He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
viernes, 30 de junio de 2017
jueves, 29 de junio de 2017
miércoles, 28 de junio de 2017
martes, 27 de junio de 2017
Escribir
Comprendí entonces que escribir, más que transmitir un conocimiento, es acceder a un conocimiento. El acto de escribir nos permite aprehender una realidad que hasta el momento se nos presentaba en forma incompleta, velada, fugitiva o caótica.
Julio Ramón Ribeyro [1929-1994]
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lunes, 26 de junio de 2017
Bibliotecario por un día
La semana pasada me propusieron hacer una sustitución a una de las personas que trabajan en la biblioteca del Centro de Humanidades de La Cabrera. Muchísimas veces he pensado que el de bibliotecario, como el de librero, podría ser uno de esos trabajos en el que me lo pasara bien. Sé que ambos trabajos tienen una parte aburrida y rutinaria de ordenar, catalogar, etc. pero también tienen esa parte alucinante de hablar con quienes llegan preguntando qué leer...
El sábado pasé un día tranquilo. Ya casi no quedan estudiantes en la biblioteca, quienes estaban preparando sus oposiciones ya se han examinado, y durante todo el día pasó muy poquita gente a coger o devolver libros. Sólo por la tarde, coincidiendo con la entrada del cine, vinieron unas cuantas personas. Pero a pesar de esa tranquilidad "excesiva" fue una experiencia divertida...
Y al final de la tarde, cuando estábamos a punto de cerrar, llegó una familia preguntando por varios libros que le habían recomendado al pequeño en el colegio y por unas guías de viaje para las vacaciones. Cuando más o menos tenían lo que querían la madre me dijo si tendría algo que le pudiera interesar a él, señalando a un adolescente que se había quedado fuera esperando a que acabaran y que, como la mayoría de los que conozco en mis clases o en mi entorno, lee nada o casi nada.
Y ahí me vine arriba, tratando de encontrar algo que le pudiera interesar y que, aunque sólo fuera durante unas horas, le enganchara a alguna historia...
No sé si lo que se llevó le animó a leer y lo disfrutó, pero me gustó intentarlo...
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domingo, 25 de junio de 2017
sábado, 24 de junio de 2017
La muralla
—Mejor paramos a tomar algo, ¿te parece?
Me lo propuso sin mucho entusiasmo, pero estábamos hartos de tantas horas de coche, así que podía ser buen momento para estirar las piernas, tomar un café en el bar que había junto a la gasolinera y airearnos un poco antes de seguir el viaje de vuelta a casa.
—Yo quiero un café con leche y con hielo. Y me traes también un vaso de agua, por favor —le dije al chico que se acercó a atendernos. Era un chaval demasiado joven, con los mofletes demasiado colorados y con cara de haber salido demasiado poco de aquella barra y de aquel pueblo.
—Yo voy a tomar un descafeinado de máquina, solo, también con hielo —le pidió Irene mientras se sujetaba el pelo con un pañuelo para protegerse del viento—. Pero asegúrate de que sea descafeinado, por favor, que como te equivoques me vas a joder lo que me queda de viaje.
En la barra había un par de señores tomando un vino y discutiendo con el dueño del bar sobre el partido que estaban viendo. Y en la mesa de al lado una pareja mucho más joven que nosotros. Parecían estar también de vuelta después de pasar el fin de semana fuera. Tenían los cascos sobre la mesa y se habían bajado la parte de arriba del mono. De la cocina salía a cada rato una mujer que dejaba sobre la barra una bandeja de torreznos o un plato de torrijas o una tortilla. Irene trató de sonreír al chaval para tratar de compensar el tono con el que le había pedido el café.
—Prefiero que dejemos el tema para otro momento —me dijo cuando ya nos habíamos sentado en una de las mesas de fuera—, nunca nos sienta bien hablar de ésto. Ya sabes que en el estudio no estamos en un buen momento, y yo no puedo permitirme estar descolgada del trabajo un montón de meses, me costaría demasiado reengancharme después.
La pareja joven nos miraba como dos niños que oyen sin querer una conversación de mayores. Ella sin dejar de teclear en el móvil. Él mirando a todas partes, inquieto, inclinándose de vez en cuando hacia la ventana para echar un vistazo a la moto que había aparcada junto a la puerta, jugando con el mechero y con el platito que había en la mesa lleno de huesos de aceitunas. Pagaron sus cocacolas y salieron pasando a nuestro lado como una mancha chillona y ruidosa.
Mientras Irene seguía hablándome de los problemas del estudio, les vi caminar por el arcén de la carretera, pasar la gasolinera y llegar hasta los restos de la muralla. Él empezó a subir por una de las escaleras mientras ella volvía a hacerse su coleta, deshecha por el viento y por las horas de casco. Cuando ya estaba arriba, la llamó desde uno de los tramos del adarve que aún se conservaban a pesar de los turistas, o quizá gracias a ellos. Ella le hizo un par de fotos con el móvil, se acercó al pie del torreón y le hizo gestos con una mano para que bajara, mientras con la otra se sujetaba el pelo, que se le alborotaba con el aire a pesar de la goma con la que lo tenía recogido.
Yo seguía oyendo hablar a Irene pero estaba más pendiente de mi café y de saborear el paisaje que de lo que me decía. Habíamos tenido tantas veces esta misma conversación que aunque dejara de escucharla durante unos minutos no me iba a perder nada que no supiera ya y que no hubiéramos hablado antes mil veces.
El sol aún apretaba. Con el partido debían haber olvidado bajar el toldo. Volví a ponerme las gafas de sol y me recliné un poco en la silla apoyando los pies en una de las que los chicos de la moto habían dejado libres.
—No te preocupes Irene. Siento que hayamos vuelto a hablar del tema. Lo siento de verdad. Si quieres lo hablamos en otro momento. O no lo hablamos más. Es igual. No pasa nada.
—No se trata de que lo hablemos más o no lo hablemos más. Me gustaría que entendieras lo que te digo y que entendieras por qué ahora no es un buen momento para mí.
—Sí, no te preocupes, te entiendo perfectamente —traté de convencerla.
Yo seguía mirando al fondo, a la pareja de moteros haciéndose fotos en la muralla. Él subiendo entre las almenas de uno de los torreones mientras desde abajo ella agitaba las manos asustada pidiéndole que bajara. «Hay que ser gilipollas», pensé.
Y de repente Irene empezó a llorar. Me pilló desprevenido. Bajé los pies, acerqué mi silla a la suya, me quité las gafas y le pasé una mano por los hombros acercándola hacia mí.
—No, no entiendes nada —me dijo—. Quizá te gustaría entenderlo, pero en realidad no tienes ni idea de cómo me siento, de la contradicción que es querer algo pero sentir que en realidad no puede ser. No te enteras de nada.
Yo le acariciaba la espalda mientras la abrazaba y, por encima de su hombro, seguía viendo cómo el chico caminaba por uno de los arcos de la muralla agitando su casco en el aire mientras la chica le seguía pidiendo desde abajo que bajara de una vez. No podía oírla, pero veía sus gestos enfadados, notaba cómo le gritaba sin que él la oyera o sin querer oírla.
—Perdona —oí que me decía Irene después de sonarse—, ya sabes que estoy nerviosa últimamente. Lo siento. Ya estoy bien. Me han sentado muy bien estos días fuera, pero necesito llegar a casa, darme una ducha y descansar de tanta carretera.
Debió de notar cómo se me tensaba la mano sobre su hombro cuando le vi caer. Vi a la chica correr. Vi a algunos de los otros turistas que había por allí moverse rápido de un sitio a otro. Alguien llegó corriendo a la gasolinera. Salieron dos o tres personas y subieron hacia la muralla. Una de ellas iba hablando por el móvil. Me quedé quieto, abracé más fuerte a Irene mientras ella, de espaldas a la muralla, seguía llorando, ya más tranquila.
—No te preocupes —le dije—, está todo bien, no te preocupes. Estamos bien. Vamos a pagar los cafés y nos vamos a casa. Nos vendrá bien descansar un poco después del viaje. Cuando lleguemos nos hacemos una cena rica y vemos alguna película, ¿vale? ¿Qué te apetece?
La Cabrera, abril de 2017.

La muralla por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
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viernes, 23 de junio de 2017
El libro de arena
...thy rope of sands...
George Herbert (1593-1623)
La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes... No, decididamente no es éste, more geometrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.
Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.
Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.
—Vendo biblias —me dijo.
No sin pedantería le contesté:
—En esta casa hay biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.
Al cabo de un silencio me contestó.
—No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.
Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.
—Será del siglo diecinueve —observé.
—No sé. No lo he sabido nunca —fue la respuesta.
Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.
Fue entonces que el desconocido me dijo:
—Mírela bien. Ya no la verá nunca más.
Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.
Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:
—Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?
—No —me replicó.
Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:
—Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.
Me pidió que buscara la primera hoja.
Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.
—Ahora busque el final.
También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:
—Esto no puede ser.
Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:
—No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número.
Después, como si pensara en voz alta:
—Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.
Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:
—¿Usted es religioso, sin duda?
—Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico
Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.
—Y de Robbie Burns —corrigió.
Mientras hablábamos yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:
—¿Usted se propone ofrecer este curioso especimen al Museo Británico?
—No. Se lo ofrezco a usted —me replicó, y fijó una suma elevada.
Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.
—Le propongo un canje —le dije—. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.
—A black letter Wiclif! —murmuró.
Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo.
—Trato hecho —me dijo.
Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.
Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.
Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descabalados de Las Mil y Una Noches.
Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la madrugada prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. en una de ellas vi grabada una máscara. El ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.
No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.
Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.
Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.
Recordé haber leído que le mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.
Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.
El libro de arena, Jorge Luis Borges [1899-1986].
No sin pedantería le contesté:
—En esta casa hay biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.
Al cabo de un silencio me contestó.
—No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.
Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.
—Será del siglo diecinueve —observé.
—No sé. No lo he sabido nunca —fue la respuesta.
Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.
Fue entonces que el desconocido me dijo:
—Mírela bien. Ya no la verá nunca más.
Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.
Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:
—Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?
—No —me replicó.
Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:
—Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.
Me pidió que buscara la primera hoja.
Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.
—Ahora busque el final.
También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:
—Esto no puede ser.
Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:
—No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número.
Después, como si pensara en voz alta:
—Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.
Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:
—¿Usted es religioso, sin duda?
—Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico
Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.
—Y de Robbie Burns —corrigió.
Mientras hablábamos yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:
—¿Usted se propone ofrecer este curioso especimen al Museo Británico?
—No. Se lo ofrezco a usted —me replicó, y fijó una suma elevada.
Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.
—Le propongo un canje —le dije—. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.
—A black letter Wiclif! —murmuró.
Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo.
—Trato hecho —me dijo.
Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.
Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.
Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descabalados de Las Mil y Una Noches.
Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la madrugada prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. en una de ellas vi grabada una máscara. El ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.
No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.
Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.
Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.
Recordé haber leído que le mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.
Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.
El libro de arena, Jorge Luis Borges [1899-1986].
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jueves, 22 de junio de 2017
Cansancio
Llené un par de vasos y le di uno. Me senté y apoyé la cabeza en el respaldo.
—Perdóneme —dije—; estoy un poco cansado. Cada dos o tres días tengo que sentarme unos minutos. Es una debilidad que he intentado superar, pero ya no soy tan joven como antes.
De Playback [1958], la última novela de Raymond Chandler [1888-1959].
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miércoles, 21 de junio de 2017
Límites
Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar,
Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos,
Hay un espejo que me ha visto por última vez,
Hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
Hay alguno que nunca abriré.
Este verano cumpliré cincuenta años;
La muerte me desgasta, incesante.
Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos,
Hay un espejo que me ha visto por última vez,
Hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
Hay alguno que nunca abriré.
Este verano cumpliré cincuenta años;
La muerte me desgasta, incesante.
De Inscripciones (Montevideo, 1923), de Julio Platero Haedo
De El hacedor [1960] de Jorge Luis Borges [1899-1986].
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martes, 20 de junio de 2017
Zapatismo
Sólo nos quedan un par de sesiones de zapatismo en la Escuela de Escritores. Este verano lo vamos a echar de menos...
El año que viene, más.
Y mejor.
¡Seguimos!
El año que viene, más.
Y mejor.
¡Seguimos!
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lunes, 19 de junio de 2017
¡Ya lo tengo!
Ya tengo el libro de lxs alumnxs de este año de la Escuela de Escritores.
Estoy en la página 434. ¡Me encanta!
Estoy en la página 434. ¡Me encanta!
domingo, 18 de junio de 2017
sábado, 17 de junio de 2017
viernes, 16 de junio de 2017
jueves, 15 de junio de 2017
Novela negra
Anoche terminé de leer La llave de cristal [1931], de Dashiell Hammett [1894-1961]. Y hoy me he encontrado en la biblioteca de La Cabrera un par de libritos de Raymond Chandler [1888-1959].
Creo que estos días me está sentando bien leer un poco de novela negra.
Creo que estos días me está sentando bien leer un poco de novela negra.
miércoles, 14 de junio de 2017
gente que lee (159)
Jo Ann Kemmerling fotografiada por Nina Leen en 1954.
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martes, 13 de junio de 2017
lunes, 12 de junio de 2017
Pellas
Contra todo pronóstico y toda costumbre hoy he hecho mis segundas pellas del año del taller de escritura de Zapata.
Las otras fueron en octubre: Albarracín.
Y esta vez ando de retiro por el norte, higiene mental... silencio... mar...
Las otras fueron en octubre: Albarracín.
Y esta vez ando de retiro por el norte, higiene mental... silencio... mar...
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domingo, 11 de junio de 2017
sábado, 10 de junio de 2017
Te quiero libre
Así son las servilletas que se gastan en los bares de Bustarviejo, creo que por una iniciativa de su ayuntamiento de llevar la lucha contra el sexismo y el maltrato a todas partes y al día a día.
Con según qué cosas, tonterías las justas.
Y también molan como marcapáginas...
;o)
Con según qué cosas, tonterías las justas.
Y también molan como marcapáginas...
;o)
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viernes, 9 de junio de 2017
jueves, 8 de junio de 2017
Nautilus
La biblioteca del Capitán Nemo en el Nautilus, en una ilustración de Alphonse-Marie-Adolphe Deneuville [1835-1885] aparecida en la primera edición de la novela Veinte mil leguas de viaje submarino [1869], de Julio Verne [1828-1905].
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miércoles, 7 de junio de 2017
Autores que debemos leer
Entre los libros de expurgo de la biblioteca del Centro de Humanidades de La Cabrera de vez en cuando me encuentro cosas molonas, como esta edición impresa en Buenos Aires en 1940 de un par de comedias de Tirso de Molina que, además del papel viejuno, algunos dibujos chulos y un sellito del librero, tiene en la introducción este estupendo análisis de género sobre las mujeres y los hombres de Tirso:
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martes, 6 de junio de 2017
¿Quieres irte, Ned, y no volver nunca?
Al salir de la cocina oyó a Fedink que le preguntaba en voz triste y muerta:
—¿Dónde está Ted?
El único ojo que resultaba visible estaba medio abierto. Ned se acercó:
—¿Quién es Ted?
—El chico que estaba conmigo.
—¿Estabas con alguien? ¿Cómo quieres que yo lo sepa?
Fedink abrió la boca e hizo un desagradable ruido seco al cerrarla.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Tampoco lo sé. Amanecerá pronto.
Se restregó la muchacha la cara contra la funda de cretona que recubría el almohadón en que la descansaba y dijo:
—Pues sí que me he portado bien. Le prometí ayer casarme con él y voy y le dejo para traerme a casa al primer quídam con que topo —abrió y cerró la mano que tenía encima de la cabeza y añadió—: ¿O no estoy en mi casa?
—Al menos tenías la llave de la puerta —respondió Ned—. ¿Quieres un zumo de naranja y un poco de café?
—Lo único que quiero es morirme. ¿Quieres irte, Ned, y no volver nunca?
—Me va a suponer un tremendo sacrificio —dijo él desabridamente—, pero trataré de hacerlo.
Se puso el abrigo y los guantes, sacó una arrugada gorra del bolsillo del abrigo, se la puso y salió del apartamento.
Ayer, en el taller de escritura, nuestro profe nos dijo que si queríamos aprender a escribir diálogos debíamos leernos una y mil veces El cartero siempre llama dos veces, de James M. Cain, y a Raymond Chandler y a Dashiell Hammett. Este fragmento que he colgado hoy aquí es de la novela La llave de cristal, escrita en 1931 por este ultimo.
lunes, 5 de junio de 2017
domingo, 4 de junio de 2017
sábado, 3 de junio de 2017
La revolución
Ésta es la publicación número 1000 de este blog: mil libros y lecturas y escritores y escritoras y mis cosas que escribo y tanta gente que lee y tantas fotos y musicas y dibujos y pelis relacionados con las letras......
La única revolución posible...
¡¡¡Seguimos!!!
(La imagen es de Banksy)
La única revolución posible...
¡¡¡Seguimos!!!
(La imagen es de Banksy)
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viernes, 2 de junio de 2017
jueves, 1 de junio de 2017
miércoles, 31 de mayo de 2017
Favor
Empujé, y entonces vi al anciano.
Dormía apaciblemente recostado en una silla de playa a la sombra de un limonero. El portón daba directamente a un patio embaldosado. Al fondo estaba la casa, invariablemente blanca, y por todas partes se veían macetas con geranios. Junto al anciano había una mesa, y sobre ella un vaso de agua y unos terrones de azúcar. Busqué en las baldosas un testimonio de mi infancia, y allí estaba, en dos o tres moscas aplastadas, secas por el sol.
Mi abuelo practicaba la misma diversión: se echaba un poco de azúcar a la boca, la humedecía con un buche de agua y enseguida escupía la mezcla. Entonces ponía un pie levemente alzado sobre la dulce trampa y esperaba a que llegaran las moscas. Luego, ¡platsch!
—¡Ay, Gerardo! ¿Cómo puede ser tan malvado? —lo reprendía la abuela.
—Favor que le hago a la humanidad. Si estos bichos evolucionan se transforman en curas o militares —respondía el abuelo.
Patagonia Express [1995], del escritor chileno Luis Sepúlveda [1949- ].
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martes, 30 de mayo de 2017
lunes, 29 de mayo de 2017
Haciendo tiempo
El Pepe Botella, un sitio molón en Madrid, para sentarse a tomar un café y escribir un rato antes de ir al taller de escritura de Zapata.
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domingo, 28 de mayo de 2017
sábado, 27 de mayo de 2017
CCH
Leyendo a Luis Sepúlveda mientras hago cola para ver una versión familiar de La flauta mágica...
¡Me encanta el CCH!
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viernes, 26 de mayo de 2017
jueves, 25 de mayo de 2017
Acabados de lujo
—Como si es de cartón, me da lo mismo. ¿De verdad se cree que me importa de qué sea la caja? —dijo mi padre.
Creo que fueron las frases más largas que le oí decir en toda la tarde. El hombre de la funeraria nos miraba con cara inescrutable. Me sonaba haberme cruzado con él en algún pasillo durante estas últimas semanas. Imagino que parte de su trabajo consiste en estar al acecho de a quién le queda poco en cada planta y tener bien localizada a la familia para acudir inmediatamente a ofrecer sus productos.
—No, disculpe, dese usted cuenta de que no da ni mucho menos lo mismo un material que otro —insistió—. Precisamente le hablaba hace un momento de estos modelos de roble, con molduras de acero cromado y el interior acolchado en terciopelo blanco roto, con excelentes acabados, pero también me gustaría enseñarles estos otros fabricados en raíz de olivo. Es cierto que su precio sube ligeramente, pero sin ninguna duda la calidad no es ni remotamente comparable.
El hombre se ganaba su sueldo. Yo miraba la escena como si de algún modo me fuera ajena. Un rato antes, mientras bajábamos mi padre y yo en el ascensor, me dijo que ésto debía haber ocurrido antes. Hacía muchos meses que el abuelo estaba en la cama, esperando, sabiendo que ya no se iba a recuperar y que cuando saliera de aquella habitación sería con los pies por delante, como él decía. Le acompañé, los dos callados casi todo el rato, a hacer algún papeleo que nos habían dicho que era necesario en ese momento y luego nos reunimos en una pequeña salita, junto a la capilla, con el hombre de la funeraria.
—Aquí tienen también este otro modelo de cedro, y en esta otra página del catálogo están nuestros productos estrella: caoba con incrustaciones artesanales de ébano y acabados de lujo.
Mi padre le miraba sin decir nada. Aún no había llorado. Yo tampoco. No sé si lo hizo después en algún momento. Supongo que lo que le hubiera gustado es mandar a aquel gilipollas a la mierda y decirle que se metiera sus putas cajas de olivo y de cedro y de caoba por el culo y que nos dejara llorar tranquilos la muerte de su padre, de mi abuelo. Pero no, los dos seguíamos callados, hojeando sin verlos los catálogos que el hombre, impaciente, había desplegado sobre una mesilla baja de mármol negro con vetas blancas: papel couché con fotos excelentes, maravillosamente impresas.
A mi abuelo en ese momento le estarían llevando de la habitación al depósito, para esperar allí la caja que eligiéramos para él y luego le trasladarían a la sala del tanatorio, en la planta baja del hospital. Traté de imaginarle en nuestra situación, también callado, indeciso y triste. Imaginé que quizá algún día me tocaría a mí pasar por ésto y tomar estas decisiones. Entonces sentí, por primera vez, la congoja acumulada durante esos días y esa mañana. Pensé que me hubiera hecho bien llorar pero no quise hacerlo allí, con mi padre y con aquel tipo encorbatado que nos miraba echando cuentas de cuánto iba a facturar ese día.
—Nos quedamos con éste —dije mirando a mi padre y señalando una de las fotos del catálogo.
—Es una excelente elección, sin duda —me dijo el hombre de la funeraria—, excelente de verdad.
—Sí —respondí—, seguro que sí. Díganos qué tenemos que rellenar o qué datos necesita para cerrar ésto. Nos están esperando.
—Cómo se aprovechan éstos —me dijo mi padre sin mirarme mientras volvíamos al ascensor—. Gracias.
Me hubiera gustado abrazarle en ese momento. Se abrieron las puertas y con nosotros entraron un par de personas. Cuando llegamos a la planta en la que estaba la cafetería le dije «Aquí es» y le puse la mano en el hombro para salir. A través de la camisa sentí su espalda cansada, su pesadumbre.
–Sí –respondió–, vamos, que nos deben estar esperando. Vamos a comer algo, nos sentará bien, que aún nos queda un día largo.
La Cabrera, mayo de 2017.

Acabados de lujo por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
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miércoles, 24 de mayo de 2017
martes, 23 de mayo de 2017
Papel
Empecé a leerlo hace unos días en PDF en el móvil. Pero me está gustando de más, así que paso al papel para subrayar, anotar, comentar...
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lunes, 22 de mayo de 2017
Café con libros
Café con libros en La Fugitiva, Lavapies, mientras espero a Vero...
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domingo, 21 de mayo de 2017
Ética promiscua
Descubriendo Ética promiscua, de Dossie Easton y Janet Hardy, uno de los libros que se propusieron el viernes pasado en nuestro Club de Lectura Serrano.
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sábado, 20 de mayo de 2017
viernes, 19 de mayo de 2017
jueves, 18 de mayo de 2017
miércoles, 17 de mayo de 2017
Mis pianitos
Estos días estoy arrancando un proyecto que me lleva dando vueltas por la cabeza desde hace mucho tiempo. Tiene que ver con el arte, con la música, con las miniaturas....
Hace tiempo que me gusta mucho la idea, varios años, pero sólo desde hace unas semanas o unos pocos meses me la estoy empezando a creer y estoy empezando a pensar que es posible ponerla en marcha.
Dentro de unos días empezaré a colgar cosas en la red para darlo a conocer. De momento estoy leyendo mucho, documentándome, buscando información, investigando, pensando qué puedo hacer y qué no. Y tratando de no dispersarme con todas las historias que voy encontrando y que cada una de ellas parece digna de una novela...
¡Seguimos!
Hace tiempo que me gusta mucho la idea, varios años, pero sólo desde hace unas semanas o unos pocos meses me la estoy empezando a creer y estoy empezando a pensar que es posible ponerla en marcha.
Dentro de unos días empezaré a colgar cosas en la red para darlo a conocer. De momento estoy leyendo mucho, documentándome, buscando información, investigando, pensando qué puedo hacer y qué no. Y tratando de no dispersarme con todas las historias que voy encontrando y que cada una de ellas parece digna de una novela...
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martes, 16 de mayo de 2017
lunes, 15 de mayo de 2017
Deberes
Hoy vuelvo a venir sin deberes al taller de escritura. Tengo las ganas, y algunas ideas, pero me falta el tiempo o la energía o la calma para ponerme...
Quizá tengo demasiados frentes abiertos...
Quizá tengo demasiados frentes abiertos...
domingo, 14 de mayo de 2017
gente que lee (154)
Un suizo que lee... muy alto... con pinta majete... pero algo estirado...
😝
(Me lo manda, con mensajito incluido, mi amiga María desde Zurich. ¡Gracias!)
😝
(Me lo manda, con mensajito incluido, mi amiga María desde Zurich. ¡Gracias!)
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sábado, 13 de mayo de 2017
viernes, 12 de mayo de 2017
En casa, leyendo.
Este blog sobre cosas que leo y cosas que escribo es también, en cierto modo, un autorretrato, es un poco yo. Vero a veces me dice que es lo más yo que he hecho.
Hoy, que ando un poco revenío, tengo más ganas de leer en casa en silencio, que de escribir aquí sobre lo que leo...
¡Seguimos!
Hoy, que ando un poco revenío, tengo más ganas de leer en casa en silencio, que de escribir aquí sobre lo que leo...
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jueves, 11 de mayo de 2017
Perfil
Mi imagen de perfil de estos días en WhatsApp: observante, expectante, inquieto, reflexivo, atento, escuchando(me)...
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miércoles, 10 de mayo de 2017
Visor
Un hombre sin manos llamó a mi puerta para venderme una fotografía de mi casa. Si exceptuamos los ganchos cromados, era un hombre de aspecto corriente y tendría unos cincuenta años.
—¿Cómo perdió las manos? —le pregunté cuando me dijo lo que quería.
—Esa es otra historia —respondió—. ¿Quiere la foto o no?
—Pase —le invité—. Acabo de hacer café.
Acababa de hacer también un poco de jalea, pero eso no se lo dije.
—Necesitaría ir al retrete —dijo el hombre sin manos.
Yo quería ver cómo sostenía la taza de café.
Sabía cómo sostenía la cámara. Era una vieja Polaroid grande y negra. La llevaba sujeta con correas de cuero que le rodeaban los hombros y le abrazaban la espalda. Era así como mantenía la cámara pegada al pecho. Se ponía en la acera, enfrente de tu casa, la encuadraba en el visor, apretaba el botón con uno de los ganchos, y ahí tenías tu fotografía.
Lo había estado observando desde la ventana, claro.
—¿Dónde ha dicho que está el retrete?
—Por ahí, a la derecha.
Doblándose, encorvándose, se liberó de las correas. Puso la cámara sobre el sofá y se estiró la chaqueta.
—Puede ir mirándola mientras tanto.
Le cogí la fotografía.
Un pequeño rectángulo de césped, el camino de entrada, el cobertizo de los coches, la escalera principal, el ventanal en saledizo y la ventana de la cocina desde donde había estado mirando.
¿Por qué habría de querer yo una fotografía de tal desastre?
Me acerqué un poco más a ella y vi mi cabeza, mi cabeza, allí dentro, tras la ventana de la cocina.
Me hizo pensar; el verme a mí mismo de ese modo. Lo digo en serio: es algo que le hace pensar a uno.
Oí la cisterna. Se acercó por el pasillo, subiéndose la cremallera y sonriendo; con un gancho se sostenía el cinturón, con el otro se metía la camisa en los pantalones.
—¿Qué le parece? —preguntó—. ¿Está bien? Personalmente opino que ha salido bien. ¿Sé lo que me hago o no? Admitámoslo: para estas cosas hace falta un profesional.
Se tiró de los genitales.
—Aquí está el café —dije.
Preguntó:
—Está solo, ¿no es eso?
Echó una ojeada a la sala. Meneó la cabeza.
—Es duro, es duro —se lamentó.
Se sentó junto a la cámara, se echó hacia atrás con un suspiro y sonrió como si supiera algo que no iba a decirme.
—Tómese el café —le sugerí.
Yo intentaba encontrar algo que decir.
—Había por aquí tres chiquillos que querían pintar mi dirección en el bordillo. Me pedían un dólar por hacerlo. ¿Usted no sabrá nada de eso?
Era una posibilidad remota. Pero lo observé, de todos modos.
Se inclinó hacia adelante, dándose aires de importancia, con la taza en equilibrio entre los ganchos. Luego la dejó encima de la mesa.
—Trabajo solo —declaró—. Siempre lo he hecho y siempre lo haré. ¿Qué es lo que quiere decir?
—Buscaba una relación.
Tenía dolor de cabeza. Ya sé que el café no es bueno para el dolor de cabeza, pero a veces la jalea ayuda. Cogí la fotografía.
—Estaba en la cocina —comenté—. Normalmente estoy en la parte de atrás.
—Sucede todos los días —dijo—. Así que se han ido y lo han abandonado, ¿no es eso? Bien, créame: trabajo solo. Así que, ¿qué dice? ¿Quiere la foto?
—Me la quedaré —respondí.
Me puse en pie y recogí las tazas.
—Estaba seguro —dijo—. Tengo una habitación en la ciudad. No está mal. Cojo el autobús y salgo del centro, y cuando he terminado con los alrededores, me voy a otra ciudad. ¿Comprende lo que digo? Mire, yo también tuve chicos. Como usted.
Me quedé quieto con las tazas y miré cómo bregaba para levantarse del sofá.
Me explicó:
—Precisamente llevo esto por culpa de ellos.
Miré detenidamente los ganchos.
—Gracias por el café y por dejarme usar el retrete. Cuenta usted con mi comprensión.
Alzó y bajó los garfios.
—Demuéstrelo —le pedí—. Demuéstreme hasta qué punto me comprende. Saque más fotografías de mí y de mi casa.
—No resultará —dijo el hombre—. Ellos no van a volver.
Pero le ayudé a ponerse el correaje.
—Puedo hacerle un precio especial —ofreció—. Tres por un dólar —añadió—. Si se las dejo más baratas, no me compensa.
Salimos fuera. Ajustó el obturador. Me dijo dónde debía situarme, y nos pusimos manos a la obra.
Íbamos desplazándonos alrededor de la casa. Sistemáticamente. En unas yo miraba de soslayo, en otras de frente.
—Bien —aprobaba él—. Estupendo. Y al cabo dimos la vuelta completa a la casa y nos encontramos de nuevo en la fachada—. Son veinte. Suficientes.
—No —sugerí—. Encima del tejado.
—Dios —murmuró. Examinó la calle a derecha e izquierda—. De acuerdo —aceptó—. Así se habla.
Comenté:
—Absolutamente todos. Se largaron de la noche a la mañana.
—¡Pues mire esto! —exclamó el hombre, y volvió a levantar los garfios.
Entré en casa y saqué una silla. La coloqué bajo el cobertizo de los coches. Pero no fue suficiente: no llegaba. Cogí una caja de embalaje y la puse encima de la silla.
Se estaba bien allí arriba, en el tejado.
Me puse de pie y miré en torno. Hice señas con las manos, y el hombre sin manos me devolvió el saludo con los ganchos.
Y entonces fue cuando las vi, cuando vi las piedras. Era como un pequeño nido de piedras sobre la rejilla de la boca de la chimenea. Ya se sabe cómo son los chicos. Cómo las lanzan con idea de colar alguna por el agujero de la chimenea.
—¿Preparado? —pregunté. Cogí una piedra y esperé a que el hombre me tuviera en el visor.
—¡Listo! —exclamó.
Eché el brazo para atrás y chillé: «¡Ahora!» Y lancé a aquella hija de perra tan lejos como pude.
—No sé —le oí gritar—. No suelo fotografiar cuerpos en movimiento.
—¡Otra vez! —vociferé, y cogí otra piedra.
Visor es un cuento del escritor Raymond Carver [1938-1988].
—No sé —le oí gritar—. No suelo fotografiar cuerpos en movimiento.
—¡Otra vez! —vociferé, y cogí otra piedra.
Visor es un cuento del escritor Raymond Carver [1938-1988].
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martes, 9 de mayo de 2017
Manos
Ayer, en el taller de escritura creativa al que voy en la Escuela de Escritores, Ángel Zapata nos dio una clase magnífica en la que nos desmenuzó el cuento Visor de Raymond Carver. Yo salí de allí con la cabeza dada la vuelta.
Y hoy, mientras comía en un bar de Madrid antes de ir a dar una clase, un hombre con una mano de plástico se ha puesto a hablar por teléfono a mi lado, al otro lado de la ventana.
Y hoy, mientras comía en un bar de Madrid antes de ir a dar una clase, un hombre con una mano de plástico se ha puesto a hablar por teléfono a mi lado, al otro lado de la ventana.
lunes, 8 de mayo de 2017
gente que lee (152)
Igor Stravinski [1882-1971]
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domingo, 7 de mayo de 2017
sábado, 6 de mayo de 2017
viernes, 5 de mayo de 2017
A la cama...
Aunque no lo parecía ha sido una semana larga, larga... así que he llegado al viernes hecho un escombrito.
Hoy por la mañana trabajando en la biblioteca de Buitrago, por la tarde un par de clases en Bustarviejo y en La Cabrera, y luego al CCH a ver La academia de las musas, de José Luis Guerín, que aún no estoy seguro de si me ha gustado...Y ya en casa...
Y hoy toca descansar. Así que un poco de música de fondo, novelita y a la cama.
Mañana más.
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jueves, 4 de mayo de 2017
miércoles, 3 de mayo de 2017
Sorpresa
Las manos tocan la arena,
la moldean.
Los pies se duelen
del inesperado calor
de las rocas.
En la orilla,
piedras de colores
golpean los tobillos.
El agua salpica el rostro,
hostil en los labios
y puro beso.
El verano es el sentido
del tacto recobrado:
caminar sobre tierra,
beber agua de mar
y encontrar el sabor
de fotos de la infancia.
De De paso por los días [2016] de Ana Belén Martín Vázquez 1971- ].
Esperando al verano, en esta primavera raruna en la que uno no sabe si ponerse la manga larga o las chanclas...
la moldean.
Los pies se duelen
del inesperado calor
de las rocas.
En la orilla,
piedras de colores
golpean los tobillos.
El agua salpica el rostro,
hostil en los labios
y puro beso.
El verano es el sentido
del tacto recobrado:
caminar sobre tierra,
beber agua de mar
y encontrar el sabor
de fotos de la infancia.
De De paso por los días [2016] de Ana Belén Martín Vázquez 1971- ].
Esperando al verano, en esta primavera raruna en la que uno no sabe si ponerse la manga larga o las chanclas...
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martes, 2 de mayo de 2017
lunes, 1 de mayo de 2017
De pateo
Hoy no he leído ni una línea. Al salir de casa llevaba, como siempre, un par de libros en la mochila, otro en el móvil... pero ni los he abierto en todo el día ni los he echado de menos.
Hoy he subido con mi amiga María al monte a patear: Navacerrada, Bola del Mundo, Maliciosa.
Hemos subido y bajado, hemos hecho piernas, hemos comido arriba del todo un bocata que nos ha sabido como un manjar, nos hemos asombrado mirando el mundo, hemos hablado y hablado, hemos hecho algunas fotos, hemos pisado nieve y hemos disfrutado de un día maravilloso.
A veces fuera de los libros también hay cosas molonas.
Hoy he subido con mi amiga María al monte a patear: Navacerrada, Bola del Mundo, Maliciosa.
Hemos subido y bajado, hemos hecho piernas, hemos comido arriba del todo un bocata que nos ha sabido como un manjar, nos hemos asombrado mirando el mundo, hemos hablado y hablado, hemos hecho algunas fotos, hemos pisado nieve y hemos disfrutado de un día maravilloso.
A veces fuera de los libros también hay cosas molonas.
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María Spacca
domingo, 30 de abril de 2017
sábado, 29 de abril de 2017
viernes, 28 de abril de 2017
210 pts
En los libros a veces nos encontramos cosas evocadoras: una foto, un papelito con unas notas, unas hojas de un árbol, unos pétalos, una servilleta de algún bar con algo apuntado, una entrada de cine... Muchas veces no recordamos cuándo ni dónde las metimos entre esas páginas. Pero ahí están, años después, haciendo arqueología vital para nosotrxs.
Hoy, en un libro viejuno que me han dado, he encontrado ésto:
Hoy, en un libro viejuno que me han dado, he encontrado ésto:
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