Asia leyendo.
Gracias Sergio, Pilar...
;o)
He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]
viernes, 4 de agosto de 2017
jueves, 3 de agosto de 2017
miércoles, 2 de agosto de 2017
martes, 1 de agosto de 2017
lunes, 31 de julio de 2017
Antoine
Hoy se cumplen 73 años de la desaparición en el Mediterráneo del avión que pilotaba Antoine de Saint-Exupéry [1900-1944], escritor francés, autor, entre otras obras, de El Principito [1943].
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domingo, 30 de julio de 2017
Carta al hijo
Querido Franz:
«He sabido, por tu madre, que me escribiste una larga carta de reproche en la que registrabas el aborrecimiento que te causa mi presencia. No necesito leer esas líneas ingratas, esas quejas hirientes, esas difamaciones para sentirme miserable e indefenso como un perro ante las pulgas. Me basta imaginar esas palabras con las que pretendías martirizarme para confirmar tu falta de amor filial y la aspereza de tu carácter, tiránico a fuerza de debilidad. Cuántas veces he asistido con vergüenza, incluso desde antes de que se revelara tu auténtica naturaleza, a las incesantes protestas y recriminaciones (durante la hora de las comidas, en el camino a la sinagoga Pinkas, delante de mi escritorio o del mostrador del negocio); a los ataques de ira cuando me echabas en cara mi salud, mi apetito, mi presencia de ánimo; cuando me acusabas de preferir a tu hermana Valli, de sabotear la protección de tu bendita madre y la solicitud de matrimonio de Felice, de haberte procurado una estricta educación, de aconsejarte con franqueza para que pudieras subir valerosamente los peldaños de la vida, para tonificar sin rodeos tu inseguridad y que no te hundieras nunca en el aserrín de las contrariedades, en la cochambre del desprecio humano.
«Mi señor hijo, me afligen tus afrentas incansables, tu desconsideración, tu terco distanciamiento de cualquier cosa que te recuerde a mí. Digámoslo de paso, por primera vez, en defensa propia: trabajé como una bestia dese niño para proporcionarle a toda la familia una existencia cómoda. Mientras me sacrificaba sumido en preocupaciones, resolví tus asuntos de la mejor manera y te libré de obstáculos y temores, te alenté para que en lugar de ocuparte de la tienda lo hicieras de tus papeles, siempre taciturno pero bien abrigado y alimentado. El irrazonable odio que albergas hacia mí me llena de amargura. A este respecto, me faltan fuerzas para soportar el desasosiego de nuestra sostenida lucha. Creo que reventaré como un perro si sigo escuchando, de viva voz, esas mentiras con las que justificas hipócritamente tu rencor y tu deslealtad: nunca dije que tu hermana Ottla me disgustara adrede, no clamé contra la inmadurez y haraganería de los Löwy, no te impuse la soltería, no llamo "enemigos pagados" a mis empleados ni antepongo los negocios al cariño por mi familia (ojalá estuvieras tan orgulloso de mí como lo está tu madre). Tengo en cambio la convicción de que, conduciéndote como una criatura dominante y caprichosa, propiciaste nuestra incomunicación, a pesar de haberme mostrado en todo momento tolerante con tu verdadero ser, con tus nervios y terquedades, con tus garabatos y tus pesadillas. Por supuesto, en lo que me concierne a mi ánimo, han producido efecto las repetidas humillaciones y amenazas, esas escenas a las que jamás me acostumbraré, esos horribles grititos que sueles mezclar con una especie de silbido grotesco, aturdidor. Sé que te ríes sin remordimiento de mi corpulencia y de la bata que la cubre cuando paseo por casa, que te mofas cara a cara de mi obsesión por llevar el sombrero perfectamente cepillado. Sé que te parezco enorme y bruto y que me comparas con la pesada piedra de afilar de dos capas del abuelo Jakob. Sé que me haces responsable de tu situación, de lo que llamas (afianzándote en un insensato sentimiento de inferioridad) tu desdicha. Pero, con el tiempo, estoy aprendiendo a anular tu menosprecio y a convertirlo en afecto hacia tu particular condición. Contrariamente a lo que piensas, sufro por ti: con la paciencia de los justos, ordeno de continuo a tus hermanas que no hagan ruido con las puertas o en la cocina, que no arrastren los cerrojos ni rasquen las estufas, piso con cuidado al caminar desde el vestíbulo a las salas, cubro la jaula para impedir el canto de los dos canarios y te velo cada noche un rato mientras duermes.
«Sí, mi señor hijo, cada noche irrumpo de puntillas en tu habitación. Tras apagar la luz de la mesita, trato de arropar cuidadosamente todo el volumen abombado de tu cuerpo negro y brillante y, temblando, beso ese extraño apéndice de la cabeza que tanto me conmueve. Cada noche, apoyado en la puerta entornada, te miro con dulzura, desvalido en el lecho, sumiso al fin, y lloro al ver cómo se agitan aún con torpeza (el sueño intenta apaciguarlas en vano) esas viscosas y delgadas patitas tuyas. Entonces te contemplo persuadido de que no somos adversarios, de que el vínculo entre nosotros sigue establecido, de que la influencia de mi retraída potestad nada tuvo que ver con tu condena, de que en consecuencia nuestra relación no debe expiar castigo alguno. Y te perdono entonces el dolor que me causas, y me retiro llevándome tu silenciosa bendición, mi ofuscado, mi huraño, mi contrahecho, mi pobre, mi querido hijo.»
Hermann
Del libro Breviario negro [2015], de Ángel Olgoso [1961- ].
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sábado, 29 de julio de 2017
Lecturas de verano
Batiburrillo de lecturas de verano: Lucia Berlin, Ángel Olgoso, Gloria Fuertes, Aristófanes, Swift, Paco Roca, algo sobre zen y sobre género y sobre fotografía, y más cosas pendientes que ni recuerdo....
viernes, 28 de julio de 2017
Gloria
Conozco a Gloria Fuertes desde que era muy pequeño. La recuerdo en la tele, con un chaleco, a veces fumando, y leyendo sus poemas con voz cascada.
Muchísimos años después, por Vero, descubro a la Gloria Fuertes que escribe para mayores. Aunque ella dice que quizá fue al revés, y que fui yo quien se la descubrió a ella. ¿Quién sabe?
Hoy se cumplen 100 años de su nacimiento.
POÉTICA
En esto de escribir no tengo oficio
—ni beneficio—,
pero tengo muchas cosas que os pasan
—y me pasan—
y sé decirlas.
BALANCE
Estoy mejor desde que hice el recuento,
es menos lo que me falta que lo que tengo.
DEBE SER QUE TE QUIERO
Debe ser que te quiero
desde hace siempre.
Muchísimos años después, por Vero, descubro a la Gloria Fuertes que escribe para mayores. Aunque ella dice que quizá fue al revés, y que fui yo quien se la descubrió a ella. ¿Quién sabe?
Hoy se cumplen 100 años de su nacimiento.
POÉTICA
En esto de escribir no tengo oficio
—ni beneficio—,
pero tengo muchas cosas que os pasan
—y me pasan—
y sé decirlas.
BALANCE
Estoy mejor desde que hice el recuento,
es menos lo que me falta que lo que tengo.
DEBE SER QUE TE QUIERO
Debe ser que te quiero
desde hace siempre.
jueves, 27 de julio de 2017
miércoles, 26 de julio de 2017
martes, 25 de julio de 2017
gente que lee (165)
Marilyn Monroe [1926-1962] fotografiada, leyendo, por Eve Arnold [1912-2012].
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lunes, 24 de julio de 2017
domingo, 23 de julio de 2017
Cincuenta
Desde hace ya unos cuantos meses, en cada luna nueva, cuelgo aquí alguna de las cosas que escribo. Normalmente son cuentos o relatos, minicuentitos, o ejercicios de los que Ángel Zapata nos propone en la Escuela de Escritores...
Hoy lo que me sale es algo que se parece en cierto modo a la entrada de un diario personal.
Lo que me apetece hoy es contar y compartir aquí lo bien que me siento en estos días en que he celebrado con amigxs mis primeros cincuenta años.
Siempre digo que me gusta mucho celebrar cumpleaños, propios y ajenos. Cada vez más. Pero en esta ocasión, en la que por tantos motivos estoy de catarsis personal, ha sido aún más gratificante sentir este chaparrón de amor de amigxs, de familia, de gente más o menos cercana que ha querido alegrarse conmigo de que seguimos aquí.
Y aún me queda, durante los próximos días, alguna celebración privada con gente que no ha podido venir a casa esta semana...
Hace unos meses descubrí una piedra en la dehesa que me pareció un lugar perfecto para celebrar el cumpleaños. Al llegar la fecha, pensé que la logística no era muy buena: no estaba seguro de si iba a venir gente demasiado mayor o demasiado pequeña a la que le costara andar hasta allí, quizá iba a hacer demasiado calor... El caso es que al final hemos celebrado en casa.
Pero hoy, terminando el día y casi la semana, me he acercado yo solo paseando hasta allí. No me he cruzado por el camino más que con un par de señores con su perro y con algunas vacas.
He llegado a la piedra y he podido sentarme en soledad, rodeado sólo por el ruido del aire, los árboles y los pájaros, agradecido y contento, a saborear todo lo bueno que he recibido estos días de gente que me quiere mucho y bien.
Uno de los propósitos para los próximos cincuenta años es ser cada vez más disfrutón. Desde ya. Sin cesar.
No hay otra opción...
Así que, ¡seguimos!, claro...
Hoy lo que me sale es algo que se parece en cierto modo a la entrada de un diario personal.
Lo que me apetece hoy es contar y compartir aquí lo bien que me siento en estos días en que he celebrado con amigxs mis primeros cincuenta años.
Siempre digo que me gusta mucho celebrar cumpleaños, propios y ajenos. Cada vez más. Pero en esta ocasión, en la que por tantos motivos estoy de catarsis personal, ha sido aún más gratificante sentir este chaparrón de amor de amigxs, de familia, de gente más o menos cercana que ha querido alegrarse conmigo de que seguimos aquí.
Y aún me queda, durante los próximos días, alguna celebración privada con gente que no ha podido venir a casa esta semana...
Hace unos meses descubrí una piedra en la dehesa que me pareció un lugar perfecto para celebrar el cumpleaños. Al llegar la fecha, pensé que la logística no era muy buena: no estaba seguro de si iba a venir gente demasiado mayor o demasiado pequeña a la que le costara andar hasta allí, quizá iba a hacer demasiado calor... El caso es que al final hemos celebrado en casa.
Pero hoy, terminando el día y casi la semana, me he acercado yo solo paseando hasta allí. No me he cruzado por el camino más que con un par de señores con su perro y con algunas vacas.
He llegado a la piedra y he podido sentarme en soledad, rodeado sólo por el ruido del aire, los árboles y los pájaros, agradecido y contento, a saborear todo lo bueno que he recibido estos días de gente que me quiere mucho y bien.
Uno de los propósitos para los próximos cincuenta años es ser cada vez más disfrutón. Desde ya. Sin cesar.
No hay otra opción...
Así que, ¡seguimos!, claro...
sábado, 22 de julio de 2017
viernes, 21 de julio de 2017
jueves, 20 de julio de 2017
Si es amor, no duele
Empiezo mis cincuenta en una terraza de El Escorial, con un café, y leyendo Si es amor, no duele, el libro que han publicado hace apenas un par de meses Iván Larreynaga y Pamela Palenciano.
Hace añísimos que sé de Pamela, hace tiemoo hablábamos de ella y de su trabajo en los grupos de hombres en los que he estado, he visto varias veces en Youtube algunos de los vídeos de su monólogo No sólo duelen los golpes, y hace un año o dos tuve ocasión de verla en vivo.
Siempre me ha parecido que el suyo es un trabajo necesario, imprescindible, que trato de compartir con toda la gente que puedo y que me gustaría muy especialmente que conociera gente cercana que quiero y a la que creo que sentaría bien, como me sienta a mí: hermanas, sobrinxs, amigxs.
El año pasado, casualmente, conocí a Iván, con quien compartí el primer taller de escritura que hice en la Escuela de Escritores.
Este librito ha sido uno de los regalos (de María, claro) que me cayeron ayer por mí cumple.
Es (casi) una transcripción del monólogo de Pamela, algo adaptado para ser leído en vez de escuchado en un escenario. Un texto claro, contundente, irrebatible. Igual que me pasa con el monólogo, lo mejor que se me ocurre decir de este libro es que es imprescindible, que hace falta, que no puede no existir.
No podemos quedarnos esperando a que políticxs e instituciones resuelvan el maltrato y la desigualdad, y resuelvan los problemas relacionados con el género, aunque obviamente debemos seguir exigiéndoselo. Desde mi punto de vista, sin duda, la solución del problema, que no es otra que el desmantelamiento del patriarcado, tiene que pasar por el trabajo personal de cada uno y cada una, y por hacer públicas y compartidas experiencias como la que cuentan Iván y Pamela.
¡Gracias!
¡Seguimos, que estamos en el camino pero aún nos queda mucho!
Hace añísimos que sé de Pamela, hace tiemoo hablábamos de ella y de su trabajo en los grupos de hombres en los que he estado, he visto varias veces en Youtube algunos de los vídeos de su monólogo No sólo duelen los golpes, y hace un año o dos tuve ocasión de verla en vivo.
Siempre me ha parecido que el suyo es un trabajo necesario, imprescindible, que trato de compartir con toda la gente que puedo y que me gustaría muy especialmente que conociera gente cercana que quiero y a la que creo que sentaría bien, como me sienta a mí: hermanas, sobrinxs, amigxs.
El año pasado, casualmente, conocí a Iván, con quien compartí el primer taller de escritura que hice en la Escuela de Escritores.
Este librito ha sido uno de los regalos (de María, claro) que me cayeron ayer por mí cumple.
Es (casi) una transcripción del monólogo de Pamela, algo adaptado para ser leído en vez de escuchado en un escenario. Un texto claro, contundente, irrebatible. Igual que me pasa con el monólogo, lo mejor que se me ocurre decir de este libro es que es imprescindible, que hace falta, que no puede no existir.
No podemos quedarnos esperando a que políticxs e instituciones resuelvan el maltrato y la desigualdad, y resuelvan los problemas relacionados con el género, aunque obviamente debemos seguir exigiéndoselo. Desde mi punto de vista, sin duda, la solución del problema, que no es otra que el desmantelamiento del patriarcado, tiene que pasar por el trabajo personal de cada uno y cada una, y por hacer públicas y compartidas experiencias como la que cuentan Iván y Pamela.
¡Gracias!
¡Seguimos, que estamos en el camino pero aún nos queda mucho!
miércoles, 19 de julio de 2017
gente que lee (164)
Lxs amigxs me regalan, entre otras cosas, libros, claro. Y yo empiezo la mañana de mi (50) cumple de la mejor forma posible...
martes, 18 de julio de 2017
lunes, 17 de julio de 2017
domingo, 16 de julio de 2017
Gulliver
Este sábado hemos tenido un mini taller de fotografía en el Centro de Humanidades de La Cabrera. Otras veces suelo hacer una propuesta que tiene que ver sobre todo con aspectos relacionados con la técnica fotográfica, con la composición, etc...
Esta vez me apetecía cambiar un poco. Estuve pensando en el verano, en los viajes, en la literatura de viajes... y se me ocurrió hacer un taller en el que el tema sobre el que trabajáramos fuera alguna novela de viajes...
Pensé en Alicia, en el Quijote, en Moby Dick, en Robinson Crusoe... y finalmente hicimos una actividad molona y divertida sobre los viajes de Gulliver...
Mola esto de juntar literatura y fotografía...
¡Seguimos!
Esta vez me apetecía cambiar un poco. Estuve pensando en el verano, en los viajes, en la literatura de viajes... y se me ocurrió hacer un taller en el que el tema sobre el que trabajáramos fuera alguna novela de viajes...
Pensé en Alicia, en el Quijote, en Moby Dick, en Robinson Crusoe... y finalmente hicimos una actividad molona y divertida sobre los viajes de Gulliver...
Mola esto de juntar literatura y fotografía...
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sábado, 15 de julio de 2017
viernes, 14 de julio de 2017
jueves, 13 de julio de 2017
miércoles, 12 de julio de 2017
Escepticismo
Nunca he podido comprender el mundo y me iré de él llevándome una imagen confusa. Otros pudieron o creyeron armar el rompecabezas de la realidad y lograron distinguir la figura escondida, pero yo viví entreverado con las piezas dispersas, sin saber dónde colocarlas. Así, vivir habrá sido para mí enfrentarme a un juego cuyas reglas se me escaparon y en consecuencia no haber encontrado la solución al acertijo. Por ello lo que he escrito ha sido una tentativa para ordenar la vida y explicármela, tentativa vana que culminó en la elaboración de un inventario de enigmas. La culpa la tiene quizás la naturaleza de mi inteligencia, que es una inteligencia disociadora, ducha en plantearse problemas, pero incapaz de resolverlos. Si alguna certeza adquirí fue que no existen certezas. Lo que es una buena definición del escepticismo.
De las Prosas apátridas del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro [1929-1994].
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martes, 11 de julio de 2017
lunes, 10 de julio de 2017
domingo, 9 de julio de 2017
Vacaciones
Es raro. La mayoría de los gente que conozco lee en vacaciones más de lo que suele leer en otros momentos del año...
A mí, al menos cuando vengo a Algeciras,me suele pasar lo contrario. Entre paseos, quedadas familiares y ratos de playa, dejo poco rato para las novelas...
;o)
A mí, al menos cuando vengo a Algeciras,me suele pasar lo contrario. Entre paseos, quedadas familiares y ratos de playa, dejo poco rato para las novelas...
;o)
sábado, 8 de julio de 2017
viernes, 7 de julio de 2017
jueves, 6 de julio de 2017
miércoles, 5 de julio de 2017
Cambio de ritmo
Cuando vengo a Algeciras a ver a la familia se me cambian los tiempos y las rutinas: visitas, paseos, cafés viendo el tour...
Poco tiempo para leer...
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martes, 4 de julio de 2017
lunes, 3 de julio de 2017
Fin de curso
Hoy terminan dos actividades a las que este curso he dedicado mucho tiempo, energía y neuronas.
Una de ellas es el concurso Relatos en Cadena. Me propuse intentar participar todas las semanas que pudiera, y después de estos diez meses estoy encantado de haber logrado no fallar ninguna de las 32 semanas y de haber conseguido, además, que uno de mis relatos fuera seleccionado en enero para una final semanal.
Y la otra es el taller de escritura creativa que he estado haciendo en la Escuela de Escritores con Ángel Zapata.
En estas últimas semanas me ha costado ir más al día y mantener el ritmo de los deberes,, pero termino con la sensación de haberme llevado lo mejor que alguien puede llevarse de algo así: haber aprendido mucho y haber conocido gente magnífica.
El año que viene más y mejor...
¡Seguimos!
Una de ellas es el concurso Relatos en Cadena. Me propuse intentar participar todas las semanas que pudiera, y después de estos diez meses estoy encantado de haber logrado no fallar ninguna de las 32 semanas y de haber conseguido, además, que uno de mis relatos fuera seleccionado en enero para una final semanal.
Y la otra es el taller de escritura creativa que he estado haciendo en la Escuela de Escritores con Ángel Zapata.
En estas últimas semanas me ha costado ir más al día y mantener el ritmo de los deberes,, pero termino con la sensación de haberme llevado lo mejor que alguien puede llevarse de algo así: haber aprendido mucho y haber conocido gente magnífica.
El año que viene más y mejor...
¡Seguimos!
domingo, 2 de julio de 2017
Decálogo
1. El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector a su vez pueda contarlo.
2. La historia del cuento debe ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada y si es inventada real.
3. El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.
4. La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello junto mejor. Si no logra ninguno de estos efectos no existe como cuento.
5. El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin ornamentos ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.
6. El cuento debe sólo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja.
7. El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, informe, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral.
8. El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.
9. En el cuento no puede haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible.
10. El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un sólo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado.
Encontré este decálogo en la introducción de la edición a los cuentos de Julio Ramón Ribeyro [1929-1994] publicada en la colección Letras Hispánicas de Cátedra.
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sábado, 1 de julio de 2017
viernes, 30 de junio de 2017
jueves, 29 de junio de 2017
miércoles, 28 de junio de 2017
martes, 27 de junio de 2017
Escribir
Comprendí entonces que escribir, más que transmitir un conocimiento, es acceder a un conocimiento. El acto de escribir nos permite aprehender una realidad que hasta el momento se nos presentaba en forma incompleta, velada, fugitiva o caótica.
Julio Ramón Ribeyro [1929-1994]
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lunes, 26 de junio de 2017
Bibliotecario por un día
La semana pasada me propusieron hacer una sustitución a una de las personas que trabajan en la biblioteca del Centro de Humanidades de La Cabrera. Muchísimas veces he pensado que el de bibliotecario, como el de librero, podría ser uno de esos trabajos en el que me lo pasara bien. Sé que ambos trabajos tienen una parte aburrida y rutinaria de ordenar, catalogar, etc. pero también tienen esa parte alucinante de hablar con quienes llegan preguntando qué leer...
El sábado pasé un día tranquilo. Ya casi no quedan estudiantes en la biblioteca, quienes estaban preparando sus oposiciones ya se han examinado, y durante todo el día pasó muy poquita gente a coger o devolver libros. Sólo por la tarde, coincidiendo con la entrada del cine, vinieron unas cuantas personas. Pero a pesar de esa tranquilidad "excesiva" fue una experiencia divertida...
Y al final de la tarde, cuando estábamos a punto de cerrar, llegó una familia preguntando por varios libros que le habían recomendado al pequeño en el colegio y por unas guías de viaje para las vacaciones. Cuando más o menos tenían lo que querían la madre me dijo si tendría algo que le pudiera interesar a él, señalando a un adolescente que se había quedado fuera esperando a que acabaran y que, como la mayoría de los que conozco en mis clases o en mi entorno, lee nada o casi nada.
Y ahí me vine arriba, tratando de encontrar algo que le pudiera interesar y que, aunque sólo fuera durante unas horas, le enganchara a alguna historia...
No sé si lo que se llevó le animó a leer y lo disfrutó, pero me gustó intentarlo...
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domingo, 25 de junio de 2017
sábado, 24 de junio de 2017
La muralla
—Mejor paramos a tomar algo, ¿te parece?
Me lo propuso sin mucho entusiasmo, pero estábamos hartos de tantas horas de coche, así que podía ser buen momento para estirar las piernas, tomar un café en el bar que había junto a la gasolinera y airearnos un poco antes de seguir el viaje de vuelta a casa.
—Yo quiero un café con leche y con hielo. Y me traes también un vaso de agua, por favor —le dije al chico que se acercó a atendernos. Era un chaval demasiado joven, con los mofletes demasiado colorados y con cara de haber salido demasiado poco de aquella barra y de aquel pueblo.
—Yo voy a tomar un descafeinado de máquina, solo, también con hielo —le pidió Irene mientras se sujetaba el pelo con un pañuelo para protegerse del viento—. Pero asegúrate de que sea descafeinado, por favor, que como te equivoques me vas a joder lo que me queda de viaje.
En la barra había un par de señores tomando un vino y discutiendo con el dueño del bar sobre el partido que estaban viendo. Y en la mesa de al lado una pareja mucho más joven que nosotros. Parecían estar también de vuelta después de pasar el fin de semana fuera. Tenían los cascos sobre la mesa y se habían bajado la parte de arriba del mono. De la cocina salía a cada rato una mujer que dejaba sobre la barra una bandeja de torreznos o un plato de torrijas o una tortilla. Irene trató de sonreír al chaval para tratar de compensar el tono con el que le había pedido el café.
—Prefiero que dejemos el tema para otro momento —me dijo cuando ya nos habíamos sentado en una de las mesas de fuera—, nunca nos sienta bien hablar de ésto. Ya sabes que en el estudio no estamos en un buen momento, y yo no puedo permitirme estar descolgada del trabajo un montón de meses, me costaría demasiado reengancharme después.
La pareja joven nos miraba como dos niños que oyen sin querer una conversación de mayores. Ella sin dejar de teclear en el móvil. Él mirando a todas partes, inquieto, inclinándose de vez en cuando hacia la ventana para echar un vistazo a la moto que había aparcada junto a la puerta, jugando con el mechero y con el platito que había en la mesa lleno de huesos de aceitunas. Pagaron sus cocacolas y salieron pasando a nuestro lado como una mancha chillona y ruidosa.
Mientras Irene seguía hablándome de los problemas del estudio, les vi caminar por el arcén de la carretera, pasar la gasolinera y llegar hasta los restos de la muralla. Él empezó a subir por una de las escaleras mientras ella volvía a hacerse su coleta, deshecha por el viento y por las horas de casco. Cuando ya estaba arriba, la llamó desde uno de los tramos del adarve que aún se conservaban a pesar de los turistas, o quizá gracias a ellos. Ella le hizo un par de fotos con el móvil, se acercó al pie del torreón y le hizo gestos con una mano para que bajara, mientras con la otra se sujetaba el pelo, que se le alborotaba con el aire a pesar de la goma con la que lo tenía recogido.
Yo seguía oyendo hablar a Irene pero estaba más pendiente de mi café y de saborear el paisaje que de lo que me decía. Habíamos tenido tantas veces esta misma conversación que aunque dejara de escucharla durante unos minutos no me iba a perder nada que no supiera ya y que no hubiéramos hablado antes mil veces.
El sol aún apretaba. Con el partido debían haber olvidado bajar el toldo. Volví a ponerme las gafas de sol y me recliné un poco en la silla apoyando los pies en una de las que los chicos de la moto habían dejado libres.
—No te preocupes Irene. Siento que hayamos vuelto a hablar del tema. Lo siento de verdad. Si quieres lo hablamos en otro momento. O no lo hablamos más. Es igual. No pasa nada.
—No se trata de que lo hablemos más o no lo hablemos más. Me gustaría que entendieras lo que te digo y que entendieras por qué ahora no es un buen momento para mí.
—Sí, no te preocupes, te entiendo perfectamente —traté de convencerla.
Yo seguía mirando al fondo, a la pareja de moteros haciéndose fotos en la muralla. Él subiendo entre las almenas de uno de los torreones mientras desde abajo ella agitaba las manos asustada pidiéndole que bajara. «Hay que ser gilipollas», pensé.
Y de repente Irene empezó a llorar. Me pilló desprevenido. Bajé los pies, acerqué mi silla a la suya, me quité las gafas y le pasé una mano por los hombros acercándola hacia mí.
—No, no entiendes nada —me dijo—. Quizá te gustaría entenderlo, pero en realidad no tienes ni idea de cómo me siento, de la contradicción que es querer algo pero sentir que en realidad no puede ser. No te enteras de nada.
Yo le acariciaba la espalda mientras la abrazaba y, por encima de su hombro, seguía viendo cómo el chico caminaba por uno de los arcos de la muralla agitando su casco en el aire mientras la chica le seguía pidiendo desde abajo que bajara de una vez. No podía oírla, pero veía sus gestos enfadados, notaba cómo le gritaba sin que él la oyera o sin querer oírla.
—Perdona —oí que me decía Irene después de sonarse—, ya sabes que estoy nerviosa últimamente. Lo siento. Ya estoy bien. Me han sentado muy bien estos días fuera, pero necesito llegar a casa, darme una ducha y descansar de tanta carretera.
Debió de notar cómo se me tensaba la mano sobre su hombro cuando le vi caer. Vi a la chica correr. Vi a algunos de los otros turistas que había por allí moverse rápido de un sitio a otro. Alguien llegó corriendo a la gasolinera. Salieron dos o tres personas y subieron hacia la muralla. Una de ellas iba hablando por el móvil. Me quedé quieto, abracé más fuerte a Irene mientras ella, de espaldas a la muralla, seguía llorando, ya más tranquila.
—No te preocupes —le dije—, está todo bien, no te preocupes. Estamos bien. Vamos a pagar los cafés y nos vamos a casa. Nos vendrá bien descansar un poco después del viaje. Cuando lleguemos nos hacemos una cena rica y vemos alguna película, ¿vale? ¿Qué te apetece?
La Cabrera, abril de 2017.

La muralla por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
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viernes, 23 de junio de 2017
El libro de arena
...thy rope of sands...
George Herbert (1593-1623)
La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes... No, decididamente no es éste, more geometrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.
Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.
Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.
—Vendo biblias —me dijo.
No sin pedantería le contesté:
—En esta casa hay biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.
Al cabo de un silencio me contestó.
—No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.
Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.
—Será del siglo diecinueve —observé.
—No sé. No lo he sabido nunca —fue la respuesta.
Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.
Fue entonces que el desconocido me dijo:
—Mírela bien. Ya no la verá nunca más.
Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.
Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:
—Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?
—No —me replicó.
Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:
—Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.
Me pidió que buscara la primera hoja.
Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.
—Ahora busque el final.
También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:
—Esto no puede ser.
Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:
—No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número.
Después, como si pensara en voz alta:
—Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.
Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:
—¿Usted es religioso, sin duda?
—Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico
Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.
—Y de Robbie Burns —corrigió.
Mientras hablábamos yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:
—¿Usted se propone ofrecer este curioso especimen al Museo Británico?
—No. Se lo ofrezco a usted —me replicó, y fijó una suma elevada.
Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.
—Le propongo un canje —le dije—. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.
—A black letter Wiclif! —murmuró.
Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo.
—Trato hecho —me dijo.
Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.
Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.
Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descabalados de Las Mil y Una Noches.
Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la madrugada prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. en una de ellas vi grabada una máscara. El ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.
No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.
Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.
Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.
Recordé haber leído que le mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.
Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.
El libro de arena, Jorge Luis Borges [1899-1986].
No sin pedantería le contesté:
—En esta casa hay biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.
Al cabo de un silencio me contestó.
—No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.
Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.
—Será del siglo diecinueve —observé.
—No sé. No lo he sabido nunca —fue la respuesta.
Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.
Fue entonces que el desconocido me dijo:
—Mírela bien. Ya no la verá nunca más.
Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.
Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:
—Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?
—No —me replicó.
Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:
—Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.
Me pidió que buscara la primera hoja.
Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.
—Ahora busque el final.
También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:
—Esto no puede ser.
Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:
—No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número.
Después, como si pensara en voz alta:
—Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.
Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:
—¿Usted es religioso, sin duda?
—Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico
Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.
—Y de Robbie Burns —corrigió.
Mientras hablábamos yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:
—¿Usted se propone ofrecer este curioso especimen al Museo Británico?
—No. Se lo ofrezco a usted —me replicó, y fijó una suma elevada.
Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.
—Le propongo un canje —le dije—. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.
—A black letter Wiclif! —murmuró.
Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo.
—Trato hecho —me dijo.
Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.
Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.
Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descabalados de Las Mil y Una Noches.
Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la madrugada prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. en una de ellas vi grabada una máscara. El ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.
No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.
Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.
Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.
Recordé haber leído que le mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.
Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.
El libro de arena, Jorge Luis Borges [1899-1986].
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jueves, 22 de junio de 2017
Cansancio
Llené un par de vasos y le di uno. Me senté y apoyé la cabeza en el respaldo.
—Perdóneme —dije—; estoy un poco cansado. Cada dos o tres días tengo que sentarme unos minutos. Es una debilidad que he intentado superar, pero ya no soy tan joven como antes.
De Playback [1958], la última novela de Raymond Chandler [1888-1959].
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miércoles, 21 de junio de 2017
Límites
Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar,
Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos,
Hay un espejo que me ha visto por última vez,
Hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
Hay alguno que nunca abriré.
Este verano cumpliré cincuenta años;
La muerte me desgasta, incesante.
Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos,
Hay un espejo que me ha visto por última vez,
Hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
Hay alguno que nunca abriré.
Este verano cumpliré cincuenta años;
La muerte me desgasta, incesante.
De Inscripciones (Montevideo, 1923), de Julio Platero Haedo
De El hacedor [1960] de Jorge Luis Borges [1899-1986].
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martes, 20 de junio de 2017
Zapatismo
Sólo nos quedan un par de sesiones de zapatismo en la Escuela de Escritores. Este verano lo vamos a echar de menos...
El año que viene, más.
Y mejor.
¡Seguimos!
El año que viene, más.
Y mejor.
¡Seguimos!
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lunes, 19 de junio de 2017
¡Ya lo tengo!
Ya tengo el libro de lxs alumnxs de este año de la Escuela de Escritores.
Estoy en la página 434. ¡Me encanta!
Estoy en la página 434. ¡Me encanta!
domingo, 18 de junio de 2017
sábado, 17 de junio de 2017
viernes, 16 de junio de 2017
jueves, 15 de junio de 2017
Novela negra
Anoche terminé de leer La llave de cristal [1931], de Dashiell Hammett [1894-1961]. Y hoy me he encontrado en la biblioteca de La Cabrera un par de libritos de Raymond Chandler [1888-1959].
Creo que estos días me está sentando bien leer un poco de novela negra.
Creo que estos días me está sentando bien leer un poco de novela negra.
miércoles, 14 de junio de 2017
gente que lee (159)
Jo Ann Kemmerling fotografiada por Nina Leen en 1954.
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martes, 13 de junio de 2017
lunes, 12 de junio de 2017
Pellas
Contra todo pronóstico y toda costumbre hoy he hecho mis segundas pellas del año del taller de escritura de Zapata.
Las otras fueron en octubre: Albarracín.
Y esta vez ando de retiro por el norte, higiene mental... silencio... mar...
Las otras fueron en octubre: Albarracín.
Y esta vez ando de retiro por el norte, higiene mental... silencio... mar...
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domingo, 11 de junio de 2017
sábado, 10 de junio de 2017
Te quiero libre
Así son las servilletas que se gastan en los bares de Bustarviejo, creo que por una iniciativa de su ayuntamiento de llevar la lucha contra el sexismo y el maltrato a todas partes y al día a día.
Con según qué cosas, tonterías las justas.
Y también molan como marcapáginas...
;o)
Con según qué cosas, tonterías las justas.
Y también molan como marcapáginas...
;o)
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viernes, 9 de junio de 2017
jueves, 8 de junio de 2017
Nautilus
La biblioteca del Capitán Nemo en el Nautilus, en una ilustración de Alphonse-Marie-Adolphe Deneuville [1835-1885] aparecida en la primera edición de la novela Veinte mil leguas de viaje submarino [1869], de Julio Verne [1828-1905].
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miércoles, 7 de junio de 2017
Autores que debemos leer
Entre los libros de expurgo de la biblioteca del Centro de Humanidades de La Cabrera de vez en cuando me encuentro cosas molonas, como esta edición impresa en Buenos Aires en 1940 de un par de comedias de Tirso de Molina que, además del papel viejuno, algunos dibujos chulos y un sellito del librero, tiene en la introducción este estupendo análisis de género sobre las mujeres y los hombres de Tirso:
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