He estado de compras... y he comprado tres cosas. Lo primero: una máquina de escribir. Acabaré el capítulo seis de mi novela y seremos millonarios. La segunda: una estufa. Aquí hay calor humano pero no basta... La tercera: un despertador... porque hay que introducir el tiempo en nuestras vidas... porque nos hace falta disciplina... sobre todo a mí... y porque será la única forma de cronometrar mi tiempo.
[Ópera Prima, Fernando Trueba, 1980]

martes, 27 de diciembre de 2016

Estás a punto de empezar a leer...

Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Recógete. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida. Dilo en seguida, a los demás: «¡No, no quiero ver la televisión!» Alza la voz, si no te oyen: «¡Estoy leyendo! ¡No quiero que me molesten!» Quizá no te han oído, con todo ese estruendo; dilo más fuerte, grita: «¡Estoy empezando a leer la nueva novela de Italo Calvino!» O no lo digas si no quieres; esperemos que te dejen en paz.
Adopta la postura más cómoda: sentado, tumbado, aovillado, acostado. Acostado de espaldas, de costado, boca abajo. En un sillón, en el sofá, en la mecedora, en la tumbona, en el puf. En la hamaca, si tienes una hamaca. Sobre la cama, naturalmente, o dentro de la cama. También puedes ponerte cabeza abajo, en postura yoga. Con el libro invertido, claro.
La verdad, no se logra encontrar la postura ideal para leer. Antaño se leía de pie, ante un atril. Se estaba acostumbrado a permanecer de pie. Se descansaba así cuando se estaba cansado de montar a caballo. A caballo a nadie se le ha ocurrido nunca leer; y sin embargo ahora la idea de leer en el arzón, el libro colocado sobre las crines del caballo, acaso colgado de las orejas del caballo mediante una guarnición especial, te parece atrayente. Con los pies en los estribos se debería estar muy cómodo para leer; tener los pies en alto es la primera condición para disfrutar de la lectura.
Bueno, ¿a qué esperas? Extiende las piernas, alarga también los pies sobre un cojín, sobre dos cojines, sobre los brazos del sofá, sobre las orejas del sillón, sobre la mesita del té, sobre el escritorio, sobre el piano, sobre el globo terráqueo. Quítate los zapatos, primero. Si quieres tener los pies en alto; si no, vuélvetelos a poner. Y ahora no te quedes ahí con los zapatos en una mano y el libro en la otra.
Regula la luz de modo que no te fatigue la vista. Hazlo ahora, porque en cuanto te hayas sumido en la lectura ya no habrá forma de moverte. Haz de modo que la página no quede en sombra, un adensarse de letras negras sobre un fondo gris, uniformes como un tropel de ratone; pero ten cuidado de que no le caiga encima una luz demasiado fuerte y que no se refleje sobre la cruda blancura del papel royendo las sombras de los caracteres como en un mediodía del Sur. Trata de prever ahora todo lo que pueda evitarte interrumpir la lectura. Los cigarrillos al alcance de la mano, si fumas, el cenicero. ¿Qué falta aún? ¿Tienes que hacer pis? Bueno, tú sabrás.
No es que esperes nada particular de este libro en particular. Eres alguien que por principio no espera ya nada de nada. Hay muchos, más jóvenes que tú y menos jóvenes, que viven a la espera de experiencias extraordinarias; de los libros, de las personas, de los viajes, de los acontecimientos, de lo que el mañana guarda en reserva. Tú no. Tú sabes que lo mejor que uno puede esperar es evitar lo peor. Esta es la conclusión a la que has llegado, tanto en la vida personal como en las cuestiones generales y hasta en las mundiales. ¿Y con los libros? Eso es, precisamente porque lo has excluido en cualquier otro terreno, crees que es justo concederte aún este placer juvenil de la expectativa en un sector bien circunscrito como el de los libros, donde te puede ir mal o ir bien, pero el riesgo de la desilusión no es grave.
Conque has visto en un periódico que había salido Si una noche de invierno un viajero, nuevo libro de Italo Calvino, que no publicaba hacía varios años. Has pasado por la librería y has comprado el volumen. Has hecho bien.
Ya en el escaparate de la librería localizaste la portada con el título que buscabas. Siguiendo esa huella visual te abriste paso en la tienda a través de la tupida barrera de los Libros Que No Has Leído que te miraban ceñudos desde mostradores y estanterías tratando de intimidarte. Pero tú sabes que no debes dejarte imponer respeto, que entre ellos se despliegan hectáreas y hectáreas de los Libros Que Puedes Prescindir De Leer, de los Libros Hechos Para Otros Usos Que La Lectura, de los Libros Ya Leídos Sin Necesidad Siquiera De Abrirlos Pues Pertenecen A La Categoría De Lo Ya Leído Antes Aún De Haber Sido Escrito. Y así superas el primer cinturón de baluartes y te cae encima la infantería de los Libros Que Si Tuvieras Más Vidas Que Vivir Ciertamente Los Leerías También De Buen Grado Pero Por Desgracia Los Días Que Tienes Que Vivir Son Los Que Son. Con rápido movimiento saltas sobre ellos y llegas en medio de las falanges de los Libros Que Tienes Intención De Leer Aunque Antes Deberías Leer Otros, de los Libros Demasiado Caros Que Podrías Esperar A Comprarlos Cuando Los Revendan A Mitad De Precio, de los Libros Idem De Idem Cuando Los Reediten En Bolsillo, de los Libros Que Podrías Pedirle A Alguien Que Te Preste, de los Libros Que Todos Han Leído Conque Es Casi Como Si Los Hubieras Leído También Tú. Eludiendo estos asaltos, llegas bajo las torres del fortín, donde ofrecen resistencia
los Libros Que Hace Mucho Tiempo Tienes Programado Leer,
los Libros Que Buscabas Desde Hace Años Sin Encontrarlos,
los Libros Que Se Refieren A Algo Que Te Interesa En Este Momento,
los Libros Que Quieres Tener Al Alcance De La Mano Por Si Acaso,
los Libros Que Podrías Apartar Para Leerlos A Lo Mejor Este Verano,
los Libros Que Te Faltan Para Colocarlos Junto A Otros Libros En Tu Estantería,
los Libros Que Te Inspiran Una Curiosidad Repentina, Frenética Y No Claramente Justificable.
Hete aquí que te ha sido posible reducir el número ilimitado de fuerzas en presencia a un conjunto muy grande, sí, pero en cualquier caso calculable con un número finito, aunque este relativo alivio se vea acechado por las emboscadas de los Libros Leídos Hace Tanto Tiempo Que Sería Hora De Releerlos y de los Libros Que Has Fingido Siempre Haber Leído Mientras Que Ya Sería Hora De Que Te Decidieses A Leerlos De Veras.
Te liberas con rápidos zigzags y penetras de un salto en la ciudadela de las Novedades Cuyo Autor O Tema Te Atrae. También en el interior de esta fortaleza puedes practicar brechas entre las escuadras de los defensores dividiéndolas en Novedades De Autores O Temas No Nuevos (para ti o en absoluto) y Novedades De Autores O Temas Completamente Desconocidos (al menos para ti) y definir la atracción que sobre ti ejercen basándote en tus deseos y necesidades de nuevo y de no nuevo (de lo nuevo que buscas en lo no nuevo y de lo no nuevo que buscas en lo nuevo).
Todo esto para decir que, recorridos rápidamente con la mirada los títulos de los volúmenes expuestos en la librería, has encaminado tus pasos hacia una pila de Si una noche de invierno un viajero recién impresos, has agarrado un ejemplar y lo has llevado a la caja para que se estableciera tu derecho de propiedad sobre él.
Has echado aún un vistazo extraviado a los libros de alrededor (o mejor dicho, eran los libros los que te miraban con el aire extraviado de los perros que desde las jaulas de la perrera municipal ven a un ex compañero alejarse tras la correa del amo venido a rescatarlo) y has salido.
Es un placer especial el que te proporciona el libro recién publicado, no es sólo un libro lo que llevas contigo sino su novedad, que podría ser también sólo la del objeto salido ahora mismo de la fábrica, la belleza de la juventud con que también los libros se adornan, que dura hasta que la portada empieza a amarillear, un velo de smog a depositarse sobre el canto, el lomo a descoserse por las esquinas, en el rápido otoño de las bibliotecas. No, tú esperas siempre tropezar con una novedad auténtica, que habiendo sido novedad una vez continúe siéndolo para siempre. Al haber leído el libro recién salido, te apropiarás de esta novedad desde el primer instante, sin tener después de perseguirla, acosarla. ¿Será esta la vez de veras? Nunca se sabe. Veamos cómo empieza. 
Quizá ya en la librería has empezado a hojear el libro. ¿O no has podido, porque estaba envuelto en su capullo de celofán? Ahora estás en el autobús, de pie, entre la gente, colgado por un brazo de una anilla, y empiezas a abrir el paquete con la mano libre, con gestos un poco de mono, un mono que quiere pelar un plátano y al mismo tiempo mantenerse aferrado a la rama. Mira que le estás dando codazos a los vecinos; pide perdón, por lo menos.
O quizá el librero no ha empaquetado el volumen; te lo ha dado en una bolsa. Eso simplifica las cosas. Estás al volante de tu coche, parado en un semáforo, sacas el libro de la bolsa, desgarras la envoltura transparente, te pones a leer las primeras líneas. Te llueve una tempestad de bocinazos; hay luz verde; estás obstruyendo el tráfico.
Estás en tu mesa de trabajo, tienes el libro colocado como al azar entre los papeles profesionales, en cierto momento apartas un dossier y encuentras el libro bajo los ojos, lo abres con aire distraído, apoyas los codos en la mesa, apoyas las sienes en las manos cerradas en puño, pareces concentrado en el examen de un expediente y en cambio estás explorando las primeras páginas de la novela. Poco a poco te recuestas en el respaldo, alzas el libro a la altura de la nariz, inclinas la silla en equilibrio sobre las patas posteriores, abres un cajón lateral del escritorio para poner los pies, la posición de los pies durante la lectura es de suma importancia, alargas las piernas sobre la superficie de la mesa, sobre los expedientes no despachados.
Pero ¿no te parece una falta de respeto? De respeto, por supuesto, no a tu trabajo (nadie pretende juzgar tu rendimiento profesional; admitamos que tus tareas se inserten regularmente en el sistema de las actividades improductivas que ocupa tanta parte de la economía nacional y mundial), sino al libro. Peor aún si perteneces en cambio —de grado o por fuerza— al número de esos para quienes trabajar significa trabajar en serio, realizar —intencionadamente o sin hacerlo aposta— algo necesario o al menos no inútil para los demás amén de para sí: entonces el libro que te has llevado contigo al lugar de trabajo como una especie de amuleto o talismán te expone a tentaciones intermitentes, unos cuantos segundos cada vez substraídos al objeto principal de tu atención, sea éste un perforador de fichas electrónicas, los hornillos de una cocina, las palancas de mando de un bulldozer, un paciente tendido con las tripas al aire en la mesa de operaciones.
En suma, es preferible que refrenes la impaciencia y esperes a abrir el libro cuando estés en casa. Ahora sí. Estás en tu habitación, tranquilo, abres el libro por la primera página, no, por la última, antes de nada quieres ver cómo es de largo. No es demasiado largo, por fortuna. Las novelas largas escritas hoy acaso sean un contrasentido: la dimensión del tiempo se ha hecho pedazos, no podemos vivir o pensar sino fragmentos de metralla del tiempo que se alejan cada cual a lo largo de su trayectoria y al punto desaparecen. La continuidad del tiempo podemos encontrarla sólo en las novelas de aquella época en la cual el tiempo no aparecía ya como inmóvil y no todavía como estallando, una época que duró más o menos cien años, y luego se acabó.
Le das vueltas al libro entre las manos, recorres las frases de la contraportada, de la solapa, frases genéricas, que no dicen mucho. Mejor así, no hay un discurso que pretenda superponerse indiscretamente al discurso que el libro deberá comunicar directamente, a lo que tú deberás exprimir del libro, sea poco o mucho. Cierto que también este girar en torno al libro, leerlo alrededor antes de leerlo por dentro, forma parte del placer del libro nuevo, pero como todos los placeres preliminares tiene una duración óptima si se quiere que sirva para empujar hacia el placer más consistente de la consumación del acto, esto es, de la lectura del libro.
Conque ya estás preparado para atacar las primeras líneas de la primera página. Te dispones a reconocer el inconfundible acento del autor. No. No lo reconoces en absoluto. Pero, pensándolo bien, ¿quién ha dicho que este autor tenga un acento inconfundible? Al contrario, se sabe que es un autor que cambia mucho de un libro a otro. Precisamente en estos cambios se reconoce que es él. Pero aquí parece que no tiene nada que ver con todo lo demás que ha escrito, al menos por lo que recuerdas. ¿Es una desilusión? Veamos. Acaso al principio te sientes un poco desorientado, como cuando se te presenta una persona a la que por el nombre identificabas con cierta cara, y tratas de hacer coincidir los rasgos que ves con los que recuerdas, y la cosa no marcha. Pero después prosigues y adviertes que el libro se deja leer de todas maneras, con independencia de lo que te esperabas del autor, es el libro en sí lo que te intriga, e incluso bien pensado prefieres que sea así, hallarte ante algo que aún no sabes bien qué es.

Comienzo de la novela Si una noche de invierno un viajero [1979] del escritor italiano Italo Calvino [1923-1985].

lunes, 26 de diciembre de 2016

Hábitos literarios

En los hábitos literarios también es todopoderosa la idea de un sujeto único. Es raro que los libros estén firmados. No existe el concepto del plagio: se ha establecido que todas las obras son obra de un solo autor, que es intemporal y es anónimo. La crítica suele inventar autores: elige obras disímiles —el Tao Te King y las 1001 Noches, digamos—, las atribuye a un mismo escritor y luego determina con probidad la psicología de ese interesante homme de lettres...
También son distintos los libros. Los de ficción abarcan un solo argumento, con todas las permutaciones imaginables. Los de naturaleza filosófica invariablemente contienen la tesis y la antítesis, el riguroso pro y el contra de una doctrina. Un libro que no encierra su contralibro es considerado incompleto.

Del relato Tlön, Uqbar, Orbis Tertius [1940] de Jorge Luis Borges [1899-1986].

domingo, 25 de diciembre de 2016

He andado muchos caminos

   He andado muchos caminos,
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares,
y atracado en cien riberas.

   En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra,

   y pedantones al paño
que miran, callan, y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.

   Mala gente que camina
y va apestando la tierra...

   Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan, 
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.

   Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan adónde llegan.
Cuando caminan, cabalgan 
a lomos de mula vieja,

   y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.

   Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra.

Antonio Machado [1875-1939]

sábado, 24 de diciembre de 2016

Blanca Navidad

Al principio todo iba normal, si por normal se entiende que un ser fabuloso, de rizos rubios hasta los hombros y alas de pluma de oca, como las que a veces se escapan por las costuras de los edredones, bajara hasta la casa de María y, allí, en el atrio de columnas románicas —eso sí que resultaba extraño: columnas románicas en Nazaret— le anunciara la buena nueva. Pero, en efecto, todo iba exactamente de esa forma: el ser fabuloso, de rizos rubios hasta los hombros y alas de pluma de oca, con ojos almendrados entre el azul, el verde y el rosa, y de una belleza, más que inenarrable, asexuada, descendió hasta la casa de María —una casa humilde pero limpia y muy cuidada, y con tiestos de geranios a lo largo del atrio de columnas, románicas tal como hemos dicho— para anunciarle la buena nueva: que era llena de gracia y bendecida entre todas las mujeres. María se quedó boquiabierta. El arcángel, viendo la turbación de la mujer, comprendió que el aparato escénico había sido realmente impresionante: quizás se les había ido un poco la mano. Para tranquilizarla le dijo que no tenía por qué tener miedo, que simplemente había venido a anunciarle que tendría un hijo al que llamaría Jesús. La mujer —¿cómo no?— aceptó la noticia de buen grado y el arcángel desapareció en un santiamén, con el mismo desparpajo con el que había aparecido. Horas más tarde, cuando su marido, José, volvió del taller —era carpintero—, María le explicó lo sucedido. José se quedó de pasta de boniato.
También entra dentro de la normalidad más absoluta la disposición del emperador Augusto, que ordenaba que todos los súbditos del Imperio Romano se empadronaran, cada uno en el pueblo o en la ciudad de donde su familia fuese originaria. Por eso, José y María tomaron el burro y se fueron a Belén. María iba sobre el animal, sentada de lado, y José a pie, tirando de las riendas. Lo que —como las columnas románicas— tampoco era en absoluto normal era todo aquello de la nieve. Cuando llegaron a Belén vieron que el pueblo entero estaba nevado, hasta el horizonte, sobre el que campaba un cielo negro y con estrellas de cinco y seis puntas, inmóviles y como recortadas. En Palestina la nieve era un fenómeno meteorológico casi ignorado. Generaciones y generaciones de ciudadanos nacían y morían sin haberla conocido, y sin que ello les preocupase lo más mínimo. Y si habían oído hablar de ella era por viajeros de países lejanos, que citaban incluso montes en los que la nieve es perpetua. Los nativos los escuchaban absortos, pero, en cuanto los viajeros acababan su narración, volvían a sus tareas sin que la nieve les hiciese perder ni una hora de sueño. En cambio, ahora todo estaba nevado: las montañas, las calles, los tejados de las casas, el puesto de la castañera... Era nieve polvo, tan polvo que parecía harina. 
Debido a la afluencia de gente para empadronarse, no encontraron ni una habitación libre en todo Belén. Los habitantes no eran demasiado acogedores; ni la imagen de una mujer embarazada los movía a piedad. Por esto se vieron forzados a instalarse en un establo abandonado. Adecentaron un rincón, cerca de un buey adormilado y del burro que llevaban. Fue allí donde, el 25 de diciembre, María dio a luz. Era un niño precioso, saludable y llorón. José lo tomó en brazos para limpiarlo. Pero María requirió de nuevo su atención. Estaba naciendo un segundo niño.
Eran dos niños preciosos, y cada uno con su halo tipo holograma sobre la cabeza. Tras alimentarlos y ponerles los pañales —afortunadamente María había previsto recambios— los acostaron sobre un montón de paja, uno junto al otro. Movían las manos. El buey y el burro contemplaban la escena de reojo.
—¿Estás segura de que te habló de un niño? ¿No diría dos y no te fijaste?
José no entendía qué había pasado. Que fuesen dos trastocaba todos los planes. Incluso algo tan poco importante como lo del nombre. El arcángel había dicho que debía llamarse Jesús. Era un nombre que no les desagradaba; tampoco les entusiasmaba, si tenemos que ser sinceros. En aquella época, los nombres predominantes eran Sandra, Vanessa, Kevin, Jonathan e incluso Sue Ellen, que les parecían frívolos y pretenciosos. José y María habían pensado otros nombres e incluso habían hecho una lista de sus preferidos: David, Samuel, Alejandro, Abel, Moisés, Iván... De todos, el que más les gustaba era Alejandro. Era un nombre sonoro y vibrante. Si el arcángel no hubiese dejado tan claro que tenían que llamarle Jesús, le habrían puesto Alejandro, sin ninguna duda. Pero, en fin, no pudiendo llamarse Alejandro, a María el nombre de Jesús ya le parecía bien. En algún momento, José había propuesto que se llamase como él: José. Muchos amigos suyos ponían su nombre a sus primogénitos. ¿Por qué no él? María no había querido ni oír hablar de un posible cambio.
—El arcángel dijo que debía llamarse Jesús y se llamará Jesús.
No hablaron más del asunto. Se llamaría Jesús; estaba decidido. Pero ahora se encontraban con dos niños, el doble de lo que esperaban. ¿Cómo los llamarían? Después de darle muchas vueltas encontraron la solución. Uno se llamaría Jesús María y el otro Jesús José. Así respetaban la orden de que se llamase Jesús y de paso satisfacían el deseo de José: al menos, uno de los dos se llamaba como él, aunque fuera de segundo nombre. 
Eso no era más que el inicio de las duplicaciones. Desde ese momento —cavilaba José— todo sería doble. Las cunas, los vestiditos, los chupetes, el consumo de dodotis. De su cavilación lo sacó un ruido de cascos. Eran camellos que atravesaban, por un débil puente de madera, las aguas del río, que parecían inmóviles y como de papel de plata. Cuando llegaron al establo, los tres Reyes Magos se quedaron pasmados. Era la misma sorpresa que María y José habían visto en las caras de los pastores que se habían acercado a adorar al niño y, en vez de uno, se habían encontrado con dos. Uno de los pastores, que había traído como regalo un cochecito Jané monoplaza, corrió a cambiarlo por un modelo doble. Melchor, Gaspar y Baltasar —hombres curtidos en mil batallas y duchos en tomar decisiones— reaccionaron de manera rápida y, sin que ni María ni José se diesen cuenta, haciendo como que buscaban los regalos, dividieron en dos partes más o menos iguales el oro, el incienso y la mirra.
¿Eran ambos hijos de Dios? ¿O sólo lo era uno de ellos? La pregunta no tenía respuesta clara porque, si bien al lavarlos en la bañera uno de ellos (Jesús María) caminaba sobre el agua —dejando de piedra no sólo a su hermano, sino también a sus padres—, era el otro (Jesús José) quién, cuando los petitsuís se habían acabado, los multiplicaba sin problemas. Esa dualidad —calculaba Alejandro mientras colocaba el caganer al lado del cura con paraguas— se mantendría a lo largo de los años, hasta el final de sus días. Alejandro volvió a alinear las dos cunitas, contempló una vez más el belén y corrió a llamar a su padre, reputado miembro del Opus Dei, para que fuese a verlo. Confiaba que lo felicitaría por su ingenio: en vez de tirar la figurita del niño Jesús del antiguo pesebre (una de las pocas que no estaban rotas), la había incorporado a las nuevas, que habían comprado el día antes en la feria de Santa Lucía. No sabía que, esa noche, su ingenio le costaría irse a la cama sin cenar.

Del libro Tres Navidades [2003] de Quim Monzó [1952- ].

viernes, 23 de diciembre de 2016

jueves, 22 de diciembre de 2016

miércoles, 21 de diciembre de 2016

martes, 20 de diciembre de 2016

Mío Cid

Gulusmeando por la wikipedia me encuentro con la noticia de que tal día como hoy, el 20 de diciembre de 1960, la Fundación Juan March compró el manuscrito del Cantar del Mío Cid, que hasta entonces había estado en manos privadas, y diez días después, el 30 de diciembre, lo donó a la Biblioteca Nacional, donde permanece hasta hoy.
Me ha hecho recordar a algunos de los profes que tuve en el cole y que tuvieron que ver con mi afición a la lectura de hoy. Sin duda los profesores más importantes que tuve durante mis años de colegio fueron dos de los de bachillerato: el que me dio historia, Ángel Santaolalla, y el que me dio literatura, Vicente Alarcia. Me hicieron descubrir, me divirtieron aprendiendo, me provocaron una curiosidad por muchas cosas que mantengo más de treinta y tantos años después... les debo mucho... Y especialmente al segundo, le debo haber disfrutado muchísimo leyendo cientos de libros en los últimos años. Un día escribiré aquí algo más sobre ellos.

Pero también hubo otros más oscuros... Uno de ellos fue el que teníamos en séptimo en Lengua y literatura. No recuerdo su nombre, para todo el mundo era el Pinocho. Recuerdo que una de las lecturas de ese año fue el Mío Cid. Lo leíamos en clase, en voz alta, una página o un capítulo cada uno, en un castellano antiguo que a nuestros oídos nos parecía ininteligible. A palo seco. Consiguió que lo aborreciéramos durante años. Mucho después, quizá en COU o en la facultad, de motu proprio, lo leí y lo disfruté como un enano. Supongo que no era fácil, pero seguro que había formas de habernos acercado a algo así sin que nos diera alergia.

Para mí sigue siendo todo un misterio (confirmado por amigxs padres o madres, bibliotecarixs, profes...) ésto de cómo hacer que los niños y las niñas y lxs adolescentes se aficionen a la lectura y no pierdan esa afición después...

lunes, 19 de diciembre de 2016

UPMR

Iba acercándose más y más y cuando estuvo a cosa de un cuarto de kilómetro empezó a aminorar la marcha. De pronto me fijé en la forma del radiador. ¡Era un Rolls-Royce! Levanté un brazo y lo mantuve en alto y el cochazo verde, a cuyo volante iba un hombre, se detuvo al lado de mi Lagonda.
Me sentía absolutamente eufórico. De haberse tratado de un Ford o un Morris, me habría alegrado bastante, pero sin llegar a la euforia. El hecho de que se tratara de un Rolls —un Bentley habría surtido el mismo efecto, o un Isotta, u otro Lagonda— era una garantía virtual de que iba a recibir toda la ayuda que necesitase; porque, sépanlo o no ustedes, existe un poderoso sentimiento de hermandad entre las personas poseedoras de automóviles muy costosos. Se respetan unas a otras automáticamente y la razón de tal respeto consiste sencillamente en que la riqueza respeta a la riqueza. A decir verdad, no hay nadie en el mundo a quien una persona muy rica respete más que a otra persona muy rica y, debido a ello, estas personas, como es natural, se buscan mutuamente adondequiera que vayan. Entre ellas se utilizan muchas clases de señales de reconocimiento. Entre las hembras la ostentación de grandes joyas es, tal vez, la más común; pero el automóvil costoso también es una señal favorita y la utilizan ambos sexos. Es una pancarta itinerante, una declaración pública de opulencia y, como tal, es también el carnet de socio de esa excelente sociedad oficiosa llamada la Unión de Personas Muy Ricas. Yo mismo soy socio de solera de dicha sociedad y me encanta serlo. Cuando me encuentro con otro socio, como iba a suceder dentro de unos instantes, siento una compenetración inmediata. Le respeto. Hablamos la misma lengua. Él es uno de los nuestros. Por consiguiente, tenía buenos motivos para sentirme eufórico.

Del cuento El visitante de Roald Dahl [1916-1990].

domingo, 18 de diciembre de 2016

Roald Dahl

Estos días estoy leyendo cuentos para adultxs de Roald Dahl [1916-1990]: El gran cambiazo, Relatos de lo inesperado...
Algunos ya los había leído, pero hace muchísimo y me está encantando releerlos. Son extraordinarios. Muy, muy recomendables.

sábado, 17 de diciembre de 2016

¿Quién ha de hacer los deberes?

Comparto al 100 % cada palabra del artículo que Elvira Lindo publica hoy en El País:

Se me ocurre que hay una sociedad que tiene una serie de deberes pendientes y más aún con los resultados aún calientes de la evaluación Pisa

La leyenda, más que urbana, doméstica, existe: los deberes los hacen los padres. No los míos, desde luego. Ni tampoco los suyos, si compartimos generación. Cuando nosotros éramos niños, las madres, que eran las que solían estar en casa, no estaban muy pendientes de ese asunto. De vez en cuando, se oía la célebre frase “¿no tienes deberes?” en un tono rutinario. Éramos, para bien o para mal, más independientes; para bien o para mal, nuestra primordial misión en la vida como niños era no dar guerra. Y aprobar. Una vez que nos tocó ser padres y madres, en ocasiones, divorciados, vivíamos nuestro papel con culpabilidad, y sí, les hicimos algunos deberes a nuestros niños. Que tire la primera piedra el que no lo hiciera. En mi caso, como mis cualidades pedagógicas son nulas era como que terminaba antes si lo remataba yo. No siempre me pusieron buena nota, la verdad sea dicha.

Urge que los políticos hablen de educación y dejen polémicas banales

Ahora me cuentan amigos más jóvenes que las criaturas andan agobiadas por el volumen de deberes a los que han de enfrentarse cada tarde. A eso se suma que con los disparatados horarios españoles, las madres o los padres ya no están en casa para aliviarles el trabajo. Dado que el asunto ha llegado al Congreso de los Diputados, de lo cual me alegro (es urgente que los políticos hablen de asuntos como la educación y dejen de embarullarnos con sus polémicas banales), se me ocurre que hay una sociedad que tiene una serie de deberes pendientes y más aún con los resultados aún calientes de la evaluación Pisa. Apunto algunos:
Los padres tienen el deber de educar a sus hijos en la medida de lo posible, para que el profesor pierda menos tiempo en corregir unos modales que dificultan la enseñanza; la sociedad en sí misma tiene el deber de entender que la buena educación diaria, en la calle o en el trabajo, es formativa, que la cortesía es tan contagiosa como la zafiedad; si antes aceptábamos que la educación de los niños correspondía a la sociedad en general y no solo a papá o a mamá, ahora debería comprenderse que el aumento de la grosería y la violencia verbal contribuyen a cómo se comportan los niños; el Gobierno y la oposición tienen el deber de racionalizar los horarios para favorecer la convivencia familiar; los padres tienen el deber de no sobrecargar a sus hijos con un exceso de actividades extraescolares que a cualquiera de nosotros agotaría; los niños tienen el derecho inapelable a jugar; los adultos tienen el deber de favorecer el juego en la calle; los niños tienen el deber de aburrirse, y los padres, de no provocar en sus hijos una necesidad constante de novedades; los padres tienen el deber de no sobreestimular a los niños favoreciendo un carácter ansioso e impaciente; los profesores deben serlo por vocación, no es un oficio que tolere las medias tintas; el Gobierno no debe sobrecargar a la educación pública con las necesidades provenientes de la inmigración, es un asunto que concierne a toda la comunidad educativa, privada, concertada o pública; el Gobierno debe entender que es urgente y necesaria una asignatura que aborde los derechos y deberes de la ciudadanía; los centros no deben tolerar las faltas de respeto a los profesores por parte de los alumnos; los padres no deben tolerar que sus hijos ofendan a sus profesores; los padres no deben hablar de manera displicente de los profesores delante de sus hijos; las tutorías, más en estos tiempos, deben considerarse parte fundamental de la actividad escolar; las asignaturas creativas, como la música o las artes plásticas, no deben relegarse al horario extraescolar como si no sirvieran para nada; los niños tienen el derecho a ir bien desayunados al colegio; los padres, los profesores y los médicos deben entender que hay niños que sufren ansiedad y la ansiedad no precisa medicación sino un ritmo social distinto; el estado debe asumir que la escuela tiene que seguir siendo el mayor mecanismo de igualdad social; el sistema educativo debe insistir en que los niños aprendan a expresarse con claridad y a comprender un texto, de ahí depende en gran parte su futuro; la educación debiera ser uno de los temas prioritarios del discurso político; los profesores deberían de tener más tiempo para desarrollar sus clases y no vivir esclavos de la burocracia.

Cargar sobre el profesorado el que los niños sean excelentes es injusto

Todos deberíamos entender que un niño no se educa solamente en el colegio y que los resultados académicos son un reflejo de lo que está ocurriendo en un país: el nivel de educación en la calle, en los medios, la ansiedad que provoca la falta de expectativas, la agresividad, los malos modos, las palabras gruesas. Eso importa. Cargar sobre las espaldas del profesorado el deber de que los niños sean excelentes es injusto. Los cachorros se educan en la manada, así que usted y yo, como parte de ella, también tenemos un montón de deberes que hacer.

viernes, 16 de diciembre de 2016

a l r e d e d o r e s

DOHA

En el control del aeropuerto de Doha, me he quitado la chaqueta, las botas, he sacado los líquidos, el ordenador y he pasado el arco de seguridad. Han retenido mi mochila en el escaner:
- ¿Llevas un libro?
- Sí.
- ¿Gordo?
- Sí.
- Puedes pasar.
Me ha parecido un gran inicio de relato para Román. El libro es La Odisea.

Leído ayer en a l r e d e d o r e s, el blog de Vero viajera.

jueves, 15 de diciembre de 2016

La sonrisa de Calabacillas

Anoche estuve en el intruso BAR en el primer (y parece que lamentablemente último) concierto de la gira mundial de presentación del disco La sonrisa de Calabacillas, de Gonzalo Sánchez-Terán.
Conozco a Gonzalo a través de Vero y de n'UNDO y he tenido la suerte de estar incluido en la lista de gente invitada al concierto de ayer. Me parece atrevido decir que somos amigos, es una palabra seria que me cuesta usar con ligereza, pero es una de esas personas que me resultan interesantes y que cada vez que coincido con él pienso que estaría bien volver a vernos una vez más...


Ayer me lo pasé como un enano. Disfruté de las canciones y del ambiente. Fue un concierto divertido, cultureta, político, cerebrudo, incorrecto, inteligente, comprometido, honesto, crítico, como creo que, hasta donde le conozco, es Gonzalo.
Es prácticamente seguro que ni él ni los amigxs que le acompañaban en el escenario se van a hacer multimillonarixs vendiendo este disco, sería rarísimo que llegaran a destrozar con él las listas de éxitos y de ventas, es muy improbable que les den el Nobel de Música, pero fue hermoso ver a alguien compartir y compartirse con amor y sinceridad. Esa afán de compartir lo tuyo con los tuyos es un bien escaso que se echa de menos y que se agradece cuando se encuentra.
¡Gracias!


Vano como insultar al tiempo

Vano como insultar al tiempo que nos regala su edad,
vano cual condenar a muerte al vientre de la verdad,
vano como arrodillarse ante los dioses de sal,

mejor andar por los valles como la lluvia de abril, 
ser arponero del miedo hasta que el mismo miedo se esconda de ti.

Vano como quemar banderas para banderas izar,
vano cual derribar estatuas sin derruir el pedestal,
como sentarse a la mesa junto a la tenia del mal,

mejor andar por las plazas como los días de sol,
adiestrar a los silencios hasta que el silencio obedezca tu voz.

Vano como imponer fronteras al ave y al corazón,
vano cual escandir la vida con los dedos del temor,
inútil cual la nostalgia, inútil como el rencor,

mejor tumbarse en la hierba como la uva en la vid,
acariciar a los noes hasta que los noes confiesen su sí.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

gente que lee (123)

Vero leyendo en Lanzarote, noviembre de 2008.

martes, 13 de diciembre de 2016

Ganivet

Hoy se cumplen 151 años del nacimiento del escritor granadino Ángel Ganivet [1865-1898]. Precursor de la generación del 98, amigo de Unamuno, viajero, grandísimo observador.
Quizá demasiado lúcido para su época, demasiado olvidado hoy, demasiado vigente al leerle más de un siglo después de su muerte, demasiado joven al morir...

lunes, 12 de diciembre de 2016

El juego

La idea es del hijo: se esconderá en el armario y, cuando su padre pase por delante, le dará un susto. La criatura abre las puertas, se instala debajo del estante inferior y, silenciosamente, cierra desde dentro. Al cabo de un rato, oye la voz de su padre. De entrada, lo llama en un tono normal. Luego, le añade una inquietud que va en aumento. Arriba y abajo de la casa, el padre repite el nombre del hijo, cada vez más alto, cada vez más irritado. Cuando, por la proximidad de los pasos y de los gritos, adivina que el padre debe de estar allí mismo, el hijo abre repentinamente las puertas y, divertido, grita: ¡buh! El padre sólo tiene tiempo para verse reflejado en el espejo del armario. Asustado, empalidece, siente una fuerte presión en el pecho, cae de rodillas, pone los ojos en blanco, hace una mueca, se ahoga, se convulsiona, saca baba por la boca y, medio minuto después, está clínicamente muerto. Horrorizado por la reacción de su compañero de juego, el hijo se pone a llorar. Al ver que el cuerpo de su padre no reacciona, se agarra a él con una desesperación que contrasta con la alegría que, hace medio minuto, le iluminaba la mirada. Mientras tanto, y envuelta en unos efectos especiales de alta intensidad lumínica, el alma del padre sale disparada del cuerpo, fffiiiuuu, hacia el cielo. Cuando llega al mostrador de recepción de esta gran superficie, San Pedro lo mira de arriba abajo. "¿Qué desea?", le pregunta. "Volver", responde el alma. San Pedro sonríe. "Todos decís lo mismo", comenta. El alma insiste en lo absurdo de la escena que, hace un rato, acaba de provocar la orfandad de un niño, solo en medio de un pasillo, de una ciudad con altos índices de criminalidad, de un mundo sin piedad. San Pedro no se inmuta. "Haberlo pensado antes de jugar a un juego tan peligroso", dice. El alma apela a la bondad universal y, de un modo voluntariamente retórico, se pregunta cómo es posible ser tan cruel y dejar abandonado a un pobre niño de seis años. Y mientras verbaliza un temor que le sirve para darse cuenta de la gravedad de la situación, enumera los problemas que, si no regresa de inmediato, amenazan a la criatura: fracaso escolar, crisis emocional, dislexia, secuelas de un golpe tan duro que se traducirán, seguro, en aislamiento, violencia, adicciones, psicopatías, traumas, deudas, dudas sobre la identidad sexual, embargos. "¿Le parece justo?", pregunta el alma, consciente del tono que emplea y del riesgo que, dadas las circunstancias, puede acarrear. En un primer momento, San Pedro se encoge de hombros, pero, quizá porque no tiene ninguna otra alma a mano ni demasiadas ganas de trabajar, le dice que vale, que haga el favor de regresar y que, la próxima vez, juegue a cosas más instructivas, como el scrabble, el monopoly, el ahorcado, la rayuela o el tetris. El alma se conmueve. Había oído hablar de la bondad de San Pedro, pero temía que fuera, como tantas otras cosas, una leyenda. Le da las gracias de un modo exagerado, con reverencia incluida, pero, con una leve sonrisa teñida de melancolía, San Pedro le dice que no esté tan contento y que ya se arrepentirá de haber regresado. La vuelta es tan fugaz como la ida: fffiiiuuu. De repente, el alma del padre vuelve a formar parte de un cuerpo sobre el cual, histérico y fuera de sí, llora un niño. El padre siente los latidos de su propio corazón y también los de su hijo, mucho más acelerados. Se abrazan. Se miran. La emoción mutua es la imagen de un equilibrio simétrico. Se levantan. El padre se pone al hijo a hombros y el niño, entre risas, todavía con los ojos entelados de lágrimas, le pregunta: "¿Y ahora a qué jugamos?"

Del libro Si te comes un limón sin hacer muecas [2006] del Sergi Pàmies [1960- ].

domingo, 11 de diciembre de 2016

La noche

cuando la sombra esconde
sus propios
miedos
es sencillo
confundirse
apoyarse
pisar en falso
caer

soportar la noche

como la casa vacía intenta
deshabilitarse
de sus fantasmas

De Soportar la noche [2015] de David Minayo [1981- ].

sábado, 10 de diciembre de 2016

viernes, 9 de diciembre de 2016

jueves, 8 de diciembre de 2016

Monzó

Estos días, por sugerencia de Ángel Zapata, mi profe en la Escuela de Escritores, he vuelto a leer El porqué de las cosas, de Quim Monzó...
Cada cuento que leo suyo me siento más y más envidioso...

miércoles, 7 de diciembre de 2016

martes, 6 de diciembre de 2016

La micología

Al rayar el alba el setero sale de su casa con un bastón y una cesta. Toma la carretera y, un rato más tarde, un camino, hasta que llega a un pinar. De tanto en tanto se para. Aparta con el bastón la capa de pinocha seca y descubre níscalos. Se agacha, los recoge y los mete en la cesta. Sigue andando y, más allá, encuentra rebozuelos, oronjas y agáricos.
Con la cesta llena, empieza a desandar el camino. De golpe ve el sombrero redondeado, escarlata y jaspeado de blanco, de la amanita muscaria. Para que nadie la coja le da un puntapié. En medio de la nube de polvo que la seta forma en el aire al desintegrarse, plop, aparece un gnomo con gorro verde, barba blanca y botas puntiagudas con cascabeles, flotando a medio metro del suelo.
—Buenos días, buen hombre. Soy el gnomo de la suerte que nace de algunas amanitas cuando se desintegran. Eres un hombre afortunado. Sólo en una de cada cien mil amanitas hay un gnomo de la suerte. Formula un deseo y te lo concederé. 
El setero lo mira despavorido.
—Eso sólo pasa en los cuentos.
—No —responde el gnomo—. También pasa en la realidad. Anda, formula un deseo y te lo concederé.
—No me lo puedo creer.
—Te lo creerás. Formula un deseo y verás como, pidas lo que pidas, aunque parezca inmenso o inalcanzable, te lo concederé.
—¿Cómo puedo pedirte algo si no consigo creer que haya gnomos que puedan concederme cualquier cosa que les pida?
—Tienes ante ti un hombrecito de barba blanca, con gorro verde y botas con cascabeles en las puntas, flotando a medio metro del suelo, ¿y no te lo crees? Venga, formula un deseo.
Nunca se habría imaginado en una situación así. ¿Qué pedir? ¿Riquezas? ¿Mujeres? ¿Salud? ¿Felicidad? El gnomo le lee el pensamiento. 
—Pide cosas tangibles. Nada de abstracciones. Si quieres riquezas, pide tal cantidad de oro, o un palacio, o una empresa de tales y cuales características. Si quieres mujeres, di cuáles en concreto. Si luego lo que pides te hace o no realmente feliz, es cosa tuya.
El setero duda. ¿Cosas tangibles? ¿Un Range Rover? ¿Una mansión? ¿Un yate? ¿Una compañía aérea? ¿Elizabeth McGovern? ¿Kelly McGillis? ¿Debora Caprioglio? ¿El trono de un país de los Balcanes? El gnomo pone cara de impaciencia.
—No puedo esperar eternamente. Antes no te lo he dicho porque pensaba que no tardarías tanto, pero tenías cinco minutos para decidirte. Ya han pasado tres.
Así pues, sólo le quedan dos. El setero empieza a inquietarse. Debe decidir qué quiere y debe decidirlo en seguida.
—Quiero...
Ha dicho "quiero" sin saber todavía qué va a pedir, sólo para que el gnomo no se exaspere.
—¿Qué quieres? Di.
—Es que elegir así, a toda prisa, es una barbaridad. En una ocasión como ésta, tal vez única en la vida, hace falta tiempo para decidirse. No se puede pedir lo primero que a uno se le pase por la cabeza. 
—Te queda un minuto y medio.
Quizá, más que cosas, lo mejor sería pedir dinero: una cifra concreta. Mil billones de pesetas, por ejemplo. Con mil billones de pesetas podría tenerlo todo. ¿Y por qué no diez mil, o cien mil billones? O un trillón. No se decide por ninguna cifra porque, en realidad, en una situación como ésta, tan cargada de magia, pedir dinero le parece vulgar, poco sutil, nada ingenioso.
—Un minuto.
La rapidez con que pasa el tiempo le impide razonar fríamente. Es injusto. ¿Y si pidiera poder?
—Treinta segundos.
Cuanto más lo apremia el tiempo más le cuesta decidirse. 
—Quince segundos.
¿El trillón, entonces? ¿O un millón de trillones? ¿Y un trillón de trillones?
—Cuatro segundos.
Renuncia definitivamente al dinero. Un deseo tan excepcional como éste debe ser más sofisticado, más inteligente.
—Dos segundos. Di.
—Quiero otro gnomo como tú.
Se acaba el tiempo. El gnomo se esfuma en el aire y de inmediato, plop, en el lugar exacto que ocupaba aparece otro gnomo, igualito al anterior. Por un momento el buscador de setas duda de si es o no el mismo gnomo de antes, pero no debe de serlo porque repite la misma cantinela que el otro y si fuese el mismo, piensa, se la ahorraría:
—Buenos días, buen hombre. Soy el gnomo de la suerte que nace de algunas amanitas cuando se desintegran. Eres un hombre afortunado. Sólo en una de cada cien mil amanitas hay un gnomo de la suerte. Formula un deseo y te lo concederé.
Han empezado a pasar los cinco nuevos minutos para decidir qué quiere. Sabe que si no le alcanzan le queda la posibilidad de pedir un nuevo gnomo igual a éste, pero eso no lo libra de la angustia.

Del libro El porqué de las cosas [1992] de Quim Monzó [1952- ].

lunes, 5 de diciembre de 2016

domingo, 4 de diciembre de 2016

sábado, 3 de diciembre de 2016

viernes, 2 de diciembre de 2016

Ni feminista ni machista

Hace unos días se celebró el día contra la violencia machista. En esta ocasión no hice ninguna referencia en el blog como he hecho otras veces, pero no me resisto a dejarlo pasar sin algún comentario... y el de esta 'viñeta' me parece muy pertinente.

¡Seguimos!

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Futuros lectoras y lectores

Esta foto me la mandó mi amigo Sergio hace unos días. La encontró en la Casa del Lector en Madrid.

martes, 29 de noviembre de 2016

El bolso

Mi asiento es uno de esos que hay al principio del vagón y que comparte mesa con otros tres. Mientras envío unos guasaps despidiéndome de unos y avisando a otros de que vuelvo a casa, he sacado el ordenador para aprovechar el viaje. El fin de semana familiar ha sido agotador, estoy muerto, pero tengo que preparar mis clases de mañana y terminar mis deberes para el taller de escritura de esta tarde.
Ha subido al vagón una chica muy joven. Lleva el pelo recogido en un moño dejando el cuello al aire y un pantalón azul de cuadros. Se ha sentado frente a mí, nos hemos dado los buenos días y se ha puesto a mirar su móvil.
Oigo a mi espalda la voz de una mujer mayor que se acerca preguntando por el asiento 8C. El mío es el 8D. La señora le habla al vagón, a todo el mundo y a nadie, con una voz cortante, metálica. Levanto la vista hacia la chica. Ella también levanta la vista de su móvil y mira a la señora. Por la puerta que tengo enfrente entra un hombre calvo, con gafas. Tiene más o menos mi edad. La señora y él se han juntado en el pasillo. Ella es delgada y alta. Tiene el pelo ligeramente morado y aspecto frágil. Su cuerpo y la ropa juvenil que lleva le hacen parecer algo más joven de lo que debe ser realmente. El hombre le ofrece subir su bolso. Es uno de esos de piel que tienen repetido mil veces el logo de la marca. Ella se lo agradece y lo deja en el suelo. Él coge el asa con una mano y, tras un primer intento, necesita ayudarse con la otra para poder levantarlo.
—No llevará aquí a una persona, ¿no? —le dice mirándonos a la chica y a mí. Ella le sonríe y le da las gracias. Lo ha colocado encima de mí, junto a mi maleta.
Observo las manos de la señora, que ya se ha sentado a mi lado. Son delgadas, muy huesudas, con las uñas perfectamente cortadas y pintadas de rojo. Lleva un par de anillos algo aparatosos para mi gusto, pero muy elegantes. Probablemente muy caros. Oigo al hombre calvo que bromea con la chica diciéndole bajito que no se imagina lo que pesa el bolso de la señora. "De verdad que pesa como un muerto", le dice. Se ríen.
Me vuelvo a mirar por la ventana y pienso en la idea de que esta señora flaquita, que debe andar por los ochenta y muchos, llevara por único equipaje un bolso con el cuerpo de alguien dentro. El bolso no es tan grande, así que si hubiera querido meter un cadáver en él tendría que haberlo troceado muy bien para que entrara. Aún no he pensado en algo que me guste para los deberes que tengo que llevar esta tarde al taller de escritura. Quizá ésto podría ser una buena idea, aunque aún no sé cómo podría desarrollarla. Tengo el ordenador delante, he abierto un archivo nuevo y empiezo a teclear, de momento un poco a lo loco, dejándome llevar, a ver qué sale.
Cuanto más lo pienso más me gusta la idea de un cuento breve en el que una mujer muy mayor, con aspecto muy frágil y el pelo un poquito morado, transporta en tren un cadáver oportunamente descuartizado y metido en un bolso de viaje. Parece algo descabellado, con un punto de humor negro, en ese límite entre lo posible y lo verosímil del que hablamos en el taller de escritura de vez en cuando.
Tecleo. Me desconcentra un poco el paisaje. Ha llovido muchísimo estos días, pero al salir el cielo parecía medio despejado, precioso a estas horas de la mañana. De vez en cuando miro a la chica del pantalón de cuadros, al hombre calvo, miro las manos de la señora a mi lado, miro los bolsos y las maletas que hay en la repisa, sobre nuestras cabezas. Ahora vuelve a llover con fuerza, tanto que no se ve nada a unos cuantos metros del tren. El hombre calvo le ha vuelto a decir algo a la chica del pantalón de cuadros mirando de nuevo a la señora. Sonríen. Ha hablado tan bajito que no he podido oír lo que le ha dicho.
Acabo de sentir algo que me ha caído en la cara. Una gota. Me toco y me miro los dedos. No es agua.Tampoco es sangre, creo. No sé qué es. Miro hacia arriba, al bolso de la señora, y cae otra gota más. Ésta sobre el teclado del ordenador en el que escribo.
El hombre calvo me mira. Y la chica. Ya no sonríen.

Madrid, noviembre de 2016.

Licencia Creative Commons
El bolso por Román J. Navarro Carrasco se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Frentes abiertos

¡Seguimos! 

domingo, 27 de noviembre de 2016

sábado, 26 de noviembre de 2016

Haiku

Revisando estos días los haiku de Yosa Buson [1716-1784] para utilizarlos en mis talleres de fotografía...

viernes, 25 de noviembre de 2016

Jurado

Hace unos días conté aquí que han contactado conmigo para proponerme si quería participar como jurado en un concurso de cuentos que se organiza desde uno de los ayuntamientos de la sierra. Hoy, aprovechando que tenía unas cuantas horas en tren para venir hasta Algeciras (para celebrar cumples familiares) he leído 85 relatitos de una sentada. El miércoles nos reunimos para decidir quién se lleva los premios... No me había visto en una como ésta y, aunque es un concurso pequeñito, está siendo una experiencia interesante ver lo que manda la gente, cómo lo manda, qué tipo de relatos hay, etc.

jueves, 24 de noviembre de 2016

gente que lee (119)

Amigxs que leen: ésta es la otra foto (la primera, ayer) que me envió este verano Teresa Rodríguez desde Montreal.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

gente que lee (118)

Amigxs que leen: durante el verano pasado Teresa Rodríguez me envió varias fotos chulas y refrescantes de gente leyendo en algún lugar de Montreal...
Esta es una de ellas. La otra, mañana.

martes, 22 de noviembre de 2016

Loquito

Loquito ando estos días arañando tiempos para mis relatos en cadena, para los deberes que nos pone Ángel Zapata en la Escuela de Escritores, para preparar cosas que quiero enviar a concursos y lunas nuevas y más cosas que se me ocurren y que me apetece escribir, y para leerme ochenta y tantos relatitos que tengo pendientes para antes del día 30...

lunes, 21 de noviembre de 2016

Aquella vez

Lucharon sin tregua ni descanso:
hasta el final.

Pero qué más da
quién ganó la guerra
hace cien años.

Ahora 
todos están
igual de muertos.

De Soportar la noche [2015] de David Minayo [1981- ].

domingo, 20 de noviembre de 2016

sábado, 19 de noviembre de 2016

El cuento

Escribir cuentos no es sólo contar una historia. Contar una historia es cosa de antes, cuando los relatos carecían de entidad y misterio, algo que toda creación literaria ambiciona y consigue pocas veces. ¿Qué es el misterio? Es lo que encuentra el lector y no lo puede explicar. El lector sabe que tal o cual relato le ha gustado y, cuando se lo cuenta a su mujer o a un amigo, estos no comprenden porqué. "¿Qué tiene eso de particular?", le dicen. Entonces lo único que puede hacer el segundo para comprender el entusiasmo del primero es leerlo él mismo. El misterio lo traen, a veces, uno o varios ecos. En todo buen cuento deben oírse ecos, como en la vida humana hay ecos que no son aparentes, pero configuran el misterio de cada cual. Los ecos dan consistencia real a los personajes y a las situaciones en que se encuentran.

De A media página [2012], recopilación de mini artículos de Medardo Fraile [1925-2013].

viernes, 18 de noviembre de 2016

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¿Qué decir hoy aquí, después de dos días en las jornadas n'UNDO sobre vacío, sustracción y silencio...?
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jueves, 17 de noviembre de 2016

Jornadas n'UNDO

Ayer y hoy, 16 y 17 de noviembre, se están celebrando en La Casa Encendida de Madrid las jornadas n'UNDO sobre Vacío, sustracción y silencio. Están siendo dos días interesantísimos de reflexión y escucha y diálogo.
Se ha lanzado una propuesta en verkami para publicar en papel todo lo que está pasando aquí. Y ya se puede entrar en la página para ver el proyecto y colaborar:
https://www.verkami.com/projects/16434-libro-vacio-sustraccion-y-silencio-publicacion-en-papel#.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

martes, 15 de noviembre de 2016

Librerías

Ya he hablado aquí alguna vez sobre unlibroaldía, un estupendo blog en el que cada día reseñan algún libro. Un sitio muy interesante y muy, muy recomendable. Este fin de semana pasado, aprovechando la excusa del día de las librerías, han hecho un par de entradas especiales entrevistando a varios libreros: ésta y ésta. Merece la pena echarles un vistazo...

Yo sigo sorprendido de que a pesar de las estadísticas de lectura que hay en España, se siguen abriendo librerías y algunas de ellas, contra todo pronóstico, sobreviven a estos tiempos...

lunes, 14 de noviembre de 2016

domingo, 13 de noviembre de 2016

Concursos

Últimamente llevo un tiempo participando en concursos literarios , enviando algunos de las cosas que escribo a certámenes que encuentro por ahí, escribiendo cada semana a los relatos en cadena de la radio...
Y hace un par de días, ante mi sorpresa, me propusieron ser jurado de uno de ellos....
¡A ver qué tal se me da!
;o)

viernes, 11 de noviembre de 2016

Cohen, Nieva

Acaban de morir Leonard Cohen [1934-2016] y Francisco Nieva [1924-2016].
¡Qué difícil no tener esa fea sensación de que se mueren los buenos y nos quedamos más y más solos...!

miércoles, 9 de noviembre de 2016

domingo, 6 de noviembre de 2016

sábado, 5 de noviembre de 2016

La casa de Asterión

Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.
Apolodoro: Biblioteca, III, I

   Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito)¹ están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.
   El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda transmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.
   Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos en que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
   No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
   Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

   El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
   –¿Lo creerás, Ariadna? –dijo Teseo–. El minotauro apenas se defendió.


A Marta Mosquera Eastman.

¹ El original dice catorce, pero sobran motivos para inferir que, en boca de Asterión, ese adjetivo numeral vale por infinitos.


Cuento de Jorge Luis Borges [1899-1986] publicado a finales de los años 40 y basado en la historia mitológica del Minotauro y su laberinto.

viernes, 4 de noviembre de 2016

jueves, 3 de noviembre de 2016

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Una derrota inevitable

Rake le ofreció un coñac. Lars Tobiasson-Svartman se percató de que el oficial llevaba una cinta negra en la manga izquierda.
La mirada de Rake se cruzó con la suya.
–Mi madre ha fallecido. Bajaré a tierra en Kalmar y le cederé el mando al teniente de navío Sundfeldt durante los días en que se celebren el funeral y el entierro.
–Lo acompaño en el sentimiento.
Rake volvió a llenar su copa.
–Mi madre llegó a cumplir ciento dos años –declaró Rake–. Nació en 1812, por lo que, de haber vivido en Francia, podría haber conocido a Napoleón. Su propia madre nació en la década de 1780, aunque no recuerdo en qué año exactamente. En cualquier caso, fue antes de que estallase la Revolución francesa. Cuando tocaba la mano de mi madre, solía pensar que estaba tocando la piel de alguien que, a su vez, había sentido la piel y el aliento de personas que habían nacido en el siglo XVIII. Hay situaciones en las que el tiempo se contrae de un modo casi incomprensible.
»Pero no es fácil llorar la muerte de una persona de ciento dos años. Los diez últimos, ya ni me reconocía. A veces creía que yo era su difunto esposo, es decir, mi propio padre.
»La vejez extrema es una batalla espiritual que se libra en la más absoluta oscuridad. Una batalla campal que conduce a una derrota inevitable. Ante las tinieblas y la humillación de la vejez, las religiones nunca han sabido brindarnos ningún consuelo, y tampoco una explicación.
»Sin embargo, también para una persona de ciento dos años de edad, la muerte puede presentarse de forma inesperada. Por curioso que parezca, la muerte, llegue cuando llegue, siempre es inoportuna. En el caso de mi madre, pese a que sus facultades estaban muy mermadas, su deseo de vivir era inmenso. Y, aunque era tan anciana, no deseaba morir.

De la novela Profundidades [2005] de Henning Mankell [1948-2015].

martes, 1 de noviembre de 2016