé en ponerle una denuncia, al nuevo claro, no a mi marido, pero me pareció difícil que me creyeran en la comisaría y me dio un poco de vergüenza explicarle a un policía que un señor mayor, muy parecido a mi marido, se me había metido en mi casa y en mi cama.
Pensé también en intentar echarle de casa, o mandarle de viaje durante una temporada, que de algo nos tenía que servir estar jubilados y tener una casa en la playa. Mi amiga Lucía se reía, con esa risita nerviosa suya tan tonta y tan cursi que tiene, cuando le dije que llegué a pensar en liquidarle. ¿Qué sé yo? Un traspiés en la escalera, algo en la comida que le diera una buena sacudida a su hipertensión o un resbalón en la bañera. Algo fácil y limpio que me quitara de encima a aquel desconocido que era como una copia de mi Esteban. Pero no hice nada de eso. Seguí disimulando y la verdad es que me he ido acostumbrando a aquel señor.
Y aquí estoy otra vez, charlando con usted. No sé para qué, la verdad, porque ya le digo que desde hace tiempo estoy bien segura de lo que le estoy contando, y aunque hubo un momento al principio en que me produjo un poco de cosa tener en casa a un señor que no conocía, y lo que me apetecía era que volviera el de siempre, luego me fui dando cuenta de que es un señor muy majo. Mucho más cuidadoso que mi Esteban. Y más amable. Tiene la misma cara de pasmado que ha tenido Esteban toda la vida, pero a veces, cuando quiere, es mucho más simpático. Estoy encantada con él. Hasta algún día me ha dado una alegría al irnos a dormir, ya sabe usted a qué me refiero. Hacía años que Esteban, mi marido, el otro, ni se acordaba de esas cosas. Y mira éste, una alegría, ya le digo. Una alegría adecuada a nuestra edad, claro, pero qué quiere que le diga, una alegría al fin y al cabo. Así que he pensado que quizá podría quedármelo, antes de que aparezca el verdadero, que era un aburrido y un insustancial y un soso. ¿A usted qué le parece?

La Cabrera, octubre de 2017.

Licencia Creative Commons
El impostor por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Días de libro y sofá

Hoy me ha despertado la lluvia.
En la sierra ha empezado a llover. Mucho. Y creo que en todas partes, por lo que me cuentan amigxs y familia.
Esta mañana llovía como si hubiera que recuperar el retraso de estos primeros días de otoño que han sido demasiado calurosos, demasiado secos, quizá demasiado veraniegos.
Intentaré buscarme un rato esta semana, antes de subirme a Albarracín el viernes, para darme un buen paseo por mi dehesa recién empapada...

[La ilustración es de Xarly Rodríguez (@lucreativo en Instagram). Gracias Solenpapel por compartirla.]

martes, 17 de octubre de 2017

gente que lee (187)

Relieve realizado a finales del siglo II de nuestra era, representando una antigua escuela romana encontrado en Neumagen, Alemania.

lunes, 16 de octubre de 2017

Aplastamiento de las gotas

Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol. 
Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

Julio Cortázar [1914-1984]

domingo, 15 de octubre de 2017

gente que lee (186)

Floria Tosca y Mario Cavaradossi leyendo el salvoconducto que les ha escrito, poco antes de morir, el barón Scarpia para salir de Roma... durante el tercer acto de la ópera Tosca [1900] de Giacomo Puccini [1858-1924].

En la imagen Raina Kabaivanska y Plácido Domingo en la versión de la ópera que se grabó en los escenarios reales en los que ocurre la acción.

sábado, 14 de octubre de 2017

Tosca

El libreto de la ópera Tosca, otro librito que me llevo a casa.
Éste muy deseado y disfrutado.

viernes, 13 de octubre de 2017

jueves, 12 de octubre de 2017

La gente no habla de nada

[...] A veces, me deslizo a hurtadillas y escucho en el «Metro». O en las cafeterías. Y, ¿sabe qué?
—¿Qué?
—La gente no habla de nada.
—¡Oh, de algo hablarán!
—No, de nada. Citan una serie de automóviles, de ropa o de piscinas y dicen que es estupendo. Pero todos dicen lo mismo y nadie tiene una idea original. Y en los cafés, la mayoría de las veces funcionan las máquinas de chistes, siempre los mismos, o la pared musical encendida y todas las combinaciones coloreadas suben y bajan, pero sólo se trata de colores y de dibujo abstracto. Y en los museos... ¿Ha estado en ellos? Todo es abstracto. Es lo único que hay ahora. Mi tío dice que antes era distinto. Mucho tiempo atrás los cuadros a veces decían algo o incluso representaban a personas.
—Tu tío dice, tu tío dice... Tu tío debe de ser un hombre notable.
—Lo es. Sí que lo es. Bueno, he de marcharme. Adiós, Mr. Montag.
—Adiós.
—Adiós...

De la novela Fahrenheit 451, escrita por Ray Bradbury [1920-2012] en 1953.

miércoles, 11 de octubre de 2017

gente que lee (184)

Marinero leyendo un cómic, 1942.
Fotografía de Thomas D. McAvoy [1905-1966]..

lunes, 9 de octubre de 2017

Baldo y mi abuela Maruja

Me lo manda hace un rato mi tío Paco desde Algeciras...
;o)

domingo, 8 de octubre de 2017

Aprendiendo todo el rato

Estos días estoy preparando los talleres de fotografía que empezamos esta semana en La Cabrera. Hace unos días conté aquí lo bien que me lo paso con estas cosas. Y además aprendo todo el rato... De fotografía, por supuesto, pero también de muchas más cosas.
Leyendo y buscando cosas aquí y allá esta semana he aprendido palabras como polímata, fosfeno, escopofilia y polisón...
Son palabras de esas que ciertamente no son muy útiles para la vida diaria, pero que mola conocer y de las que uno nunca sabe cuándo pueden salir en una conversación cultureta......
;o)))

sábado, 7 de octubre de 2017

Kazuo Ishiguro

Kazuo Ishiguro [1954- ], escritor británico de origen japonés, premio Nobel de Literatura 2017.
(La imagen fue realizada en 1989 por Sally Soames)

viernes, 6 de octubre de 2017

Fronteras

La disputa sobre fronteras eclipsa la evidencia de su obsolescencia.

Lo acabo de leer hace un rato en el facebook de Vero.
Así de claro. Así de fácil. Así de obvio.

jueves, 5 de octubre de 2017

miércoles, 4 de octubre de 2017

Caligrafías

Leo aquí y allá que se afianza la tendencia consistente en dulcificar los cuentos infantiles de toda la vida para que los niños no se traumaticen con las desventuras de Hansel y Gretel o de Caperucita Roja, por poner dos ejemplos. Así, mientras la ficción se sosiega, la realidad se destempla. Vean: cuatro críos de cinco, siete, nueve y catorce años convivieron durante varios días con los cadáveres de su madre y de su pareja, que se habían suicidado con fármacos en el dormitorio de la vivienda tras haber sido expulsados paulatinamente por la maquinaria del sistema hacia sus márgenes. Los niños, temerosos de caer en una pesadilla novelesca digna de Stephen King si intentaban despertarlos, continuaron con sus rutinas sin mencionar a nadie lo que ocurría en casa. El mayor se ocupaba del aseo de los pequeños y los cuatro se iban cada día al colegio mientras los cadáveres se descomponían y enfriaban sobre la cama. Ignoramos cómo afrontaban los pobres huérfanos las clases de matemáticas o de caligrafía. No debe de ser fácil sumar dos y dos o escribir con buena letra mi mamá me ama en tales circunstancias. 
¿Y si dejáramos de retocar los cuentos infantiles de toda la vida para aplicarnos a mejorar la realidad que comienza a imitarlos? Después de todo, la ficción nos vacuna de los peligros de la existencia. Si ningún niño pequeño ha sido tragado hasta ahora por una vaca y expulsado horas más tarde por el culo del animal, confundido entre sus heces, ha sido sin duda gracias a un cuento donde ya sucedía eso. Cuando la fantasía desaparece, la realidad tiende a ocupar su espacio. Éranse una vez cuatro niños cuyos padres se suicidaron en la habitación de al lado mientras ellos mismos se preparaban el colacao en la cocina.

Juan José Millás [1946- ] en El País hace unos días.

martes, 3 de octubre de 2017

Empezando, otra vez

Estos días tengo mucho la sensación de que empieza todo: nuevos talleres de fotografía en La Cabrera, nuevos alumnos, nuevas actividades y, claro, nuevo taller de escritura con Zapata.

¡Seguimos!

lunes, 2 de octubre de 2017

La más perniciosa ralea de repugnantes sabandijas

Se quedó completamente asombrado con el relato que le hice de los acontecimientos de nuestra historia durante el último siglo, y enérgicamente afirmó que se trataba simplemente de un cúmulo de conspiraciones, rebeliones, asesinatos, matanzas, revoluciones y destierros, los peores efectos que la avaricia, el partidismo, la hipocresía, la deslealtad, la crueldad, la ira, la locura, el odio, la envidia, la lujuria, el rencor y la ambición pudieran producir.
En otra entrevista Su Majestad se tomó la molestia de recapitular el total de todo lo que yo había dicho, comparó las preguntas que me había hecho con las respuestas que le había dado, y después, tomándome en sus manos y acariciándome suavemente, se expresó con estas palabras, que no olvidaré nunca, ni el modo en que las pronunció. «Amiguito Grildrig: Has hecho un panegírico admirabilísimo de tu país. Has demostrado claramente que la ignorancia, la holgazanería y el vicio son los ingredientes necesarios para poder ser legislador; que las leyes las explican, interpretan y aplican mejor aquellos cuyo interés y aptitudes radican en tergiversarlas, embarullarlas y eludirlas. Advierto en vosotros algunos trazos de una cierta institución que originalmente pudo haber sido aceptable, pero que se encuentran medio borrados, y el resto completamente desdibujados y emborronados por la corrupción. De todo lo que has dicho no parece que sea necesario ningún talento para la consecución de cargo alguno entre vosotros, y mucho menos que los hombres se ennoblezcan con su virtud, que los sacerdotes asciendan por su devoción o erudición, los soldados por su conducta o valor, los jueces por su integridad, los parlamentarios por el amor a la patria y los consejeros por su sabiduría. En cuanto a ti (continuó el Rey), que has pasado la mayor parte de tu vida viajando, me inclino a confiar que puedas haber escapado hasta ahora de muchos vicios de tu país. Pero por lo que colijo de tu propio relato y de las respuestas que con mucho trabajo he arrancado y desentrañado de ti, no puedo por menos de concluir que la mayoría de tus paisanos son la más perniciosa ralea de repugnantes sabandijas que la Naturaleza haya jamás permitido se arrastre sobre la superficie de la tierra.»

Del capítulo 6 de la segunda parte de Los viajes de Gulliver [1726], de Jonathan Swift [1667-1745], en la que el protagonista viaja a Brobdingnag, país habitado por gigantes y situado, quizá, en algún lugar del norte del océano Pacífico...

sábado, 30 de septiembre de 2017

viernes, 29 de septiembre de 2017

BPL

Estos días me lo estoy pasando muy bien, por muchos motivos, preparando los talleres de fotografía que empiezo la semana que viene en el Centro de Humanidades de La Cabrera.
Hoy, buscando material sobre Nicholas Nixon [1947- ], el fotógrafo del que hay ahora mismo una exposición en la Fundación Mapfre de Madrid y que quiero ver en el taller, me he encontrado con esta foto tan chula de la Biblioteca Pública de Boston, hecha en 1974.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Hombre de Vitruvio

El Hombre de Vitruvio, dibujo realizado por Leonardo da Vinci [1452-1519] alrededor de 1490, acompañado de su menuda y apretada escritura especular.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

martes, 26 de septiembre de 2017

Tomar notas

Es irresponsable viajar sin tomar notas, incluso vivir. La sensación mortífera del paso uniforme de los días es insoportable.

Entrada del 5 de septiembre de 1911 de los Diarios de Franz Kafka [1883-1924].

lunes, 25 de septiembre de 2017

domingo, 24 de septiembre de 2017

Lucia perdida

Estos días he perdido un libro que me prestaron hace algunas semanas en la biblioteca de Buitrago: el Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin [1936-2004].
Hace ya unos días me di cuenta de que me había pasado, con mucho, de la fecha de devolución. Lo eché al coche para llevarlo a la biblio en alguna de mis visitas a Buitrago. Y hace unos días no estaba. Supongo que se ha debido caer al abrir el maletero para algo estos días...
En fin, es una anécdota poco interesante, pero creo que es la primera vez en mi vida que pierdo un libro de una biblioteca, después de haber pedido en préstamos cienes y cienes de libros en docenas de biblioteca.
Siempre hay una primera vez...
¡Ay!

***

Esta tarde me he pasado por la librería de la autónoma y ya tengo un ejemplar nuevo para llevarlo estos días a la biblioteca. Espero que este no desaparezca...

sábado, 23 de septiembre de 2017

gente que lee (182)

Mujeres elegantes en una biblioteca.
Óleo del pintor francés Edouard Gelhay [1856-1939].

viernes, 22 de septiembre de 2017

Viajes

Espero que el amable lector me excuse por detenerme en estos y similares detalles que, aunque parezcan insignificantes a una mente rastrera y vulgar, ayudarán ciertamente al filósofo a ampliar sus pensamientos e imaginación, y a aplicarlos en beneficio de la vida tanto pública como privada, que éste es mi objetivo al presentar al mundo ésta y otras relaciones de mis viajes, en lo cual he perseguido sobre todo la verdad sin afectaciones de ornamentos eruditos o estilísticos. Pero todas las experiencias de este viaje se me grabaron tan fuertemente en el pensamiento y se encuentran tan profundamente arraigadas en mi memoria, que al confiarlas al papel no quise omitir circunstancia alguna, aunque tras un riguroso repaso taché del original varios pasajes de menos importancia, por temor a que se me acusara de pesado y trivial, como frecuentemente se acusa, quizá no injustamente, a los que viajan.

Del final del capítulo I de la segunda parte de Los viajes de Gulliver [1726], del escritor irlandés Jonathan Swift [1667-1745].

jueves, 21 de septiembre de 2017

Baldo el tuerto en el Capítulo VI

Anoche, 20 de septiembre, hubo luna nueva y colgué aquí un relatito mío titulado Baldo el tuerto. Hace tiempo que tenía ganas de hacerlo público en el blog y ayer, por fin, me decidí. Es un texto que escribí en Manjirón hace casi cuatro años y lo rematé (más o menos) a principios de 2014, un año feo, feo, feo para mí, pero muy productivo en algunos aspectos.
Le tengo cariño a ese relato. Supongo que uno de los motivos es precisamente esa época en que lo escribí. Y que es una de las primeras cosas que escribí que me gustaron y que me gustó enseñar. Además siento que habla mucho de mí, de mi abuelo y de recuerdos de mi infancia que mantengo con mucho cariño.
Lo envié a algún concurso. Y lo he enseñado en alguno de los cursos que he hecho en la Escuela de Escritores y a algunxs amigxs. Y, claro, he recibido muchas críticas. Y muy variadas: hay quien me ha dicho que le encanta, que se huele el mar, que se entra muy bien en la mente del niño, que es estupenda la descripción de los dos hombres y de su encuentro, hay gente de mi familia que dice que nos ve bien a mi abuelo y a mí, hay quien dice que le haría algunos retoques, y recuerdo que en la Escuela una de las críticas era que no había cuento por que no había conflicto ni argumento, que sólo era una descripción de recuerdos más o menos pintorescos y más o menos personales.
Pensé retocarlo, transformar la historia, meter el famoso 'conflicto' para que hubiera cuento... en algún momento de hecho lo intenté, pero al pensar en colgarlo aquí he preferido dejarlo como estaba, como lo dejé en febrero de 2014, cuando lo dí por terminado.

¡¡¡Seguimos!!!

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Baldo el tuerto

—Baldo, coño, cuéntale al chiquillo lo que te pasó en el ojo. Cuéntale por qué tienes más sietes que un trapo viejo.
Era mi abuelo quien hablaba mirándome con su sonrisa cómplice. Y el chiquillo era yo, claro, que cuando le oía decir aquellas palabras me quedaba expectante, entre deseoso y asustado, sabiendo lo que venía a continuación. Con nosotros estaba Baldo el tuerto, manoseando su vaso de manzanilla, mirándonos con su único ojo, azul muy claro, casi gris.
Yo tendría entonces diez o doce años. Pasábamos las vacaciones de verano en Algeciras, en casa de mis abuelos, los padres de mi madre. De finales de junio a primeros de septiembre, eran más de dos meses entre los chapuzones en la playa del Rinconcillo y los paseos por el parque, la calle Ancha y la plaza Alta. Recuerdo el sabor de las patatas fritas mezclado con el del agua del mar del ultimísimo baño de cada día, cambiándonos de ropa a toda prisa mientras esperábamos el autobús para volver a casa a comer. Recuerdo los sobres con soldaditos de plástico que me compraba los domingos al salir de misa en uno de los carrillos que había junto a la iglesia de la Palma. Recuerdo las tiendas de campaña, como las llamábamos mis hermanas y yo, que montábamos en el balcón con unas colchas y un par de mantas viejas que nos dejaba la abuela, para escondernos allí de los adultos a jugar durante el calor de la tarde. Recuerdo a los miles de marroquíes que abarrotaban el paseo marítimo durante días hasta poder pasar al otro lado del Estrecho, con un montón de críos y con los coches llenos de bártulos que traían desde Francia, Bélgica o Alemania. Recuerdo ir con mi abuela a hacer la compra al mercado, a la Plaza, como ella lo sigue llamando. Recuerdo los cines de verano, el Delicias, el Fuentenueva...
De vez en cuando, quizá un par de veces cada verano, mi abuelo me decía:
—Niño, ¿te vienes a Los Pinos, a ver qué se cuenta mi amigo Baldo el Tuerto, y de paso nos traemos unos piñones, que dice la abuela que se le han acabado los últimos que trajimos...?
Antes de que hubiera terminado la frase yo ya estaba listo para salir, preparado para lo que sabía que era un muy buen plan para una mañana de vacaciones.
Los Pinos era un antiguo restaurante de carretera que estaba un poco antes de llegar a Palmones. En los años 50 y 60 era parada obligada de los camioneros que hacían la ruta de Málaga a Algeciras. Cuando se fue arreglando la carretera y se desdoblaron algunos tramos para mejorar el tráfico por la costa, el restaurante fue agonizando hasta casi desaparecer. Poco a poco fue deteriorándose, la clientela menguó y en los años en que yo iba con mi abuelo, en los últimos setenta, sólo pasaban por allí los viejos amigos de Baldo el tuerto, el dueño, que había echado buena parte de su vida detrás de la barra, poniendo vinos y menús durante más de veinte años.
Alrededor de lo que quedaba del restaurante había un pinar enorme, cuya sombra en verano era el principal encanto de Los Pinos, además, por supuesto, de su cocina, donde Teresa, la mujer de Baldo, hacía maravillas con los pucheros y las sartenes: chanquetes, cazón en adobo, hígado encebollado, magro con tomate, calamares rellenos, caracoles con poleo...
Baldo el tuerto era un hombre grande, o al menos a mi me lo parecía. Tendría entonces unos setenta y tantos años, diez o quince más que mi abuelo, pero aparentaba muchos menos: se mantenía en forma y conservaba su pelo, que aunque griseaba, aún mostraba algo del tono rubio que debió de tener años atrás. En alguna ocasión le oí hablar de su madre, Naja. Le gustaba decir que era una vikinga que había venido del hielo del norte al mediterráneo para conocer el sol del sur. Una danesa que con poco más de veinte años había recorrido medio mundo y hablaba varios idiomas, entre ellos algo de español. Su padre fue diplomático y su madre una escritora de cierto éxito en su país a finales de siglo, que publicó varias novelas, estrenó alguna obra de teatro y llegó a colaborar con Nielsen en una ópera que nunca llegó a estrenarse. Una familia adinerada, culta y viajera.
Una mañana, paseando por el puerto de Cádiz, días antes de embarcarse hacia Italia con sus padres y con su hermano, Naja se cruzó con Julián, que preparaba con sus compañeros las redes y los aparejos para salir de pesca. Quizá le preguntó algo sobre el tiempo o sobre la pesca en esa época del año o sobre cómo se arreglaban las redes. Baldo nunca supo con certeza cómo se inició aquella conversación, y cada vez que contaba la historia echaba mano de la imaginación de la que no escaseaba y de su capacidad para provocar interés en quien le escuchara, y adornaba a su gusto aquel primer encuentro entre sus padres. Su madre, la vikinga, volvió al día siguiente para continuar la charla. Y también al siguiente. Hasta que llegó el día en que tenía que embarcar para Italia y decidió quedarse.
Era una de esas historias que parece que sólo ocurren en las novelas y en las películas. Naja murió muy joven, cuando Baldo tenía sólo once años, más o menos mi edad cuando iba con mi abuelo a verle a Los Pinos. Le dejó un padre triste, la facilidad para los idiomas, su pelo rubio y unos ojos azules muy claros, casi grises.
Recuerdo sus manos enormes, con dedos gruesos, con la piel muy morena después de años de rozarse con el mar y el sol. Cuando llegábamos a Los Pinos le daba un abrazo a mi abuelo y a mi me estrechaba mi manita de niño para incluirme en esa camaradería de hombres adultos a la que me gustaba pertenecer por unas horas. Mi mano desaparecía en la suya descomunal que me apretaba con suavidad, como si sólo quisiera sugerirme la fuerza que realmente sería capaz de hacer si se lo propusiera. Al hacer memoria siempre le recuerdo con una camiseta de tirantes, unos pantalones de faena y una especie de sandalias de cuero muy gastadas. Tenía un pequeño tatuaje en uno de los brazos, no recuerdo qué era, quizá unas letras en algún idioma que yo no entendía.
Pero lo que hacía inconfundible a Baldo el tuerto, el amigo de mi abuelo, eran varias cicatrices de las que cuando llegábamos a verle yo era incapaz de apartar la mirada durante un buen rato. Tenía un par de ellas en uno de los brazos, casi paralelas, que subían desde la muñeca hasta más allá del codo girando alrededor del brazo. Otra, que le arrancaba desde el tobillo hacia arriba, y que siempre quedaba un poco a la vista cuando se remangaba el pantalón al sentarse. Y, sobre todo, tenía una cicatriz gruesa como una lombriz que le cruzaba el pecho bajo la camiseta, subía por su cuello en diagonal, trazaba en su mejilla un sendero por el que no le crecía la barba, que siempre llevaba de varios días, y terminaba un poco más allá del parche negro que le tapaba el ojo que no tenía. Mientras me saludaba dándome la mano, le miraba con ojos asombrados recorriendo esas marcas que yo imaginaba que sólo podían haberse producido cazando ballenas, luchando contra piratas o en alguna aventura del estilo, por lo menos, de las de los tebeos del Jabato que tanto me gustaban.
Cuando mi abuelo me llevaba a Los Pinos a ver a su amigo Baldo el tuerto, nos sentábamos los tres fuera, en una de las mesas de plástico que había a la sombra junto a la puerta. Un par de manzanillas para ellos y una fanta de naranja para mi.
Me sentaba con ellos, con mi fanta en la mano, sin quitar ojo de las cicatrices, sin perderme una palabra de lo que hablaban mi abuelo y él, observando de reojo a la poca gente que pasaba por allí y a la que Lucía, una de las hijas de Baldo, rubia como su abuela vikinga pero con la piel morena del sur, preguntaba desde detrás de la barra qué querían tomar.
Al sentarnos, Baldo el tuerto me preguntaba qué tal me iba en el colegio, me recomendaba que estudiara, que leyera, que si podía viajara todo lo posible para ver el mundo, que es muy grande, y no conviene perderse las muchas cosas increibles que se pueden encontrar en él. Me preguntaba por Madrid, me decía que nunca había estado allí pero que le gustaría, aunque él era más de mar que de tierra. Y cuando consideraba que quizá yo iba a empezar a aburrirme de su conversación, aunque eso no hubiera ocurrido jamás en ninguno de nuestros encuentros, me decía:
–Anda chaval, mientras charlo un rato con el cabrón de tu abuelo, vete a recoger unos piñones, que hace tiempo que nadie los coje y se están amontonando por ahí.
Yo me volvía a mi abuelo pidiéndole con la mirada un permiso que sabía que tenía de antemano, daba un último sorbo a mi fanta, corría detrás de la puerta, donde sabía que había un montón de bolsas de tela colgadas de un gancho, y con una de ellas me iba a recorrer el pinar recogiendo piñones del suelo. Llenaba la bolsa hasta que casi no podía cargar con ella y entonces volvía a sentarme con ellos. Al llegar a la mesa en la que seguían charlando agarrados a sus vasos de manzanilla, yo me sentaba en alguno de los taburetes de madera que siempre había por allí y me ponía a abrir piñones golpeándolos con una piedra.
Baldo y mi abuelo hablaban de política, hablaban de cómo eran Algeciras y el Estrecho hace años y de cómo eran ahora. Se preguntaban mutuamente por amigos comunes, lamentaban la pérdida de alguno o brindaban por el nuevo nieto de otro, y siempre, en algún momento, hablaban del mar. Baldo había sido marino durante muchos años. Varias veces le oí contar que cuando tenía pocos años más que yo ya andaba en uno de esos barcos de pesca que salen a media tarde y regresan de madrugada, con las bodegas llenas de pescado, listo para sacarlo a la lonja antes de amanecer. Y aún antes de eso, con seis o siete años, había acompañado muchas tardes a su padre en un botecito a pescar a sólo unos centenares de metros del puerto. De su padre heredó la pasión por el mar y él fue quien le enseñó a navegar, a moverse en ese medio, a conocerlo y a respetarlo. Cuando tenía unos veinte años ya había navegado en todo tipo de barcos, pequeños pesqueros atrevidos que salían mar adentro a pesar de su aparente fragilidad, y barcos enormes, atuneros o balleneros, que pasaban muchas semanas sin tocar puerto, que pescaban toneladas de pescado cada día y en sus propias bodegas lo procesaban y lo almacenaban hasta volver a tocar tierra. Habia viajado por todo el mundo. Yo tenía la impresión de que no había un puerto en el que no hubiera atracado ni una ciudad que no hubiera conocido. Me fascinaba oirle hablar de los sitios en los que había estado, lugares de los que yo no conocía nada, muchas veces ni siquiera el nombre, y que me esforzaba por recordar hasta llegar a casa, y una vez allí buscarlos en la enciclopedia que había en el salón, el espabilaburros, como la llamaba mi abuelo. Entonces descubría que los lugares de los que me había hablado Baldo eran un archipiélago diminuto perdido en el sur del Pacífico o una pequeña ciudad en un extremo de Australia o un puerto ballenero al norte de Noruega. Después de ir a ver a Baldo el tuerto yo pasaba horas mirando los mapas del espabilaburros tratando de localizar sus rutas, de imaginar sus itinerarios por el mundo.
Al ver mi cara de entusiasmo mi abuelo le tiraba de la lengua para que siguiera hablando de las personas que había conocido en esos lugares, de animales que había visto, de montañas y ríos, de idiomas con palabras impronunciables y alfabetos imposibles que parecía que nadie pudiera comprender, de comidas inauditas, de vestidos sorprendentes sobre los que me explicaba que quizá a nosotros nos podrían parecer ridículos pero que en aquellos países eran elegantísimos. Todo aquello era mucho mejor que cualquier película en el cine de verano y que cualquier tebeo del Jabato.
A veces, no muchas, yo intervenía pidiéndole que me explicara a qué sabían los saltamontes o los erizos crudos, o qué había que hacer si te atrapaba una tormenta en plena noche con olas que eran más altas que tu propio barco, o cómo hacían para subir a cubierta una ballena de treinta metros, o cómo podían entenderse con la gente en algunos de esos lugares en que hablaban idiomas que nadie en el mundo era capaz de entender más que ellos mismos. Él, paciente, encantado de tener tan buen público, me explicaba, se extendía, adornaba las historias añadiendo mil detalles, gesticulaba sin parar con sus grandes manos para hacerme imaginar la forma de unas nubes de tormenta en el ecuador, o el baile de docenas de delfines y gaviotas escoltando un pesquero, o el ruido del viento jugando con el barco como si quisiera arrancarlo de la superficie del mar, resolvía mis dudas generando muchas más, y aprovechaba para enlazar cada historia con una nueva que me provocaba aún más preguntas. A veces se volvía, llamaba a Lucía que nos miraba desde la barra, y le pedía que nos trajera papel y lápiz para hacerme pequeños dibujos que ayudaran a mi imaginación, si es que le hiciera falta, a ver las cosas de las que me hablaba: trazaba un mapa de una costa o una silueta de unos montes, o hacía unos trazos rápidos para explicarme cómo era tal o cuál barco, o garabateaba algunas letras que recordaba en alguno de esos idiomas extraños y lejanos de los que me hablaba. Yo guardaba aquellos papeles como tesoros para luego estudiarlos en casa y rememorar con ellos las historias de Baldo el tuerto.
Cuando llevábamos un buen rato así, descubriendo el mundo entero sentados a la sombra en la puerta de un antiguo restaurante de carretera, en algún momento mi abuelo me miraba, sonreía guiñándome un ojo y decía:
—Baldo, joder, cuéntale a mi nieto qué es lo que te pasó en el ojo. Cuéntale por qué tienes en el cuerpo más costurones que el abrigo de un mendigo. Explícale por qué tienes esa pinta que da miedo a quien se cruza contigo por la calle...
Entonces yo miraba a Baldo y me quedaba como paralizado porque sabía lo que venía a continuación. Baldo el tuerto miraba a mi abuelo, me miraba a mi, volvía a mirar a mi abuelo y empezaba a hacerle muecas de odio que daban entre miedo y risa. Yo estaba clavado en mi asiento, atento, mientras mi abuelo comenzaba a reir e insistía:
—Venga hombre, que la última vez ya te pedí que se lo contaras y no quisiste, y está el chaval con el misterio de saber qué es lo que te pasó... —y levantaba su vaso de manzanilla como brindando por la salud y el buen humor y la paciencia de su amigo Baldo el tuerto.
Yo miraba a Baldo y sabía que de un momento a otro, como otras veces, su ira, ficticia o no, haría que se arrancara y ya no habría quien le parara. Desde la barra Lucía, que también sabía lo que iba a pasar a continuación, me miraba risueña como diciéndome que no me preocupara, que ese aparente enfado que yo veía llegar como una tormenta no era peligroso, y que quizá esta vez su padre sí me contara su historia, que quizá ni siquiera ella sabía.
—Pero serás hijoputa, pero cómo se puede ser tan hijoputa como este abuelo tuyo –cuando se dirigía a mi hablando de esa forma, yo no podía quitar la vista del parche negro y del misterio que debía esconder y que sabía, casi con seguridad, que esta vez tampoco me sería desvelado. Era como si el resto de la cara y el resto de Baldo el tuerto hubieran desaparecido y sólo quedaran el ojo azul claro, casi gris, el parche negro, las cicatrices y su vozarrón diciendo palabrotas–. Será cabronazo el jodío abuelo que otra vez me pregunta por mi puto ojo. Pero chaval, explícame cómo se puede ser tan mala gente y tan cabronazo y tan hijoputa como tu abuelo, para andar siempre enredando con lo que me pasó en el ojo. Pero cómo me pides otra vez que le cuente al chico lo de mi ojo. ¿Quieres saber qué me pasó? ¿Lo quieres saber de verdad? Pues no me pasó nada, coño, lo tengo desde que nací. Mi madre, la vikinga, me parió con el puto parche, no te jode... a ver qué mierda le importará al jodío crío cómo se me fue al carajo la mierda del ojo...
Me quedaba como hipnotizado escuchando aquella retahíla increible de palabrotas. No podía separar la vista de Baldo, de su parche negro, que una vez más no había forma de que desvelara la historia que escondía, y de su ojo azul, muy claro, casi gris, brillante, que te veía entero cuando te miraba, por dentro y por fuera, y que no paraba de saltar de mí a mi abuelo, de mi abuelo al interior del bar, de allí a la carretera o al Peñón, y finalmente siempre al mar que se veía al fondo, detrás de nosotros, entre los pinos.
Me fascinaba esa ira casi teatral y esa avalancha de palabrotas. Yo oía palabrotas constantemente en el colegio, claro, y mi abuelo solía decirlas también, no era algo que me resultara ajeno, y yo mismo, a veces, decía alguna, aunque siempre con un punto de culpabilidad, de estar haciendo algo grave cuyas consecuencias podían ser imprevisibles. Pero no conocía a nadie que las hilvanara con esa vehemencia, con esa naturalidad, casi con entusiasmo. A Baldo el tuerto le salían las palabrotas una detrás de otra, sin pausa, cada vez más fuertes. Decía cabronazo y jodío hijoputa y mierda y coño como quien dice mesa y silla y lápiz.
Al final, cuando parecía que Baldo se iba calmando y que esta vez tampoco iba a contar la historia de su ojo perdido, mi abuelo le decía, como resignado:
—Bueno Baldo, no te pongas así, hombre, si no se lo quieres contar déjalo, que no pasa nada, ya te preguntaremos otro día que estés de mejor humor.
Y volvía a sonreir mirándome con guasa y levantando de nuevo su vaso de manzanilla, ya casi vacío, hasta que Lucía le veía desde la barra y venía con la botella. Al llegar junto a nuestra mesa rellenaba los dos vasos y agitándome un poco el pelo me preguntaba si quería otra fanta de naranja. Yo seguía aún unos segundos embelesado, mirando a Baldo, hasta que conseguía levantar la vista hasta Lucía, y luego a mi abuelo que le decía que sí, que me trajera otra. Yo seguía mirando a Baldo, que recogía el vaso de manzanilla de la mesa y mientras se lo acercaba a los labios seguía murmurando en voz baja:
—...el jodío hijoputa anda y que le dén por el culo no te jode preguntarme qué me pasó en el cochino ojo como si al chaval le importara qué coño me pasó en el puto ojo...
Después, ya olvidado el tema, no por mí pero aparentemente sí por ellos, como quien vuelve a salir de casa a dar un paseo después de una tormenta, con sus vasos de nuevo llenos, seguían charlando un rato más, riéndose, bromeando, hablando de algo que había ocurrido en el puerto, de las obras que empezaban a ampliarlo ganando terreno al mar, o del calor que iba aumentando según avanzaba la mañana. Un rato después mi abuelo miraba la hora y decía que era tarde, que teníamos que ir a casa a comer, que la abuela estaría preparando la comida y si no nos aligerábamos llegaríamos tarde. Entonces pedía la última ronda de manzanilla.
Al irnos se despedían con un largo abrazo, Baldo volvía a estrecharme la mano, recordándome lo de estudiar, lo de leer y lo de viajar, y nos íbamos a coger el autobús para volver a casa, donde mi abuela tenía ya listo un arroz con calamares, gambas y alcachofas, igual de rico que el que sigue haciendo hoy, casi cuarenta años después. Y como siempre, al entrar en casa me preguntaba si le traía algunos piñones de Los Pinos, que ya se habían acabado los de la última vez que fui a visitar a Baldo el tuerto y que le venían tan bien para echarlos en los guisos.

Manjirón, febrero de 2014.

Licencia Creative Commons
Baldo el tuerto por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.